El cuerpo se mecía levemente de una cuerda anudada a un travesaño que con otros, formaban el armazón metálico donde se encrespaba el parral de aquella casona. La borrasca rebullía las hojas y un relámpago, al que sucedió un trueno tardío, anunció la llegada de la tormenta. “Han matado a mi hijo, a mi único hijo”, masculló el padre. La madre secundó y entre sollozos dijo que su niño era incapaz de hacer daño. El inspector se abstuvo de dar un criterio y yo, un novel oficial de diligencias (contaba 20 años), me limitaba a tomar apuntes.
----Creo que ya podemos bajarlo ---dijo el inspector----. Ayúdame.
Mientras el inspector, subido sobre una silla cortaba las hebras con un cuchillo, yo, desde el piso, estrechaba la silueta fría con mis brazos, volcando mi vista hacia los padres. Al fin, todo el peso del ahorcado vino a caer sobre mí y lo sostuve como a un naufrago; hasta que los padres vinieron a socorrerme.
El forense de turno exploró el cuerpo de Martín. “Es suicidio porque entre otras cosas, no se hallan hematomas ni señales de violencia. Cianosis. Surco equimótico vertical: típica marca alrededor el cuello ---el médico giró la cabeza de Martín a diestra y siniestra---. La traquea desgarrada, el axis fracturado y lesionada la médula”. Esto último nos enseñaba indicando unas radiografías puestas contra una pizarra de neón. Lo que me pareció llamativo, fue el comentario tangencial de que, al momento de morir, Martín había liberado lo que el hombre libera al culminar la cópula. Susurré mi inquietud al inspector y éste, ojeándome de soslayo, la transmitió con cierto fastidio al forense, que dijo “¡Oh, sí” y continuó en tono magistral, teniendo un ejemplo a mano. “No es generalizado observar casos donde el ahorcado presenta tal signo, pero la explicación es llana, a saber: Al cortarse el aire que llega al cerebro desde los pulmones a través de la faringe, se provoca un desorden en el sistema nervioso que repercute en la pérdida de control sobre las funciones de ciertos órganos, provocando una sobreexcitación que...”.
Ahí, en la sala gélida, sobre una losa de cemento gris, con la cabeza rasurada y tan blanca, las cejas tan tupidas y tan negras, con el semblante de quien sueña, Martín, de dieciséis años, guapo y bien formado, era un tierno desperdicio. La autopsia de ley revelaba que había ingerido una cantidad considerable de vino (de la única botella con alcohol que había en aquella casa) y que no se encontraron restos de veneno, ni en el estómago, ni en la sangre. El forense había abierto a Martín desde el esternón hasta casi el pubis (la sutura era tapada a medias por una mortaja limpia) y, acaso impelido por querer demostrar más de lo que dábamos por hecho, se disponía a practicarle un corte transversal el cráneo empleando una sierra quirúrgica que emitía un zumbido agudísimo.
¾ ¡Basta! ---gritó el inspector---. ¡Ya, basta! No hay por qué destazarlo; dese cuenta: no es una res. ¾. El forense apagó la sierra como un niño sorprendido a punto de rebanar un pastel----. Se lo advierto, doctor. Usted ya ha puesto sello y firma en el certificado de defunción y aquí habrán dos testigos en contra suya si a Martín no se lo encontrara tal como lo estamos dejando.
El inspector tuvo que hablar con los padres y yo procedí con interrogatorios a familiares, amigos, compañeros de curso y a Juliana, quien fue la novia de Martín. He aquí un relato que difiere, en tono y contenido, del burocrático informe presentado a mis superiores:
Estudiante del colegio San Pablo ¾centro de enseñanza católico, reservado sólo para varones¾, Martín, reservado y franco, sobresalía por sus calificaciones. Si hubiera faltado un día a clases lo habrían notado pero nadie lo extrañaba en las fiestas. Sus compañeros de tercero medio le instigaban a que, a nombre de ellos, gozara del festín que estaba servido en su mesa. Le divulgaron que ella había pasado tres noches en un motel con Yves, un foráneo que había llegado a la ciudad, decían, sólo con ese propósito; que en las afueras de Campiña, luego que terminara la misa de Nuestra Señora, se la vio acostada de espaldas sobre un herbazal hermoso mientras el más apuesto de los hacendados se arrodillaba, como un feligrés se arrodilla ante el altar de una Virgen Patronal, para procurarle todo lo que podía procurarle una lengua fiel y servidora, que por capricho rechazaba a unos y accedía con otros, que ella podía estar reacia, recibiendo ruegos todo un mes y que de repente, tomaba al distraído que estuviera a su lado. Le enteraban de estas noticias amigos que sentían amarga envidia por no ser ellos los muchachos de quienes hablaban, porque de cien pretendientes, ella escogía a una decena privilegiada. Prefirió no creerles. Otros preguntaban si por el tiempo de estar juntos ya había, por lo menos, dado una probada a esas visibles delicias que Juliana ostentaba. Enamoró siete meses.
Juliana estaba furiosa: contra su costumbre, se había ofrecido a un hombre, Martín, y él no actuó como era de esperarse. Que alguien rehusara a Juliana ¾la pequeña femme fatale, la Helena criolla a quien los estudiantes del San Pablo rondaban con avidez canina¾ era el acabose para ella, aún más si se trataba de su novio formal, aunque ella dijera que Martín era una especie de amigo-confesor, un testigo pasivo de sus aventurillas eróticas.
Las íntimas de Juliana se admiraban que Martín fuese tan correcto y le zaherían: “No le mereces, no estas a su altura”. No se iba a dar por vencida. Condujo a Martín a su alcoba, se le desnudó. Tomándole de la pechera de la camisa le exigió que la tomara con violencia. “Por qué me pides eso Juliana, yo te amo”. La histeria se enervó en ella. “¡Yo no quiero que me ames….!”. Juliana se dejó caer al borde de la cama, temblando, y, cubriéndose con una sábana, se echó boca abajo. “Tenían razón, tú sólo sirves para cura. No quiero verte nunca más”.
El retraimiento de Martín llamó la atención hasta de sus compañeros; sabían de la ruptura con Juliana, circulaban varias versiones, evadió las preguntas. Si de verdad amo a Juliana, se habría dicho Martín, entonces debo despejar dilemas, revocar principios, ¡actuar de una vez!
Dialogó con Juliana, le dijo con instancia que era merecedor de un desquite. Decidido estaba a cumplirla y se propuso domar a la fiera desairada.
El sábado 20 de octubre, a las ocho de la noche, Martín fue a visitarla según lo acordado. La criada abrió la puerta y le dijo que subiera a la alcoba de ella, que ahí le estaba esperando. La halló con otro en una pose que le pareció extravagante y con un visaje que fingía, lo mejor que podía, un gozo consumado. Juliana cesó sus gimoteos, le mostró una mueca maliciosa. Martín, mudo, desapareció tras un portazo.
Sólo en casa, las tragantadas de vino le dieron el valor que requería. Sacó un taburete del escritorio, anudó su cuerda de boyscout condecorado al travesaño del parral. El salto, la asfixia, recordó a Juliana con el otro, en milésimas de segundos se vio a sí mismo con ella, dentro de ella, la suspensión del cuerpo, el pataleo…. Sintió estar dentro de ella.... Se suicidó y sin embargo, murió en perfecta plenitud.
