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Perego de Sicard., Graciela Vicenta Martina. (Henequen)

Anclaje



ANCLAJE

Es necesario iniciarse en la serendipity, arte de transformar  los detalles aparentemente insignificantes en índices que permitan reconstruir una historia por completo. La vida nos solicita esa estrategia.

                                                                                          EDGAR MORIN.

 

Ana que era maestra, comprendía el sufrimiento de aquellas personas que no lograron asomarse al conocimiento.

En esa situación se  encontraban Miguel y Marisú. Estos pescadores de río  no tenían hasta pasado sus treinta y pico de años, ninguna  herramienta que los sacara de ese estado. El deseo de manejar la lengua oral y escrita en forma fluida siempre estuvo latente en ellos. Sus padres no pudieron y no supieron cómo hacer para activar esa ilusión oculta: dejar de ser analfabetos.

En su oficio diario son muy hábiles, conscientes de estar  satisfaciendo necesidades básicas. El problema se muestra cuando tienen que relacionarse con un mundo que presenta otras realidades. Sabían que les faltaba el instrumento con el que la humanidad consigue expresar razonamientos y sentimientos.

En los dos casos, Ana no podía hablar de fracaso escolar, porque ellos nunca concurrieron a la escuela. No fueron inscriptos en lista escolar alguna.

Los comienzos de un verdadero entrenamiento son los primeros pasos que dieron con Ana. Con  ella dejaron de lado sus inhibiciones, angustias y fracasos. Ellos tenían sus propios saberes, pero querían zambullirse en otros, poder hurgar en ese mundo maravilloso hasta ahora vedado pero no prohibido.

Providencialmente el momento llegó bajo la atenta y orientadora mirada de Ana.

Miguel era un avezado trabajador de río y necesitaba renovar su carnet de conductor. Cosa extraña para quien sólo conoce el oficio de pescador y vendedor, puesto que parece ser incompatible el “guiar una canoa”, con el saber conducir una vieja camioneta. El conflicto se suscitó, entonces, cuando a Miguel se le venció el carnet de conductor vial y pretendió renovarlo. Según como se fueron sucediendo los hechos, él logró aprobar el examen psicofísico y el técnico, pero cuando llegó a la instancia de reconocimiento, mediante la lectura, de avisos y señales viales, fracasó. Se encontró inhabilitado por su analfabetismo, no por su desempeño como conductor del vehículo. Era el detonante que faltaba, ya que limitaba su accionar, neutralizándolo.  Así, la Dirección de tránsito de la ciudad de Rosario lo emplazó a presentarse y rendir la instancia fallida en un término de seis meses. Lo instó a cumplir, pero no le presentó alternativas válidas u orientaciones para que no fracasara en su próximo intento. Este, incidente comenzó a complicarle la vida a aquél hombre de río.

Miguel y Marisú no querían ser estigmatizados; necesitaban vivir una vida que los liberara de esa carga que tanto  obstaculizaba sus  sencillas vidas. Por lo tanto, el poder entrar al mundo de las letras y las palabras les permitió desembarazarse de miedos y temores, de vergüenzas y humillaciones. Eso fue motivador y novedoso. Marisú también quiso aprender, porqué es una gran  admiradora de todo lo que su hermano realiza, por eso lo  imita... sigue sus pasos.

El sufrir por no saber, los convertía en víctimas. El temor a exponerse estaba siempre latente.

Fue entonces cuando en el  verano de dos mil siete Miguel y Marisú se presentaron en la casa de Ana, maestra rosarina. Aunque poco la conocían, conversaron acerca de la problemática que los aquejaba. Los hermanos y la docente vivían dos realidades distintas, pero la integración se pudo realizar. Fue una espontánea articulación entre lo que ellos necesitaban y aquello que Ana podía brindarles.

