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Uscátegui, Wladimir (Benjamin Britten)

El perro



Tomás camina unos pasos delante de nosotros; es casi imposible hacer que se mantenga a nuestro lado. Va olisqueando el camino persiguiendo un olor que sólo él habrá reconocido. Estamos en el campo y es muy probable que en algún lugar estén asando carne, hirviendo una gallina. Por los ladridos y aullidos que se oyen a lo lejos, estamos seguros de que hay más perros. Natalia y yo nos alternamos con la traílla que él tira queriendo correr.

Tomás es un perro. Natalia protestó que ese no era nombre para un animal sino para una persona, pero fue nuestro hijo quien lo llamó así desde el primer momento en que llegó a la casa y ya nunca quisimos controvertirlo. Con toda seguridad, José había meditado aquel nombre desde el instante mismo en que le prometimos que le regalaríamos la mascota y, por alguna razón que se nos escapa, la elección debió parecerle natural, de acuerdo a su infantil criterio. Eso fue hace cuatro años.

El perro es un poodle espurio, mucho más gordo y torpe que cualquiera de su tipo. Tiene el pelo negro como lana y una panza redonda y grande. De no ser por el hocico, parecería más una oveja que un perro. Algunos pelos le cuelgan por encima de los ojos de modo que tiene que levantar la cabeza más de lo normal para mirar a alguien; esa expresión lo hace parecer aún más estúpido de lo que en realidad es. Como todo el mundo, Natalia y yo pretendimos enseñarle a sentarse, pararse, mover una pata, todo del modo más empírico y denigrante para con el perro. En justicia, debo decir que nunca nos obedeció. El pronombre “nos” excluye, sin embargo, a nuestro hijo, hacia quien, aunque nunca con demasiada prisa u observancia, el perro mostraba cierta disposición a complacerlo en sus requerimientos.

José creció con el habitual apego de un niño hacia su mascota: le hablaba, le daba besos, lo regañaba. Al tiempo, le prodigaba ese ciego amor misericordioso cuyo fundamento es la superioridad. Natalia y yo siempre quisimos creer que el perro le correspondía en el afecto, negándonos a aceptar una verdad quizá más cruda. Después de todo, Tomás nunca dio muestras de esa boba inocencia que uno cree natural en los seres que llamamos inferiores sino que, muy al contrario, su temperamento se tornó cada vez más sombrío y antipático. Cuando al fin se decidió por el sedentarismo puro y duro y desterró el hedonismo de su plan de jubilación, Natalia y yo tuvimos que explicarle a José que debido a que la edad biológica del animal era distinta de la suya, el perro había dejado de ser un cachorro mientras él seguía siendo un niño, pero tal vez José ni siquiera entendiera qué significaba la expresión “edad biológica”.

Ahora mismo, Tomás tiene más de ocho años, es un viejito agrio y perezoso. Se la pasa todo el tiempo echado y ladrando por cualquier motivo, esperando a toda hora a que le arrojemos algo de comida. Ha intentado morder a un par de chiquillos del barrio y eso lo ha convertido en una amenaza superlativa, el equivalente tercermundista de la bomba atómica. En consecuencia, vamos a regalarlo, y vamos a hacerlo a despecho de José, a despecho de Natalia y a despecho de mí mismo. Maldito sea el mundo, digo. Natalia no responde, pero sé que comparte mi opinión. Ella y yo evitamos mirarnos a los ojos mientras nos pasamos la traílla. Estamos a punto de llegar a la finca de un campesino que se ofreció recibir al perro y encargarse de él y, aunque no sabemos exactamente qué pueda significar “encargarse” de él, parece que no tenemos alternativa. No hay más espacio para perros en este mundo.

Tuvimos que decírselo a José, ser honestos con él y confesarle nuestro plan. Su llanto fue descorazonador y tuvimos que engañarlo esta mañana para poder ejecutar nuestro designio. Pienso ahora en la palabra “ejecutar” y no puedo dejar de sentirme un asesino: abandono y muerte son palabras sinónimas. Pobre Tomás. Pobre José. Y lo que le falta todavía por aprender.