Quisiera creer que así fue. Esto es sólo una conjetura, pero una conjetura que, añadiendo una interpretación psicológica a la explicación meramente fisiológica ya referida, lograría un cuadro completo del individuo, enfocando al alma de éste, en el momento del deceso.
Los padres de Martín, para comprender lo ocurrido, tuvieron que conocer la historia sentimental de su hijo. Sobra decir que vituperaron a Juliana acusándola de ser la causa única por la que no verían a su hijo convertido en un profesional prestigioso, un padre ejemplar que les habría dado nietos, asegurándoles con esto una vejez alegre para ambos y la continuación del apellido paterno.
Esta muerte prematura hubiera sido evitable, cavilaba yo, tal vez con más resolución y menos atriciones; tal vez con más tolerancia y menos egolatría, y concluía que tal vez quiso la fatalidad que dos caracteres tan opuestos coincidieran en circunstancias que luego serían trágicas para uno de ellos, lamentablemente, el más débil. Él era un muchacho temeroso de ofender a Dios y anhelaba vivir en el reino celestial; ella, una muchacha que no se privaba de los placeres mundanos que el mundo de aquí le ofrecía.
Si yo hubiera sido Martín y Martín hubiera sido yo, pensaba, tomaba a Juliana cuantas veces quisiera y, en el hartazgo, la dejaba.
Juliana, a la que también afectó el suicido de una u otra forma, empezaba a reencaminar su vida.
De los tantos y variopintos decesos que me tocó investigar, el de Martín me causó mayor congoja y..... no sabiendo el por qué, me propuse, obedeciendo a un impulso irresistible, conquistar a Juliana y hacerla mía, mía por completo. No era que yo me compadeciera de Martín, era que yo quería poseer a Juliana.
Con la excusa de seguir investigando, empecé a visitarla, pero ella me dijo: “Lo que tú quieres es salir conmigo. El jueves que viene esta bien”.
No estaba enamorado de ella, pero reconozco que físicamente, me atraía y yo a ella, nos lo habíamos confesado, pero sentíamos al mismo tiempo que entre los dos no había un abismo, sino un muerto y era un sacrilegio pasar encima de él. No nos unía ni el amor ni el espanto, nos unía la muerte y el deseo, pero más poderoso que el deseo, era la muerte y su evocación. En nuestras pláticas, era imposible no mentar a Martín, en todas partes surgía y cuanto más queríamos olvidarlo, más lo nombrábamos. ¡Vaya amor descabalado!.
Le hice leer mi relato y se ofendió, no por la referencia a Yves y al hacendado (le agradó el símil de feligrés arrodillado ante el altar de una Virgen Patronal), sino por la mención a sus aventurillas eróticas y, sobre todo, a la metáfora de “Helena criolla”.
- Y tú qué te crees ¿ah?. De ninguna manera tú eres mejor que yo, querido Watson. Conozco a los de tu clase, Casanova de pacotilla.
Juliana por momentos era encantadora, por momentos irónica y punzante, por momentos no paraba de reír y parlotear y por momentos no abría la boca; jamás dejaba de atraerme.
- Eres igual a los otros –dijo, finteándome un voraz beso-. Sólo quieres mi piel.
- No –le dije y solté una frase, que aún pudiendo haber sonado a lugar común, no dejaba de ser verdad-: Deseo poseerte en cuerpo y alma.
- Sólo un hombre hubiera podido –. La contestación, espontánea en ella; inesperada por mí, fue un batacazo desde arriba..... Bajé la mirada.... Inerme, no estaba en la capacidad de hilar pensamientos. No sé si moví la cabeza.
- Cuando estoy sola, me olvido de él, pero estando contigo siento que él esta con nosotros dos-. Me di unos segundos para no balbucir. Recuperando el aplomo, alegué-:
- Es sólo una proyección. Leíste mi relato, te identificaste con la víctima y sentiste empatía hacia el narrador.
- Yo no quería que él se suicidara ---. Sollozó en mi pecho. Agregó con requiebros---. A partir de ahora, voy a creer lo que tú escribiste: él murió en perfecta plenitud.
- Dejemos a los muertos en paz.
- Mientras estemos juntos, él seguirá vivo, más vivo que antes.
Esa madrugada tuve una pesadilla. Yo era el cuerpo que se mecía bajo el parral y Martín el oficial de diligencias que tomaba apuntes. Desperté con un ataque de apnea; mi traquea estaba obturada y no tenía reservas de aire, boqueaba con estertores horribles y sentía mis pulmones a punto del colapso; por fuerzas instintivas que son difíciles de explicar conseguí tranquilizarme, aspiré aire por las narices y me mantuve inmóvil por unos segundos. El aire se renovó en mis pulmones y mi corazón otra vez latió. Ya restablecido, pero lleno de terror, encendí la luz, fui al espejo y me vi el cuello.
Decidí ya no visitar a Juliana, pero al día siguiente estaba tomando un café con ella y contándole mi pesadilla.
- Lo nuestro debe terminar -dijo.
- Lo nuestro, Juliana, todavía ni ha empezado -. Para tranquilizarla, le dije que había sufrido lo que se conoce por parálisis del sueño, un síntoma dentro del síndrome narcoléptico que se asocia con trastornos de ansiedad y suele presentarse con alucinaciones auditivas o cinéticas.
- Es mejor que ya no nos veamos. ¿No crees que ya es suficiente? ¿No crees que tu pesadilla es una admonición?
Asentí.
Una noche, en la calle, nos dimos un beso apasionado y ella, abruptamente, sugirió que dejáramos lo demás para otro día. Fue como si ella, abriendo sus ojos mientras yo los tenía cerrados, hubiera visto el fantasma de Martín detrás mío.
Llegado el día hicimos el amor en un motel y tengo la seguridad que ella lo hacía con Martín, no me pregunten por qué. Esos minutos yo no fui otro que Martín. Sentí un placer ajeno y derivado; fue como si el alma de Martín me hubiera despojado de mi cuerpo, sirviendo yo de puente y nexo carnal entre los dos amantes. Es extraño que diga esto, pero al mismo tiempo que hacía el amor, yo estaba ausente, desvanecido...... muerto.
A Juliana, que estaba rendida de gozo encima mío, durmiendo en horcajadas, la hice a un lado, suavemente, y la dejé yaciendo en la cama, sin que mi cuerpo, usado por el otro, hubiera sido vencido por la pequeña muerte. Yo me veía en los espejos y....... ¡no sabía quién era!, no supe por unos minutos quien estaba enfrente; hasta que Juliana, despertando, me dijo, llamándome por mi nombre, que iría a cambiarse para marcharnos. Escuchar mi nombre fue un ensalmo; así recuperé mi alma, y cuerpo y alma volvieron a ser uno mismo.
Camino a la ciudad, en un taxi cuyos cristales eran abatidos por la tormenta, como por las alas de cientos de pájaros arremolinados, le pregunté si otra noche sería mía.
---Otra noche seré tuya ---me dijo -. Todo el trayecto fue una mudez contaminada por la lluvia aguijoneando el taxi y el vaivén isocrónico del limpiaparabrisas. Antes de que el taxi la dejara en su casa, ella habló:
---¿Juan?