Años atrás, Ana los había conocido cuando realizaba un censo de población en una localidad  llamada “Puerto Gaboto”, ubicada a cien kilómetros aproximadamente de la ciudad de Rosario. En aquella oportunidad el contacto fue fugaz. Pero, a esa primera vez, siguieron otras por trabajos estadísticos que la docente realizaba para el Ministerio de Educación Provincial, en aquél histórico paraje en donde Don Juan Caboto fundara  el fuerte “Sancti Spiritu” en 1526.

Afortunadamente, con el correr del tiempo, Ana  advirtió que dos caras alegres, simplonas y tostadas por el sol, comenzaban a sonreír y a saludarla, no por compromiso, sino por respeto y reconocimiento. Pasados algunos años ambos hermanos se establecieron en la ciudad de Rosario con el objeto de poder vender pescado fresco y brindar a sus hijos y nietos la oportunidad de gozar de una vida diferente a la que ellos vivieron.  Por ello se instalaron allá abajo... en las barrancas. Barrancas arriba existe una ciudad de muros, poblada de rejas y barrios exclusivos que profundiza la segregación espacial y la discriminación social. Esa brecha no da  la oportunidad de compartir la  experiencia de una vida en común. Siempre aparece una ciudad de muros cuando se cierra la puerta a quien necesita ayuda o cuando se adopta una actitud indiferente ante las necesidades del otro.

Para Ana era el momento oportuno de lanzarles el salvavidas que desactivara su ignorancia y activara sus ocultas capacidades.

Miguel y Marisú se criaron en el campo a orillas del gran río, pescando, cuidando ganado y haciendo tareas rurales. Sabían de privaciones y sacrificios, y esta nueva instancia que iban a emprender para alfabetizase no los amedrentaba.

En unos cuantos meses comenzaron a escribir y  reconocer los primeros grafemas y fonemas. Al principio, sus manos torpes trazan grafías simples. Pero todo lo van atesorando. Muestran  paso a paso que una gran felicidad los invade. Ese avance, lento, pero seguro es para Ana milagroso.

Es recíproco el enriquecimiento. “Los pescadores”, como la maestra los llama cariñosamente, son conocedores del lenguaje y de los secretos del río, de ese gran Paraná, de ese pariente del mar que lleva en sus venas la sangre  guaraní.

Con el sol a plomo, con las noches de luna llena con luciérnagas y estrellas, con la peligrosa  sudestada o con los tiempos de borrascas que estremecen la canoa a la luz de los relámpagos, ellos, los  pescadores, siempre cumplen con su difícil y sacrificada tarea

No son egoístas, comparten con todos sin recelos sus saberes acerca de la pesca, y sus técnicas.

En  este devenir comunicativo la charla se expande en una vasta perspectiva. Es destacable que, en su aprendizaje, la atención consciente, selectiva, móvil y voluntaria de los actores los impulsa a explorar nuevos horizontes en el campo del conocimiento. El estímulo permanente y persuasivo es utilizado por Ana. A estos dos personajes los embarga un profundo compromiso emocional. Ana es para ellos un referente indiscutible.

Cuando no están frente a su valioso cuaderno están pescando o procesando pescado en filetes. Por un lado Marisú, afilando los ganchudos anzuelos, colocándole a cada uno su brazolaza o tanza; por el otro Miguel, tejiendo las diversas mallas de las redes que atraparán a los incautos peces. El entramado de la red será diferente para cada caso según se trate de pejerreyes o sardinas, dado que ambas especies suben a desovar en época invernal, corriente arriba. Los bravos dorados o “tigres del río” que muestran su esplendor en el verano, necesitarán de un tejido más fuerte.

Según las explicaciones que le dan a Ana, sobre la faena de filetear pescado ésta no resulta fácil, debe realizarse con sumo cuidado para no herir o inutilizar esas valiosas  herramientas de trabajo que son sus propias manos.

