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Truchado Álvarez, Pedro (Señor Hipopótamo)

La noche embotellada

     Ni siquiera hoy puedo recordar cómo llegué a poner nombre al poema. Lo que sí sé es que semanas más tarde estaba allí parado, con una sonrisa agradecida y casi mema, mirando a una mujer de mediana edad, mediana estatura y mediana hermosura, entregarme el diploma que certificaba a César Bermejo, servidor, como ganador del Quinto Concurso de Poemas del extraviadísimo en el mapa Ayuntamiento de Monte Blanco. Sé también que todo comenzó en una de mis largas y habituales noches. Llevaba sentado más de cuatro horas buscando la manera de escribir algunas líneas. La inspiración, la iluminación, la musa o lo que sea que les llegue a los poetas, a los escritores, a los artistas en general aún no sabía que yo intentaba ser uno de ellos: uno menor, desconocido y sin importancia, pero uno de ellos al-fin-y-al-cabo; y claro, pasaba a mi lado sin siquiera rozarme con la punta de su vestido blanco. Harto de esa ausencia creativa fui cediendo a la idea de llenarme de alcohol. Cerca de la una y media de la madrugada me zampé el primer vaso de vino. Estaba lleno, lleno hasta arriba. Bebí, y una gota escapó manchando mi barbilla de un color sangre aguachenta. Uno, dos, tres, cuatro tragos gordos y el vaso se vació. Uno, dos, tres, cuatro vasos envenenados y la botella se acabó, y rodó por debajo de la cama para con un golpe seco y hueco chocar contra la pared. Era una noche fría en Madrid. Una noche propicia para que los viejecillos, enfundados en sus mantas raídas, con las manos enarcadas dándose calor la una a la otra, comenten en voz alta el frío tan terrible que hace. ¡Cuándo no los abuelos exagerándolo todo! Abrí las ventanas del balcón, ahora ya con mi vaso de vodka en la mano, para mirar a los pocos peatones que se atrevían a pasear a esas horas de la noche. Allí estaban los infaltables basureros a los que yo veía como héroes con trajes luminosos, recogiendo la mierda de nuestras casas, salvándonos de su hedor y su molesta presencia. El aire frío me dio de pronto en la cara y movió las copas de los árboles. Tirité, y di un buen trago que me ayudó a permanecer allí parado, valiente según yo cual marinero en cubierta y en plena noche oceánica, sin faro alguno a la vista y con varios meses por delante de travesía. El chino de la esquina aún estaba abierto y dos peruanos tomaban cerveza en la puerta de su tienda. Ese chino, de unos cuarenta años, con cara de dormir sólo un par de horas al día y de tener un taller clandestino en la trastienda, salía de vez en cuando a hablar con ellos, daba un par de pitadas al pucho del más bajito y, devolviéndole el cigarro y frotándose las manos, otra vez se iba para adentro. Yo no podía oír a los dos compatriotas, pero supongo que su charla se basaba en la añoranza. Los peruanitos siempre inconformes: cuando están allí se quieren ir y una vez fuera no ven las horas de volver… carajo, qué mierda tendrá ese país, esa capital feroz y salvaje que, cuando nos vamos, nos hace extrañarla a mares. Miré hacia el cielo despejado y noté que una estrella me observaba con serenidad. No titilaba como sus demás amigas. “¿Qué quieres estrella?”, le dije en voz alta. Ella seguía allí, con su luz llena de tranquilidad, mirándome, tal vez con algo de tristeza por estar tan sola. “Estrella, esta noche soy un ángel caído, así que déjame en paz, déjame hundirme en este vaso con alcohol de alto grado”, le espeté girando hacia adentro y sin tropezar con el escalón. Cerré las ventanas y el rumor de la calle disminuyó. El frío ya estaba adentro. Me senté en la cama, cogí la botella del suelo y me serví. “Lleno, por favor.” Con el vaso entre los dedos me quedé quieto, mirando al escritorio repleto de libros que yo no había escrito, repleto de versos que a mí no se me habían ocurrido, de historias algunas que ni siquiera hubiera sido capaz de robar como habían hecho tantos otros. Allí estaban también mis papeles en blanco, fiel reflejo de esa noche, de tantas noches inútiles. Me puse de pie y llegué hasta el escritorio. Una noche más sin poder escribir, veinticuatro horas más tiradas a la papelera, y la papelera allí, riéndose a costa de mis malos versos inconclusos. “Hace cuatro días que no salgo de este cuarto”, pensé. “Claro, he perdido mi mísero trabajo y no tengo dinero, qué más puedo hacer si no emborracharme en mi casa propia de alquiler. Podría escribir algún poema, pero me falta talento.” Me senté en la silla, dejé el vaso al lado de mis hojas y repasé con los dedos algunas anotaciones. Las releí con paciencia y, de forma inconsciente, estiré la mano, abrí la cajetilla y saqué un cigarro. Lo prendí, lo sujeté entre los labios, aspiré y retuve el humo unos segundos: esperé a que la nicotina hiciera su trabajo. Luego eché el humo y éste se perdió en la oscuridad que escapaba a la luz de la lámpara. El cuarto se llenó de humo. Aplasté el cigarro en el cenicero y bebí el último trago. Ya no había vodka y sólo me quedaban tres cervezas en la refrigeradora. “¡Mierda!” La cabeza me daba vueltas y la apoyé entre mis manos, me acodé en el escritorio y sentí el calorcito de la lámpara. Mi estómago gritó de hambre. “No hay dinero”, le dije. “Tendrás que acostumbrarte.” El viento hizo retumbar las ventanas y me puse de pie casi trastabillando para asegurarme de que no se abrieran. Lo logré, me giré, volví hasta la mesa y encendí otro cigarrillo. Con él me fui hasta la cocina para coger las tres últimas botellas de cerveza que aún no me había bebido. ¡Clin, clin, clin!, sonaron al sacarlas. ¡Pop, pop, pop!, hicieron cada una al destaparlas. Las llevé hasta mi cuarto y las dejé en el