PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Barro García, Eva (Hypatia)

Amo a Laura



Amo a Laura

LEMA O PSEUDÓNIMO: Hypatia

 

Tanto tiempo, tanto esfuerzo, tanta introspección sin resultados y bastó la casualidad de atravesar la sala de labor en busca de algo, ya no sé qué, para que el ruido de la televisión taladrara mi oído, mis entrañas y mi conciencia.

Eso es… eso, y admítelo de una vez, deja de darle más vueltas, eso es lo que te pasa, pedazo de imbécil… asúmelo ya.  Mi conciencia es implacable. En ese estado mental llegué a la biblioteca, sin idea de la necesidad que me había llevado allí, sólo con aquel estribillo rebotando en mi cerebro . Fue la primera vez que  oí la estúpida cancioncilla y se me desasosegó el corazón. … Pero…¿es que va a  llegarme la revelación, de ese atronador y embustero aparato?  ¿Tan abajo me encuentro? Y así fue. Aquel soniquete me obligó a enfrentar la realidad. A quienes conviven conmigo ya no les extraña mi mal humor, siempre tuve el carácter huraño, no destaco precisamente por mi afabilidad y las presiones de fin de curso ayudan a esconder la verdadera causa de mi aspereza.

Pues sí, no se comprende, pero amo a Laura. Como en el estribillo. Amo a Laura. Y encima creo que es una cuña burlesca de publicidad, o algo así.

No fue proceso fácil la asimilación del hecho. Siempre he considerado que enamorarse es un disparate, pero ahora, que no pude evitarlo, creo que es una tragedia. Mi tesis fue, durante muchos años irrebatible: está bien para adolescentes, que carecen del sentido del ridículo, está bien para mentes primitivas que arrastran una vida instintiva y admito que incluso jóvenes de cierta valía puedan caer en la trampa biológica de la conservación de la especie, porque en el fondo, no es otra cosa el amor. Corroboraron esta idea multitud de ejemplos y observé, eso sí, sin demasiada atención, la estulta repetición del fenómeno, con la complacencia de poseer la explicación racional adecuada y de encontrarme a salvo. Por eso se me hace tan ardua mi propia experiencia. No me alivia el descubrimiento ni la aceptación de la verdad. Tal vez ningún ser humano se escape de la vida sin conocer este suplicio, pero de ninguna manera me consuelan las situaciones ajenas. Tal vez he tenido mala suerte. O no, porque la dicha de contemplarla no tiene comparación. Me llevo su fotografía, recortada,  extraída … robada … de las orlas de graduación de los chicos mayores.  Tuve que aprender a manejar el escáner y el programa informático que manipula imágenes y necesité mentir para que alguien me enseñara a hacerlo. También conocí el insomnio. A mi edad.

Yo no voy a caer en el grotesco espectáculo que estas situaciones provocan. Nadie podrá, ni siquiera sospechar, lo que  me sucede. Mi miedo, antes que mi consciencia, tomó esta decisión, y por eso tardé tanto en percatarme de la verdadera naturaleza de mis sentimientos. La autoocultación fue eficaz durante meses, mientras la situación progresaba, cambiando mi actitud y agriando aún más si cabe, mi persona. Me sorprendía a veces la vehemencia de mis reacciones, es verdad. A medida que fue transcurriendo el curso, fui cambiando. Sé que se me critica sin demasiada piedad y reconozco que me lo merezco. Sé también que en algunos círculos se me intenta comprender, sin demasiado calor, pero valorando la eficiencia de mi trabajo. Bien conocen mis capacidades en las altas esferas y por eso me han mandado aquí, a poner un poco de orden en esta  jaula de grillos. Ciertamente, entre los defectos que me adornan, la falsa modestia no se encuentra.

Llegué a ocupar la dirección de este centro sabiendo a lo que me enfrentaba y lo que se esperaba de mí. Encajé la ordinariez del claustro como algo consabido. El ambiente barriobajero de los alumnos era natural dada la ubicación del colegio. El desastre administrativo de la entidad, de sobra conocido, una de las principales causas de mi traslado. Así que conocía bien la posición del frente y me sobraban recursos para comenzar el trabajo. Además, siempre he confiado en mi talento para evaluar y decidir acertadamente, así que me presenté en la primera reunión casi con ilusión de poner en marcha una buena labor y con la seguridad de recibir al final los parabienes merecidos.

No me costó esbozar sonrisas de bienvenida y me esforcé en relacionar con rapidez los nombres y las caras de aquel hatajo de bípedos, eso sí,  titulados, que iban a ser mis profesores. Se me escapó la primera mirada desintegradora cuando de una esquina salió una carcajadota: dos mujeres exhibían su fea dentadura como verduleras de mercadillo. Una de ellas, hombruna, lucía unos pantalones oscuros y una camisa, con la gracia de un mono carcelario y grasiento; la otra, gorda y soez, una minifalda. Aquellos muslos excesivos y deformados bajo la tirante y escasa faja de tela marrón ofrecían un espectáculo repulsivo. Alguien me susurró al oído sus nombres, no los he olvidado, junto a la sibilina advertencia “ya las conocerás”. Si algún espectáculo resulta patético, en el sentido más fiel a la etimología de la palabra, es una vieja con la falda corta o el pelo largo.

Tardé demasiado en conseguir el silencio necesario para poder presentarme. ¿Qué clase de educación podría impartir aquel montón de ruidosos y chabacanos seres? Uno de ellos, en primera fila, jugaba nerviosamente a introducir y sacar de nuevo los pies de sus envases, que no eran zapatos, sino unas  burdas y gastadísimas sandalias. Perdí unos segundos en valorar si habría sido mejor que trajera calcetines sacrificando la estética a la higiene.

