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Garcia Artime, Luis (Bolin)
El otro
I
La silueta se veía borrosa. La bruma, que el sol de la húmeda mañana estival bielorusa, estaba
levantando en el bosque, no facilitaba el correcto enfoque de la mira telescópica. El francotirador
partisano, apartando una rama del arbusto bajo el que estaba oculto, pasó con suavidad un dedo
enfundado en un guante de algodón, por la empañada lente delantera de la misma y, a continuación,
giró cuidadosamente la ruleta del ajuste vertical, hasta que la cabeza del objetivo se centró en la
retícula. “Era un disparo de 150 metros. No había viento apreciable. Blanco fácil”.
Contuvo la respiración un momento y, luego fue dejando salir el aire de sus pulmones lentamente,
hasta que sintió que sus brazos y sus hombros se relajaban.
Contempló un último instante, a través del instrumento óptico, el rostro de su objetivo. No era más
que el rostro de otro nazi más, que iba a abandonar definitivamente su país. Esta vez, se trataba del
rostro de un joven de una edad semejante a la suya. Unos veintidós o veintitrés años. Llevaba unas
ligeras gafas de montura metálica. Tenia la cabeza cubierta por el gorro de cuartel y su casco de acero
colgado de las cartucheras. ¡Que raro! ¿ Qué estaría haciendo allí sólo ?
Estaba tan concentrado en algo, que no parecía tomar ninguna precaución, a pesar de que no se veía
a ningún otro miembro de su unidad en las proximidades. El partisano, camuflado entre los arbustos,
no podía ver nada hacia su izquierda, en la dirección en la que miraba el joven soldado alemán.
Dobló lentamente su dedo índice en torno al disparador de su fusil Mosin-Nagant y, suavemente,
empezó a presionarlo. Su hombro encajó el seco retroceso de la culata, mientras la detonación aturdía
momentáneamente sus oídos.
Vio la cabeza del soldado, sacudida lateralmente, quedar suspendida un instante en un escorzo
forzado, antes de que el cuerpo se derrumbase desmadejado. Accionó el cierre de su arma, dejándola
dispuesta para un disparo defensivo, y se quedó inmóvil durante unos minutos, a la espera de una
posible respuesta. Nada. Era el momento de cambiar rápidamente de posición.
Retrocedió arrastrándose, procurando no mover demasiado la vegetación que le había ocultado.
Una vez que estuvo a unos metros por detrás de su refugio, se incorporó lo suficiente para echar una
mirada a su entorno, cuando, de pronto, instintivamente, se dejó caer sobre su costado izquierdo,
encarando el arma..., frente a él, a su izquierda, a escasos veinticinco metros de distancia y acurrucado
entre las raíces de un gran fresno, se encontraba la frágil figura de un niño, vestido con una camiseta
azul..
II
- ¿ Vas a ponerte a comer ahora ? - preguntó Hans al cabo que acababa de levantarse de su
asiento, dejando su arma apoyada en el borde de la mesa que le había servido de apoyo-¿ Ahora ?-
repitió incrédulo, viéndole extraer de su macuto una servilleta de cuadros, en la que depositó sus
cubiertos de campaña y una botella pequeña de vodka, después de echar al suelo un montón de
casquillos que habían quedado sobre la mesa.
- ¿ Y cuando coño quieres que lo haga, eh ?- respondió roncamente el cabo, con una mirada
que a Hans le recordó la de la vaca de su tío Joachim.
Era una mirada incierta, ausente, como si su dueño estuviera muy lejos de aquel maldito lugar. “¡Muy
lejos del maldito Vitebsk. De su maldito río Dunia. Muy lejos de toda aquella maldita mierda !”
Volvió la cabeza hacia el foso y, como en una alucinación, distinguió las siluetas de una mujer de
mediana edad, de otra más joven y, a su lado, la de un niño pequeño vestido con una camiseta azul. Los
tres de espaldas a ellos. Con la cabeza inclinada hacia adelante. Por un instante se preguntó extrañado
qué hacían allí aquellos seres. Una décima de segundo después, pensó que el cabo debía haberse olvidado
de ellos. Se volvió hacia este, que estaba sirviéndose una especie de estofado humeante, de una cacerola
que le había traído un anciana del pueblo y, como un autómata, la mente vacía, recogió el fusil del cabo,
mientras le decía, sin escuchar su propia voz,
-No te preocupes, yo lo acabo.