suelo. Cerré la puerta. Tirité un poco, hacía más frío. Me senté al lado de ellas y puse un cojín en el suelo para que no se me helara el culo. Me acomodé. Bebí. El cigarrillo seguía humeante y le di unas cuantas chupadas hasta terminarlo. Hice canasta en la papelera con la colilla. “¡Tres puntos!”, dije. Sentado allí, con el poto sobre el cojín y la espalda apoyada en la madera de la puerta, oí a mi vecina de arriba caminar hasta el baño. Sus pasitos eran rápidos y cortos. La imaginé con una bata rosada de felpa, caminando con los pies arqueados sobre el suelo, evitando en lo posible el contacto con ese helado piso de losetas para no coger un resfriado, con los cabellos despeinados, con los ojitos legañosos, con una arruga en la frente y con algo de mal aliento en la boca. No la oí mear, pero sí tirar de la cadena. Volvió. Su cama crujió un par de veces y no oí nada más. Miré desde allí, sentado en el suelo, a las hojas de los árboles. En realidad observaba el movimiento más que a las hojas mismas. Era un ir y venir rítmico, constante, como el de las olas cuando chocan con la roca, sólo que en lugar de espuma, esta vez, lo que aquí salpicaban eran hojas secas sobre la húmeda pista, sobre la noche, sobre más hojas muertas. Sé que me bebí las cervezas y que me quedé sin cigarrillos, pero lo que no recuerdo es cómo llegué hasta la cama. Supongo que me arrastré hasta ella, y luego me tiré las sábanas y la frazada a la cabeza. Dormí muchas horas. Dormí y no soñé, creo. A la mañana siguiente abrí un ojo: la habitación, salvo por un hilillo de luz que se colaba por la persiana que no sé cómo me di maña y fuerza para cerrar, estaba en completa oscuridad. Estiré la mano hasta el reloj y miré la hora: la una y media de la tarde, momento ideal para que un hombre sin trabajo se levante. Tiré las sábanas que olían a humo y a licor y, con las manos por delante, tanteando el aire como un ciego, me levanté y llegué hasta la puerta. Con los pies descalzos fui despacio hacia la cocina en busca de un vaso con agua. Bebí. Miré en el repostero y no había más que medio paquete de galletas. Las dejé allí. Llené otro vaso con agua y me fui a la sala. Me senté en el sillón a que me diera un poco el sol como a las plantas. Me tapé las piernas con una camiseta que encontré debajo de un cojín, y prendí la tele. Estaban dando las noticias: en el Cercano Oriente coches bomba estallaban como todos los días. Le quité el volumen y me quedé viendo sólo las imágenes; los comentarios serían los de siempre. El timbre sonó. No me levanté. Volvió a sonar. Nada. Luego de unos segundos algo golpeó la ventana de la sala, una piedra pequeña, quizá. “¡César!, ¿estás o no estás?”, oí decir desde la calle. Reconocí la voz, era Clara. Me levanté y me puse la camiseta que allí había encontrado. Caminé hasta la habitación en busca unos pantalones. Luego fui hacia la puerta. “Pasa”, dije con voz ronca en el telefonillo. La puerta la dejé entreabierta y oí a Clara avanzando sobre el suelo del portal. Me fui otra vez hasta el sillón de la sala y me tiré sobre él. La cabeza me daba vueltas. La oí entrar. Cerró y caminó rápido por el pasillo. Su cabeza se dejó ver por la puerta de la sala, pero su cuerpo no. “No tengo tiempo”, me dijo. Volvió a desaparecer y entró en mi habitación encendiendo la luz. “Dios, quién se ha muerto aquí”, la oí decir, seguro que con cara de asco. Estuvo tocando los papeles de mi mesa y luego se quedó quieta. La oí pasar hojas, como si estuviera leyendo algo. Permaneció así algunos minutos mientras yo casi me vuelvo a quedar dormido. “¡No está mal!”, dijo desde la habitación. “¡Creí que te ibas a olvidar de que el viernes es el último día para entregar el poema al concurso!”, me aclaró. Al parecer debía saber de qué me hablaba. Oí sus pasos y ya estaba allí, delante de mí. “Me gusta, es bueno, quizá el mejor que has escrito en mucho tiempo”, me dijo. “¿De qué hablas?”, le respondí. “De tu poema, claro.” “¿Qué poema?” “Pues el que habrás escrito ayer mientras te emborrachabas, ¡huevonazo!”, dijo Clara. Estiré la mano y le arranché los papeles que ella sostenía. Efectivamente, era mi letra. Las páginas estaban llenas de oraciones cortas, de palabras escritas con abreviaturas e inclinadas hacia la derecha, como con prisa, con letra violenta y muy marcada sobre el papel. A pesar de ello, se podía leer fácilmente. Incluso había un título al final del poema. La noche embotellada, se leía. No me gustó, me pareció pretencioso y de mal gusto. “Bonito título”, dijo Clara. Y luego continuó: “La verdad pensé que me ibas a dejar tirada otra vez, que no ibas a escribir nada”. Guardé silencio. “Bueno, veo que esta mañana estás tan encantador como siempre”, soltó. Me quitó los papeles, comenzó a meter las hojas en un sobre y luego el sobre en su enorme cartera de cuero marrón y asas gastadas. “No te preocupes que ya me encargo de pasar tu poema en limpio y de mandarlo al concurso”, me dijo, acercándose para darme un beso en la mejilla. Me olió. “Dúchate, ¿quieres?”, regañó. Se acomodó las asas del bolso en el hombro y salió de la sala. “Te llamo más tarde”, agregó desde el pasillo. La puerta se cerró otra vez. Todavía pude oír durante algunos segundos sus pasos bajando por las escaleras. Pasaron unas seis o siete semanas hasta que Clara y yo estuvimos sentados en un pequeño salón de actos, asistiendo a una entrega de premios. Había muchos niños ya que uno de los premios era al mejor poema y dibujo infantil dedicado a la familia. Mi nombre saltó de los labios de esa mujer gordita y de mediana edad, la encargada de cultura o algo por el estilo, y me acerqué hasta ella en medio de algunos, no pocos la verdad, fervorosos aplausos por parte de