Y entonces, cuando por fin pude tomar la palabra, acababa de pronunciar mi nombre y mi cargo, entró ella. Fue inevitable mirarla, el ruido de la puerta, al fondo, atrajo mi atención. Su traje de chaqueta, el tacón de sus zapatos, su piel cuidada y su impecable melena, el adecuado bolso…  su mirada franca y el leve gesto de disculpa por la tardanza… Su elegancia desentonaba demasiado y aplacó el conato de ira que la interrupción y la impuntualidad empezaban a engendrar. Se sentó, discreta, en la última fila. Sabía colocar las piernas y mantenerse erguida. Y escuchar,  también sabía escuchar, sin perder la atención pero sin demostrar falso entusiasmo. Me esforcé por cumplir con una de las reglas de la comunicación al público, mirar equitativamente a todos los sectores, no personalizar… me costó no caer en el tópico de la “conferencia dedicada”. Incluso creo que exageré evitando mirarla, para vencer  su magnetismo. Era una auténtica señora entre la chusma, a pesar de su juventud. Y aún no había podido reparar en sus manos finas, en sus modales suaves, en su voz espléndida…

No pregunté su nombre, lo busqué afanosamente en cuanto pude desviar mi atención a la lista de fotos que me habían facilitado. Me agradó, aún percatándome de la miríada de Lauras que salpican cualquier registro civil haciéndolo vulgar. Creí que el hecho de que hubiera llegado unos minutos tarde no me permitía quitármela de la cabeza: el mecanismo de defensa de mi subconsciente acababa de activarse, porque no era la circunstancia, sino el impacto que su persona me había causado lo que me había grabado su imagen, ya indeleble.

Al final de aquella reunión, sufrí uno de los pocos momentos de mi vida en que actué sin que mi cerebro mediara: en el barullo de la salida, la busqué. Teniéndola enfrente, regresó mi sentido común y le reproché su retraso.

No niego que los comienzos fueron duros. La primera impresión se acentuó con el trato personal a cada uno de ellos. El muestrario era completo, no creo que quede pecado capital, y aún periférico, sin representante, pero lo que peor llevo es la falsedad. La pereza también me produce sarpullidos.

No pasaron dos días cuando se me presentó “La Rana” en el despacho. No me gustan esas visitas intempestivas. Me había pasado desapercibida en la primera reunión, después entendí el por qué: su táctica de  araña taimada, inmóvil y escondida hasta que considera segura a su presa. Podía haberla apodado “la araña”, pero su fisonomía no me dejó otra opción, porque el cuello elíptico, los párpados abultados sobre los globos saltones, tan claros que parecen derretirse, y sobre todo  la gran ranura sin labios, con el mentón abultado y adelantado, amenazando a comerse la nariz tras haber engullido la mandíbula superior… Me recordó una ilustración de un cuento infantil donde el pie rezaba:  “Ah, rana perversa, boca de espuerta…” Aunque los batracios carezcan de mentón, para croar hinchan la papada hasta adquirir el desagradable aspecto de esa mujer  Así que se quedó en mi fichero particular con el sobrenombre de  “Rana Perversa” y  un juicio detestable. El pasatiempo de comparar a las personas con animales es algo que cultivo desde que dispongo de  uso de razón y criterio de discernimiento, y la primera impresión es, habitualmente, la acertada. Tengo lo que se dice ojo clínico.

La Rana Perversa quiso envolver su intromisión de cortesía pero el exceso de veneno no le permite demasiadas sutilezas. Pronto comprendí que iba a serme útil, había encontrado una fuente de información inestimable. Tendría que ocultar mi repugnancia, pero no sería la primera vez y seguramente, tampoco la última, así que la dejé irse henchida, con la soberbia excitada, creyéndose muy por encima de sus compañeros, la pobre… sin capacidad para comprender que aquí no hay posibilidad de medrar, todos son soldados rasos, todos cobran lo mismo sin posibilidad de mejora y no les queda otra que obedecer a la dirección. Lo único que no hacen todos igual, es el trabajo… “El Oso Perezoso”  me saca de quicio y “El Tití” me ataca los nervios.

El primer detalle que me reconocí como inusual, fue encontrarme buscando, al día siguiente del claustro de presentación, en la sala de profesores, la silueta de Laura. Me rondaba la cabeza la necesidad de dirigirle una sonrisa para compensar un poco la dureza del encuentro anterior, que durante la noche había empezado a juzgar desproporcionado. Desde luego, nunca se me habría ocurrido una disculpa, porque jamás había entrado ni entrará en mis planteamientos, mermar gratuitamente mi autoridad. Pero sentía la necesidad de suavizar algo, me invadía la inquietud de necesitar entablar una relación y no saber cómo hacerlo, es más, temía haber empezado con mal pie. Llegó con su agenda en la mano, saludó con un buenos días general y esa sonrisa suya encantadora, esa sonrisa que no dirige a nadie en particular, que es su natural estado, su esencia adorable… y se dirigió al tablón de anuncios con un comentario banal pero delicioso:

-         Esto lo primero, porque cosa que no apunto, cosa que olvido, así que…

Con delicada atención fue colocando cada evento en su correspondiente fecha. Laura es meticulosa. Pensé, que motivo habría tenido el día anterior para el retraso, que bien se merecía esa sonrisa que incluso había yo ensayado por la mañana frente al espejo… Sin embargo, cuando se dio la vuelta, sentí que mis impresiones traslucían peligrosamente y desvié rápidamente la vista. No puedo asegurarlo, pero apostaría que con un gesto adusto. Cuando me arrepentí, era tarde. El azul de sus ojos dificultaba mi respiración.

He buscado sus defectos y naturalmente, los he encontrado. Tal vez la nariz un poco larga, pero no la afea. Los pies grandes, sí, siempre me han parecido más delicados los zapatos de poca talla, pero en realidad, proporcionados, es esbelta, no deslucen. Es olvidadiza, casi despistada, pero es de las que mejor trabaja, quiere a los alumnos, no crea conflictos con las familias, y además, intenta remediar su desorientación cargando a todas horas con la agenda… Sobre todo cuando sonríe… esa expresión suya, tan natural, tan agradable… no la he visto nunca enfadada, hasta cuando se disgusta su rostro se llena de dulzura.

La Rana Perversa la odia. No me ha extrañado nada descubrirlo, es su antítesis. Si algo caracteriza a La Rana, además de su comportamiento rastrero, es la envidia y en este caso tiene muchos motivos. Laura es  artista, sus acuarelas son tan admirables como todo en ella, y hace poco alguien le propuso montar una exposición que tuvo bastante éxito. La Rana no tiene más horizonte que su pútrida charca. Laura tiene dos niños de anuncio, he visto las fotos, la chiquitina con el vestidito azul y su hermanito con el pololo a juego, que hasta a un ser insensible a esas ternezas como yo, le llenan de gozo. La Rana consiguió casarse con un inútil, pobre hombre, pero no han podido procrear, lo cual es de agradecer a la Madre Naturaleza. Hay muchas más motivaciones, pero para qué enumerar… Es peligrosa la envidia.

