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Cantatore de Frank, Norma Mafalda (Julieta)

Andanzas y malanadanzas de un español en la región andina de estas Américas



Andanzas y malandanzas de un español en la región andina de estas Américas

Ubiquémonos en la conquista del noroeste argentino; ésta se consolida y con el gobierno de Rivera, recién en 1611 termina. Le sucedió en el mando Luis Quiñones de Osono y comienza lo que se puede denominar el segundo período de la conquista, la obra de subyugación de las tribus vencidas en los combates. Hay que tener en cuenta que algunas parcialidades, como los quilmes y las de Abaucán y Famayfil no habían entrado aun en lucha, y que recién en el año 1646 y aun después de la mitad del siglo van a ser sojuzgados, no sin mediar crueles combates, victorias y derrotas de una y otra parte. El indígena se sentía abatido pero no subyugado, y es prueba de ello que dos acontecimientos importantes van a mostrar bien a las claras que la idea de la independencia no vivía sólo en el pensamiento, sino que se manifestaba en acciones, en alzamientos y en guerras.

Pacificados los acontecimientos de los valles calchaquíes[1] por el gobierno de Felipe de Albornoz, nos queda por conocer un personaje que volvió a precipitarlos. Se trata de un español, andaluz, embustero, aventurero y audaz: el nombre en su tierra era Pedro Chamijo, en el Perú Pedro Bohórquez. Si bien español, con los años que llevaba en América había llegado a un buen conocimiento de las costumbres y carácter de los pueblos indígenas. Hacía mucho tiempo que había dado su adiós a su tierra natal en busca de aventuras y fortuna. Su idiosincrasia está pintada por un escritor de su tiempo: “siempre en toda la comarca, dice, que reputado por hombre bullicioso, embustero, mentiroso, hablador, inconstante y sin firmeza, sagaz en lo que trataba, sin temor ni vergüenza de ser cogido en mentira, de eficaz persuasiva, amigo de traer y llevar chismes con que enredaba a muchos. Y para mejorar las costumbres, tenía muy pocos auxilios en el género de vida que pasaba; porque la indecencia de su traje retraía la comunicación de gentes cultivadas, pues ordinariamente andaba descalzo de pie y pierna sin alcanzar más que un mal juboncillo y un capotillo de cordillate, por lo cual pocas veces acudía aun a misa, los días festivos”. Con estas referencias de sus contemporáneos es como se presenta a este personaje. Llegó a Pisco con un tío suyo que lo trajo a las Indias; se separó de él y luego de pasar por dos poblaciones, de donde tuvo que irse dado sus embustes, retirándose a los Andes, en seguimiento de una india, de quien se había enamorado. El panorama de las montañas gigantes, las cumbres, los llanos, las selvas que manifestaban su aspecto salvaje, la libertad sin límites de esos parajes, todo lo encadenó a esa tierra, donde decidió permanecer algún tiempo, tiempo que pasó en compañía de los indígenas. Allí captó la voluntad de los indios a quienes fascinaba con sus embustes, cuentos fantásticos, amoldándose a las costumbres de los indígenas, estudiando su tradición, su modo de ser, su idioma. Es, a no dudarlo, dice Quiroga[2], entre aquellas montañas donde comenzó a idear sus planes. Recogía a diario noticias sobre huacas[3] y minerales; los indios le ponderaron los minerales de Paytiti y la Sal, conocidos por su nombre tradicional en todas aquellas regiones, si bien nadie los había visto. Pero, lo cierto es que entre los españoles se había hecho fama de la existencia de aquellos tesoros, los más ricos y valiosos que poseyeron los incas.

Llevando a su india por compañera y con algunas piedras que los indios le suministraron, Bohórquez tomó el camino de los pueblos del Perú, llegando, después de largas travesías, a Lima, la ciudad de los virreyes donde no se hablaba de otra cosa que de las huacas, minerales y tesoros escondidos; es así que el campo se le presentaba propicio. Este hombre logró hacerse popular logrando que el virrey, Conde de Chinchon le diera audiencia especial, pidiéndole encarecidamente referencias de lo que ya era fama sobre los preciosos minerales, cuyos secretos él era el único que poseía. Es así como al poco tiempo Bohórquez partía camino de los Andes al frente de veinticuatro arcabuceros; el resultado de esta expedición fue el previsible: después de duro y penoso viaje no vio nada acerca de las minas; no logró contener a los soldados, debiendo, al frente de los mismos entrar de nuevo a la ciudad de los virreyes con hambre y sin nada en sus alforjas. Le costó mucho trabajo contener la ira del virrey, quien llegó al convencimiento que se trataba de un embustero. Disculpado ante el virrey, tuvo bastante habilidad para que el pueblo no lo tomase por ladino embaucador, haciendo uso de su labia y de sus embustes.

