Nací en el seno de una familia profundamente católica. Un buen día mi padre nos tuvo a mí y a mis 350 millones de hermanos en una parte de su cuerpo que creo que se llama “testículos”. Concretamente yo vine al mundo en el derecho. Estábamos destinados por la Divina Providencia para que sólo uno de nosotros fecundase un óvulo femenino, los demás moriríamos en el intento. El día de mi nacimiento le recé a Dios con todo el recogimiento de que fui capaz, para que mi padre no tuviera una polución nocturna y muriéramos todos sin ninguna causa. Con nuestro potencial bien administrado se podrían poblar todos los planetas de nuestra galaxia en un “pis pas”. ¡Cuánto desperdicio!.
Pero esta vez Dios, que está atento de todas sus criaturas por pequeñas y numerosas que sean, me escuchó y es que siempre está pendiente en especial de nosotros, los espermatozoides católicos. Y eso que no soy practicante. ¡Ya podrán comprender que clase de liturgia se puede practicar en un testículo!. A pesar de todo tuve la inmensa fortuna de ser elegido por Nuestro Señor para participar en la gran fiesta de la fecundación. Mi padre viajaba mucho y normalmente desperdiciaba sus espermatozoides con mujeres públicas de las regiones y países más pintorescos. Mi futura madre, si la cosa se desarrollaba normalmente, solo recibía esa bendición de Dios muy de vez en cuando.
Pero miren ustedes por donde su Divina Majestad quiso que esa noche mi padre no estuviera de viaje y necesitara remediar su concupiscencia. ¡Loado sea Dios!. Sin embargo yo era consciente de que, aún llegado el caso, mis posibilidades de resultar vencedor en esa carrera descabellada para alcanzar el óvulo materno, eran infinitesimales. Entre 350 millones de hermanos ya me dirán ustedes que ilusiones podía hacerme. Casi todos ellos tenían más talento que yo y estaban mejor dotados físicamente. Como casi ninguno era católico se entrenaban a todas horas estudiando cosas útiles y haciendo ejercicios gimnásticos que les mantenían en plena forma para la gran carrera. He de reconocer que yo de tanto rezar y pensar en Dios la realidad es que estaba escuchimizado. Pero mi alma inmortal tenía una importante musculatura y en ella y en Dios confiaba.
Todos los espermatozoides tenemos impreso por el Supremo Hacedor un código genético particular. Por eso el futuro ser complejo que uno de nosotros iba a crear en unión con el óvulo materno, podía llegar a ser desde un portentoso matemático, un físico insigne, un neurocirujano mañoso, un increíble orador apto para la política o un perfecto idiota. Entre 350 millones hay de todo. Por supuesto yo no era, ni con mucho, de los mejores dotados intelectualmente. Mi única esperanza la constituía mi acendrada catolicidad que sustituía con creces, a mi juicio, mi falta de luces y talento.
¡Y Dios premió mi religiosidad!. Tenía yo a la sazón veinticuatro horas de edad, que para un espermatozoide es mucho, cuando empecé a sentir una repentina subida de
temperatura. Al principio no presté atención al fenómeno pensando que eran cosas de
mi padre y seguí rezando el Santo Rosario tranquilamente. Pero al llegar a las Letanías el calor fue en aumento y mis 350 millones de hermanos también se apercibieron de esta circunstancia y todos desorientados empezamos a movernos frenéticamente agitando nuestras largas colas. Un sexto sentido nos decía que estaba ocurriendo algo, pero ¿qué?. La temperatura fue subiendo hasta que el calor llegó a límites insoportables. Pensé que moriríamos todos y recé un par de Credos a toda prisa para que Dios nos acogiera en su seno. Pero no fue Dios precisamente quien nos acogió en su seno...
De pronto nos envolvió un líquido blanquecino y viscoso procedente al parecer de una glándula que tienen los machos de los mamíferos unida al cuello de la vejiga de la orina y a la uretra. Un espermatozoide vecino que iba para médico me dijo entre convulsiones que se llamaba próstata. La verdad es que ese líquido me daba un poco de asco, pero pensé que sin duda Dios lo había creado para nuestro bien y eso me consoló. Pero la temperatura seguía subiendo y solo cuando el calor estaba a punto de acabar con nuestras vidas mi padre dio el pistoletazo de salida.
