PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Viejo González, Rosa Ana (Mandrágora)

El peluquero de Cleopatra



Al principio sólo reparé en ella, su mirada se mantenía fija, clavada en algún punto de la calle, mirando a través del cristal de la cafetería mientras él intentaba explicarle algo. Él era de esas personas que gesticula mucho, incluso que puede alzar demasiado la voz aunque no esté enfadado, era uno de esos que cree tener siempre razón,  uno de esos que se pasa la vida convenciendo a los demás de lo que sea, con tal de convencer.

Se les veía desde la peluquería, sentados en la cafetería que se encontraba en la cera de enfrente y que yo apenas frecuentaba. No me gustaban sus tres mesas de mármol siempre sucias, pegadas al ventanal, ni su barra oscura, más limpia, que sólo te dejaba ver al camarero y que te ponía de espaldas a todo lo demás, al sol, a la vida que transcurría al otro lado de la calle.

Desde el primer momento me intrigó aquella pareja, aunque puede ser que la intriga no fuera más que aburrimiento. Aquel día la peluquería estaba vacía, como era habitual en los últimos meses, y yo buscaba una forma de matar el tiempo, haciendo algo diferente a limpiar peines y tijeras o a escuchar a Paula contándome lo hijo de puta que era el último novio (por llamarle de alguna forma) que la había dejado. Aunque escuchar a Paula siempre era mejor que pensar en cómo iba a pagar el crédito que había pedido al banco para decorar mi peluquería “de diseño”.

Lo cierto es que ahora creo, aunque en aquel momento no me percaté, que lo que me atrajo inicialmente fue aquella posición que ella tenía, un poco encorvada, con la mirada hacia el suelo, los hombros encogidos, como si estuviera intentando protegerse de algo. Y aquella melena negra, con tanto pelo, que se le caía sobre la cara y resplandecía con el sol que traspasaba el cristal de la cafetería. Aquella melena dejaba libre el camino para ver unos ojos marrones, muy grandes que se apreciaban cada vez que ella giraba la cabeza hacia el ventanal, con la mirada perdida.

No sé lo que me llevó a tomarme el primer café de la mañana allí, ni a sentarme discreto a un lado de la barra, de espaldas a ellos y lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación. Pedí un café con leche y un zumo de naranja, cogí el periódico e intenté que todo el mundo creyera que los acontecimientos importantes del día me tenían absolutamente enfrascado. Estábamos los tres solos y yo podía escuchar a la perfección lo que decían aunque ella hablaba en voz muy baja. El tono de voz de él me ayudaba a seguir el curso de la conversación, porque se le hubiera escuchado en dos kilómetros a la redonda.

-         Estarás guapísima. Ya lo verás.

-         No estoy muy segura, Paco. No me veo de rubia.

-         Nena, no te sienta bien esa melena tan larga. Y ese pelo tan negro te endurece el rostro. Pareces mayor. Con el pelo corto, un poco ondulado y rubio serás igual que Marilyn Monroe.

-         Yo no me parezco a Marilyn Monroe, Paco, me ponga el pelo como me lo ponga.

-         Te pareces un montón, cielo. Deberías ser un poco más dulce. Sabes que me hace ilusión que te tiñas el pelo de rubia.

-         ¿No llamaré demasiado la atención de rubia?

-         ¿Y qué si llamas la atención? A mí me encanta que llames la atención.

-         A mi jefe no le gustará.

-         Tu jefe no tiene nada que decir en esto.

Ella se quedó callada, volvió a mirar hacia la calle y casi susurrando dijo:

-         Creo que hoy acabará lloviendo, fíjate en esa nube negra a lo lejos. Se mueve con una rapidez increíble. Me encanta ver cómo se mueven las nubes.

Giré la cabeza con disimulo, ahora que estaban los dos mirando a través del ventanal, y atisbé su rostro. Sonreía con cierta tristeza colgada del labio inferior, como una de esas medias sonrisas que nunca acaban en carcajada y que se hacen con los labios cerrados, para que no se escapen. Tenía un aspecto normal, que pasaría desapercibido entre una multitud, pero esos ojos grandes, brillantes, con unas pestañas tan largas que parecía que uno podía recostarse y dormitar en ellas… Y sus manos, que reposaban calmas sobre la mesa, lo acariciaban todo sin querer. Pensé que hay manos que han sido hechas para acariciar, no para tocar.

-         Venga, voy a hacerlo.

-         Así me gusta cariño, pero no quiero que lo hagas por mí.

-         ¿Por quién, si no?

-         Por ti, porque te verás mejor.

-         ¿Por qué no hay nadie en esa peluquería?

-         Es la peluquería más moderna de la ciudad. Lo he leído en una revista. Acaban de abrir y hoy es martes por la mañana, todo el mundo está trabajando.

-         ¿Y si me dejan horrible?

-         Yo te querré igual.    

Volví a echar una ojeada. Ella torció el gesto pero él ni siquiera la estaba mirando.

-         Me voy a al servicio  y entro. Creo que no me llevará más de dos horas. ¿Vienes a recogerme, verdad?

-         Mejor te espero aquí tomándome un café.

Dejé el dinero sobre la barra y salí a toda prisa. Ellos ni siquiera habían visto mi cara. Me metí en la parte de atrás de la peluquería, me puse la bata negra y le dije a Paula que si entraba alguien me avisara.

Entró con poca decisión, como era de esperar. Le indiqué que se sentara en el sillón del centro, comencé a peinarla con suavidad, giré las persianas venecianas para que él no pudiera vernos. Imaginé su cara de decepción.

-         ¿Qué va hacerse?

-         Teñir, cortar y peinar.

-         ¿Es la primera vez que viene?

-         Sí.

-         Necesito hacerle la ficha. ¿De qué color quiere teñirse?

-         De rubio.

-         ¿Qué rubio? ¿Le enseño los tonos?

-         Quiero el mismo rubio que Marilyn Monroe.

Seguí acariciándole el pelo con el peine y me lancé en picado.

-         Tiene usted un pelo maravilloso y muy sano. Lo estropearía tiñéndolo de rubio. Si me permite que le aconseje, yo le daría un poco de brillo con una mascarilla, le cortaría el flequillo, para que todo el mundo se fije en esos ojos grandes que usted tiene. Será usted como Cleopatra, una maravillosa Cleopatra con un toque muy moderno.

Giró la cabeza extrañada y abrió mucho los ojos. Tardó dos segundos en reaccionar. Comenzó a sonreír con la boca muy abierta y la risa estalló en una carcajada, vi sus dientes, ni eran blancos ni estaban alineados, pero daba igual. Se reía y abría aquella boca pequeña que se había convertido en la puerta de algo nuevo.

-         Vale, haz lo que tú quieras, y volvió a girar el sillón giratorio.

Y me puse manos a la obra. Estaba tan guapa cuando salió por la puerta de la peluquería que, ya tuteándonos, le dije. “Ya sabes donde encontrarme cuando ese flequillo empiece a crecer”. Volveré – me dijo- el pelo me crece muy rápido.

Abrí las cortinas venecianas, me quedé pegado a la vitrina de la peluquería, queriendo ver la reacción de él, que seguía esperando sentado en la misma mesa. Habíamos acabado antes de lo previsto.

Ella cruzó la calle con paso seguro, llegó hasta la cristalera de la cafetería. Supuse que le miraba mientras se quedaba parada delante del cristal, uno, dos, tres segundos, después giró la cabeza hacia mí. Sonrió, y siguió de largo, dejando la puerta de la cafetería atrás, contoneándose con cierta alegría, oscilante, suave, elegante, dio la vuelta a la esquina… y desapareció.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de