Avanzó unos pasos, con el arma cruzada delante de su pecho. Se detuvo. Las tres figuras continuaban
allí. Inmóviles. “Como si deseasen arrojarse a la fosa, y a la espera de que les diesen permiso para
hacerlo.”¡ ¡Que extraño era todo aquello ! Era como un sueño...”. Cargó el arma, la ajustó a su hombro
y, casi sin apuntar, disparó sobre la mujer de la derecha. El choque del proyectil sobre la parte alta de
la espalda de la mujer, la proyectó violentamente hacia adelante, precipitándola dentro de la fosa. Con
la mente en blanco y un movimiento mecánico, volvió a cargar el fusil, y repitió el disparo sobre la otra
mujer, con el mismo resultado. Sin sentir la más mínima emoción, recargó de nuevo, y bajó la mira,
apuntando hacia el niño.
- Eh! Hans ! ¿ Desde cuando matas conejos dormidos ?- una voz burlona resonó fuerte a
sus espaldas, y separando el fusil del hombro, se volvió hacia dónde provenía.
Era Lothar. Al parecer, él sí había podido dormir esa primera noche de descanso. Después de tres
semanas de combates aterradores en torno a la ciudad de Vitebsk, con la furiosa vanguardia soviética
pisándoles los talones a los restos dispersos de la 94 Infanterie Division , él no había podido conciliar
el sueño.
Parecía en plena forma.
Lothar llegó hasta su lado, y señalando con un gesto de la cabeza hacia el pequeño que seguía mirando
la fosa, como si nada estuviese ocurriendo a su lado, le fijó los ojos inquiriéndole con la mirada sobre
lo que pensaba hacer con él.
Hans se quedó paralizado. A medio camino entre el despertar de una pesadilla y el terror que le
producía, precisamente despertarse.
- Bueno, si lo vas a liquidar, hazle correr un poco, al menos...¿ No ?- le propuso, como si fuera
evidente que sería más deportivo, más “decente”, un disparo sobre un blanco en movimiento.
No sabía si tenía razón, pero aceptando la idea, Hans tuvo de pronto la sensación de no recorrer en
solitario un oscuro itinerario que había emprendido unos minutos antes, y que no sabia muy bien hacia
dónde le conducía.
- Quédate aquí un momento - dijo Lothar mientras se acercaba al pequeño.- Te lo voy a colocar
en una posición, en la que sólo un buen tirador como tú puede hacer blanco.
Lothar agarró al niño por un brazo y empezó a alejarse rápidamente en dirección al bosque, desde
el lindero en el que se encontraban y en el que habían cavado la fosa, los fusilados del día anterior.
Mientras caminaban, Lothar trató de indicarle al niño que corriera hacia el bosque lo más rápido que
pudiera y moviéndose en zigzag. Todo ello en un lenguaje, mezcla de gestos y vocablos bohemios y
rusos, apresurado y confuso.
Hans contemplaba los movimientos de Lothar y el pequeño, sumido en el carrusel de sus pensamientos,
en los que la fatiga, el miedo y la definitiva perdida de toda referencia anterior al horror vivido hasta
entonces, se mezclaban con recuerdos fugaces de su casa, su familia y sobre todo, de sus libros... “ Los
libros...”
Se giró sobre los talones y contempló un panorama que acabó de completar el caos de su mente.
El cabo, que había estado disparando a esa gente cuando él llegó aquella mañana, pertenecía una de
aquellas extrañas unidades denominadas Einsatzgruppen, con las que se solían tropezarse cada vez que
regresaban a la retaguardia. Siempre empujando, pegando y fusilando civiles...”¿Civiles? No. Judíos.
No.¿Civiles? ¿Judíos?... Muertos.¿Que más daba quienes fueran?”
Frente al cabo, que seguía concentrado en su comida, había un agujero en la arena. Era una fosa
excavada recientemente. Se notaba en la tierra amontonada a su borde, todavía húmeda.
“ Olía a... olía a ...a cadáveres sin enterrar. Y, ¿ Porqué diablos no enterraban de una vez a aquellos
fusilados ? y, ¿ Porqué la fosa era tan grande, para el número de cadáveres que había dentro ?”