Se dio por hombre de inmensos caudales: contaba a todos su estadía en un gran pueblo, escondido entre las serranías el cual estaba asentado en cimientos de oro y de zafiro; las casas, columnas, pórticos y monumentos de este pueblo eran de plata maciza, hábilmente pulimentada. Haciendo referencia a su estadía en Lima por esa época dice el historiador argentino Vicente Fidel López “Llegó el renombre del recién llegado al palacio del virrey y la virreina lo recibió en su cámara, y los oidores de la real Audiencia no quisieron ser menos y lo llevaron a sus casas y se entusiasmaron con él las oidoras, y lo buscaron los fiscales de cámaras y los miembros del Tribunal de Cuentas y los Alcaldes y demás Consejales. Andaba Bohórquez de un lado a otro como Niño Dios, y todos lo adulaban y todos lo festejaban: bebido, alimentado, agasajado en todas las cosas, llevado a bodas y bautismos, a saraos, a toros y cañas, a cuenta fiesta se daba en Lima por aquellos días de bendita credulidad”

Con el objeto de conseguir dinero y bagajes a fin de llevar a cabo su premeditada empresa volvió a sus embustes. Dejó Lima hasta internarse en la región habitada por los indios chumchos, a los que no tardó en seducir, fascinando sus imaginaciones. Después de algún tiempo, pasó a La Plata (actual ciudad de Sucre, Bolivia), donde por esta vez no escapó de la ira de corregidores y alcaldes, a causa de sus embustes y aventuras. Pero al poco tiempo, se le abrieron las puertas de la prisión, dado que consiguió persuadir al presidente de la Real Audiencia, Lizarazu, a quien le mostró un mapa de Paytiti, que el mismo había confeccionado según lo había imaginado.

El historiador Quiroga trascribe un párrafo del cronista, que pone de manifiesto la sagacidad de Bohórquez para seducir al Presidente de la Audiencia y que nosotros exponemos a continuación: Mostró al Presidente un mapa que había formado del gran Paytiti, provincia o provincias que decía ser vastas y ricas de numerosas poblaciones y ciudades fértiles en todo género de frutos, abundantes de especería y varias drogas, aves y animales exquisitos, cuya existencia afianza sobre su palabra, y con el débil fundamento de traerlos pintados según su capricho. Mostraba también en dibujo reyes Ingas, bárbaros o indias, señoras poderosas, ocupadas las manos con vasos de oro y plata, y ataviadas con riquísimas joyas y preseas, señales de la grande opulencia que poseían en sus dominios los cuales expresaba y dividía con indivisuación muy puntual, señalándolos con términos y distritos en que ejercitaban sus soberanía. Creyóle el incauto Presidente, y sacándole de la cárcel le dio su lado y su mesa para tenerle más grato, dejándole andar libre a su voluntad; ni paró en eso, sino que para acreditarle ante su Majestad, y su Real Consejo de Indias, escribió a su favor cartas, ponderando las grandes conveniencias que se seguirían al bien público de la monarquía, en que a este hombre se le diese fomento, para emprender la entrada por los Andes y el descubrimiento de aquel riquísimo imperio”

De La Plata pasó a Potosí; pero menos crédulas las autoridades de este pueblo, se vio burlado en sus empresas, se retiró a la vida salvaje, permaneciendo dos años con los indios. Nada le pasaba desapercibido: apenas por esos lugares apartados llegó la noticia del recibimiento del nuevo virrey, el Marqués de Mancera, Bohórquez se despidió de sus amigos, los indios y regresó otra vez a Lima. Aquí fue bien visto y recibido por sus Altezas, a cuyos palacios se le dio entrada. El virrey le creyó todos sus embustes, historias, fábulas y encantamiento sobre el famoso Paytiti. A los pocos días quedó solemnemente pactado que Bohórquez se lanzara a la mayor brevedad a la conquista de Paytiti, comprometiéndose el virrey a proveerlo de dinero y equipo para la famosa expedición, así como cuarenta y cuatro soldados perfectamente armados, dándole además una buena porción en las minas y tierras del descubrimiento, con la promesa, de emplearlo en el servicio de Su Majestad.

