¿Cómo pude acabar en este lugar, entre estas cuatro paredes blancas que constituyen una barrera infranqueable hacia mi libertad? Me paso el día pensando en los mismo, en todo lo ocurrido años atrás y sin embargo no encuentro ninguna explicación. Apenas veo el sol, pero el sol para mí ha muerto, ya ni noto su calor sobre mi piel. Intento poner orden a mis ideas para poder explicarlo, quizás escribirlo sea lo que necesito para librarme de este dolor que me corroe por dentro. Sólo me viene a la mente una sola palabra: Amarla.
Mi historia no será un cuento de hadas ni sin duda la más bella de todas las historias, no pretendo que sea así. Sin embargo es mi historia y para mí era la más preciosa de todas.
Me encuentro solo delante de este papel virgen pero que tengo que rellenar. Es increíble cuantas ideas llegan a mi mente cuando pienso en ella, pero tropiezan unas con otras al intentar salir la primera para expresarse en toda su magnitud. Tengo muchas cosas que decir, las llevo en mí desde hace mucho tiempo y todas quieren hacer el trayecto desde mi corazón hasta mis dedos para nacer sobre este papel.
Y todos estos sentimientos provienen de un mismo y único ser, una persona maravillosa que un día entró en mi vida y que desde entonces ha inspirado muchos sentimientos, unos más maravillosos que los otros. Ella es mi musa, es la mujer por la que vivo, me desvivo.
Nunca pensé que un día llegaría a decir eso, para mí eso sólo existía en los cuentos o en las películas de amor con las que Hollywood suele invadirnos para sacarnos alguna lagrimilla. Pero hoy sí que puedo decirlo y además con mucho orgullo: daría mi vida por ella, moriría por ella si a cambio supiera que va a ser la mujer más feliz del mundo.
¿Cómo puede llegarse a sentir tantas cosas por una persona? Es una pregunta que ya no me hago, simplemente lo vivo. Porque sentir esas cosas es justamente vivir, sentirse vivo.
Nos conocimos cuando nada hacía presagiar nuestro encuentro, unas vidas separadas por unos cuantos kilómetros, por orígenes diferentes, por unas ciudades distintas. Sin embargo, el azar, o quizás el destino, sólo el futuro puede contestar a esta pregunta, hizo que nuestras vidas paralelas de repente se cruzaran en un punto de inflexión para nuestras existencias. ¿Alguien decidió por nosotros que nos encontráramos en el mismo lugar y en el mismo momento? Nuestra historia no empezó por un flechazo físico ya que fue cibernético. Sin embargo, a medida que pasaban los días, a través de nuestras conversaciones, al principio semanales y luego cotidianas, sentía como entraba poco a poco por los poros de mi piel, como invadía progresivamente mi mente y algo mucho más complicado, mi corazón... ese corazón que había recubierto de un caparazón tan duro que pensaba que era inexpugnable. Sin embargo, cada palabra suya agrietaba ese escudo, hasta conseguir destrozarlo en mil pedacitos. Desde entonces, desde ese día, mi corazón late al ritmo de su nombre, de su voz, de sus miradas que siguen teniendo el mismo efecto en mí, con la misma intensidad que al principio.
Todo empezó por una conexión a Internet, una tarde de viernes como cualquier otra y que sin embargo iba a cambiar mi vida.
Aquella semana había hablado con un usuario que llevaba el mismo nick que ella, Azucena:
- ¿Perdona eres la Azucena con quien hablé esta semana?
- No, lo siento, no soy esa persona.
- Entonces lo siento si te he molestado.
- No me has molestado en absoluto.
- Gracias. ¿Te apetece hablar un rato?
Aquí podría haberse acabado todo, sin haber empezado incluso... una desconexión, un "lo siento, pero no" habrían cambiado las cosas para siempre. Sin embargo, el destino hizo que siguiéramos esa conversación, muy agradable y amena, hasta que tuvo que marcharse, no sin antes haberme prometido que volvería a conectarse.