ese animado y tierno público, al que yo siempre le estaré agradecido, no sólo por la impagable muestra de cariño sino también por no convertirme en el objetivo de algún caramelo o chupete con baba lanzado hacia mi cabeza con virulencia juvenil. “Enhorabuena”, dijo ella estrechando mi mano. Sólo pude susurrar algunas palabras de agradecimiento y tratar de sonreír lo menos estúpidamente posible. En el diploma, además de mi nombre, se leía el nombre del poema: La noche embotellada. El título no lo reconocía como mío y me seguía pareciendo pretencioso, pero los flashes me distrajeron. Cuando los aplausos empezaron a menguar me dirigí hasta mi asiento. “Ya eres un poeta premiado”, me dijo Clara, con una simpática mueca en los labios. “¿Nos podemos ir ya?”, le respondí. “Aún no, tenemos que espera a que termine la ceremonia”, dijo ella apretando el entrecejo, y por un instante me recordó a mi severa y distante mamá. Entonces permanecí allí sentado, nervioso, rascándome la pierna, moviendo el pie repetidas veces sobre el suelo, taconeando, pensando en las horas que esa mañana de premios le estaba robando al sueño, pensando en la noche de insomnio que seguro pasaría frente al papel sin poder escribir, en las botellas de cerveza que había dejado fuera de la refrigeradora y de cómo se estarían calentando en la mesa de la cocina; pensé también que me estaba haciendo mayor y que aún no era un poeta y que, a pesar de tener ya un premio, seguía sin trabajo, sin talento, sin posibilidad de morir en París con aguacero, sin mujer que me llore y sin dinero. Mi estómago bramó e hizo unos ruidos impertinente que por suerte nadie pudo oír. “¡Oye, Clara!”, le dije acercándome a su ojera y pensando en una hamburguesa con lechuga, tomate, cebolla, ketchup, mostaza, unas papas fritas y una cervecita bien helada. “¿Qué?”, respondió ella. “¿A qué hora sirven los canapés?”, dije yo, el hambriento poeta.

Las fiestas del piano



       Se habían casado con tan sólo veinte años. Ella no estaba embarazada ni él era un rico millonario. Eran sólo dos jóvenes enamorados que se conocieron en una fiesta de disfraces (él iba de negro esclavo y ella de hija del virrey) cinco años antes del matrimonio. Se casaron en contra de los deseos de sus padres, de sus amigos, incluso en contra de las recomendaciones de continencia del cura que los casó. Pero ellos eran felices y tenían veinte años: esa hermosa edad en la que uno piensa que puede cambiar el mundo. Se fueron a vivir a casa de los padres de él ya que disponían de una casa enorme en La Molina. Lo único malo era la distancia, la lejanía de esa casa que los apartaba de la noche Miraflorina y Barranquina, de los amigos y de los bares a los que solían ir. Repentinamente, el tío Humberto, hermano mayor del padre de él, murió. A pesar de la larga enfermedad que lo mantuvo postrado en su cama más de dos años, nadie en la familia previó ese fallecimiento. Así asistieron al entierro rigurosamente vestidos de negro. Ella lloró porque, en esos años, había llegado a conocer bien y a querer al tío Humberto. Él la consoló. Semanas después de la muerte doña Fátima avisó a su hijo que el testamento del tío se leería allí en casa, y que por favor no dejara de asistir. El siguiente jueves por la tarde se hizo la lectura y, sorpresa para todos, el tío dejaba a su sobrino y a la esposa de éste (ambos presentes) una casona en San Felipe. Y aunque no había condiciones para ello sí un único ruego: nunca, por ningún motivo, bajo ningún concepto, cambiar de sitio el piano que estaba en la sala de la casa. La familia se alegró; ellos también ya no se lo esperaban. Ese fin de semana fueron a ver la casa ubicada en una pequeña calle cerca de la avenida Salaverry. Al entrar en ella la vieron prácticamente vacía. El polvo viejo cubría los pisos y las paredes, las barandas de las escaleras, las manijas de las puertas, las arañas que colgaban de techo… todo. Era una casa realmente grande: dos pisos, azotea, jardín interior, garaje para más de dos carros, cinco cuartos, sala de estar, cuatro baños… Se extrañaron que no hubiera una piscina. Rieron pensando en que tardarían años en amueblar la casa. Entonces entraron a la sala principal y lo vieron. Allí estaba el piano, cubierto por unas sábanas blancas, justo frente a las ventanas que miraban hacia el jardín interior. Corrieron las cortinas y una de ellas se cayó al suelo de tan vieja que estaba, lo que llenó el aire de polvo. Abrieron las ventanas y miraron el jardín ahora lleno de mala hierba, ramas caídas y tierra reseca. Se volvieron y se acercaron hasta el piano, y, sin saber por qué, lo fueron descubriendo. Era un hermoso piano negro de cola. Macizo, de patas robustas, de brillante madera bien protegida del tiempo y del polvo. En ese momento ella sintió un escalofrío y dijo que ese piano le daba la sensación de ser un enorme ataúd. Él rió cariñosamente y pidió a su esposa que no fuera ave de mal agüero, que eso no era más que un piano. Para demostrárselo abrió la tapa y descubrió sus teclas. Allí estaba las blancas y las negras, silenciosas, esperando que alguien las hiciera cantar. Ella le dijo que no sabía que su tío hubiera tocado el piano. Él le respondió que lo había hecho de joven, pero que luego de que su esposa lo abandonara jamás lo volvió a tocar. Se alejaron y, antes de salir de la sala, volvieron la vista atrás. La luz del día se posaba sobre la madera del instrumento (el forro y las sábanas se quedaron sobre el suelo) y miles de partículas de polvo parecían bailar al ritmo de la música inaudible de aquel piano. El siguiente fin de semana limpiaron a fondo la casa y dejaron todas las ventanas abiertas para que se ventilara. Pensaron que habían