Bohórquez vadeó con su tropa el Chinchomayo, trabando fuerte lucha con los indígenas, que querían detenerlo en las riberas; después de recio combate fundó no lejos del río un pueblito, teatro de sus hazañas, nombrando, como si se tratase de una ciudad, alcaldes, regidores y alguaciles. Los soldados se mostraron contentos los primeros días pero, tiempo después, como la estadía se alargaba y no aparecían las famosas minas, la gente comenzó a impacientarse hasta que estalló una especie de motín, que dejó como resultado la deserción de parte de sus soldados más valiosos y, sobre todo, menos crédulos. A los que quedaron fieles, les prometió un porvenir más venturoso, pero había que marchar más adelante. Los rastros de las minas no aparecían; el hambre y la sed fueron el único hallazgo de aquellos aventureros ilusos y crédulos. Bohórquez regresó solo y desamparado a Lima; se presentó en el palacio del virrey, a quien embistió con quejas y aun reproches por la indisciplina de los soldados y el mal éxito de aquella aventura. El virrey fustigado con las burlas de palacio y de la corte, lejos de acceder a sus repetidas súplicas, decidió desterrarlo perpetuamente a Chile, a la provincia de Valdivia.

Llegado a su presidio de Chile, fue encerrado en su celda, bajo la celosa custodia de un guardián portugués. Una vez allí pudo apreciar lo inaccesible de los muros. Entonces comenzó a relatar al guardián las aventuras y cuentos de Paytiti. Este quedó maravillado con semejante relato y le enseñó a cambio al prisionero a labrar piezas de artillería forradas con cuero y con las cuales podía disparar con seguridad y ventaja. La fama de Bohórquez no tardó en llegar al palacio y un día dado, el gobernador, don Antonio de Cabrera Vázquez y Acuña, se presentó en la prisión, en donde quedó asombrado de aquel hombre tan ingenioso, que aparte del relato de sus minas y desgracias, lo sedujo con su reciente descubrimiento de los cañones de madera, tan necesarios en esos tiempos para la defensa. Hizo el primer ensayo y captó la voluntad del virrey; es así que a los pocos días recuperó su libertad, los soldados de Su Majestad lo saludaban con señal de respeto, dado que lo reconocían como capitán de infantería.

A poco tiempo de andar tuvo que fugarse a Santiago, donde, mientras tanto había llegado un pliego de providencias del Perú, ordenando la pronta captura de Bohórquez, informando al instante este, se encaminó al viejo Tucumán, lugar en donde se encontraba gobernando don Alonso Mercado y Villacorta en paz.

Nuestro personaje ya se encontraba de este lado de los Andes, sano y salvo, sin que justicias y ayuntamientos pudieran apoderarse de él. La estadía en Cuyo se hizo peligrosa para Bohórquez dado que tenía conocimiento de que en San Juan se había abierto un pliego del virrey en el que ordenaba su inmediata prisión. Salió de donde se encontraba orientándose hacia el valle Calchaquí, en donde tanta tragedia había tenido lugar como consecuencia del Gran Alzamiento y en donde aun quedaban cenizas calientes por la libertad arrebatada al indígena y donde tanto se decía y se mentaba sobre famosas minas, como las de Acay y Casablanca, que darían a Bohórquez un tema más que fecundo para sus embustes. Pensó que algo podía sacarse de este río revuelto y así sucedió. No tardó en emprender la marcha yendo a parar a Famatina, sin entrar en La Rioja. Fue en estos momentos que comenzó Bohórquez a desarrollar sus planes de proclamarse Inca, legítimo heredero de estos valles y de este imperio. Como descendiente, en línea directa de los hijos del sol.

Sin entrar en las ciudades dominadas por los españoles, se internaba en los bosques o tomaba hacia las montañas con el objeto de relacionarse y hacerse conocer por los indios, a quienes hablaba de sus títulos, de su gobierno en el gran Paytiti, de sus riquezas y poderío, así como de su inmenso anhelo de reconquistar el suelo natal. Los indígenas abatidos y subyugados, destinados a las encomiendas o a las minas, escuchaban atentamente a ese hombre que los sensibilizaba y fascinaba, por un lado, hablándoles de su pérdida de libertad y por otro, describiéndoles las riquezas de su gran Paytiti, donde, según relataba, había dejado de monarca a un hijo suyo.

