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Flores Herrera, Stuart (Sebastián Fajardo Ventura)

La muda



Había visto en la tele que un tipo descubrió, de manera muy casual, una pomada para hacer crecer el pelo.

Montado en un caballo, entrada la noche, llegó a su  pequeña cabaña en medio del bosque. Al dejar su caballo en el establo se percató de la pata de aquél. Brotaba sangre de una herida. El tipo sabía que una lesión así podía ser fatal si no se trataba a tiempo. Buscó en el bosque plantas y flores silvestres. Cuanto tuvo todo reunido, hizo una mezcolanza. Me lo imagino machacando con una piedra cada hoja y cada flor, haciéndolas puré. Creo que luego colocó todo este menjurje en una hornilla, lo tuvo a fuego lento y esperó a que enfríe. Tal vez fue así. No lo recuerdo claramente. Lo que sí recuerdo es que, esa misma noche, untó sobre la herida del caballo la crema que había inventado con estas hierbas y cubrió luego la pata enferma con una venda.

Muy temprano, al día siguiente, se levantó de  la cama y fue directamente a descubrir la venda. La herida había sanado medianamente, pero eso no era lo importante. Alrededor de la magulladura, donde la crema se dispersó, había pelo.

Eso fue lo que le conté a mi hermana. La cara de Raquel se hacía cada vez más y más indiferente mientras de mi boca fluía una historia tan verídica así como mis planes empresariales. Pese a ser un poco más alta que yo, Raquel era mi menor. Ella era una niña bastante dura e insensible, en eso nos parecíamos mucho.

Nuestra casa en realidad no era nuestra; la alquilaba mi madre. Yo pensaba que éramos los dueños y me tomaba ciertas licencias, como dibujar en las paredes. Años después, cuando nos mudábamos a otra casa, recuerdo mis solitarios dibujos grabados en las paredes de unas habitaciones vacías de objetos.

El abuelo, quien vivía con nosotros, era como un objeto más. Teníamos una refrigeradora, una cocinita, dos o tres muebles, una mesa para comer, un abuelo, un reloj de pared, tres camas. El abuelo siempre estaba sentado en el mismo sillón, sin proferir palabra alguna, sin hacer un solo gesto. Apenas se movía para comer e ir al baño. Lo recuerdo así, estático y envuelto en una pantanosa soledad. Era de baja estatura, delgado y con una pronunciada joroba. Su boca entera tenía un movimiento gelatinoso  por la ausencia de los dientes.

A pesar de mi forma de ser, ver al abuelo me producía una interminable tristeza. Lo sentía muriendo delante de mí, sentía su soledad impenetrable. Entonces apartaba la vista e iba al patio a jugar. Algunas veces me sentaba a su lado esperando que diga algo, sabiendo que no diría nada. ¿Cómo estás? Estoy bien abuelo, ¿Cómo estás tú? Bien. ¿A qué grado pasas? ¿Te gustan tus vacaciones? No mucho, es algo aburrido. Pero el abuelo no decía nada y pensaba lo triste que era tener un abuelo, casi como tener una enfermedad. Su cabeza calva brillaba a la luz del día

La fórmula para hacer crecer el pelo tendría que ser probada con el abuelo. Mi hermana estuvo de acuerdo en ayudarme a preparar la pomada. El problema era saber qué ingredientes nos harían falta para tener la bendita crema lista. En vano traté de preguntarle a mi madre, quien era la persona más ocupada del mundo. El poco tiempo que estaba en casa lo dedicaba al descanso. La mayoría de veces llegaba mortificada y yo comprendía que era mejor no molestarla con mis tonteras. A pesar de eso, tenía un lado dulce y muy tierno. Era buena con los amigos de mi hermana, otros chicos del barrio. Ahora que lo recuerdo, yo casi no conocía a otras personas más, salvo una chica a la que mi hermana y yo apodamos La Muda.

