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Edith Vaca, Alejandra (Alelí)

La otra




I
No me gustan los jazmines. Los detesto. No soporto su perfume, su olor edulcorado y prepotente que se desparrama invadiéndolo todo, adueñándose del aire. El tipo de camisa a cuadros dijo que eran mis flores favoritas, y por eso se creyó con derecho a llenar mi habitación de jazmines. Ramos y ramos de jazmines, porque se supone que me gustan. Cuando venga la enfermera le voy a decir que se los lleve y que los traiga sólo en el horario de visitas. Y listo. Así quedamos todos conformes, todos contentos.
El tipo me llena de jazmines, y la vieja no me deja comer. Bonita dupla. Ayer (milagro de Dios) me trajeron un flancito de vainilla. Antes de que yo pudiera abrir la boca (segundos, instantes me demoré), ella le comunicó a la enfermera que a su hija no le gustaba el flan. Y adiós postre. Nos separaron, como me separan a cada momento de mí misma.
Dicen que la peor parte me la llevé yo, que iba en el asiento del acompañante. Justo donde se produjo el golpe. La anciana no para de hablar de culparse por haber salido ilesa. "Yo tendría que haber estado en el lugar de Marita", repite. Se supone que Marita soy yo. Eso dicen: que me llamo Marita (Mara, conjeturo) y que mañana me voy a poder ir a mi casa. Yo no me acuerdo de mi nombre ni de mi casa. No tengo más remedio que creerle a un par de extraños a los que tampoco puedo recordar.
El tipo dice que es mi marido, y la vieja jura ser mi madre. Yo tengo mis dudas. No me encuentro parecida a esa señora canosa, ni puedo creer que me haya casado con un hombre como aquél. Quizá lo hizo otra. Quizá se equivocan, y no es a mí a quien están buscando.
Pero ellos son unos porfiados. No escuchan mis protestas. A veces me pregunto si el accidente no me habrá quitado, junto con la memoria, también la voz. Sin embargo resulta que no, que hablo y que me oyen tan atentamente como todas las noches se oye el viento soplando contra las ventanas del hospital. En cambio yo sí, yo tengo que escucharlos. Hablan y hablan. No se dan cuenta de que sus palabras nada significan para mí. Me hablan de ellos, me cuentan sus vidas, sus preferencias y sus habilidades. Me llenan de anécdotas con las que pretenden hacerme reír. Y yo me río, al fin de cuentas soy una mujer educada. Yo me río por fuera, y a todos les alcanza, y nadie se pregunta qué pasa dentro de mí.
No me interesan sus vidas, porque no los conozco. Si lo hacen para entretenerme, debo confesar que preferiría ver una telenovela. Hace unos días, en efecto, me atreví a pedirles un televisor. Empezaron a reírse y creyeron que era una broma. Yo les dije: "Es en serio". Se rieron todavía más. Se supone que no me gusta ver telenovelas, así que ahora solamente leo un poco.
Lo peor es cuando les da por hablar de mí y de mi relación con ellos. No lo soporto. No me gusta que hablen de mí. Pero lo hacen todo el tiempo, "para que vayas recordando". Yo no voy recordando nada. Sólo recuerdo lo que ellos me cuentan, como recuerdo las páginas del libro que leí ayer: son simplemente historias que nada tienen que ver con mi vida ni conmigo.
La vieja me habla del primer día de clases, del café con leche y no sé cuántas sandeces más. Está chocha y delira: no me gusta el café con leche, juraría que nunca me gustó. La imagen de mí misma con una taza de café con leche en la mano es algo que no puedo concebir. No me resulta posible: yo y el café con leche... ¡Qué risa!
El tipo, en cambio, me habla de nuestra boda. Podría inventarlo todo, yo me doy cuenta. ¿Por qué creerle? Que estaba vestida de blanco, hermosa, nerviosísima... eso sería capaz de imaginarlo cualquiera. A mí me resulta increíble que me haya casado con un tipo como él, que se deja el bigote y usa camisa a cuadros. Pero el señor insiste: que lo amo, que nos amamos, que me tengo que acordar. ¿Me tengo que acordar? No me pregunta si me puedo acordar, si me quiero acordar. Él ordena: me tengo que acordar. Yo no me hubiera enamorado de un hombre así, mandón. Y en todo caso, aunque fuera cierto que lo amé, no lo amo ahora. Lo habrá amado la otra, la de la cabeza ocupada con recuerdos, la que gustaba del perfume de los jazmines y del café con leche. Esa mujer a la que de ninguna manera puedo comprender.