Dos semanas pasaron antes de que volviera a encontrarme con ella. Y no sé porqué, pero me alegré mucho por tener de nuevo esa posibilidad de compartir unos minutos con ella, aunque fueran pocos, me ilusionaba como un niño. No hablábamos de nada en particular, ni siquiera de nuestras vidas privadas, pero había un algo que nos unía, un lazo invisible se iba tejiendo y hacía que cada conversación se volviera en un acto reflejo, entrando en ese chat los dos sólo para hablar con el otro. Así fueron pasando las semanas, haciéndonos cada vez más íntimos, sintiendo que la otra persona empezaba a formar parte de nuestra propia vida. Llegaron las fotos, los nervios por conocer al otro. Las risas también ya que me había imaginado de otra manera. Recuerdo aquellos sentimientos que me llenaron al ver su foto. Estaba ante la mujer más bella a mis ojos. No pude impedir que mi corazón hablara, le hablara con las palabras más bellas que había escrito. Podía perderlo todo en un segundo al serle sincero. Pero la sorpresa fue descubrir que tenía esos mismos sentimientos.
Entonces llegó el momento tan temido de conocernos en persona en un gran centro comercial... unos minutos robados al tiempo para aprovechar el momento juntos, esas primeras miradas, ese primer contacto con su mano, con su piel tan suave, descubriendo su perfume, el olor de su pelo.
Muchos pensarán que la idealizo, pero no es así. Sé que tiene sus defectos, pero ¡Dios mío, qué preciosa es incluso con sus defectos! Tiene unos ojos vivos y con destellos de estrellas que hacen que cada mirada suya sea ver el cielo, sus labios tan perfectamente dibujados hacen que beba de ellos cada palabra que pronuncia. Los rayos del sol se dejan enredar en su pelo azabache, tan dulce como la seda. Y cada uno de sus gestos está impregnado de dulzura. Se mueve con gracia, no parece que ande sino que flote encima del suelo. Todo en ella evoca la gracia, la dulzura de una mujer.
Cupido, en ese instante acababa de lanzar su última flecha que se plantó directamente en mi corazón. Era imposible resistirse ante una diosa como ella. Yo, un simple pagano, acabé adulando una divinidad.
Poco tiempo después tuvimos la oportunidad de estar por fin juntos a solas, en la intimidad de mi despacho. Todo eran nervios, escalofríos recorriendo el cuerpo. Estaba sentado a su lado, nos miramos fijamente y su mirada de repente cambió, dándome permiso para probar la miel de sus labios, la dulzura de su piel bajo mis manos. Ese día fue maravilloso, y eso que no pasó nada. Fue cenar juntos, mandarnos mensajes toda la noche y volver a vernos al amanecer un rato más hasta que se fuera a trabajar. Ese día supe lo que era el amor de verdad, lo vivido antes sólo fueron sentimientos que me prepararon para ese momento, que me hicieron entender que había llegado realmente el amor en mi vida. Entendí sobre todo que cuando amas a alguien de verdad, aunque quisieras estar a su lado todo el tiempo, lo que deseas ante todo es su felicidad. El amor no es egoísmo, es todo lo contrario, es altruismo. Me di cuenta de que a partir de ese día me desviviría por ella, simplemente para hacerle feliz, sin pedirle nada a cambio... sólo verla sonreír.
Y recordaré toda mi vida aquella tarde que por fin pude amarla como tanto deseaba. Preparé música romántica, velas por la habitación para que recordara ese momento mágico, como algo inolvidable, imborrable. Quería que todo fuera perfecto hasta el más mínimo detalle, se merecía eso y mucho más. Pude abrazarla, piel contra piel, uniendo nuestros dos cuerpos en uno solo. Hubiera querido detener las manillas del reloj, que el tiempo suspendiera su vuelo para poder estar con ella toda la eternidad. En esos momentos que estaba abrazada a mí, el mundo podía haberse acabado, me daba igual, habría muerto feliz. A su lado había renacido, ella me había devuelto a la vida. En realidad nací el día que la conocí.
Cada día que pasaba era un día de felicidad, aunque no fuera con su presencia física. Pero la modernidad tiene sus cosas buenas, permite mantener el contacto incluso con la gente que está más alejada. ¿Cómo habría podido vivir sin sus palabras dulces, sin ese cariño que se puede transmitir incluso a través de un medio tan frío?
Le escribía poemas, de esos que se escriben cuando uno tiene quince años, la primera letra de cada frase formando un "Te quiero mucho". Sé muy bien que ya no tengo esos quince años. Pero una persona como ella hace que te vuelvas a sentir así. Y justamente, ¿no consiste en eso tener esos sentimientos y ser feliz? Lo ves todo de otro color, de otra manera. Los problemas ya no son problemas. Hasta encuentras un lado positivo a cada cosa, incluso si es mala. Lo único que importa entonces es esa otra persona.
