PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Ocañam Parrón, Oscar (Juan Miserable)

El pecado de Laurel



Laurel, esmirriada pero bonita, como decían en cuanto gozaban de la oportunidad todas las viejas del pueblo, enviudó, -por deseo de Dios y de los problemas de riego sanguíneo de su marido-, una tarde de frío invierno a la tierna edad de veinte y una primaveras. Y que el Señor tenga en su gloria si es su Divina Gracia a tan gran pecador y cruel pendenciero.

Gabi contaba ya los cuarenta cuando su cerebro dejó de recibir el oxígeno debido y dobló el espinazo como si de papel se tratara. Era tan borracho como violento, y de palabra tan lenta como de rápida mano en bofetón cargada. Sus hombros se levantaban sobre mas de cien kilos de carne y huesos, y se situaban debajo de muy poco cerebro, o muy mal rentabilizado. Moreno encanecido, bizco y de manos encalladas, era su sueño mas alto tener un hijo cura, -que su imaginación no llegaba para desearlo obispo, no digamos Papa-, Dios mediante. Dios no medió.

Nadie más que Laurel, la bonita y esmirriada viuda, lamentó su muerte. De hecho, la doliente familia de la primera esposa de Gabi agradeció al Cielo tan dulce venganza sobre el que ellos sabían asesino de su parienta, y que el Infierno buena cuenta de sus huesos diera, que seguro que el Altísimo de tal individuo nada quisiera saber.

Sin embargo, Laurel lloró la triste perdida, -sólo para ella-, de su amado esposo, adquirido en segundas nupcias como quien adquiere un electrodoméstico golpeado en un saldo.

Cuando Laurel regresaba aquella mañana del bancal de patatas de su padre, se encontró sentado frente a un vaso de tintorro al Aviudo de la Magdalena, la que murió el año pasado por estas fechas@, hablando con su querido progenitor, el cual la miró a la cara y la dijo, sin ceremonia alguna, que ya tenía quien la mantuviese.


Y no es que Laurel, que recibió su nombre en honor al árbol donde su madre murió a solas para parirla, no se hubiese ganado a pulso cada miga de pan que su padre la diera para comer y cada retal de trapo que la entregara para remendar sus vestidos. Laurel era jornalera, ama de llaves, criada e hija única de su padre, y se mantenía con su propio sudor sobradamente. Sólo que era una mujer de aquellos tiempos, y, como todos sabían en el pueblo, las mujeres hay que mantenerlas. Y enderezarlas.

La niña, -que niña era aun-, no mostró temor ni alegría alguna ante el anuncio de su pronta boda, y un encogimiento de hombros poco acento hubiese añadido al neutro verbo de su mirada. Con esa misma mirada dijo si como quien dice que remedio a su hombre dos meses más tarde, en una ceremonia sencilla, oficiada en diez minutos, a la que siguió un banquete escaso ofrecido por los escasos recursos de su progenitor.

Laurel se comenzó a enderezar la misma noche de bodas, en la que descubrió, sin asombro, que la diferencia entre Ahija@ y Aesposa@ reside en la intensidad y la naturaleza de las palizas que se reciben.

Su padre ya la golpeó en alguna que otra ocasión. En especial recuerdo quedaba la vez aquella que derramó un quintillo de vino, y a cambió se la recompensó con dos bofetones seguros y certeros, sin cólera ni saña. No terció palabra alguna, no se reveló gesto en la cara del verdugo, no se aclaró, por supuesto, motivo ni explicación. De aquel cruce de cara se le quedó grabada a Laurel la falta de violencia. Curiosa paradoja escrita en los moretones de su rostro infantil.

Dieciséis años contaba cuando se la entregó como esposa a Gabi. Su falta de experiencia en la cama se reprendió con treinta y dos azotes de cinturón cuidadosamente contados por la pobre muchacha. Y es que Laurel no sabía sumar, ni leer, ni escribir, pero necesitaba contar patatas, y los latigazos se contaban igual que los tubérculos. Es de suponer, que de haber tenido experiencia en el tálamo matrimonial, los correazos tal vez no tuviesen un número conocido por Laurel.