Dicen que me ven rara, que debe ser por el accidente. No lo sé, tal vez. La vida está llena de accidentes. Los médicos creen que poco a poco voy a recuperar la memoria (salir del shock, dicen) hasta reencontrarme, finalmente, conmigo misma. Están locos. Son ellos los que no me ven. Yo estoy aquí, tangible, pero insisten en buscar a un fantasma. No entiendo por qué no se conforman conmigo, comoquiera que me llame, con ésta que soy ahora. Me pregunto qué pasará si logran traer a Marita de vuelta; supongo que deberán habilitarle otra cama en el hospital.
En los últimos días, a la vieja se le ocurrió la genial idea de mostrarme fotos. "¿Ves? —me explica— Acá cumplías dos años". ¡Qué me importa! Aunque tuviera la memoria de un elefante no podría acordarme de mi cumpleaños número dos. Se deben haber dado cuenta, porque al rato empezaron a mostrarme otras más "actuales", incluso una que (dicen) me saqué hace apenas tres meses. "Difícil", dije, "no me gustan las fotos". Empezaron a reírse de vuelta. "Claro que sí, siempre te gustó sacarte fotos". Esto es el colmo.
Se empecinan en decir que la mujer retratada hasta el hartazgo soy yo. Quieren reestablecer un puente donde sólo hay un abismo, aferrarse a una ilusión de continuidad, atar los hilos que se cortaron para siempre. Con esa mujer sólo me liga un cuerpo que no reconozco y un nombre que no recuerdo. Lo demás son historias. La vida está llena de historias. Ellos se esfuerzan por darle a la historia coherencia, y sólo consiguen construir una mentira. Ésta soy yo, sentada frente a ellos, en la cama del hospital. Pero no consiguen verme porque se la pasan buscando a la otra. A la otra se la llevó el accidente. La vida está llena de historias y de accidentes, como está llena de segundos.
¿Qué sentido tendría explicarles? No hay caso, no nos entendemos: ellos son desconocidos para mí, y yo soy una extraña para ellos, aunque aún no quieran darse cuenta. Una a veces se cansa de hablar. Por eso le sonrío al tipo de la camisa a cuadros, por eso no me como el flan, por eso soporto durante el rato que me acompañan el olor de los jazmines. Y los veo a ellos, que sufren por mí, sonreír y alegrarse creyendo que están recuperando a Marita. Es mentira, y nadie gana con la mentira: ellos no tienen a Marita, y yo no me tengo a mí misma. Pero así son las cosas. Me pregunto qué haré mañana, cuando vuelva (cuando vaya por primera vez) a mi casa, a su casa, a esa casa que dicen que es mía. ¿Fingiré ser Marita, reconocer los muebles? ¿Me apropiaré de las cosas que fueron de ella?
Me da un poco de pena abandonar el hospital. Las enfermeras son muy buenas y me trataron muy bien. Ellas no conocieron a la otra, y quizá por eso nunca me hablaron del pasado ni se obstinaron en planear mi futuro. Y se conformaron con esta yo-misma y se ocuparon de lavar este cuerpo (a quienquiera que pertenezca) y trabajaron por mí y por mi presente. Muchas veces pienso que son las únicas que viven en el mundo real. Pero después las imagino cocinando para sus esposos o mirando la tele, sin delantal blanco ni agujas ni vendas, cambiándose al llegar a sus casas igual que quien se saca un disfraz después de una fiesta. Y sé que no las reconocería afuera, como tampoco sé si me reconoceré a mí misma.
