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Coloma Pérez, Laura (La papisa)

Amistad incinerada



AMISTAD  INCINERADA

(La papisa)

Cuando recibí la noticia del fallecimiento de Javier,  todo mi cuerpo se paralizó y en mi mente se originó  un estallido atronador que me mantuvo al menos diez minutos literalmente incapacitada y bloqueada.  Lo cierto es que su estado había empeorado durante el último mes a marchas forzadas y había una elevada probabilidad  de que su huída hacia delante concluyera de una manera tan trágica. Sin embargo,  yo siempre confié en su ángel, como él decía, confié en que le entraría algún ramalazo de cordura y pediría ayuda, confié en que todo se solucionaría satisfactoriamente. Pero en esta ocasión  me había equivocado y me hallaba sumida en un estado de shock  emocional del cual resurgí gracias a la llamada de Alberto, nuestro mejor amigo. Por el tono de su voz era evidente que él estaba también conmocionado. Incapaces de hablar, nos citamos al día siguiente en el tanatorio.

Javier y yo salimos durante casi seis años y estuvimos felizmente casados otros seis, hasta que muy sutilmente sus neuronas comenzaron a traicionarle. Al principio nadie se dio cuenta, únicamente mi intuición femenina y nuestra convivencia  me lo insinuaban, pero yo preferí ignorarlas a ambas y buscar  cualquier explicación lógica a sus cada vez más chocantes pensamientos, compartidos  conmigo en eternas veladas cada vez menos mágicas. Tras el divorcio y un intento fallido de recuperar lo nuestro, rompimos definitivamente la relación  y su situación se fue agravando vertiginosamente. Conforme yo iba recuperando mi persona ? pues me había sumido, de manera inconsciente, en un aislamiento del resto del mundo, olvidando que ahí fuera había algo más que una mente descomponiéndose ?  la suya se fue deteriorando. No hubo manera de encontrar un equilibrio que nos permitiese a los dos funcionar por separado. Su rabia hacia mí le cegó y nada pude hacer yo salvo alejarme, por mucho que me doliese verlo deslustrarse, degenerar y abandonarse a sus demonios, cada vez más seductores. Se adueñaron de su mente y de su alma, le arrebataron la cordura hasta unos límites insospechados, lo engatusaron astutamente hasta el punto de convertirlo en un ser arrogante, soberbio e impertinente.

Tras el funeral, le relaté a Alberto el deseo de Javi de que sus cenizas se lanzaran a partes iguales en el mar, su última y gran pasión y en las montañas. Se vio necesario urdir un plan para hablar con el dueño de la funeraria y conseguir una parte del montante. Mi relación con su familia se hallaba deteriorada completamente, así es que intentar hablar con ellos se descartó desde el primer momento. Tras barajar varias posibilidades, decidimos que sería yo la que  llamaría a Ernesto, el hijo del funerario y compañero del instituto veinte años atrás. Por aquella época, había existido entre nosotros mucha complicidad y en esta ocasión también se produjo, pues ni siquiera titubeó al escuchar mi petición. Me entregó, clandestinamente,  una porción del polvo camuflada en  dos cajitas de metal que previamente habíamos depositado en la consigna 52 de la oficina de Correos, siguiendo sus instrucciones.

Durante el mes previo al fatal accidente de tráfico, Javier ocupó prácticamente el cien por cien de mis pensamientos. Aparentemente yo llevaba una vida normal: invertía  el día a  día en  mis quehaceres diarios en la librería que regento, en las labores del hogar, en hacer deporte, en devorar libro tras libro hasta caer extenuada cada noche, en definitiva, en realizar todo aquello que me hiciera sentir  bien ? así me lo habían recomendado los especialistas a los que tuve que acudir ? Sin embargo, en mi interior arrastraba  atormentada las secuelas de  sus descabellados mensajes , sus disparatadas llamadas y  sus  cada vez más preocupantes e-mails. La última vez que nos vimos me costó reconocerlo. Había desaparecido el brillo intenso de sus ojos, ensombrecidos por dos oscuras oquedades firmemente ancladas bajo sus pestañas, su delgadez era extremadamente llamativa,  y  su piel presentaba un color amarillento que, aún cuando hoy lo recuerdo, me sigue produciendo un doloroso desgarro en las entrañas. Estoy segura de que él sí me reconoció, pues esa misma noche recibí un e-mail que decía: “Sigo loco por ti, todas mis células tiemblan por dentro. Por cierto, la madurez te sienta cada vez mejor, te he visto preciosa”.

