Es la hora de regresar. He de volver a la tierra que me vio nacer. Siento que la marea me empuja hacia una vida que jamás proyecté. La decisión está tomada. Cuando miro hacia atrás, hacia mis raíces, hacia mi familia y hacia mis amistades, no encuentro un mínimo de afecto que me lleve a un feliz reencuentro con ellos.
El cambio siempre nos debería llevar a algo mejor. Sin embargo, veo que allí mi luz se extinguirá. Allí, a pesar de ser mi tierra y de estar con mi gente, podría morir de pena. Dicen que todo está dentro de nosotros y que encontrar la felicidad o abrazar el delirio dependerá únicamente de mí, así que contaré mi historia.
Siempre quise marcharme lejos a estudiar. Sentíame presionada por el excesivo control de mis parientes, marginada por mi sexo, así que elegí una ciudad universitaria que me abriría los ojos hacia un mundo lleno de libertades.
Lo más costoso de empezar desde cero en una ciudad es la adaptación. Pues aquello era un mundo nuevo y desconocido para mí. Hay personas camaleónicas que no notan la diferencia. Sin embargo, a mí me sangraba el cuerpo por todo lo que echaba de menos mi querida tierra, la simpatía de sus gentes y el calor de mi familia. Recuerdo aquellos pensamientos iniciales en que alegaba que jamás me gustaría esa ciudad donde estudiaba y no veía por coger un tren, siempre que pudiera, para regresar al nido familiar.
Todo eso cambió. Basta que deseemos algo para que el resultado sea el contrario a lo que esperamos. Después de adaptarme a la selva cultural, donde me sentía plenamente a gusto, de mezclarme con las ariscas gentes de esa ciudad y de disfrutar los paseos por un patrimonio histórico inabarcable, mi mente se abrió hacia otras líneas de pensamiento.
En unos años, yo seguía siendo la misma, pero mi manera de pensar era nueva. Si al principio, las comparaciones entre mi tierra y la ciudad que elegí para estudiar eran negativas respecto a la segunda, muy pronto comprendí que, pese a la pobreza económica, estaba muy por encima de mi tierra en cuanto a cultura. Muy pronto empecé a adquirir capacidad crítica y de discernimiento y eso me dotó de una superioridad intelectual que, si bien en la ciudad universitaria pasaba desapercibida, en mi tierra surgían numerosas diferencias. Comprendí entonces que jamás alguien que no había salido y había compartido otros puntos de vista, como me había ocurrido a mí, podría abrir su mente estrecha, porque sólo vería una mínima parte del mundo. Con la gente de toda la vida comprobé que mi libertad moral, de espíritu y pensamiento, estaba varios escalones por encima. Descubrí que lo que para mí pasaba desapercibido, para aquellas amigas de la infancia resultaba algo extraño. No aceptaban nada más que sus idearios cerrados a fuego, ideas provenientes de mentes cerradas que nunca aceptarán como válidas opiniones divergentes. Comprendí que mi imagen entre las personas de mi tierra era la de una excéntrica. Eso hizo que, a medida que iban pasando los años, sintiera un disgusto cada vez mayor hacia todo aquello que al principio me resultara tan difícil de abandonar.
Llegó el día en que la ciudad universitaria se impuso como un lugar mejor, una vía de escape y la ciudad cosmopolita me brindaba enseñanzas y consejos que nunca podría haber adquirido en mi tierra. Y en mi mente, ya madura, pero siempre buscando otros modos para adquirir conocimientos, se empezó a perfilar la idea de cambiar mi tierra por lo que me estaba convirtiendo en persona.
Si bien con mis amistades de siempre no podía hablar de ciertos temas porque sentía desconfianza y poca aceptación, en la ciudad en que estaba estudiando nada estaba fuera de lo normal, bien fueran los hábitos, las ideas, las palabras o los hechos. Mientras que aquí convertía mi alma en algo mejor, porque veía que la gente era más sana, más cultivada y más abierta, en mi tierra empecé a reservarme todas mis ideas, que ya habían causado rechazo en más de una ocasión. Me cerré en banda, de tal forma que nadie podía llegar a descubrir ni un solo pensamiento ni siquiera sentimiento de los que llevaba dentro. En definitiva, nadie podía acceder a mí. En mi tierra descubrí el arte del disimulo y el fingimiento, allí nada era lo que era, me acostumbré a decir a todo que sí y en mi mente siempre estaba presente un razonamiento: “Aguanta, que te irás pronto de aquí”.
