Siempre se había pensado que Iván Dochanar era un nombre y apellido falsos. Daniel desde pequeño acompañaba a sus padres a visitarle y siempre dijeron, desde los comienzos de la relación, que había sido compañero del abuelo, al cual apenas habían conocido. Fueron milicianos juntos, manifestaron en alguna oportunidad.
Por las tardes, luego de que su padre cerrara su negocio, se acercaban a la casa de Iván. El progenitor de Daniel tenía una tienda típica de aquella época en una pequeña ciudad del interior. Todas las mujeres del pueblo pisaron alguna vez su local buscando algún elemento de mercería.
En lo personal a Daniel, el negocio le encantaba desde niño: tenía hilos de todos colores, agujas, cierres, elásticos para calzones y hasta elementos para confeccionar cortinas. Se pasaba horas ordenando botones de todas las especies: metálicos, nácar, madera y plástico, acomodándolos en sus correspondientes cajas. Luego le tocaba a los hilos de colores, los cuales también unificaba por tamaño.
Daniel pasaba las tardes enteras ayudando a su padre, hasta que comenzó el secundario, ya trabajando, en el bar familiar. Su padre prefería que estudiase y ayudare a su madre con los pequeños quehaceres domésticos. Su hermana era aún una niña.
El colegio secundario le gustaba medianamente. Cuando Daniel regresaba por horas libres se cruzaba con su padre antes de salir para su negocio, acompañándolo
Un miércoles, que salió antes, al entrar a su casa escuchó un cuchicheo entre sus progenitores. Antes de saludar, y como no lo habían oído entrar, tomó esa conversación a media lengua.
---El abuelo Iván jamás volverá a Alemania, antes preferiría la muerte, sentenció su padre. Daniel entró enseguida y de inmediato silenciaron sus voces.
Nunca más pudo escuchar nada sobre este asunto. Jamás volvieron a hablar delante suyo. Siempre pensó Daniel, que algún día desvelaría el misterio.
Pasaron dos años del episodio y fue olvidado el incidente. Era el cumpleaños de Iván y concurrieron a saludarle. La hermana de Daniel había crecido y, para entretenerla, jugaba con él, a las escondidas. Tenía sólo cuatro años, pelo rubio rizado y en aquel momento, vestía un hermoso conjunto de color rosa. Como casi no sabía contar, siempre él, la aventajaba en el juego.
Accidentalmente Daniel, cayó detrás de la escalera que conducía al desván y observó una pequeña puerta trampa oculta en la madera que cubría el fondo.
No mencionó el incidente, ni siquiera a su hermana. Lo guardó en el disco rígido de su cerebro. ¿Quién sabe? Podría ser que algún día lo trajera a la superficie.
Pasaron los años y las visitas a Iván, por las clases, se hicieron esporádicas por parte de Daniel y su hermana. Sólo su padre siguió visitándole cada semana.
Un sábado, al regresar, lo había encontrado muy enfermo, con rostro muy pálido y una fiebre muy alta. Los médicos estudiaron y trataron su enfermedad, pero la leucemia le fue minando paulatinamente. En esos momentos tan duros, el padre de Daniel visitaba al menos dos veces por semana a Iván A su vez, le ayudaba como podía una anciana institutriz del barrio.
Al regresar, su padre les informaba de su estado, que cada vez era más grave. Nos contó que hablaron mucho de su abuelo con él. Ambos, según dijo, combatieron en África contra los aliados y fueron apresados y remitidos siete meses a un campo de refugiados en Turquía.
De allí lograron escapar y como polizones, subieron a un barco que los depositó en Italia. Transbordaron a otro convencidos que llegarían a Estados Unidos, fue cuando recalaron en el puerto de Buenos Aires.
Ambos adoptaron el silencio del lugar de origen y dieron apellidos falsos, por miedo que los repatriaran. El abuelo adoptó el de una vecina e Iván el de un familiar lejano. El abuelo de Daniel, con su genealogía del lado materno, de origen moro, hablaba algo de español, lo cual ayudó a Iván para comprender el idioma ya que sólo hablaba alemán.
Se casó con una mujer Búlgara de nombre Ana, la abuela de Daniel, la cual nunca conoció. Murió joven luego de dar a luz a sus cuatro hijos, a causa de una diabetes juvenil.
Su abuelo, según se supo más tarde, recaló en Mar del Plata y vendió de todo. Desde sanwichs en la playa hasta elementos de repostería. Luego comenzó un negocio estable y el padre de Daniel y sus dos hermanas le ayudaron. Regenteó un bar de playa durante quince años. Su nombre de fantasía era Carlitos. En los envases para envolver la mercadería se mostraba una imagen de Charles Chaplin por lo tanto su abuelo le usó el nombre. Aquel negocio fue el medio de vida de la familia, durante muchos años.
El padre de Daniel contó que llegaban a trabajar hasta veinte horas diarias durante el verano. En invierno se mantenía cerrado. Cuando se fundó el bar, la Rambla Marplatense, aún era de madera. Con el tiempo, el impulso del turismo llegó al esplendor de nuestros días, en aquella zona.
Luego de todos esos años un día, el abuelo de Daniel se sintió enfermo y decidió cerrar el negocio. Nadie pudo convencerle de lo contrario, aún siendo sus hijos, los que continuaban con la tarea. Era así, él lo comenzó y si por alguna circunstancia abandonaba, aún sin explicación creíble, todos dejarían de trabajar.