Finalmente decidimos hacer cómplice a Ramiro de nuestros planes y de inmediato nos confirmo, como era de esperar, que también nos acompañaría. Las escasas cuatro horas que duró el viaje a la costa ninguno de los tres articuló palabra alguna. Yo iba sumida en mis recuerdos, todos ellos buenos, pues mi memoria es increíblemente generosa y era incapaz de regalarme algo que no fuesen los momentos más felices de mi vida con Javier:  su arrebatadora locuacidad, su intensa mirada azul capaz de traspasarme el alma, sus conciertos mágicos de  guitarra española exclusivos para mis oídos las noches del último verano. Los demás, supongo que harían lo propio. Quién sabe lo que pasa por la mente de unas personas que se dirigen a cumplir el último deseo de su mejor amigo. Fue Ramiro el único que rompió aquel  silencio sobrecogedor  con un sollozo  incontenible, seguido de un mar de lágrimas que no cesó hasta que llegamos a Cala Xatuna. Jamás lo había visto así, jamás en los veinte años que hacía que nos conocíamos. Al apearnos del todo terreno lo abracé con todas mis fuerzas. Mis brazos apenas alcanzaban a rodear su corpulenta figura y así nos mantuvimos hasta que Alberto nos recordó que había llegado el momento.

Decían de él que ya no era el de antes, que incluso había estado en el calabozo una noche por desacato a la autoridad y que vivía escondido en casa de un colega en la montaña. Decían de él que era un bandido, una mala persona, un impresentable. Decían de él que había enloquecido y que era capaz de cualquier cosa. Decían mucho, a la gente le gusta la carnaza, pues con ella se evitaban pensar en sus problemas reales magnificando e incluso inventando los de los demás. El día del accidente me escribió un mensaje ? a veces lo hacía ? pese a que yo nunca le contestara. Supongo que eran un desahogo para su mente confusa, pues eran absolutamente dispares y en la mayoría de ellos me despreciaba. Pero esta vez no.”Voy hacia ninguna parte y tengo que parar porque escucho una canción que me hace sentirte y tengo que detenerme a llorar y pensar en ti. ¿Qué está pasando? No se puede luchar contra uno mismo. Quiero lo mismo que tú pero va a ser más difícil conseguirlo. Será porque tiene que ser así, no lo sé”. Esta fue la última vez que se comunicó conmigo. Al día siguiente un camión se le echó encima y falleció en el acto. Quizá su ángel decidió que era lo mejor, quizá estaba escrito en las estrellas, quizá fue él quien así quiso que pasara, quien sabe.

Extraje con sumo cuidado la cajita de la bolsa aterciopelada, me  situé en la punta de un saliente rocoso y la brisa esparció a su antojo las cenizas hacia el  bravo oleaje,  que rugía  infinitamente lejano a nuestros pies. “Por la ilusión”, dije yo. “Por la ilusión”, repitieron Alberto y Ramiro. Nos fuimos a emborrachar y acabamos a las tres de la madrugada en la playa, con la calma del mar y nuestro cómplice silencio como única compañía. Esa noche soñé que mi ex suegro se había olido algo al verme hablando con Ernesto y le había torturado hasta conseguir que le revelara nuestro plan. Fue un sueño tan real, que desperté empapada en sudor y tardé varios minutos en darme cuenta de que nada había sucedido. De mi interior asomo un aliviante  respiro y conseguí sosegarme.