Ana, considera a estos trabajadores que habitan en las márgenes del río Paraná y al amparo de las barrancas, “pobladores no marginales”, pues no viven segregados de otros habitantes, ni de  las estructuras de trabajo, ni del consumo de bienes y servicios. Ellos se distinguen por poseer una cultura propia y buenos modales. No comparten patrones de comportamiento social con su entorno inmediato; no son violentos, esquivos o pendencieros como algunos de sus vecinos o familiares.

Se han liberado, por su forma de ser, de ese círculo vicioso del cual resulta muy  difícil salir. Vencer la disfuncionalidad, que atenta contra el equilibrio del sistema social, fue para ellos un  desafío. Cerca de Miguel y Marisú viven también algunos parientes que se identifican con ellos sólo por el tipo de labor que desarrollan. Ana sabe que aquellos se caracterizan por  llevar una vida encadenada a la cotidianeidad, con un desarrollo socio - económico y cultural atrasado, resignado e insignificante. Insignificante, porque sólo son conmovidos y movilizados por políticos oportunistas. Se muestran cuando sus intereses dependen del mantenimiento o levantamiento de la veda pesquera que prohíbe a todos la captura de algún ejemplar en peligro de extinción. Entonces, cortan el puente que conecta dos ciudades fluviales, queman neumáticos y entorpecen el tránsito, haciéndose acreedores, por esta actitud, de la discriminación y desvalorización del resto de la sociedad. Lamentablemente la “veda”, que se aplica a un puñado de trabajadores de río, “no rige” para el empresario frigorífico. ¿Se está en igualdad ante tanta desigualdad?...  Consecuentemente, algunos políticos se aprovechan de todas estas contingencias para utilizar a los “transgresores” como rehenes. Paradójicamente, el pescador, “atrapado”,  cae en la red. En este estado de cosas la  ignorancia es para muchos un buen negocio. La clientela cautiva se acostumbra a recibir dádivas espurias por parte de quienes detentan el poder político. En cambio Miguel y su hermana no se contaminan, tienen como referente “al buscavidas” que avanza sin condicionamientos, pero atento a los valores heredados.

La veda no representa un obstáculo insalvable, todo tiene solución. Quiebran el inmovilismo, buscando otras actividades: reparan y tejen redes, cortan paja brava y arreglan la techumbre de algunas construcciones, cortan leña que luego venden, acondicionan cercos con cañas indias, o plantan pequeños arbustos...

Sigue siendo crucial comprender los contrastes de ambas posturas: el clientelismo político contra las ansias de progreso. Ana medita entonces sobre qué es lo esencial para cada uno de estos seres. Hay que empaparse de sus culturas, de la aparente e indiscutible racionalidad de las formas de vida que comparten.

Cuando Ana les dio el primer “sí” a las honestas pretensiones de Miguel y Marisú, supo que ellos querían ser reconocidos. Porque el quedar fuera del nicho ecológico urbano los haría más vulnerables. Con esta visión Ana pudo rescatar que, el ser humano puede ser muy rico en virtudes, valores  y vivencias cuando vence con dignidad los obstáculos y adversidades materiales que se le presenten.

Si la moda en esta sociedad consumista compensa frustraciones y “satisface” deseos de prestigio y de poder; en estos dos seres lo destacable es: su sencillez, su carácter alegre, su higiene personal y sus ansias de saber más...

La migración desde “su” Puerto Gaboto a la ciudad no los afectó. No se dejaron contaminar por los peligros y vicios de Rosario.

Cuando la funcionaria los emplazó a lograr el aprendizaje de la lecto - escritura en seis meses, Ana les advirtió que el proceso requeriría de más tiempo. No es fácil para quienes trabajan todo el día, atender, percibir memorizar, comprender, graficar, etc. Su desempeño está en evolución, pero falta mucho camino por recorrer.