Pocas mujeres en el pueblo podían afirmar no haber recibido un golpe o mas de su padre o, posteriormente, su marido. Las más afortunadas podían decir que Asu hombre, -o su padre-, era un santo, pues nunca me ha puesto la mano encima@. Si una mujer recibía, así como un muchacho, es que algo habría hecho, que la culpa ya dice la Biblia es de las hijas de Eva. Y si no lo había hecho, para cuando lo hiciese, que de fijo lo haría. La distinción entre muchachos y esposas es que, a los hijos propios, cualquier cachete de vecino bien recibido es, que se lo ahorra el padre, -aunque el padre después añada su propia cosecha-, y a la mujer de uno no la toca mas que uno, que ni el padre de ella que lo mato si me la levanta la mano y yo me entero que me enciendo con nada y eso lo sabe él vaya si lo sabe.

Aun así, a Gabi se le iba la mano y lo decían hasta en el cuartelillo, y eso es mucho irse la mano. Que hasta el suegro le agarró dedos a la solapa y lo puso perdido de cal de la pared de la tasca clavándole en ella, por tentarle la cara a Laurel delante de todo el tascorro. Y eso que el suegro nunca escatimó golpes en la educación de su hija, aun con esa paradójica falta de violencia en los guantazos.

Todas las semanas, desde que se casó, iba Laurel a misa como buena esposa y vecina que era, y se sentaba atrás con las mujeres casadas, justo delante de las solteras casaderas, -donde ocupaba asiento antes-, y detrás de las viudas que casaron, -donde acabaría por sentarse-. Antes de misa, con Gabi en la taberna confesando su hombruno comportar a la parroquia, en la parroquia Laurel confesaba sus pecados. A saber; no tratar a su esposo como bien se merecía él, mereciendo ella los golpes que después de él recibía. Y así, con los labios apretados, le daba el padre confesor la absolución que permitiera a tal alma en pena tomar el Sacro Cuerpo de Cristo en perfecta limpieza de espíritu, que no de cuerpo, que este se cubría de los negrones en forma de dedos, hebilla o palo, otorgados por un borrachín de pueblo. Y se preguntaba ese hombre de Dios cuan retorcidos eran en verdad los caminos del Señor.

Lo peor es que Laurel se creía en verdad pecadora y mala esposa, y sufría casi tanto la vergüenza de sus faltas como las palizas que tan alegremente le ofrecía su marido, tomando tales esfuerzos de su hombre por merecida penitencia a sus pecados.


Rezaba la pobre chica por dejar de pecar y por el perdón de los ya cometidos errores, en lugar de orar y pedir por el cese de sus torturas o la fulminación de su torturador. Desde luego, pedir la muerte de un semejante, -si semejante bestia se asemeja a nadie-, si que es pecado, aunque con gusto el padre confesor hubiese absuelto de esta falta a Laurel, y nadie en el pueblo, ni su propio padre, hubiese mostrado reproche alguno.

El caso es que, entre botella de vino, copa de orujo y paliza a la señora, el corazón de Gabi, -que tenía, es de creer-, perdió fuerza y se achicó, y un mal día para él y afortunado para su pobrecita esposa y futura viuda, se negó el órgano vital a suministrar la vital sangre, como quien se declara en huelga y reivindica mejor trato. De esa no se murió, por que los caminos del Señor son de veras retorcidos como ellos solos, pero a punto estuvo de quedarse en medio de la plaza del pueblo más tieso que un palo.

El médico le dijo que bebiera menos, que decirle que no bebiera nada era decirle a un árbol que hiciera el favor de no dar sombra. Por vaya usted a saber que, aunque posiblemente fue por un miedo de cagarse en los calzones a diñarla en cualquier momento, Gabi hizo caso y siguió bebiendo, pero menos, y pasó de emborracharse todos los días a emborracharse todas las semanas, por norma el sábado.