---¿Sí?
---Gracias ---me apretó las manos, los ojos le flotaban en lágrimas.
Apretándome los labios, le decía con mi rostro: “Ha sido un honor. Ahora ustedes dos están en paz”.
No pude dormir. Entre tantos sentimientos que me revolvían, estaba el miedo a que, volviendo a verme en un espejo, no reconociera mi imagen, pero ya pasado el miedo y la vaga humillación, tomé el hecho con sensatez: había cumplido el deseo de Martín y por tanto, nunca más volvería a ser despojado. La siguiente noche, antes de dormir, oré al Señor que si moría en mi sueño, el guardara de mi alma.
Dejé de buscar a Juliana. Nunca más volví a verla. ¡Miento!; la vi una noche que yo caminaba de la mano con Irene, una novia temporaria. Juliana, que también estaba acompañada, se detuvo para que yo la saludara, creo que inclusive llego a decir “hola”, pero yo, fingiendo no verla, pasé de largo, jalando el brazo de Irene.
---¿Y....quién es ella? ---preguntó.
---No la conozco.
---¿Ah, sí? Entonces tienes un doble ---dijo con sarcasmo.
---Puede ser; mi rostro es muy común –bromeé, repitiendo una frase escuchada ---. ¿Nunca te sucedió que un tipo te llamara con otro nombre?.
---¿Me amas? ----preguntaría después a Irene ---. ¿No amas a nadie más que a mí?
---A nadie más. ¿Y tú?
---A nadie, a nadie más que a ti.
---Eso me hace sentir segura.
---Y a mí dichoso, dichoso y completo...... ¿Me deseas?
No quiso responder. Agarré sus manos y las besé.
---Dilo, dilo, por favor.
---No deseo a nadie, a nadie más que a ti.
La llevé al mismo motel, a la misma pieza. No tuve ninguna fuga de personalidad, ningún desdoblamiento, me reconocía y me multiplicaba y revivía en todos los espejos, pleno de luz y vigor, escuchando, de los labios de mi amante, entre gemidos, mi nombre repetido.
Esa noche fui solamente yo, pero al momento de acaecernos la pequeña muerte, en forma incontenible, simultánea y precisa, Irene fue Irene, y sin dejar de ser Irene, se convirtió en Juliana y poseí el alma de Juliana en todo su esplendor.
Sólo así pude sanarme por completo y ahuyenté para siempre el fantasma de Martín.
Formica
He vuelto a leer, no sé por qué, un diario criptográfico que tenía guardado hará ocho años.
10 de enero
Esta mañana fui al lago para encontrarme conmigo mismo, necesitaba evaluar mi vida e insertarme con los otros; después que decidí ser humano caminé a la Universidad para registrarme entre los aspirantes a la carrera de Biología.
Los amigos se han alejado y mi vida en muchos aspectos no va a ser la misma. Anhelo independencia, pero sigo viviendo con mis papás, a quienes quiero mucho, pero escucharlos es someterse al chirrido que hacen las cigarras en las sabanas tropicales. Soy unigénito, mis juguetes y hermanos han sido desde que me acuerdo los libros de zoología y botánica. Identificó a mi papá y a mi mamá Señor y Señora I. que quiere decir en términos genéricos Señor y Señora Insecto (abreviado); es mejor que asignarles un nombre específico como Sr. y Sra. onitis furcifer, lethrus cephalotes, cuchirus longimanus o clyntra 4 puntacta. Pero los quiero. ¿Soy un hijo de insectos? A veces así me siento.
11 de enero
Desperté temprano y como no quería empezar el día escuchando la cháchara de la Sra. I., monté la bicicleta y salí de mi casa a ningún lugar. Ya en el camino se me ocurrió ir a un sitio tranquilo. Opté por el Jardín Botánico ¾pero me hizo desistir la posibilidad de encontrarme a profesores con escolares¾, luego por una de las plataformas en el tramo de la ciclovía que domina la ciudad; no, habrían muchos deportistas. Quería soledad. Finalmente llegué al lago donde estuve ayer, la orilla este. La mañana era nublada y suave. Me interné en un bosquecillo de eucaliptos, sauces y molles y me acosté en una alfombra de hojarasca. El sol se destrizaba contra el enramaje de los árboles y las copas ondeaban lánguidas; una luz tenue y el rumor de la brisa arrullaron mi sueño.
Entregué todos los papeles, me registraron y ya está todo listo para el examen que será en un mes. Me compré una soda y una hamburguesa de la calle y no dispuse de mi merienda hasta llegar al lago. Eso sí que se llama ingerir alimentos-de-forma-correcta ¾sin que le hagan a uno cuestionarios detectivescos, ni insinuaciones malignas¾, masticando suavemente y disfrutando de un inapreciable silencio agreste.
Me tendí en la hojarasca. Soñé que una manada de búfalos galopantes avanzaba en bloque hacía mí, abrí los ojos, instintivamente me retorcí, no tuve tiempo de retroceder, hice un movimiento de arlequín, las ovejas de adelante se asustaron y giraron bruscamente, las del medio las siguieron, un pastorcillo que estaba atrás dirigió con su cayado a las últimas. Estuve a punto de sufrir un paro cardiaco. Por un instante creí que un rebaño de ovejas me arrollaría. Qué necedad, unas ovejitas, son tan inofensivas ¡Be-he-he-he!.
“¿De dónde vienes a esta hora, si se puede saber?” “Estaba... por ahí”. Regresé a mi casa y tuve una discusión con el Sr y la Sra. I porque no fui a almorzar. Estos viejos desechables; sería fácil aniquilarlos del mismo modo que pisar una cucaracha, rociar a un mosquito con baigón, o quemarlos como hacía con las hormigas, ¿te imaginas matarlos? con una lupa del tamaño de una antena parabólica, apuntando a sus cabezas, pero claro que los quiero.
12 de enero
Debería estar estudiando para el examen. Hoy en la mañana fui ahí con una revista Penthouse que me regaló Gato el último día de clases en el colegio. No gracias le dije, ya no me hago la paja como vos. ¡Qué mamón que soy! No puedo dejar este vicio. He empezado a fumar marihuana no sé si para adquirir un vicio y liberarme de otro.
El cielo estaba despejado a diferencia de ayer. Delante del bosquecillo hay una franja de tierra en media luna que bordea el lago. Llevé la revista hasta ese lugar para masturbarme tranquilo. Odio que la Sra. I me toque la puerta o me llame justo cuando lo hago y peor cuando me está por venir. Abrí la revista, vi algunas fotos y me masturbé. Seguí el rastro del fluido, cayó justo en la abertura de un hoyuelo. Me senté con la revista al lado, volqué la tapa. El placer se fue y de súbito me acosó un pesar. Prendí un pitillo, di largas aspiradas, me paré como un resorte, tronché en pedazos la revista reuniéndolos en la parte más árida del suelo, recogí unas yescas que junté con el papel y prendí fuego al montón. El sol me daba de lleno, era la una y cuarto de la tarde.
