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Hidalgo López, Jose Manuel (Mitridates)

El regalo



En el círculo se confunden                                       el principio y el fin.

Heráclito Efeso

Estoy preparando el discurso de mi próxima presentación y como de costumbre giran entorno a mí las mismas angustias y preocupaciones. Hoy la imperiosa fatalidad me ha laureado con su corona, y una burbuja de apatía estalla en mi alma debido al rechazo por cuarta vez de mi último ensayo. Procuro convencerme a mí mismo de que será la próxima ocasión, intento mantener la ilusión, pero es difícil cuando el veredicto es siempre el mismo:

“Su investigación es muy interesante, pero lamentamos comunicarle que se aleja de nuestros parámetros teóricos”.

Una y otra vez siempre gira en torno a mí la misma respuesta ¿Por qué se empeñan en mantener una canónica visión de las letras? ¿Acaso existe una espiral literaria de la que es imposible escapar? Con el espíritu abatido me miro en el espejo para ensayar mi ponencia, y mientras a duras penas intento hacer un nudo en mi corbata observo que mis labios se mueven sin articular vocablo alguno. En este instante mientras mi boca genera un sonido mudo, me invade el recuerdo de una tarde de otoño....

El turgente sol reposaba panza arriba sobre nuestras cabezas, y me irradiaba su cobriza apacibilidad. Era el día de mi cumpleaños y mi padre regresaba de una de sus conferencias, así que como de costumbre esperaba su llegada detrás del tragaluz de mi cuarto. Escuché el chirrido de las ruedas de su viejo auto, y al asomarme a la ventana observé su semblante sombrío. Mi madre bajó a recibirlo y al instante noté que algo heteróclito sucedía. Él siempre regresaba de sus viajes contento, lleno de júbilo y apretando sonriente el claxon, pero aquel día llegó silente y algo ceñudo. Arrasó en su escritorio con la fuerza de un ciclón, bramando incomprensibles palabras mientras mi madre y yo escuchábamos caer libros que hacían temblar hasta los cimientos de la casa. Mi padre un extraordinario académico, parecía un domador de letras en el circo de su biblioteca.

Mi regalo de cumpleaños fue bastante original aunque debo de confesar que algo misterioso. Al caer la noche mi padre entró en mi cuarto, se acercó a mí y mirándome fijamente puso entre las palmas de mis manos una jaula vacía. Con voz grave, dijo ante mi desconcierto:

- Busca el hámster que más te guste-.

En ese instante la desilusión brilló por completo en mis ojos. Yo esperaba recibir una colección completa de cuentos y un pesado balón de reglamento, pero ahí estaba yo con una jaula vacía entre mis manos y la sonrisa de mi padre que me miraba entusiasmado. Me dio una palmadita en la espalda y se retiró exclamando:

-Ha llegado el momento de que elijas tú-.

De todos era sabida su formidable inteligencia y por eso yo suponía que quería revelarme algo con todo aquel circunloquio, pero en esos días era tan sólo un niño incapaz de devanar tan liada madeja. Con la cabeza agachada hasta el ombligo para ocultar mi decepción, cogí mi jaula y la dirección del lugar donde podría adquirir el roedor: Calle Velázquez, número cuatro.

A la mañana siguiente tras mis clases de geometría comencé a corretear presuroso a través de un laberinto urbano, cuyos retorcidos derroteros me condujeron a una plazoleta que era la confluencia de dos caminos. A medida que avanzaba pude distinguir cómo justo al lado del establecimiento de lanas, había una recóndita y mugrienta tienda con un letrero grisáceo e imposible de descifrar. La portezuela era de madera y tenía sus ajados postigos abiertos de par en par, por lo que su apertura me posibilitó husmear brevemente en su interior, pero la estancia aparentaba estar vacía. Miré de nuevo algo confuso el número incrustado en el frontón, pero para mi estupor era el cuatro, por lo que no había duda alguna del sitio. Seguí hacia adelante y al acercarme un poco más, vi al otro lado del mostrador un viejo sonriente que con los brazos en jarra daba la impresión de estar esperando algo o a alguien. Entré con gran cautela pero no pude evitar el chirrido interminable que produjo la puerta al abrirse, y que finalmente culminó en un eco ahogado. El viejo tenía la cabeza cubierta por un sombrero de sástago oscuro, por el que se escurría una abundante vedeja inundada de canas. Mientras se atusaba la barba me preguntó con gran énfasis:

