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García Donet, Francesc (Sancho Lahuerta)

La luz o la memoria



La luz se encendió de improviso. Hubo un fuerte chasquido que resonó como un disparo y en seguida el resplandor lo llenó todo. Me incorporé un poco y puse la mano delante de los ojos. Cerré los párpados con rabia y apreté los dedos contra los globos oculares. Todo era luz. Imposible recuperar la inconsciencia de la que había sido arrancado con aquel estallido violento. Intenté respirar profundamente. Solté el aire muy poco a poco y agaché la cabeza hasta tocar el suelo. Estuve inmóvil un rato, las rodillas y los codos y la frente contra el pavimento liso y frío. Cuando conseguí serenarme, noté la presencia de un cuerpo junto a mi hombro izquierdo. Alargué el brazo con precaución y lo toqué. Era alguien que no se movía. No reaccionaba a mi torpe gesto de tocar su ropa hasta notar la carne que había debajo. Retiré la mano con rapidez. Pensé en mirar el sitio donde estaba. Separé un poco los dedos de los ojos y, sin despegar los párpados, dejé que mis pupilas se fueran acostumbrando a aquella radiante luz azulada. El sitio donde estaba. No podía recordar nada. Había un absoluto vacío en  mi cabeza. Mi nombre. Mi cara. Sólo un punzante dolor en las articulaciones. La sensación de que no me podía mover. De que no debía moverme. Niebla en la mente. Miedo. Sin levantar la cabeza, abrí ligeramente los ojos. El suelo era rojo. Rojo garaje. Conseguía formar palabras e identificaba las cosas. Pero no a mí mismo. Giré lentamente la cara y miré hacia un lado. Allí estaba el cuerpo de ese alguien que no se movía. Parecía un hombre. Llevaba una camiseta de color negro con el símbolo del ying-yang en la espalda. Apoyé la mejilla en el cemento y volví a alargar el brazo. Toqué la camiseta y oprimí ligeramente la carne que había debajo. Estaba frío y un poco rígido. Cerré los ojos, aspiré todo el aire que pude y me incorporé unos centímetros, lo suficiente para mirar por encima de aquella espalda inerte. Con los párpados entrecerrados, lo vi. Era una nave industrial sin nada más que un buen grupo de cuerpos exangües arrojados en el suelo. No estaban amontonados, sino esparcidos sobre el pavimento. Ocupaban, ocupábamos todo el espacio. Como preparados para algo. El sitio parecía nuevo, las paredes de un blanco rugoso, el suelo liso reluciente. Tres o cuatro grandes focos bastaban para llenar de luz aquel almacén del tamaño de una pista de baloncesto. Me esforcé por fijar la vista sobre el fondo lejano, al otro lado de donde yo me hallaba. Advertí una escalera metálica que conducía a una puerta situada a media altura. Al lado de esa entrada se abrían dos grandes ventanales. Uno estaba iluminado. Creí ver siluetas humanas detrás del cristal. Tal vez nos estaban observando. ¿Para qué? ¿Qué hacíamos allí toda aquella gente tirada en el suelo? ¿Dormida? ¿O muerta?