Los años pasaban y mi negativa a regresar a casa se fue haciendo más frecuente hasta el hecho de evitar incluso acudir en vacaciones, alegando cualquier excusa, cuando la ciudad se quedaba vacía porque los universitarios se iban a sus hogares. Pero aquella soledad moldeaba mi alma, construía muros de protección y el silencio fue haciéndose un lugar en mi interior.
Sólo personas cercanas, a las que había conocido en los últimos años, podían comprender, en parte, lo que yo pensaba. No porque ellos hubieran pasado por cambios drásticos culturales, sociales y educativos como aquellos que yo había afrontado, sino porque, criados en una ciudad tan liberal y carente de prejuicios, nunca vieron con malos ojos las que en mi tierra se consideraban “pequeñas locuras”. Entre estas personas me sentía a gusto porque eran similares a mí y, por tanto, me comprendían a la perfección.
Ni que decir tiene que mi tierra se me iba quedando pequeña, tan pequeña que incluso me planteé romper con los últimos hilos que me ataban a todo aquello. Sabía que siempre podría regresar a mis raíces. Pero llegó un momento en que exploté. El sentimiento de desarraigo era cada vez más constante, el agobio de palabras que nunca deberían haberse dicho convertía en cenizas las ideas de papel de mi conciencia, los pensamientos que jamás tenían que haberse formulado en los que empecé a considerar extraños que habían intentado romper mi cajita de cristal sin ningún tipo de éxito comenzaron a fluir en un torrente de perversidad y maleficencia. El cristal de la ventana con el que ahora miraban mis ojos aquella tierra rica que me vio nacer se había empañado de un polvo eterno. Mi tierra me rodeaba de tinieblas y tristeza, mientras la ciudad a la que me había habituado era el único rincón del planeta donde podía encontrar la luz. Empecé a desplegar mis alas en esta tierra que me había terminado por fascinar y desechaba las simples ideas de regresar a casa, donde empecé a sentirme aislada e incomprendida, por todos y ante todo tipo de situaciones. Dicen que el hombre es un animal social que termina habituándose a casi todo, pero ir allí significaba caer en un abismo insondable de tristeza y desazón. A eso se sumaba el torrente de noticias nuevas que alguien te contaba en unos minutos; todas las anécdotas y noticias ocurridas en los últimos seis meses se convertían en palabras inexpresivas que carecían de interés para mí. Mis ojos estaban puestos en otro lugar lejano, mis pensamientos volaban lejos y me convertí en una experta cuya presencia física era palpable, mientras el alma y la imaginación se habían desembarazado del momento presente y observaban lejos, a la espera de una nueva marcha al único lugar donde era realmente yo, al único sitio donde no tenía que fingir, ni esbozar una sonrisa forzada, ni contar cosas que distaban mucho de lo que realmente llevaba en mi interior. Jamás me he sentido tan vacía como el día que comprendí que no deseaba nada de mi tierra, que los únicos que me ataban a ella eran mis parientes, pero ni siquiera ellos podrían detener el flujo de mis acciones. En mi cabeza empezó a tomar forma la idea de quedarme a vivir y a trabajar en aquella ciudad a la que hacía años había llegado, a la que tanto me costó adaptarme en mis primeros meses, a la que tanto había llegado a amar.
¿Cómo se producen estos cambios tan radicales en nuestra manera de pensar? ¿Qué había ocurrido en mí para que me despojara de todos aquellos elementos que intentaban atraerme a la tierra que me vio nacer y que, un tiempo después, yo misma había llegado a repudiar, incluso a odiar? ¿En que momento somos conscientes del cambio en nuestro interior? ¿Y cómo una ciudad puede llevarnos a cambiar de decisión hasta colocarnos en el bando contrario?
Lo que hace que una ciudad tenga tan elevados valores son sus gentes. La ciudad había calado en mí, pero quienes realmente habían dejado su huella más profunda en mi corazón fueron aquellas personas con las que me vinculé desde todos los ámbitos de la vida. Comprendí que yo ya era parte de esa ciudad extraña al principio y tan querida en la actualidad. Y comprendí además que jamás podría abandonarla, porque una parte de mi alma se quedaría aquí para siempre, mientras la parte hipócrita de mí regresaría a mi región y seguiría fingiendo que todo iba bien.