La Muda parecía una niña normal, hasta que abría la boca y balbuceaba algunos sonidos extraños. Algo parecido a cuando nos quedamos atónitos y las palabras pugnan por salir y lo hacen en pequeños trozos. A ella en cambio no le salía ninguna. Vivía un poco lejos de mi casa, en la zona más pobre del barrio. Recuerdo haberle visto dos o tres vestidos enterizos el tiempo que la conocí. Mi hermana la trajo un día y mi madre se encariño con ella rápidamente. Creo que esa fue la razón por la que, en un principio, odiaba a La Muda. Yo era un niño que hacía esfuerzos por ser bueno pero a veces no podía o tal vez no controlaba mi lado perverso que se esforzaba por aflorar.

La Muda me cogía las manos y balbuceaba sonidos incomprensibles. Quiere que le prestes la plastilina, decía Raquel, y yo se la daba. Ellas jugaban haciéndome participar y yo, de muy mala gana, accedía.

Muchas veces fui cruel. En el salón estábamos armando muñequitos de plastilina. La niña que estaba al frente se burlaba de lo que tenía entre mis manos. Yo había hecho un león, pero ella decía que era una tortuga y yo y lo tuyo ¿qué es? Y ella una casita. Y yo, con el puño cerrado, ¡plaf!, le aplasto la casita y ella se pone a llorar y yo a reír. En ese momento toca la campanita del refrigerio y todos a lavarnos las manos. Cuando regreso, no está mi merienda. En el estante debería estar y nada. Ella la había escondido para vengarse. Perdido, desesperado y ansioso me puse a llorar frente a todos.

La muda había hecho una bolita. Era lo único que sabía hacer. Su piel era canela y daba la impresión de estar siempre sucia. Su corto y negrísimo cabello le tapaba la frente.

Como no podía decir esto es divertido, solo se reía, y como no podía lanzar un llanto normal las lágrimas le brotaban en silencio, sin gemir ni balbucear. ¿Qué hiciste?, decía mi hermana. ¿Por qué le aplastas su plastilina? En ese momento descubrí que un llanto silencioso era lo más fulminante y sobrecogedor. Me sentí culpable aquélla vez. Nunca antes había experimentado esa sensación. De repente, en el fondo y sin darse cuenta, la muda me libraba de mi insensibilidad y dureza. Ella tal vez, sin siquiera intentarlo, podía romper mi caparazón.

Raquel me traería flores y hojas y yo las machacaría. Ese fue el trato. Cuando me preguntó si La Muda podía acompañarla dije que sí, para sentirme bien conmigo.

Raquel y La Muda llegaron con infinidad de plantas que habían recolectado de los jardines aledaños. Al final, los tres terminamos machacando hojas y flores. Fue una larga tarde, golpeando éstas con una piedra y convirtiéndolas luego en una especie de salsa verdusca y pestilente. Todo lo fui colocando dentro de un pequeño frasco de vidrio y La Muda movía el contenido con un grueso tallo.

Por momentos, yo me distraía observando a La Muda, tan absorta en su labor. Sus ojos, rasgados y melancólicos, me producían algo de tristeza al verlos y me preguntaba cómo puede alguien guardarle rencor. Unas horas antes, la señora que nos traía la comida le sirvió también a La Muda. Un asco abismal trepó mis tripas al imaginarme usando los cubiertos con los que La Muda comía. Silenciosamente, cuando todos se fueron de la mesa, cogí “esa” cuchara y “ese” tenedor y los tiré a la basura. Luego de haber machacado hasta la última hoja descansamos los tres sentados en la vereda de la estrecha calle. Caía la tarde y Raquel me dijo que por favor llevara a la muda a su casa. Entre dudoso y desubicado acepté.

Como ya dije, la muda vivía en la zona más pobre del barrio. Había que caminar un largo trecho y ver cómo nacía un inmenso arenal. Las casas de esteras empezaban a brotar, confusa y desordenadamente. Niños mugrientos y perros enfermos y delirantes se encontraban fuera en aquel momento. En todo el camino -es obvio- fui el único que habló. No sabía si ella en realidad comprendía lo que le estaba diciendo. Le conté la historia que sabía sobre la pomada del pelo y confesé mis planes de futuros negocios con esta fórmula, de la cual yo sería el descubridor y ellas –Raquel y La Muda- mis colaboradoras. La Muda sonreía y escupía ciertos sonidos acompañados con extraños movimientos en sus manos. Yo contestaba, claro, exactamente, tienes toda la razón.  A medida que avanzábamos, la luz se extinguía. En medio de esa pueril oscuridad observé un rostro ovalado y adulto. Su cuerpo incluso no lucía tan delgado. Cuando llegamos a su puerta, los niños y los perros eran sombras de fantasmas juguetones.