13 de enero
Ni bien desperté, me duché rápidamente para regresar a ese paraje. Antes, por encargo de la Sra. I, tuve que pagar las cuentas del agua, la luz y el teléfono de la casa. Se queja que está haciendo un ímprobo sacrificio por mí para pagar mis estudios universitarios ¡Maldita sea, ella y las colas¡ De todas formas, aproveché para comprarme con el cambio el último libro de un famoso entomólogo inglés. El lago es un imán de agua. Llegué a las once y cinco, había gente. Me coloqué unas gafas obscuras por si acaso, para que nadie me identificara. Atravesé el bosquecillo hasta llegar a la orilla. La tierra estaba más polvorienta que ayer y, sin embargo, se notaban las manchas de semen, cosa que no me extrañó pero me quedé atónito viendo que unas hormigas cobrizas habían hecho del hoyuelo su guarida y pululaban alrededor. Qué curioso, soy el padre de tantos hijitos y no he necesitado de una mujer para fecundarlos.
Odiaba mortalmente a las hormigas. En el reducido jardín de mi casa no crecía el pasto, mucho menos las rosas que el Sr. I plantaba; estaba infestado de hormigas y se reproducían a una velocidad asombrosa. Conté cinco clases que competían por apropiarse de cualquier hendidura del suelo y de las grietas de las paredes. Yo era el causante de ese crecimiento poblacional: tomaba algún helado o comía un chocolate y tiraba la envoltura en el jardín ¾un psicoanalista me explicó que era una forma inconsciente de protestar contra mis padres¾ hasta que mi papá me pilló una vez y me tiró una brutal paliza, de esas inolvidables, mientras la Sra. I decía con dulzura: hijo, niñito mío, bebé, es por tu bien. Pero los quiero, claro que sí. Desde ese incidente me propuse aniquilar a las hormigas. El Sr. I. me entregó un frasco del hormiguicida en polvo Mapex, que rocié en sus bases y escondites. Fue un asesinato masivo. A las pocas sobrevivientes las hería arteramente con una aguja o las viviseccionaba con un bisturí y para rematarlas las quemaba apuntándoles con una lupa gruesa que en un punto juntaba los rayos del sol. Huele deliciosamente cuando se incineran. En cierta región de Colombia hay un plato llamado “hormigas culonas”, éstas son una especie con el abdomen abultado; las fríen con aceite en perol y se las comen cual pipocas.
Si no me hubiera masturbado quizás estas hormigas.... El Sr. I me dio la tunda, yo tenía once años. La primera vez que me masturbé fue después de matar a muchas hormigas y sentí un placer sobrehumano, infinito. Se convirtió en un ritual hasta que creció el pasto y florecieron las rosas. Creí que éste episodio había sido arrancado de mi vida pero ahora me acuerdo con tanta intensidad...
El viento removía las páginas carbonizadas mientras yo sumergía los ojos en lo azul del lago. “Mierda”, qué hijas de.... “mierda” exclamé otra vez, las hormigas se subían envalentonadas por mi axila izquierda, me las quité de encima con la desesperación de un ahogado.
En el micro se me vino a la memoria lo que no estaba seguro si era chiste, copla o una ocurrencia de colegio: “Una cholita distraída/ se sentó sobre un hormiguero/ y las hormigas que llegaron/ se equivocaron de agujero”.
14 de enero
Nada digno de ponerse en escrito.
15 de enero
Estudié recluido todo el día en mi habitación tan concentrado que el Sr. y la Sra. I no intentaron dirigirme palabra.
“Peter Huber, que es autoridad de quien nadie puede dudar, afirma que hormigas que se habían tenido separadas de hormiguero cuatro meses, al restituirlas entre sus antiguas compañeras fueron al punto reconocidas, y unas y otras se agasajaban con las antenas. Si hubieran sido extrañas y desconocidas, habrían sido atacadas de inmediato. Sucede también que cuando dos tribus riñen general combate, algunas del mismo bando se agarran y atacan, pero no tardan en reconocerse y disculparse de su error acariciándose”. (Charles Darwin. El Origen del Hombre. pág 303).
16 de enero
El sábado no es un buen día para visitar aquel lugar, parejas tienen sexo bajo los árboles; grupos de amigos hacen picnics tirando sobras de comida, botellas con restos de soda y dejan otras cochinadas. Con esa contaminación aseguran larga vida a las hormigas. ¡No saben que donde hay muchas hormigas es difícil que crezcan los árboles!
Indignante. Visité un momento el hoyuelo que se transformó en un montículo de arena. Pero ya no eran las hormigas cobrizas, éstas estaban muertas y esparcidas. Otras, de mayor tamaño y color negro, habían tomado al asalto la guarida exterminando a las anteriores ocupantes e innovando la infraestructura. Darwinismo: constante en la naturaleza, el más fuerte se impone. Una falange de las nuevas hormigas entraba a su palacio cargando a cuesta partículas de gajos verdes. Yo lo observaba todo con mi lupa, alcé la vista, provenían de los juncos. Estuve varios minutos hipnotizado, metí la lupa en el bolsillo y me alejé acelerando el paso sin volverme.
En la noche salí con Gato que me preguntó a quemarropa si me seguía masturbando cada día, me conocía muy bien. Respondí con una cínica carcajada. “¿Cómo es, huevón?” “No ¾quise virar el diálogo¾, estoy súperconcentrado estudiando para mi examen de ingreso. Tienes que madurar, Gatito querido”. “¿Qué has hecho con la Penthouse, ver la publicidad?. “La boté a la basura. Dame un pitillo”. Nos tiramos un vergazo de campeonato. De las hormigas, ni hablar, mi ego censuró el tema; del lago, tampoco; no era un lugar que le podría parecer adecuado a mi amigo; de repente, hasta me hubiera aconsejado que no fuera solo porque por ahí rondan asaltantes y delincuentes y de cuando en cuando se encuentra un cadáver.
17 de enero
Castigado por una resaca inclemente me mantuve aislado en mi cuarto y colgué del pomo por fuera de la puerta el letrero de NO MOLESTAR y por si acaso en su anverso la traducción internacional: DO NOT DISTURB. Pasé todo el día hasta bien entrada la noche resolviendo enrevesados problemas de química y escuchando en un volumen moderado mi música. Leí unas páginas del libro recientemente adquirido.
“Se calcula que en todo el mundo hay 168000 hormigas por cada persona y que representan una cuarta parte de la biomasa de la jungla amazónica. El peso de la población mundial de hormigas es mayor que el de todos los grandes animales de África y que el de todas las ballenas que hay en el mundo” . (Edward O. Wilson. El futuro de la vida. pág 127).
En la madrugada me despertó una pesadilla protagonizada por monstruos palustres. Encendí la lámpara. Indeciso, tomé la Biblia encima mi velador.
“Anda a ver a la hormiga perezoso; fíjate en lo que hace y aprende la lección: aunque no tiene quien la mande ni quien le diga lo que ha de hacer, asegura su comida en el verano, la almacena durante la cosecha ¡Basta ya de dormir, perezoso! ¡Basta ya de estar acostado! Mientras tu sueñas y cabeceas, y te cruzas de brazos para dormir mejor, la pobreza vendrá y te atacará como un vagabundo armado”. Proverbios 6, 6-8.