Por detrás, a la espalda del cabo, empezaba la vereda que llevaba al pueblo. Se veían las primeras
casas muy cerca. Un grupo de niños curioseaba desde detrás del talud del camino. Al fondo se adivinaba
el vivac donde su compañía había aparcado los carros con los caballos, y la batería antitanque de su
sección.
Volvió a girarse y vio a Lothar al borde del bosque. Solo.-”¿Solo? ¡ Claro ! ¿Y con quién quieres
que esté?, ¿ Con su novia ?”- pensó Hans.- “Ah! ¡El Niño!... ¿Y quién es ese niño ?, por cierto, ¿ Dónde
se ha metido ?”
Hans no acertaba a encajar todas la piezas que entraban, salían y se mezclaban sin cesar en su
cerebro.
- Eh! Lothar ! ¿ Dónde está ese crío ?- gritó.
Hans avanzaba hacia la figura de Lothar, que se encontraba al borde del bosque. Estaba de espaldas
rascándose la nuca con una mano mientras que, con la otra, golpeaba repetidamente el gorro de cuartel
contra su pierna.
- ¡ Ese desgraciado ha entrado directamente en el bosque, y me ha despistado ! Bueno, no
creo que merezca la pena buscarlo. Cuando tenga hambre ya saldrá. y, si no... ya se encargará de él
alguna alimaña.
Mientras llegaba a su lado, Hans observaba a su compañero, sin prestar atención a lo que este estaba
diciendo.
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III
Se habían encontrado, por primera vez, en el campo de entrenamiento del 279 Infanterie Regiment
, en Elsenborn, en el verano de 1941. En aquellos momentos, para Hans, futuro autor literario, o poeta...
todo resultaba una especie de juego, una aventura. El polvo del campo de instrucción haciéndole toser
con la fatiga. El calor sofocante concentrado en las agujas de los pinos. Las cigarras chirriando
enloquecidas por el bochorno. El crepúsculo, tras las suaves colinas boscosas de Eifel y, luego, en
silencio, la frescura húmeda de las noches.
Pero toda esa existencia feliz de guerrero de juguete, no duró mucho tiempo. La estruendosa
violencia de la guerra, le despertó sin compasión de su sueño infantil. Tal vez, en su vida de muchacho
con su vocación de escritor… de poeta, siempre había observado, con una distante indiferencia, todas
esas cosas que ahora formaban parte de su nueva realidad. Los campamentos de las JJHH, la camaradería,
los cantos alrededor de una hoguera, las enardecedoras arengas nacionalistas, los discursos incendiarios,
las persecuciones de los enemigos de la patria…, todas esas cosas, eran cosas de otros, lejanas y extrañas
a sus inquietudes. Dentro de él, entonces, sólo habitaba la soledad. Le gustaba la soledad, … “su
soledad”. Pero, ahora, no era la soledad lo que empezaba entristecerle. Era una especie de sensación
de desamparo, un desconsolador abandono de sí mismo, lo que le asaltaba cada vez más a menudo.
Cuando, se enfundaba en su disfraz de soldado, cuando asumía como un sonámbulo las órdenes, la
disciplina, el manejo de las armas... sentía que otro “yo” aparecía, le observaba con curiosidad y acudía
solícito en su ayuda. Y cuando, finalmente, lo enviaron al frente ruso, a Ucrania primero, y luego, tras
un efímero permiso en casa, a Bielorusia, tuvo que asirse a la única tabla de salvación que encontró
para su angustia, asumir su papel de “extraño” entre los “extraños”.
En todo aquel infierno en que se convirtió finalmente, lo que había empezado como una aventura
de conquista de amplios horizontes, de llanuras fértiles sin fin, victoria tras victoria, el “otro”, que
habitaba ya casi todo su ser, lo había ido convirtiendo en un miserable superviviente, en una patética
figura que ahogaba sus angustias y su miedos en constantes borracheras, y al que una inesperada
fortuna le había hurtado de la muerte, hasta aquel momento.
Lothar nunca había sido lo que él hubiera considerado un amigo. En el fondo, no sabía nada de
él, porque nunca le había interesado. Le había salvado la vida, y eso, como ocurría a veces entre
soldados, les había proporcionado una especie de vínculo especial. Es muy importante tener cerca a
alguien al que puedas confiar tu seguridad. Lothar no era como los demás camaradas de la unidad.