De esta manera, prontamente, fue adquiriendo popularidad entre los indios, quienes veían en Huallpa Inca a su jefe y monarca. Los indígenas contaban en misterio al resto de los naturales lo grandioso de los planes de este jefe y monarca. El popular cacique Pivantí quedó prendado de ese hombre tan colosal, que meditaba tamaños planes y tantas hazañas llevaba realizadas. Fue este, el cacique Pivantí, uno de los primeros en jurarle obediencia y reconocerlo Inca, una vez que Bohórquez se introdujo en el valle Calchaquí. Acompañado de Pivantí, tomó a Calchaquí mismo, como si se dirigiera al Perú a fin de desorientar a los españoles que, sagaces y desconfiados, pudieran darse cuenta de sus designios hostiles. El cacique Pivantí se encargó de las presentaciones del nuevo Inca en todo lugar por donde atravesaban contando muy en secreto los designios del grande y poderoso monarca. A Pivantí se unieron pronto numerosos caciques y curacas, los que seguían detrás de Bohórquez, admiradores de su talento.

Se lee en las páginas del historiador Quiroga: “es el momento de olvidarse de Pedro Bohórquez y saludar a Huallpa Inca, al grande y valeroso Titaquín de las regiones calchaquíes; al hijo del sol, aclamado y reconocido por todos los pueblos, en valles y montañas y por los caciques y curacas, indios e indias. Bohórquez veía cumplidos sus sueños”

Si bien en el espíritu indomable de algunos de los indígenas surgió la idea de que los incas hallaron el suelo natal y que fueron los enemigos de su raza, a los que combatieron a sangre y fuego, también es cierto que este Inca venía a hablarles de libertad, de emancipación y que los indios debieron preferir más de mil veces su dominio antes que la esclavitud de la raza blanca. El prestigio del Inca lo prueba una carta dirigida por el Padre Eugenio Sancho al gobernador Mercado y Villacorta fechada el catorce de abril de 1657, en el pueblo de Santa María de Los Angeles de Yocavil (Quiroga, 1992).

La lectura de los cronistas muestra a las claras que los españoles conocían los designios del Inca de sublevar y dominar estos países. La noticia de su aparición corrió rápidamente llegando hasta Lima, la ciudad del virrey, esparcida por la quebrada de Humahuaca, Oruro y Potosí.

Bohórquez comprendió rápidamente que para salir airoso en su empeño, le convenía por entonces entrar en estrechas relaciones con los españoles, especialmente con don Alonso Mercado y Villacorta, el gobernador del Tucumán. Así, acompañado de algunos curacas y gente de la servidumbre imperial entró en la Misión del Padre Eugenio de Sancho, a quien no se presentó, sino después de haber visto a los caciques de esas comarcas y haberlos puesto en conocimiento de sus planes. Como el Padre Eugenio le pidiera explicaciones del porqué de su título de Inca, Bohórquez con profunda sumisión manifestó al padre jesuita que su intento era captarse la voluntad de aquellas naciones a fin de incitarlas al servicio de Su Majestad como humilde vasallo, así como de propender a su conversión. El sacerdote quedó realmente perplejo con el celo del personaje. Este decidió escribir al gobernador y el misionero le prometió una recomendación. La carta de Bohórquez fue una trama de ponderaciones y maravillas; le hablaba de su poderío, de su popularidad entre los indios, de sus grandes planes, de su Paytiti, de huacas descubiertas, de minerales y tesoros de los que el sólo podía saber su secreto, de la conversación de las tribus.

El gobernador, don Alonso, acogió con vehemencia los planes de Bohórquez pese a las advertencias del Obispo Melchor Maldonado de Saavedra y del valeroso y experto capitán don Pedro de Soria Medrano, quienes veían a las claras que Bohórquez era el peligro en casa y que al menor ademán o palabra del falso inca, todos aquellos pueblos, todas aquellas tribus lo seguirían ansiosos de libertad a los campos de batalla.

El gobernador, don Alonso, se dirige al pueblo de Pomán para preparar una recepción del falso Inca, a quien le había enviado rápidamente un chasque con el objeto de darle audiencia en el pueblo. Mientras tanto, el pueblo de Pomán se preparaba para hacer público festejo por la honrosa visita de Huallpa Inca dado que la ansiedad por conocerlo era inmensa.

Bohórquez, por su parte, dispuso la reunión general de caciques, curacas y grandes de las cortes calchaquíes. Al llamado de Huallpa Inca acudieron prontamente todos los caciques. Así, llegó con ciento diez y ocho caciques a Pilzihao en Andalgalá, deteniéndose una semana a pedido del gobernador a fin de poder completar el programa de festejos para tan ilustres huéspedes. El falso Inca llegó a Pomán y siempre habituado a preparar golpes de efecto, saludó sumiso a los altos representantes del clero y demás autoridades. Manda que caciques y curacas se acerquen y comienza a hacer cortar las melenas de los monarcas indios, acto que implicaba más que amistad, rendimiento y sumisión a Su Majestad.