Cuando Laura me pidió unos días para algo relacionado con su pintura, mi primer sentimiento fue de alegría por su triunfo, pero mi reacción fue una negativa. De ninguna manera puedo consentir que trasluzca un posible favoritismo, ni un atisbo de simpatía que pueda perjudicar mi dignidad. Su estupefacción ante el impedimento me dolió vivamente, porque ella tenía razón, porque no supe estar a la altura, porque la lastimé, porque dañé el concepto que pudiera tener de mí. Casi con brusquedad la eché del despacho. Supe después que no pudo contener las lágrimas pasillo adelante y aquella noche, creo que por primera vez en mi vida, no pude dormir. Al día siguiente le mandé recado por el jefe de estudios, de que había podido cambiar las fechas de no sé que reuniones, el pretexto que había empleado para denegarle el permiso, y que podía irse tranquila. Cuando volvió, a la semana siguiente, me entregó un pequeño trabajo suyo, unas violetas con más valor que cualquier Sorolla, y así  me agradeció el esfuerzo. Pero el tinte de decepción que noté en su sonrisa me amargó el regalo. Sigo sus logros con tanta pasión como disimulo. Sus violetas me acompañarán, sin que nadie ose investigar su procedencia. Para siempre. Pero ella me esquiva. Es natural.

La Rana Perversa me agobia, me trae demasiados chismes de todo el mundo, pero sobre todo se ensaña en Laura, y aunque en un principio la animé, porque quería conocer todo sobre ella, ahora me resulta ya no sólo cargante, sino repelente. Pero si le doy la patada, me quedo sin la mejor vía de conocimiento que me permite manejar este corral. Me repugna hasta su voz, pero sus filtraciones me son imprescindibles.

He llegado aquí cada mañana y hasta que no comprobaba que ella estaba en su puesto y se encontraba bien, no empezaba para mí el día. Recorrí el colegio cada jornada en su busca, para tranquilizar mi espíritu, porque si Laura está, todo lo demás también está, nada importa, todo sirve. De ahí nació la idea de la persecución a la que someto al personal, porque nunca he detenido mis pesquisas encontrándola, sino que seguía clase a clase todas las restantes. Hasta cuando juzgué necesario, fingí no verla. Le hice daño. Ese es mi pesar, que cubrí mis apariencias con su dolor. Y el sufrimiento que me supone todo esto corrobora que, efectivamente, amo a Laura.  No voy a morirme, ni siquiera a enfermar, los mitos sólo son eso, ficciones, falacias, y siempre he sido fuerte. Pero no será fácil levantarme cada mañana sin la motivación de tenerla cerca. Sin la posibilidad, siquiera, de saber cómo se encuentra. Sin la esperanza de su mirada azul. Sólo con el consuelo de que mi ausencia la beneficia. Su perfume seguirá deslizándose pasillo a pasillo sin que nadie adore su estela.

Y ahora, que he comprendido en toda su magnitud lo que me ha pasado, ahora que me voy con el alma desgarrada, doy gracias a las circunstancias que me apartan del peligro porque mi cuerpo y mi alma empiezan a rebelarse ante tanto mutismo y tanta renuncia. Nunca me ha estorbado que tuviera marido y me han parecido encantadores sus niños, verdaderos regalos del cielo y dignos hijos de su madre, porque ante todo, soy realista y lo que no puede ser, es imposible. Pero también insoportable y los odio a los tres.  Me aflige despiadadamente la idea que le dejo de mí. La alegrará mi marcha y eso es bueno para ella. Aunque me mortifica, también será bueno para mí. Tal vez se pregunte la razón de tanto rigor con ella,  del trato absurdamente  frío, que no fue más que la necesidad  de enmascarar  un sentimiento noble, que paradójicamente,  habría generado una situación grotescamente perniciosa sin este  férreo control que ejerzo. Realizado el trabajo, me voy. El colegio aguantará otros cuatro o cinco años aún en poder de manos inútiles y un débil resplandor de esperanza será mi norte en este incierto período que comienza. Sé que no debo regresar, pero la posibilidad de hacerlo me mantendrá viva, respiraré cada minuto reconociéndome como una pura contradicción. Me voy con el alma horadada, en añicos aquella seguridad  teórica sobre la que me he mantenido, porque aquellas ideas sólidas eran apenas un cristal, que frágil, se ha caído, eso sí,  sin estrépito. Nadie sospechará jamás mi sufrimiento. Aquello del instinto de procreación, de la locura de juventud, del deseo maquillado para disimular el vicio… nada de aquello me es aplicable y la única conclusión a la que he llegado es que el amor es real. Real, aunque un misterio. Aprendí cuánto limita la diferencia de  edad. Y cuánto pesa la condición religiosa. O lo que coarta, para poder gritar “amo a Laura”, el ser mujer.

Juicio final



Se empeñaba en salir los domingos por la tarde, arrastrándola a ella, que no se atrevía a oponerse aún sabiendo lo que le esperaba después. Hacía ya demasiado tiempo que no osaba negarse precisamente porque si el final de cada salida era un horror, en casa podría superar la tragedia.  Él necesitaba el rito cruel del  paseo y la cena de cada domingo como alimento para sus raíces de sadismo. Su mujer intentó muchas disculpas, pero no le valía la treta. Sólo conseguía enfurecerlo; después la escena era más dura. Cuando había pasado aquella bendita bronquitis que la obligó a guardar  semanas de cama, pudo zafarse algunas veces, cuando tenía fiebre alta, aunque él se mostraba contrariado e incluso llegaba a insinuar su propósito de atiborrarla de antitérmicos para poder irse, pero era tan penoso su estado que, malhumorado, desistía. Y ya convaleciente procuraba ella rodearse de visitas y sobre las cuatro de la tarde, aprovechando un oportuno ataque de tos u otro subterfugio,  llamaba al médico para que se encargara de prohibirle expresamente exponerse al frío; él no se atrevía a contradecir la prescripción facultativa ante los vecinos y conocidos, al contrario, fingía cínicamente obligarla a cuidarse como el más amante y solícito de los maridos. Pero la enfermedad terminó por abandonarla a su suerte.