Supo entonces Laurel que su marido no la pegaba cuando estaba borracho, o al menos no la pegaba tanto como cuando no lo estaba. Años más tarde, alguien dejaría caer al aire la expresión Asíndrome de abstinencia@ en la tasca, como nadie supo de que hablaba, no se escucharon mas semejantes palabrejas. Esos tres vocablos tan bien avenidos podrían haber explicado a Laurel tan tremendo misterio encerrado en el alma del desalmado de su marido. Tampoco saberlo la hubiese servido de nada, para que engañarnos.


El día en que la diñó de veras, un año más tarde que la vez que fue de mentirijillas, Laurel amaneció tranquila, dispuesta a pecar, que para eso había nacido. Su marido se fue al bancal, y ella quedó en el hogar, como corresponde a buena esposa. Con cuidado limpió la casa, abriendo las ventanas a pesar del invierno, para que las piedras respiraran sano. Luego preparó el pote, poniéndolo a fuego lento, que mas tierno queda, y sacó la botella de orujo y un vaso, colocándolo todo en la mesilla de la sala, a mano para su hombre cuando llegara. Se detuvo un segundo y repasó con cuidado sus tareas. Satisfecha por completo, a una hora de la comida, se recostó en la mecedora a descansar. Y, con la tranquilidad que da la conciencia de lo bien realizado, quedó dormida como la santa que era.

Regresó Gabi del bancal y la encontró dormida. No había bebido más que la bota de vino que se llevo al tajo, y no estaba todo lo borracho que quisiera, -no estaba borracho para nada-, causa esta de un mal humor ya habitual. Se sumó a este estado de gracia potencialmente violento la ira de ver a Laurel dormida, y si esto ya casi le mata, el oler el quemado del pote casi le arranca el alma.

Apretó los puños y se plantó frente a su esposa, un escalofrío helado le recorrió la médula; el frío entraba por las ventanas, y Gabi pensó que sería necesaria una carretada de leña para volver a meter en cuerpo caliente las paredes, y todo por que la estúpida de su señora se había dejado las ventanas abiertas toda la mañana. Con el revés de la mano la despertó, brotando sangre del labio de abajo como de un grifo que, sencillamente, se vuelve a abrir. Laurel se balanceó en la mecedora a causa del impacto y se levantó como un soldado sorprendido, -que apropiada comparación-, dormido en la guardia. Mareada por el guantazo, aturdida al salir de tan brusco y violento modo de un tranquilo y reposado sueño, se tambaleó en el aire sin encontrar apoyo en sus pies, y buscó el sustento en la mesita cercana, con tan mala suerte cargada a su espalda como para tropezar con la botella de orujo y estrellarla contra el suelo. La furia de Gabi creció a niveles jamás conjurados al ver el preciado néctar extenderse por el suelo, y entre babas y maldiciones, golpeó a la muchacha sin descanso con pies y manos, ciego en su rabia a sus acciones, sordo a los quejidos de su mujer y al crujido de los huesos.


La hubiera matado, no cabe duda. De no haber muerto él mismo antes, fulminado por su propio corazón, -que ni éste parecía soportarle-, la hubiera matado sin dudarlo y sin saber que la estaba matando. Pero le falló el corazón de tan agitados ejercicios y, agarrándose el costado con una mano, boqueando como un pez fuera del agua, fue al suelo desplomado como el guiñapo que al fin y al cabo era.

Laurel salió a rastras de la casa, con un brazo colgándole al costado, un ojo cerrado de la hinchazón y bañada en su propia sangre. Llegó al camino cojeando, allí encontró a cinco jornaleros que tomaban la manduca del mediodía a la linde de los campos de labranza. Todos la conocían, y acogieron la esperanza, en un principio, de que Laurel intentase escapar de su hombre y que de que les iba a pedir ayuda. Deseaban ver aparecer a Gabi en pos de su mujer, y uno de ellos apretó algo más la navaja con la que desgajaba el queso, por si podía sacarle las tripas a aquel jabalí humano. No querían más que el permiso de Laurel. Oírla pedir ayuda.