Bajé la mirada hacia los cuerpos más cercanos a mí. No podía ser. No podían estar muertos. No había sangre, no se advertían heridas, ni las caras estaban crispadas. Empujé con el pie la pierna de una chica que yacía al lado del tipo de la camiseta negra. No reaccionó. En absoluto. Le golpeé en el culo. Sólo conseguí que su cuerpo girara sobre sí mismo y se desplomara de bruces. Su cuello se quedó torcido, en una posición imposible de mantener para alguien que estuviera vivo. Me volví hacia el otro lado. Había más gente tirada en el suelo, hasta llegar a la otra pared corta, mucho más cercana a mí. Todos tenían la expresión de estar dormidos. En esa pared próxima había una puertecita metálica a nivel del suelo. Uno de los dos lados largos del almacén tenía dos grandes puertas abatibles. Una fuerte punzada en el centro de la cabeza me obligó a cerrar los ojos de nuevo. No sabía dónde estaba. No tenía ni idea de quién era. El vacío dentro de mi mente generaba un dolor agudo e insoportable que llenaba mi cráneo y se expandía por la columna vertebral hacia el resto de mi cuerpo. Una palabra se abría paso entre la niebla de mi consciencia. Infierno. Infierno. Solo. Rodeado de muertos. Sin memoria. Sin identidad. La boca pastosa. Náusea. Traté de vomitar, pero no salió nada de mi estómago. Apoyé las dos rodillas en el suelo y doblé el cuerpo sobre las piernas, con los brazos estirados hacia atrás. Respiré hondo. Sentía cómo algo iba creciendo en mi interior. Miedo. Pavor. O rabia. Intentaba generar palabras que describieran mi estado, con la esperanza de que así tal vez lograría encontrar una que me identificara. Infierno. Miedo. Pavor. Rabia. Un ardor nacido en el abdomen me subió por el tubo digestivo hasta alcanzar la boca. No estaba muerto, pero podía llegar a desearlo en cualquier momento. Caí de lado y me retorcí en silencio, las piernas apretadas contra el pecho, la mejilla sobre el hormigón, los dedos crispados, los dientes tan apretados que creía que se romperían unos contra otros. Entonces sonó un nuevo chasquido, metálico y lejano. Todo pareció detenerse. El dolor. El miedo. Las preguntas. Hasta la sensación de vacío desapareció de golpe. Muy lentamente, abrí los ojos, levanté ligeramente la cabeza y miré hacia el fondo de la sala. La puerta donde empezaba la escalera metálica se había abierto. Aparecieron dos figuras humanas vestidas de blanco de los pies a la cabeza. Mono de trabajo, así se llamaba aquella prenda. Sin decir nada, bajaron al nivel del suelo y empezaron a revolver los cuerpos. Yo no podía ver bien qué hacían, así que me incorporé un poco más. Entonces, aparecieron en la cima de la escalera otros tres tipos vestidos con la misma ropa blanca. Vi que los de abajo estaban desnudando los cadáveres. Ya no tenía dudas. Estaban muertos. Si había problemas para sacar alguna prenda, los operarios con el mono blanco usaban un instrumento cortante que llevaban consigo. Los tres nuevos se unieron a la tarea. Después de despojar a los cuerpos de todo lo que llevaban encima, los arrastraban por el suelo hasta ponerlos uno al lado del otro, perfectamente alineados. Miré alrededor. La chica rubia con la camiseta de tirantes. El tipo maduro con su jersey negro y su barbita canosa. El negro alto y musculoso. El señor pequeño y triste con su chaqueta y su corbata. La mujer del vestido rojo. Todos muertos. Parecían dormidos, pero estaban muertos. También yo debería estar muerto.

No lo pensé ni por un instante. Me levanté de repente y corrí hacia la puertecilla de la pared corta más próxima a mí. Con el cuerpo entumecido, salté entre los cuerpos, tropecé, caí sobre alguno. Cuando ya llegaba a la puerta, oí expresiones de asombro que procedían de los tipos del mono blanco. La puerta no se abrió. Estaba cerrada con llave. Me giré y observé a los operarios. No sabían muy bien qué hacer. No es lo mismo tratar con muertos que con vivos. O con resucitados. En ese momento, un chico vestido con vaqueros rotos y una camiseta de baloncesto amarilla se levantó a su vez. Había más supervivientes. Él estaba cerca