Hasta ahora no me explico qué sucedió con Genoveva. A ella la conocí mediante un amigo. Sufrí para que su mirada no me rehúya. Y sufrí más para conquistarla. Era una dama tan culta, tan sentimental, tan devota del amor, y entregada en las faenas íntimas, haciendo de este servidor el hombre más voluntarioso del barrio. Apenas tosía y ya estaba en mi boca el matecito de manzanilla, o tenía alguna leve fiebre y ya estaba llamando al médico. Cómo olvidar aquellas veladas nocturnas de sábado: Preparaba bocadillos a base de piña en cuadritos entremezcladas con jamón extranjero; de fondo una pasta a la boloñesa de chuparse los dedos, rematándose el ágape con un vino importado español. ¡Y la música, señor, extraordinaria canción para la ocasión del divo Enrique Iglesias: Nunca te olvidaré! Y la noche en rigor era la antesala del reino de los cielos, si existe. Qué destreza, qué imaginación, qué pundonor… De costumbre tenía mucho celo en elegir las ropas que debía ponerme o comprar. Me decía: Este hace juego con lo uno o lo otro; este no, este sí, te quiero ver lindo para mí sola.
Cuando llevaba a mis amigos a su mini departamento se deshacía en atenciones. Muy recatada ella, me hacía sentir como un verdadero príncipe, un varón ganador, el dueño de la hacienda, por decir lo menos. Estos mis amigos y amigas, concluían con algo de envidia natural, que mi destino era una estrella luminosa del firmamento con una asegurada felicidad al lado de esta dama que de veras encantaba a propios y extraños. Ni qué decir de sus amistades. Se relamía en elogios y miradas de amor eterno a su afortunado galán, que era yo. Resueltamente me auguraban una vida en la gloria o una gloria en la vida. Quería agregar que Genoveva conocía a mis padres, los cuales caían rendidos a su pie, incluso mi madre, muy celosa de sus hijos, se resignó ante tanto esmero de mi enamorada, que luego de tantos parabienes pasó a ser mi novia. Y también yo conocía a su madre y hermanas, quienes, de costumbre, primero me auscultaron bien, luego concluyeron que yo era el elegido, pues a información de mi dama no podía haber hombre mejor en el mundo que cubriera esa parte de la naranja media. Estábamos hechos a la medida, el uno para la otra.
Como evolución o consecuencia ineludible acordamos unirnos en santo matrimonio. Cualquier casamentero sabe de los ajetreos y emociones que acompañan a los titulares del partido. Hicimos uno y otro presupuesto, tratando de realizar un evento tal que recordarían hasta nuestros tataranietos y, por lo menos, los nietos de los invitados. Doscientos partes, buena comida, tragos, cerveza, orquesta, local de recepción… Era todo un sueño. ¡Valía la pena!
Éramos ya casi concubinos, pero por circunstancias de trabajo solamente podía quedarme con ella los sábados por la noche. Un viernes, durante casi todo el día gestionamos los preparativos. Extenuado me despedí de mi amada, quería descansar y soñar con los hermosos momentos que estaba viviendo. Al día siguiente tenía que ir temprano a mi centro de labores donde me desempeñaba como administrador de una pequeña empresa denominada “La confianza”. Como no contaba con vehículo propio, todo mi desplazamiento era en taxi. Cuando ya estaba recostado en mi cama de soltero, me percaté del olvido de las llaves de la administración en el mini departamento de la mujer de mis sueños. Bueno, mañana, muy temprano fastidiaré el descanso de la dueña de mi corazón, me dije y cerré los párpados.
En la madrugada del día siguiente, sábado, me presenté a la puerta de mi ama y señora. Toqué el timbre una vez, y nada. Dos veces, tres, varias veces y nada de nada. Me pasó un pensamiento terrible, me imaginé a mi amada desmayada por algo o quizá muerta. ¡Dios mío, que abra la puerta por favor! Ah no, pensé, de seguro el timbre se atrofió. Me fui a la esquina, a cincuenta metros donde había un teléfono público con cabina. Lo despertará el timbre telefónico, me dije. Algo nervioso marqué los números y nadie contestaba al otro lado de la línea. Insistí con el corazón en la boca del estómago, a punto de un soponcio. Pareciáme estar fuera de contexto, era por demás extraño esta anomalía. ¡Habrá dormido en casa de su madre!
Cuando colgaba definitivamente el teléfono, para irme al trabajo, se apareció un automóvil parando en la puerta del hogar de mi hermosa Genoveva. Se abrieron las puertas delanteras, por una salió un varón de mediano porte, y por la otra salió mi Genoveva, vestida espectacularmente como si hubiera asistido a un concierto de gala. Me quedé patitieso, no había duda, era mi futura esposa. Será un amigo, quizá un familiar, tal vez un buen samaritano que la recogió por ahí, quizá estoy soñando… El hombre, coquetamente, tomó la iniciativa, abrazó a la mujer ¡y la besó apasionadamente! El complacido acompañante la besó una y otra vez, despidiéndose con un cariñoso toque al trasero de mi incierta esposa. Luego él partió en su moderno auto; ella ingresó al mini departamento, y yo, mis amables lectores, conocí lo que significaba el infierno, el desconcierto, la traición… Me arrimé a la cabina por no sé cuanto tiempo. Recordé aquella ocasión en la que me di de consejero con mi amigo Jeremías. Este vivió una situación parecida, pero logró sobrevivir.