-¡Hola chico! ¿Qué te trae por aquí?-

-¡Hola señor! Tengo entendido que usted vende hámsteres, ¿verdad? Me gustaría comprar uno-.

El hombre esbozó una sonrisa y me llevó a la trastienda. Pasamos por un angosto pasillo cuya curvatura nos condujo a una reducida y ovalada estancia. Las paredes estaban repletas de relojes esféricos de todos los tamaños que emitían a un mismo compás un cíclico soniquete. En el centro de aquel tiovivo de tictac se hallaban cuatro jaulas encima de una imponente mesa pedestal. Encorvándome sobre mis rodillas comencé a girar alrededor de cada una de las pequeñas celdas. El primero de los hámsteres que vi estaba envuelto en un pelaje bruno y brillante, luciendo orgulloso una suave toga de seda negra, como si fuera un distinguido caballero. Sus diminutas patitas no dejaban de hacer girar la arandela a gran velocidad una y otra vez. Era una pequeña bolita encantadora y ligera, pero excesivamente constante en aquel rotatorio traqueteo, así que giré mis ojos al segundo que destacaba por ser grande y hermoso. Su piel estaba curtida en un tono gris perla y en el lomo lucía difusas manchas a modo de galardones cum laude. Éste por el contrario correteaba nervioso de una esquina a otra, y tan solo se lanzaba de vez en cuando sobre la rueda central, manteniendo una inestable respiración entrecortada. Sin embargo una gran sorpresa me esperaba cuando llegué al tercero, ya que al acercarme me observó con mesura a través de sus sagaces pupilas pálidas, lo que hizo que me sobresaltara. Éste reposaba sereno sobre un atril y su blancura albina producía destellos tornasolados que atravesaban las rejas, formando una irisada luminosidad en aquella tenebrosa sala. Aquel animalito de halo nacarado me cautivó y supe en ese momento que sería el mío.

El vendedor puso su mano sobre mi hombro y lanzó una sonora carcajada, como si tal arbitrio fuera el idóneo o el que él presagiaba. Cogí mi hámster, pero antes de marcharme retrocedí mis pasos para ver el cuarto espécimen. Aunque ya había elegido el mío, una fuerte curiosidad del calibre de un magnético y brutal imán me arrastraba. Sin embargo... ¡Qué gran extrañeza! Al circuir la última jaula, vi que en su interior no había espécimen alguno. Estaba decorada con alegres colores, cargada de túneles y una noria aerodinámica, pero al contrario que el resto, ésta se hallaba deshabitada. El tinglado que ofrecía aquel mercachifle de ojos opacos era bastante confuso, así que decidí no preguntar y alejarme cuanto antes de aquella atípica covachuela.

Llegué corriendo a mi casa emocionado, con el único deseo de mostrarle a mi padre mi nuevo compañero de cuarto. Todavía recuerdo los rosetones ardorosos de mis mejillas cuando apresurado di un sonoro aldabonazo en la barroca puerta de su despacho, y él estaba allí, apaciblemente sentado en su sillón y como de costumbre con un libro entre sus manos. Me contempló satisfecho a través de sus quevedos. Sin poder contenerme por más tiempo le dije:

-¡Mira papá! Éste es mi hámster- Lo alcé para que lo tomara.

-¡Vaya! El ciego hebreo tiene buenos ejemplares ¿Cómo le vas a llamar?- Dijo mientras le acariciaba tiernamente.