Era un soldado de verdad. Astuto. Inteligente. Atento siempre a los detalles verdaderamente importantes,
que solían decidir la suerte del pelotón en los momentos duros. Extremadamente atento a la vigilancia,
nunca le había visto borracho en tres años. Era como una fiera. Con un extraordinario instinto de
supervivencia. Siempre alerta. Sin embargo, la última fiesta de la Navidad, pese a su indiferencia por
la celebración y su distante actitud con el resto del pelotón, se había mostrado singularmente afectuoso
con él en un momento en el que la melancolía le había hecho naufragar en una estruendosa amalgama
de sollozos y de alcohol. Era, en resumen, el menos “extraño” de los “extraños”.
-Dime, Hans ¿ Qué mosca te ha picado para ponerte a dispararles a esos desgraciados?-
Lothar se había vuelto hacia él, mientras se ajustaba el gorro en su cabeza. Le había hecho la pregunta
con ese aíre de indiferente superioridad de hermano mayor, con el que solía dirigirse a quien había
cometido una torpeza.
- La verdad es que no lo sé.- contestó Hans sentándose en una piedra y apoyando el fusil
entre sus rodillas. - Pero, en el fondo... ¿ Qué más da dispararles a esos que a otros ?- lo soltó, sabiendo
que era una respuesta que no significaba nada. Era la respuesta que daría cualquiera de las sombras
con forma humana que le rodeaban desde hacía tres años. Hacía tres años que mataban a seres humanos
que ya estaban muertos, antes de que ellos llegaran para materializarlo. Nada. “¿ De qué valía tratar
de encontrar razón alguna para explicar una realidad, de la que su verdadero “yo” estaba ausente, y
a la que el “otro” se adaptaba sin esfuerzo, tranquilamente ?”
- Tú crees realmente que cuando regresemos, si salimos de esta, ¿ Podremos volver a ser
como antes ? ¿ Qué hacías tú antes de empezar esta mierda ? ¿ Trabajabas en algo ? ¿ Tenias algún
negocio ?- no es que tuviera demasiada curiosidad por saberlo. Era, simplemente, una forma tan buena
como cualquier otra de evitar seguir hablando de los muertos de la fosa.
De pronto, tuvo la sensación de que Lothar le miraba de una forma especial. Se acercó a donde
se había sentado. Se inclinó sobre él, le agarró fuertemente por la hombrera y, sin soltarle, con la cara
muy cerca de la suya y mirándole al fondo de sus ojos, dijo lentamente entre los dientes, sin desencajar
las mandíbulas:
- ¡Levántate hijo de puta. Ya es hora de que despiertes, porque nos queda muy poco ...! – lo
obligó a levantarse, y casi arrastrándole se adentraron en los primeros metros del bosque
- Te he estando observando desde que vinimos a este maldito país. Hace mucho tiempo que
me ocupo de ti, aunque tú no te hayas dado cuenta. Y, ¿ Sabes porqué, bastardo ? Te lo voy a explicar.
¡Porque ha llegado mi hora! Te necesito para llevar a cabo un plan que ha estado esperando durante tres
años. Y..., ¿Porqué tú ? Porque tú eres el único aquí que esta fuera de su sitio. ¿ Qué coño hace en este
basurero un jodido niñato, que debería estar estudiando, para que su papá tuviera un buen retiro ? ¿Qué
coño te han enseñado en tu escuela? ¿ Te han hablado alguna vez de la sociedad de los cazadores y las
presas ? -hizo una pausa, y se acercó de nuevo, agarrándole de la guerrera -,Te lo voy a explicar... Hay
dos tipos de hombres : los cazadores, como yo, y las presas como tú. ¿ Me sigues ? Las presas, antes,
erais también cazadores…¡ Je, je.! Antes de que os equivocaseis pensando que, si establecíais unas
reglas de juego, todo continuaría igual, pero mejor; porque, de esta forma, tal vez los más débiles tendrían
alguna oportunidad.¡Que jodidos estúpidos! -alzó el tono de voz, señalando con su dedo índice la cara
de Hans- ¿ Les diste tú alguna oportunidad a las dos mujeres que has matado hace una hora ? ¡No, claro!
Lothar hizo una pausa, y volvió a hablar en un tono más pausado mirando hacia el fondo del bosque.
