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Pazó Espinosa, José (Deseo)

El secreto de la tortuga



I

Nunca había pensado en ir a la reunión de mis compañeros de colegio. En

los últimos cinco años, había recibido cartas y mensajes invitándome a una

“reunión de antiguos alumnos”, pero yo había evitado leerlos, y cuando lo

había hecho había intentado olvidar lo que decían lo antes posible. ¿Para

qué iba a volver a verlos? ¿Para observar el paso del tiempo? Para eso, tenía

bastante con verme a mí o ver el barrio en el que vivía; con ver a los que me

rodeaban o los árboles de mi calle o las nubes que pasaban por encima. ¿O

iba a verlos para comprobar cómo no habían cambiado? ¿Cómo las mismas

broma estúpidas e inanes seguían en las bocas de los que aprendieron a

decirlas cuando eran niños? ¿Acaso quería corroborarme a mí mismo una

vez más el determinismo del ser?

Alguien podría decirme que el que no quería ser observado era yo. Y

tendría razón. Qué iba, ¿a mostrar mis dos divorcios, mi vida solitaria, mis

mediocres logros profesionales? ¿Mi ropa gastada y adaptada a mi forma, a

mis movimientos, a mi olor? A entrar otra vez en esa lucha por la palabra,

por la atención, que habíamos protagonizado años antes, con las humildes o

pomposas armas que nuestras familias nos habían dado? No, nada de eso.

Evité la reunión, evité a mis antiguos compañeros y siempre me dije que yo

era otro, un yo de ahora, y que qué necesidad tenía de espectros del pasado.

Hasta que un día, volví a ellos.

Después de lo que he dicho es difícil justificar el cambio. Quizá se debió al

color especial del cielo una tarde de otoño en que leí el mensaje, cuando ya

no esperaba nada. Habían pasado años sin noticias, y esta vez, cuando llegó,

lo abrí y lo leí sin inmutarme, sin otra reacción que la vaga curiosidad.

¡Insistían de nuevo! ¿A qué se debía? Pero lo que yo había interpretado

como curiosidad hacia mí, se había convertido, sin que yo me hubiera dado

cuenta, en curiosidad mía hacia ellos. ¿Cómo serían? ¿Qué habría hecho la

fortuna con sus destinos? ¿Qué mapas reflejarían sus caras? Así que escribí

cuatro palabras de respuesta que mandé antes de apagar la luz y acostarme

con la ventana abierta, oyendo el aire de noviembre correr entre las hojas de

los árboles de mi calle.

II

Había decidido no vestirme mucho para la ocasión. La comida era en un

restaurante muy cerca del Retiro, uno de estos rancios asadores con

camareros mayores y secos, manteles de tela y cubertería de acero imitando

plata, carta corta y cargada de carne y pescados del Norte, vinos recios de

Rioja y un olor a tabaco en todas las esquinas. Iba sin corbata, con la mejor

chaqueta de tweed que había encontrado (solo le faltaban dos botones, uno

en la pechera y uno pequeño en la manga izquierda), una camisa de

espiguilla azul clara sin planchar y unos pantalones caquis que guardaba

para las situaciones más formales. Realmente, lo único que me había puesto

para la situación era el reloj, un antiguo cronógrafo heredado de mi abuelo,

que había recibido sin que se moviera, pero que yo había devuelto a la vida

quitándole la tapa trasera y ayudando con la punta de un portaminas a que la

rueda del resorte de la cuerda girara. Desde entonces, funcionaba bien, y,

quizá de una forma animista, me lo ponía en las situaciones muy formales (o

que al menos a mí así me lo parecían) quizá para que me protegiera, como

un auténtico ser primitivo.

Anduve por Alfonso XIII y bajé por una de las calles que corren

transversales hacia la Castellana, buscando el asador. Por fin lo encontré.

Me lo marcaba un grupo de hombres de mediana edad con trajes oscuros,

seguramente trabajadores de la bolsa o de algún despacho de abogados

cercano, que parecían esperar algo o simplemente alargarse excesivamente

en los preámbulos corteses de la entrada al local. Nada más entrar, vi lo que

me esperaba: tela, madera, camareros mayores y secos, muchos más

hombres que mujeres, y sofocante ya olor a tabaco rubio mezclado con un

leve aroma viejo de habano. Me subí algo el cuello de la camisa –quizá otro

atavismo, para protegérmelo—y avancé hacia el fondo, hacia un salón en el

que me habían dicho en la entrada que me esperaban ya todos mis antiguos

compañeros.

