por Michelle Cien (seudónimo)
Iván se echó hacia atrás en la cama, apoyando su espalda contra la pared. Aterrorizado, notó como los músculos de su cuerpo se tensaban y el vello de su nuca se erizaba. El ruido de una puerta le había despertado hacía unos segundos. Pensó que se trataría de Vanessa, que de camino al trabajo se había dado cuenta de que olvidaba algo en casa y volvía a buscarlo. Pero en su lugar fue otra mujer la que entró en su habitación. Una mujer que él conocía muy bien.
_¡Myriam!
_Iván...
La voz de Myriam sonaba cálida, llena de dulzura. Su rostro era todo bondad, ternura,. Sus ojos brillaban llenos de amor. A medida que ella avanzaba hacia la cama, Iván se sintió más y más horrorizado.
_Iván... cariño... mi vida... ¿Cómo estás?
Myriam se sentó sobre la cama, junto a Iván, y con sus manos cogió la mano derecha de él. Iván intentó apartarla, pero su cuerpo había dejado de responderle.
_Mi amor, ¿te encuentras bien?_ insistió Myriam. El silencio de Iván comenzaba a inquietarle_. ¿Estás bien?
_¿Quién eres?
_¿Qué? ¿Cómo que quién eres?
_¿Eres tú? ¿Myriam?
_Sí mi amor, soy yo. ¿Es que no me ves?
_Sí, sí te... ¡te veo!
_He venido a buscarte. Te echo de menos. ¿Tú no me echas de menos, Iván?
_Pues... Sí, Myriam, sí, claro que te echo de menos.
Myriam se puso en pie. Había detectado el tono dubitativo en la voz de Iván, y no le gustaba.
_Está bien_ dijo_. Soy fuerte. Puedo soportar la verdad, así que sé sincero conmigo, ¿vale?. Por todo lo que hemos compartido. Por todas las cosas que hemos vivido juntos. ¿Serás sincero conmigo?
Iván asintió nerviosamente.
_¿Lo serás, de verdad?_ insistió ella.
_Sí.
_Entonces vamos a... voy a preguntártelo otra vez, ¿vale? Y no dudes. No tiene sentido que dudes. Dime lo que sientas de verdad. Quiero la verdad. ¿Me echas de menos?
Iván no supo qué decir. No podía concentrarse. De repente había perdido su anclaje con la realidad. Se aferró a la cama, buscando algo sobre lo que no tuviera ninguna duda. No sabía si hacerle caso a sus sentidos. Peor: sabía que no debía hacerle caso a sus sentidos. ¿Era normal que tuviera miedo? ¿Era normal que Myriam estuviera hablando con él con toda naturalidad, después de siete años? ¿Era normal que Myriam hubiera ido a verle?
_Myriam..._ dijo al fin_ Myriam, ¿qué es esto?
_¿Esto? ¿Qué es qué?
_¿Qué haces aquí?
_¿Que qué hago?_ La paciencia de Myriam comenzaba a agotarse_. ¡¿Que qué hago?! ¡Te estoy haciendo una pregunta, joder!
_Pero...
_¿Me echas de menos, Iván? Sólo respóndeme. Aunque bueno, creo que ya me estás respondiendo con todo este rodeo, ¿no? Creo que ya empizo a tenerlo bastante claro.
Iván sentía que iba a desmayarse. La habitación encogía de tamaño, pero la figura de Myriam, a los pies de la cama, parecía hacerse más y más grande, robándole espacio, dejándole sin aire, empujándole contra la pared. Y entonces el rostro de Myriam cambió, convirtiéndose en algo monstruoso, en una versión grotesca de la Myriam que él había conocido.
_¡¡¿Me has echado de menos?!!_ gritó ella, saltando sobre la cama y colocando su cara a la altura de la de él.
_Sí Myriam_ dijo Iván, sin saber muy bien de dónde salía su voz_. Claro que sí. Te he echado de menos. He pensado mucho en ti.
_Entonces_ dijo ella, y su rostro volvió a cambiar para llenarse de tristeza_ hay una cosa que no entiendo. Si me has echado de menos, ¿por qué te has casado con ella?
