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Barragán, Fernando Rubén (Yxo Grün)

La Naranja Estampada



–A pesar de los años que llevamos haciendo esto, hay algo que todavía me asombra – dijo Anké-Timú, agachado en el piso, mientras acomodaba un martillo en su caja de herramientas.

– ¿Qué? – preguntó Lemman.

– Cómo el trabajo en un yacimiento arqueológico nunca dejó de depender de las palas, los picos de mano y los pinceles, aun antes del Protocolo.

– Sí – dijo Lemman mientras se metía en su cucheta  y  programaba el omni-comp en la función despertador – el Protocolo de Limitación de usos Tecnológicos nunca afectó demasiado el trabajo de campo de nuestra especialidad. A mí, lo que más me asombra, es que fuera necesaria la gran inundación del siglo XXI para que se decidieran a tomar en serio el asunto. Casi no se puede creer que, a finales del siglo XX, la costa estaba a treinta kilómetros de aquí y hoy, después de apenas cuatro siglos, la tenemos a trescientos metros.

– Me viene a la mente la propaganda del año 2140 que había en el museo de la Universidad: “Argentina Sube Cuando El Mundo Se Hunde: Vos, Sumate Al Cambio”.

-Sí, me acuerdo. Es así nomás, las relaciones de poder cambian, pero la ambición de poder permanece… como las palas y los pinceles.

–Qué cosa ¿no? Algo cambia mucho y algo no cambia nada… como siempre.

Pero bueno, mejor nos dejamos de filosofar y dormimos –. Anké calibró el termocontrol de su cucheta y se sacó las botas – Va a quedar feo si los responsables de la excavación llegan tarde, justo mañana, que es el gran día.

– Tranquilo. Todo el terreno está demarcado y cada asistente sabe cual es su tarea. Si quieren, pueden empezar sin nosotros.

– Es verdad, pero me gusta estar, por si encuentran algo interesante. Hasta mañana.

– Hasta mañana.

– Hasta mañana Doctores – dijo el omni-comp y gradualmente apagó la luz.

Anké-Timú soñó. Recorría, como un fantasma, un barrio típico de fines del siglo XX. Supo sin palabras, como se sabe en los sueños, que estaba en ese lugar que se llamó “Conurbano Bonaerense”. En su mente oyó una voz que recitaba fragmentos de aquel viejo texto que marcara su adolescencia y su vocación: “… las viviendas se construían en parcelas separadas por una pared o cerco al que llamaban medianera... El conjunto de parcelas formaba sectores cuadrados, conocidos como manzanas, de aproximadamente una hectárea de superficie.... Las manzanas estaban delimitadas por calles que permitían la circulación simultánea de dos automóviles...”

Se detuvo en una vivienda, del tipo chalet, y entró en una sala amplia, con sillones distribuidos en semicírculo alrededor de uno de esos televisores, que tantas veces había desenterrado en sus excavaciones.

– Dale pa, ¿qué te alcanzo? Decime, dale.

– Esperá Luis, esperá un poquito. Esto no se puede hacer así nomás.

– Pero yo te quiero ayudar.

Las voces venían de una puerta en el fondo de la sala. La emoción de Anké fue un lazo que lo arrastró hasta la cocina-comedor. Un hombre de unos treinta años, delgado, de estatura mediana y pelo negro, estaba fijando a la pared una cerámica que tenía estampada una naranja. Al terminar miró al chico que estaba a su lado, sosteniendo un martillo, y le dijo:

– Tomá la cuchara y alcanzame ese martillo, por favor.

– Sí, pa, ya te lo doy.

El hombre, usando el mango del martillo, dio unos breves golpes sobre la cerámica con simulada concentración.

– ¿Ves, Luisito? Ésta no se cae más. La van a tener que sacar los arqueólogos.

La palabra “arqueólogos” cayó en el sonido del despertador. Sobre la mesa Anké-Timú encontró una nota de Lemman: “Me pasaste la ansiedad y me levanté antes. Te dejé preparado café. Nos vemos en el terreno”. Anké desayunó lo más rápido que pudo y salió corriendo por entre los domos, que conformaban un curioso “barrio portátil” según el jefe de logística del grupo. Cuando llegó le dijo a su compañero:

– ¿No era yo el ansioso?