de una de las puertas grandes. Pisando los cuerpos que se interponían en su camino, llegó hasta un gran botón rojo situado en un lateral del marco de la puerta. Me puse a correr con todas mis fuerzas. Ya no me importaba pisar cadáveres. Se oyó un nuevo chasquido y la puerta empezó a levantarse. Dos de los operarios se dirigieron hacia allí. El chico no esperó a que la puerta se abriese demasiado. En cuanto hubo un resquicio suficiente, se coló por debajo y salió a la oscuridad exterior. Vi cómo uno de los tipos de blanco que se habían quedado junto a la pared lejana sacaba un teléfono y hablaba con alguien. Los otros dos vinieron a por mí. Los dos primeros llegaron a la puerta, pulsaron el botón y salieron en persecución del chaval. La puerta se paró y empezó a cerrarse. Yo llegué en seguida, pero ya tenía a uno muy cerca. Cogí un cuerpo por los sobacos, lo levanté todo lo que pude y, cuando el tipo se me puso delante, se lo arrojé encima. Vi que lo había hecho caerse. El de detrás dudó. Fue ése el momento clave. Salté hacia la puerta y me deslicé por debajo, cuando ya sólo quedaba una ranura justa para poder pasar. Mientras corría por la gravilla del exterior e intentaba acostumbrar mis ojos a la oscuridad, escuché que la puerta se cerraba con un sordo estrépito. Poco después, se volvía a poner en marcha para abrirse. Ya no me iban a coger. No sabía quién era, pero sabía que mis piernas serían capaces de llevarme lejos de allí. Llegué hasta la valla que protegía el acceso a la nave. Era de rejilla metálica, con tres alambres de espino en la parte de arriba. Me cogí a una de las viguetas que soportaban la valla y trepé con las manos y con los pies. Nada iba a detenerme. Estaba seguro de eso. Ni siquiera el alambre de espino, que se me clavó en una mano y en una pierna cuando pasé el cuerpo al otro lado. Salté sin pensar en nada. Al caer sobre el terraplén exterior, perdí el equilibrio y me precipité por un desnivel considerable. Llegué a pensar que no saldría, finalmente, de aquélla. Pero el sonido de las voces de los operarios que me buscaban me impulsó a seguir huyendo.

Corrí, renqueante y magullado, arrastrando una pierna, hacia las sombras de una arboleda cercana. Me escondí entre los matorrales y miré aquel lugar. Una estrecha y oscura carretera conducía hasta un grupo disperso de tres naves industriales, una de las cuales estaba iluminada por dentro. De allí había salido yo. La carretera procedía de un lugar iluminado, donde había más almacenes, organizados en calles. Me di la vuelta y miré en dirección opuesta. Había un bosque que se extendía hacia un resplandor inmenso que había detrás. Decidí atravesar el bosque. Sentía que la oscuridad era mi única protección. Avancé hacia las lejanas luces rojizas, siempre resguardado por los árboles. El camino era difícil. Montículos. Matorral tupido. Arena y piedras sueltas. Me dolían las heridas que me había hecho con el alambre de la cerca. Notaba la carne desgarrada. La sangre seca alrededor. Pero la necesidad de seguir adelante hacía que olvidase las preguntas que me atormentaban mucho más que los desgarros en la piel. Tras caerme en un par de pendientes y tropezar con las raíces de unos cuantos árboles, conseguí llegar a una zona alta, desde donde pude observar, por fin, lo que había más allá del bosque. Era una ciudad. Una ciudad muy grande. Ocupaba la mitad del horizonte. Un ruido procedente de los matorrales cercanos me alarmó. Busqué algo con que defenderme y agarré con fuerza una gruesa rama. Entonces, lo vi. Era el muchacho con la camiseta de baloncesto. Tenía la cara llena de rasguños, la ropa sucia y mojada, la mirada perdida. Dejé caer el palo y le pedí que se acercara. Me miraba de manera extraña. No expresaba miedo, sino una curiosidad cautelosa. Sin acercarse demasiado, me preguntó quién era yo. Le dije que no lo sabía. Que había perdido la memoria. Él se sentó en el suelo. Con voz muy queda, confesó que a él le sucedía lo mismo. Me senté a su lado. Miramos la ciudad un buen rato, sin decir nada. Y lo oímos. Era un rumor mecánico, de