Cuando llegué, no me reconoció ninguno. Lo mejor del caso es que yo

tampoco los reconocí a ellos. Me quedé allí de pie, mientras permanecían

sentados, mirándome. Hubo un silencio que intenté no medir, y después

levanté la mano y dije mi nombre, como si fuera un recién llegado al que

nadie conocía de antes. Acto seguido, me senté.

La intrusión en un grupo es siempre embarazosa, y así es como me sentí.

Sin embargo, también estaba tranquilo. Estaba en un grupo de hombres

maduros, más de lo que yo me había imaginado, y la amenaza que aun de

forma vaga y lejana había sentido antes, se había evaporado por completo.

Hubo preguntas rituales y preguntas interesadas, éstas más propias de la

curiosidad, pero el tono era cordial, las caras y los gestos también. Tras esas

palabras y miradas de rigor, alguien dijo:

-- Falta Retuerto. Y eso que él ha sido quien organizó esto.

-- ¿Qué es de él?

-- Pues parece que montó un negocio de informática, lo vendió, se forró y

ahora vive retirado sin hacer nada.

-- Se dedica a clases de pádel – dijo otro.

En ese momento, como si hubiera estado coreografiado, apareció Retuerto.

Era el hijo del profesor de química del colegio, el único alumno que era hijo

de profesor, lo que le había valido cierta extraña marginación, que él

solventó de forma maligna, con una sonrisa altiva como respuesta a algunas

conversaciones que se convertían en cuchicheos cuando él se acercaba.

Porque ¿quién iba a decir en voz alta lo que pensaba de su padre, o a usar su

mote siquiera si enfrente estaba su hijo, que a buen seguro sabía lo que se

comentaba, pero que también a buen seguro no quería escucharlo?

Retuerto llegó vestido con una sudadera celeste con propaganda de un club

de pádel dibujada en el pecho y en la espalda. Su aspecto era extraño, una

mezcla de uniforme de gimnasia de niño y de modelo de ropa deportiva para

el catálogo de una gran superficie. Saludó a todos y dijo:

-- No me puedo quedar.

Lo que levantó una ola de por qués y qué pena en los comensales. Éramos

once, doce conmigo y trece con Retuerto. Pero Retuerto prefería volver con

sus alumnos de pádel, como le gritó casi un compañero muy bajo que ahora

era coronel del ejército de tierra.

-- Sí, sí, tú vete a aprovecharte de tus alumnas…

Retuerto me vio y, mucho más dicharachero que los demás, me dijo:

-- ¿Y tú quién eres?

Le dije mi nombre.

-- Pues vaya –siguió--, parece que ahora eres ya normal, porque de pequeño

ni se te veía de lo delgado que eras.

Me quedé callado, deseando que volviera a sus clases de pádel, como

enseguida hizo. Era curioso: el marginado de pequeño seguía siéndolo de

mayor y, como su padre, se dedicaba a enseñar, pero algo más glamuroso, al

menos en estricta apariencia verbal. Además, era el único que mostró que

aún tenía el sutil veneno de la niñez: esas pequeñas y rápidas dosis de

memoria usadas estratégicamente.

Una vez ido, nos quedamos todos un poco más tranquilos. Parecía que,

como de niños, podíamos hablar ahora con menos cortapisas, de una forma

más cómoda.

Iniciamos la comida, y la conversación no tardó en derivar a los que no

estaban, a los que habían desaparecido. Mencionamos a tres o cuatro,

algunos desaparecidos en accidentes, otro por el sida, otros residentes en el

extranjero. Hasta que no quedó más gente que repasar. Entonces me acordé.

-- ¿Y Denís? –dije.

-- ¿Denís?

-- Sí, ¿no recordáis? Estuvo en clase hasta primero.

Se levantó una nube de murmullos. Nadie parecía acordarse. Hasta que uno

dijo:

-- Sí, hombre, el de la tortuga.

-- ¿El de la tortuga?

De nuevo más murmullos. Nadie parecía acordarse de nada, excepto la

somera relación con una tortuga.

Mi compañero de la derecha, que había estado callado hasta entonces,

añadió:

-- Sí, hombre, el que siempre iba diciendo por ahí que sabía el secreto de la

tortuga.

-- Pues no caigo… --dijo otro. Nadie parecía acordarse.

Yo tenía el tenedor en una mano y el cuchillo en la otra, y en esa posición

me quedé congelado por un instante, con el bistec delante de mí. Sin casi

darme cuenta ese bistec se convirtió en una tortuga, en la tortuga de Denís.

No sabía por qué lo había sacado yo a colación o por qué hablaba ahora de

él así, después de tantos años, como si hubiera sido mi amigo íntimo.

-- Yo sí me acuerdo.