Nuestro décimo aniversario de boda me regaló una fiesta sorpresa. Por aquel entonces las cosas ya no iban muy bien, pero la ilusión podía con todo y celebramos una gran juerga a la  que no faltó ninguno de nuestros amigos, ni siquiera los que vivían lejos. Fue algo muy especial para nosotros: la música, el ambiente, el sentirnos tan queridos, el querernos. Yo le regalé un corazón teñido de rojo tatuado en el cuello, tras mi oreja derecha, nuestro escondite secreto. Aquello le encantó. Cada vez que lo besaba, lo acariciaba o lo lamía, enloquecía de placer. Incluso lo fotografió y pasó a formar parte del fondo de pantalla de su portátil. Ni siquiera cuando empezaron sus fantasmas sobre mí  lo cambió por otro. En sus momentos de lucidez siempre me decía que aquello era lo único real en este mundo, el símbolo de nuestro amor.

Un sol cegador nos recordó que debíamos partir hacia nuestro siguiente destino. Desayunamos copiosamente en una cafetería y nos aseamos un poco antes de emprender la marcha. Nos esperaban seis horas de viaje hasta el Pirineo. Esta vez condujimos a turnos para compensar la falta de sueño y alguna que otra secuela de la noche anterior. Decidimos alojarnos en un hotelito rural encantador y esperar al día siguiente para culminar nuestra misión. Las montañas dibujaban un precioso paisaje pincelado en cobrizos, castaños y pardos. Serpenteamos un angosto sendero y coronamos el collado bastante desgastados y secos. Extraje delicadamente  la segunda cajita del suave envoltorio y las cenizas planearon atrevidamente por el ambiente hasta que se mimetizaron pasando a formar parte de la madre naturaleza. “Por la ilusión”, dijimos a trío.

Nuestras vidas siguieron cada una su camino y ninguno volvimos a hablar nunca más de Javier, ni de lo acontecido en  aquel viaje. He de confesar, que para mí fue el viaje más importante de mi vida y el punto de partida hacia un futuro incierto, ignorado e impreciso, marcado para siempre por la huella de la esperanza, del anhelo y de la ilusión. He de confesar, también, que desde aquel día comprendí que nuestra mente es poderosa y traicionera, engañosa y farsante, capaz de apropiarse despiadadamente de nuestro sentido común y aniquilarnos. He de confesar, en definitiva, que desde entonces,  mi vida se rige por los dictados del corazón, por el ritmo de sus latidos, por el compás de sus palpitaciones. En ocasiones la melodía es armoniosa, en ocasiones chirriante, y en muy pocas ocasiones impecable. Es entonces cuando la vida te regala un momento de felicidad plena, cuando el mar y el cielo copulan y un estallido de gozo serpentea en la inmensidad de cada persona.

Virgen del Pilar



Desde muy pequeño, a Valentín Marcos ya se le notaba que era un niño diferente a los demás, hecho éste que sobrellevó como buenamente pudo, durante diez incómodos años, hasta que un fortuito acontecimiento hizo que conociese al hombre que cambiaría su visión del mundo para siempre. Valentín era un niño melifluo, melindroso, blandengue. Sus compañeros de colegio lo llamaban “el palitos” en honor a la extrema delgadez de sus piernas, que asomaban impecablemente escuálidas por la pernera de sus habituales pantalones cortos de franela. Su escasa cabellera barcina y su blanca tez pecoteada incrementaban aún más, si cabe, su indiscutible aspecto de debilidad, eso sin mencionar las múltiples torpezas que lo caracterizaban y por las que era archiconocido en el pueblo. Valentín era hijo único, el hijo del  Antonio el guardabarreras y la  Pili la carnicera, y le encantaba ir donde su padre a ver pasar el tren de las 6:30h, al que esperaba con un emoción especial. Le maravillaba la fortaleza con la que aparecía ante sus ojos: poderoso, enérgico, imperial, y la elegancia del contoneo con el que  se despedía serpenteante antes de comenzar a aminorar la marcha para coger la curva previa al apeadero de la estación. El maquinista siempre alzaba su gorra a modo de saludo y él y su padre abanicaban el brazo para corresponderlo. En realidad, Valentín sabía lo de la gorra porque su padre se lo había dicho, pero él nunca había llegado a verlo, tanto es así que pensaba que eran imaginaciones del Antonio, sin duda producto de la soledad de la caseta. Estaba convencido de que “el guardés” (como todos lo conocían en el pueblo) había inventado la gorra, el listón encarnado que surcaba los vagones y el “Virgen del Pilar” que rezaba en la cabina,  para compensar las carencias de las solitarias horas junto a las vía, motivo por el cual  le seguía la corriente y fingía que él también veía lo mismo.