Y pedir la pidió, sólo que para su marido. Farfulló algo de un ataque al corazón al tiempo que escupía un diente y un grumo de sangre del tamaño de una nuez. Suplicaba que fuesen a él, a su hombre, a su esposo, mientras aquellos hombres la observaban en silencio, sin mover un músculo para salvar la vida de Gabi.

Uno a uno comprendieron que no podían dejarlo reventar allí, y se miraron unos a otros con las cejas fruncidas en el esfuerzo de autoconvencerse de que lo justo era salvar al jabalí, y no destriparlo. Con desgana se dirigieron, a rastras los pies, camino de la casa de Laurel. En sus ojos se leía con claridad que más le valía a Gabí haber muerto por propios méritos. Gabi tuvo suerte; recibió a los jornaleros más muerto que un huevo podrido.

Desde entonces se sentó Laurel una fila mas adelante en misa, donde las viudas. Y todos en el pueblo se sintieron liberados en forma ajena.


Regresó a casa del padre, y aunque la hacienda perteneciera a la hija, el progenitor la administró. Ya no recibió más golpes como hija, que era hija casada y, por si fuera poco, enviudada, y es de muy cobardes levantarle la mano a una viuda.

No confesó más pecados la nueva viuda. No al menos como los de antes. Y sobrevivió la esmirriada pero bonita Laurel a su marido, su padre, su confesor y a todo el pueblo prácticamente, que se la llevó Dios y el cansancio de vivir a los cien años de haber nacido.

Nunca habló de ese día. Ni de por que se sintió tan satisfecha con sus tareas como para quedarse dormida. Y es que tenía motivos de satisfacción, pues lo dejó todo a punto para que el pote quemara, el orujo se derramara y su mente, tranquila, se durmiera, de modo este que su marido, de ira, de incontenible e irresistible ira, de una vez por todas, reventara.

Laurel, esmirriada pero bonita, como decían en cuanto gozaban de la oportunidad todas las viejas del pueblo, enviudó, -por deseo de Dios y de los problemas de riego sanguíneo de su marido-, una tarde de frío invierno a la tierna edad de veinte y una primaveras. Y que el Señor tenga en su gloria si es su Divina Gracia a tan gran pecador y cruel pendenciero.

Gabi contaba ya los cuarenta cuando su cerebro dejó de recibir el oxígeno debido y dobló el espinazo como si de papel se tratara. Era tan borracho como violento, y de palabra tan lenta como de rápida mano en bofetón cargada. Sus hombros se levantaban sobre mas de cien kilos de carne y huesos, y se situaban debajo de muy poco cerebro, o muy mal rentabilizado. Moreno encanecido, bizco y de manos encalladas, era su sueño mas alto tener un hijo cura, -que su imaginación no llegaba para desearlo obispo, no digamos Papa-, Dios mediante. Dios no medió.

Nadie más que Laurel, la bonita y esmirriada viuda, lamentó su muerte. De hecho, la doliente familia de la primera esposa de Gabi agradeció al Cielo tan dulce venganza sobre el que ellos sabían asesino de su parienta, y que el Infierno buena cuenta de sus huesos diera, que seguro que el Altísimo de tal individuo nada quisiera saber.

Sin embargo, Laurel lloró la triste perdida, -sólo para ella-, de su amado esposo, adquirido en segundas nupcias como quien adquiere un electrodoméstico golpeado en un saldo.

Cuando Laurel regresaba aquella mañana del bancal de patatas de su padre, se encontró sentado frente a un vaso de tintorro al Aviudo de la Magdalena, la que murió el año pasado por estas fechas@, hablando con su querido progenitor, el cual la miró a la cara y la dijo, sin ceremonia alguna, que ya tenía quien la mantuviese.




