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Laguna Edroso, Juan Ángel

La mudanza: Diario de guerra



 

Tours, Francia, siete de la mañana: el despertar

Me reúno con mi hermano en la cocina. Los bebés duermen, Eleonore duerme, i giovanotti duermen. Mi hermano, todo hay que decirlo, casi duerme. Para todo tiene: ha venido en coche desde Zaragoza. Engullimos unas galletas y nos escabullimos en silencio.

Ocho menos diez... naufragio

El tom-tom nos ha llevado a un callejón sin salida. La calle mide sólo dos manzanas y aquí no hay un Avis ni, a juzgar por lo que dicen los nativos, lo ha habido nunca. Bajo sus miradas de conmiseración, rodeamos el inmenso recinto de una empresa, el cual, contra todo pronóstico, ha divido la calle en dos. Avis existe. Sonreímos al haber superado el primer obstáculo.

Ocho y cuarto: el rey del mundo

Es difícil digerir que con un carnet B1 sea legal conducir el monstruo que tengo bajo mis pies. En él cabe -o eso esperamos- una casa entera, sus asientos van por encima de los techos de los coches y tengo que tener cuidado en las calles estrechas para no rallar los balcones. Para alimentar mi vanidad, caemos en unas obras. Cuando el piloto de la grúa me saluda con una sonrisa siento una cierta camaradería subterránea. Demonios, este camión es enorme.

Las nueve: tocamos diana

Nos divertimos como críos aparcando el camión y jugando con la plataforma eléctrica. Eleonore nos observa admirada (en el fondo, también es una cría). Despertamos a i giovanotti con ciertos remordimientos: después de dormir hasta las tres todos los días, tienen que sufrir cambio horario. De todas formas, la tentación de enseñarles el camión es demasiado grande, y aunque algo confusos, sirven para controlar a los bebés.

Empezamos cargando los electrodomésticos.

Las diez... qué camión más grande

Côme (el bebé 1) dice con su media lengua y su particular uso del vocativo doble“Papá, est fort Papá”. Sé que lo dice por animarme o por inocencia, pero me lo creo. El camión es enorme: hemos metido toda la cocina y las cómodas y queda un montón de sitio.

Las once: cartones, cartones, cartones

¿Habíamos embalado tantas cosas? ¿Cuántos cartones hay? I giovanotti se han ido perdonándonos la canallada de haberles despertado y con buen ánimo. Tienen que pillar un tren hasta París y un avión hasta Sevilla. Por la noche estarán cenando en casa. Melque me ha regalado unos poemas.

¿Realmente teníamos tantas cajas? El camión no es tan grande. Reorganizo un poco todo.

Mediodía: tiempo de confesar

Mi hermano, sonriente, sugiere que paremos para comer. Una pizza, un kebap, le da igual. Le doy las malas noticias.

“Míchel, tenemos que recoger un mueble chino en París antes de las siete de la tarde, que es cuando cierran la tienda. Hay que salir de aquí antes de las dos... y hay muchos cartones todavía.”

Eleonore no termina de empacar su despacho. Forzamos el ritmo. El camión cada vez es más pequeño y hace cada vez más calor. El día está de tormenta. Alguien ha hecho una sartenada de patatas congeladas y nos las vamos comiendo sobre la marcha, sin tenedores ni otros lujos supérfluos (ya empacados). Los bebés encuentran todo esto muy festivo, pero no son de gran ayuda.

La una: sedición

“No pienso comerme un bocadillo en el coche. Es peligroso y no pienso conducir en estas condiciones.”

Mi hermano tiene razón. También, en la mano izquierda, una lata de fabada asturiana cuya anilla, rota, sujeta con la diestra. Es la imagen de la derrota con esa lata viajera en la mano que ha hecho más de mil kilómetros...

Claudicamos.

“Elenore, llama a los de la tienda.”

Las tres largas... El caos desatado

Los de la tienda se habían olvidado del mueble. Acceden a vernos cuando lleguemos a París por la noche, en su propia casa. Irene (bebé 2) se ha olvidado de cómo son las casas de verdad -es muy pequeña- y duerme en el carro, en el jardín. Es una bendita. Mi hermano se ha olvidado de la fabada y se ha comido dos kebaps. Eleonore se ha olvidado de las prioridades y pasa el aspirador por la casa vacía. Côme se ha olvidado de todo y salta como una cabra por el cajón del camión. Yo me he olvidado de cómo éste era grande. Es pequeño, increíblemente pequeño. Tendríamos que haber alquilado un trailer, pienso mientras abandonamos una bici oxidada que nunca nadie usó, un sofá cama que nos regalaron y cien trastos más.

Por la tarde: en ruta

La tormenta del Apocalipsis nos sacude. Más que un camión, esto parece un barco en plena galerna. Ráfagas de lluvia, vientos cruzados y una airera de mil demonios. La Odisea. He bebido tanta coca-cola que si me disuelvo no sentiré extrañeza alguna. Sigo pensando que Avis explota algún vacío legal para poner en nuestras manos este monstruoso vehículo. No sabía que nuestros enseres pesaran toneladas. Côme sigue creyendo que papá es muy fuerte y yo empiezo a creerlo también.