18 de enero
El Sr. y la Sra. I molestos y al mismo tiempo conscientes de que estudié disciplinadamente, quisieron disuadirme que dejara de verme con Gato, mi mejor amigo porque es el único. “Miren, yo he sido buen alumno OK, ¾les dije¾ el mejor en Ciencias Naturales del colegio desde secundaria. Voy a ser un buen universitario y mejor profesional y no por ustedes, eso quiero que entiendan, sino por mí”. Les hablé en un tono decidido. Claro que los quiero mucho, tanto, que a veces los quiero matar.
El lago mitiga mi ansiedad, he encontrado un refugio íntimo e inviolable que ni siquiera puedo compartirlo con Gato. Echado boca arriba en la orilla floto en un éxtasis contemplativo, soy una hoja en el viento que forma delfines con los celajes que se disgregan lentamente en un ocaso melancólico jaspeado de violeta. Pronuncio una estrofa del poeta Francisco Contreras: “Soy el mismo sin embargo, todo ilusión y erotismo; soy el mismo niño amargo, soy el mismo, soy el mismo”.
22 de enero
Desperté en la cama de un hospital; un suero inyectado a mi brazo derecho, un tubillo bifurcado en las fosas de mi nariz me daba aire y me asfixiaba. Estoy hinchado y acuso nefralgia. No tengo la menor idea de cómo he llegado aquí. Le pedí a mamá que trajera mi diario.
24 de enero
No me quisieron decir qué ocurrió pero tuvieron que darme una versión. Me dijeron que alguien me tiró un porrazo en la nuca cuando estaba en la orilla del lago y se llevó mi bicicleta. Al día siguiente me encontraron ahí, clínicamente muerto. Tengo marcas de picadura y algunas pústulas. Mi piel huele a ácido fórmico, sustancia que expelen las hormigas al atacar, estoy tostado y con algunas quemaduras de primer grado. Lo que nadie quiere aceptar es que mientras dormía, las hormigas negras alevosamente y en ventaja me tomaron desprevenido, era cuestión de horas para que me dejaran como ese personaje del cuento “La miel silvestre” de Horacio Quiroga del que encuentran su esqueleto en la selva; las hormigas carnívoras llamadas “la corrección” le habían roído toda la carne. No quieren reconocer el hecho; el neurólogo dice que padezco “lagunas mentales” y monomanía por las hormigas a causa de un coágulo en mi cerebro que pronto va a desaparecer. Pasado mañana me darán el alta. Evito hablar de las hormigas, les sigo el juego.
*******
Cierro el diario, leerlo me afecta profundamente, es absurdo intentar explicar a quien no sepa, el poder de las hormigas; los científicos conocemos su inteligencia y memoria. No les guardo rencor por lo que intentaron hacerme; al contrario, las admiro más que antes.
He tenido una brillante y próspera carrera en mi profesión de biólogo salvo una que otra internación temporal en una institución privada y por consejo de mi madre, sigo soltero.
¿Habrá cambiado mucho ese paraje en estos años? Mañana me daré una vuelta por ahí.
Temores
Se dirige lentamente
hacia la casa de Fabiana, su primera novia. La conoce porque vive a unas
cuadras y la contemplaba jugar en el parque cuando era más niño. Trece años,
igual que ella.
Hace un par de
semanas, Marcelo la interceptó por los columpios y sin más le dijo con voz
anhelante que le gustaba, ella contestó su declaración con un gesto cortés y
pasó de largo, la vio caminar dándole la espalda, se perdió tras una esquina.
No volvió a pisar el parque, le irritaba de sobremanera que los chicos del
barrio se agolparan para corearle estribillos burlones.
Obtuvo el número
telefónico de Fabiana recurriendo a la amiga de ella. Resolvió llamarla.
¾Bueno, bueno, te acepto.
Marcelo, hundiéndose
en el sillón y doblando la nuca tras el respaldo, entornó los ojos y exhaló su
angustia en un suspiro.
¾Hola, ¿estas ahí? ¾preguntó Fabiana, inquieta.
Marcelo se enderezó de
un tirón, recuperó el aire y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza:
¾Te invito el domingo al cine.
Desganado, va a recogerla.
Es una tarde
bochornosa, asfixiante, de esas en las que la insolación rinde a la ciudad.
"Puedo volver y
decir a mamá que me voy a quedar no más ¾murmuraba con labios desgobernados¾, que mañana tengo examen o me
duele algo. Yo quería ir sólo con ella para darle un besito, pero vamos a estar
con su amiga que es una bruja. Todos los chicos dicen que Fabiana es bonita. Me
han chismeado que el Freddy le ha rogado de rodillas que sea su chica, ella le
ha rebotado y el otro se ha puesto a lloriquear a moco tendido. Pero ese mamón
andaba diciendo que era su chica. ¿Y si ha sido?".
Se detiene en la
intersección de dos calles vacías, pero aguarda a que cambie el semáforo y
prosigue su marcha de dudas.
Hoy, como todos los
domingos a las tres, le tocaba salir con su papá. No se hizo ningún problema
cuando le contó que tenía que ir al cine con Fabiana. Le recomendó que se
cuidara. "¿Cuidarme de qué?", se preguntaba Marcelo. Le ofreció darle
unos pesos pero Marcelo no quiso. "Debía aceptarle ¾se arrepentía¾, así le invitaba algo a ella
después de la función".
Una de esas tardes, su
papá, acompañado de una amiga, lo llevó a comer hamburguesas. Sin que Marcelo
terminara la suya lo metió en el asiento trasero del auto igual que una maleta,
aceleró la máquina, se pasó semáforos en rojo. Marcelo puso los pies en el
suelo y él partió enseguida. Estaba ávido de comerse el postre. Claro que
Marcelo se da cuenta, tiene trece años, no trece días.
El anterior domingo, Marcelo llegó a las cuatro y media a su
casa, presionó el timbre siete veces; su mamá, envuelta en una toalla, la
cabellera goteando, abrió la puerta que comunica al jardín, dio dos pasos, le
hizo ademanes de que esperara, que iba a traer la llave de la verja y se entró,
pero el hijo tuvo que presionar el timbre de nuevo. Marcelo entró al baño:
estaba llenado de vapor, la ventana corrediza abierta, el espejo empañado,
había un mechón de vello atrapado en la rejilla de la tina.....
¾¿Qué ha pasado? ¿Por qué has
venido tan temprano? ¾inquirió ella.
¾Porque mi papá tenía que
supervisar un proyecto en el campo.
¾Sí claro, tiene que supervisar. Pero, ¡tan temprano has
vuelto, hijito!¾. Más que sorpresa, notó molestia en su voz.
¾Primero fui donde mi amigo, no
estaba.
¾Anda a comprar una Coca-Cola
familiar, fría ¾ordenó¾. No a la tienda de esta cuadra sino al almacén de
doña Lucha que queda... conoces ¿no?, un paquete pequeño de fideos en forma de
cadena, de esos que tanto te gustan, un maple de huevos grandes y unas galletas
o un helado para vos. Llevá un bolsón de la cocina.
Al regresar vio desde
la esquina que un jovenzuelo, visera crema y ajustada casaca a rayas que
modelaba unas espaldas anchas, cerraba la verja. Éste, que hubo reparado en
Marcelo, emprendió una marcha sigilosa.
“¡Hey!”, gritó
Marcelo, arrojando el encargo en una jardinera y, temiendo lo peor, corrió a su
casa.......