Nuestros encuentros se hacían más apasionados, se llenaban de una compenetración muy grande entre los dos, percibíamos lo que el otro sentía, lo que pensaba, lo que iba a decir. Una leyenda griega explica el amor y los flechazos: antes de nacer, existe un paraíso donde estamos todos. Y en ese paraíso estamos unidos dos por dos, un chico y una chica. Al nacer, nos separamos el uno del otro, perdiendo de vista a ese ser que estaba enlazado a nosotros. Y en nuestra vida terrenal, cuando conocemos a una persona y nos enamoramos, significa simplemente que hemos vuelto a encontrar a ese ser al que estábamos unidos en ese paraíso. Puede parecer cursi, pero después de todo, ¿Por qué no sería así? ¿Por qué tener miedo a enamorarse, a sucumbir a los placeres del amor? Tenemos esa suerte de poder amar, de sentir algo muy fuerte por alguien, así que debemos aprovecharlo, sólo tenemos una vida, no vayamos a echarla a perder por ello. Vivamos el presente y lo que la vida nos ofrece aunque nos asuste o nos parezca insignificante.
E incluso con el paso de los años, incluso si las cosas han cambiado, una cosa nunca cambiará... y es la felicidad que aportó a mi vida, tan sólo con su presencia.
Esta historia empezó hace ocho años, y muchas cosas han pasado en esos años, cosas buenas, cosas malas, incluso el amor fue desbancado por otros sentimientos, hasta llegar al distanciamiento irreversible. Pero no vale la pena entrar en esos detalles, son cosas personales, entre ella y yo, que guardo secretas. Sin embargo, para mí eso no tiene importancia. Lo único que me importa es que siga un poco en mi vida a través de unas cartas que me manda cada vez con menos frecuencia, porque reconozco que es alguien que necesito en mi vida. Siempre seguirá siendo mi niña preciosa.
Siempre he intentado dar lo máximo de mí, simplemente para poder sacarle una sonrisa o ver algo de brillo e ilusión en sus ojos en los momentos malos de su vida. Y seguirá siendo así hasta que me lo permita. Y la verdad es que eso sólo quiero hacerlo por ella y por nadie más. Aun quiero hacer algo muy grande para ella, que pueda cambiar su vida. Quizás la gente piense que soy un iluso y que eso es una utopía, puede ser. Pero por lo menos quiero intentarlo, aunque deje todas mis fuerzas en esa batalla, si es por ella vale la pena hacerlo. No sirven de nada las palabras si luego no pueden acompañarse con gestos, siempre respetando su vida y su intimidad. Sólo espero poder salir de aquí y que me deje esa oportunidad de intentarlo y que pueda cuidar de ella mucho tiempo.
Soy consciente que nuestras vidas han tomado caminos diferentes y por ello siento un vacío enorme en mí. Es como perder una parte de mí, incluso una gran parte. Pero no es por ello que morirá en mí, ya que su sitio en mi corazón es inmenso y que nada ni nadie podrá aniquilarlo ni sustituirlo, ni esas pastillas que me hacen tomar cada día para curarme. Con ella he vivido los mejores momentos de mi vida y no podré vivir otros como estos. Y además quiero tenerlos en mí toda mi vida. Mis sentimientos hacia ella son muy puros, alejados de cualquier maldad y quiero conservarlos intactos. Quiero que sea la última mujer que habré abrazado, la última que habré besado, la última que habré amado. Me da igual si la gente piensa que estoy loco, prefiero vivir en esta locura a no vivir. Sé perfectamente lo que quiero y justamente es eso lo que deseo en mi vida. Serle fiel hasta el último día de mi vida. Y me alegra saber que el último latido que dará mi corazón, será pronunciando su nombre.
Acabé por fin esta carta, forma parte de la terapia que sigo en este centro. Vuelvo a leer lo que he escrito, pero que más da, ya me lo sé de memoria. Miro a mi alrededor buscando su presencia, pero está lejos, lejos de mí. Lo escrito no hace más que confirmar lo que me ha llevado hasta aquí, la sigo amando. Aquí me consideran como un enfermo más, sin embargo sé que sufro una enfermedad sin solución ni remedio: la enfermedad del amor que lleva a la locura.