¡La que se armó!. ¿Ustedes se imaginan a 350 millones de espermatozoides nadando como locos con nuestras largas colas sin saber donde nos metíamos?. Salimos, pues, todos disparados sin ninguna orientación ni orden de preferencia. Creo que a ese caos primigenio debo la fortuna de haber sido elegido por la Divina Providencia para darme de manos a boca con un óvulo de mi madre. El caso es que milagrosamente, guiado sin duda por la mano de Dios, me topé con él y me introduje a toda velocidad en su dulce regazo. Tengan en cuenta que los espermatozoides medimos tan solo cinco centésimas de milímetro y en cambio los óvulos femeninos son gigantescos llegando a alcanzar los dos milímetros. Vamos que casi me pierdo en su interior. Pero instantáneamente sentí un placer enorme, como nunca hubiese podido imaginar. Estaba tan calentito y acogedor. A pesar de ello tuve la impresión de que un goce tan intenso por fuerza tenía que ser pecado y en el fondo, desde mi catolicismo sin fisuras, lamenté no haber muerto en la palma del martirio como mis 350 millones de hermanos.
Pero recapacité pensando que si Nuestro Señor me había elegido entre tantos seres vivos para que fuese el triunfador sería por algo. Dios sabe siempre lo que hace. Así que me dejé llevar por el placer y de inmediato empecé a intercambiar mi código genético con el óvulo de mi madre. En la tarea de mezclar nuestros respectivos códigos tanto mi querido óvulo como yo, tuvimos que poner en juego toda nuestra atención. El más mínimo error podía ser fatal y éramos conscientes de ello. Piensen que la hélice genética del hombre es muy parecida a la del cerdo... ¡así que si te descuidas...!.
Nuestro ADN está preparado, como saben, para generar, conforme a un plan preconcebido por Dios, el corazón, los pulmones y los riñones, seis litros de sangre, siete metros y medio de intestinos y algunas cosillas más. En total tenemos que realizar unas seiscientas mil funciones para crear un nuevo ser...¡y todo ello en nueve meses!. Pero no vayan a creer que nuestro ADN es muy complejo, ¡qué va!. Si es una cosa muy tonta. Tiene dos espirales en forma de cintas entrelazadas que corren en sentido opuesto y están conectadas por piezas transversales colocadas a intervalos regulares, como en una escalera de mano. Y eso es todo. Hay que apañarse con lo que hay.
Tanto mi querido óvulo como yo tenemos veintitrés diminutos cromosomas que llevan impresos los caracteres aportados a la herencia genética tanto por mi madre como por mi padre. Sin embargo observé nada más introducirme en el óvulo que los cromosomas de mi madre eran todos “X”. En cambio los de mi padre eran “X” e “Y” por mitad. En mi caso particular mis cromosomas eran de la clase “X”, lo cual quería decir que el nuevo ser que teníamos que desarrollar iba a ser una niña. Inútil decir que si mis cromosomas hubiesen sido “Y” hubiéramos tenido que dar a nuestros padres un varón. ¡Así de fácil dispone Dios las cosas!. Las diferencias entre ambos sexos están en principio pues, poco diferenciadas y por eso hay personas que se empeñan en que de mayores tampoco lo estén...pero no les hagan caso...es una aberración.
Los espermatozoides, después de la fecundación, tenemos que provocar la división del óvulo en dos células, que a su vez se dividen en cuatro, ocho, dieciséis, etc. hasta formar los millones de células que componen el cuerpo humano. ¡Es la maravilla de la naturaleza, el milagro de la vida dispuesto magistralmente por Dios!. Así pues, de un insignificante espermatozoide y de un óvulo que apenas pueden verse en un microscopio, llegamos a convertirnos en un embrión humano de medio centímetro de largo. Poco después sigue el milagro y el embrión aumenta de tamaño cincuenta veces y de peso unas diez mil. Ya somos criaturas dotadas de un corazón que late, con sangre que circula, con rudimentos de brazos y piernas, de ojos y oídos, estómago y cerebro. ¡Y solo han pasado treinta días desde la invasión...!.
Un hecho curioso que comprobé personalmente, no ya como espermatozoide sino como futura niña, me dejó anonadada. Al empezar a desarrollar los riñones en lugar de formar esos órganos como los tendré de adulta, pues resulta que los desarrollé como los tiene un animal mucho más sencillo, por ejemplo un pez. Me quedé perpleja. Pero resulta que más adelante descarté esos riñones de pez y desarrollé unos de un animal superior como es la rana. Por fin deseché también los riñones de rana y con los residuos de todo aquél disparate acabé formando unos riñones humanos definitivos. Este extraño fenómeno me hizo pensar si la naturaleza y Dios me querían indicar con ello las distintas fases por las que había pasado el hombre, primero pez, luego anfibio y por último homínido. Pero de pronto me acordé que el Supremo Creador había modelado en barro a Adán y me arrepentí de haber pensado siquiera en ese disparate del pez y la rana. Pedí perdón a nuestro Creador y le recé un par de Rosarios con sus Letanías de los Santos incluidas. Esperaba que de esa forma perdonara mis malos pensamientos...y además no tenía nada que hacer...