El acto de cortarse la melena, fue muy bien visto por los españoles dado que era el sacrificio más grande que en honor y rendimiento suyo podía hacer la nobleza calchaquí, ya que para los indios cortarse la melena era deshonor e ignominia. Recuérdese que por resentimiento y desprecio estalló la guerra, afín de borrar esa vergüenza en el Gran Alzamiento.

Las fiestas duraron diez y ocho días consecutivos, con el programa ya esbozado; los españoles estaban encantados de escuchar la cantidad de fábulas y embustes por parte de Bohórquez. Terminadas las fiestas, fue oportuno tratar con Bohórquez y los caciques. Para ello, el gobernador convocó diez y ocho personas para las Juntas, con asistencia de justicias, alcaldes, provinciales y ordinarios, teniente gobernador, alférez real, regidor, licenciados, consejo de notables y jesuitas, sin los cuales nada se podía deliberar, mucho más cuando debía tratarse de la conversión de los infieles. Las reuniones tuvieron lugar en el recinto del Cabildo de Londres (provincia de Catamarca). Indudablemente que a los jesuitas interesaba básicamente la conversión de los indígenas, pero el gobernador y el real consejo de notables no pensaba ni soñaba en otra cosa que en tesoros, minas y huacas.

A pesar de ello, fue de lo espiritual lo primero que se trató, arreglando este punto con entera satisfacción de creyentes y prelados. En el punto tesoros y minas, objetivo de las Juntas, Bohórquez se comprometió sólo a descubrirlas y entregarlas a los españoles, denunciando de antemano algunas, como su gran Paytiti. Donde las Juntas estuvieron disidentes, generando largas y penosas discusiones, fue al tratarse de si debía o no conferírsele el título de Inga. Para el gobernador no cabía duda alguna, dado que con ese título, a Bohórquez se le abría el camino para captarse la decidida voluntad de los indios, aumentando su prestigio. Pero en el seno de las Juntas se levantó una voz de protesta, murmurando que “no había otro Inca que Su Majestad”. Sin embargo, las Juntas se inclinaron a la voluntad del gobernador, quien se encontraba nervioso con tantas dilaciones y temores imaginarios, cuando se trataba de inmensas riquezas y fortunas.

Así fue que, después de muchas sesiones se pusieron los notables de acuerdo sobre las siguientes bases de arreglo, concediéndole a Bohórquez que entrase al valle Calchaquí; que tuviese jurisdicción de “teniente de gobernador y justicia mayor y capitán de guerra del valle citado; por último, que usase el título de Inca. En fe de lo cual garantizando bajo palabra de caballero de ser súbdito de Su Majestad y de abandonar Calchaquí a la primera insinuación”, se firmó el tratado, prestando el nuevo Inca juramento en la plaza pública, delante de los notables y rindiendo “pleito homenaje” a los pies del gobernador.

El falso Inca, por voluntad de las Juntas volvió al seno de sus montañas, comenzando por adueñarse de todos los caminos y encrucijadas, con el objeto de sorprender todos los planes, movimientos y correspondencia de los españoles. Es así, que cartas iban y venían, si bien ninguna llegaba a destino. De esta manera, Bohórquez estaba en todos los secretos del gobernador y de los jesuitas. Además, encontrándose en el seno de las montañas, en valles y quebradas de las sierras, Bohórquez comenzó a elaborar como desarrollar sus planes.

El gobernador le escribió, manifestándole que pedía la aprobación de los compromisos firmados al virrey y la Audiencia, esperando que ello no tropezara con ningún obstáculo. Simultáneamente le envió presentes, le envió, entre otras cosas, vestiduras azules bordadas y trajes de Inca. Así, lujosamente vestido, se presentó a las tribus deslumbrándolas con su magnificencia, mucho más al verlo ligado con el enemigo blanco.