Myriam señaló la foto que reposaba sobre la mesita de noche. Iván y Vanessa se abrazaban frente al puente Golden Gate. Un turista japonés les había tomado aquella fotografía hacía once meses, durante su viaje de luna de miel.
_Myriam, tú... tú no estabas. ¿Qué querías que hiciera?
_¿Pero es que no me querías?_ dijo ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas, densas y amargas, que resbalaron por sus mejillas.
_Te quería, Myriam, pero... ¡Pasaron seis años!
_¿Seis años? ¡¿Seis años?! ¿No decías que nuestro amor era para siempre?
_Pero Myriam...
_¡¿No decías que nuestro amor era para siempre?!
_No sé qué quieres que te diga. No pensé que tú... Creía que nunca volvería a verte. Yo no pensé que tú... que tú volverías.
_Pues he vuelto.
Myrima volvió a ponerse en pie. La tristeza dio paso al enfado. Iván la miró en silencio, aún envuelto en su propia confusión.
_¿Qué?_ dijo ella_ ¿No tienes nada que decir?
_Nunca pensé que volvería a verte.
_Ah, claro, ahora es culpa mía, ¿no? Tendría que haber vuelto antes.
_Yo sólo digo que fueron seis años. Pensé en ti durante mucho tiempo. De verdad, de verdad que pensé en ti. Puedes preguntárselo a todo el mundo. Pero Myrim... no podía estancarme en el pasado. Tú ya no estabas.
_Pues ahora estoy. He vuelto. He vuelto tarde, sí, vale, no te lo voy a negar, y puedes echármelo en cara. Pero he vuelto, mírame. He vuelto a por ti, porque te quiero, porque te echaba de menos. Yo sí que te echaba de menos. Y ahora qué he vuelto, ¿cómo están las cosas?_ De nuevo el rostro de Myriam se volvió monstruoso, terrible_ Pues las cosas están mal. Están muy mal, porque mi amor, mi vida, la persona que juró quererme para siempre, está con otra mujer. ¡Con otra mujer! ¿Quiere eso decir que me has echado de menos, Iván? Yo creo que no. Yo creo que cada vez que follas con ella no me echas de menos, Iván. Yo creo que cada vez que la abrazas o la besas, cada momento que convives con ella, no me estás echando de menos. ¿Y sabes cuándo te echo yo de menos a ti, Iván? A ver si aciertas esta respuesta. ¿Sabes cuándo pienso en ti?
_Siempre_ murmuró él.
_¡Exacto, siempre! ¡¡Siempre!!
Iván agachó la cabeza hasta casi tocar el pecho con la barbilla. La situación comenzaba a sobrepasarle. Algo en su interior le decía que debía cerrar los ojos, olvidar, ignorar aquella ensoñación enfermiza de sus sentidos. Pero el peso de la culpa, que le atenazaba el pecho como si sus costillas se hubieran convertido en plomo, ahogaba las pocas fuerzas que le quedaban. Abatido por el arrepentimiento y la impotencia, Iván se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar desconsoladamente.
Las manos de Myriam, cálidas y reconfortantes, se posaron en sus hombros. Myriam había vuelto a sentarse en la cama junto a él. Cuando Iván abrió los ojos vio ante sí a la mujer de la que se había enamorado hacía mucho tiempo. La mujer más bella que jamás había conocido. Y en su regazo, un enorme cuchillo de cocina.
_Yo no quería irme sola_ dijo ella_. No tendría que haberme ido sola. Tendríamos que haber estado juntos, los dos. Aquí o allí, siempre juntos.
Iván asintió.
_Pero hemos estado separados_ siguió ella_.Y me duele. Nuestras vidas se han roto. Tú casi me has olvidado.
_Yo no...
_No pasa nada, mi amor. Te perdono, porque sé que en el fondo me quieres.
Myriam le entregó el cuchillo, cerrando la mano derecha de él sobre el mango. Luego le besó en los labios, un beso tenue, casi una brizna de aire, y con los ojos empapados en lágrimas dijo:
_Ven conmigo, por favor. Te quiero.