Leman hizo un gesto que desestimaba el asunto y dijo:

– ¿Qué tal si vamos a ver lo que encontró el equipo mientras roncabas?

Dentro de una fosa se veían restos de cimientos. En el centro varios asistentes limpiaban, delicadamente, con sus pinceles, parte de una pared recién desenterrada que todavía se mantenía en pie.

Solitaria, en el centro de la pared, había una cerámica que tenía estampada una naranja.

– Parece que todavía seguimos dormidos – dijo risueño Leman.

– Si... un poco –Anké se dijo que, habiendo visto cientos de cerámicas como esa en su carrera, era normal soñarla en vísperas de una excavación.

Leman se dirigió a los asistentes:

– ¿La pueden desprender sin romperla?

– Sí, Doctor. No hay problema.

– Bueno, ya conocen la cábala. Lo primero que se encuentra se guarda en mi puesto de descanso.

– Ok – dijo otro.

– ¡Ay, ay, ay! ¡Mi amigo el científico con cábalas! – acotó Anké – al menos, esta vez, ocupa poco lugar.

– Sí. Por suerte los siete metros de caños para transporte de gas fue lo segundo que encontramos – dijo alguien más.

Leman sonrió y continuó con el trabajo.

La noche llegó con la rapidez que dan las ocupaciones. Antes de que el omni-comp apagara la luz Anké vio, sobre la mesa, la cerámica. Recordó el instante de angustia que tuvo al verla en la excavación y se sintió estúpido. No pensó más. Se durmió y soñó.

Otra vez, como un fantasma, observaba el chalet del sueño de ayer, pero ahora desde el fondo. Luisito jugaba con un perro negro, que tenía un collar con una chapita grabada donde se leia “Max”. Pedro le hablaba a un vecino a través de un cerco de ligustrina.

– ¿Ves Enrique? Ese es el pozo que hay que llenar.

A través del cerco Enrique vio un gran agujero interrumpiendo el pasto. Estaba rodeado por una especie de corral formado por cinco varillas de hierro sosteniendo una cinta plástica con la palabra “peligro”.

– Pedro ¿de dónde salió ese buco?

– ¿Viste que antes, hace muchos años, no había perforaciones con encamisado? Se hacían unos pozos tipo aljibe y arriba le ponían el bombeador.

– No. La verdad, no sabía.

– Bueno, pero era así. Se ve que los dueños anteriores, cuando hicieron la perforación nueva, no rellenaron el pozo viejo, sólo lo taparon con una loseta y ahora se desmoronó.

– Y vos, ¿qué querés hacer, Pedro?

– Fácil. Como no pienso comprar tierra para rellenarlo, le voy a tirar cuanta porquería encuentre. Cuando llegue al tope le hago una losa y listo –. Pedro hizo un gesto que parecía decir “¿no es genial?” – Así que, si tenés algo que quieras tirar a la basura, me lo das a mí y yo lo mando al pozo.

– Lástima lo del gas, que nunca lo van a hacer, porque entonces, cuando cavaran para poner los caños, aprovechábamos la tierra y no le dejábamos la mugre a la posteridad.

Pedro pareció ausente por un segundo. A Enrique le pareció que antes de responderle había susurrado “caños”.

– ¡Callate! – reaccionó Pedro – ¿Sabés? Anoche soñé con unos arqueólogos. Los tipos encontraban la cerámica que ayer pegué en la cocina

– Bueno entonces, soñátelos esta noche. Con el pozo, se van a hacer una fiesta.

Las risas de los vecinos se confundieron con el sonido del despertador.

Después de desayunar, Lemman y Anké recorrieron los puestos de trabajo dando indicaciones y supervisando las tareas. Cuando pasaban frente a la pared desenterrada ayer, un asistente dio un grito eufórico:

– ¡Miren! ¡Miren debajo de esta losa! ¡Está lleno de piezas!