Mientras tanto Lima estaba más que asombrada frente al hecho de que Bohórquez, había sido coronado Inca en los valles Calchaquíes, noticia que llenó de zozobra al virrey y Audiencia, y que se confirmó la misma al abrir el pliego de Villacorta. Les costaba creer cuán incauto era el gobernador de Tucumán y a cuanto peligro se exponía todo el virreinato con Bohórquez al frente de las tribus calchaquíes. Frente a esta situación el virrey por decisión unánime del Real Acuerdo le envió un pliego al gobernador donde le reprobaba su conducta, previniéndolo, por si lo ignoraba aun, quien era Pedro Bohórquez, el deportado de Valdivia, embustero, embaucador y revoltoso y le ordenaba la inmediata presión y envío a Potosí de ese personaje. Empresa muy difícil era tomar a Bohórquez, quien en ese entonces, al decir del cronista, podía disparar más de cien flechas contra cada pecho. Tenía que tratarse de la obra de un general más que experto para reducir al falso Inca, tan prestigioso en las tribus y lleno de soberbia. Además, Bohórquez conocía muy bien las órdenes de Lima dado que había sorprendido varias comunicaciones en que se trataba el tema, destacándose la forma en que se le podía aprehender.

Frente a este panorama, el falso Inca comprendió que el único camino a seguir para su salvación era armarse fuertemente y prepararse para la resistencia. Asimismo, se había dado cuenta del valor de los tolombones, una parcialidad, y eran ellos los únicos indígenas que desde antes de la conquista eran partidarios de la dominación incaica. Por ello, Bohórquez como primera medida de seguridad, se trasladó al país de éstos a fin de buscar seguridad y formar su estado mayor. Cabe señalar que los tolombones habitaban una zona enteramente montañosa y que para ellos era sumamente sencillo defender la entrada a su país y contener la invasión de los enemigos blancos. Es allí donde se instaló el falso Inca con general beneplácito de estos indígenas. Para rechazar el ataque al fuerte construyó cuatro piezas de artillería de madera; las piezas defendían las murallas del fuerte. Se proveyó de hacienda y de víveres, frente a la eventualidad que tuviera que soportar un sitio; tomó todos los caminos, llenó de espías todas las sendas; armó cuatro arcabuceros españoles; alejó a los indígenas del trato con los jesuitas: los incitó a la desobediencia a los sacerdotes, envió mensajes secretos a los caciques y curacas, ofreció visita real a los indios de Londres y Famatina e incitó a la libertad de los indios de las encomiendas.

Impacientado el gobernador don Alonso con las denuncias y con la conducta de Bohórquez, quien llegó hasta el grado de llamar caciques y curacas a conferenciar en consejo, sin intervención de los justicias y sin aquiescencia del gobernador. Esto fue el origen de la conferencia de Tafí, celebrada al poco tiempo entre don Alonso, que asistió a la cita sólo con cuatro personas, y Bohórquez que fue acompañado de su estado mayor, en previsión a una acción provocada por la astucia. Bohórquez se justificó completamente volviendo a la confianza del gobernador, quien como única restricción, le impuso la condición de que no podía convocar a caciques, curacas o indios de armas, sin consentimiento previo suyo o de los justicias de su país.

Así concluyó la conferencia de Tafí, pero viendo Bohórquez lo asequible del gobernador a escuchar prevenciones contra él, y temeroso de que tarde o temprano les diese crédito, sedujo a su servidor más íntimo, a fin de que lo tuviese al tanto de todo lo que el gobernador pensase, dijese o resolviese, como así de todos los asuntos de aquel.

A comienzos de 1658, algún tiempo después de la conferencia de Tafí, Bohórquez pasó a Famatina, a cumplir con la visita anunciada a los caciques, bajo el pretexto, para los desconfiados de sus procederes, de que iba a buscar minas y tesoros en esos cerros. El objeto era mover a su favor a los indígenas, dado que en caso de guerra ellos podían prestarle importante auxilio.

Muy bien recibido y hospedado por los indios Famatinas y de Machigasta, su prestigio y renombre se extendió hacia todos los puntos cardinales. A la cooperación de los caciques y curacas, se añadió la del famoso mestizo Henríquez, así como la de Casalpí. Henríquez fue designado general de su ejército. Después de dejar todo arreglado Bohórquez partió con el mestizo, veintiocho indios y varias concubinas a Calchaquí. Su prestigio había crecido tanto, su poder era tan inmenso y tan varios los elementos con que contaba, que ya vociferaba abiertamente contra los españoles a los que llamaba usurpadores de los dominios de sus mayores. Nada escapó a la previsión de Bohórquez, haciendo lo posible para alejar a los indios de los españoles, evitando particularmente todo contacto con los jesuitas. Luego se proveyó de cabalgaduras, que hacia arrear públicamente, e hizo venir nuevos curacas, dándoles instrucciones hostiles contra los españoles.