La búsqueda de la motivación es constante para que queden atrapados, impactados. Ana hace que el asombro sea invasivo. Entonces aparece el efecto multiplicador, ellos se convierten en emisores y retransmisores en su propio mundo familiar. Son protagonistas de la  propia, activa e inquisitiva construcción. La dinámica educativa consiste en no hacer del sujeto educativo un tercero excluido sino un ser libre pero a la vez integrado. El diálogo les brinda la oportunidad de intercambiar opiniones acerca de las creencias religiosas. Son cristianos, pero no practicantes, aunque hicieron bautizar a sus hijos y a sus nietos en la capilla “San José Obrero”, lindante con las barrancas del Paraná. Pero, hay un momento en sus vidas en que el cielo se enciende en plegarias. Se trata de la procesión por el río del “Cristo de los pescadores”. Todos, aún los más desposeídos engalanan sus canoas con cintas de colores y flores. Desfilan entonando canciones alusivas y navegan por la rápida correntada para arribar a un lugar denominado “El remanso Valerio”. En ese predio se encuentra la estatua de un Cristo rodeado de redes de pesca, al que todos veneran con unción. Así, al pie del monumento se bendicen los frutos del trabajo, los hombres, las redes, las canoas y los espineles.

El tema del río no resulta aburrido para Ana. Miguel y Marisú relatan cómo es la partida de las canoas al amanecer cargadas de redes, anzuelos, espineles, palangres y  boyas, cómo el sol les da la bienvenida, bañándolas de oro y espejando sus siluetas sobre las iridiscentes aguas. Es un río ancho de curso rápido y señorial. Miguel lo cruza diariamente a motor o a remo. Él le cuenta a Ana que, va acercándose a la costa gredosa silenciosamente, apagando el motor, y esquivando los troncos y camalotes que  navegan a la deriva en época de creciente.

No va sólo, lo acompaña el perro que crió de cachorro, “El Cubi”, animalito vulgar, sin “pedigree”, de color caoba rojizo, con unos ojos grandes como caramelos de miel y una cola sedosa que luce orgulloso, cuando junto a su dueño se instala a babor, mirando la proa. Su larga cola al viento se asemeja a una bandera desflecada que ondea y se mece sobre el oleaje. Como de costumbre, Miguel se interna en alguno de los innumerables riachos, brazos sinuosos que acarician con su líquida materia las orillas de las inmensas islas. Allí  instala las redes, lejos de los inquietos remansos, demarcando la zona con coloridas boyas que danzan al compás de la corriente. Entonces, “El Cubi” salta a tierra y comienza a corretear por entre los pastizales, por entre los  encendidos ceibales y los sauces llorones que vuelcan con suavidad su verde cabellera vegetal  sobre la quieta orilla. El perro husmea, hurguetea con su húmeda nariz cuanta cosa se le presenta. Espanta a una legión de gaviotas asentadas en la rubia arena a la espera  de plateadas presas. Se desplaza en círculos, juega con su cola, mordiéndola y emitiendo cortos resoplidos.

Ana se deleita escuchando estos relatos. Cuando los hermanos narran sus vivencias, a la docente le viene a la memoria aquél maravilloso y aleccionador cuento del danés Hans Christian Andersen: “El Ruiseñor”. En el mismo el Emperador no supo valorar la riqueza que encerraba el canto del pajarillo, mientras que los pescadores se detenían para apreciar lo excelso de su trino. No resulta difícil, pues, establecer paralelos con la realidad. La sociedad está representada por el Emperador, dado que sus ensimismamientos no le permiten valorar las riquezas que encierran las cosas simples. Los pescadores, en cambio, si saben disfrutar de lo sencillo.

Los dos años compartidos entre Ana y estos trabajadores del río despertaron en la maestra ternura y comprensión. Fueron muchos los logros alcanzados: las alegrías compartidas, los valores transmitidos, el abandono de prejuicios, los talentos ocultos, el punto de encuentro como lugar para el asombro, el significativo respeto por el otro y su titánico esfuerzo.

Así, el  sueño de aprender mostró su anclaje sin resistencia.

HENEQUEN

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