Visto así, a todos les pareció mezquino y poco coherente. Años después entenderíamos la causa posible y lo comprenderíamos.
El abuelo de Daniel falleció en la indigencia. De la venta del negocio, la mitad lo repartió entre sus hijos y el resto lo malgastó en hipódromos y juegos de azar.
Ya muy enfermo y solo, el padre de Daniel era el único visitante que recibía. Pocos de su familia lloraron su deceso ya que había sido marginado, por su conducta. Nadie nunca supo cuando fue la última charla con su hijo La efectúo desde un teléfono público con el padre de Daniel. Cuando él mismo llegó, le encontró muerto en el camastro de la siniestra habitación que alquilaba en sus últimos días.
En aquel período Daniel se encontraba en el jardín de infantes y sufrió bastante la pena, junto a su padre, la pérdida de su abuelo. Por ello mucho tiempo después la congoja que recordaba de la agonía y muerte de su abuelo paterno fue similar a la que había observado cómo su progenitor sufrió en silencio el deceso del abuelo Iván. También supo que sólo compartió con él, la charla póstuma y las reminiscencias de aquel misterio que guardaban en el arcón de los recuerdos.
Al morir Iván, poco tiempo después, fue más demostrativo el afecto y se le vio y oyó llorar en silencio. Ambos se habían demostrado un gran cariño a través de los años.
El padre de Daniel fue nombrado albacea de su herencia, de sus muebles y enseres. Motivo por el cual, comenzó al tiempo con la liquidación. Camas de bronce, arañas con caireles y candelabros, ocupaban el mobiliario. Los cuadros tenían más un valor afectivo que pecuniario, pero el remate era lento e inexorable.
La tasación fue superior a la esperada, por lo cual “Rostros”, como entidad benéfica, que era el destinatario de la herencia, quedó impresionada. La casa donde moró los últimos cuarenta y cinco años sería cedida, también, a la misma institución, luego de finalizar la subasta.
El padre de Daniel colaboró en el remate y en la distribución de las donaciones para que todo el dinero llegara indefectiblemente a la organización de beneficencia y no quedara en los bolsillos rotos de algún ocasional personaje.
Íbamos los fines de semana y desarmábamos muebles, camas y lámparas para luego ser embalados y enviados al martillero, quien designaba los días de remate público, su finalización se calculaba en no menos de un año.
El día que nos tocó desarmar la cama donde dormía Iván, fue la sorpresa. Uno de sus laterales de bronce, muy pesado y tosco, pese a ser hueco, dejó entrever unos papeles.
Definitivamente, como el metal tenía forma cilíndrica, el rollo había adoptado la curva y fue dificultoso ponerlos planos. Cuando lo lograron, eran rectangulares grandes y, sin ninguna duda, eran billetes alemanes. Hasta dieron la imagen que parecían los de 1929 en la hiperinflación germana, donde llegaron a usarlos para empapelar paredes dado su escaso valor.
Sin que su padre supiera, Daniel regresó al día siguiente a aquella casa. Recordaba la puerta trampa de los juegos de su infancia escondido en la escalera.
Sacó la madera que lo cubría, pero debido al tiempo que había pasado, se le hizo muy dificultoso abrir la puerta de hierro.
Buscó una palanca de hierro y trató de usarla de barreta. No sin gran esfuerzo, logró abrir lo que parecía una puerta de fundición de una vieja caldera o de algún depósito de calefacción centralizada o quizás, algún incinerador antiguo totalmente en desuso los últimos cincuenta años.
Encendió la linterna que ocasionalmente llevaba en su bolsa, iluminando desde una posición muy incomoda. Pasaron arañas, cucarachas y bichos de humedad raudamente. Pese al asco que le daba, su intriga era cada momento mayor y trató de introducirse en el hueco. Sólo, pudo pasar de la cabeza hasta el tórax. Comenzó a divisar grandes fajos totalmente desordenados de aquellos billetes que encontraron en la cama de Iván, tapados de tierra y raídos, algunos como flecos, otros totalmente destruidos.
En el fondo encontró varios uniformes con símbolos nazis, medallas de la SS, brazaletes con cruces svásticas y varios pares de botas, no todas de igual tamaño.
Inmediatamente recordó, que su abuelo había tenido los pies muy pequeños.
Sus vidas habrían estado juntas en la segunda conflagración mundial?, seguramente como oficiales de la Gestapo u alguna otra formación Alemana. ¿Quizás escaparon de aquellos horrores y por ello jamás dijeron sus verdaderos nombres?. Si eran descubiertos, serían repatriados y juzgados inmediatamente, pensó Daniel.
Por otra parte, la fundación Simón Vicental podría haberles buscado como criminales de guerra para ser castigados en Israel.
Al poco tiempo, el padre de Daniel murió súbitamente. Todavía estaba en duelo mental por su fallecimiento, cuando debió participar de la subasta, con los últimos enseres de Iván, también colaboró del remate de la casa.
La noche anterior, a la subasta del inmueble, un fuego brilló en aquella vieja caldera arrasando con todo lo más importante que aún yacía en esa catacumba, además de los secretos de su abuelo y de Iván
Al año fallecía la madre de Daniel. Nunca supo cuánto llegó ella a conocer de tanto misterio, sólo pudo decir que toda esta información morirá con ella, ya que jamás habló con su madre del tema.