Tomás parece no sospechar, por ahora, los motivos del inusual paseo. Tiene la misma mirada despreocupada e ignorante de siempre y parece que lo único que le interesa es intentar liberarse del imperio de la traílla para correr detrás de ese olor que ahora es reconocible incluso para nosotros. Natalia y yo, sin embargo, aguantamos el envite los últimos metros del recorrido.

Llegamos por fin a la finca, en realidad una pequeña casa de campo cercada con alambre de púas. La entrada del cerco indica el inicio de un sendero de unos treinta metros de longitud y anchura suficiente para el tránsito de cinco caballos en donde se divisan, aún frescas sobre el barro, las huellas de un auto. Unos perros salen a nuestro encuentro en una algarabía de ladridos que logra atemorizarnos un poco; Tomás, incluso, deja escapar un hilillo de orina que moja sus extremidades. A medio camino del sendero nos espera nuestro anfitrión. Mientras nos vamos aproximando, levanto la mano abierta a la altura de mi cabeza y digo “buenas” alargando un poco las vocales en un intento de saludo que, en últimas, resulta ser demasiado despreciativo. Natalia percibe ese exceso de suficiencia y en su lugar saluda de un modo frío y cordial. Tomás, exhausto y babeante, ha dejado por fin de tirar de la correa y sólo atina a emitir breves quejidos suplicando, lo sé, por un poco de agua.

El campesino tendrá unos sesenta años por lo menos pero muestra esa robustez proverbial de la gente del campo. Viste una camisa nueva de franela a cuadros, pantalón de índigo y, además, sostiene un sombrero de paja raído y sucio. Nos saluda con un apretón de manos y dice buenas tardes con voz de militar retirado; la voz cansada de quien ha combatido contra el demonio. Nos informa que su nombre es Manuel. En el saludo percibo que sus manos son duras como la tierra pero, aún así, estrecha la mano de mi mujer con más delicadeza de la que yo mismo hubiese sido capaz. No se me escapa el detalle de que su casa está circundada por cuidados jardines: orquídeas, lirios y rosas, muchas rosas.

—Bonita hacienda —digo como para romper el hielo.

—Hay muchas otras casas verdaderamente bonitas por estos lados —responde él con una humildad a prueba de balas—. Aquí, lo único que merece ser considerado bonito es el jardín.

El orgullo de nuestro anfitrión está de sobra justificado: los jardines son primorosos. Natalia, seducida por las rosas, se aparta de nosotros y, por primera vez en todo el día, su rostro sugiere una sonrisa. Entre tanto, nuestro orgulloso jardinero va hasta el interior de la casa y regresa al rato con un cuenco lleno de agua para el perro. Luego, se acerca hasta donde está Natalia y se acuclilla a su lado. Arranca de raíz una rosa del tamaño de una mano y se la ofrece.

—Siémbrela en un matero grande y échele agua —le dice. Sus maneras, a salvo de cualquier artificio o amaneramiento, son tan refinadas que logran provocar mis celos.

—Natalia sabrá cuidarla —intervengo—, se lo aseguro. Tenemos algunas plantas en casa... Pero, como usted sabrá, hemos venido por otro motivo.

El campesino aparta la mirada de mí y la fija en Tomás.

—Entiendo —dice, y de inmediato se acerca a él para acariciarlo. Yo estoy a punto de advertirle que tenga cuidado porque Tomás suele reaccionar de modo bastante hostil ante un extraño pero me doy cuenta, no sin sorpresa, que éste se queda quieto, con la lengua fuera, sintiendo las manos del campesino en su pescuezo.

—No puedo darles nada por él —dice.

—Tampoco se lo pedimos —respondo.

Manuel me queda mirando con una sonrisa que yo sé bien qué significa.

—Claro —dice por fin.

Pero yo no estoy dispuesto a admitir que nos desprendemos de Tomás sin dolor.

—Lo que pasa es que ya no podemos tenerlo en la casa —arguyo.

—Entiendo.