Después de todo ello, el gobernador se apercibió de la realidad. Nublada hasta ese momento por su avaricia y candidez, se le aclaró la realidad más aun, una vez que se informara de las denuncias del Padre Herrera y Guzmán, sacerdote de Machigasta. De las revelaciones del cacique don Luis, a quien por desconfianza Bohórquez pretendió asesinar, y por último, de ver el expediente del teniente gobernador Nieva y Castilla, dado que en Londres había inquirido sobre el caso, resultando de todos los antecedentes el inminente riesgo que corría la gobernación del Tucumán y tal vez el virreynato.

La situación del gobernador don Alonso, se volvió verdaderamente crítica desde el momento que llegaron nuevas y firmes órdenes del Perú respecto de prender en forma inmediata a Bohórquez. Es así que don Alonso andaba por distintos lugares en busca de auxilios. Como la situación era apremiante y como se trataba de los reales derechos de la corona consideró viables todos los medios. Así el gobernador se decidió a tomar a Bohórquez con engaños, o bien, quitarlo del medio valiéndose para ello de un veneno activo.

Basado en su intención, don Alonso invitó a Bohórquez a conferenciar en Choromoros acerca de las misiones y las minas; pero el falso Inca no concurrió bajo el pretexto de encontrarse enfermo. Entonces, el gobernador se valió de dos personas, para arreglar los asuntos de la gobernación, con instrucciones de hacerlo desaparecer. Comprendiendo Bohórquez el intento, se vengó desairándolo públicamente. Frente a la tercera tentativa, el falso Inca reunió al consejo de los curacas ancianos y la respuesta de estos fue que su salida a las conferencias solicitadas por el español, era peligrosa. Así, la respuesta al gobernador, quien se encontraba en Salta, fue negativa. El Inca le hizo saber que no abandonaría Calchaquí ni la protección de sus vasallos.

Como las hostilidades debían romperse ante tan categórica manifestación, el falso Inca ordenó la junta general de caciques y curacas; y una vez en asamblea, pendientes las resoluciones de una palabra suya, los sensibilizó con un largo y meditado discurso. Con un grito salvaje fueron saludadas las frases del falso Inca.

Bohórquez que conocía el temple del enemigo y los recursos con que debía contar para batirlo, se apresuró a enviar la flecha a todos los curacas y caciques, no sólo de Calchaquí, sino de otras localidades. Todas las naciones y tribus contestaron a su llamado, con decisión y entusiasmo. Su popularidad se extendió tanto, que más tarde se batieron en alianza contra los españoles; todos los indios estaban listos a secundar los planes del falso Inca. “¡Viva el Inga y mueran los mitos!” era el santo y seña, de Londres a Potosí.

Bohórquez comenzó a mover sus fuerzas; anunció a los indios que los franceses habían invadido el puerto de Buenos Aires, y que los españoles tendrían que acudir a defenderlo; de manera que la hora del ataque había llegado. Destacó un cuerpo de más de quinientos hombres sobre Andalgalá, fuerte fundado y defendido por el capitán Nieva y Castilla; repartió alrededor de mil hombres en la frontera de Tucumán, cuya defensa estaba encargada al capitán Morales, a quien pronto destruyó. Convencido Bohórquez de que Salta era el centro de las operaciones del gobernador, se decidió a marchar sobre ella, a la cabeza de aproximadamente mil quinientos hombres.

Respecto al gobernador, el mismo no podía encontrarse en peores condiciones: casi sin municiones, con pocos soldados, y en la quebrada de Escoipe, de donde tuvo luego que salir. Se añade a esto el hecho de que sus soldados estaban desanimados dado las noticias provenientes de Londres, la mala ventura de Arias Velásquez en el ataque de los pulares y la poca suerte del cuerpo que atacó a los indios de los pueblos de Tucumanao, Abismanaho, Ampache, Abimana y Aquingasta, el que fue rechazado con bravura por estas tribus.

Toda la situación provocó desconfianzas e irresoluciones en el ánimo del gobernador, quien por lo pronto, no encontró otro recurso inmediato que enviar al Padre Torreblanca a ofrecer la paz a Bohórquez, quien se encontraba invadiendo a Salta. Don Alonso, desde Córdoba, en carta de fecha 8 de septiembre de 1656 rogaba al falso Inca que no traicionase de ese modo a su rey y que depusiera sus ambiciones en aras de la paz.

Su Excelencia tenía más que motivos para semejantes demandas. En la carta que dirigiera al Presidente de la Real Audiencia de Charcas don Francisco Nestares Marín, puede juzgarse de la crítica situación de los españoles en el Tucumán. Tan convencido quedó el presidente con los razonamientos esgrimidos que resolvió el envío de las armas y municiones, que tan necesarias fueron para el gobernador para la defensa del fuerte de San Bernardo, sirviéndose de ellas para salir de los aprietos que lo habían colocado su imprevisión y las circunstancias.