-¿Acaso el vendedor es ciego?- Por absurdo que parezca, yo había percibido su mirada fija sobre mi nuca cuando él pacientemente me esperaba apoyado en el alféizar de la ventana, e incluso recuerdo cómo relumbró su iris argentado al verme cruzar el umbral de la entrada -¡Vaya no lo parecía! Incluso me sentía observado al acceder al fondo de la pieza-.

-Sí lo es. Hijo no olvides que las cosas en esta vida no son siempre lo que parecen. Pero dime, ¿tienes nombre para tu amiguito?- Dijo mientras me lo entregaba.

-Sí, papá. El vendedor ya le tenía puesto Seper. Sé que es un poco adusto para un animal tan pequeño pero es ocurrente, se lo voy a dejar-.

Mi padre se reclinó en su sillón y al tiempo que se quitaba las gafas, comenzó a sonreír con una mirada extraviada en la nada.

Llegaron días de lluvia intensa y el gélido invierno nos asediaba, así que pasábamos las tardes abrigados bajo una mesa camilla mientras conversábamos o jugábamos a una entretenida charada, todos menos mi padre. Él se recluía entre sus cuatro paredes, sosteniendo su pipa y emanando bocanadas de humo, mientras que paseaba en círculos con aire preocupado y balbuciendo palabras. Al cuarto día de lluvia cayó enfermo y pasaron así largas horas sin que encontrara mejoría. El color de su piel se apagaba, y no encontraban la cura de sus síntomas. Un día el doctor salió del dormitorio apretando su peculiar sombrero chambergo entre las manos, y con claro gesto de desconcierto nos preguntó si habíamos apreciado en él alguna conducta anómala. Súbitamente vino a mi memoria su paradójica llegada al regresar de una de sus conferencias durante mi natalicio, cuando con aire ceniciento tomó armas contra sus volúmenes y dio un estrepitoso golpe de estado en el hemiciclo de su cueva libresca.

Esa noche tras la visita del doctor estuve en mi cuarto triste y desolado, y tras revolverme entre las sábanas y salir de la cama, abrí de par en par el ventanuco. Asomé mis ojos al cielo y ¡cómo disfruté de aquella extraordinaria panorámica! Un manto de tafetán negro bordado de estrellas plateadas arropaba a una luna llena que como una reina hermosa, coronaba un universo infinito con su plomiza aureola. Pasé dos horas contemplando el solemne astro hialino a través del lucernario, pero al quedarse todo el ambiente en penumbras, avisté cómo una espesa humareda estaba cercando la casa. Sobresaltado y sin saber lo que pasaba, bajé raudo por la escalera de caracol que comunicaba mi cuarto con la planta baja, y al llegar confirmé mis conjeturas. Mi madre como si de una quijotada se tratara había incinerado todos los libros, sin dejar rastro de ellos en los anaqueles, tan sólo un puñado de cenizas se acumulaba en el interior de la chimenea. El recinto ofrecía una panorámica desoladora, una estampa árida, como un desierto de letras con hedor a sapiencia quemada. Ella estaba impasible frente al fuego, contemplando cómo las hojas desaparecían entre las llamas. En estado casi de trance se volvió hacia mí y con una voz rotunda dijo:

-¡Hijo! Lo siento, pero tenía que hacerlo-.

Pasé varios angustiosos días en torno a mi padre para velar sus horas de sueño. Afligido observaba cómo el armazón de su esqueleto se consumía poco a poco en la cama. Su tez era cada vez más terrosa y sus ojos verdes se tornaron pardos, pero sus pupilas no delataban quebranto alguno sino que por el contrario resplandecían. Por increíble que pareciese en esas circunstancias y como si de un delirio se tratase, su única inquietud era el talante de mi hámster. Nunca olvidaré el día en el que con voz grave me dijo:

-¡Hijo!- Agarrándome con sus cinéreas manos- me gustaría que me hicieras un favor antes de partir de viaje. Quiero que vuelvas a la tienda de la calle Velázquez. Allí te espera un obsequio muy especial-.

-¡Si papá! Iré ahora mismo si tú quieres, pero... yo ya tengo el mío, ¿recuerdas?-

-Sí, lo sé- me dijo con semblante circunspecto- Pero éste es distinto-.