El 26 de septiembre de 1970, Valentín conoció a una persona que, sin duda, lo convertiría  en el niño más afortunado de la tierra. El tren de las 6:30h sufrió una avería que le obligó a permanecer tres horas en el apeadero. Algunos pasajeros decidieron ocupar ese tiempo en recorrer el pueblo y así fue como Don Anselmo se llegó hasta la caseta del guardabarreras. Portaba un elegante sombrero negro que denotaba que era un caballero distinguido, sobresaliente, refinado y un traje oscuro impecablemente amoldado a su cuerpo que le daba cierto aire de notoriedad. A los pocos minutos de conversación, Valentín lo sedujo de un modo inexplicable. Según contó  al chico y a su padre,  se dirigía a Barcelona a un congreso bianual de medicina. Se interesó por el trabajo del guardés, que orgulloso le explico minuciosamente todos los detalles del mecanismo con el que subía y bajaba la barrera, y curiosamente se interesó por el muchacho, se hicieron buenos amigos e incluso dieron un paseo por los parajes cercanos a la caseta durante el cual Valentín le mostró su pequeño mundo, sus pequeños secretos, su pequeña sonrisa. Se abrió ante un hombre que le hizo sentir importante y valeroso porque en ningún momento se refirió  a su estatura, ni a sus torpes movimientos, ni a sus despistes, sino todo lo contrario, se cautivó por todo lo que el muchacho le contaba, le asombró su peculiar manera de ver las cosas y quedo absolutamente fascinado por su sueño de convertirse algún día en el maquinista del tren de las 6:30. Tanto es así que al despedirse de ambos prometió volver a visitarlos, si no era inconveniente, ya que tenía previsto regresar a la ciudad condal  en cuatro o cinco semanas . Ante la afirmativa del Antonio, Valentín corrió al economato y emocionado le contó a su madre que un señor muy importante se había hecho amigo suyo y que si podrían invitarle a comer el mes próximo.

La Pili era una buena mujer: trabajadora, dicharachera, simpática,  y muy, muy, guapa. Al ver entrar al niño bajo semejante estado de excitación y alborozo se le incendió el corazón.  Durante los diez años que hacía que lo había parido, jamás había visto al Valentín que se presentaba ante sus ojos: seguro de sí mismo, confiado, alegre como nunca. Ella siempre había procurado tratarlo  como si fuese como los demás, para que el chico se sintiese lo mejor posible dadas las circunstancias, restándole importancia a sus torpezas y a sus despistes. Pero en el fondo sabía que Valentín sufría, porque veía como los demás niños se mofaban de él y porque, aunque él nunca le dijo nada, el brillo inexistente de sus ojos y sus escasas sonrisas, lo delataban.  Durante la cena comentaron la avería del TALGO de las 6:30, que había roto la monotonía diaria del pueblo durante unas horas, y hablaron del señor Anselmo, el del sastre oscuro a medida. El Antonio le comento a la Pili que había sido muy gratificante hablar con él y, que,  por ese motivo y por el interés que había mostrado en volver a ver al niño, le habían invitado a su casa.