tenido verdadera suerte de que la casa estuviera donde estaba, ya que él estudiaba economía en la Universidad del Pacífico y ella derecho en la Universidad Católica. Él podría ir caminando a estudiar y ella no tardaría más de quince minutos en el microbús. Y ahora que ambos trabajaban (él en la fábrica de su padre y ella como asesora en el departamento de atención y apoyo al estudiante de su universidad) el ahorro de tiempo iba a ser considerable. La casona la fueron llenando de muebles que les regalaban o que cogían de casa de sus padres. Así se hicieron con un cuarto acogedor, unos sillones, un sofá grande, unas mesas, una tele y un comedor. Todo lo llevaban en el carro del hermano de ella, los sábados por la mañana, cuando el muchacho aún estaba de resaca sobre su cama. Después de tres meses de limpiar, ordenar, pintar y decorar lograron tener una “casita” acogedora. No habían llenado ni la tercera parte de la casa, pero tenían lo suficiente para disfrutar de una cómoda estancia. El único problema era la sala. Ese piano enorme no dejaba crear un espacio, un ambiente que a ellos les terminara de gustar. Era como si la sala sólo permitiera la presencia de ese viejo instrumento. Por ello una tarde intentaron moverlo y ponerlo en una esquina de esa sala, contraviniendo el deseo del difunto tío. Sorpresa mayúscula se llevaron al darse cuenta de que el piano estaba atornillado al suelo. No les quedó otra que dejarlo allí. Por fin se mudaron a su casa y, para celebrarlo, ambas familias asistieron un sábado por la noche a una pequeña fiesta organizada por la joven pareja. Fue una noche alegre en la que disfrutaron a pesar de que faltaban sillas, vasos, tenedores y música que gustara a los mayores. Cuando todos se habían ido ellos subieron a su cuarto. Como dos muchachos jóvenes y sanos pasaron toda la noche entregados a los ejercicios del sexo. Ella en algún momento le dijo que ésa era su verdadera primera noche, y él aceptó la idea con alegría y entusiasmo. No habían tenido ninguna luna de miel ya que el matrimonio fue a mediados del mes de mayo, en pleno curso universitario. Eso sí, durante las vacaciones de medio año viajaron a las playas de norte del país, aunque en compañía de media docena de amigos. Las cosas, en la casa nueva, parecían ir bien. Todo marchaba: la universidad, los trabajos, los amigos que, cómo no, hicieron rápidamente de esa casa su centro de reunión. Allí los tenían metidos todos los fines de semana con la música alta y las botellas de cerveza y de ron llenando las esquinas vacías de la casa. Una de esas noches, un amigo de un amigo, se interesó por el piano que ellos usaban en sus fiestas como mesa auxiliar para poner las botellas, vasos, bocaditos o incluso el equipo de música y los casetes. Aquel chico levantó entonces la tapa y tocó algunas notas. El amigo de él le dijo a ella que su amigo tocaba muy bien, y que cuando tenía ganas podía ser muy divertido al piano. Parecía que el pianista se encontraba con ganas de tocar ya que una vez comprobado que el piano no se encontraba desafinado se mandó con un rock and roll a lo Jerry Lee Lewis que animó a todos los presentes. Alguien bajó la música y, acercándose al pianista, lo alentó a seguir tocando. Esa noche bailaron hasta el amanecer. Cuando comenzó a despuntar la mañana todos se retiraron a sus casas. La pareja subió cansada y algo borracha a su cuarto y, desnudos, cayeron sobre la cama. Él tenía el sueño profundo y ella no tanto. Luego de unos quince minutos ella oyó el piano. Alguien tocaba algunas teclas sueltas, sin mucho ritmo, ignorando cómo sacarle música a ese instrumento. Entonces sintió miedo y, en medio del mareo provocado por el alcohol, despertó a su joven y borracho esposo. Le dijo que había alguien abajo tocando el piano, que fuera a ver y que lo echara. Él no le quería creer, ya fuera por cansancio o por su estado de embriaguez. Tuvieron entonces que levantarse ambos. Ahora caminaban uno al lado del otro por el pasillo de la casa. Bajaron las escaleras haciendo crujir el quinto escalón que siempre lo hacía y sí, efectivamente, ya lo oían, alguien tocaba el piano. Él era joven, fuerte y musculoso, por lo que decidió que su pecho descubierto sería suficiente arma para imponerse al rezagado. Porque eso tenía que ser, alguien que se quedó dormido en algún rincón de la casona y ahora se había despertado e intentaba seguir con la fiesta. La sala aparecía tenuemente iluminada por la luz de la mañana. Ella iba ahora detrás de él, fisgando lo que pasaba por encima de su hombro. Vaya susto se pegaron. Era un enorme gato negro el que caminaba sobre el piano husmeando los vasos, los restos de comida y que al parecer había descubierto el gusto por el sonido de las teclas del piano. Al verlos maulló con fiereza. El animal era realmente grande. Pero el joven era valiente y estaba acostumbrado a tratar con animales ya que de niño había estado muchas veces en la hacienda de su abuelo. Lo espantó con energía y el gato huyó por una de las ventanas que daban al jardín. Maldijeron al gato y, asegurándose de que ahora estaban los postigos bien cerrados, subieron a dormir. Vivir en esa Lima violenta de la segunda mitad de los años ochenta no era fácil. El toque de queda, los apagones constantes, el racionamiento de agua, la escasez de víveres, la delincuencia… todos malos recuerdos. Por ello la joven pareja, que no quería dejar de vivir ni perder su aliento por culpa de los políticos, corría junto a sus amigos a seguir la fiesta en la casona de San Felipe. Allí se llegaron a congregar hasta veinte o treinta personas alguna noche, y, aunque había toque de queda, siempre aterrizaba algún valiente en plena madrugada. No pocas veces