Iván levantó el cuchillo y lo contempló con detenimiento. El rostro implorante de Myriam se reflajaba en su hoja. Myriam, tan bella como la recordaba. Con ella había compartido algunos de los momentos más importantes de su vida. Y era verdad que la amaba. De hecho eso era lo único que, de repente, le parecía verdad. Myriam lo era todo para él. Myriam era todo.
_Mi amor, yo... _dijo.
_¿No vas a hacerlo?_ preguntó ella, la mirada convertida en una súplica.
_Voy a hacerlo, sí. Nunca debí dejarte sola. Nunca debí aparteme de ti. Pero es que... tengo que decirte algo_. Cerró los ojos y suspiró, buscando en sus recuperados sentimientos hacia Myriam la fuerza necesaria para acometer lo que estaba apunto de hacer_. ¿Recuerdas la noche del accidente?
_Por desgracia, sí.
_¿Recuerdas que yo iba a acompañarte a casa de tus padres pero al final dije que iría más tarde, que me habían llamado de la oficina? ¿Te acuerdas?
Myriam asintió.
_La verdad es que no fui contigo en el coche porque... porque sabía lo que iba a pasar. Yo sabía que los frenos del coche no funcionaban bien_. Hizo una pausa para ignorar la sensación de náuseas que subía desde su estómago y añadió: _Yo los truqué.
Myriam abrió la boca, horrorizada.
_No podía seguir así, Myriam, mi amor. ¡Sentía que me estabas asfixiando! ¡No me dejabas ser yo mismo! ¿Has visto todo lo que he hecho en este tiempo? Desde que tú... desde que te fuiste he prosperado. Tengo un trabajo mejor. También he vuelto a componer. A Vanessa le gusta mi música. Y he dejado de fumar. ¿Recuerdas que siempre quería dejar de fumar, pero me costaba hacerlo porque tú no querías dejarlo? Ahora ya no fumo. ¿Pero sabes qué, Myriam? Que te he echado de menos, y te juro por Dios que es verdad, que cada día desde que te fuiste he pensado en ti, y he añorado tus brazos y tus besos, y estar contigo. Ahora me doy cuenta de mi error. ¿En qué he convertido mi vida? ¿Por qué he traicionado todo en lo que tú y yo creíamos? ¿De verdad ha merecido la pena? Yo sólo sé... que ahora que has vuelto, no quiero volver a estar sin ti.
Iván acercó su mano izquierda a la cara de Myriam, esperando limpiar las lágrimas de sus mejillas.
_No quiero que llores_ dijo.
Pero ella se echó hacia atrás. Con mucho esfuerzo, como si le faltara le aire, Myriam se puso en pie. Se apoyó en la pared para evitar desplomarse.
_¿Qué me has echo, Iván?
_Te quiero_ dijo él, poniéndose en pie. Su mano derecha aún asía el cuchillo de cocina.
_Yo también te quiero_ dijo Myriam. Su figura se diluía, como un castillo de arena azotado por el agua_. Yo también te quiero.
Iván se quedó sólo en la habitación. Estaba desnudo, y el frío del suelo se aferró a sus pies al instante. Se puso una de las batas de Vanessa que colgaban detrás de la puerta y fue hacia la cocina. Abrió el cajón de los cubiertos. Sintiéndose desgraciado, volvió a dejar el cuchillo que Myriam le había entregado.
La joven de mármol
Un enorme y frondoso jardín rodeaba el pequeño camino que iba desde la verja hasta la entrada principal de la casa. Se trataba de una construcción de 1815, una casa altiva, hostentosa, que se atrevía a disputarle magnificencia a la colina que irrumpía en el paisaje más allá del río. Pero aunque no pudo evitar contemplarla con muda admiración durante dos largos minutos, a Sergei no le interesaba la casa. Le interesaba el jardín, y, para ser más exactos, algo que se hallaba en él.
En el lado este del jardín, entre azaleas y jazmines, y a la sombra de un sauce que decían era tan viejo como la propia casa, descansaba una estatua de mármol blanco. Vestida con una túnica que apenas cubría su desnudez, una joven miraba al cielo anhelante, como si esperara la llegada de algo o alguien. Su rostro se adornaba con una expresión magníficamente contradictoria, una mezcla de placer y sufrimiento, de tristeza y felicidad extremas. ¿Lloraba, o acaso reía? Sergei no podía saberlo. Hubiera deseado que la mujer de mármol no estuviera congelada en el tiempo. Que pudiera moverse y hablar. Que pudiera darle alguna pista sobre qué hacía allí mirando al cielo, o, en definitiva, cómo se sentía o quien era ella.