Consuelo, la vecina del primero, los miraba, al hombre con arrobo y con envidia a ella, creyéndose a pies juntillas la entrañable estampa marital que él representaba y otorgaba el silencio de la mujer. El suyo, su Blas, se pasaba las tardes en el bar y cuando llegaba a casa, pedía la comida, se la tragaba y se iba a dormir, sin un detalle, una mirada, una palabra,  ya podía estar ella muriéndose, que sólo le preocupaba el plato vacío. Contaba Consuelo a menudo, que el mismo día en que se puso de parto, tuvo que telefonearle a la mesa de vinos y dominó; llegó, después de permitirse acabar la partida, y le planteó el grave problema de su cena si salían inmediatamente para el hospital. Después, arrepentida de haber aireado sus intimidades, intentaba arreglarlo dejando claro que a pesar de todo, su Blas no se metía en nada, la dejaba dueña y señora del sueldo, de la casa, de los hijos... y era formal y  trabajador.

Él creía, al menos quería hacérselo creer al mundo, que sacándola a cenar los domingos, cumplía con una sagrada obligación. Y se consideraba así  exento de cualquier otra responsabilidad conyugal; y se permitía además,  todo tipo de vejaciones esperando que la agasajada esposa se mostrara feliz. Los temores de ella, le mantenían firme en su postura, eran el aliciente más sabroso de cada episodio. Quizás en algún momento muy lejano le costase entender que su mujer odiara esas salidas, preludios de un gran sermón, de un rosario de insultos y muchas veces, de una paliza; poco a poco, fue disfrutando, no sólo de la violencia física y verbal, sino de la previa incomodidad de ella, de su nerviosismo; se deleitaba en su ejercicio de poder y en el miedo que provocaba una simple mirada de reojo. Además, la obligaba para afianzar ante sus conocidos su imagen de marido ejemplar:  daba rienda suelta a su sadismo y a cambio recibía parabienes sociales.

El ritual comenzaba entre las cinco y las seis de la tarde con un tiránico “¡arréglate, ya va siendo tarde!”  que a ella le encogía el corazón y el estómago. Si se demoraba en el cuarto de baño, la miraba amenazador, frunciendo la frente y estirando los labios en un rictus cruel que presagiaba empeorar la velada. Por la escalera, se permitía algún que otro desprecio, hacia su peinado, hacia su ropa, hacia su forma de andar, sumisa y acobardada, quejándose así él de avergonzarse de la poca distinción de semejante esposa. Ella, callada.

Un paseo por el pueblo, o por el pueblo de al lado que por ser mayor era lugar de encuentro de los matrimonios, que del brazo, santificaban el domingo; lo suficientemente prolongado para conseguir saludar a media docena de conocidos que fuesen testigos del maravilloso proceder del atento y complaciente esposo. Después, al atardecer, a cenar, en coche, a cualquiera de los restaurantes de los alrededores. Si allí se encontraban casualmente con algún vecino, rehuía su compañía fingiendo el deseo de una cariñosa cena íntima con su mujer, despertando quizás la admiración de aquellos, pero maldiciendo su presencia, porque ya se acercaba el momento en el que sobraban los mirones.

Al pagar la cuenta, la tensión crecía, se agravaba. Pagaba casi con unción, en una exagerada demostración de buen cumplir y de honradez que en más de una ocasión fue la comidilla de los camareros. Pagaba casi humillándose para disimular el resquemor que le producía cada billete que depositaba en el platillo. Al recoger las monedas del cambio, el malestar se le convertía en un vacío que le hacía sentirse desgraciado y al salir del restaurante, dibujaba una sonrisa forzada, falsa, taimada, que ya al introducir la llave del coche en la cerradura, se transformaba en la mirada de odio habitual a su esposa. El coche se encontraba, invariablemente, en lo más alejado del aparcamiento, en lo más oscuro. Premeditadamente.

A veces, arrancaba pronto y ella daba gracias al Cielo, porque lo frecuente era que la prédica comenzase, amparado por la soledad, fuera de las miradas de la gente, en el mismo momento de cerrar las portezuelas. Si alguien, por casualidad, pasaba cerca y sorprendía algún gesto, alguna palabra, él se enfurecía intencionadamente más, porque sabedor de su infame comportamiento, intentaba justificar ante el inesperado público, su actitud, y se inventaba historias  peregrinas e indeterminadas en las que él era, por supuesto, siempre la víctima, y arreciaban los insultos y las acusaciones infundadas, que  ni siquiera llegaban a concretarse, hasta llegar a los gritos para que no quedase duda de la legitimidad de su desesperación. (Yo, modelo de virtudes, ¡fíjense ustedes, hasta que punto esta desgraciada mujer me exaspera! ¡Observen como me paga mis desvelos! ¡Miren como me saca de quicio que aún siendo yo el más correcto caballero llego a este estado) . Tal era el mensaje que con su actitud pretendía transmitir. Para los golpes, esperaba a la absoluta soledad.

Las primeras veces, ella se sorprendió muchísimo y trató de defenderse, de aclarar el motivo del disgusto, al menos de enterarse de qué se la acusaba, pero nunca consiguió  entenderlo, porque nunca hubo nada real, ninguna lógica en su discurso y en su comportamiento. Sola ante el distorsionado cerebro de aquel espantoso marido. Aprendió dolorosamente de la experiencia, que lo menos malo era callarse. Él no se percataba de que lo único que conseguía era llamar la atención de la gente que, seguramente nada sabían ni sospechaban sobre su tormentoso matrimonio y quedar como una mala bestia a los ojos de muchos o ser indignamente compadecido y después criticado, por quienes se aventuraban a creerle. Y ella, callada. A pesar de todo, como no era muy frecuente que los sorprendieran, conservaba él una imagen pública intachable. Sí, cuando empezó aquel infierno, y ya hacía demasiado tiempo, se esforzaba ella en rebatirle sus inconsistentes argumentos; pero él, torcidamente, utilizaba cada una de sus palabras para agrandar su supuesto agravio y aumentar  el drama. Ahora callaba, la mejor  de las estrategias, y daba gracias a Dios por cada giro de las ruedas sobre la carretera que la acercaba un poco más a su casa, y al mismo tiempo, rogaba para que una vez allí concluyese pronto la periódica y brutal violación  y diera por terminado el suplicio de la semana.

