Lo primero que viene a la mente si se quiere definir al señor Rogelio es que es un hombre que vive solo y pasa frío en invierno, aparte de contar con un solo dedo en la mano derecha; todo lo demás que lo caracteriza aparece cuando ya se quiere profundizar, que no suele ocurrir, porque el señor Rogelio, aún habiendo nacido en el pueblo y pasado en él la mayor parte de su vida, no tiene vínculos familiares ni casi de amistad, apenas algún conocido con el que se cruza en sus paseos y con el que habla sobre el tiempo y la salud o la enfermedad.
Su casa se encuentra en la zona antigua del pueblo y es estupenda en verano, aún estando en el exterior a más de cuarenta grados dentro nunca supera los veinte, también es horrorosamente fría en invierno, bajando unos cinco grados de lo que el termómetro marque fuera. Por suerte para él nació en un lugar regado por el sol la mayor parte del año, lo que le permite estar a gusto en su hogar de toda la vida, en el que su madre lo parió y en el que su madre murió, mujer que representó su único lazo afectivo ya que es hijo único e hijo de soltera y casar no se casó y que él sepa hijos no tiene, y si los tiene como si no los tuviese porque no sabe que existen.
El que su casa sea un congelador cuando viene el frío le condiciona la existencia hasta que llega el calor nuevamente, porque no le queda más remedio, ya que no hay dinero para estufas ni braseros, que andar a la búsqueda del calor ajeno, aparte de producirlo él mismamente con sus paseos de varias horas que se da todos los días. Ese calor, vital para no congelarse, lo encuentra en un bar al que acude todas las mañanas y en el que por el precio de un euro, que es lo que le cuesta el café, se pasa entre hora y media y dos horas leyendo todo lo que cae en sus manos, y si resulta que todos los periódicos están ocupados le pide al camarero alguno del día anterior.
- Pero si usted ya se los leyó todos ayer.
- Es verdad, pero me quedaron unas noticias poco claras.
- Ya… -contesta el camarero con sonrisa burlona y ojos risueños encaminado a buscar el periódico solicitado.
Otro lugar reconfortante es el supermercado, de tantas vueltas que se da cada día sabe dónde está cada producto mejor que los mismos empleados, y también sabe que algunos tienen de todo menos lo que su denominación sugiere, como aquel flan de huevo que ya sacaron del mercado, hasta quince componentes leyó que tenía cuando el hecho en casa no pasa de tres: leche, huevos y azúcar.
Acudir de cuando en cuando al centro de salud también le ayuda a llenar horas pero, sin duda, el mejor lugar para pasar el tiempo y estar a resguardo del frío y de miradas ajenas es la biblioteca, ahí lee revistas, libros, enciclopedias o nada y simplemente se pone un periódico sobre la mesa mientras su mente descansa, porque eso de no tener dinero es agotador, todo el día hay que estar discurriendo cosas, sobre todo en invierno con su frío insano y la necesidad de esquivarlo lo máximo posible, en verano y ya en primavera, es otra cosa, con el calor puede andar más descansado porque en su casa está a gusto y porque puede sentarse en un parque sin problema de disimulo, aparte de que se tiene menos hambre y se duerme uno antes al no tener que esperar a que le entren los pies en calor, un auténtico martirio con su mala circulación.
Al señor Rogelio no le gusta pensar cómo habría sido su vida si en lugar de las decisiones que tomó hubiese tomado otras, siempre acaba concluyendo que se equivocó y que todos los caminos elegidos fueron los peores, como el no pedirle a Clara que se casase con él, y todo porque su madre no la podía ni ver, esa, esa es una fresca, lo que quiere es comerte la cabeza para venirse aquí con su maleta y quedarse de dueña de la casa, que se le ve el plumero, que no hay quien la quiera, sólo tú, por bobo, que eres un bobo y te dejas engatusar, pero mientras yo viva esa guarra no pondrá los pies en esta casa. Rogelio pudo haber tomado la decisión de mandar a la mierda a su madre y largarse con Clara, tampoco lejos, simplemente consiguiendo una casa para los dos, pero no lo hizo, sin saber muy bien por qué dejó a su dulce novia de melena dorada y se quedó con la vieja arrugada que tenía en casa, si Rogelio pudiese volver atrás…, ay Dios, ni me lo pensaba, ahí se quedaba mi santa madre con sus amarguras y me casaba sin dudarlo ni un segundo con la mujer de mi vida, pero volver atrás no es posible y lo hecho no hay forma de cambiarlo y Clara ya tiene hasta nietos, que con lo guapa que era y con lo simpática no pasaron dos días desde que nos dejamos para que le saliesen candidatos.
Después de Clara tuvo algún que otro apaño, pero nada serio, las frasecitas de su madre las tenía bien metiditas en la cabeza y no tenía que tenerla delante para actuar como ella quería, de forma inconsciente dejó de buscar pareja, sí se dejaba caer por las fiestas que hubiese para encontrar con quien desahogarse, y como era plantón, aunque poco hablador, no solía tener problema, pero nada formal.