—Sí, gracias por entender.

Pero la verdad es que soy un cobarde. Soy un ser pusilánime que no es capaz de enfrentarse a sus vecinos y defender con los dientes los derechos del animal. Y al tiempo que me digo esto, me odio; me odio por preferir mi comodidad a la del perro, por sacrificar hasta la felicidad de mi propio hijo con tal que los de la inmobiliaria declinen su amenaza de rescindirnos el contrato de alquiler del apartamento si no salíamos de ese monstruo que casi mata a ese par de mocosos a quienes también odio. Y odio a Natalia por ocultarse tras su propio dolor y dejar que esto pase; por haber zarandeado a José y haberle gritado cuando su llanto terminó por exasperarla. Cállate ya, pequeño cretino. A nuestro propio hijo. Así es como uno le enseña a un niño lo que es la vida, maldita sea.

Manuel parece darse cuenta de la vergüenza y el resquemor que me embargan y decide poner un punto seguido al diálogo.

—No se preocupen —dice—; yo me encargaré de él.

Ya más calmado, me acerco hacia el perro para acariciarlo y despedirme. Tengo la intención de decirle algunas cosas pero temo que el gesto sea demasiado solemne y ridículo. Natalia sí lo hace. Se acerca a Tomás y le acaricia un poco la cabeza; le susurra algunas palabras y luego se aleja unos metros, dándonos la espalda a todos. Tiene los brazos cruzados y probablemente esté llorando. Entonces me decido acabar con esto antes de que llore yo también, lo cual no quiero que pase. Tomás, sin embargo, no parece tener noción de nada y permanece tan ignorante y huraño que cuando intento liberarlo del collar, alcanza a darme una dentellada en la mano. De inmediato siento una furia que, sin embargo, contengo. En el dorso de mi mano logro distinguir dos pequeñas heridas que parecen sangrar un poco. Maldito perro, digo y en ese momento no me siento demasiado solidario con su suerte. Podría decir incluso que de ese modo me resulta más fácil separarme de él. Así sucede con los seres que queremos y nos hieren.

Una vez libre, Tomás echa a correr hacia la casa y empieza a arañar la puerta de lo que seguramente es la cocina. Es un perro hambriento, siempre babeando al menor estímulo olfativo. Y no es que le faltara comida. Natalia prefería sacrificar algunas cosas que verdaderamente hacían falta en la despensa para poder comprarle el concentrado al perro y más de una vez reñimos por eso. Manuel recoge un hueso semienterrado en la tierra y se lo tira, pero el perro vacila un segundo y prefiere seguir intentando franquear la entrada. Da una vuelta a toda velocidad alrededor de la casa en busca de otra entrada y se siente lo suficientemente confiado como para ignorar a los otros perros que continúan ladrando, aunque sin decidirse a atacar.

—Simpático perro —dice Manuel.

—Sí —replica Natalia—. Lástima que nuestros vecinos no opinen lo mismo.

—A veces no sabemos cuál es el lugar de cada quién —apunta Manuel de un modo por lo menos enigmático; me parece reconocer un tono de amarga filosofía en su sentencia; me recuerda al Eclesiastés. No sé si también Natalia capte el peso de esa sentencia y me quedo mirándola como tentado a preguntárselo. ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo, Natalia? Pero ella va alejándose de la escena con ganas de terminar de una vez con todo esto. Tiene la rosa en la mano y lágrimas en los ojos. Mi lugar está en ti, quisiera decirle.

Manuel nos ofrece pasar un rato a la casa. Quizá sólo quiera invitarnos a una taza de café pero ni Natalia ni yo tenemos ánimos para otra cosa que no sea salir corriendo de allí, así que declinamos la oferta.

—Así está bien —digo. Creo que ya tenemos que irnos.

—¿Tan pronto? —pregunta él, pero enseguida mira a Natalia y añade: Está bien. Entiendo.