Contemplando el rostro de la joven de cerca, a Sergei le vino a la mente una estatua de Bernini que había visto años atrás en Roma: una monja sumida en un éxtasis divino que resultaba erótico, mágico y desgarrador. De alguna forma ésas eran cualidades que la escultura de Bernini compartía con la joven del jardín. Su figura resultaba tan sensual como imposible, el mármol inerte emanaba vida. Aunque eso era precisamente lo que la delataba. Ninguna mujer, ningún ser humano, poseía ese aura casi divina. Ella, en definitiva, no era real.
Sergei caminó en círculos alrededor de la estatua, observándola con detenimiento. No quería que nada escapara a su percepción. Las comisuras de los labios, los dedos de los pies, los pliegues de la ropa, la delicada curva de sus pantorrillas. Todo era bello. Todo era perfecto. Ella era sublime en cada pequeño detalle de su superficie.
Por desgracia, pensó Sergei, las estatuas son sólo eso. Superficie.
_No se cansa uno de mirarla, ¿verdad?
Sergei se volvió para descubrir quién había hablado. Desde el camino que atravesaba el jardín se le acercaba un anciano de larga melena cubierta de canas y una barba igualmente blanca e irsuta. Sergei reconoció a Adam Johnson, el dueño de la casa y el jardín y, por tanto, también de la estatua.
_Buenas tardes señor Johnson.
_Pase. Ya tengo listos lo papeles.
Sergei siguió a Adam Johnson hasta el interior de la casa. Mientras el anciano preparaba un té, Sergei se fijó en la decoración de la estancia, exactamente la que cabría esperar de una casa como aquella. Las paredes, pintadas de un cálido naranja asalmonado, estaban repletas de cuadros. La mayoría de ellos mostraban escenas de la naturaleza, casi siempre protagonizadas por ciervos. Al fondo de la estancia había un butacón de madera de aspecto antiguo. Sergei no tardó en darse cuenta de que, sentado en el butacón, uno tendría frente a sí la única ventana de la estancia orientada al sur. Como si se tratara de un cuadro más, la ventana era el marco perfecto para contemplar a la joven de mármol. La dulce joven, con sus brazos extendidos hacia el cielo.
Adam Johnson regresó con dos tazas de té y una carpeta. Mientras charlaban sobre la casa y el clima en aquella parte del país, Sergei firmó los papeles de compra que le acreditaban como el nuevo dueño de la estatua del jardín.
_¿Y qué sabe usted del escultor?_ preguntó Sergei. Adam Johnson, que en ese momento recogía las tazas vacías, decidió cambiar de tema.
_Vaya, perdone que no le haya ofrecido nada de comer. ¿Le gustan las galletas? Suelo comprar unas galletas artesanales de chocolate y coco que son una delicia. Seguro que me quedan.
_Oh, no, de verdad, no se moleste. Gracias, pero no me apetecen. Le preguntaba, señor Johnson, que qué sabe usted del autor de la estatua.
_Pues..._. Adam Johnson se acarició pensativo la larga barba blanca y se sentó de nuevo frente a Sergei, volviendo a dejar las tazas vacías sobre la mesa_. ¿Qué es lo que sabe usted?
_La verdad es que poco. No hay mucha información sobre Schwager. Dicen que nació en un pequeño pueblo cerca de Brujas, hijo único de una familia rica dedicada al téxtil. Al parecer quedó impresionado cuando, en su juventud, descubrió la obra de los escultores italianos del Renacimiento, y abandonó su hogar para convertirse en artista. Enfurecido con su hijo por abandonar el negocio familiar, Schwager padre pagó a un matón para que le rompiera las manos a su hijo, convencido de que éste, al perder la pericia necesaria para ser un buen escultor, volvería a trabajar junto a él. Pero Schwager quería crear, al menos, una estatua, y dicen que se recluyó en su taller durante un año, tiempo que tardó en..._ Sergei se volvió y señaló con el mentón hacia el jardín_ ...en hacerla a ella. Dicen que el dolor que le producía sujetar el cincel y el martillo, golpeando una y otra vez en el mármol, era tan intenso que ni el opio podía hacerlo desaparecer. Finalmente, enloquecido por el dolor, Schwager se suicidó el mismo día que acabó la escultura.