Los días fueron pasando uno tras otro con la rutinaria seguridad de los quehaceres cotidianos : la Pili abría todas las mañanas  la carnicería a las diez en punto,  no sin antes haber dejado hechas las faenas de la casa y la comida; el Antonio acudía a la caseta a las ocho y media en punto, no sin antes haber lustrado sus zapatos y ajustado firmemente su corbata gris marengo; y Valentín marchaba hacia la escuela con la certeza  de que hoy también se reirían de él y no sin antes haber tropezado por lo menos en dos ocasiones con algún obstáculo inoportuno en forma de piedra, esquina de mesa o escalón camuflado. Faltaba apenas una semana para la festividad de la Virgen del Pilar, acontecimiento muy especial en casa de Valentín, pues su madre, además de llamarse como ella, era gran devota suya. El cielo lucía de un intenso azul eléctrico, salpicado de nubes cada vez más oscuras y un viento cálido “in crescendo” presagiaba tormenta. Valentín merodeaba por los alrededores de la caseta, fantaseando con su imagen de apuesto maquinista, conduciendo el tren que recién había hecho temblar la tierra a su paso por delante, el Antonio se hallaba mirando pa’rriba,  presagiando la que se avecinaba y Don Anselmo entraba en la carnicería, presentándose ante la cara de asombro de la  Pili, muy poco acostumbrada a la presencia de alguien tan distinguido en su humilde tienda. Tras hablar con ella unos minutos y mostrarle algo que traía en un paquete, se fue en busca de Valentín. La Pili cerró antes de lo acostumbrado y se apresuró a poner en el horno la pierna de cordero que guardaba para el día de su santo. Mientras tanto, el Antonio y Valentín charlaron animosamente con el Doctor hasta que se hizo la hora de ir a casa. La tormenta se apiadó de ellos y descargó con fuerza cuando ya se hallaban confortablemente sentados mirando a la lumbre. Durante la cena e intercalado con los múltiples elogios hacia las habilidades culinarias de la carnicera, Don Anselmo se refirió a la existencia de una enfermedad de los ojos llamada miopía, caracterizada por la dificultad para ver los objetos de lejos. Tras haber observado el comportamiento de Valentín y su peculiar manera de ver las cosas, estaba completamente seguro de que al chico lo que le pasaba es que era miope. Sacó de su maletín un cartel desplegable y, tras hacerle unas pruebas que corroboraron su diagnóstico, le entregó a Valentín una cajita alargada que contenía un objeto nunca antes visto en aquella casa y le ayudó a colocarse las lentes ante la perplejidad de todos.

Lo que sucedió después, fue relatado en primera persona por  Don Valentín Andrés, en el discurso de agradecimiento que, conmovido, pronunció veinte años después, el día en el que fue galardonado por la Sociedad Española de Medicina Ocular, por su contribución a la investigación de las enfermedades oculares. Ante una elegantísima  Doña Pili , un orgullosísimo Don Antonio y ante multitud de colegas y autoridades, el Doctor Valentín Andrés apuntó lo siguiente:

