Una fría noche de principios de julio, después de una prolongada y aburrida sesión de concejo, don Víctor un hombre alto, distinguido, de contextura rolliza, de semblante huraño y poco divertido, salió por uno de los pasadizos del municipio con una extraña e inusual sonrisa humorística y de buen ánimo, iluminado de una emoción repentina se despidió de algunos de sus colegas con un gesto amigable, era poco común verlo con ese ánimo invencible, que la gente le respondió al saludo con una débil sonrisa y se quedaron contemplándolo con asombro.
Don Víctor tenía la sotabarba crecida y se cansaba muy a menudo al caminar varios metros, sin embargo parecía que eso no le interesaba. Cuando salió del municipio bajó las escalinatas de la vereda y se dispuso a abordar su auto negro, full equipo, pulido manualmente por uno de los muchachos que cuidaban el estacionamiento cerca a la Plaza de Armas del centro de la ciudad. Colocó su pesado cuerpo sobre el confortable asiento del carro, cerró la puerta de un tiro y bajó una ventanilla, sacó de uno de sus bolsillos de su pantalón y le dio una propina mezquina al ocasional limpiador de autos: ¡Toma muchacho! repuso mirándolo con un aire singular y con una sonrisa burlona, éste fijó una mirada enojada sobre su mano que sostenía las escasas y pequeñas monedas que recibió a cambio del pulido del auto. Volvió hacia el hombre una mirada de infinito desprecio y justo cuando el carro se ponía en marcha dijo el muchacho con resentimiento, hablando muy despacio: “Miserable, avaro, cómo te atoraras con un hueso”. Después de pronunciar aquella frase maliciosa, el limpiador de autos se sentó en una banca de madera que estaba desocupada, contó el poco dinero que había reunido durante el día y siguió maldiciendo aquel hombre obeso con una cadena de horribles pensamientos porque este último carro lo limpió desde la tarde y sólo se había quedado hasta esta hora de la noche en la plaza esperando que saliera para que le deje una propina y por lo que recibió pensó en que no se merecía semejante tacañería.
Don Víctor anduvo manejando por las calles iluminadas de la ciudad, indeciso a dónde ir primero. Las horas que había permanecido sentado en un estrecho sillón en la sala de reuniones del municipio en una sesión intrascendente, le había despertado un feroz apetito que deseaba quedarse en cualquier restaurante, sin embargo sabía que su esposa que lo esperaba en casa para cenar junto con su pequeña, su única hija, Cristina de nueve años.
Hacía tiempo atrás don Víctor era un asiduo comensal de uno de muy concurridos puestos ambulantes de comida rápida que se habían apoderado de toda una vereda muy cerca de único estadio a las afueras de la ciudad. Pensó de inmediato en volver a visitarlos y se dirigió hacia allá. Sabía que ese tipo de comidas su médico se lo había prohibido, pero las ganas de volver a saborear aquellos bocados grasosos pudieron más que miles de recomendaciones.
-“No creo que una mordidita me vaya a matar” – murmuró para sí.
Al llegar a aquel lugar estacionó su auto a un lado de las carretillas iluminadas con lámparas a gas. Bajó despacio, cerró la puerta suavemente y se dirigió donde su conocido casero.
- ¡Buenas noches, Néstor! – exclamó don Víctor con una voz grave, pero de acento melodioso.
- ¡Buenas noches! - respondió el hombre alzando rápidamente la mirada - ¿Cómo está usted? A los tiempos que viene por acá – dijo Néstor con un ligero timbre de emoción.
- He tenido mucho trabajo últimamente que casi no tengo tiempo para casi nada, además mi doctor dice que esta comida me hace daño, pero ya sabes que me es imposible resistir a esta exquisita tentación – exclamó don Víctor observando el pequeño puesto ambulante.
Néstor lo escuchaba sin dejar de hacer su trabajo.
- Entonces, qué se va ha servir – preguntó. Don Víctor observó con detenimiento y después de meditarlo ordenó le prepararan un sándwich de pollo desmenuzado con una buena porción de tomates y dos de chorizo para llevar a su casa.
Rato después cuando Néstor hubo terminado de acomodar todo lo ordenado en una bolsa plástica, don Víctor pagó con sencillo y luego de despedirse de su casero caminó pausadamente, sacó de la bolsa la porción de él, cogió con la mano extendida su abultado pedido. Se detuvo, abrió la boca como bostezo y clavó sus filudos dientes arrancando sin piedad un trozo grande del delicioso manjar y sin terminar de masticar, como si el hambre lo estuviese devorando por dentro volvió a dar un segundo mordisco.