Sabía que vivía con sus padres. En ese entonces imaginaba que, para entenderla, sus padres eran mudos también, tenían que serlo. Su padre mudo conoció a su madre muda y juntos tuvieron una hija muda, y ella, en el futuro, tendría que conocer a un muchacho mudo para casarse con él. Imaginaba también las silenciosas conversaciones familiares y la gran quietud en la que estaría inundada su casa.

Días después, La Muda y yo fuimos a recolectar las plantas. Raquel había conseguido un pollito y estaba entretenida jugando con él. La Muda me ayudó a machacar y luego a depositar el menjurje dentro del frasco. Haciendo algunos cálculos, suponía que faltaban tres o cuatro sesiones más para tener suficiente crema que untar en la cabeza del abuelo. Nuestros movimientos dentro de la casa eran vigilados por éste, a petición de mi madre. Siempre sentado, las manos en las rodillas, el abuelo apenas atinaba a parpadear. Al cruzar frente a él, a veces observaba detenidamente sus ojos antiguos y sentía que presenciaba un mundo perdido y en plena desaparición. Antes pensaba que era mi padre hasta que mi madre me dijo que él estaba muerto. Pronto el abuelo también estaría muerto y le contaría a mi padre sobre mí. Se suponía que la pomada debería estar lista en unos días, es por eso que cabía la posibilidad que el abuelo muriera con cabello nuevo. Si así sucedía, le podría contar a mi padre lo inteligente que era su hijo al crear una loción capaz de ser vendida a todos los calvos del mundo. Y mi padre pensaría, que grande está mi hijo, es el hombre de la casa.

Raquel bautizó a su pollito con el nombre de Pancho. Terminado el trabajo de esa tarde, nos dedicamos los tres a jugar con el animal.

Al día siguiente Pancho estaba muerto. Con la frialdad que caracterizaba a mi hermana, fui encargado de deshacerme de él. Me había encariñado con ese animal y me dio pena verlo muerto en medio del patio. Lo metí en una bolsa plástica y guardé todo dentro de una pequeña caja de cartón. Caminé mucho para encontrar un lugar donde enterrarlo. Lejos de todo, sobre un descampado, encontré una capilla abandonada, vetusta, y enrejada. Me pareció una magnífica idea enterrar a Pancho cerca de la capilla. Cavé un hoyo e introduje la caja. Recuerdo que me persigné muchas veces, mirando alrededor: todo despoblado. Arrojé al hoyo el montoncito de tierra que había sustraído y, finalmente, traté de incrustar un palito sobre el bulto de tierra, a manera de cruz, pero me fue imposible.

La Muda no vino a casa esa tarde y la señora que nos traía la comida nos contó, a Raquel y a mí, que estaba enferma. En la madrugada el grito repentino de la madre había despertado a los vecinos.

Mientras golpeábamos las hojas con una piedra para hacerlas puré, mi hermana me contó que La Muda podía ver al Diablo. Ella me contó que lo ve y le dice para ir afuera. Para jugar en la noche. A mi me da miedo Y yo, atónito, ¿cómo te cuenta La Muda si la muda no habla? Y ella, machacando despacio, es que La Muda me hace sus señas. Un hombre alto, con cachos y con cola y que da miedo.

La señora nos contó que la habían visto convulsionando. Nunca entendí esa palabra: convulsionando, y pensé que se refería a que tenía diarrea. La Muda convulsionó aquella madrugada, revolcándose violentamente en el piso de su casa, mordiéndose la lengua, como si hubiera visto al Diablo, dijo la señora.