El anciano asintió, sus ojos entrecerrados mientras se mesaba la barba con actitud pensativa. Sergei de repente se sintió estúpido, convencido de que Adam Johnson conocía bien aquella historia y no necesitaba que un joven presuntuoso que se consideraba un entendido en la estatua se la explicara de nuevo.
_Es una historia triste_ dijo Adam Johnson. Se puso en pie y caminó hacia la venana_. Está llena de misterio y de drama, y contiene cierto mensaje de... de superación. De autosacrificio. Es perfecta.
Durante unos segundos el anciano dejó que su mente se perdiera en la visión de la escultura. Las nubes del atardecer comenzaban a teñirse de tonos rosados. Parecía que el Sol se pusiera sólo para ella.
Al fin el anciano se volvió hacia Sergei y dijo:
_Me siento orgulloso de haberla inventado.
_¿Cómo dice?_ preguntó Sergei, que no acababa de entender aquella última frase.
_La historia, la historia de Schwager. Es falsa. El propio Schwager lo es. Nunca existió.
_¡¿Qué?!
_Sin embargo_ habló Adam Johnson mientras volvía a sentarse frente a Sergei_, lo que más me ha hecho disfrutar es ver como la historia crecía por su cuenta. A lo largo de los años se le añadieron nuevos matices, como el hecho de que Schwager se suicidó justo después de acabar su obra, presa del dolor. En la versión original, la que empecé a contar hace más de cuarenta años, Schwager volvía a trabajar con su padre tras haber acabado la estatua. Cada noche bajaba al sótano, donde guardaba a la joven de mármol bajo una sábana, y pasaba horas hablando con ella o simplemente mirándola, hasta que, diez años después, no pudo soportar la vida que estaba obligado a llevar y se suicidó.
_¿Pero qué está diciendo?
_Siempre me he preguntado_ prosiguió el anciano, ignorando a Sergei_ si los cambios en la historia original los introdujo alguien involuntariamente (quizás porque la entendió mal cuando se la explicaron) o fue algo hecho de forma consciente, para hacer el personaje de Schwager más interesante.
_Señor Johnson_ dijo Sergei, dotando su voz de un tono grave que demandaba atención_ no sé que es lo que intenta decirme. ¿La historia de Schwager es mentira? ¿Usted la inventó?
_Hará unos cuarenta años.
_Pero... ¿por qué? ¿Quién es el verdadero autor de la estatua?
Adam Johnson cerrólos ojos y sonrió, dejando que los recuerdos acudieran a su mente.
_¿Fue usted?_ preguntó Sergei.
Sergei comenzaba a enfurecerse. ¿Estaba el anciano intentando tomarle el pelo? ¿Era aquella confesión el fruto de una mente senil? ¿O acaso pretendía Adam Johnson asignarse la autoría de una obra que no le pertenecía?
_La escultura que acaba usted de adquirir_ dijoe el anciano_ no tiene autor. ¿Se ha fijado que no está firmada?
_Bueno, eso no significa nada. Miguel Ángel nunca firmaba sus obras.
_Y aún así firmó La Pietà, porque la consideraba su obra maestra y no soportaba que otros pensaran que no la había hecho él. Ningún artista que hubiera creado a la joven que está ahí fuera en el jardín habría dejado esa obra sin firmar.
_Ésa es una opinión muy subjetiva y en absoluto da validez a lo que usted está diciéndome.
El anciano miró a Sergei fijamente. La expresión en su rostro, dura y tajante al principio, se tornó después más suave. De repente Adam Johnson parecía cansado, incapaz de seguir manteniendo una pose recia y fuerte. Sergei sintió algo de lástima por él, y el anciano, que debió percibirlo de alguno forma, apartó su mirada de la del joven y la desvió, una vez más, hacia la ventana.