Sospeché que aquella era otra de sus divagaciones, pero mi mayor y única intención era complacerle en tan delicado estado, así que comencé a realizar mi periplo a través del atolladero de calles que me conducían a la tienda. Repentinamente mi corazón dio un vuelco, y comenzó a botar con tanta fuerza que podía sentir mis propios latidos como si escuchara el redoble de un tambor. Mi piel helada se empapó de una película pegajosa, esa incesante zozobra me secaba la garganta y me impedía ensalivar. No entendía porqué aquella sensación de caer por el brocal de un pozo seco se estaba apoderando de mí, pero al llegar y contemplar la visión que me ofrecía el horizonte lo comprendí... ¡La tienda había desaparecido como por arte de magia! En su lugar no había rótulo ni señal alguna, tan sólo un muro como tantos otros que rodeaban la plaza y justo al lado el antiguo comercio de lanas. La pared estaba rancia y desconchada, así que desesperado comencé a palparla para intentar encontrar algún vestigio, pero no pude apreciar nada. Después de varios exasperados minutos decidí marcharme con la angustia anudada en mi garganta. Con las manos en los bolsillos y los ojos inundados de lágrimas caminé hacia delante pero al girar sobre mis talones tropecé con algo y... ¡una hermosa jaula se hallaba delante de mis pies en mitad de la plaza! Estaba atónito por la cantidad de sorpresas entretejidas, pero lo más extraordinario estaba aún por venir. Al mirar en su interior, con una intriga que me cortaba el aliento, pude ver que no había espécimen alguno sino un pesado volumen sin encuadernar que decía: Relecturas.

Aquel encuentro estuvo envuelto de tanto embrujo que la emoción me condujo a abrazarlo. Aceleré mis pasos de regreso con el libro enjaulado bajo mi regazo y con la feliz ilusión de compartir con mi padre aquella mezcla de misterio y encanto. Sin embargo esa alegría se convirtió en un soplo de aire álgido, porque al llegar me comunicaron que él ya había partido para realizar una odisea infinita.

Con el transcurrir del tiempo la pena se fue evaporando, dejando a su paso el aroma de un recuerdo bello, nostálgico. No obstante aún conservo en mis entrañas un dolor agudo que me ha impedido abrir aquel libro extraño, pero ayer me senté en su viejo sillón frente al hogar de aquella biblioteca vacía y obsoleta. Agarré el tomo y como un gladiador en la arena del anfiteatro decidí domar mi vórtice interior. Desplegué las hojas y al acariciar la primera página cayó una nota que decía: “Su investigación es muy interesante, pero lamentamos comunicarle que se aleja de nuestros parámetros teóricos”.

Al leer estas líneas una irónica sonrisa emergió de mis labios. Esa odiosa frase que me había perseguido hasta en sueños ahora estaba de nuevo allí, pero no iba dirigida a mí sino a mi padre. Siempre había supuesto que todas sus obras se habían publicado, y de hecho, yo las tenía a modo de trofeo en mi despacho. Decidí serenarme, para recorrer con pausa y sosiego cada una de sus páginas. Comenzó a embargarme olas de entusiasmo que me calaban hasta el alma a medida que avanzaba en mi lectura. Aquellas frases eran flechas de pesquisas directas a la diana que circunloquea el canon, una visión más allá de lo común. Se cuestionaban las opiniones precedentes y se ofrecía una vía abierta a nuevos análisis.

Cuando lo finalicé un escalofrío ascendió desde la espina dorsal hasta mi cabeza, y mi boca se quedó abierta como una platónica cueva. Todas sus obras, aquellas que yo exponía orgulloso en mis estantes y por las que él era conocido y respetado, se contradecían con este su primerizo trabajo.