Toqué el timbre y, a la primera llamada, salió la mujer que me acababa de llevar al cadalso. Estaba en traje de dormir la bandida. Me abrazó muy emocionada: -¡Mi amor, por qué tan temprano! Pasa que te preparo el desayuno.
-Me olvidé las llaves de la oficina – le dije, asombrándome de mi tranquilidad.
-¡Ay, mi amor, toda la noche me la pasé pensando en ti! ¡En ti, mi ricotón, mi hombre! Te preparo un juguito de naranja…
-Mi amor, nos estábamos olvidando de los Morales, ellos son muy amigos de mi familia…
¡Ay, Humberto (debería decirme hueberto), hagamos el mañanero, tengo tantos deseos de ti!
-¡Mi vida, mantengamos esa fibra para la noche! – le espeté digno de un actor de telenovela. Para mi asombro con mucha serenidad.
-¡Lo que tu mandes, mi Humbertito!
Esa noche del sábado falté a propósito a la lid de rutina. Me hice el enfermo. Al día siguiente saqué permiso laboral y me fui por cuatro días a las afueras de la ciudad, sin ninguna comunicación con la dama de mis tormentos. Pero cuando uno ama de verdad, mi querido lector, no se puede olvidar así porque sí a la amada. Mis pensamientos estaban ahí con el rostro angelical de Genoveva, tratando de explicar el por qué de su actitud, empero también estaba mi orgullo de varón herido. No sabía qué hacer, hasta que al fin decidí hacerle una vigilancia desde la noche del viernes. Me aposté en el teléfono público de la esquina. Pasaron largas horas y, de repente, apareció el mismo vehículo de mi desdicha. El caballero tocó el timbre y en un santiamén salió mi Genoveva, quien ingresó raudo al auto y dentro era besuqueada con locura. Se me partía el alma y el corazón. Quería estrangular a los dos. Mis celos me precipitaron a tomar un taxi y seguir a la villana. Se fueron a cenar a un restaurante de lujo, luego se trasladaron a una discoteca llamada “Noches ardientes”…
Llegué a mi casa absolutamente derrotado y consternado. Hoy entiendo a mi amigo Jeremías. Esa noche lloré como hombre y así hubo un ligero desahogo. Mis padres se esmeraban en avisarme que Genoveva me había buscado por mar y tierra y hasta me reprendieron por mi falta de consideración con la nuera en ciernes. Al día siguiente llegué al trabajo y todos me hicieron llegar al oído sobre la búsqueda desesperada de mi novia.
-¡Qué pasó, jefe, la señorita estaba llorosa!
Pensé que huir del problema empeoraría mi existencia. Una vez más me hice de valor y me fui donde la infiel, quien me recibió como si me hubieran rescatado de un naufragio. Mi intención era aclararle las cosas en privado, como corresponde a un caballero, luego decirle que la amaba, la amaría siempre, pero que se había llegado al punto de quiebre sin marcha atrás. Le narré todo.
-¡Y así es Genoveva, esto no puede continuar, me lastimo yo, y no sé qué más podría suceder! – terminé diciendo, muy acongojado, pero con firmeza.
Sucedió un silencio sepulcral, de esos que anteceden una catástrofe o una tempestad.
-Es verdad todo lo que dices, mi amor. ¡He estado saliendo con alguien los viernes por la noche! Pero hay algo que debes saber, ¡yo te amo como a nadie podría amar…!
-¡Pero, Genoveva, eso es absurdo! ¡Si yo saliera con otra mujer, de seguro es porque no te amaría!
-Así es. Si tu salieras con otra mujer sería que no me amas… ¡Pero si te has fijado bien… yo no estoy saliendo con un hombre...!
-¿¡Qué!? ¿¡Me estás tomando el pelo?! ¡Soy cachudo pero no ciego! ¡Qué, es un homosexual, un eunuco o qué?
-Es una mujer que se viste de hombre… Su nombre es Geraldine… ¡Tú la conoces...!
Cójame el cielo bien confesado, porque esta mi dama estaba a punto de reventarme el cerebelo.
-¡Geraldine! ¿Mi primera novia?
-¡Así es! Un día me visitó. Me amenazó que me haría infeliz toda mi vida. Le pregunté qué podría hacer para alejarla de nuestra vida para siempre… Ella me confió que era bisexual, que yo le gustaba… No me dio otra opción, por amor a ti tenía que salir durante un mes con ella – dijo llorando.
-Sólo debían ser dos salidas. No debía pasar de tres besos y baile hasta el amanecer. Sin sexo – agregó entre un mar de lágrimas.
-¡Nunca pensé eso de Geraldine! – exclamé. -¡Debiste avisarme! ¡No me digas que también eres bisexual!
No sabía qué pensar ni qué decir.
-Ella también te amaba y te sigue amando – arguyó mi interlocutora con algo de celos.
-Por ti iría incluso al averno – concluyó mi desaforada mujer.
Quién era yo para juzgar a Genoveva y Geraldine. Lo tomé como un acto de sacrificio por amor a la primera, y como un acto de renuncia a la segunda, previa penitencia de la parte beneficiada. Y así, un mes de agosto me casaba con Genoveva, el amor de mis amores, con presencia de Geraldine como una de nuestras invitadas.