Denís había sido vecino mío. Era un niño diferente, callado, pálido y

siempre sumido en sus cosas. Había algo en él extraño, cierto poder mudo

que hacía que no se convirtiera en blanco de las bromas de los demás a

pesar de sus rarezas y sus debilidades. Quizá era la distancia que él mismo

imponía, quizá el hecho de ser hijo de madre soltera, el único en la clase. Le

envolvía un aura de delicadeza que lo ponía muy lejos, en otra órbita

planetaria.

-- Denís tenía una tortuga, no sé cómo la consiguió –continué--. Recuerdo

que la tuvo en la ducha de su casa hasta que su madre se lo prohibió y le

obligó a tenerla en la terraza. Denís lo había aceptado de mala gana y su

malestar se vio corroborado cuando un día volvió a casa para descubrir que

la tortuga había desaparecido. La buscó por todos los rincones de la terraza,

detrás de las macetas, pero lo tortuga no estaba en ninguna parte. Acabó

olvidándose de ella, al menos aparentemente y si es que podía llegar a

olvidarse de algo. Era muy testarudo.

Los otros me miraban mientras engullían sus chuletones y sus besugos,

con una calma y una atención que habrían sido imposibles en los tiempos

pasados de los que estaba hablando.

-- El caso es que unas semanas después –continué--, el portero de su casa le

dijo que su tortuga había aparecido. Por lo visto, había caído desde la terraza

de su cuarto piso a un jardincillo que la casa tenía delante y el portero la

había encontrado viviendo entre los setos. Se la devolvió. La tortuga estaba

muy bien, pero en la caída se le había roto el caparazón en la parte superior

y tenía un agujero. No era muy grande, pero tampoco era pequeño. Me lo

enseñó un día. Yo había llegado a su casa después de clase, íbamos a repasar

algo, no recuerdo qué, y lo encontré de cuclillas en el baño –la tortuga había

vuelto a vivir allí tras su accidente— con la tortuga en las manos. Tenía la

cabeza fuera y los dos se miraban fijamente. Denís, sin mirarme, me dijo:

“Sé su secreto. Y ella sabe que lo sé.” Fue a partir de entonces cuando su

tortuga se hizo famosa. Quizá no lo recordáis, pero la visteis casi todos. Y

pagasteis por ello.

Recordé que tras ese día Denís decía a todos que si querían, podía

enseñarles cómo era una tortuga por dentro. Hasta la trajo un día a clase,

pero solo se la dejó ver a dos compañeros. Sus reacciones de asco y

repugnancia levantaron la curiosidad de casi todos. Entonces, Denís empezó

a cobrar a la gente que quería verla después de clase. Había que ir a su casa.

Su madre no estaba porque trabajaba por las tardes. Recuerdo algunos días

que había una cola de más de cincuenta niños. Cobraba cinco pesetas a cada

niño.

Mis antiguos compañeros empezaron a murmurar:

-- ¡Claro!

-- Ya recuerdo.

-- Qué asco, ¿os acordáis?

Luego hubo un silencio.

-- Creo que se murió –dijo uno.

-- ¿La tortuga? –respondió alguien.

-- No, hombre, Denís. No sé de qué. Pero muy joven, antes de los veinte –le

respondió el otro.

Yo tenía ante mí el bistec, en el plato. Solo le faltaba un trozo, como a la

tortuga. Se me habían quitado las ganas de comer. Tenía ante mí sus caras,

sus barrigas llenas, sus palabras, y me sentía bien, pero la única persona que

sabía el secreto de la tortuga no estaba allí. Lo curioso es que nos lo había

enseñado a todos, pero nadie lo recordaba.

-- ¿Cuál era el secreto? –dijo alguien.

-- ¡Forrarse enseñando una tortuga asquerosa! – dijo otro.

La conversación no fue mucho más allá. Tomamos postre, cafés y como

era un sitio serio y caro no nos invitaron a licores. Ninguno de nosotros

fumó. Todos estábamos ya en la lucha por alargar la vida, esa lucha

silenciosa y secreta, llena de mitos y fantasías, como la lucha sexual

anterior.

Salimos a la calle. Nos despedimos con largueza, con pequeños discursos

enmascarados y abundantes golpes en el hombro y la espalda. Nos

prometimos volver a vernos. Y nos fuimos de allí íntimamente confusos,

como si hubiéramos asistido a una extraña sesión de adivinanzas remotas,

casi orientales. Alguien nos había dicho un secreto. Quizá su vida había sido

eso, contárnoslo. Y a nosotros no nos quedaba más que una pregunta y la

silenciosa sospecha de que nunca la íbamos a responder.

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