Volví la mañana siguiente a la capilla. Mi intención era simplemente visitar la tumba de Pancho, tal vez rezar un poco, pero cuando me acerqué una curiosidad insistente capturó mis sentidos. Quería ver cómo estaba, tal vez imaginar un esqueleto, minúsculos huesos en forma de pollito, no sé, cualquier cosa. Empecé a cavar hasta dar con la caja, la abrí y, atrapado en la bolsa transparente, Pancho estaba tal y como lo dejé. Adquirí la costumbre de visitar la capilla para desenterrar a Pancho y ver qué cambios habían surgido en su pequeño cuerpo. Pasaron los días, pronto comenzó a heder y sus plumas a lucir verdosas y húmedas. Un poco asqueado caminé hacia la capilla, me empiné un poco y,  a través de una ventana rota, arrojé dentro a Pancho.

Esa misma tarde, y luego de cinco días de ausencia, La Muda volvió a visitar mi casa. El menjurje era aún insuficiente pero ese día trabajamos los tres hasta sentir el cansancio. Yo miraba a La Muda y, de no ser porque era muda, podría decir que parecía más callada que antes. Su rostro parecía el de un adulto acongojado y pensativo. Nos quedamos solos, luego del trabajo, conversando de esto y aquello. Le pregunté si era cierto que veía al diablo y ella me describió, mediante señas, lo que podía ser un monstruo.            Su rostro canela contrastaba con el cielo rosado. El sol se hundía. Yo era más pequeño que ella y, sin embargo, sentía que ella era una niña indefensa, atrapada en un silencio de muerte, que nada se podía hacer, que su destino llevaba esa marca. La misma marca del abuelo con su silencio. Entonces comprendí que el silencio me causaba tristeza, que esos dos mudos seres le añadían una pena a mi alma y me conducían hacia un dolor ajeno y quizá mío a la vez. Se desplomó y empezó a temblar, como si el Diablo se le hubiera metido en el cuerpo. Se retorcía como si dos espectros pelearan dentro de ella. Mordía su lengua, balbuceaba, parecía incluso que podía gritar para pedir auxilio.            Esa noche en la cama lloré de verdad. Antes había llorado cuando me pegaba mi madre pero juro que esa vez descubrí que llorar era una necesidad ineludible. Sentía el pecho hinchado y, mientras las lágrimas resbalaban de mis mejillas, el rostro de La Muda asomaba en mi mente.            Me pregunté cómo serían sus sueños. Tal vez en ellos las personas no decían una sola palabra o tal vez éstas hacían señas para que La Muda pudiera entender. Me sonaba los mocos tratando de no despertar a Raquel que dormía a mi lado.             Había trabajado solo durante muchos días: la pócima por fin estaba lista. Me gustaba la consistencia que tenía y su olor se había tornado agradable. Lo primero que se me ocurrió fue sorprender a La Muda. Guardé el frasco y cogí un lapicero. Atravesé el arenal y, desde lejos, pude ver las casas de esteras que, a esas horas del día, parecían inhabitadas. Y tal vez lo estaban, tal vez La Muda provenía de un lugar donde nadie dice nada, pensé. Me asomé a su casa y, entre las rendijas de una pequeña ventana, pude observarla sentada en un malhadado sillón, con las piernas flexionadas, el regazo pegado al pecho y las rodillas al mentón. Estaba inmóvil, con la mirada distante y vagabunda en otros tiempos también silenciosos. En eso, escuché el crujido de la puerta y una mujer que decía “pasa”. Era su madre.            Me senté al lado de La Muda, que tardó cierto tiempo en despabilarse para observarme luego con un asombro creciente. Su madre, a un lado de la pequeña sala, pelaba unas cebollas. No puede salir, está enferma, me dijo. Miré a la muda que afirmaba movimiento la cabeza. De uno de mis bolsillos saqué el pequeño frasco transparente y se lo mostré. Ella lo tomó apenas lo vio y dijo algo. Observé su rostro adulto y sucio. Sus dedos eran finos, como los tallos de las plantas que arrancábamos. Abrí el frasco y metí un dedo en él. Tomándola de la mano, le unté un poco de crema en el dorso, cerca de sus nudillos.            Cuando la maestra nos llevaba de paseo al parque todos teníamos que formar dos filas en el patio: una de niños y otra de niñas. Luego las filas tenían que acercarse de manera que cada niño y niña formaran una pareja, tomados de la mano. Yo era muy pequeño para entender que el destino se divierte con los humanos, colocándolos en las situaciones más ridículas, como si leyera nuestras mentes, las que desesperadamente claman esto no va pasar, esto no va a pasar, esto no va a pasar. Y justamente es eso lo que acontece. La niña más linda a mi lado. Nariz pequeña como un botón, blanca, cabellos largos y claros. Y tenía que tomar su mano y aguantar, mi cara roja como tomate, cuando los otros niños cantaban se van a casar, se van a casar, se van a casar…           

