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Pelayo Rapado, Maria Victoria (Roma mora)

La pensión



A diario, al atardecer, bajaba a la calle en la que estaba la pensión. Allí se reunía con sus vecinos y pasaba el resto de la tarde, hasta que su patrona, la señora Bernardina, los llamaba para la cena.

Cada día también, se decía a si mismo que aquel era el último. Que no esperaría ni uno solo más a que Clara, su amante, le dijera a su marido que estaba enamorada de otro y que en aquel preciso instante le dejaba para irse con él.

Cada día Clara, cuando se escabullía a la hora de la siesta, estando toda la pensión tranquila, entre besos y cuchicheos, le susurraba que aquella noche se lo diría. Al regresar del trabajo pasadas las ocho, cuando entrara por la puerta, sin esperar a su saludo diario ni a que se descalzara. Se lo diría en el momento justo en que  cerrase la puerta.

Hacía tres meses, el tiempo que duraba aquella relación clandestina, que Clara repetía lo mismo cada tarde. “Hoy se lo diré, de hoy no pasa”. Pero ese hoy no llegaba. Y Mario estaba a punto de perder la paciencia. “Tres semanas te doy de plazo para que se lo digas”, le había dicho a Clara cuando se conocieron y enamoraron. “Tres semanas, ni un día más”, y habían pasado tres meses.

Mario llegó a la ciudad y a la pensión para un negocio en el puerto, negocio que duró un mes, según lo previsto, y que había llevado a cabo con éxito, pero el tiempo transcurrido hacía que la ganancia se estuviera convirtiendo en pérdida.

Clara conocía su situación. Y la tensión se abría paso entre ambos al mismo tiempo que las miradas daban lugar a los besos, y éstos a las caricias. Y así, pasión y tensión convivían cada tarde en la habitación en la que ella le juraba que aquella noche se lo diría a su marido. Y él le decía que la esperaría hasta las diez en  las escaleras de la calle, con su bolso de viaje preparado, llevaría su mejor traje y su sombrero. Aguardaría en la puerta de la pensión hasta las diez. Ni un minuto más. El último tren que podían tomar partía a las veintidós cuarenta. El tiempo justo para ir caminando desde la calle Ardanza hasta la estación de tren en la Plaza de las Tres Cruces. Allí comprarían los billetes, a esa hora y entre semana no solía haber muchos viajeros. Subirían al tren y al cabo de cuatro horas llegarían a la capital, donde ambos empezarían una nueva vida.

Clara y Mario se repetían las mismas frases todas las tardes. Después de sus apasionados y fugaces encuentros en la pensión, ella le prometía que cuando su marido regresara a casa esa noche, tendría preparado su discurso de despedida y su equipaje. Y él, mientras apuraba los últimos besos, le aseguraba que nunca se arrepentiría de aquel paso, que la haría feliz.

La misma despedida cada tarde. La misma indecisión de Clara cada atardecer cuando su marido regresaba a casa y ella no le anunciaba la mala nueva. La misma decepción de Mario cada noche pasadas las diez.

“Será mañana”, pensaba esperanzado. Y se culpaba por no haber sabido infundirle coraje, el que ella necesitaba  para tomar esa decisión. Y se proponía, al día siguiente cuando se encontraran ser más resolutivo, que ella viese firmeza, determinación. Que nada la hiciera dudar de que el único camino para su felicidad pasaba por abandonar a su marido.

Cada día que pasaba era para Mario más parecido al anterior. Sólo habían transcurrido tres meses desde que conoció a Clara, pero ahora, tumbado en la estrecha cama de habitación, mirando las figuras que dibujaba el humo de su cigarro contra el techo, le parecía que llevaba allí tumbado media vida. Quedaba muy atrás el recuerdo de los primeros encuentros con Clara, cuando se vieron por primera vez, como se miraron y cuando ella le sonrió por vez primera. Quería unir su vida a la de Clara y sentía que invisibles y poderosas cadenas le atenazaban a aquella cama.

Miró el reloj, eran las seis. A esa hora cada día solía bajar a la calle y charlar un rato hasta la hora de la cena con sus compañeros de pensión. Quiso dar un salto de la cama pero la pereza y el aburrimiento pudieron más.