Quizás ahora pueda atinar a comprender porqué mi padre tras aquel viaje enmudeció. Con lo años supe que su última conferencia fue un simposium internacional sobre los fundamentos globales de la literatura, en el que se ofrecían importantes debates a lo largo de varias mesas redondas. El objetivo del mismo no era otro que volver a proponer nuevos enfoques a un horizonte tantas veces sondeado, pero imagino que aquel coliseo retórico estaría contaminado por una atmósfera hermética de la que tristemente sería imposible escapar.

Ahora vuelvo a la cruda realidad que azota mis días, y me veo a través de la luna del espejo mientras abotono los puños de mi camisa. Siento en mi estómago todo un agujero de desilusión y el alma me duele como si la frustración me acordonara la cintura. Intento ahondar en la letra impresa, desenrollar a través de los cinco sentidos un rosario de pistas, pero parece que existiera todo un concilio ecuménico orbitando en uniformes alegorías. Se niegan a circundar otras posibles vías, tan sólo quieren reglas que enfrasquen su esencia sin dejar que otros divulguen una perspectiva tangencial.

Es tarde y tengo que marcharme ¡al fin he conseguido anudarme la corbata! He decidido que esta vez me ajustaré al canon establecido y a la dinámica de los panelistas. Rotaré mi rumbo y daré un giro en el próximo artículo para entrar dentro del perímetro, como me aconsejaron, tal y como me dictan. Antes de marcharme echo una ojeada a mi pequeño hámster. Siempre tengo uno conmigo para rememorar a mi padre, pero el último que he elegido es agrisado y casi negro, con una piel tan sedosa que cuando corretea entre mis palmas parece una bobina de lana enredada. Siento desde entonces una pasión ciega por ellos, en especial por su peculiar e innata capacidad de engullir papel y expulsarlo en su entorno. Este pequeño roedor no lo hace, tan sólo se mantiene felizmente afanado en su rueda, una y otra vez. Es el típico hámster que alegra el día a cualquiera o quizás no...                                                                                                                                                                                                                                                                             

Mi propio pentagrama



Autor: Mitridates

Mi propio pentagrama

La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.

Pablo Coelho.

                                                                     



Valiente es aquel que no toma nota de su miedo.

George S. Patton   La magia de la noche envuelve a un auditorio que aclama a la más bella musa, al don divino de poder crear con mis dedos la más hermosa de las artes, ¡la música! Bajo un manto bordado de estrellas y una vía blanquecina de plata, hay todo un mundo de ojos expectantes y sonrisas que derraman lágrimas. Y ahí estoy yo, al frente de esas miles de caras, bajo una calma atronadora de corazones que palpitan al ritmo de mi guitarra. Sobre el escenario me encuentro quieto, mudo y tranquilo, vibrando al son de esas miles de almas que vienen buscando llenar un vacío y saciar sus emociones. Las luces se van encendiendo una a una y me siento extrañamente solo y rodeado. En ese instante me viene el recuerdo de una fría mañana de invierno cuando de niño intentaba ascender por aquella vertiginosa cuerda en la peor hora del día, la clase de gimnasia.   De todas las abominables pruebas físicas que tenía que superar el ascenso por la cuerda era la más aterradora. En esos instantes de angustia una inexplicable parálisis se apoderaba de mi cuerpo, dejándome las piernas totalmente entumecidas. A duras penas podía trepar y mientras mis manos se quebraban por la aspereza del cordel, mi cara era un continuo semáforo de colores que se tornaba roja y amarilla en cada impulso. La falta de aliento, las gotas frías de sudor que bañaban mi frente y el estómago revuelto, eran claros síntomas que evidenciaban el miedo atroz que sentía con tan sólo mirar la soga. Solía contemplar a gran distancia, cómo en mitad del patio se alzaba aquella enredadera gigante que desafiante se erguía desde el suelo hasta más allá de las nubes. Han pasado los años y he comprobado que aquella prueba fue tan sólo el principio de muchas otras. En la dura senda de la vida he tropezado con personas como yo, quienes tienen miedo de subirse a una cuerda, o por el contrario, de tocarla…         

La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor;

sin ella no hay bien posible  y con ella todo es hermoso.