Si la veía demasiado ausente, le crecía la irritación y la golpeaba fingiéndose despreciado, así que ella debía mantener un equilibrio difícil, que no siempre conseguía. Se juraba a sí misma que al día siguiente buscaría un abogado y pondría fin a su mal vivir, pero el lunes, el miedo la paralizaba y la semana transcurría triste y decepcionada; eso sí, deseando morirse para descansar. Sin pasarle por la mente sus derechos, ni siquiera  desahogarse con alguien, porque a una persona querida no iba a disgustarla y a cualquier otra no le importaba nada su vida. Cada día  más enterrada en su desesperado pozo.

Aquella noche fue especialmente violenta. El camarero se había atrevido a recomendarle un postre a la señora, que ni siquiera osó levantar los ojos del mantel y mucho menos darle las gracias por la atención. Eso le proporcionó a él un motivo extraordinario. Cuando por fin el motor del coche empezó  a rugir, cuando ya la simulada indignación del él la había sumido en un estado de degradación total, el reloj luminoso del salpicadero marcaba las doce. Esta vez su gravísima afrenta había empezado siendo el imaginado coqueteo con el desafortunado camarero y fue creciendo, creciendo, hasta consumarse en el más denigrante de los adulterios merecedor de la peor venganza que cualquier hombre cabal en su situación comprendería. Todo por un miserable trozo de bizcocho seco con pretensiones de tarta francesa que apenas había probado.

Salieron a la carretera de servicio y de allí a la autovía, soportando la perorata incongruente, sartas de palabrería sin sentido alguno,  que pretendían, con veladas referencias, aludir a las trágicas ofensas imperdonables de siempre. Absurdo discurso, pero con un diabólico poder de tortura.

Con los ojos cerrados, con la nariz enterrada en el mojado y ya gelatinoso pañuelo, la cabeza abandonada sobre el cristal de la ventanilla, notaba en su sien el traquetreo del vehículo  que avanzaba a una perversa velocidad, anormalmente reducida. Los golpes le habían dolido, pero eso se pasaba pronto. Lo peor era el estado de anulación en que se hundía, la impotencia, el miedo.

El atronador bocinazo del camión que acababa de saltarse la mediana de separación entre los carriles, parecido a la grave sirena de un barco, se confundió en su cerebro con el dolor y el agotamiento, y ni siquiera se enteró del golpe. La flecha del tiempo se desvaneció. El espacio tridimensional aún era perceptible.

La sorprendió la liviandad de su cuerpo, la ausencia total de sufrimiento y aún más la paulatina luminosidad que parecía  envolverla, pero que en realidad emanaba de sí misma. Observó como cada parte de su cuerpo se expandía delicadamente, como si cada una de sus moléculas se alejase de las compañeras en un baile armonioso y suave, dejando tras cada movimiento un rastro de luz, sin perder la forma, aumentando su volumen como niños que, jugando al corro, danzaran dulcemente estirando sus brazos, abarcando el aire. Comprendió la intrínseca relación entre las energías y su manifestación más grosera en forma de materia. Comprendió. No necesitó ninguno de los parcos saberes que la escuela le había proporcionado, ni tuvo conciencia de haber necesitado estudio alguno. Tan sólo comprendió,  en un natural e inevitable proceso de crecimiento lógico, de elevación espiritual. Con serenidad extendió su mente alrededor. Liberación,  universalidad. Tan simple, tan evidente, tan esencial. Bajo una sensación similar a la que inundaba su cuerpo, su entendimiento fue creciendo y empapándose de Verdad. Y pudo asimilar la indescriptible emoción de esa Verdad, sin la noción de palabra. Únicamente el concepto puro, el sentimiento, la luz. Sencillamente, supo. Y fue consciente  de su evolución progresiva,  de su participación en La Sabiduría.

Su todavía mirada, se paró en la desagradable imagen de aquello que se llamó  marido, aquel  cuerpo roto, que la observaba con unos ojos de camaleón, esperando no sabía qué. No necesitó hablar para transmitir  mensajes nítidos y precisos,  llenos de una calma y una seguridad embriagadoras; igualmente podía percibir la respuesta, pero no en forma de palabras, la estúpida e insensata verborrea ya no existía.

-          Me has maltratado.

Y de forma etérea, pero con una claridad asombrosa, la contestación no se hizo esperar. Percibió la cobardía que le caracterizaba a él, como olas de viscosa inmundicia que ya no pudieron alcanzarla. Esa era la respuesta que siempre había sospechado.

-          Tu mezquindad amargó mi vida.

Supo que él era consciente de haber proyectado sobre ella toda su paranoica existencia y notó también su incapacidad de arrepentimiento. A medida que ella ganaba esplendor el cuerpo de él iba convirtiéndose en una masa deforme, viscosa, literalmente fundiéndose en un repugnante charco,  empezando en sus pies  que desaparecían lenta e inexorablemente, convirtiéndose en una pasta derramada que amenazaba a las piernas. Y éstas descendían  para continuar el proceso. Y la cabeza, con expresión aterrada y culpable, cada vez se encontraba más cerca del suelo, del fluido maloliente y vencido.

-          Me has sacrificado.

La conciencia del mal exhaló un tufo putrefacto que se vio arrinconado por el brillo cada vez más intenso de ella, que levitaba. Desapareció el tronco, fueron tragados los brazos que intentaban apoyarse en el suelo para evitar que la barbilla tocase  el líquido fétido. El pánico desorbitaba aquellos malévolos ojos, pero en ningún momento cupo en aquel desgraciado ser un atisbo de humanidad; se empecinaba en la proyección de sus pecados sobre la que aún consideraba su mujer, la que había sido su víctima.

- Fue injusto. Es injusto. Y eternamente será así.

La boca se abría y cerraba descoordinadamente, quizás en un último intento de mentir,  pero La Verdad respondía cortándole el último aliento.

Cuando aquello fue una amorfa y repulsiva masa acromática, aunque aún impregnada de conciencia, ella levantó sus brazos, majestuosos, sus palmas extendidas en un gesto de rechazo, de alejamiento.

-          Derramaste tu maldad sobre mí. Y sabías que no debías hacerlo.

Un leve rayo tocó la superficie pegajosa y provocó una llama fría. Aquella materia oscura y despreciable  fue devorada lentamente, sin producir ni una traza de humo, al contrario, alimentándose del gas nauseabundo que la rodeaba para acabar consumiéndose en sí misma.  Después, nada.