En la garganta de las montañas, el falso Inca tenía al gobernador rodeado por todas partes, pudiendo escapar e ir a guarecerse en el fuerte de San Bernardo, fundado en 1634 a  ocho kilómetros de Salta. Mil cuatrocientos indios se acercaban a Salta; los españoles viendo el número de los adversarios y el hecho de que no retornaban ocho soldados desprendidos para observar al enemigo, más que alarma tocaron a confusión. La resistencia era obligada. Un tiro de uno de los guardias dio la señal de ataque, contestando el enemigo con cuatro tiros de arcabuz. El ataque fue llevado a cabo con tal vehemencia, tanto fue el valor desplegado por los asaltantes. El mérito mostrado tanta veces por los españoles, se redobló ante el peligro. Durante las cuatro horas de la refriega, arcabuces y cañones arrojaban fuego y muerte, mientras lluvias de flechas caían al fuerte, hasta el momento que a los indios les iban faltando las armas.

Sólo al no tener una flecha más para disparar y ver llegar al mismo tiempo un refuerzo para los españoles, los asaltantes se retiraron del fuerte, en orden, sin que el sitiado se atreviera a dar un paso en persecución suya. Como Bohórquez había señalado una y mil veces la victoria a los indios, la retirada causó descontento en el ánimo de los naturales; la deserción comenzaba, pero le quedaban fieles unos cuatrocientos pulares y más de mil indios en Calchaquí; después del consejo de caciques y curacas, se decidió dejar pasar unos días y dar un ataque colosal a Salta.

El desaliento de los indios, lo fuerte del ataque y lo enérgico de la resistencia, el abandono de algunos caciques, la falta de elementos, los nuevos preparativos del gobernador, el desastre de San Bernardo, el anuncio del pronto arribo de fuerzas del Perú, el temor de verse traidor a su vez y de la pena merecida, todo esto y mucho más abatió el espíritu contrariado de Bohórquez.

Estas causas fueron las que lo decidieron a alejarse por un momento de los suyos, hasta llegar al pueblo de Acapsi, en la frontera de Calchaquí, desde donde se entendió con un viejo amigo español, enviándolo a que lograse el indulto, para él y los indios, en la Real Audiencia de Charcas. Era la primera vez que el falso Inca cejaba en su empeño, por la fuerza de las cosas y el poder de los desastres.

El Virrey del Perú, Conde Alba de Lista, de conformidad con el Real Acuerdo de Lima, no vaciló en otorgar el indulto solicitado para el Inca y los indios siendo su portador un ministro de la Real Audiencia. Bohórquez, después de leer el original a las belicosas tribus y de incitarles a la paz, se despidió de ellas; y acompañado de los principales caciques llegó a Salta a entregarse al Oidor del Perú. Ya Bohórquez estaba en manos de los españoles. Recién entonces, respiró el gobernador don Alonso el aire de tranquilidad y los insomnios huyeron de su lecho; cobró alegría y quedó en calma cuando vio a Bohórquez trepar a una tribuna, que se había construido en la plaza de Salta, exhortando a los caciques allí presentes a la paz y al reconocimiento de Su Majestad como único y absoluto dueño de estas Indias.

La llegada a Lima de Pedro Bohórquez, Huallpa Inca o Titaquín de los Calchaquíes -que de distintas maneras era conocido- fue anunciada por un pregón, encargado de calmar la ansiedad del pueblo dado lo abultado de las noticias que llegaban a la ciudad de los virreyes.

Cargado de cadenas y seguido de arcabuceros, este hombre entró a la metrópoli peruana, camino del presidio, donde se le había preparado tan estrecha y segura celda, que por esta vez Bohórquez no sólo no escaparía, sino que también apenas tendría espacio para moverse y respirar. Los Padres Lozano, Rodríguez y Claudio Clemente, cronistas de la época aseguraban que Bohórquez fue condenado a la pena del garrote. Así concluyó este personaje increíble que llenó el siglo XVII en estas latitudes con su nombre.                                                                                       Julieta


[1] El Gran Alzamiento (1628-1638)

[2]  Quiroga, Adam (1863- 1904), Calchaquí, TEA, Buenos Aires ,1992

[3] Huacas: piedras sagradas, dado que tienen alguna cosa de sobrenatural o divino; en Calchaquí, en los pueblos existían estas piedras fetiches.

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