Franz Liszt   Cada tarde voy al Instituto de Idiomas para recibir clases de lengua inglesa. El camino que tengo que realizar para llegar al centro de la ciudad, lo podría definir como el más maravilloso y encantador de los paseos, especialmente en estos días de invierno en los que las calles son un vaivén inagotable de muchedumbre cargada de bolsas y regalos. La claridad polar de la nieve ilumina el cielo y el almizcle de castañas y confituras incita los paladares de los más golosos. La ciudad se veste de gala para la llegada del santo nacimiento. En mi travesía al corazón urbano, tengo que pasar por encima de un impresionante puente atirantado que se enarca sobre un río de aguas turquesas y caudalosas. Tras cruzarlo llego al rincón más enigmático de toda mi ruta. En un recóndito y profundo pasaje, bajo la luz difusa de una farola, aparece un anciano músico que luce orgulloso una alegre pajarita y un diminuto bombín. Entre sus ajadas manos sostiene una guitarra, y su semblante marcado de profundas arrugas resplandece al mostrar una sonrisa majestuosa. No suele mirar al frente, tan sólo mantiene sus pupilas en el clavijero y en el mástil. Dicen que el viejo maestro acude a la esquina al despuntar los primeros rayos del alba y se despide cuando las cuajadas del rocío recubren el acerado de una fina capa de escarcha. Aquel eco musical que desplegaba magistralmente el anciano, era tan suave y delicioso que se podría comparar a un coro de ángeles alados entonando una sucesión de empíreas sinfonías, y es que su música es un hechizo que embruja al transeúnte envolviendo las calles, cuestas y plazas, hasta que su exquisita melodía se disipa poco a poco y acaba desapareciendo en la distancia.



La música es un eco del mundo invisible.

Giuseppe Mazzini.   Un buen día decidí hacer un receso ante el guitarrista, para deleitarme con su asombrosa cadencia rítmica. El reloj de la torre dio cuatro campanadas avisándome de que era ya el momento de marcharme. Desperté un tanto aturdido del embrujo en el que me hallaba sumergido, y mientras permanecía con la cabeza inclinada hacia el suelo, aquel hombrecillo dejó su guitarra a un lado y me preguntó:

-¡Oye muchacho! ¿Te gusta la música?-.

Yo le respondí:

-Me gusta escucharla señor, pero no sé tocar ningún instrumento-.

El me contestó:

-¿Eso piensas? Yo no estaría tan seguro.   El viejo levantó su mirada e incrustó sus dilatadas pupilas en las mías y con su boca fruncida de arrugas, dibujó una media luna bajo la clara luz del día. Había algo extraño en sus ojos, un brillo acristalado que inspiraba una centenaria sabiduría. Volvió a rasguear el instrumento mientras que sus párpados entreabiertos chorreaban risas, su boca cerrada ordenaba silencio, y su presencia infundía irónicamente un presidencial respeto. Me marché cabizbajo, sin poder ver otra cosa que no fueran los ojos interrogantes de aquel ser misterioso, quien rezumaba un prodigioso talento en aquella recóndita y perdida esquina.   El Instituto de Idiomas cerró sus puertas durante el período navideño por lo que dejé de emprender aquel recorrido que tan a gusto hacía diariamente por las calles del centro de la ciudad. Al cabo de unos días y contrariamente a lo que habría imaginado nunca, comencé a padecer un dolor agudo que con el intervalo de las horas iba gradualmente en aumento, como si una herida desgarradora se abriera paso ante mis entrañas. Tenía el alma enferma y no era tristeza, angustia o añoranza. Yo conocía la causa de mi sufrimiento, al igual que el estómago sabe si tiene hambre y pide el alimento, o la garganta seca reclama agua para apagar su sed.  Así bajo una piel joven y lozana, mi espíritu marchito rogaba a gritos que lo rociara de la musicalidad divina de la guitarra.



Hay que querer hasta el extremo de alcanzar el fin; todo lo demás son insignificancias.