Volvió a sorprenderse al experimentar dolor. La noción de tiempo volvió a anidar en su percepción. Después de haber adquirido unas migajas de Conocimiento, acepta su estado: todavía la ata la vida. Ahora sabe que el dolor, al que está tan acostumbrado su cuerpo, apenas es una consecuencia de esta forma primitiva de existencia material. Asume que la principal causa de su sufrimiento mortal ha desaparecido y esboza una mueca de placer, tan similar a la del dolor, otra vez dueña de sus miembros. Y de nuevo comprende. Placer y dolor, dos caras, dos móviles de la pobre existencia sensorial y primaria, que aún la posee, aunque estuvo a punto de alcanzar la otra. Comprende porqué el padecimiento redime y la vileza destruye. Ha visto el infierno,  la desaparición, el olvido. No se siente frustrada por el retorno, porque ha aprendido que el límite de su existencia corporal ahora está en sus manos, y si una vez  mereció superarlo sabrá no apartarse de la luz. El dolor que tortura su envoltura física es una simple molestia, un trámite imprescindible sin importancia, un guijarro en el camino hacia Allí, hacia Aquello que sospecha inmenso tras el atisbo que le ha sido concedido, sobre todo ahora que regresa portadora de una Verdad: la dignidad humana no depende del sexo, pura e insignificante contingencia, aunque los hombres, cínicamente, lo hayan utilizado, lo utilicen aún, en su supuesto beneficio. Pobrecillos. Ignorantes. Se pregunta si se le habrá otorgado el derecho a presenciar el Juicio que acaba de celebrarse o si habrá sido solamente el instrumento del Juez. Tal vez instrumento y testigo. Confía en que no tardará en obtener la respuesta, una más entre tantos otros interrogantes que anhela satisfacer. Quedan muchos.

Los voluntarios de Cruz Roja, los agentes de policía, los bomberos, los curiosos. Las voces, los motores, los pitidos. El olor a quemado, a goma, a plásticos, a gasolina, a hospital. La luz lejana de las farolas, la intermitente de las sirenas, la deslizante de los automóviles que van consiguiendo superar el lugar del accidente, las bandas fosforescentes de la gente que ayuda. El viento helado.

Unas manos le manipulan el brazo derecho, sobre la cara le colocan un artefacto molesto pero que destila el fresco aliento de la vida a la que se aferra su primitivo instinto de supervivencia. Sus pies sufren el peso de algo destinado a protegerlos, los dedos de su mano izquierda se agarrotan sobre un tubo metálico y frío. Empieza  a distinguir los ruidos y de entre ellos se levantan sonidos humanos saturados de prisa y preocupación. Un radiotransmisor funciona cerca y una voz anónima, desfigurada por el comunicador, insiste. Otra, femenina, cercana, eficiente,  contesta.

-          ¿Número de víctimas? Repito ¿Número de víctimas? Corto.

-          Una pareja de mediana edad. Él, cadáver. Ella grave, creemos que con posibilidades, hemos conseguido reactivar la respiración y estabilizar el ritmo cardíaco. Cuestión de un cuarto de hora y os llega. Ahora mismo sale  la ambulancia. Corto y cierro.

El efecto 2000



-         Hola, Carolina.

-         Qué tal, Aurelio. Mira que quedarte tú, hoy...

-         Ya te lo dije. Si tú vienes, yo vengo.

-         ¿Has cenado, hijo?

-         Sí. Me han llevado ellos.

-         Muy bien. Siéntate por ahí, anda.

-         ¿Qué hago?

-         Me parece que no habrá mucho que hacer. Aparte de esperar.

-         ¿Al dos mil?

-         Sí, guapo, sí. Al dos mil. Hasta luego.

-         Hasta luego, Carolina.

Aurelio la miraba con la boca abierta, con cara de dálmata, apenado porque cerraba la puerta y desaparecía de su vista. No le salía la lengua de los dientes, pero en una caricatura sería un detalle acertado. Se quedaría allí, a la puerta del despacho. Solo aparta la vista de aquella puerta o se aleja, si uno de los otros empleados le manda cualquier recado, pero en cuanto cumple, vuelve a establecer la guardia, en el pasillo.  Aquel comportamiento le había valido el apodo de Aurelio El Can. Y Carolina era para él casi como el amo para cualquier buen perro. Ella le había dicho que se sentara. Pues allí se queda, en los silloncitos de cuero negro que adornan el pasillo.

-         Aurelio, majo, que no se te escapa.

-         Ya, ya... – y sonreía abriendo aquella bocaza que rara vez se cerraba del todo.

Hacía doce años que trabajaba en la empresa. Porque Aurelio era un trabajador y de los buenos. Corto de luces, de corazón inmenso, la hercúlea energía de sus casi dos metros parecía inagotable. Lo mismo traía un café o unos bocadillos, que levantaba a pulso una fotocopiadora. Repartía el correo, traía y llevaba encargos, ayudaba en todas partes, sobre todo allí donde se necesitase fuerza. Aurelio no era bruto. A pesar de sus dotes físicas, sus manos, de tamaño de palas raseras, eran dóciles y delicadas. Jamás había derramado un vaso, ni se le caía un papel al suelo, porque aquello que agarraba, quedaba sujeto, como soldado a su piel, más seguro que en ningún otro sitio, y a la hora de depositarlo, lo mismo dejaba en el suelo un armario, que un jarrón de cristal sobre una mesa. Y es que Aurelio no conocía la prisa. Si entendía lo que le mandaban, lo ejecutaba con precisión robótica y si no, se quedaba parado, con los ojos muy abiertos y la boca más, frente a quien le hablaba, sin preguntar, sin moverse, ni pestañear, esperando a que le repitiesen las instrucciones y éstas encajasen en su cerebro correctamente para dedicarse en cuerpo y alma a la tarea encomendada.

Obedecía a todos los empleados, adoraba a Carolina y odiaba de forma inconsciente y primitiva al jefe de sección. Estos tres sentimientos y algunos recuerdos vagos de su infancia constituían todo el bagaje emocional de Aurelio. La sumisión era natural en él. No le costaba acatar mandados, agradecía cualquier muestra de complacencia y no le importaban las chanzas que le gastaban. Lo de Carolina era mucho más profundo. El día en que su tío Tomás le había llevado allí, su primer día de trabajo, ella bajaba las escaleras cuando subían y el tío se la quedó mirando.