El día 25 de Octubre de 1970, un magnífico colega al que sin duda muchos de ustedes conocieron y admiraron tanto como yo, Don Anselmo Cifuentes, me regaló un objeto que cambiaría mi vida para siempre. Una avería de tren hizo que nos conociéramos cuando yo apenas tenía diez años y soñaba con ser el maquinista del TALGO de las 6.30h. Por aquel entonces, yo pensaba que era un torpe, porque siempre tropezaba, o me caía, o tiraba algo sin darme cuenta y en la escuela siempre se reían de mí. Supongo que la imagen de conductor de tren, que albergaba en mis fantasías, me daba esa falsa seguridad que tanto necesitaba. Fue el doctor Anselmo el que me demostró que yo no era un patoso. Se tomó la molestia de regresar al pueblo, donde repararon el tren que lo llevaba a un congreso a Barcelona, para traerle a un chico, por el que nadie había apostado jamás, unas gafas. Así, sin más, ese chico, que es quien ahora les habla, descubrió un mundo hasta entonces inimaginable para él. El primer recuerdo que tengo de ese día es el de  mi madre: siempre pensé que era una mujer muy guapa, pero cuando realmente la observé tras las lentes, quedé absolutamente maravillado ante su belleza. Lo acontecido a continuación es  prácticamente imposible de relatar. Los sentimientos me desbordaban cada vez que descubría algo nuevo. Cuando al día siguiente pude ver al maquinista saludarnos con la gorra a mano alzada, la franja roja atravesando el tren y el “Virgen del Pilar” majestuosamente escrito, las lágrimas rodaron por mi rostro de pura emoción y de afecto hacia mi padre, el cual no estaba tan loco como yo pensaba, sino que era un hombre sensible que amaba a su trabajo y a su hijo. Y así fue como, tras averiguar que un defecto de visión me impediría ser  conductor de tren, decidí dedicarme en cuerpo y alma a estudiar  lo que aquel poeta sabiamente llamó  la ventana del mundo: nuestros órganos de la visión, nuestros ojos.  Pero lo más importante que  aprendí  aquel día y  que quiero trasmitirles  a todos ustedes, en este momento tan especial para mí, es el hecho de que jamás se le debe decir a un niño que sus sueños son imposibles, pues perdería la ilusión. Y es esa ilusión, estimados oyentes, uno de los dones más preciados habidos en  este mundo, que de chiquillos todos poseemos, pero que muchas veces nos es robado, sustraído o despojado. Hagamos, pues, un esfuerzo por recobrarlo y convertir a la ilusión en nuestra inseparable compañera de viaje hasta el día en que éste llegue a su fin. Muchas gracias por su presencia. Ha  sido un honor compartir estas palabras con ustedes. Sólo me queda enviar desde aquí un saludo muy cariñoso y de gran agradecimiento al honorable D. Anselmo Cifuentes, gran persona y gran amigo, al cual le debo gran parte de lo que soy. Descanse en paz y  gracias a todos por su presencia.

Soliloquios en el sanatorio



Cuando me ofrecieron la posibilidad de desaparecer durante una temporadita,  con sus días y sus noches, no  dudé ni un momento en aceptar. Al llegar a cierta edad, una  está  saciada  ya  de inoportunos despertares, hijos desidiosos, hijas aprensivas y hasta de nietos, por muy monos que éstos sean. Yo suponía que ser abuela sería más placentero. Pero, que va, están todos tan ocupados…y “la pobre mamá” se siente tan sola desde que murió papá, que los críos le han devuelto la alegría. ¡Y un cuerno!, que los niños son monísimos, pero lo vuestro es puro egocentrismo. A ver quién me saca a mí los domingos a tomar el vermouth, como lo hacía el abuelo. Nadie. Ahora, todos a comer a casa de la abuela. Lo que se traduce en que los benditos paseos dominicales hasta “La Rita” para saborear la prensa junto a una  cervecita con boquerones, se han convertido en un madrugón de aquí te espero a fin de tenerlo todo a punto cuando arriba la vorágine. ¡Cómo iba una a negarse a semejante ofrecimiento! La cosa pintaba más que bien: durante el retiro no sólo iba a dedicarme a nada que no fuese alimentarme, dormir y campar a mis anchas, sino que además prometieron que regresaría visiblemente rejuvenecida y totalmente recuperada de las migrañas que, producto del estrés según Don Nicolás y de no haber sabido pronunciar un “no” a tiempo en opinión de una servidora, durante los últimos meses me aquejaban.