Fiodor Dostoievski.   Aquejado de un extraño síndrome salí a la calle, y a medida que caminaba al centro urbano notaba que la llaga interna empequeñecía. La calma posó sus dulces alas alrededor de mi cintura y de la misma manera que si llevara puesta una brida, una mano invisible tiraba de mis riendas y me conducía hasta el lugar donde se encontraba el guitarrista. Miles de notas revoloteaban a mi alrededor, al tiempo que alimentaban los poros de mi espíritu y regaban de una clara dicha la sangre que corría por mis venas. Estaba a varios metros de aquel hombre pero aún así la sonoridad acústica la sentía tan cerca de mí, que las notas que del cielo caían se filtraron en mi mente para no salir jamás de allí, alcanzando a tener en mi ser un infinito pentagrama.



La vida es como la música, debe componerse con el oído,

el sentimiento y el instinto, no mediante reglas.

Samuel Butler   El viejo permanecía impertérrito en el mismo lugar, pero sus sagaces pupilas como orquídeas violáceas se abrieron al verme. Sin dejar de tocar me dijo:

-¡Buenas tardes amigo! ¿Tu alma está ya curada?-.

Con un brillo tan chispeante que salpicaba sus pestañas, supuso lo que me pasaba, como si de un adivino se tratase o conociera la fuerza producida por sus arpegios. Sin embargo al acercarme a él, no pude creer lo que mis ojos estaban viendo… ¡No había cuerdas en su guitarra! Sus dedos como siempre, dotados de una agilidad fantástica flotaban sobre el cuerpo de madera, pero no había hilos tensados entre la cejuela y el puente. La deliciosa sonoridad invadía mis cinco sentidos, olía el aroma de su esencia, lo degustaba entre mis papilas, veía una lluvia de acordes que caían en mi piel impregnándola de caricias. No obstante mi mente confusa no atinaba a comprender aquel milagro, no había cuerdas, tan sólo era una caja vacía.   Las vacaciones navideñas llegaron a su fin y tuve de nuevo que incorporarme a las clases de idiomas, sentado en el pupitre con talante taciturno y distraído pensaba en aquel prodigio que días atrás había visto con mis propios ojos. Mi mente ondeaba entre creer en la fantasía o serle fiel al

raciocinio. Tras balancearme unos minutos en la lógica, giré mis ojos frente a la majestuosa pizarra que gobernaba la sala. En mitad de ella había un gran número de vocablos en ambos idiomas, palabras mil veces usadas a lo largo de mi vida y otras por el contrario, cargadas de una fonética y prosodia simétricamente excelentes pero desconocidas. En medio de aquel océano de letras había dibujado un gráfico que representaba una extensa línea, y que servía para explicar la diferencia entre los tiempos imperfectos y el pretérito. Dicha explicación consistía en distinguir las acciones terminadas, frente a las iniciadas en el pasado y sin un final establecido. Al contemplar la enorme línea temporal que recorría el encerado de lado a lado, y tras oír un conjunto de voces que entonaban una extraña hilera lingüística, vinieron a mi memoria justo en ese instante, aquellos días lejanos cuando de niño miraba absorto la temible cuerda en la clase de gimnasia.



La alegría de  ver y entender es el más perfecto don de la naturaleza.

Albert Einstein   Al día siguiente realicé mi peregrinaje hacia el centro de la ciudad con aire resuelto y decidido. Atravesé avenidas anchas y calles retorcidas, crucé el magistral puente atirantado para mezclarme en un hormiguero urbano que avanzaba conformando una enorme fila india. A medida que me acercaba mi corazón marcaba el ritmo de mis pies que se movían cada vez más deprisa. De lejos pude observar que el viejo estaba apretando cada una de las clavijas. Sin más dilación le pregunté al llegar:

-¿Cómo puede sonar su guitarra si no tiene cuerdas?-.