- Los cazadores estamos solos. Cada cazador se rodea de un espacio propio e inviolable.
Ese espacio sólo es posible conservarlo si te haces respetar - se volvió hacia Hans- ¿ Sabes tú en que
consiste hacerse respetar? Consiste en dos cosas, primera, no tratar de conseguir lo que está fuera de
tu alcance, y segunda, convencer al resto de los cazadores de que es muy peligroso creer que lo tuyo
está a su alcance. Pero esto no se dice. ¡Se hace! Nadie puede entrar en tu espacio. Si te descuidas estás
muerto. Pero...aquí las cosas son distintas -el rostro del soldado se ensombreció- Me puede cazar
cualquiera de los capullos que están ahí enfrente. Y…¿Sabes lo más gracioso? Lo más gracioso es que
él, ¡No sabe porqué me caza! Escucha, cuando quien pretende cazarte no sabe porqué lo hace, es mucho
más peligroso para ti. No puedes prever lo que va a hacer. –hizo de nuevo una pausa- ¡Todo ha cambiado!
Menos una cosa... ¡ Que yo me voy de aquí ! -
El semblante de Hans se había ido transformando, a medida que Lothar iba hablando. Desde una
expresión de sorpresa, como cuando uno se despierta de un sueño pesado, hasta la de un vago temor
instintivo, al descubrir en Lothar una personalidad insólita, y potencialmente muy peligrosa.
Sin embargo, al mismo tiempo que el vértigo de aquel descubrimiento iba invadiendosu mente, la
cínica calma en la que se desenvolvía su sustituto habitual, su “otro”, moderaba los efectos y paulatinamente
iba apoderándose de la situación, hasta llegar a inducir una sorprendente y mórbida curiosidad por el
personaje que hablaba. Como si aquel abismo que se había abierto, de pronto, le atrajese fatalmente.
- Pero dime... ¿ Porqué has esperado tanto para decidirte ? ¿ Te crees que tienes algo de
especial ? Más o menos, todos hemos pensado alguna vez en desertar y largarnos de aquí...¿ Qué quieres
decir, cuando hablas de un plan ?
Ahora sí se sentía verdaderamente interesado por la historia de Lothar. Tenía la sensación de estar
ante la imagen de un personaje literario, de un fascinante “aventurero”.
- ¡Todo ha cambiado!.- empezó de nuevo Lothar, con acento abatido- Yo no escogí
alistarme como tú, para salir del pueblo a conocer un poco del mundo exterior y sus aventuras de mierda.
Yo tenía una buena razón para desaparecer, durante el tiempo necesario para que vuestra policía me
olvidase. El problema es que ese momento se ha prolongado demasiado,... y ¡No aguanto más! -los
ojos de Lothar se habían escondido entre sus párpados- Escúchame bien señorito, yo vengo de un mundo
que tu no podrás conocer jamás, a través de tus jodidos libros. El mío es un mundo real. Real, cuando
a los cuatro años me fugué de un Hospicio para huérfanos de la primera guerra, en Bohemia. Real,
cuando alguien me dijo que era hijo de una judía. Real, cuando llegué a un país en el que un muchacho
tiene que espabilarse o lo tiene jodido. Real, cuando yéndome bien, por fin, los negocios, una de mis
chicas palma, y me cargan con el paquete. Y…, a todo esto, los grasientos de las S.A., que vienen a
ofrecer servicios pagados, un uniforme y una pistola legal al personal; y entonces, empiezas a no saber
quién juega a qué. ¡Una gran mierda ! Antes tenías a lo policía detrás, y ahora no sabes si la tienes
también delante, disfrazada de fantoches pardos. Total, la única salida : alistarse... ¡Y ya llegará el
momento!-de nuevo pareció más exaltado- ¡Pero todo ha cambiado! La guerra no debía ser más que
“más de lo mismo”, sólo que a mayor escala. Incluso cabía la posibilidad de hacer algo de dinero para
la escapada. Sólo que, de pronto, te das cuenta de que cuando alguien muere por algo concreto es una
cosa, pero cuando muere por nada...Matar nunca fue un drama para mí. Era más bien una mierda de
complicación. Lo acababas entendiendo. Pero…¡ Todo ha cambiado !- inesperadamente se puso a gritar
preso de una evidente excitación, que crecía por momentos- ¿ Porqué mataste a esas mujeres ? ¿ Eh ?