tuvieron que celebrar sin luz. Cuando el apagón llegaba comenzaba un ritual de encendido de velas y, cómo no, el recital del pianista. También estaban las radios a pilas, pero al parecer los chicos disfrutaban de esa atmósfera que se creaba alrededor de las velas y el piano. Allí los jóvenes melenudos eran felices bebiendo, amando, disfrutando, renegando del gobierno, bailando, aprendiendo a ser hombres y mujeres a la luz de las velas que el terrorismo imponía. Lo único bueno era el piano, que daba una vibración especial dentro del cuerpo, un gustoso escalofrío, y una se sentía como si el corazón fuera un pájaro queriendo escapar de esa jaula echa de huesudos barrotes, dijo ella muy poética a su joven esposo. Él la miró con ojos iluminados, no se sabe si por el amor o por el alcohol, y la besó. Al principio se reunían las noches de los sábados, luego agregaron la de los viernes y sin darse cuenta tenían gente metida en casa desde el jueves hasta la tarde del domingo. El piano, todo era por el maldito piano. Llegaba gente a la casa preguntando si era allí donde se hacían las “fiestas del piano”, y entonces tenías que dejarla pasar. En la universidad de ella esas fiestas se habían vuelto una especie de mito, de leyenda urbana, y manadas de jóvenes deambulaban por el distrito de San Felipe buscando esa casona en la que por las noches chicas desnudas no dudaban en bailar a la luz de las velas. Ella reía para sí sola cuando oía aquellos comentarios tan delirantes en la cafetería o en la biblioteca, o cuando alguien se atrevía a decirle que había estado en una de esas fiesta, asegurándole que los dueños de la casa eran unos ancianos que, hartos de vivir en un país violentado hasta sus cimientos, volaron de regreso a su lejana Alemania. Entonces ella no aguantaba la risa y tenía que salir corriendo al baño a soltar la carcajada. Él, mientras tanto, algo cansado de esa especie de comuna hippie en la que se transformaba su hogar los fines de semana, ya no sonreía con tanta facilidad. Por motivos familiares la pareja tuvo que viajar de repente a provincia. Había muerto la abuela de ella, y finalmente se ausentaron ocho días de Lima. Al volver a casa, un martes por la noche, encontraron a un grupo de gente bailando, cantando y celebrando en mitad de la sala. Había un pianista desconocido y una gente extraña que, a la pregunta de cómo habían entrado, respondieron que con la llave. Luego de echarlos y de llegar casi a las manos pudieron acostarse y dormir. Al día siguiente un amigo de él le confesó que habían hecho copia de la llave para poder entrar durante su ausencia. Él no lo podía creer. Discutieron. Al llegar a casa se lo contó a su esposa y se rieron mucho cuando ella le relató que una amiga le había dicho exactamente lo mismo, mientras avergonzada le devolvía una copia de la llave. Parecía que sus amigos no podían dejar de estar en la casona del piano. Fue allí que tomaron la decisión de parar toda esa locura. Cambiaron las cerraduras y, lo más importante, decidieron quitar a como diera lugar ese piano de la sala, aunque su querido tío Humberto los maldijera desde el más allá. Fueron a casa de los padres de ella a buscar una caja de herramientas. De vuelta, se sentaron a lado de una de las patas del piano. Eligiendo la herramienta correcta comenzó él a desatornillar una de las patas. Habían planeado empujarlo hasta uno de los ambientes más pequeños de la casa, donde no cupiera tanta gente, y decir que se había estropeado y que pronto se lo llevarían para venderlo o regalarlo ya que comenzaba a criar polillas. Gran susto hubo en los dos cuando al desatornillar las patas y mover el piano vieron que salía del suelo, donde antes había estado apoyada una de las patas, una especie de cadenita metálica. Fueron hasta ella y, con algo de miedo, tiraron. El parquet del suelo se levantó con dificultad descubriendo una pequeña puerta de metal que tenía pegada una llave. Obviamente la encajaron en la cerradura y la abrieron. Al levantar la tapa encontraron lo que no se esperaban: una pequeña urna. Del susto el corazón se les puso pálido, pero se atrevieron a sacar aquel envase de su agujero. Con cuidado puso él la urna sobre el piano y comenzaron a mirarla. Entonces vieron que en ella estaba inscrito el nombre de su querido tío Humberto. No se atrevieron a abrir la urna y ver las cenizas, y en ese momento a ella la recorrió un escalofrío por el todo cuerpo. Cuando dio un paso atrás notó que al fondo de ese agujerito en el suelo había un sobre. Se lo dijo a él y éste se agachó a recogerlo. Entonces lo abrió. Leyó en voz alta. La nota decía: “Les dije que no movieran el piano”. Nunca habían estado tan asustados en sus vidas. Guardaron la nota en el sobre, la urna la pusieron donde la habían encontrado, volvieron a cerrar esa puertita y a dejar la llave sobre ella. Colocaron otra vez el parquet, el piano y atornillaron las patas al suelo. Esa noche salieron y fueron a visitar a los padres de él. Cuando se hizo tarde no se negaron a la invitación para quedarse a dormir. A pesar de las molestias y las incomodidades decidieron mudarse a un pequeñísimo departamento en San Isidro y cerrar la casona de San Felipe durante un tiempo. Han pasado más de veinte años desde que salieron de la casona y por fin se decidieron a hacer algo con ella. La han vendido a un promotor que levantará un lujoso edificio de diez pisos con piscina en el techo. Me parece una decisión acertada, aunque para mí las cosas materiales dejaron de importar hace mucho tiempo. Hoy sólo quiero partirme de risa con la cara asustada del pobre obrero que, después de tantos años, me encuentre allí, descansando, en mi urnita de plata y al pie de mi viejo piano.