Casi puedo verme, mañana. Va a ser un día de sol, y yo estaré sentada en el asiento trasero de un auto desconocido, al lado de una mujer también desconocida que me hablará creyendo que soy su hija. Un hombre de bigotes sonríe por el espejo retrovisor mientras me lleva rumbo a una casa y una vida ajenas. Yo respiro profundamente y miro por la ventanilla abierta la ciudad que se me aleja, una ciudad inmensa que corre hacia atrás como escapándose. Todo es nuevo para mí, y todo me da un poco de miedo. Especialmente los semáforos. Es increíble: la felicidad depende de un semáforo. La vida depende de un auto, de un instante. Me pregunto cuántas personas estarán muriendo ahora, de repente, sin haberlo imaginado mientras subían a sus coches o daban el primer paso para cruzar la calle. Qué habrán pensado en los segundos previos: para cuántos la muerte será una desgracia, para cuántos una liberación. Yo no sé que pasaría si mañana tuviera otro accidente, ni cuál de las mujeres que me habitan moriría (¿Marita?, ¿yo?, ¿las dos?). Por las dudas, le voy a decir al tipo que maneje despacio.



II
La casa de Marita se parece a un hotel barato y mal decorado. Lo primero que me llamó la atención fue el pésimo gusto que se desprendía de cada adornito, de cada cortina. "Al fin en casa", dijo el bigotudo. "Ahora vas a ver cómo te empezás a acordar".
De lo único que me acuerdo es del hospital. Se estaba tan cómoda ahí, tan sola a veces. Acá nunca estoy sola. Me persiguen, me dan conversación, me llevan por las habitaciones igual que a un perro que debiera reconocer su territorio. Yo no me siento como si estuviera en mi casa, sino más bien como una visita después de los postres, cuando se quiere ir y no la dejan.
Un día me desperté y les dije que me gustaría hacer unas reformas. Pintar, cambiar algunos muebles, nada demasiado importante. Se negaron terminantemente. Dijeron que era bueno mantener las cosas como antes, para que pudiera ir relacionándolas con recuerdos, "como acá, que siempre te sentabas a leer" o "esas cortinas que compramos juntos, ¿te acordás? (¿yo compré eso?, ¡Dios mío!) ese sábado". Por supuesto que no me acuerdo, y tal vez es una suerte que así sea. Insistí tanto que al final el tipo aceptó: por ahí era bueno que tuviera algo de qué ocuparme, dijeron que trabajar en casa podía ser divertido y que me ayudaría a recuperar las ganas. La vieja se ofreció a colaborar conmigo pero le dije que no.
Me da risa recordar la cara que ponían cada vez que se chocaban con una lámpara, con un empapelado. "¿Te parece, Marita? ¿Y si mejor esto lo dejamos para después? Mirá, no está tan feo", me decían, mientras se miraban entre preocupados y cómplices. Todo era un problema, una discusión, una terrible e inaceptable alteración del orden. Me terminaron cansando, y con tal de no escuchar más quejas, sólo cambié un par de cuadros y algunos almohadones… y la casa sigue siendo el mismo lugar ajeno con el que me encontré al llegar.
Pareciera que la mejor forma de pasar este tiempo en paz es tratar de contentarlos y ver si algún día me despierto sin esta terrible sensación de extrañeza y soledad. Juro que intento ser Marita, juntar las piezas que dejan caer por ahí y armar una imagen que pueda copiar. Pero aun así, la vida en este lugar es más difícil de lo que imaginaba.
He descubierto que mis "parientes" son personas muy ansiosas. Están empeñados en convencerme, en doblegarme. Quieren tener a Marita de vuelta a cualquier precio. Como a un baúl viejo, me llenan de recuerdos. Me traen jazmines, preparan café con leche, me sacan fotos. "Dale, una más, con ese vestido". "Dale, un sorbito, vas a ver que te gusta". Y así todo el tiempo, todo repetido hasta el hartazgo, exagerado, monstruosamente amoroso. Me pregunto si no será una manera de castigarme por no ser la hija, la esposa que eligieron. La vieja reza, y yo sé que espera un milagro o una resurrección, como si yo estuviera muerta. A él no parece importarle acariciar a otra, compartir la cama con alguien que lo mira como se mira a un extraño.