¾Mamá, ¿estas bien? ---dijo él,
ganando el dormitorio de ella.
----Muy bien.
----Un tipo ha salido de la casa.
¿No te diste cuenta?
¾No ¾repuso ella, inflexionando la voz.
¾!Pero si le he visto!
¾¡No grites!......... ¿En qué
momento? ¾y sentada frente al espejo de su
tocador, se pasaba el cepillo por el cabello que aún goteaba.
¾Hace ratito.
¾Eh... sí¾. Apretó el tubo que contenía
crema humectante con poder antiarrugas, un chorro ampo descendió perezosamente
a su palma y se ungió el antebrazo y el cuello, con la majestuosidad de una
Cleopatra. Se percató que el hijo todavía esperaba una explicación¾. Era el mensajero del banco que
me ha dejado un pagaré. Me voy a vestir hijito, sal.
Marcelo estaba a punto
de recriminarle: "mami, no he nacido ayer, por qué mientes"; quería
insultarla, convertirse en un hombre grande y obligarle a la fuerza a confesar
lo que había descubierto, zarandeándole de los brazos y arrojándola contra la
pared. Obedeció; salió en silencio escuchando su plácido tarareo. Tenía ganas
de encerrarse en su habitación y llorar. "Ya estoy bastante grandecito ¾se dijo¾, nadie me va hacer llorar".
Fue a recoger lo que había arrojado. Más de la mitad de los huevos yacían
reventados sobre un pasto cortado al ras.
La mamá deseaba un
muñeco nuevo que la divirtiera y no se cansara nunca. Ese cumplía todas las
exigencias.
Toma la avenida que
lleva al parque.
Tras una prolongada
separación, sus papás se divorciaron cuando tenía cinco años. Se llevaban mal y
reñían peor, se echaban en cara que les habían obligado a casarse a temprana
edad; él se arrepentía diciendo que antes era libre y feliz y ella se
arrepentía diciendo que antes era libre y feliz.
"No han querido darme
un hermano ¾deducía Marcelo y le preocupaba un futuro remoto¾. Tengo miedo que cuando Fabiana
sea mi esposa discutamos por zonceras. Me ha dicho que ya no va seguir en su
liceo de señoritas, que tal vez este año se cambie a mi cole. Si es así, va a
entrar en mi curso. ¿Y si está en el mismo color y no en el paralelo? Sería
mejor, así la vería todo el día, pero ¿si la molestan mis compañeros? Hay uno
en mi curso, Alfio, que ya ha tenido varias chicas, es buen alumno, ella es
linda y ¿si él le gusta? De sólo imaginarlo ya me da bronca. Quisiera estar
toda mi vida con ella pero pueden ocurrir tantas cosas..."
Dos de la tarde, llega
puntualmente. "Si no hay timbre, me voy". Recorre la puerta con los ojos, en la jamba
advierte un papelito plastificado, se acerca: timbre.
Restrega la sudación
de las manos en las perneras de su blue
jean, mira a todos lados, no sabe qué hacer, no se decide.
¾Fabiana, Fabiana ¾pronuncia débilmente.
"No viene, me
voy. No, no; toca el timbre, si se tarda, te vas. No seas maricón"
Tin ton
tin ton.
"Ya voy",
escucha desde adentro. Un ramalazo trepa a su frente, le asaltan picores por
toda la espalda.
"Que no venga,
que se quede ahí, que salga su papá y que me diga que no esta..... Tengo tanto
miedo....... No quiero que sea la chica del Alfio, ni de él ni de otro, ni de
nadie más que de mí. No....... !quisiera matarla!, matarla para que nadie la
vea, ni la toque, ni se case con ella, para que no sea como mi mamá, para que
no se enamore más que de mi, quisiera matarla, matarla y después matarme, un
hachazo, dos, tres, cuatro hachazos... " Y se veía partiendo en pedazos a
Fabiana sobre un lecho conyugal deshonrado; Marcelo siendo llevado por policías
a la comisaría, cubierta la cabeza con un camisón salpicado de sangre.....pasando
tardes oscuras en una celda, arrepintiéndose por el resto de sus días de aquél
domingo maldito en que fue a recoger a Fabiana para llevarla al cine......
Aparece en el umbral
la amiga de Fabiana, Marcelo no puede contener un ligero mohín al verla y baja
la cabeza avergonzado. Mira las losas de cemento en la vereda, reventadas por
las salvajes raíces de un paraíso; el sumidero de seis huecos en la esquina,
recibiendo un arroyito de agua y detergente provocado por el vecino que lava su
carro; el espejo empañado, la ventana corrediza entreabierta, el mechón de
vellos atrapado en la rejilla de la tina, escucha el tarareo insufrible de su
mamá, le envuelve un sofocamiento.....
¾¿Vamos?
¾!Ah! Hola, Fabiana ¾Marcelo sonríe con aire tonto¾.Vámonos.
Los tres caminan
presurosos por callejas empinadas y vacías, sin decirse palabra. El sol
proyecta sus cuerpos en sombras filosas.
Mientras los tres
asisten a una comedia, el papá besa a su amante, la mamá recibe a su muñeco y
él no puede reprimir la manía de matar a su primera novia.
Gira la cabeza, la ve
hermosa en un perfil alternado por fogonazos de blanco y negro; intenta tomar su mano...
Terapia para una mujer adolescente
Debo
decirte, Marcia, que no tienes idea de nada, todavía. Aprende a manejar tu
ansiedad, sino además de las uñas, vas a comerte los dedos y los brazos. Tienes
depresión, repites; una cosa es la tristeza, y otra, muy diferente, la
depresión. La depresión es un estado emocional muy delicado, hay que manejarlo
con pinzas y si no se interviene a tiempo con terapia, te matas, Marcia.
Disculpa que sea tajante y severo. Respeto mi oficio y a mis pacientes y no empleo
eufemismos; el que da un diagnóstico debe ser claro y preciso.
Debo
decirte, Marcia, que no tienes que sentir empatía hacía mí. La relación
paciente-médico debe mantener un código estrictamente profesional; si te
identificaras conmigo hay el riesgo que te enamores y eso no lo puedo permitir
de ninguna manera, bajo ningún concepto. Escúchame, no, no, escúchame. He aquí
algunos impedimentos insalvables: tienes 17 yo 34, te doblo la edad, estoy
satisfactoriamente casado, soy padre de dos lindas hijas y el más importante ¾aquí
habla el hombre, no el profesional¾ no me gustas, creo que el último es más que suficiente. No
eres mi tipo.
Debo
decirte Marcia, que no creo en el Dios cristiano. Para mí Dios es Freud. El
retrato frente al diván que ves en la pared, enmarcado con caoba, es Freud
inclinado levemente a su derecha, anciano ya, rostro seco, mirada hipnótica,
anteojos gruesos y redondos, barba cana y pipa en mano; ese es el ícono ante el
cual me arrodillo y persigno cada tarde llegando a mi consultorio para atender
a pacientes que sufren manías originadas por pulsiones sexuales y vacíos
existenciales causados por la ausencia del padre; en otras palabras, tu caso.