Un niño especial



       Había decidido no hacer esperar a mi amigo como tantas otras veces. Para ello salí de casa con tiempo y caminé por mi calle tranquila a esas horas previas al almuerzo. Era lunes o martes, no lo recuerdo. El sol desacostumbrado en esta ciudad iluminaba las fachadas de las casas que parecían guardar con celo a sus habitantes. Cuando llegué a la esquina, en busca de un taxi que me transportara, vi la calle desierta. Esa calle recta y larga, en la que si te parabas en mitad de la pista podías ver hasta el fondo, a unas diez cuadras una enorme casa verde, te daba la impresión de ser un largísimo callejón sin salida. La calle estaba desierta. Miré la hora en mi reloj y me dije que tenía tiempo. Pasó un chico en su moto; pasó una niña caminando de la mano con su madre; pasó un auto color marrón conducido por una viejecita empeñosa que se aferraba al timón de su auto con la misma tensión con la que yo me sujetaba de la mano de mi padre cuando él me empujaba al mar embravecido del océano Pacífico. Un taxi no pasaba. Y esa calle no era ruta de ningún transporte público masivo, y no me pregunten por qué. Volví a mirar mi reloj. Me acomodé los lentes de sol y me miré las uñas de las manos: cortas y limpias. Al fondo comencé a distinguir un auto que se acercaba. Venía lento y, por la distancia y el calor, envuelto en esa especie de onda, de vibración óptica que te hace ver las cosas como si fueran irreales. Puse un pie en la pista y estiré el cuello para confirmar mi visión, y sí, por allí venía un taxi. Lento se acercaba hacia mí, y yo pensando que no quería llegar otra vez tarde a casa de mi amigo. Rogué para que nadie, en las cuatro o cinco cuadras que aún me separaban de ese taxi, se subiera en él. Parecía ser que no. Era un auto de color oscuro, gris oscuro, que avanzaba un poco de lado, como algunos perros cuando corren, ¿los han visto, han visto a esos perros chiquitos que avanzan de costado cruzando las patas y agitando las orejas?, pues bien, este auto venía hacia mí de aquella manera tan perruna de avanzar. Cuando estaba a menos de cien metros me di cuenta de que el taxista no estaba solo, sino que tenía un pasajero. Estaba sentado al lado de él, y con las justas se le veía el pelo y parte de la frente. En un primer momento maldije. Luego me di cuenta de que era un niño. Dudé entonces si subir al taxi. Me pregunté por qué no habría dejado a su hijo en casa o en el colegio, y pensé que era una falta de respeto imponer la presencia de “alguien más” en esa transacción, en ese contrato temporal y verbal entre chofer y pasajero. Fisgué de nuevo mi reloj y me dije que no quería llegar tarde, que si dejaba pasar ese taxi me tendría que ir a otra esquina más concurrida y caminar bajo el sol radiante que maliciosamente había salido para desanimarme de buscar otro taxi. Entonces estiré la mano y lo detuve. No era un auto viejo, a lo mucho tendría siete años. Agachado sobre la ventana del copiloto, ignorando por completo a aquel niño, saludé y dije al chofer mi destino. El hombre hizo sus cálculos habituales: distancia, gasolina, tráfico, hora actual. Al final me dio un precio por la carrera que sorprendido acepté. Eran dos o tres soles menos de lo que yo solía pagar por ir a casa de mi amigo. Subí. Montado en el asiento de atrás hicimos los comentarios que siempre haces cuando estás en un taxi: hablamos del clima, de la situación política, de lo cara que estaba la vida. Extrañé que no me hablara de fútbol: fe que algunos taxistas limeños profesan con tanta abnegación. Miré el reloj y supe que no llegaría diez minutos antes de la hora acordada para almorzar con mi amigo Henry (que en realidad se llamaba Enrique, pero que dada su renovada predisposición por la puntualidad yo había rebautizado como Henry O´Clock). Aún así no dudé de estar en su casa un par de minutos antes de las dos. De pronto el niño, que había permanecido sentadito y callado, habló con el taxista. Dijo algo que no entendí. Luego vi su dedito señalando por la ventana. “Sí, sí, un policía, un carro policía”, dijo el taxista. El niño se había fijado en una patrulla que con sus sirenas iluminadas nos adelantó por la derecha a toda velocidad. Después el chico dijo algo más y se calló. “Claro, claro”, le respondió el taxista. Ese niño, a quien yo no veía, balbucía como si tuviera dos años. Me pareció raro porque hubiera apostado que tenía unos siete u ocho. El taxista hablaba conmigo de manera afable y correcta. Así supe que no era el padre de aquel niño, sino su tío. Y supe también que ese chiquillo copiloto era, como el tío lo llamó, un niño “especial”. No era retrasado o retardado; no tenía problemas de aprendizaje o poseía el síndrome; no era un mongoloide. Era “especial”. Y no sé por qué me sorprendí al presenciar esa costumbre tan limeña, tan peruana de no llamar a las cosas por su nombre. Por eso Lima no está rodeada por