No puedo ser Marita, no me sale. Sólo consigo ser una mala copia, una imitación patética. Pero no soy ella. Por eso decidí mentirles y, al mismo tiempo, construirme un pequeño universo privado donde pueda ser feliz. Cuando ellos no están, por ejemplo, miro telenovelas a escondidas, y también salgo de la casa y compro cosas (lápices de colores, caramelos de miel, pancitos negros) que guardo en lugares secretos, lejos de ellos, y especialmente de la otra, a quien la sola mención de todo eso le provoca náuseas.
Solamente quiero que me dejen vivir tranquila. Para dejar de equivocarme y de atraer su cariño, sus cuidados y sus correcciones, empecé a completar un cuadernito. Anoto lo que voy descubriendo de ella, hago una lista de las cosas que le gustan y de las que no. Y así, como una actriz profesional, puedo componer un personaje sólido. Me gustaría ser actriz, aunque seguramente eso es algo que Marita jamás consideró.
Hace un par de semanas, Carlos descubrió los caramelos de miel y el cuadernito. Yo me di cuenta de que algo andaba mal porque hablaban bajito, con cara de preocupados, como tramando algo. A la noche golpearon a la puerta de mi habitación: Carlos tenía las cosas en la mano. Pensé que se iban a enojar conmigo, pero no fue así.
Se sentaron en mi cama y me preguntaron por qué les hacía eso. No supe qué decirles. "Confiá en nosotros, hija —dijo la señora—. ¿Qué te pasa?". Me dieron lástima. Y creo que, por primera vez, un poco de ternura. Siempre los había visto como intrusos que trataban de aniquilarme, casi como enemigos. Sin embargo, solamente eran dos personas tratando de recuperar a un ser querido. Les dije que me gustaban los caramelos, que ellos no me dejaban ser yo misma. Insistieron en que no me vendría mal un poco de ayuda extra, que ellos serían muy felices si yo les permitiera hacer algo por mí.
Ahora, Marita va al psicólogo para deshacerse de esa extraña que la está sustituyendo. La extraña, una hora cada vez, le confía su salud y su vida a un hombre que se cree capaz de materializar a las sombras. lo dejé porque quería decir algo así como los fantasmas internos, o Marita q es un fantasma Nunca hablamos de nada importante con el psicólogo. Yo no tengo mucho que decir, y él ya construyó una teoría acerca de mí que no vale la pena contradecir. Pone cara de perspicaz y me pregunta si no será que no me acuerdo de nada, justamente porque no me quiero acordar. Yo me quedo en silencio. Qué le puedo decir, qué se puede responder a una frase como ésa.
Se supone que mi amnesia me sirve para un montón de cosas de las que yo no tengo ni idea. Cada tanto le recuerdo con ironía que fui víctima de un choque y que recibí algunos golpes bastante más reales que su famoso inconsciente. Pero eso es tan importante para él como una anécdota cualquiera.


III
Mamá y Carlos están muy contentos. El tratamiento da resultado: poco a poco comienzo a entrever imágenes, instantáneas de momentos, recuerdos de una persona que sólo vagamente se parece a mí. Son tan felices cuando reconocen un gesto que creían perdido, una palabra, una mirada fugaz. Todos la esperan ansiosos, intuyen que en cualquier momento Mara volverá victoriosa. Y no les importa lo que pase conmigo. Todos la esperan menos yo. No quiero ser la otra: no la entiendo, no me gusta. Sé que no podría ser mi amiga. Odio descubrirme oliendo jazmines, haciendo tantas cosas estúpidas y absurdas. Ellos me miran felices. Sin que pueda evitarlo, va apoderándose de mí, me va destruyendo. Es como un parásito creciéndome dentro. Es como un tigre acechando detrás de la puerta. Puedo oírlo a veces. Escucho su respiración y tengo miedo, porque no sé en qué me voy a convertir cuando pase de este lado.