El viejo Freud enamoraba a sus pacientes histéricas, pero si habría que
perdonar a alguien por la falta sería a él; a él se le podía otorgar la
licencia de tirar una canita al aire, es el inventor del Psicoanálisis, más
respeto. Tenía una adicción: cocaína, fue uno de los primeros ilustres
cocainómanos de la historia. (Nunca lo olvides Marcia, toda adicción es dañosa
y no estoy justificando que Freud enamorara a sus pacientes histéricas y jalara
coca para mitigar, vaya paradoja, sus continuas depresiones. A propósito de
adicciones, no comas tanto chocolate, tienes más redondas las mejillas y tu silueta
ya no es tan fina. Temo te vuelvas bulímica).
No,
no, no, un momentito, momenti... no a ver a ver, tranquila, tranquila, a eso
voy..., déjame.... Qué... ¿me dejas hablar?.... Debo decirte Marcia, que no
tienes que culpar a tus padres. Ellos son comprensivos e hicieron muy bien en
mandarte a mí y cancelar regularmente las sesiones terapéuticas (las cuales no
son módicas, pero los resultados saltan a la vista, creo que hoy eres, a pesar
de todo, menos vulnerable que la chiquilla que entró temblando a mi consultorio
hará dos años). Si bien tus padres tienen dinero para cubrir la terapia, no
todos los padres se preocupan de esa manera por sus hijos ni están dispuestos a
gastar ¾no, no a gastar¾, a invertir un monto por la salud mental y el bienestar de sus
seres queridos. Eso demuestra el amor que te profesan, de lo contrario, podrían
hablarte horas y horas, pero tú requieres con urgencia de tratamiento
especializado, de un experto.
Debo
decirte Marcia, atiéndeme, que me puedes llamar a cualquier hora; mi esposa no
es celosa, conoce los gajes de mi oficio, sabe quién eres y siempre me pregunta
por ti para estar al tanto de los avances de la terapia. Me dijo que las
presente, ella siente curiosidad por saber cómo eres. No, no le conté detalles.
¿Estas deprimida?, eso es grave, muy grave. No quiero que se me culpe de un
suicidio, y sea yo el único responsable de tirar mi prestigio profesional al
tacho, así que no hay inconveniente en asignarte sesiones extras siempre y
cuando me canceles puntualmente por el servicio. ¿Qué querías, atención
gratuita?
Debo
decirte, Marcia, sí, debo decirte, que ha sido sano que terminaras abruptamente
con Juancho. Era excesivamente celoso, te metía cuernos ni bien te dabas la
vuelta y no tenía modales para comer, cuanto más hamburguesas y helados le
costearas, dichoso él. Hiciste bien en seguir mis consejos. El constituía
una experiencia francamente negativa; el
daño causado habría tenido largo efecto y difícil tratamiento; considerando tus
debilidades, este chico era.... lo que te dije: la diferencia entre el remedio
y el veneno es la dosis, tal se infiere de la máxima de Paracelsus: “Todas las
cosas son veneno, y no hay nada que no lo contenga; solo la dosis hace que algo
no sea venenoso”. Espero lo tengas presente. Siempre hay que buscar, como
señala Aristóteles, el justo medio, todo extremo es pernicioso.
Te
veo menos infantil y eso me alegra, te veo más segura y eso me alegra, aún así,
creo que no tienes idea de nada, todavía. Me dijiste que pensabas estudiar
Psicología en la
Universidad. Estudiando Psicología ¿quieres ser tu propio
médico y al fin sanarte y sanar al mundo? No cargues con los pecados del mundo,
Marcia. No asumas las faltas de tus
padres. Estudiar algo para sanarse a sí mismo es una falacia, un autoengaño.
Imagínate a un hombre que estudiara oncología padeciendo cáncer terminal, antes
que acabara su carrera estaría tres metros bajo tierra. Hay que mantener
distancia, ser objetivo con uno mismo. Yo no estudié Psicología para mejorar al
mundo.
En
resumen esto es lo que debo decirte; ya te lo dije cien veces. Tranquila, no te
ahogues en un vaso de agua, cuéntame todo a mí, yo sé manejar la situación, si
hay algo que no me hayas dicho, dilo ahora; una vez dijiste que yo era la única
persona en quien podías confiar. Evalúo que estamos yendo bien. Es
reconfortante escuchar de tu propia voz que estás mejor. He sido una luz en tu vida, dices, pero cuidado ah,
cuidado, no me tomes cariño. Disculpa la cara que puse al escuchar de ti que yo
hablaba muy seguro, con frases musicales y que te gustaba mi paletó verde
oscuro. Modérate, Marcia, soy un psicólogo, no un galán, debes guardarte los
halagos para los noviecitos.
¿Qué?
¿Qué pienso de todo esto? ¿Quieres saberlo?
Estoy
enamorado de vos. Intensa, aceleradamente enamorado. He cometido el error de no
pasar por alto tu bella mirada triste. El que no tiene idea de nada, todavía,
soy yo. A ver, a ver, nos organizaremos, por donde habría que empezar.
Odio
a Freud. Odio su teoría de la líbido y la mitología sexual inscrita en ella.
Las categorías del yo, el súper yo y el ello no son gran cosa. Prefiero a Jung
o a Piaget pero ahí lo ves a Freud en mi consultorio porque ese señor es tan
popular y accesible, un cliché que si no lo uso pierdo pacientes, amistades y
conversación. Esa es la verdad de la milonga, Marcia. El Chiste y su Relación con el Inconsciente es uno de los libros más
sosos y perogrullos que he leído en toda mi vida; cualquier revista de
Condorito es más interesante, pero digo Freud aquí, Freud allá. Creo que Freud
no es ningún genio. Esa es mi opinión y la puedo sustentar (nunca lo hago, ji,
ji). Ese respetable drogadicto enamoraba a sus pacientes histéricas y se
acostaba con ellas y en sus escritos predicaba la relación estrictamente
profesional que debe a toda costa conservarse entre paciente y médico. ¡Vaya
profesional el Freud¡
¿Qué
más? ¿Qué más? ¿Te dije que estoy perramente enamorado de vos? Soy un charlatán
tremendo. Tengo una paciente, Lupe Chavez, que no ha faltado a una sola sesión
y lo único que hemos hecho en cinco años de terapia es hablar de pavadas y no
me he aprovechado; me explico, nunca me he acostado con ella porque es gorda y
fea y no porque esté casada en segundas nupcias, tenga una hija con uno y dos
hijos con otro. Está enamorada de mí, me presta dinero y no duda en colaborarme
económicamente cuando le pido. Ha entrado a la Universidad a estudiar Psicología, cree que no es tarde,
tiene 43 años.
Asisto
a misa los domingos de doce a una. Soy católico de nacimiento y mi esposa me
obliga a continuar siendo. Creo en Dios, en general cumplo las órdenes de la Iglesia Católica
y tengo tres santos favoritos, pero no soy dogmático.
Soy
sutilmente dominado por mi esposa. Ella se irritaba cuando llamabas a casa para
conversar conmigo. “¿Esa niña no se estará enamorado de vos?”, inquiría. “No mi
amor, es una paciente complicada, ya dejará de llamar”. ¡Y qué rápido dejaste
de llamar!