París, las nueve de la noche

Hay que hacer sitio para el mueble chino. Dejamos en Volontiers la morera, la rana de plástico, los ochenta kilos de arena para rellenarla (yo tampoco sabía que las ranas de plástico servían para eso), la bici buena, el ibiscus, la sombrilla... Mi cuñado Gregoire ha venido en nuestro auxilio. Sophie, mi suegra, opina que deberíamos abandonar todo en la acera, ir a por el mueble y volverlo a cargar todo a la vuelta. Llueve y hemos montado un mercadillo en pleno corazón de París. De fondo, la torre Eiffel. Algunos transeúntes.

La casa del chino (que no es chino)

Encontramos la dirección y el camión. Son las 22:45. El chino (que no es chino, sino francés) ha descolgado el teléfono y no responde al portero automático. Llueve. Acariciamos la derrota. Gregoire emprende la sutil táctica de llamarle a gritos por su nombre y su apellido (los franceses sólo tienen uno). Funciona. Nos ganamos una bronca, el consejo de que no hagamos ruido y toda su colaboración. Un coche nos ve hacer el trasvase de mercancías y percibimos su temor. ¿Traficantes? Segundo tenderete parisino bajo la lluvia. El mueble es enorme, más que el camión inicial. Nos habíamos olvidado del mueble mongol. Por suerte, es más pequeño que el chino.

Interludio

Sophie nos ha preparado una magnífica cena y la cama. Sigue perpleja por la buena disposición de mi hermano. Yo también, pero no lo digo por si deserta. Nos quedan más de trescientos kilómetros hasta Metz y son las dos de la madrugada. Eleonore quiere ir a Ikea (en Metz, no en París) antes de que devolvamos el camión. Yo me caigo de sueño.

Ocho de la mañana... en ruta de nuevo

No nos han robado el camión, ni nos han multado, y el sueño reparador nos ha dado fuerzas. Desayunamos en una estación de servicio. Hoy no hay galerna, pero el camión sigue siendo paradójico: monstruoso por fuera, escaso por dentro.

Mediodía burocrático

Hemos llegado a tiempo. La agencia acepta revisar el apartamento a las dos de la tarde. Podremos comer antes. Si hubiéramos llegado media hora más tarde, hubiéramos tenido que esperar al lunes... con un camión, sin casa y muchos muebles. Comemos en un tailandés. La dueña cree que somos de Luxemburgo. No quiero ni imaginarme la pinta que tienen los de Luxemburgo.

Descarga, demonios, descarga

La casa está hecha polvo pero es enorme. Despachamos a la simpática señora de la agencia (que no para de bromear sobre las paredes défraîchies y los grifos que no funcionan). No hay agua caliente ni calefacción, pero los bebés están en París y a nosotros nos sobra calor interno (de momento).

Descargamos cartones. Descargamos estanterías. Descargamos cajas. Descargamos sillas. Constatamos que nunca iremos a Ikea con este camión. Llegamos a los electrodomésticos. Sólo son dos pisos y tenemos un carricoche (chino). Llueve a cántaros. No tenemos ni frío ni calor: sólo una férrea determinación.

Nunca entenderé cómo conseguimos subirlo todo. Hay un problema dimensional en el viaje, pero no me atrevo a ponerle nombre; es la sombra de Lovecraft. Al final, sólo queda la Némesis: el mueble chino. Doscientos cuarenta por ochenta por cuarenta de madera maciza labrada hace ochenta años en el Yang Tsen. Eleonore tiene muy buen gusto y poco sentido práctico. El mueble es más grande que la escalera.

Hacemos amigos: nuestros vecinos gays de nombres polacos terminan ayudándonos a subir el mueble a pulso. Entre cinco adultos en buena forma tan sólo resulta titánico. Les invitaríamos a tomar algo, pero no sabemos donde está. En algún cartón junto al abrelatas, supongo.

Al día siguiente les compramos flores, aunque nadie ha tenido que ser hospitalizado -contra todo pronóstico- durante el proceso.

Epílogo

Tras tres gasolineras cerradas y acrobacias varias para aparcar el camión subido a la acera en lo que parecía un examen circense de conducir cortesía de Avis, dimos por finalizada la mudanza. Todavía tiemblo cuando veo un camión en la calle.

En algún momento de todo esto fuimos al cine, cenamos por ahí, nos dimos cuenta de que en mi familia cada uno ha nacido en un sitio (Abidjan, Zaragoza, París, Tours, ¿Metz? Mucho ha llovido desde Santa Cilia y Fuendetodos...), compramos pintura, soñé con el fantasma de la casa, nos duchamos con agua fría y nos sentimos satisfechos. En Francia no para de llover, pero es una tierra acogedora.

Mi hermano volvió en coche a Barcelona. Como siempre, le pararon los gendarmes y no se creyeron que realmente hubiera venido a hacer una mudanza. Le preguntaron si llevaba droga, si le importaba que registraran el coche, si había estado en Luxemburgo y si tenía más de novecientos euros en metálico. Con una sonrisa en los labios y preguntándose si esto es lo normal, el último caballero errante volvió hacia su ciudad adoptiva, la condal.

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