Y no es que Laurel, que recibió su nombre en honor al árbol donde su madre murió a solas para parirla, no se hubiese ganado a pulso cada miga de pan que su padre la diera para comer y cada retal de trapo que la entregara para remendar sus vestidos. Laurel era jornalera, ama de llaves, criada e hija única de su padre, y se mantenía con su propio sudor sobradamente. Sólo que era una mujer de aquellos tiempos, y, como todos sabían en el pueblo, las mujeres hay que mantenerlas. Y enderezarlas.

La niña, -que niña era aun-, no mostró temor ni alegría alguna ante el anuncio de su pronta boda, y un encogimiento de hombros poco acento hubiese añadido al neutro verbo de su mirada. Con esa misma mirada dijo si como quien dice que remedio a su hombre dos meses más tarde, en una ceremonia sencilla, oficiada en diez minutos, a la que siguió un banquete escaso ofrecido por los escasos recursos de su progenitor.

Laurel se comenzó a enderezar la misma noche de bodas, en la que descubrió, sin asombro, que la diferencia entre Ahija@ y Aesposa@ reside en la intensidad y la naturaleza de las palizas que se reciben.

Su padre ya la golpeó en alguna que otra ocasión. En especial recuerdo quedaba la vez aquella que derramó un quintillo de vino, y a cambió se la recompensó con dos bofetones seguros y certeros, sin cólera ni saña. No terció palabra alguna, no se reveló gesto en la cara del verdugo, no se aclaró, por supuesto, motivo ni explicación. De aquel cruce de cara se le quedó grabada a Laurel la falta de violencia. Curiosa paradoja escrita en los moretones de su rostro infantil.

Dieciséis años contaba cuando se la entregó como esposa a Gabi. Su falta de experiencia en la cama se reprendió con treinta y dos azotes de cinturón cuidadosamente contados por la pobre muchacha. Y es que Laurel no sabía sumar, ni leer, ni escribir, pero necesitaba contar patatas, y los latigazos se contaban igual que los tubérculos. Es de suponer, que de haber tenido experiencia en el tálamo matrimonial, los correazos tal vez no tuviesen un número conocido por Laurel.




Pocas mujeres en el pueblo podían afirmar no haber recibido un golpe o mas de su padre o, posteriormente, su marido. Las más afortunadas podían decir que Asu hombre, -o su padre-, era un santo, pues nunca me ha puesto la mano encima@. Si una mujer recibía, así como un muchacho, es que algo habría hecho, que la culpa ya dice la Biblia es de las hijas de Eva. Y si no lo había hecho, para cuando lo hiciese, que de fijo lo haría. La distinción entre muchachos y esposas es que, a los hijos propios, cualquier cachete de vecino bien recibido es, que se lo ahorra el padre, -aunque el padre después añada su propia cosecha-, y a la mujer de uno no la toca mas que uno, que ni el padre de ella que lo mato si me la levanta la mano y yo me entero que me enciendo con nada y eso lo sabe él vaya si lo sabe.

Aun así, a Gabi se le iba la mano y lo decían hasta en el cuartelillo, y eso es mucho irse la mano. Que hasta el suegro le agarró dedos a la solapa y lo puso perdido de cal de la pared de la tasca clavándole en ella, por tentarle la cara a Laurel delante de todo el tascorro. Y eso que el suegro nunca escatimó golpes en la educación de su hija, aun con esa paradójica falta de violencia en los guantazos.

Todas las semanas, desde que se casó, iba Laurel a misa como buena esposa y vecina que era, y se sentaba atrás con las mujeres casadas, justo delante de las solteras casaderas, -donde ocupaba asiento antes-, y detrás de las viudas que casaron, -donde acabaría por sentarse-. Antes de misa, con Gabi en la taberna confesando su hombruno comportar a la parroquia, en la parroquia Laurel confesaba sus pecados. A saber; no tratar a su esposo como bien se merecía él, mereciendo ella los golpes que después de él recibía. Y así, con los labios apretados, le daba el padre confesor la absolución que permitiera a tal alma en pena tomar el Sacro Cuerpo de Cristo en perfecta limpieza de espíritu, que no de cuerpo, que este se cubría de los negrones en forma de dedos, hebilla o palo, otorgados por un borrachín de pueblo. Y se preguntaba ese hombre de Dios cuan retorcidos eran en verdad los caminos del Señor.