Marcia,
¿qué hacías con el dinero que te daban tus papás para cancelar las sesiones,
¿te comprabas ropa?, ¿costeabas helados y hamburguesas al Juancho? Mentías: “mi
papá no me ha dejado plata, se habrá olvidado”. “No hay lío, el dinero no es
importante”, y de verdad no era importante con tal de que acostaras en el diván
y me relataras tus problemas y yo que veía disimuladamente el pezón apretado
por tu blusa y yo que refrenaba unas ganas locas de lanzarme contra vos.
¿Cuánto
tuviera que haberte cobrado por esas sesiones extras en un café o una plazuela?
De haber querido te hubiera sacado una chorrera de plata y tú ni lo habrías
notado, Marcia.
¿Que
Juancho era mala compañía? De ninguna manera. De haber continuado la relación
con él, estimo que habrías conocido mejor a las personas y evitar en lo futuro
toparte con canallas de ese estilo, siempre y cuando yo hubiera asesorado y no
intervenido interesadamente. He perjudicado tu desarrollo en este acápite.
Nunca te pude sonsacar si habías tenido relaciones sexuales con él o con un
otro novio anterior. De sexo me hablaste poco, vaguedades, nada revelador. ¡Qué
decepcionante¡ Intenté abordar el tema de todas formas y fracasé.
¿Que
estás deprimida, piensas matarte, quieres morir? ¿Que no aguantas la situación?
¿Y quién no ha pensado alguna vez en matarse? Hasta Jesucristo pensó en morir y
dejó que lo maten. Ya sé, ya sé, lo hizo por nosotros. A él como a nosotros lo
abrumó la horrible realidad. Sí, ya sé que resucitó. Se te va a pasar, eres
adolescente, eso es todo. Necesitas, necesitabas de alguien que te escuche, de
un amigo. No es por echarme flores, pero te he ayudado, te has vuelto cínica y
tu hiperestesia ha disminuido.
¿Qué
tus papás son comprensivos y se preocupan por ti? Mentira. Son egoístas. En
lugar de conversar contigo media hora al día prefirieron pagarte el psicólogo,
si hablaran con vos no me hubieras necesitado. No tienen tiempo para vos. Tus padres se distinguen de otros porque
disponen de mucho dinero, por lo demás, son igual de ocupados en sí mismos.
¿Por
qué ya no me llamas? Sé porque ya no me llamas. Tienes un nuevo novio y por lo
visto estas enamorada de él. Llamé a tu amiga fingiendo estar preocupado por tu
ausencia. Ella me chismeó que salías con un tal Toño y que ese Toño era un
payaso que te hacía reír cada siete segundos. ¿De qué podrían hablar dos
idiotas como tú y Toño? Le dije que era indispensable continuar las sesiones,
en caso de que te viniera una depresión no sé que haríamos. De seguro tienes
sexo con Toño, y temo que del bueno. De otro modo no se explica tu ausencia, él
ha calmado tu histeria. No te olvides de tomar píldoras anticonceptivas. Soy
católico, pero defiendo los métodos anticonceptivos y a vos te recomendé que
cuando tuvieras relaciones con alguien usaras alguno. Dije que cuando empezaras
a tener relaciones sexuales con una persona madura, madura recalqué. Mi inconsciente me jugó una mala pasada (Jí, jí,
qué imbécil). Marcia, tantas cosas que hubieras aprendido a mi lado, me habría
concentrado en tu mayor placer y no en el mío.
Te
hubiera enfermado con estratagemas retóricos hasta convertirte en mi
dependiente, pero me arrasó tu inmensa mirada y ya ves, me has abandonado
cuando has querido. No me invitaste a tu graduación, ingrata.
Pensé
en chantajearte: si no aceptabas mi amor le contaría a tu padre cuánto lo
odias, las maravillas que hablabas de él y que sabías de las constantes
infidelidades de él hacia tu madre. No lo hice, no lo haré. Quería hacer que
odiaras más a tu padre para que yo lo suplante. Quería convertirte en mi
esclava sentimental. No tuve el carácter, me venció tu mirada.
Si
supieras cómo esperaba tus llamadas. Pretextaba una emergencia, abandonaba mis
clases en la universidad, lo que estaba haciendo, a otros pacientes, con tal de
verte. Si me esperabas en una de esas plazuelas del centro de la ciudad en las
que solías citarme, corría a la calle gritando ¡Taxiiiii! ¡Taxiiiii! Porque
hubiera perdido minutos en recoger mi auto del estacionamiento y si había
embotellamiento de vehículos me bajaba y corría hacia vos, agarrando el celular
en una mano. Luego de haber hablado con tono pontífico y secado tus lágrimas,
te compraba una caja de chocolates. Tenía terror de no encontrarte cuando
llegara y me costaba controlar el jadeo por el trajín. Decías que no te gustaba
mi consultorio, lo comprendo, es frío, parcamente decorado y con poca luz. Hice
algunos retoques para que se viera acogedor y romántico. No ayudó.
Marcia,
te has aprovechado de mí.
Fingiendo
lo contrario, te dije que no me halagaras por mi paletó, mis anteojos de
montura transparente y mis maneras. Luego de las sesiones era tal el cansancio
producido por la actuación, que me quitaba el paletó, desanudaba la corbata y
me acostaba en el diván para relajarme y recobrar aliento.
¿Qué
más, qué más? ¿Que no comas tantos chocolates? ¿Cuidado con la figura? ¡Nooooo!
Tu constitución delgada no se va a modificar aunque te tragues un kilo de
chocolate por día, y es preferible que seas adicta al cacao que a la cocaína,
te lo dice alguien que reincidió ¾pongámoslo en términos médicos¾
en el uso intranasal del alcaloide porque una linda muchachita cuyo nombre
jamás olvidará se cansó de ir al consultorio para relatar sus penas y
desventuras vulgares. La coca me daba la sensación de ser de tu edad, no pasaba
hambre, no me veía las canas que se multiplicaban en mi cabellera, podía correr
sin cansarme por las cuadras colmadas de carros y llegar en poco tiempo hacia
vos. ¿Sabes quién me conseguía coca con su dinero? Mi paciente, la gorda Lupe
Chavez. Adelgacé, algo bueno tenía que haber traído la coca. Puedo controlarla,
no te preocupes. Estoy trotando todos los sábados, a más trote, menos coca.
Tengo
36, dos años más que el doble de tu edad. Tengo cuatro lapiceros negros y uno
azul, un cuaderno con espiral, un gogó, una foto tuya en tamaño carnet. Te
extraño. Te sueño.
Escribo
y leo esto en voz alta para desahogarme, para confesar y curarme de este amor
enfermizo.
Leo
a gritos.
He
regado todas las macetas de mi casa. Hoy troté doce kilómetros sin pausas. Hoy
fui al gimnasio y alcé pesas. Me duelen los brazos y las piernas.
Me
voy a olvidar pronto de vos, Marcia. No puedo enamorarme de vos: grito a todo
pulmón: ¡¡¡No puedo enamorarme de vos. Es incorrecto, antiético, imposible. No
debo, no puedo enamorarme!!!
Voy a echarme en el sofá del living y dormir
cuarenta minutos. Esta sesión ha sido efectiva. Me acuesto en el sofá. Ahora
sí, ahora sí, me siento aliviado. Me siento mejor, estoy mucho mejor, doctor.