-         Sí que es guapa, la moza.

-         Es guapa – repitió Aurelio.

-         Se parece a tu madre. Así era tu madre. Mi hermana era una belleza.

Aurelio no contestaba nunca cuando a su tío se le ponía cara triste y voz apagada. Y eso sucedía al acordarse de su hermana. Y aquella hermana del tío era su madre. Y él se acuerda de las manos de su mamá revolviéndole el pelo antes de darle un beso y después de abrigarle con el edredón, para que se durmiera, y él siente un vacío muy grande al que no acierta a llamar pena, que su  tía Faustina nunca supo, ni quiso, llenar.

-         No le hables a la tía de tu madre –le había dicho el tío Tomás -  que no le gusta.

Y Aurelio obedecía, y cada noche, sin que el recuerdo se deteriore con el tiempo, añora la caricia cálida de aquella mano. Y aquel beso.

Desde que entró en la oficina, la muchacha fue para él la imagen de la madre perdida. Era cariñosa, le trataba mejor que los demás, nunca le gastaba bromas estúpidas, le sonreía. A veces le traía alguna chuchería. Y una vez, estando él  agachado, recogiendo los clips que se le habían caído a alguien, Carolina le revolvió el pelo, al pasar. Desde aquel día, cada noche, las manos de ella y de su madre se armonizan para acariciar su cabeza y Aurelio se duerme, cercano a la gloria de sentirse querido.

Carolina era la secretaria de dirección, y la sensibilidad de Aurelio había captado que su superior la dominaba y que ella le aborrecía. Fue suficiente para que D. Justo se convirtiera en  blanco de sus oscuras inclinaciones. Un día el jefe le gritó a la chica. Y a todo el mundo, pero Aurelio solo percibió lo que le pasaba a ella. No le importó en absoluto que le llamara anormal  “¡Quítame de en medio a ese anormal!”, había aullado, cuando él se había colocado en la puerta, dispuesto a consolar a Carolina de la bronca, sin considerarse capaz de defenderla y sin picardía para ponerse en otro sitio más prudente. Al final, fue ella la que le consoló.

-         Venga, hombre, que no ha sido para tanto...

-         Te ha chillado muy fuerte...

-         Y tú te has asustado ¿eh? Pero en el fondo no es mala persona, el jefe. Hoy está de mal humor, y en el fondo tiene razón para enfadarse un poco, pero no pasa nada.

-         ¿No te hará nada?

-         Claro que no, hombre. Olvídalo ¿quieres? Ya verás como mañana sigue todo igual que ayer ¿vale? No te preocupes más.

Pero Aurelio no lo olvidó. Y aprendió a esconderse de D. Justo.

-         ¿Y qué haces tú aquí, chaval? – le interroga divertido Andrés, uno de los administrativos. Y él levanta su cara noble y sonríe como respuesta.

-         ¡A ver! Que sin el Aurelio, cualquiera se enfrenta a esto ¿verdad? – apunta otro.

-         ¿Te han mandado venir? ¿Cuánto te pagan por esta noche, chico?

A falta de ocupación, los cuatro le rodean, jocosos.

-         Nada – y él sonríe, sentado, que eso es lo que Carolina le ordenó.

-         Entonces ¿qué haces aquí?

-         Quiero verlo. El dos mil.

-         Pero si no hay nada que ver, hombre...

-         Yo quiero ver el efecto dos mil – insiste el muchacho.

-         ¿Y quién te ha hablado a ti de eso?

-         Dice Paco que va a ser divertido.

-         Divertidísimo, oye, tú. Lo de comerse aquí las uvas es fantástico ¿no va a ser?

-         Pero si  todo va a funcionar...

-         Esto ha sido un montaje bestial para que más de uno se chupe una pasta gansa.

-         Pero ¿qué va a pasar? – pregunta Aurelio tan excitado como un niño pequeño ante una sorpresa, y los mira a todos, más con la boca que con los ojitos brillantes.

Andrés, que tiene una estatura similar a la de Aurelio sentado, se le acerca, le pone las manos en los hombros y le asegura muy serio:

-         Mira, chaval, yo te lo explico. Después de las campanadas, ya estamos en el dos mil ¿de acuerdo? Pues entonces todo va a ser al revés. El próximo lunes tú vas a ocupar el puesto de D. Justo y él a los recados. Tú ya sabes, a mandar. ¿Qué te parece?

Y Aurelio sonríe, sin dar muestras de haber comprendido, ni que sea broma ni que sea en serio. Andrés prosigue.

-         Todo al revés. Todo. Las agujas del reloj irán para atrás. Y las puertas serán las ventanas y las ventanas las puertas.

-         ¿De verdad?

-         Pues claro, figura, ya lo verás. Y los aseos de los hombres para las chicas y para nosotros el de señoras.

-         Hombre, eso no estaría mal. Por fin tendríamos espejo  – tercia otro.

Por la puerta del fondo del pasillo, aparece el director. Seco. Soberbio. El de siempre.

-         ¡Buenas noches!

-         Buenas, D. Justo. Usted dirá, qué se hace.

-         Cada uno a su puesto. A observar sus equipos. Cuando falte un minuto para las doce, enviarán un correo electrónico y comprueben si llega o no. Y comprueben también la telefonía interna, tras la última campanada. Y el acceso a los servidores.

-         De acuerdo.

-         Sí, señor.

-         Recuerden que nuestros servidores van con la hora de Greenwich, así que hasta la una de la madrugada no sabremos realmente lo que puede suceder en la red. Y conecten las noticias. Aunque ya hace horas que todo funciona en otros países, nunca se sabe.

Entró en el despacho, cerró la puerta y Aurelio se quedó solo, sentado en el silloncito negro cuyo respaldo apenas albergaba su espalda. Apoyó la cabeza en la pared. Le llegaba el ruido de la radio, desde la gran sala de administración, y de la sala de informática, por el otro lado, el eco de la televisión. Cualquiera de los dos medios tenía sobre él un efecto infalible, se dormía. Y además, no estaba acostumbrado a trasnochar. Se le cerraron los ojos, pero no quería rendirse y los abría, para volver a caer en un ligero sopor que cada vez le costaba más sacudirse.