Ese momento ha llegado. Sé que no tengo muchas alternativas. La ciudad donde una vez llegué como extraña me abre sus brazos, me insinúa que no me vaya lejos, que soy una parte de ella, que no podré deshacerme de todos los recuerdos y vivencias que me convirtieron en una persona íntegra y completa. Y en las noches de luna llena miro al cielo, el símbolo de esa ciudad, y me sorprendo llorando en mitad de la noche. Intento hacerme a la idea de que no es un novio al que puedas dar la espalda, mientras los sentimientos excelsos hacia ella, dentro de mí, se expanden en todo su esplendor. Ahora comprendo que el hecho de marcharme sola hacia un lugar desconocido y nuevo hizo mella en mí, me aferré a la ciudad y me sumergí en un torbellino de emociones que nunca antes nadie me había brindado.
Y lo peor es que los sentimientos negativos hacia lo que no queremos, pues yo no soy dueña de mis actos actuales, nos dotan de locuras que no podemos controlar. Hoy sé que me moriré de pena en mi tierra, a pesar de todo lo que me costó desprenderme de ella al principio. En cuanto me quité el manto que me cubría empecé a ser persona y a moldear mi alma. Creo que el regreso, impuesto por terceras personas, será tan negativo para mí que me llevará a la tumba.
Yo adoraba mi tierra, pero las personas que allí había consiguieron que terminara odiando todo aquello. Me sumerjo en los recuerdos de mi infancia y juventud y el control exacerbado que recaía sobre mí en las breves temporadas en que estaba allí.
Ahora me embarga la pena. Vuelvo para abrazar la infelicidad que encontraré en el horizonte, sabiendo que la ciudad para la que me he convertido será el único lugar del mundo que me dé las alegrías que le faltan a mi vida. Vuelvo a un infierno y no estoy hecha para soportarlo ni para salir de él. Seré un ánima viviente, que sobrevive entre monstruos que se regodean con mi dolor y mi pena.
Mañana cogeré un tren para la estancia definitiva en la tierra de mis ancestros, en la tierra fértil que me vio nacer. Con lágrimas en los ojos diré “adiós”, reconoceré que tendré que sumergirme en el olvido momentáneo de los deseos latentes y las obligaciones impuestas.
No sé si volveré alguna vez. Si lo hiciera sería abrir una llaga que intento cerrar. Dicen que las despedidas dan mala suerte, por eso no quiero decir “adiós”. Siempre me queda la esperanza de volver en un futuro, pero sé que no lo haré, porque no podré soportarlo.
El ácido sabor de mi tierra hace que mis sentidos se tambaleen hasta perder el control. No quiero irme, pero soy consciente de que debo hacerlo, dejando atrás a tantas personas, tantos recuerdos, tantas vivencias, tantas experiencias, tantas calles por recorrer, tantos monumentos que ver, tantas cosas que aprender...
El futuro se perfila en el horizonte con una negrura insólita, mis pasos tiemblan ante las andanzas de lo que haré y dejaré de hacer. Volveré a probar el sabor de la tierra que me vio nacer, volveré a saborear esos caldos espirituosos de calidad, volveré a coger un terrón de tierra agreste y sentiré su rugosidad al tacto, volveré a hacer todo lo que he evitado durante todos estos años. Sin embargo, sé que nada de esto podrá calmar mis sentidos, que mi llama se apagará como el cordel encendido de un cabo de vela a punto de sucumbir a las tinieblas.
La niña ingenua que llegó a esta ciudad se marcha, contrahecha, a sus orígenes, convertida en una mujer sabia y con enormes conocimientos sobre el espíritu humano. Pues únicamente con los cambios que se infligieron en su conducta y su alma reconoce en cinco minutos a sus iguales y a sus enemigos.
Allí morirá mi alma, porque un alma reprimida, resignada al no ser, no podrá jamás sobrevivir a las adversidades del destino.
Con inmensa pena, sé que vuelvo para catar el sabor de mi tierra por última vez, ese sabor que pondrá fin a mi vida cual veneno sediento frente su víctima.