un cinturón de míseras barriadas sino de “pueblos jóvenes”; por eso en la capital los negros no son negros sino “morenos”; y por eso los amigos que te piden plata no son pobres sino que “todavía no les han pagado”. Y yo no quería insultar a ese pobre niño, ni nada parecido. Sino más bien defenderlo, porque siempre he pensado que no llamar a las cosas por su nombre nos hace adoptar una actitud condescendiente y contemplativa ante los problemas, impidiéndonos enfrentarlos con la rapidez y seriedad necesarias. Más aún si hablamos de la educación de un niño con un retraso mental. Lalito, así se llamaba el menor, de pronto se sentó de rodillas sobre su asiento y me miró. No tenía el aspecto de un niño mongoloide, pero saltaba a la vista que no era todo lo listo que debía de ser para su edad. “Ten cuidado Lalito, te vas a caer. Y no molestes al joven”, dijo su tío. “No me molesta”, apunté con sinceridad. El niño, que jugaba con unos muñecos viejos y feos, decidió darme uno de ellos. Era un dinosaurio verde con los dientes blancos y la lengua roja. Estaba algo despintado y por suerte no tenía babas. “Muchas gracias, Lalito”, le dije, e hice caminar a ese bicho de plástico sobre el respaldar del asiento del niño, acompañado de unos efectos sonoros con la garganta. El chiquillo soltó una carcajada. “Le ha caído usted bien, joven. Lalito no suelta sus muñecos para nada”, dijo el taxista. Entonces Lalito y yo jugamos a los monstruos sobre el respaldar de su asiento (él se quedó con el muñeco que parecía ser un terodáctilo). Cuando ya habíamos recorrido la mitad del trayecto el taxista me dijo: “Caballerito, ¿no le importará que dejemos a mi sobrino en su colegio? Es que he calculado mal y se me está haciendo tarde para llevarlo. Es aquí cerquita nomás, no tardamos más de cinco minutos. ¿Qué me dice joven?”. Estábamos en la avenida Angamos y el taxista me hablaba mirándome por el espejo. No tuve más remedio que decirle que sí, claro, vamos a dejar a Lalito a su colegio especial. A partir de ese momento aquel hombre me hizo partícipe del sufrimiento que significaba tener en la familia un niño como Lalito. “A veces es como un animalito, todo hay que hacerle pues”, dijo, dándome la posibilidad de imaginar las escenas más escatológicas. “En los otros colegios en los que estuvo no lo trataban bien. Malas eran algunas de las profesoras y mal se portaban con él. A veces hasta le pegaban. Por suerte encontramos este colegio para niños como Lalito que, aunque es un poquito más caro que los demás, bien vale el esfuerzo, ya que el chiquillo ha mejorado su humor, su aprendizaje, y se porta mejor en la casa. Además las señoritas bien cariñosas son, bien buena gente, y hasta regalitos a veces le hacen a este bandido.” Me contó también que ellos eran siete hermanos: seis chicos y una chica. Que la chica era la tercera empezando por arriba y que ella era la mamá de Lalito, y que se quiso suicidar cuando el sinvergüenza del marido la abandonó al enterarse de que su último hijo era retrasado. “Qué culpa tiene el bebe. Si él no se entera de nada. Él está en su mundo, y para él el mundo es así, ¿no cree? Ya cuando crezca será otra cosa, tendrá que aguantar pues, tendrá que luchar, como los hombres; pero para eso va al colegio, para que se sepa defender cuando sea grande. Por ahora es un niño que no sabe nada más que jugar… como cualquier otro, ¿no cree joven?”, me decía el taxista. Y yo le decía que sí, claro, que tenían que educar y cuidar a Lalito con esmero, mientras yo seguía allí, feliz, jugando con ese chiquillo, un niño que no sabía sumar ni restar y que tal vez jamás leería Don Quijote de la Mancha, pero que me estaba mostrando cómo disfrutar con dos muñecos viejos en un taxi con timón cambiado y con una suspensión calamitosa. Se partía de risa el chiquillo, y cada vez que su tío lo oía reír le decía: “¡Te matas de risa no bandido!”. Y seguro que Lalito no entendía un carajo, pero volvía a ahogarse de gusto y a sacudir sus manitas en el aire. Dimos unas cuantas vueltas por esas calles estrechas de Miraflores y nos plantamos delante de una casa antigua de color blanco, con un cartel en el techo que simplemente decía: “Colegio de Educación Especial Mi Primer Amigo”. El taxista me dijo: “Ya, al toque nomás joven, ahoritita estoy con usted”. Bajó del carro y dio toda la vuelta para ayudar a Lalito a salir. Le abrió la puerta y le dio la mano. Me estiré sobre el asiento para alcanzar a Lalito el muñeco que me había prestado y de pronto dio un grito. “No, no, no. ¡Nada de portarse mal, eh!”, dijo el tío. Lalito ya estaba en el suelo y me mirara. Entonces le hablé por mi ventana le dije que le iba a dar el muñeco a su tío para que él se lo cuidara. Hice el gesto de entregar el muñeco al taxista y Lalito volvió a chillar. “Ay joven, ya le agarró camote a usted el niño”, dijo el taxista. Lo cual quería decir que Lalito deseaba que yo