_La historia real_ habló Adam Johnson con una voz que a Sergei le pareció mucho más grave que hasta entonces_ no es tan dramática como la que Schwager. Yo simplemente compré un bloque de mármol para esculpir una estatua. Quería que fuera... ya sabe, mi primera gran escultura. Pero no sabía qué hacer. No sabía qué esculpir. Así que dejé el bloque en el jardín, justo ahí, y esa noche llovió. Por aquel entonces el sauce estaba plantado en otra parte del jardín. La lluvia cayó directamente sobre el bloque de mármol, y lo hizo con tanta fuerza, y de tal forma, que el agua erosionó la piedra, y por la mañana la joven había aparecido. No he llegado nunca a saber qué hice yo para merecer semejante regalo, pero ella es tan hermosa... es tan perfecta... que hacerme esa pregunta me parece casi una blasfemia. Antes de dejar este mundo, lo cual parece que será pronto, quería asegurarme de que la estatua pasaba a manos de alguien que supiera cuidarla como ella se merece, amarla como ella se merece. Espero no haberme equivocado con usted, muchacho.
Sergei giró la cabeza para mirar también hacia la ventana, aunque desde donde él estaba no podía distinguir más que algunas ramas del sauce. Cuando se volvió hacia Adam Johnson, vio que éste se estaba poniendo en pie. El anciano metió una mano en un bolsillo de su pantalón y sacó una gran llave metálica que lanzó sobre la mesa.
_Ésta es la llave de la puerta principal_ dijo, y comenzó a caminar fuera de la habitación_. Úsela mañana cuando venga a recoger la estatua. Yo estaré ocupado todo el día.
Golden Retriever
Estoy tan perdido que ya no hay caminos posibles. Tan mareado que siento vértigo de mi propia quietud. Esta vida se ha convertido en un viaje demasiado largo. Hace mucho tiempo que el tren entró en un túnel y ahora todo es oscuridad. No se ve el paisaje, y no me gusta.
Disfrutar de una ironía es como paladear un buen vino. Es una frase que le escuché decir al personaje de una película, aunque en realidad yo no bebo vino. En cualquier caso, coincido en que una realidad manchada de pequeños retazos de ironía es siempre mucho más interesante. Por eso cuando esta mañana al despertarme he decidido que hoy será mi último día en este mundo, he pensado que la mejor forma de acabar con todo esto es hacerlo delante de una gran audiencia. Que mucha gente me vea dejar de existir, y de esa forma mi no-existencia se convierta en el único testimonio de que alguna vez estuve aquí.
No me malinterpreten: no voy a suicidarme. Eso es para los locos, los cobardes o los muy valientes, y yo no soy ninguna de las tres cosas. Lo que tengo en mente es desaparecer. Simplemente voy a desvanecerme, desmaterializarme, o como quieran llamarlo. Estar, y luego, de repente, no estar.
Es un proceso que, obviamente, no tiene vuelta atrás. Supongo que ésa es la razón de que muy pocos lo hayan llevado a cabo. Tengo la teoría de que muchos de los que intentan suicidarse conservan la secreta esperanza (oculta y profundamente enterrada) de que algo saldrá mal y no morirán. La cuerda se romperá, la bala seguirá la línea del cráneo y se desviará, alguien les encontrará cuando las pastillas aún no han hecho efecto... Pero si piensas en dejar de existir, el instante mismo en que lo llevas a cabo se convierte, por definición, en tu último instante. Y más allá de eso no hay nada.
Este mediodía, poco antes de comer, he estado practicando frente al espejo. Creo que ya sé exactamente cuál es la cadena de pensamientos que me llevará a dejar de existir. No ha sido tan difícil como esperaba. De hecho la gente viviría atormentada si supiera qué sencillo es dejar de existir. Muchos, sólo con pensar sobre el tema, acabarían desapareciendo accidentalmente. Me pregunto a cuánta gente le ha pasado algo así a lo largo de la historia. Personas desaparecidas misteriosamente, que se fueron para no volver nunca.