¿Seré Marita confundida, adormecida? ¿Tendrán razón estas personas? ¿O seré la otra, la que descubro por las mañanas, cuando me miro al espejo? Tal vez se trate de cerrar los ojos y de dejarme guiar por los demás, dejarme conducir por un camino que finalmente me lleve a quien dicen que soy. O puedo aceptar que ésa ya no existe y tratar de abrirme paso entre los restos de su vida, destruyendo todo lo heredado de ella. ¿Por qué no mandarlos al diablo, me pregunto a veces, divorciarme, irme lejos? Pero adónde ir sin plata, sin trabajo ni historia. Qué juez va a llevarle el apunte a una mujer que para la ley ni siquiera existe.
Cada día se acerca más. Por las noches la sueño, percibo su voz. Cuando intuyo su presencia envolviéndome como una ola, inevitable como la brisa del mar, una parte de mí (de lo que queda de mí) se pone en alerta. Y entonces empiezo a hacer algo para distraerme: hablo mucho, canto, cualquier cosa que sirva para resistirme hasta que se agote mi energía en esa lucha inútil y me rinda.
De un tiempo a esta parte, la convivencia con Marita es cada vez más difícil. Todos se enojan conmigo, pero es ella la que se entromete para preparar un café con leche que después inevitablemente hay que tirar. Carlos se enfurece cuando lo recibo amorosa, lo abrazo, y de repente me voy con esa mueca de asco que el tiempo no me enseñó a disimular. La más paciente es la vieja. Hace y deshace, va y viene malcriando a dos hijas, feliz de tener de qué ocuparse por las tardes.
Quiero arrancar a Marita de mi vida, quiero que se vaya. Se me ocurrió un plan brillante: buscar un accidente que se la lleve de nuevo lejos de nosotros, para siempre. Comencé por cruzar las calles sin mirar a los costados, después intenté caminando por el borde de terrazas y balcones. Ya no sé cuántas veces he enchufado aparatos con las manos mojadas. Fue inútil. Yo creía que la vida estaba llena de desastres, pero no sé dónde hay que ir a buscarlos cuando se los necesita.
Todo se complicó cuando unas personas les fueron con el cuento. Los muy tontos creyeron que me quería matar. No entienden nada. Me llevaron a un psiquiatra, amenazaron con dejarme internada. Rogué, supliqué, les pedí paciencia. Acaso el miedo me bajó la guardia, y Marita apareció por unos días: lloró y les dijo que quería curarse, que quería volver. Y, como a ella si la quieren, le creyeron y me dieron otra oportunidad.
De todas formas, cada vez encuentran menos de qué preocuparse porque cada día hay menos de mí en mí. La otra es un veneno que se mete en mi cuerpo. Me infecta con recuerdos, afectos, repeticiones. Todo empieza a ordenarse coherentemente y a ser como tiene que ser. Por eso sigo buscando un accidente que me salve la vida. Me he vuelto terriblemente imprudente y torpe.
Hace un rato, por ejemplo, me olvidé la llave del gas abierta. Si alguien encendiera una chispa, esta casa explotaría como una estrella vieja, como un huevo en el microondas. Deberían prestar más atención. Pero la vieja duerme, y yo me quedé sola. Para que me deje tranquila, le puse unas gotitas en el té, así que va a dormir un rato largo. Es bueno estar solo de vez en cuando, hay que aprender a buscarse esos momentos de libertad. Voy a apagar las luces y a sentarme, en silencio, a reflexionar sobre mi vida. Sin decorados, sin alrededor, voy a sentarme a esperar un golpe de suerte que se lleve a la otra lejos de nosotros, para siempre. Cuando Carlos llegue del trabajo, no habrá un rincón de la casa que el gas no haya invadido. El gas “Marita”, que lo ocupa todo, que se mete donde no debe. A partir de ahora, como un mecanismo perfecto, como una cuerda que se corta en el aire, todo comienza a sucederse de manera inevitable: piezas de dominó que caen con un sólo golpe.
Es el destino. Aquí, en la oscuridad, me he vuelto visionaria: ahí viene Carlos. Trae un ramo de flores. No estoy segura, presumo que son jazmines. Abre la reja de afuera, entra. Casi puedo oír sus pasos mientras se acerca por el pasillo. Las llaves preparadas, la música de las llaves sonando por última vez antes de que se abra la puerta, el olor a gas alcanzándolo pero no tan rápido para evitar que su mano, a tientas, apresuradamente, encuentre el interruptor.

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