Agradecemos. Nos despedimos con otro apretón de manos. El perro estará bien o al menos eso quisiéramos creer ahora que ya no podemos hacer nada por él. Natalia me toma del brazo y parece que fuera a quedarse sin fuerzas para sostenerse en pie, pero logra, sollozando, recorrer el sendero de vuelta sin voltear a mirar. Cuando alcanzamos la carretera, regreso la vista para cerciorarme de que Tomás no viene detrás y compruebo, no sin dolor, que así es.

—Bueno —le digo a Natalia—. Ya pasó.

—Sí —dice ella—; ya pasó. Vamos a recoger a José.

J.



J

Estoy parado frente a la escuela de donde en cualquier momento saldrá J, mi hijo. He venido a recogerlo porque su madre, mi ex-mujer, ha llamado a decirme que esta vez tengo que venir yo por él. No hay problema, no tengo nada por hacer, así que aquí estoy. Mientras espero —faltan diez minutos todavía—, me siento sobre el filo de la acera y leo una novela que he empezado esta mañana. Levanto la mirada cada tanto hacia la puerta de la escuela o hacia el reloj para contar los minutos.

J sale en medio de un tumulto de chicos que gritan, lloran y cambian una que otra mirada de despecho —alguien olvidó pasar a recoger a su chico. Dirige su mirada hacia la calle en busca del Pontiac gris de su madre o de su madre también, pero sólo encuentra a su padre, parado del otro lado de la calle, con un libro en la mano y que hace gestos con los dos brazos como los controladores de vuelo en los aeropuertos. J sigue buscando un poco más, no pierde la esperanza de que su madre aparezca en cualquier momento. Entre tanto, cruzo la calle y agarro a mi chico por debajo de los brazos y lo levanto en el aire. Tiene cinco años y es evidente que ya no le gusta que lo carguen; entonces, lo bajo.

—¿Que tal la escuela, J? —le pregunto.

—Biem.

—¿Qué te enseñaron hoy? —vuelvo a preguntar.

—Los números.

J tiene el rostro taciturno. De no ser porque apenas tiene edad para ello pensaría que hay algo que lo apesadumbra de un modo indefinible, aunque en realidad sólo está tratando de responderse dónde demonios está su madre; es la tercera vez en el semestre que no ha venido por él.

J es un chico inexpresivo. Su madre y yo gastamos todo lo que pudimos en terapias porque hasta casi los cuatro años J no decía ni hola. Desde entonces no ha cambiado mucho y Myriam cree que está afectado por la separación. J tiene un títere de guante en una mano y lo mira con insistencia, lo ausculta, se comunica con él. Sería normal para un autista, pero J no lo es.

—¿Le has puesto nombre al títere? —le pregunto.

—Sí.

Silencio.

—Y ¿cómo se llama?

—Es una ardilla, ¿ves?.

—Una bonita ardilla azul —digo. J ni siquiera ha alzado a mirarme.—¿Cómo me dijiste que se llamaba?

—No lo he dicho.

Bien. Mi hijo no es estúpido. Puede que haya heredado el carácter alterado de su madre, puede que odie a su padre, puede que esté afectado por todo, pero no es estúpido.

—Dímelo, entonces.

—Se llama Caterina.

Myriam tuvo la culpa, no yo. Fue ella la que se buscó un amante. ¿Qué querían que hiciera? ¿Que la felicite? No. Hice lo que cualquier persona normal haría: preguntarme qué había hecho mal. Pedí explicaciones, estaba confundido y deshecho; quise romperme la cabeza contra las paredes y decidí odiar a Myriam y a su amante. La infidelidad implica una ruptura de reglas y todo el mundo sabe que las reglas nos facilitan la convivencia. La sociedad es eso, ¿no?

—¡Maldita sea, Myriam!

—No maldigas.

—¿Qué quieres, entonces? ¿Que haga una fiesta? ¿Que te felicite? Si estabas aburrida, deberías habérmelo dicho.

—No estoy aburrida, Eduardo. Y no hace falta que grites; el niño y yo no somos sordos.