Lo peor es que Laurel se creía en verdad pecadora y mala esposa, y sufría casi tanto la vergüenza de sus faltas como las palizas que tan alegremente le ofrecía su marido, tomando tales esfuerzos de su hombre por merecida penitencia a sus pecados.




Rezaba la pobre chica por dejar de pecar y por el perdón de los ya cometidos errores, en lugar de orar y pedir por el cese de sus torturas o la fulminación de su torturador. Desde luego, pedir la muerte de un semejante, -si semejante bestia se asemeja a nadie-, si que es pecado, aunque con gusto el padre confesor hubiese absuelto de esta falta a Laurel, y nadie en el pueblo, ni su propio padre, hubiese mostrado reproche alguno.

El caso es que, entre botella de vino, copa de orujo y paliza a la señora, el corazón de Gabi, -que tenía, es de creer-, perdió fuerza y se achicó, y un mal día para él y afortunado para su pobrecita esposa y futura viuda, se negó el órgano vital a suministrar la vital sangre, como quien se declara en huelga y reivindica mejor trato. De esa no se murió, por que los caminos del Señor son de veras retorcidos como ellos solos, pero a punto estuvo de quedarse en medio de la plaza del pueblo más tieso que un palo.

El médico le dijo que bebiera menos, que decirle que no bebiera nada era decirle a un árbol que hiciera el favor de no dar sombra. Por vaya usted a saber que, aunque posiblemente fue por un miedo de cagarse en los calzones a diñarla en cualquier momento, Gabi hizo caso y siguió bebiendo, pero menos, y pasó de emborracharse todos los días a emborracharse todas las semanas, por norma el sábado.

Supo entonces Laurel que su marido no la pegaba cuando estaba borracho, o al menos no la pegaba tanto como cuando no lo estaba. Años más tarde, alguien dejaría caer al aire la expresión Asíndrome de abstinencia@ en la tasca, como nadie supo de que hablaba, no se escucharon mas semejantes palabrejas. Esos tres vocablos tan bien avenidos podrían haber explicado a Laurel tan tremendo misterio encerrado en el alma del desalmado de su marido. Tampoco saberlo la hubiese servido de nada, para que engañarnos.




El día en que la diñó de veras, un año más tarde que la vez que fue de mentirijillas, Laurel amaneció tranquila, dispuesta a pecar, que para eso había nacido. Su marido se fue al bancal, y ella quedó en el hogar, como corresponde a buena esposa. Con cuidado limpió la casa, abriendo las ventanas a pesar del invierno, para que las piedras respiraran sano. Luego preparó el pote, poniéndolo a fuego lento, que mas tierno queda, y sacó la botella de orujo y un vaso, colocándolo todo en la mesilla de la sala, a mano para su hombre cuando llegara. Se detuvo un segundo y repasó con cuidado sus tareas. Satisfecha por completo, a una hora de la comida, se recostó en la mecedora a descansar. Y, con la tranquilidad que da la conciencia de lo bien realizado, quedó dormida como la santa que era.

Regresó Gabi del bancal y la encontró dormida. No había bebido más que la bota de vino que se llevo al tajo, y no estaba todo lo borracho que quisiera, -no estaba borracho para nada-, causa esta de un mal humor ya habitual. Se sumó a este estado de gracia potencialmente violento la ira de ver a Laurel dormida, y si esto ya casi le mata, el oler el quemado del pote casi le arranca el alma.