ruedas metálicas y cables y motores eléctricos. Nos miramos en silencio. Y nos dirigimos hacia el lugar de donde procedían los ruidos. Empezamos a subir una colina, hasta que al trasluz de las luces de la ciudad vimos las vagonetas colgadas de los cables que cruzaban el cielo. Lo pensé un instante. Teleférico. Se lo dije al chaval. Él no respondió. Miró el lugar al que se dirigían las cabinas y se puso en marcha, agachado, en esa dirección. Lo seguí. Rodeamos la cima de la colina y llegamos a una explanada donde acababan los cables. Ocultos tras un árbol, observamos cómo grupos de tres o cuatro personas, de distintas edades, desembarcaban entre voces y risas. Jóvenes de ambos sexos, vestidos de negro, les esperaban en la estación para acompañarles hacia algún sitio. Las vagonetas siempre partían de vuelta vacías. De repente, mi compañero se lanzó hacia una de las cabinas que se iban, en el mismo momento en que empezaba a separarse del suelo. Se agarró de la ventanilla abierta y se quedó colgando. Yo lo imité, sin pararme a pensar en lo que hacía. Las cabinas se inclinaron un poco, descompensadas por el lastre que llevaban en un costado. Y pasó. Al llegar al primer poste, la cabina de mi predecesor hizo un movimiento extraño, como si la rueda que la sujetaba al cable hubiera dado un pequeño salto. La cabina se balanceó hacia una parte y la otra, y el chico cayó al vacío como un fardo. Todavía con el horror de verlo desaparecer, comprendí en un instante que a mí me pasaría igual, y me aferré con todas mis fuerzas a la cabina. Conseguí superar el balanceo. Pero, aunque miré una y otra vez hacia el espacio oscuro al que se había precipitado el chaval de la camiseta amarilla, no conseguí distinguir ningún movimiento allí. Igual, esta vez no había logrado sobrevivir. Quizás ahora había sido más afortunado.

Cuando la cabina iba a llegar al punto de partida, me dejé caer en el último terraplén. No estaba muy alto, pero rodé por la pendiente y acabé golpeándome en la cabeza con el tronco de un árbol. Me desvanecí. Debieron pasar algunas horas. Desperté cuando alguien me limpió la cara con un pañuelo empapado en agua. Era un anciano con aspecto de absoluta bondad. Tenía ojos de color azul cielo, una bien recortada barba blanca, las manos pequeñas y arrugadas. Vestía una chaqueta de paño grueso a cuadros, camisa de franela y un pañuelo discreto en la garganta. Lo miré como si lo conociese de toda la vida. Él me sonrió. Me preguntó si estaba en condiciones de levantarme. Le dije que sí. Me ofreció la mano y me ayudó a subir el terraplén. Dijo que me había visto, tirado contra el árbol, mientras daba su paseo matinal. Ya había amanecido. Nos sentamos en un banco de un jardincillo frente al lugar de donde salía el teleférico. Me preguntó si tenía dinero para volver a casa en un taxi. Le dije que no tenía dinero, pero que tampoco recordaba dónde estaba mi casa, así que no me hacía falta, de momento. Él me observó unos instantes, sin expresión alguna. Después, se quedó mirando la calle por donde pasaban coches y peatones sin mucha prisa. Yo sentí que se lo tenía que contar. No sabía por qué, pero a él se lo podía decir. Le confesé que había perdido la memoria tras despertar en un sitio lleno de gente muerta. Que había logrado escapar de allí a través del bosque y que había llegado a la ciudad colgando de la cabina de un teleférico. Él me miró con mucha seriedad. Me dijo que si iba contando eso por ahí, sin duda me tomarían por loco. Pero que él sabía a qué me refería. Yo no era el primero que amanecía en aquel lugar sin memoria y contando historias de gente muerta. Le miré con prevención. El vacío en mi mente volvía a abrasarme el cerebro. Además, el sol que ascendía por el horizonte llenaba el aire de espinas que herían mis ojos. Seguía siendo la misma luz del almacén. Me cogí la frente con los dedos y me estrujé la cabeza. Con un hilo de voz, le aseguré que mi problema no era una resaca tremenda tras una noche de juerga. Que le estaba diciendo la verdad. Él se giró y me miró fijamente con sus radiantes ojos azules