Mientras dos hombres retiraban el bloque de cemento, el que había gritado alzaba como un trofeo un plato de plástico, rajado al medio, con una inscripción en el borde, hecha con alguna punta caliente, que decía “Max”.

Anké quedó mirando, como ausente, mientras soltaba una bocanada de aire muy ruidosa. Tenía un nudo en el estómago.

– ¿Qué te pasa? Se te ve pálido ¿Estás mal?– preguntó Leman.

– Sí.

– Se supone que el nervioso soy yo, pero si seguimos así el estrés te va a matar primero. Mejor, mañana, te quedás durmiendo un rato más.

Pedro fue el primero en levantarse, de hecho se levantó más rápido que de costumbre, salió al jardín, fue hasta la cucha de Max y se quedó ahí parado un rato. Ester, mientras tanto, acomodó tazas, dulces y tostadas sobre la mesa. Cuando Luisito entró a la cocina y la saludó, Pedro llegó del jardín levantando en alto un plato de plástico y una mirada sombría.

– ¿No me habrás usado el soldador para escribir el nombre del perro?

– Sí, pa, pero lo dejé limpito. Si querés te lo muestro.

Luisito quiso acercarse al espacio que había en el piso, entre la cocina y la pared,  donde siempre estaba la caja de herramientas, pero Pedro lo paró en seco con un grito.

–¡No! ¡Ahora no! A la tarde. ¡Y más vale que esté limpio! Tomá la leche.

Pedro apartó una silla con un golpe y se sentó. Luisito intentó ocultar que moqueba tomando sorbos muy ruidosos. Ester cortaba rodajas de pan en exceso tratando de no mirar a su marido.

Mientras revolvía infinitamente el café, sin levantar la vista, Pedro comentó:

– Anoche soñé de nuevo con el arqueólogo de la cerámica. Esta vez le escuché el nombre. Anké–Timú se llamaba.

– ¡Qué nombre! – dijo Ester intentando sonar relajada – ¿Y qué encontró anoche?

– El... el plato del perro. – Sin saber, o no queriendo saber por qué, omitió decir que vio escrito “Max” en el sueño antes que en la vigilia.

Ester comentó:

– Pobre tipo, Pedro. Soñale algún descubrimiento mejor. Qué sé yo, un libro de Borges o algo así.

Pedro sonrió de compromiso, y se concentró en su desayuno.

– ¡Dale, pa! ¡Que llego tarde al cole! – rogó Luisito después de tomarse de un trago la media taza que le quedaba.

– Sí, Luis, sí. Ya vamos. No seas molesto. ¡Si ni siquiera sacaste las bicicletas del galpón!

– Sí, pa. Ya están en el patio.

– ¡Por Dios! ¿A quien saliste tan ansioso? Vámonos antes de que acogote.

Pedalearon juntos cinco cuadras hasta la escuela, luego Pedro siguió diez cuadras más. En la puerta de la metalúrgica saludó al sereno que se iba, acomodó la bicicleta en el depósito y puso en marcha el  torno mientras Martín, su socio, acomodaba el material y las herramientas. El día fue normal, salvo por una vaga y persistente sensación de congoja. Por suerte la noche llegó con la rapidez que dan las ocupaciones. Cenó, intentó mirar un poco de televisión con su familia, pero cuando le prohibieron volver a tocar el control remoto se acostó. Dio vueltas en la cama durante más de una hora. Sólo por llamar al sueño leyó un diario viejo. Como el sueño no llegó apagó la luz, miró fijamente la oscuridad y al fin se durmió.

Sonó el despertador. Anké se levantó de un salto, salió del domo abrochándose la camisa y dejó atrás la voz de Lemman diciendo:

– ¿¡Te volviste loco!? ¿Para qué te serví el café? ¿Tampoco vas a comer?

En la excavación marcó a su equipo los puntos donde trabajar ese día. Se produjo cierto malestar por el cambio imprevisto de planes, pero luego, con los restos de una escuela y  un depósito de materiales de construcción a la vista, todos fueron elogios para la intuición y el profesionalismo de Anké, pero él, ignorando toda consideración, insistía:

– Sigan excavando. Tiene que haber un taller de metalurgia.