Después de comer he ido a comprarme un traje. No tengo ninguno, y la idea de dejar de existir con una camisa y un pantalón vaquero me resulta vulgar. En realidad vestir un traje también me parece vulgar, o cuanto menos poco original, pero... bueno, nunca he tenido un traje, y supongo que me apetece vestir uno por una vez en mi vida. Hace diez años estuve apunto de ponerme uno para la boda de mi hermana. Al final la boda no se celebró, lo cual me lleva a pensar en que tampoco he ido nunca a una boda. Y eso es lo que me desespera, lo que me hastía, que aunque decidiera seguir viviendo, aunque viviera mil años y no dejara de experimentar y hacer cosas nueva, siempre me quedaría algo por hacer. ¿Cómo puede uno vivir con eso? ¿Por qué arrastramos la maldición de ansiar cosas que nunca podemos obtener?
Mi tío, el hermano de mi madre, tenía un perro. Era un golden retriever, un animal grande y muy bonito. Durante unos días mi tío le substituyó el pienso que comía habitualmente (unas bolas resecas de diferentes colores) por arroz con pollo. Cada vez que llegaba la hora de comer el animal se excitaba, impaciente por degustar aquel manjar, y engullía la ración con afán. A diferencia del pienso, que comía con resignación, el arroz con pollo suponía para él una experiencia sublime. Yo me sentaba a dos metros del perro y le miraba comer, con la certeza de estar contemplando un ser vivo envuelto en un estado de pura felicidad. Aquella visión me hacía sentir afortunado, especial. Era el testigo de algo único. Pero un día el excedente de pollo se acabó, y mi tío volvió a darle pienso. Como es obvio, el animal rechazó el cambio. Habría probado algo maravilloso y ya no volvería a conformarse con menos. Durante los dos primeros días no comió. De vez en cuando se acercaba al bol de su comida, lo olía para asegurarse de que seguían siendo las tristes bolas de pienso, y volvía lastimeramente a tumbarse junto a la escalera. Yo le contemplaba y lloraba, sintiéndome desgraciado por él. Después de dos días de ayuno, finalmente el perro de mi tío volvió a comer pienso. Estaba claro que no le gustaba tanto como el arroz con pollo, pero no tenía otra opción si quería seguir viviendo.
Supongo que ahora lo entienden, ¿no? Para mí sí hay otra opción. No quiero conformarme con pienso si sé que en algún lugar hay arroz con pollo para mí. Si no puedo conseguirlo lo entiendo, pero me niego, me niego rotundamente a conformarme con pienso.
No sé desde cuando me siento así. Quizás sea desde hace un año. Puede que dos. Enfrentarse al mundo real se ha convertido en algo demasiado cansado para mí. Antes podía sobrellevarlo, armarme de fuerzas y avanzar. Sentía que aunque el viento me empujara hacia atrás, mis piernas aún me ayudarían a caminar hacia delante. Pero, ¿para qué luchar? No importa cuánto me esfuerce. No importa cuánto camino recorra, porque no hay ningún sitio a dónde llegar. Todo el camino es igual. Sólo es camino. Sólo camino.
No he tardado mucho en comprarme el traje. Me ha costado bastante caro, pero el dinero ya no es una preocupación para mí. Nunca lo ha sido, en realidad. A veces pienso que ése es precisamente mi problema, que soy infeliz porque, desde el principio, se me hizo creer que podría tener todo aquello que quisiera. El día que me di cuenta de que eso no era verdad debió de ser el día más triste de mi vida. Por suerte no guardo recuerdo de ese momento revelador.
Por alguna razón otros recuerdos, mucho menos trascendentales, sí quedan impresos en nuestra mente. Por ejemplo, en la tienda donde me he comprado el traje había una dependienta, una chica con el pelo largo y negro recogido en una coleta. Estaba en el otro extremo del local, atendiendo a una pareja, y al mirarla he creído reconocerla. No estoy seguro, pero creo que se trata de una chica con la que coincidía casi todas las mañanas en el tren, durante los tres años que acudí a la universidad. Ella se bajaba una parada antes que yo. Siempre leía novelas de terror o ciencia-ficción, y cada vez que llevaba una nueva yo me las ingeniaba para averiguar el título. A veces, si el ángulo del libro no me permitía ver la portada, tenía que agacharme para verlo mejor. Para eso solía simular que me ataba el cordón de una zapatilla o recogía algo de suelo. Aunque nunca cruzamos ni una palabra, llegué a sospechar que muchas veces ella inclinaba el libro a propósito para ver qué hacía yo para poder ver el título. Me pregunto si ella se acordará de mí, y si dejará de hacerlo en el momento en el que yo decida dejar de existir. No había pensado sobre eso. ¿Se borrará mi imagen de la memoria de todos los que una vez me conocieron?