Se vio en el colegio, de chico. Era más grande que los otros, más lento. Le pegaban y no se defendía. Pagaba las culpas de cualquier travesura; sufría, inocente, castigo tras castigo de aquella pérfida maestra de ojos saltones que no tenía capacidad suficiente para comprender la situación y se gozaba en martirizarlo, como los chicos. Había sido un suplicio, la escuela para Aurelio. Se lo contaba a su madre, y ella le abrazaba y lloraba, la pobre, y le revolvía el pelo. Pero después, a tía Faustina, no.

Un portazo le sobresaltó. Se irguió en el asiento, pero no vio nada. Oía de lejos las voces, la radio, la televisión, cada vez más difusos, se le mezclaban los ruidos, cada vez más lejanos...

La tía Faustina estaba siempre enfadada. Le pegó mucho aquel día de Nochevieja, porque se le habían olvidado los limones. Le mandó a comprar patatas y tres limones. Pero se le olvidaron los limones y ella no comprobó la bolsa de la frutería hasta la hora de preparar la cena. Y aunque su prima Candi le defendió, y sacó la cocina del apuro pidiéndoselos a una vecina, a él le tocó acostarse sin cenar. El tío Tomás le había llevado a escondidas dos polvorones y un mazapán, pero el tío Tomás, aunque era bueno,  no sabía revolverle el pelo.

Un griterío histérico le devuelve a la realidad. Están sonando las famosas campanadas, campanadas misteriosas aquellas, y gritan en la tele, gritan Andrés y Paco y los otros... beben cava y comen uvas. A él no le gusta, ni lo uno ni las otras. Deja escurrir su corpachón, ocupa con las piernas  la mitad del pasillo y apoya la cabeza en el borde del respaldo negro.

Fue peor cuando perdió la tarjeta del transporte. Nunca había perdido nada, seguramente se la robaron, como decía el tío Tomás después, pero lo cierto es que no estaba en el bolsillo de su cazadora y sin ella no se atrevió a subir al autobús. No se le ocurrió contárselo a nadie. La gente pasaba, llegaban a la parada, cogían el número que les correspondía y se iban, y nadie se fijó en él, de pie, apoyado en la columna de la marquesina, como si fuese otro pilar más de sujeción, hasta que ya de noche, tardísimo, dos policías municipales se le acercaron, le sacaron poco a poco la historia y lograron llevarlo a casa. Entonces sí que estaba furiosa la tía Faustina. Delante de los guardias solo lloraba y lloraba, pero en cuanto se fueron, le dio con la zapatilla y él ni siquiera se movía para esquivar los azotes. Por la mañana tenía el cuerpo lleno de moratones que dolían al tocarlos. Ahora ya no le pega, la tía Faustina. Ya lo decía el tío Tomás, que en paz descanse, como decía ella al acordarse de su marido. “Cuando  la tía cobre tu sueldo, ya verás como todo cambia”.  Además, la tía Faustina está ya vieja.

Alguien se queja. ¡Carolina! Es Carolina. Parece que llora. Se incorpora y mueve la cabeza en todas direcciones, haciendo honor a su apodo, parece  olisquear el aire. La puerta del despacho no está cerrada del todo, queda una pequeña rendija por la que sale la luz y el gemido. Se acerca, sigiloso. Se queda aterrado, inmóvil, espiando sin poder reaccionar. Ella tiene toda la ropa desordenada, está despeinada, la blusa se le cae. Nunca la había visto tumbada sobre la mesa grande, allá al fondo. Y el jefe le sujeta las piernas y la empuja una y otra vez y ella se queja... De pronto él se para y se separa de ella. Sí, es D. Justo, ahora le ve bien, que se ha ladeado. Le ha hecho daño, a Carolina. La ayuda a ponerse en pie, vuelve a acercarse a ella, le aparta más la ropa, la muerde. Le ve la cara, a Carolina. No llora. Él tampoco lloraba cuando le pegaba tía Faustina. Ella tiene cara de asco. Le ha hecho daño. Está seguro de que le ha hecho daño.

-         ¡ Venga! ¡Ve a arreglarte! – le dice el malo, y le da una palmada en el trasero, y ella recoge sus cosas, se calza los zapatos y desaparece en el cuarto de baño privado del señor director. D. Justo se coloca la camisa y los pantalones. Se pone la chaqueta y se dirige a la puerta. Aurelio se mete raudo en la habitación de al lado, espantado. ¡Le ha hecho daño! ¡Le ha hecho daño, a Carolina! ¡Le ha hecho daño!  Asoma la cabeza y ve al jefe caminar pasillo adelante, hacia la sala de informática, ajustándose el cinturón en un gesto de superioridad orgullosa que no pudo terminar.

El extintor cayó sobre su cabeza y se desplomó como un muñeco de trapo sobre el suelo de moqueta. No esperaba el  golpe, no pudo verlo porque le llegó por la espalda y murió en el más absurdo de los silencios. La radio, la televisión, los empleados, seguían vociferando, a lo lejos.

De pronto Aurelio siente una necesidad insólita. Quiere huir. D. Justo no se mueve, de su cabeza rota mana sangre y nunca le han gustado las heridas. ¿Y si resulta que ahora Carolina le dice que no es tan malo el jefe, como aquella vez? Bueno, mañana es fiesta, y al otro día también. El lunes ya se le habrá olvidado. Además el lunes ya manda él, por el efecto dos mil y Carolina no le regañará. El D. Justo ese, que se cuide mucho de volver a hacerle daño a Carolina. Se pone el abrigo y los guantes. Mira al reloj. Faltan veinte minutos para la una de la madrugada. No se fija en que las agujas van como siempre, pero sí recuerda las otras advertencias. Después de las doce, ya estamos en el dos mil. El efecto dos mil.

Levanta la persianita de plástico que hace las veces de cortina. Esto tendrán que arreglarlo porque queda un poco alto. Para el lunes ya estará todo el efecto dos mil bien puesto. Se sorprende un poco, al principio, de no encontrar el suelo. El viento le acaricia el pelo, como las manos de Carolina y de su madre, y es muy agradable, aunque los dedos de la noche sean fríos. No comprende por qué se cae, pero no tiene miedo, es el efecto dos mil.  Y el inmenso dolor duró un solo instante, demasiado fugaz para borrar la sonrisa eterna de su rostro, pegado a la acera.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de