El jefe de la segunda cuadrilla no supo qué decir cuando aparecieron las primeras virutas metálicas y una tenaza rota junto a unos cimientos que, a primera vista, parecían de un edificio que se había incendiado. Al fin del día hubo más elogios y también alguna recomendación para que Anké descansara mejor. Esa noche Lemman, que rara vez levantaba la voz, llegó a discutir con él porque no terminaba de acostarse de una vez.

Ester, completamente sobresaltada por gritos y llantos, encendió el velador y vio a su marido de rodillas, frente al espejo de la puerta del placard. El despertador marcaba las tres. Pedro repetía:

– ¡Se va a quemar! ¡Se va a quemar!

A duras penas logró calmarlo. Unas horas después sonó el teléfono. Ester atendió.

– Hola.

– Ester, soy Martín.

– ¿Martín? ¿Qué hacés llamando a las seis? ¿Qué pasó?

– ¡Se está incendiando el taller, Estercita! ¡Se está incendiando!

A partir de ese día Pedro durmió cada vez peor y, para preocupación de su familia, luego de las largas jornadas de reconstrucción del taller en un nuevo local, perdía inútilmente horas y horas seleccionando y clasificando lo que iba a tirar en el pozo del fondo.

***

La vigilia parecía durar veinte minutos y el sueño semanas. O al revés. Lo concreto era el temor a la noche.

El paciente se sentó en la camilla con los hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza derrumbada sobre el pecho. Sus ojeras eran profundas. El médico, luego de leer el informe de los estudios clínicos, frunció el entrecejo y tomándose el mentón con la mano derecha, preguntó:

– ¿Cuánto hace que sueña que lo sueñan?

– Tres meses.

– ¿Todas las noches?

– Absolutamente todas, doctor.

– Bien... Y esto ¿qué le produce?

– Me da miedo doctor.

– ¿Miedo a qué?

– Cuando me acuesto tengo miedo de soñar y cuando me despierto tengo miedo que no me sueñen más.

– Este miedo que tiene ¿lo pudo charlar con alguien?

– No. No puedo. Por más que me lo proponga, no puedo. Cuando lo quiero contar se me hace un nudo en la garganta. No digo nada. Entonces me irrito, me pongo agresivo, sobre todo con la gente cercana. Al final tengo más miedo, pero, como no puedo evitar dormir, todo empieza de nuevo. Así cada día, cada noche.

– ¿Y en el trabajo cómo le va?

– Trabajar en estas condiciones es una pesadilla.

– Ajá...

El médico se quedó en silencio, volvió a leer el informe y dijo:

– Creo que estos sueños recurrentes provienen de un alto grado de estrés o fatiga. Además de recomendarle que descanse, le voy a dar una medicación que combina tres drogas muy efectivas. Es nueva, así que la tengo que encargar al centro. En dos o tres días llega y probamos. Si esto no funciona, habrá que pensar en una derivación psicológica o psiquiátrica. Pero bueno, para eso falta y con suerte no va a ser necesario. Ahora vaya tranquilo y, le repito, descanse.

– Por favor doctor, trate de que la medicación me llegue a mí primero.

El médico disimuló la extrañeza y pensó: “Mejor que llegue antes de que le dé un brote”.

Vigilia y sueño pasaron con sus rutinas y pesares. La única novedad fue la medicación.

Aprovechando que era día de descanso, se levantó más tarde que de costumbre. Estaba un poco mareado y pidió que por un rato no le hablaran. Cuando empezó a sentirse mejor vino la pregunta:

– ¿Y? ¿Cómo dormiste?

– Bien... – dijo despacio – ¿Dónde están mis herramientas?

– Ahí al costado, en el piso. Donde siempre… ¿por?

– Porque ya no existe.

Quedó con la mirada perdida durante unos segundos. De repente, en un solo movimiento, abrió la caja de herramientas, tomó un martillo y, de un golpe, destrozó la cerámica que tenía estampada una naranja.

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