De esta forma, en el primer mes, el Señor me dotó de un corazón que latía y latiría durante toda mi vida sin descanso alguno, un cerebro que empezaría a funcionar nada mas nacer y no dejaría de hacerlo hasta la muerte, salvo que ingresase en un convento de clausura. También se dignó ponerme al final de mi gestación para que funcionase correctamente cinco litros de sangre sin plomo y de bajo octanaje. Por lo demás empezaron a salirme unas piernas como de rana y unos bracitos muy rudimentarios. El cerebro dada mi juventud todavía no sabía a ciencia cierta para que servía. Luego he podido comprobar que a muchas personas adultas les pasa igual. Al mismo tiempo se empezaron a desarrollar unos ojos, unos oídos y un estómago. Me entró un hambre canina. Para satisfacerla formé, casi sin darme cuenta, una pequeña aglomeración de células, me las tragué y las puse de nombre “trofoblasto” no sé porqué. La verdad es que era un nombre tan cómico...y yo era tan joven.
No me faltaba de nada porque la sangre de mi madre se encargaba de llevarme los alimentos, el oxígeno y el agua...bueno a veces más bien el vino. Y es que ella se reunía todas las tardes con sus amigas del Opus y, después del Rosario, como buenas católicas empinaban el codo, quiero decir que se bebían la sangre de Cristo a borbotones. Se ponían de graciosas. Normalmente hablaban entre risas de complicidad de lo que no tenían, o sea de sexo. Mi santa madre, entre hipo e hipo, aseguraba mil veces que a pesar de haber tenido diez hijos “y lo que venga”, se refería a mí claro, su marido no la había visto jamás desnuda. Era su mayor orgullo, propio de una virgen y santa. Bueno virgen no. Sus amigas, todas católicas y apostólicas como se debe ser, alardeaban de lo mismo. Luego invariablemente pasaban al orgasmo. Quiero decir que su mejor virtud era no haberlo tenido jamás. Y razonaban diciendo que el placer sexual es una aberración y cosa exclusiva de los hombres y de las mujeres descarriadas, y llegaban a la conclusión de que por eso la prostitución era necesaria. Las mujeres decentes solo debían sufrir los dolores de parto y si al pagar el débito a sus maridos sentían el más leve cosquilleo de placer, para borrar de inmediato esa aberración diabólica, debían de recurrir, como todas ellas, al cilicio. Al final se dedicaban a contar chistes verdes de indudable mal gusto.
Yo las escuchaba arrobada. Ellas ni siquiera podían sospechar que un feto estaba tomando buena nota de cuanto decían. Fue precisamente oyendo estas cosas cuando decidí firmemente que de mayor ingresaría en el convento de las Trinitarias Descalzas. Y no era por ahorrarme los zapatos, que hay que ver que precio tienen, sino más bien para dedicarme a la cura de almas. Pensaba en mi futuro todas las tardes hasta que el vino y las copitas de anís de mi madre llegaban por el torrente sanguíneo hasta la placenta, las absorbía mi “trofoblasto”, me llegaban a través del cordón umbilical y me dejaban sumida en un dulce sueño flotando en el líquido amniótico como en una nube. ¡Que bien lo pasaba!. Sin embargo cuando mi cerebro se desarrolló una chispa más pensé si ese placer etílico no sería tan pecaminoso como el sexo. Pero acordándome de que el vino es la sangre del Redentor me dejaba llevar por el éxtasis sin remordimientos. Pero como el anís no pertenecía a la divinidad, por si acaso rezaba un Padre Nuestro.
¡Qué rápidos pasan nueve meses cuando el placer te embriaga!. Ya estaba lista para nacer con todos mis órganos bien formados. Mi impaciencia por ver el mundo exterior creado por Dios me hacía moverme constantemente por el líquido amniótico dando pataditas que eran muy celebradas por mis padres y las visitas. De pronto un día empecé a notar como la matriz de mi madre se contraía. ¡Que susto!. Era una señal premonitoria. Después el cuello del útero se volvió suave y elástico y de tener el diámetro de una paja para beber refrescos pasó a aumentar casi quince veces su tamaño. Yo estaba maravillada de presenciar el gran milagro del nacimiento en directo. Para facilitar las cosas me puse cabeza abajo, justo a tiempo porque empezaron las contracciones que me empujaron contra el cuello uterino. De pronto, como una gran explosión silente, se rompió el saco amniótico y me sentí proyectada por una fuerza misteriosa dentro del cuello de la matriz hasta llegar al perineo que es el espacio que media entre el ano, las partes genitales y las tuberosidades isquiáticas. Estaba muerta de miedo y hasta pensé en el aborto, pero elevé mis plegarias al Altísimo y me dije: ¡Allá voy!