Sin percatarse dio un paso en falso sobre una pequeña grada sobre la que estaba parado y resbaló. El peso del pie le remeció los riñones y el cerebro. El grueso bolo de carne y pan que no acaba de triturar, en un acto involuntario, se lo tragó y en segundos se le atascó en su estrecha garganta obstruyendo el paso del aire. Se le dibujó en su rostro una expresión de terror, los ojos le brillaron, los abrió tanto que querían salirse de sus cuencas, deseaba hablar y pedir ayuda, hacía esfuerzos inútiles para aspirar algo de aire, sin embargo sólo se escuchaba una voz como un ronquido débil.
Con una rodilla en el suelo y un brazo en el cuello trató de levantarse y reponerse, pretendió toser sin lograrlo, el trozo seco le estaba cerrando el aire y apagándole la vida. Los segundos pasaron severamente. En un intento desesperado se llevó las dos manos al cuello, metió sus dedos a su boca, sin embargo nada podía quitar el grueso tapón de su garganta.
En medio de la ligera penumbra, se levantó aturdido y casi tambaleando, ahogándose lentamente, no logró dar un paso y perdió el conocimiento cayendo de bruces. El sonido sordo y seco del golpe llamó a atención de Néstor que al darse cuenta caminó sigiloso y al verlo tumbado corrió hacia él y arrodillándose a un lado del cuerpo pesado, gritó preso de una dolorosa perplejidad.
- ¡Ayuden, por favor! ¡Alguien que me ayude a voltearlo! – la gente que lo escuchó se levantó de sus asientos y sólo corrieron a observar aquella escena con una expresión atroz murmurando entre sí sin que nadie interviniera.
Don Víctor seguía haciendo movimientos infortunados por tratar de quitarse el tapón de la garganta y cada vez eran menos las fuerzas.
El rostro cianótico de don Víctor no se podían observar por lo sombrío del lugar. En vano fueron los movimientos desesperantes de sus manos que le desgarraba el cuello.
- ¡Dios mío! Alguien por favor que llame por teléfono a un médico – dijo una señora que se quedó pálida observando aterrorizada cómo se apagaba la vida de don Víctor.
- ¡Uno de ustedes le dé respiración, el hombre se está muriendo! – Insistió, mas nadie hizo el menor esfuerzo, los movimientos compulsivos se tornaron violentos por unos segundos y enseguida se quedó quieto e inmóvil.
Su corazón todavía seguía impulsando sangre aunque cada vez era más débil y no tenía oxígeno, las células de su cerebro se fueron muriendo y las reacciones externas se suspendieron totalmente.
Néstor corrió y sacó algunas monedas de su bolsillo, ubicó un teléfono público y mientras trataba de dar comunicación con emergencia, un tipo bergante, de mal aspecto se acercó donde don Víctor, le dio la vuelta dejándolo boca abajo y mientras lo hacía revisó velozmente uno de sus bolsillos, logró sacar la billetera, rebuscó rápidamente y tiró sus documentos.
- ¡Ya está muerto, de nada le servirá este dinero! – exclamó el hombre con un cinismo desvergonzado, dirigió una mirada amenazadora hacia el centro de la gente y caminó de lo más tranquilo, como si no hubiese hecho nada. No se oyó ni una sola voz que increpara aquella abominable acción.
A los pocos segundos, Néstor, regresó presuroso, abrió paso entre la gente que seguía rodeando en torno al cuerpo de don Víctor, había recibido algunas indicaciones por teléfono. Con mucho esfuerzo logró darle vuelta, puso su oído en el pecho para tratar de escuchar el latido del corazón y entre el ruido sordo de los carros y el alboroto de la gente oyó un escaso aliento de vida.
- ¡Está vivo! – gritó con un emoción, su rostro expresó una tenue alegría que pronto se perdería al cabo de contados segundos.
Don Víctor seguía en la lucha contra la muerte que lo arrastraba sin remedio a un abismo oscuro. En medio de esa confusión una luz interna brilló por su escasa conciencia, como un vendaval de recuerdos de todo lo vivido le vino a su deteriorada memoria que se moría de a pocos.
Néstor continuaba empujando con sus dos manos aquel abdomen grueso y luego de una serie de repeticiones intentaba darle respiración por la boca.