No lo sabes. Tú nunca habías visto más muertos que los que enterraban con cura y procesión en tu
pueblo, pero… ¡Te has acostumbrado! Los muertos ahora, para ti, nos son más que muertos. Matas
como bebes, como meas, o como cagas. Pasas al lado de un soldado muerto y es lo mismo que cuando
ves el cadáver de un niño. O de un viejo. Los hemos matado.¿ Por qué? ¡ Mmmm...!¡Y yo qué sé !
Están bien muertos ¿No? ¡ Ya... ! ¡ Alguna razón habrá... ! ¿ Eh ?...- gritaba acercando su rostro al de
un Hans, cada vez más aturdido- Verás,... un tipo como yo, si no encuentra alguna razón por la que
alguien haya sido fusilado, se pregunta...¿ Si se mata sin razón, no seré yo el siguiente ? Si algunos
fusilan porque alguien les ha dicho que lo tienen que hacer... Tal vez no al primero, pero al siguiente
empezarán a encontrarle algo en común con el primero. De esta forma, matarán al tercero con más
tranquilidad y sin hacerse preguntas.. ¿ Me sigues ?...
En ese momento, bajó el tono de voz, y empezó a recular, sin dejar de fijar la mirada en los ojos de Hans.
-Pues bien, te voy a dar la razón que necesitas para adentrarte en el bosque y matar a ese crío.
Es la misma por la que has matado a las dos mujeres. No habían hecho nada. No tenían nada que quitarles.
Ni siquiera eran atractivas, como las ucranianas que nos tiramos el año pasado - súbitamente, su voz se
convirtió en un grito, con una gran excitación reflejada en su mirada- ¡¡¡¿ Sabes cual es la razón por la
que las has matado ? ¿ Eh? ¿ Sabes cual es el motivo por el que seguramente matarás a ese niño? ¡ Fácil !
Porque, aunque ellos no lo escogieron, nacieron, como yo, de una madre judía. ¿Te enteras? ¡¡Ahora
capullo, una vez que ya tienes una buena una razón para hacerlo...¿También me vas a matar a mí?!!
A medida que Lothar hablaba, Hans sentía que el refugio, vacío de cualquier resquicio de moral,
en el que su “otro” conseguía ocultarse, acababa de desaparecer con “él”. El “otro” había desertado. Le
había abandonado. El nuevo espacio en el que Lothar le estaba invitando a entrar, era sobrecogedor. En
él, ya no había nada en qué amparase. Todas las puertas estaban cerradas. Estaba sólo. No había salida.
Sólo sentía un vacío desolador y frío... Había traspasado el tenebroso umbral del horror…
Empezó a avanzar lentamente. Sin expresión. Como un espectro. Su cerebro era una noria vertiginosa…
-“¡Lothar tiene razón...¡Todo ha cambiado!¿ Dónde estoy...?¡Nunca he estado aquí...!¡O tal vez, nunca
haya salido de aquí…!¡ Es una mierda...!¡Una mierda!...¡Es el final!
¡...El final…!
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Epílogo.
Pausadamente, fijando en su compañero una mirada vacía, levantó su fusil y disparó.
Por un instante, le pareció que Lothar le sonreía tristemente mientras caía despacio, ...con un feo agujero
entre los ojos.
Pasó sobre el cadáver de su amigo y se adentró en el bosque. Arrastraba los pies y el arma, colgando
de su brazo inerte. Caminó un rato y se apoyó en un árbol. A través de las frondosas copas de los arces y
fresnos centenarios, trató de ver el cielo de finales de Junio, en Bielorusia. No lo consiguió. Cuando se
giraba para regresar hacia el lindero, creyó distinguir, a unos cien metros, una pequeña mancha azul. Era
del mismo color que la camiseta del niño. Se paró y se quedó quieto tratando de pensar en algo...
Entonces, sintió un violento golpe al lado de la oreja izquierda. Vagamente, creyó oír un estampido
seco, como una detonación, cuyo eco iba disipándose en el profundo sopor que le invadía …poco a poco…
Aquella puerta hermética que cerraba la estancia del horror, empezó a abrirse lentamente.
Pero, él…, ya no conseguiría nunca volver a ver el brumoso cielo estival de Bielorusia.