Aquel viejo extraño permaneció callado por un largo tiempo, y entretanto, se mantenía absorto en templar el mutilado instrumento. Yo seguía mirándolo, con un desasosiego que me subía al rostro, sin ser capaz de reprimir mis ansias inmaduras, y él por el contrario me contestó pausadamente:

-No prestes atención a mis dedos, dame tus manos y mírame-.   Tomó mis palmas entre las suyas y percibí en esos segundos eternos cómo mi piel se quebraba por una aspereza rugosa. Sobrecogido al sentir ese tosco contacto, miré al trasluz malváceo de sus pupilas y... ¡No pude creer lo que mis ojos veían! Su iris iluminado proyectaba la silueta de mi persona, quien raudo y veloz trepaba presuroso por un grueso cordel. Le solté las manos y me aparté de un salto. Hubo de nuevo un silencio sepulcral entre ambos. Él me guiñó un ojo y mostrando una sonrisa de viejo sapiente me dijo:

-Ahora amigo, ya sabes porqué no hay cuerdas en mi guitarra-.



No es cuches a los amigos cuando el amigo interior dice: ¡Haz esto!

Mahatma Gandhi.    Me marché consternado e inicié mi andadura por calles y plazas, mientras que el gélido frío me soplaba en la cara y sacudía mis emociones de la angustia que me embargaba. Caminaba asustado, sin prestar atención al mundo que me rodeaba, tan sólo veía una y otra vez, la imagen de mí mismo llegando a la cúspide del cordel. Trascurrieron las horas y la oscuridad reinó coronándose con su redonda luna. La muchedumbre desaparecía y las tiendas pronto comenzaron a cerrar, tornándose las calles oscuras y solitarias. Todo estaba en silencio y no se escuchaba absolutamente nada, sólo el chirriar de una puerta, el leve murmullo del viento y de vez en cuando el redoble de campanas de alguna iglesia lejana.



La vida cobra sentido cuando se hace de ella

una aspiración a no renunciar a nada

José Ortega y Gasset     De repente vino de nuevo la música a mis oídos. Comenzó a entretejer sus armónicos hilos en mi alma, al tiempo que trenzaba una esponjosa manta que me arropaba con su calor. Aquella soberbia cadencia rítmica, como si de un hechizo magnético se tratara, guiaba mis pasos sonámbulos en la negra madrugada. Caminé y caminé por las desérticas calles heladas, intentando encontrar su procedencia, pero no conseguí hallarla. Como un loco exasperado corrí por el laberinto urbano, atendiendo únicamente a la brújula de mi oído. Parecía estar tan cerca de mí que casi podía tocarla, pero la música juguetona se escondía y se burlaba. Después de varias horas de búsqueda desesperada me senté en un banco derrotado, y le concedí la victoria. No conseguía hallarla, seguía escuchándola nítidamente pero se escurría, no podía beber melodía de tan fresco manantial, se escurría como si fuera agua a través de mis dedos. Ella, la más bella e insigne ganadora, en sí misma triunfadora y trofeo me concedió a mí, a este pobre mortal un premio.  Ya que encontré junto a mí una hermosa cajita que contenía cuatro cuerdas de guitarra. Sentado bajo la áurea luz de un farol, las tomé entre mis manos y al mirarlas comprendí en ese instante todas las dudas.   Acabo de finalizar mi concierto y una lluvia de aplausos me empapa, calando en mi piel e inundándome el alma. Al fondo las voces cantan unísonas, y son miles de labios los encadenados a una misma ristra de palabras. Me despido con una calurosa ovación al tiempo que entrego mis manos a cada uno de los músicos, y millares de pupilas iluminan el escenario ofreciendo una claridad violácea a la negra madrugada.

Solo entre mis cuatro paredes, sostengo mi guitarra en una mano y las cuerdas en la otra. He tocado por horas y he gozado al transmitir una hilera infinita de sentimientos. Mis conciertos son un eterno poema que el viento me susurra al oído, una bella musa que se posa en mis labios para susurrar sus suaves versos. Después de tantos años esparciendo mi filarmonía por el mundo, nadie ha visto una guitarra hueca. Cómo notas musicales de este inmenso pentagrama al que llamamos existencia, tenemos que sostenernos firmemente a sus cuerdas para recibir y obtener vida.






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