Apretó los puños y se plantó frente a su esposa, un escalofrío helado le recorrió la médula; el frío entraba por las ventanas, y Gabi pensó que sería necesaria una carretada de leña para volver a meter en cuerpo caliente las paredes, y todo por que la estúpida de su señora se había dejado las ventanas abiertas toda la mañana. Con el revés de la mano la despertó, brotando sangre del labio de abajo como de un grifo que, sencillamente, se vuelve a abrir. Laurel se balanceó en la mecedora a causa del impacto y se levantó como un soldado sorprendido, -que apropiada comparación-, dormido en la guardia. Mareada por el guantazo, aturdida al salir de tan brusco y violento modo de un tranquilo y reposado sueño, se tambaleó en el aire sin encontrar apoyo en sus pies, y buscó el sustento en la mesita cercana, con tan mala suerte cargada a su espalda como para tropezar con la botella de orujo y estrellarla contra el suelo. La furia de Gabi creció a niveles jamás conjurados al ver el preciado néctar extenderse por el suelo, y entre babas y maldiciones, golpeó a la muchacha sin descanso con pies y manos, ciego en su rabia a sus acciones, sordo a los quejidos de su mujer y al crujido de los huesos.




La hubiera matado, no cabe duda. De no haber muerto él mismo antes, fulminado por su propio corazón, -que ni éste parecía soportarle-, la hubiera matado sin dudarlo y sin saber que la estaba matando. Pero le falló el corazón de tan agitados ejercicios y, agarrándose el costado con una mano, boqueando como un pez fuera del agua, fue al suelo desplomado como el guiñapo que al fin y al cabo era.

Laurel salió a rastras de la casa, con un brazo colgándole al costado, un ojo cerrado de la hinchazón y bañada en su propia sangre. Llegó al camino cojeando, allí encontró a cinco jornaleros que tomaban la manduca del mediodía a la linde de los campos de labranza. Todos la conocían, y acogieron la esperanza, en un principio, de que Laurel intentase escapar de su hombre y que de que les iba a pedir ayuda. Deseaban ver aparecer a Gabi en pos de su mujer, y uno de ellos apretó algo más la navaja con la que desgajaba el queso, por si podía sacarle las tripas a aquel jabalí humano. No querían más que el permiso de Laurel. Oírla pedir ayuda.

Y pedir la pidió, sólo que para su marido. Farfulló algo de un ataque al corazón al tiempo que escupía un diente y un grumo de sangre del tamaño de una nuez. Suplicaba que fuesen a él, a su hombre, a su esposo, mientras aquellos hombres la observaban en silencio, sin mover un músculo para salvar la vida de Gabi.

Uno a uno comprendieron que no podían dejarlo reventar allí, y se miraron unos a otros con las cejas fruncidas en el esfuerzo de autoconvencerse de que lo justo era salvar al jabalí, y no destriparlo. Con desgana se dirigieron, a rastras los pies, camino de la casa de Laurel. En sus ojos se leía con claridad que más le valía a Gabí haber muerto por propios méritos. Gabi tuvo suerte; recibió a los jornaleros más muerto que un huevo podrido.

Desde entonces se sentó Laurel una fila mas adelante en misa, donde las viudas. Y todos en el pueblo se sintieron liberados en forma ajena.




Regresó a casa del padre, y aunque la hacienda perteneciera a la hija, el progenitor la administró. Ya no recibió más golpes como hija, que era hija casada y, por si fuera poco, enviudada, y es de muy cobardes levantarle la mano a una viuda.

No confesó más pecados la nueva viuda. No al menos como los de antes. Y sobrevivió la esmirriada pero bonita Laurel a su marido, su padre, su confesor y a todo el pueblo prácticamente, que se la llevó Dios y el cansancio de vivir a los cien años de haber nacido.

Nunca habló de ese día. Ni de por que se sintió tan satisfecha con sus tareas como para quedarse dormida. Y es que tenía motivos de satisfacción, pues lo dejó todo a punto para que el pote quemara, el orujo se derramara y su mente, tranquila, se durmiera, de modo este que su marido, de ira, de incontenible e irresistible ira, de una vez por todas, reventara.


PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de