que transmitían una jovialidad absoluta. Después, dijo con total aplomo que sabía cuál era mi problema. Algo en mi mente empezó a moverse y generó una palabra. Sentido. Pero nada más. Imploré al viejo que me diera una solución. El seguía sin apartar sus ojos de los míos. Me preguntó qué quería solucionar. Bajé la mirada. Algunos viandantes que se detenían en el semáforo cercano nos observaban disimuladamente. Le dije que quería recuperar la memoria. Ante todo, necesitaba saber quién era. No podría vivir sin ello. Él volvió a girarse hacia la calle y, como si reflexionase en voz alta, comentó que podía ayudarme a resolver aquello, pero que igual después me arrepentía de conocer quién era yo. No dije nada. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un papel en el que había escrito un nombre que yo no conocía. Me lo tendió. Yo lo cogí y me quedé mirándolo, esperando una explicación. Él dijo que se trataba del nombre de un medicamento que vendían en las farmacias. Allí enfrente había una. Si lo tomaba, recuperaría la memoria. Yo me incorporé de golpe. Él me cogió del brazo y me obligó a sentarme de nuevo. Me advirtió que, en mi estado actual, si lo tomaba podía sufrir un importante efecto secundario. Le pregunté con ansia cuál era ese efecto. Ciego. Me quedaría ciego. Tenía, por tanto, que elegir. La luz o la memoria. Me apoyé en el respaldo del banco. El vacío en mi cabeza lo llenaba todo. La luz rotunda de la mañana destrozaba mis pupilas con el mismo resplandor azulado del almacén. Me levanté poco a poco. Todavía no había dado dos pasos en dirección a la farmacia cuando le oí decir que iba a necesitar dinero. Me giré hacia él y vi cómo me tendía tres monedas. Musité palabras de agradecimiento, pero él replicó que no me preocupara, que se trataba de una medicina barata. Por lo menos, a la hora de comprarla.

Crucé la calle sin esperar a que el semáforo de peatones cambiara a verde. Un par de coches frenaron entre bocinazos e insultos. Yo apretaba las monedas en mi puño cerrado. Ciego. No me iba a quedar ciego. Tampoco parecía probable que recuperase la memoria. Tal vez el viejo estaba mal de la cabeza. Pero yo no perdía nada por intentarlo. La vista, por lo menos, no. En la farmacia me miraron con prevención. Yo había visto mi aspecto en el cristal de la puerta, antes de entrar. La cara arañada, la ropa sucia, pantalones rotos, manchas de sangre, ojos de perturbado. Ése era yo. Eso era yo. Pero me atendieron. Le di el papel a la mujer con la bata blanca. Blanca. Ropa blanca. Otra vez. Ella me escrutó unos instantes y luego se metió dentro. El señor con pantuflas y gafas doradas que esperaba sus medicinas me miró de reojo. Yo volví a ver la nave llena de cuerpos. Me apoyé en el mostrador. La mujer trajo una cajita muy pequeña. La metió en una bolsita y me pidió dos con sesenta y ocho. Le di las tres monedas y me di la vuelta. Cuando salía, oí cómo me decía que me faltaba el cambio. No me detuve. Volví al banco otra vez sin esperar al semáforo. Los coches me dejaron pasar. Esta vez nadie gritó. El anciano de los joviales ojos azules ya no estaba. Ni allí ni por los alrededores. Lo busqué en la neblina de la mañana. Después, abrí el envase y miré lo que había dentro. Era un colirio. Se ponía directamente en los ojos. Saqué el papelito con las instrucciones. Yo sabía leer. Recordaba los símbolos escritos. Su significado. ¿El sentido? ¿Qué era el sentido? La medicina estaba indicada para tratar la irritación de la conjuntiva. La dosis consistía en tres gotas en cada ojo. No había contraindicaciones, ni efectos secundarios relevantes, ni interacciones conocidas. Igual yo había ingerido una sustancia desconocida. Podía ser que interactuase con aquello. Tal vez me quedase ciego. Abrí la botellita de plástico, rasgué la punta con una uña y me dispuse a ponerme las gotas. Quizás recuperase la memoria. Al principio, no sucedió nada extraño. Me picaban los ojos, nada más. Pero cuando pasaron unos minutos me di cuenta de que oía mucho más el sonido de la ciudad. El rumor del tráfico, las músicas