Fue un entierro multitudinario, de esos en los que casi todo el pueblo se paraliza. Claro está, que el desafortunado desmayo que sufrí mientras fregaba la  escalera del edificio y el certero golpe en la cabeza que acabó al instante con mi vida, incrementaron la pesadumbre que reinaba en la atmósfera cuando me emparedaban, bajo un silencio sobrecogedor, junto a mi bendito Ramón, que en paz descanse. Sólo sentí pena por la pequeña Aurora. Ella fue,   verdaderamente, la que más me quiso de todos y la única que  se preocupó  por mi estado en los últimos meses.  Y ahora, que es cuando más va a necesitarme, voy yo y  decido que me largo. Pero es que ya no podía más. A Dios gracias ella es fuerte y sabrá recuperarse de este inesperado episodio. Sin lugar a dudas, la criatura que habita en sus entrañas le ayudará a sobreponerse.  Los demás, de aquí a unos días habrán vuelto a sus quehaceres habituales y, con suerte, vendrán a visitarme para Todos los Santos, como manda la tradición. No les culpo, esta vida de ahora es de locos, y bastante tiene uno con sobrevivirse a sí mismo. El “supuesto balneario” era  tal y cómo me lo habían descrito: una habitación con baño, individual y espaciosa,  aunque escasa de luz, lo cual  al principio agradecí puesto que  dediqué los primeros días únicamente a descansar; una pequeña sala de estar con televisor, en la que no vi a nadie durante las treinta y cuatro semanas que permanecí hospedada; y un comedor, también desierto, pues la comida era servida puntualmente, cuatro veces al día,  en cada estancia. Una vez que las jaquecas remitieron,  comenzaron con el tratamiento regenerador. Lo cierto es que cada vez me sentía más activa, más ágil, más ligera. La pesadez en brazos y piernas y la torpeza de movimientos habían desaparecido por completo. Me encontraba francamente a gusto: bien atendida, bien alimentada, bien descansada… ¡Qué más se puede pedir! Pero como nada dura eternamente, a las pocas semanas ya tenía ganas de salir del recinto. El paisaje era espectacular, es innegable, y el sosiego impregnado en el ambiente, invitaba a permanecer largos periodos de tiempo al aire libre, incitando al pensamiento a dejarse acariciar suavemente  por la envolvente brisa otoñal de los atardeceres.

Lo que sucedió es que se adueñaron de mí unos irrefrenables  deseos de cambiar de aires, ver rostros conocidos y sobre todo, hacer algo por mis propios medios.  Me lo daban todo hecho, incluso me preparaban un reconfortante baño vespertino que no tenía reproche alguno. Los placenteros cuidados, que tanto había agradecido al principio,  se rebelaron contra mí. Paradójicamente, me agobié de  tantas atenciones, probablemente debido a la falta de costumbre. Así es que empecé a manifestar cierta incomodidad que no sabía muy bien cómo trasmitir. Ya me habían advertido que ni el personal de servicios ni los médicos  hablarían mi idioma, por lo que tuve que ingeniármelas para comunicarme mediante signos hasta que aprendiese alguno de sus “palabros”. Entretanto,  procuré tomar las cosas con mayor tranquilidad,  me había comprometido de antemano  a permanecer allí todo el invierno y, por otro lado, debía guardar reposo hasta hallarme plenamente recuperada. En cualquier caso, cada vez que intuía cierto anhelo por volver, el vivo  recuerdo de las espesas nieblas, del frío paralizador  y  de la nostálgica soledad de las últimas navidades sin Ramón, me convencía de que como allí, en ningún otro lugar iba a encontrarme tan cómoda.

La última operación fue, sin duda, la más delicada de todas, pues entrañaba  riesgos inevitables. Previamente al ingreso, había sido informada de que la semana posterior a la intervención debería permanecer en penumbra, con un vendaje alrededor de los ojos, hasta que ambos  fuesen gradualmente aclimatándose a la luz. Eso si, no perderían ni un ápice del color mostaza incierto que los caracterizaba y se recuperarían notablemente de su incipiente ceguera. ¡Qué ganas tenía de volver a  verlos, y de contemplar mi nuevo aspecto! Cuando una permanece entre tinieblas, los demás sentidos se solidarizan volviéndose más inteligentes. Conforme palpaba mi rostro y sobre todo, mis manos, una sensación aterciopelada me invadía por dentro, incrementando ese deseo a medida que pasaban los días. Asimismo, el tierno perfume del ungüento con el que me masajeaban delicadamente los surcos de la sien  y de los labios, cada noche, retrataba en mi mente la imagen de un bebé recién salido de su aseo diario.