En la calle llovía en forma de tromba. El cielo se oscureció de pronto, y a los más despistados los sorprendió aquel diluvio de primavera. Mario se refugió en un cine abarrotado de gente, algunas personas habían corrido hacia la gran marquesina de entrada para resguardarse del agua. Otros, aguardaban para entrar en la sala. Cuando escampó, se lanzó de nuevo a la calle. Caminó sin rumbo hasta llegar a un edificio que era la primera vez que veía. Vasto, de los más altos que recordaba haber visto en la ciudad. La fachada principal estaba iluminada sin escatimar en medios y resaltando cualquier oscuro rincón del edificio que mereciera la pena ser destacado. Una persona uniformada con librea esperaba en lo alto de las escaleras. Los invitados iban llegando y el hombre del uniforme les indicaba con un gesto de su mano hacia donde debían dirigirse.

Mario llevaba su traje de alpaca gris y su sombrero de ala. La hebilla del cinturón reluciente,  igual que sus zapatos. Iba vestido para la ocasión. Se dirigió a las escaleras. Al llegar arriba, el hombre del uniforme le señaló una sala al fondo del amplio vestíbulo, a la que se podía acceder por varias puertas, todas ellas de doble hoja y abiertas de par en par. Las bandejas con copas y canapés volaban por encima de las cabezas de hombres y mujeres, que bailaban, charlaban y reían. La música que sonaba en ese momento era un fox-trop. Cogió una copa de una bandeja. Bebió y se adentró entre los grupos de personas que charlaban y las parejas que bailaban. Anduvo por la sala observando las piruetas de los bailarines, los escotes de las mujeres, los perfectos trajes de los hombres. Al fondo descubrió un velador y dos sillas vacías. Se acercó y tomó asiento. Desde allí vería todo cómodamente sentado. Al sentarse se percató de que era el observatorio idóneo para mirar sin ser visto. Las luces centrales apenas iluminaban el rincón y él no había sido invitado, así que prefería permanecer en un discreto y apartado lugar.

Las parejas danzaban ahora a los acordes de un conocido vals. Todos reían, parecían felices. Pensó en Clara. Ojala estuviese allí con él. También bailarían y reirían felices. Bajó la mirada entristecido por sus recuerdos. Una pareja se paró ante él. Lo primero que llamó su atención fueron los tacones de aguja alargándose interminables en las costura de las medias, que subía misteriosa hasta perderse debajo de la falda negra. La risa de Clara llegó desde arriba. Mario, sorprendido, levantó la vista desde el punto en que la costura de las medias se perdía, hasta la boca que había emitido el familiar sonido.

Clara estaba radiante con un vestido negro que él no conocía, riendo mientras un hombre susurraba algo en su oído. Se habían parado para no perder detalle de la conversación tan íntima y privada que mantenían. Se miraban y hablaban con tal familiaridad que una punzada de celos se le clavó en el estómago. Clara subió su mano izquierda hasta apoyarla en la nuca del hombre, enredando sus dedos con el cabello rizado de él.

La copa de Mario se hizo añicos entre sus dedos. El líquido se derramó por la mesa manchando la camisa de Mario y salpicando sus pantalones, tiñéndolo todo del color rojo inconfundible de la sangre. Cada vez sangraba más, como si fuese un manantial lo que brotaba de las heridas de su mano .El líquido rojo llegó a sus zapatos, abriéndose paso por el suelo hasta llegar a las agujas negras de los zapatos de Clara.

Se levantó. Estaba empapado en sudor. Las sábanas estaban húmedas. Saltó de  un brinco de la cama, pegajoso como estaba se acercó al lavabo y metió la cabeza bajo el grifo, dejando que el agua helada le refrescara.

Eran más de las nueve y habrían empezado a cenar. Mientras se vestía pensaba en lo real que parecía su sueño. Tenía la impresión de haber estado en la fiesta y de haber visto realmente a Clara, acariciando la nuca de su marido, igual que lo hacía con él.

Su pequeña maleta aguardaba preparada desde hacía semanas, y antes de cogerla, echó un rápido y último vistazo a la habitación que no volvería a ver. Con la maleta en la mano, salió de la habitación y cerró la puerta con llave.

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