Así durante meses. Y J viéndolo y escuchándolo todo. Pero no está más afectado que otros niños que crecen bajo la tiranía de un hermano mayor o con un padre alcohólico. No es el primer niño cuyos padres están separados y ya va siendo hora de que se entere que el mundo es un incesante acabarse de cosas, que hay personas que hieren de muerte a quienes aman y tipos sin hogar ni lugar en el mundo. Es un poco tímido, cierto; es difícil hacerle decir más de tres palabras juntas, pero se le pasará. Sé de oradores que no hablaron hasta que tenían seis o siete. Creo que Goebbels fue uno de ellos.

El psicólogo que lo trató dijo que no era nada grave y contó que un hermano suyo que no había hablado hasta los tres años, de repente “empezó a hablar como un loro”. La metáfora me resultaba intolerable y de mal gusto. No sé cómo hablan los loros, le dije a Myriam, pero si sé que nuestro hijo no es un pájaro; este tipo me parece impresentable. Myriam replicó.

—Mira, Eduardo —dijo—, este tipo, como tú lo llamas, sólo está haciendo su trabajo y tú deberías, en lugar de criticar, pensar que lo que necesitamos es ayuda profesional.

—Es que no me gusta ver a mi hijo como ratón de laboratorio. Además, eres tú la que necesita ayuda profesional.

—Yo no estoy loca.

—Ni yo.

—Pues actúas como un maniático. Siempre criticando todo. De seguro que el psicólogo conocerá un nombre para esa patología.

—¿Por qué no vas y se lo preguntas?

—Quizá lo haga.

—Ve, entonces. Y cuéntale también lo de tu amante a ver qué nombre tiene para eso.

—No seas estúpido. Sabes que eso no tiene nada que ver.

Pero sí lo tenía. Tenía todo que ver.

Myriam nunca dio explicaciones y eso era lo que más me angustiaba. Pasamos meses fingiendo delante de J que nada pasaba, lo que no era difícil porque J nunca se interesaba en nada que no fuera su propia inercia.

—Cuando crezca no te lo perdonará, Myriam.

—Espero que no termine pareciéndose tanto a ti.

Paramos un taxi a una cuadra de la escuela y nos dirigimos hacia el edificio de apartamentos en donde vive Myriam, un apartamento enorme en donde convive con su nuevo esposo (su antiguo amante) y una empleada de servicio. Myriam nunca lavó un tenedor, nunca planchó ni cocinó. Nunca nada. Siempre se quejó de que no teníamos el suficiente dinero para pagar servidumbre, así que me encargué yo mismo de las tareas de la casa: el aseo, la comida, la ropa. Me había quedado cesante y me dediqué a cuidar de J, a verlo crecer, silencioso y distante, con la mirada eternamente clavada en la pared. Y encima se consigue un amante, un malparido viejo con bastante dinero como para creer que podía quitarme a mi familia. Me cansé de maldecirlo pero, ya saben, más fácil entra un camello por el ojo de una aguja que al cielo un maldito ricachón que ha faltado al décimo mandamiento y te ha arrebatado tu mujer. Supongo, sin embargo, que debería agradecer que haya sido así. Al menos no tengo que figurarme que el tipo sea mejor que yo; sólo tiene más dinero y eso pone las cosas en una dimensión en la que no me interesa competir.

Muchos meses más tarde pude enterarme de quién era el hijo de puta y cómo había conocido a Myriam. En una fiesta. Una fiesta a la que no quise acompañarla porque preferí quedarme con J mientras ella bailaba y se dejaba invitar costosos tragos. El tipo tuvo la suficiente intuición para comprender por qué una mujer casada y con un hijo al que “adoraba” estaba sola en una convención social. Comprendió que algo faltaba y él tenía mucho de ese algo. Le ofreció su tarjeta de presentación y Myriam no tardó mucho en llamar al número que aparecía en ella. Myriam empezó a llegar tarde a casa o a no llegar en absoluto. Le pedí que al menos tuviera respeto por J. Ella repitió la palabra: RESPETO, dijo, pronunciando claramente todas y cada una de las sílabas, pero no añadió nada más, así que tuve que resignarme a que tampoco esa vez diera explicaciones. Cuando le imploré que me dijera por qué estaba pasando aquello, dijo que necesitaba darse “un nuevo aire”, aunque bien sabía yo que no se trataba precisamente de aire.