lejanas, incluso las conversaciones de la gente que estaba sentada en una terraza al otro lado de la calle. Advertí que la niebla se espesaba. La luz se iba apagando. Cerré los ojos, espantado. Lo estaba imaginando. No era posible. En la oscuridad de mí mismo, vi encenderse una pantalla de ordenador. Un mensaje que parpadeaba. Bienvenido a sinsentido.org. En seguido se abrió una ficha. Nombre: Alfredo Juárez Celdrán. Dirección: Calle del cedro, 27-7ª, Madrid. Teléfono: 346993737. Allí estaba mi fotografía. Tenía mejor aspecto que aquél a quien yo había visto reflejado en el cristal de la farmacia. La siguiente pantalla estaba ocupada por un único rótulo. La disolución del sentido. ¡Era aquello, pues! En un momento, sentí cómo mi mente cargaba el peso de millones de recuerdos. Mi vida. Alfredo Juárez. Ingeniero de sistemas. Miembro de la comunidad sinsentido. Aquella pantalla seguía fija en mi mente. Me esforcé por pulsar y seguir. El rótulo se desvaneció y apareció un documento. Era un formulario. Expreso mi voluntad de desaparecer voluntariamente y de no ser buscado. ¡La fiesta! Varios meses preparando la quedada donde pondríamos a prueba nuestro deseo de disolver toda pretensión de hallarle sentido a la vida. Enrolé a Pete de Málaga y a Rosa de Barcelona. Contribuí a conseguir los ingredientes de la betafamina 26. La sustancia de la disolución del sentido. Todos contribuimos. Formaba parte del contrato de afiliación a la élite de la comunidad. Instalar un programa que borraría todo rastro en nuestros ordenadores. No hablar del tema con nadie. Firmar la carta de la desaparición voluntaria. Conocer y asumir los riesgos de la ingestión de la sustancia. Habíamos quedado en el teleférico. Desde allí nos llevaron al lugar de la celebración. Ahora todos estaban muertos. O tal vez sólo unos cuantos. Abrí los ojos. Me había quedado ciego. Los sonidos de la ciudad amenazaron con sepultar mi recién recuperada memoria en un alud de ruido. La oscuridad me envolvía.

Algo parecido a las lágrimas asomó en mis cegados ojos. Tenía razón el viejo. ¿Para qué recuperar la identidad de la que había querido huir? O tal vez no. Quizás la ceguera era una oportunidad de ser otro. De anular a aquel tipo pretencioso y vacuo que se había podrido en dinero y en aburrimiento y en un odio hacia los demás que sólo era odio a sí mismo. Un triunfador que había elegido la soledad por estilo. Así llegué a presentarme. Demacrado, herido y ciego, aún llegué a reírme un poco en aquel banco de Pintor Rosales bañado por un sol que nunca volvería a ver. Pero cuya radiación notaba como nunca antes. Hice un esfuerzo y me levanté. Oí que alguien se acercaba. Le imploré ayuda. Se marchó. Yo, pidiendo ayuda. Yo, que taché la demanda de solidaridad como una humillación intolerable. A la tercera, un hombre se paró. Le dije que había perdido la visión y le pedí si me podía acompañar a un taxi. Aceptó hacerlo. Me preguntó si me acababa de suceder. Le dije que sí. Se ofreció a llevarme a un hospital. Se lo agradecí, pero repuse que tenía quién se ocupara de mí. Era cierto, aunque un día antes hubiera negado rotundamente que existiera alguien así. Al llegar al coche, le pregunté al conductor qué día de la semana era. Tras un pequeño silencio, contestó que era domingo. Entonces, le pedí que me llevara a la calle Miradores, número ocho. Que avisara en el timbre de la puerta cuatro a Julián Juárez. Que él se haría cargo de mí. Mientras el coche se ponía en marcha y realizaba bruscas maniobras para introducirse en el tráfico de la ciudad, recordé que hacía tres años que no nos habíamos visto. Fue en el entierro de madre. Allí, se me ofreció para lo que necesitase de él. Lo viví como una auténtica afrenta. Como si yo necesitara la ayuda de alguien. No le había llamado desde entonces. No devolví las dos llamadas a mi móvil que me hizo en el primer aniversario de la muerte de madre. Ahora iba a tener la oportunidad de cumplir su promesa. Y yo de darle un nuevo sentido a mi existencia. Al menos, de darle alguno.

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