Mientras esto sucedía don Víctor seguía muriéndose lentamente, entre sus ideas vagas e incoherentes, le vino a su memoria un rápido recuento de su vida que pasó como corto de película de quince segundos. Desde su niñez hasta el día de su boda, el nacimiento de su hija, la muerte de su madre y esa visión se detuvo allí, creyó verla en esos segundos mortales, se sintió como niño en peligro y le suplicaba llorando: “¡Ayúdame mamá!, mi hija me está esperando, no puedo hacerle esto… ¡Sálvame!” repetía como un eco en su conciencia, sin embargo esa imagen de su madre se iba alejando y perdiéndose en una oscura tiniebla, tenía un semblante triste y sombrío, le abría los brazos mientras se disipaba cada vez más hasta que la visión se le tornó negra, tan negra como la muerte misma.
- ¿Mamá, por qué no llega mi papá? – preguntó Cristina con una voz entristecida.
- Ya no demora, mi amor. Lo puedo sentir, él está manejando rumbo a casa y pronto entrará por el portón. Vamos a esperarlo en la puerta – respondió su mamá para tranquilizarla. Se sentaron en el umbral, una extraña sensación de angustia conmovían el pequeño corazón de Cristina.
Don Víctor se quedó tendido a un lado de la vereda, en medio de toda la gente que observaba aterrorizada el cadáver, reinó entonces un silencio luctuoso.
- Todo fue inútil – exclamó derrotado Néstor al sentir que ya no tenía aliento.
En ese instante, don Víctor vio como dejaba su cuerpo en aquel lugar y empezaba a ascender, ya en lo alto podía ver con claridad todo el acontecimiento y a miles de pies de altura, se encontró con la imagen de su madre que seguía alejándose con los brazos extendidos. No pronunció una palabra, sin embargo comprendió que había volado a la eternidad. Su alma subió como un vapor a las nubes y su cuerpo quedaría pudriéndose en la tierra mas su espíritu pudo penetrar a otra dimensión, donde jamás el ojo humano podrá mirar.
- ¡MI PAPÁ! – Gritó Cristina como un sobresalto- ¡Mamá, mi papito, tengo mucho miedo! – exclamó presa de una agitación extraordinaria y entre sollozos, se levantó y corrió a la reja.
- Tranquilita, tu papá está bien, seguro ha tenido una reunión y se ha hecho tarde – repuso su mamá con un estremecimiento doloroso conteniendo terriblemente las ganas de llorar.
- ¡NO...! ¡Mi papá...! – prorrumpió violentamente la pequeña Cristina con el corazón desfallecido y con el cuerpo agitado por un temblor nervioso e inexplicable como si una extraña sensación le hubiese avisado que su padre había muerto en ese mismo instante. Su madre la cogió por la cintura y la entró a la casa sin lograr calmarla.
La luz intermitente del auto quedó prendida, las personas se retiraron una a una, sólo Néstor, sin ser su amigo, se quedó con él. Le cerró los ojos que miraban al vacío y con el terno que sacó del auto le cubrió el rostro. El cuerpo de don Víctor yacía con la boca abierta en extremo, los músculos de la mandíbula contraídos por el intento inútil de sobrevivir y a su costado la bolsa negra con el pedido que iba a llevar a casa.
- Descanse en paz don Víctor, lo recordaré siempre, señor regidor - exclamó Néstor, un sentimiento de infinito pesar se apoderó por unos minutos de él, luego se persignó y se quedó mirándolo en silencio iluminado por una escasa luz.
…Cristina, soy yo, tu papá, sé que me escuchas, mi pequeña. Estaré siempre velando tus sueños, siempre cuidaré de ti, toda tu vida. Perdóname si no pude despedirme de ti, te juro que no quise que esto pasara. Sólo te pido, mi reina: nunca me olvides, te amo y te amaré eternamente...
- ¡Cristina!, levántate, te haces tarde para la universidad – gritó su mamá asomándose por la puerta de su habitación. Cristina se sobresaltó y al abrir los ojos posó la mirada soñadora a su alrededor y fue como si su alma retomara una calma que necesitaba, al rato se sentó en la cama, sus ojos se llenaron de lágrimas de recuerdos, dijo acompañando las palabras con un liviano suspiro:
- Mamá a la salida de clases acompáñame, quiero ir a ver a papá al Campo Santo, hoy soñé con él.