Cogí el lapicero que tenía metido en las medias y le dibujé, desde el hombro, círculos, cuadrados, estrellas, triángulos, caritas felices, caritas tristes, caritas sin boca, flores, hasta llegar a su muñeca. Observé atento ese brazo completamente garabateado. Las figuras flotaban sobre la piel canela y mugrienta.

La Muda murió esa noche.

Raquel lloró hasta que se quedó dormida. Yo, en cambio, permanecí en silencio, escuchando mi propia respiración. Mis pensamientos marchaban en desvarío, agazapados tras una tormenta brutal. Me abrumaban. Pensaba que La Muda, al llegar al cielo, estaba perdida. ¡Es muda! Y no podrá hablar con Dios y Dios no entenderá sus gestos, sus señas, no contestará a sus gemidos. De pronto, sintiendo que el frío atravesaba mi pecho, saturándolo de miedo, recordé que La Muda podía ver al Diablo y temí la certeza de esto. La Muda estaría condenada a vivir en el infierno, llorando silenciosamente, gritando tan imperfectamente que nadie podría socorrerla.  

A esa edad sabía lo que era la muerte. Sabía que el abuelo pronto moriría y que yo algún día también moriría. Sabía también que a las personas se las enterraba y me imaginé enterrando el cuerpo de la muda. Aquella noche soñé que la colocaba en una caja de cartón y la enterraba cerca de la decrépita capilla. Al no aguantar la curiosidad, volvía a desenterrarla para ver qué cambios habían surgido en su físico. Volvía a enterrarla y la volvía a desenterrar. Su rostro de adulto ahora parecía más viejo, con arrugas. Entonces la volvía a enterrar y  luego, cuando pretendía sacarla de la tierra otra vez, no encontraba nada y cavaba más. Mis dedos sangraban y yo lanzaba gritos. Pero yo mismo no los escuchaba, apenas eran susurros.

Mi madre conversa con otra señora. El ataúd, en medio de la sala, brilla. Silencio y rumor de voces. Camino. Ya estoy frente al pequeño ataúd. Todo es impreciso. Las imágenes se opacan en mi cabeza, surgen sin vida y arrastran los pies. De pronto, la luminosidad de su vestido. Eso era lo que brillaba. Los algodones dentro de las fosas nasales. El contraste con su piel canela. Algunos círculos, flores, cuadraditos y caritas sin boca sobreviven en su brazo. Todo se vuelve opaco nuevamente. En el dorso de la mano hay pelo.

Después que la gente se llevó el ataúd hacia el carro fúnebre me sentí envuelto en un halo impenetrable. Si Raquel o mi madre me preguntaban algo, afirmaba o negaba con la cabeza, hacia muecas o señales. Las palabras ya no me servían y tal vez mi mente flotaba en oscuros parajes en donde las palabras se caían de podridas por lo inservibles que eran. Y me viene a la memoria mi silencio compartido con el abuelo, sentado a su lado. Los dos seres abstraídos mirando el vacío e imaginando, o talvez imaginando el vacío. La muda, invisible y fantasmal, podía estar cerca, sentada en el mismo sillón. Entonces éramos tres los animales silenciosos y contemplativos, sentados e inmóviles, las manos sobre las rodillas.

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