Por aquel entonces, me hallaba bastante familiarizada con  el idioma, aunque era incapaz de articular palabra alguna. Sin embargo, me hacía entender, pese a  la oscuridad reinante en el entorno. Sobre todo cuando adiviné que cuando decían algo así como “Sulay”, se estaban refiriendo a mí. Indudablemente, tenía que tratarse de un error, o alguien de personal había sufrido un ataque de modernidad barata que los demás ni siquiera se habían llegado a cuestionar, por lo que no me quedó más remedio que revolverme agitadamente cada vez que se dirigían amablemente hacia mí con ese “término”. Por fortuna, cayeron en la cuenta, al menos eso fue lo que deduje la gloriosa mañana en la que me llamaron Elena. O tal vez encontraron el contrato que firmé antes del ingreso y vieron allí  mi nombre escrito, quien sabe. Esa gente era un poco extraña. Desde hacía unos días  dedicaban la mayor parte del tiempo a  vigilar todos mis movimientos, como si yo no me percatase de ello. Estaba clarísimo que algo tramaban…No debí haberme precipitado tanto al aceptar, ahora me doy cuenta de que  aprovecharon el aturdimiento al que estuve sometida tras el fulminante golpe en la cabeza para llevar adelante su maquiavélico propósito.

Sin duda,  eso fue lo que me impulsó a planear la fuga. El miedo se apoderó de mis neuronas, generando macabras ideas acerca de esos tipos, que ya imaginaba reteniéndome con ellos como cobaya humana de por vida. Eso con suerte, ya que en otras ocasiones los veía apoderándose de mis órganos para enriquecerse posteriormente  a su costa, vendiéndolos a una organización de esas de mafiosos que comercian con este tipo de piezas. Comencé a maquinar la huída sin levantar sospecha alguna. Faltaban todavía tres semanas para que me dieran el alta, cuando me comunicaron que mi evolución era perfecta. Por unos instantes volví a confiar en la supuesta red de traficantes, pero la notificación a última hora de  un detalle que supuestamente habían olvidado  mencionar antes de la firma del contrato, aceleró mi  ansiada marcha. No daba crédito, resultó ser  que, con toda probabilidad, a la par que  retirasen el vendaje de mis ojos y  fuese recuperando paulatinamente la visión, sufriría pérdidas importantes en mi capacidad para recordar. Resumiendo, volvería a ser la misma Elena de antes pero con absoluto desconocimiento de mi existencia previa. Lo consideré intolerable, abusivo e inmoral. Menuda banda de impostores…¡Qué razón tenía mi Ramón cuando decía que era demasiado impulsiva!, tendría que haber caído en la cuenta de que lo del “retiro” no era más que una conspiración perfectamente maquillada bajo la apariencia de hotelito acogedor en plena naturaleza.

Tras la cena, inquieta, aguardé a que se hiciera el silencio y, a tientas, escapé del lugar. La huída fue más complicada de lo que había sospechado. Demasiados obstáculos en el camino, que tan pronto se allanaba como se volvía tortuoso y abrupto. Intuí que debía estar cerca de unos acantilados, el rugir del las olas al golpear contra las rocas así lo insinuaba. Debí tropezar con algún pedrusco porque súbitamente sentí un insoportable dolor en el pie derecho, como si alguien estirase intensamente de él. El calambre recorrió de abajo a arriba mi frágil y exhausto cuerpo hasta que finalmente caí a un barrizal, donde, extenuada y agonizante, me pareció escuchar con total claridad una voz angelical, extrañamente familiar, producto de  una alucinación previa a mi adiós definitivo:

-          Hola pequeña, ¡Qué ganas tenía de verte! Eres preciosa. Soy tu mamá…y este señor tan guapo de aquí es tu papá.

-          Pequeñaaa míaaa. No  imaginas las ganas que tenía de verte. Eres igual que tu abuela…seguro que heredas sus impresionantes ojos color mostaza incierto. Deja de llorar, Aurora, apuesto a que desde donde quiera que esté, se estará sintiendo muy orgullosa de ti… y de la preciosa  Elena que lleva su nombre. Habéis sido las dos muy valientes.

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