¡Y nací!. Un señor de bata blanca que no conocía de nada me cortó el cordón umbilical y me dio unas palmaditas en las nalgas para que empezase a respirar. Con la emoción del momento se me había olvidado. Pesé cerca de tres kilos y medio y medía unos cuarenta y cuatro centímetros según pude escuchar de labios del señor de blanco. ¡Para mí que se trataba del mismísimo San Pedro!. Me pusieron en brazos de mi madre, lloré un poco y me dormí. Cuando me desperté me encontré horrible. Pellejuda, congestionada y con la cabeza apepinada. Por cierto que aparte de parecer un obús de artillería, era enorme. Ocupaba una cuarta parte de mi cuerpo. Más que una niña seguía pareciendo un feto. Por eso me extrañó que todo el mundo al verme dijera que era muy mona. ¡A lo mejor lo decían con segundas!. Otros me encontraban muy parecida a mi madre, aunque reconocían que los ojos eran de mi padre. ¡Que ignorancia!. Todos los bebés nacemos con los ojos gris azulado y hasta los tres meses no adquirimos el color definitivo. Sin embargo comprendía su buena intención al decir que tenía los ojos como mi padre, pues en realidad con ello querían indicar que no había dudas respecto a su paternidad. ¡Como si pudiera haber dudas siendo mi madre del Opus!.
Durante mi primer año de vida la capacidad que tenía para aprender era ligeramente inferior a la cría de un chimpancé. Pero luego me espabilé. Aprendí rápidamente a hablar por los codos y a rezar el Rosario en familia. Me bautizaron y cumplí mi primer añito. Así pude constatar que mis padres y sus amistades todo lo celebraban a base de alcohol etílico. Se trataba de una costumbre tan extendida en el mundo católico que por lo visto un filósofo musulmán dijo en cierta ocasión que si el mar Mediterráneo hubiese sido de vino, haría muchos años que los cristianos se lo habrían bebido. Pero la verdad es que cuando mis padres y sus amigos tomaban bebidas alcohólicas se ponían radiantes animados quien sabe por qué fuerza misteriosa. Yo deseaba con todas mis fuerzas ser mayor para poder consumir la sangre de Cristo, pues a juzgar por los resultados debía ser un néctar maravilloso que encendía las mejillas y hacía dicharacheros y graciosos a los libadores. Pero a mí, de momento, sólo me dejaban tomar galletas mojadas en vino, hasta que me tambaleaba dulcemente provocando las risas de los adultos. ¡Qué bien lo pasábamos!.
Pero no quiero cansarles más con mis tonterías. Ahora acabo de cumplir dos años y me he convertido en una niña angelical de ojos azules y cabellos rubios ensortijados. Por cierto que mi padre es moreno cetrino y tiene los ojos negros como carbuncos. Pero a decir de todos he salido a mi madre que también es rubia. Bueno en realidad no. Se tiñe. Pero todo en este mundo tiene su explicación. En la Biblia leí que Jacob tenía problemas con su suegro Labán porque éste quería que su rebaño estuviese formado por ovejas fáciles de identificar. Decidió pues, tener los animales de su rebaño con rayas blancas y pardas. Para conseguirlo cortó ramas de un árbol y las descortezó a tiras para que tuvieran rayas de esos colores. Luego dispuso las ramas en el lugar donde los animales iban a beber y al hacerlo miraron las ramas y de tanto mirarlas, por un especial mimetismo, las ovejas se convirtieron en animales rayados. Durante siglos este pasaje Bíblico se ha tenido por cierto y aunque ahora se empieza a poner en duda lo parece corroborar el caso ocurrido en el siglo XVIII, cuando un bebé nació con barba y aspecto de anciano. La Ciencia explicó que eso era debido a que su madre durante el embarazo había mirado con insistencia el retrato de su abuelo. Por eso no tiene nada de extraño que al mirar a mi madre con el pelo teñido de rubio adquiriera yo una blonda cabellera.
Claro que también recientemente se dio el caso de una mujer casada con un hombre
blanco que tuvo un hijo negro. Ella le explicó a su marido que estando embarazada contempló con frecuencia el retrato de un negro que venía en un tarro de café. El marido, un hombre sin luces, la asesinó.
Como les dije acabo de cumplir dos añitos y mi cerebro ahora es ya ligeramente superior al de un chimpancé. Por eso soy consciente de que estoy recibiendo de mi madre una buena educación cristiana. Por ejemplo el otro día me llevó mi madre a casa de una de sus amigas y la buena mujer me ofreció un buen vaso de leche. Como tenía mucha sed hice intención de bebérmelo de inmediato y entonces mi madre me cortó tajante: “Niña, como se dice”. Comprendí que había cometido una imperdonable falta de educación y, como tantas veces vi hacer a mis padres, alcé el vaso de leche a la altura de mis ojos y exclamé con la voz más ronca que pude sacar: “¡SALUD!”. Ç