Es curioso. Cuando era adolescente estaba obsesionado con que moriría joven, antes de los treinta. Me imaginaba todo tipo de formas de morir, desde un accidente de coche hasta una larga enfermedad. Eso sí, fuera cual fuera la causa de mi muerte, nunca era algo instantáneo. Siempre moría en la cama de un hospital, con alguien al lado (mi madre, mi novia, mi hermana...) a quien iban dirigidas mis últimas palabras. Así que empecé a pensar en ese discurso final, en lo que diría cuando estuviera apunto de morir. A veces me decantaba por algo profundo y trascendente, pero todo me sonaba demasiado artificial, así que casi siempre acababa optando por alguna frase corta o simplemente una palabra, como "Adiós". El problema es que para decir "Adiós" uno debe saber exactamente en qué momento va a morir. En la falsa realidad de las películas todo es mucho más fácil, donde cada acto forma parte de una coreografía perfecta. Los moribundos tienen la certeza de que sus últimas palabras son, en efecto, sus últimas palabras. Pero ¿qué pasa si te despides de tus seres queridos y sigues vivo? Creo que el no poder encontrar una solución a este problema es lo que me hizo olvidarme de esta obsesión sobre la muerte. Decidí improvisar. En realidad es lo único que podemos hacer.
Después del traje me he comprado un mapa de la ciudad. Quería buscar un lugar céntrico y lleno de gente donde llevar a cabo mi desaparición. Me he sentado en un banco para consultar mejor el mapa, y al cabo de unos minutos se ha sentado a mi lado una mujer mayor. No he podido evitar abstraerme mientras contemplaba su rostro surcado de arrugas, y la mujer se ha vuelto para mirarme también. Ninguno de los dos ha apartado la vista, y nos hemos seguido mirando durante un tiempo que me ha parecido una eternidad. De alguna forma se ha establecido una especie de contacto entre los dos, una comunicación secreta que nos ha llevado a compartir penas y miserias. He sentido lástima por ella, por su dolor y su soledad, y ella ha sentido lástima por mí. Creo que, por un momento, la mujer ha estado apunto de hablarme, seguramente para hacerme cambiar de opinión. Pero no lo ha hecho, tal vez porque ha visto que mi resolución de dejar de existir es firme, o tal vez porque no tenía argumentos para convencerme. O puede ser que yo haya imaginado todo eso, y que la mujer y yo sólo nos hayamos mirado durante uno o dos segundos. En cualquier caso, estoy casi seguro de que me ha sonreído. Y entonces se ha puesto en pie y se ha ido.
Al final no me he decidido por ningún lugar en concreto, así que he caminado un poco y me he quedado en el primer lugar medianamente concurrido que he encontrado. Es una plaza pequeña, pero bastará. Hay gente que me verá, y a lo lejos creo que distingo una cámara de seguridad junto a la entrada de un párking. Quién sabe, puede que la cámara grabe el momento en el que deje de existir. Puede que esas imágenes (que muchos considerarán impactantes) den la vuelta al mundo. Apareceré en todos los telediarios. Se hablará de mí en las oficinas, en los autobuses, en las mesas a la hora de la comida o de la cena. Se escribirán artículos. Se publicarán libros. Se filmarán películas. ¿Quién era ese hombre que dejó de existir? Vestía un traje muy elegante y llevaba un mapa de la ciudad.
O puede que la cámara no grabe nada, y que nadie me vea desaparecer. Puede que el Universo se resista a regalarme ese pellizco de ironía que pretendo arrancarle. De todas formas me da igual.
Ya ha llegado el momento.
Me pregunto si el perro de mi tío, durante sus últimos segundos de vida, volvió a pensar en el arroz con pollo, si deseó haberlo probado una última vez. Lo que es seguro es que nunca lo hizo.