J se fue con ella. Supongo que pude haber dado la pelea por su custodia, pero sabía que su nuevo esposo pagaría abogados que no iban a permitirme tener la menor oportunidad de ganar. Además, no hubiese valido la pena. J sentía un vínculo con su madre que yo no podía romper sin causarle dolor, así que tuve que renunciar a él.

El taxi toma el carril rápido de la avenida y estamos por llegar. J ha estado todo el camino sin decir palabra, observando, comunicándose con su ardilla azul y, ahora, levanta por primera vez la mirada y reconoce el barrio. Cuando bajamos del auto, corre directo hacia la puerta del edificio y oprime el botón del intercomunicador. Casi al instante se escucha un sonido metálico, la citofónica voz de Myriam saludando a J. Bajo en un segundo, mi amor, etc. La escucho y digo uno, pero se demora más de medio minuto en bajar. Cuando alcanza la calle, corre hacia J y lo levanta del suelo sujetándolo por debajo de los brazos tal como lo había hecho yo afuera de la escuela y lo besa en la cara. J se adhiere a ella abrazándola y ocultando la cabeza en su cuello.

—Hola, Myriam —digo.

—Hola, Edu.

—Aquí traigo a J —digo—. Nuestro hijo.

Myriam me mira como si acabara de enterarse de que J es también hijo mío. Parece impresionada pero al rato responde.

—Gracias —dice.

Asiento con un pequeño ladeo de cabeza, un gesto que ella conocía y que más o menos significa “no hay problema”. A su vez Myriam me responde cerrando los ojos; si no he olvidado las equivalencias de nuestro código gestual creo que eso significa algo como “gracias de nuevo, Edu. De verdad, gracias”. Pero yo ya he empezado a sentirme desconsolado. Está lindísima. No tiene maquillaje y lleva  puesta una blusa de escote generoso y un pantalón que revela las sinuosas bondades de su cuerpo. Noto, así mismo, que tiene un par de pendientes de oro colgando de sus delicados lóbulos. Ahora puede permitirse el oro, me digo, desilusionándome un poco. La veía más alta, imponente, casi inalcanzable mientras me preguntaba por qué diablos mi mujer se pone más bella justo cuando me deja.

—Estás muy bonita —le digo—. ¿Vas a alguna fiesta?

Myriam sonríe y me dirige con el rostro otro mensaje que ahora es algo así como un “vamos, Edu, eso no te importa”. J dice algo, muy despacio, al oído de su madre y ella le responde: “Ya, amor, espérate un segundo”. Presiento que se acerca el momento en que nos decimos hasta luego pero lo retraso todo lo que puedo.

—¿Y Óscar? —pregunto. Sé que el hijo de puta no está en casa porque de lo contrario Myriam estaría con él y habría enviado a la criada a recibir a J.

—Creo que ya tenemos que entrarnos —responde, y se vuelve hacia el niño para añadir— Tienes hambre, ¿verdad, cariño?

Ya no puedo dilatar más el momento, no tengo una excusa, así que me acerco a J y le doy un beso en la coronilla. Cuando lo hago alcanzo a entrever el pecho de Myriam.

—Adiós, J —le digo—. Pórtate bien.

Pero J no responde y tiene entonces que intervenir su madre.

—Dile adiós a tu padre —le dice—, ya se marcha.

J se vuelve hacia mí y me dedica una pequeña, casi imperceptible sonrisa y me dice adiós moviendo una mano y frotándose los ojos con la otra. Me despido de Myriam diciéndole “¡Suerte!” y ella me responde del mismo modo. Me separo de ellos pero me quedo otro momento en la acera, viendo como mi familia se aleja, tentado a pensar que puedo romper las formalidades y recuperarla a la fuerza o sentarme a llorar, pero Myriam ya ha desaparecido y no me queda ya nada que hacer en este lugar.

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