lo acompañara hasta adentro del colegio. El tío intentó convencerlo de que yo no podía ir hasta adentro con él, que tenía que quedarme allí a cuidar el carro porque sino venía el cuco y se lo llevaba, y sin carro su tío no podía trabajar. Lalito soltó otro grito con el que claramente dijo que esa carcacha le importaba un carajo. El pobre hombre sudaba de calor y de vergüenza, y también porque Lalito le estaba costando minutos de trabajo. “Joven, le pido disculpas, de verdad. Mire, no le cobro nada ya, gratis le voy a hacer la carrera, pero por favor, baje usted con nosotros y acompáñenos hasta la puerta del colegio. Allí el niño, cuando vea a sus maestras, seguro que ya se queda tranquilito. Si él sabe que se tiene que quedar, él sabe, pero es que usted le ha caído bien y quiere verlo hasta el último momento. Hágame ese favor grande pues joven, no sea malito.” Yo miré la hora y supe que una vez más iba a llegar tarde. Eran casi las dos. Entonces le sonreí al taxista y miré a Lalito que con una manita sujetaba su muñeco y con la otra no soltaba la puerta del carro. “Claro, claro, no hay problema. Bajo y lo acompaño hasta el colegio”, le dije abriendo mi puerta. “Muchas gracias jovencito, muchas gracias. Di gracias Lalito, a ver: ¡gracias!”, animó a su sobrino. Lalito reía, nada más, y se contorsionaba allí de pie sin soltar la puerta del auto. Me di cuenta de que Lalito no era tan tonto: como todos los niños lloraba y manipulaba para conseguir lo que quería. Una vez fuera del carro le ofrecí mi mano y Lalito la sujetó y comenzamos a avanzar. El taxista parecía sorprendido y dibujaba una sonrisa amplia en su cara. Se quedó allí mirando y cerrando las puertas del taxi. “Joven, tiene usted buena mano con los niño. Buen padre va a ser joven, ya va a ver ya”, me dijo. Y Lalito caminaba, se reír y se movía de una manera extraña a cada paso que daba. Cruzamos las rejas del colegio cogidos de la mano y seguimos caminando por una veredita estrecha al ritmo que marcaba Lalito. El taxista corrió entonces a tocar el timbre para que saliera una profesora. Allí lo miré unos segundos: era un hombre avejentado, con el pelo sucio y brillante, con las puntas de la camisa salidas por debajo de su chompa que, a pesar del calor, no se quitaba. Estaba tostado por el sol ya que seguro vivía en algún arenal polvoriento. Me sonrió cuando vio que lo observaba. Yo le sonreí también y giré entonces a mirar a Lalito. De pronto su maestra abrió la puerta y con gran alharaca dio la bienvenida a su alumno. Ayudé al niño a subir los dos o tres escalones que lo separaban de su maestra. Solté la mano de Lalito y éste se quedó tranquilo yendo al encuentro de aquella chica vestida con una bata de colores. “¡Cuánto te he extrañado Lalito! ¿Quieres saber cuánto te he extrañado? ¡Así mira, así!”, dijo la maestra abriendo los brazos. El niño rió. Parecía feliz. Entonces me arrodillé y le di a Lalito el muñeco que me había prestado para jugar. “Muchas gracias Lalito. Aquí tienes tu dinosaurio… otro día seguimos jugando, ¿ok?”, le dije. Y Lalito cogió el muñeco y se lo metió en la boca. Reía desesperado y sus ojos se movían con una velocidad que me estaba poniendo algo nervioso. “Bueno Lalito, ya nos vamos”, dijo el tío, “chao, chao”. Poniéndome de pie le dije también chao a Lalito. La maestra dijo adiós y cerró la puerta. Esa fue la primera y última vez que vi a Lalito. Subido de vuelta en el taxi el chofer me dejo que sentía que su sobrino estaba progresando mucho, y que seguramente yo era una buena persona, ya que los niños, aunque especiales como Lalito, no se equivocaban con la gente. El tráfico se había puesto un poco más pesado. Cuando llegamos a mi destino insistí en pagarle. Aquel hombre al principio se negó, dijo que un trato era un trato y que además yo había sido muy paciente, que otra gente hace rato le hubiera tirado la puerta en la cara. “Cóbrese, cóbrese. No me ha hecho perder tanto tiempo. Además su sobrino es un niño muy simpático. Cóbrese maestro, cóbrese”, le dije alcanzándole la plata. “Muchas gracias joven, que Dios lo bendiga”, me dijo cogiendo el billete. “No pues maestro, tan bien que íbamos. No meta usted a Dios en esto”, contesté. El taxista rió. Me dio el vuelto. Bajé y el taxi arrancó. Miré la hora: dos y veinticinco. Como siempre tarde. Toqué el timbre de la casa de mi amigo. Mientras esperaba a que me abrieran pensé que sólo en Lima, una ciudad surrealista, podías subirte a un taxi que avanzaba de costado como perrito corriendo, conocer a un niño con retraso, acompañarlo hasta su colegio para chicos retrasado y terminar casi rogándole al taxista que se cobrara la carrera. En ese momento comprendí que aquel hombre tenía razón: Lalito era un niño muy especial que, a pesar de su pobreza, su deficiencia y de vivir en una ciudad feroz, sabía lo que era la felicidad.

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