Aparte de arrepentirse por haber renunciado a tener familia propia, Rogelio se maldice de vez en cuando por no haber sido atrevido y no haber aceptado la propuesta de aquel compañero de la recogida que lo tenía todo pensado para irse a Cataluña a trabajar, allí hay posibilidades, que tengo unos primos que llevan diez años y no veas lo que ahorraron, no como aquí que ni hay trabajo y si lo hay es para partirse la espalda por una miseria, allí te partirás la espalda, pero te pagan bien y tienes posibilidades de subir, que mi primo empezó de recadero y hombre para todo y ahora es encargado, y míranos a nosotros, que venimos casi desde niños a recoger en el campo y ahí nos quedaremos si no somos decididos, y yo lo voy a ser y me largo, y tú deberías hacer lo mismo si quieres aspirar a algo, en tres meses me voy, ya me dijeron de una pensión y de dónde puedo ir a ofrecerme, si te decides te vienes conmigo y nos plantamos los dos en Cataluña, ¿qué dices? Rogelio no dijo nada, pero pensó en ello hasta acabar con migrañas. Cada noche, solo en su cama, se imaginaba cómo sería empezar en otro lugar del que se hablan tantas cosas buenas, que sí, trabajar se trabaja, pero aquí también y como quien dice casi gratis, allí podría empezar de cero, conocería a otra gente, y, si todo fuese bien, que seguro que sí, hasta llegaría a encargado como el primo del Paco… Por la noche pensaba y se dormía casi convencido de que se iba, pero luego, por la mañana, se encontraba con su madre en la cocina preparándole el desayuno, y no sabes qué mala noche pasé, qué dolor de espalda, como si me estuviesen dando palos y palos, y así la tengo desde que te tuve a ti, que pesaste mucho, fuiste un bebé enorme para un cuerpecito como el mío, y luego todo lo que trabajé para que no te faltase nada, fregando y fregando hasta no poder más, y así estoy, que yo no sé lo que duraré, pero anda, come que has de ir a trabajar, que el dinero no viene solo a casa. Desayunaba Rogelio sin ganas y con un sentimiento de odiosa obligación de la que no podía escapar. Al llegar a la finca intentaba no coincidir con Paco porque no quería decirle que no contase con él, sería como decirle vete tú que yo prefiero quedarme aquí podrido, pero tampoco le iba a decir que sí porque su madre, cada vez más encogida y más arrugada, no se le iba del pensamiento.
Rogelio, cuando anda con el repaso de su existencia, sólo se consuela con el hecho de que es un hombre con la conciencia tranquila, a su madre no le faltó de nada y la cuidó hasta que la salud le falló y falleció, aunque de su madre no sabe muy bien qué pensar, hay días en los que todo son buenos pensamientos: fue una mujer que cuidó sola a un hijo, sin la ayuda de nadie y con las críticas de todos, que en la época que le tocó vivir ser madre soltera era casi una pesadilla, no como ahora que cualquier chiquita tiene los hijos que quiera con o sin marido; ahí no siente que pueda reprocharle nada, pero por otro lado, lo de Clara, eso no es para pasarlo por alto, que yo no iba a dejarla sola, al contrario, viviríamos todos juntos, faltaría más, era mi madre, y luego esa costumbre de echarme en cara lo bien que le iba a este o a aquel, que se fueron a Francia y mira qué coches conducen, y tú, mírate a ti que ni para un carro de vacas, que no te das a valer, que te pisan todo el tiempo y tú no dices nada. Y yo no sé por qué no le contestaba, por qué no le decía que si no prosperé fue por no dejarla sola, que esa es otra, hablando maravillas de los que se fueron y lograron buenos trabajos, buenas casas y buenos coches, pero el día que, por encima y con mucho cuidado, le dejé caer que Paco se iba a Cataluña y que me había propuesto que fuese con él, por probar, que luego, cuando todo marchase bien, ya se vendría usted conmigo, sólo serían unos meses hasta conseguir ahorrar algo para coger un pisito para los dos… Ese día lloró como nunca la había visto llorar, me llamó mal hijo y desagradecido y desgraciado, que ella no me dejó por ahí abandonado, que cómo era capaz de hacer eso, que si ella me hubiese dejado por ahí como hicieron muchas mejor le hubiese ido, pero no lo hizo por buena, y tal vez por tonta, pero es que una tiene sentimientos, en cambio tú... Y claro, de eso no se acordaba al hablar de los de Suiza, sus favoritos, pero para qué le daré vueltas a todo si no vale de nada, nadie puede volver hacia atrás y aunque volviese, ya no sé si realmente valdría para cambiar algo, que al final uno es como es y las cosas vienen como vienen y yo a Clara la quería y ella a mí, y era una estupenda persona, pero valor para enfrentarme a mi señora madre…, no sé, si en el fondo creo que soy un cobarde y lo que tengo es la vida propia de un cobarde y no hay más que hacerle, que yo con mi madre no sé si me quedé por miedo, por lástima o por cariño, o tal vez por las tres cosas, quién sabe.
Hoy hace exactamente diez años que su madre falleció, y cinco desde que por un accidente de trabajo se quedó sin cuatro de los cinco dedos de su mano derecha, y menos mal que madre no vivió para verlo, conociéndola me habría recordado la torpeza hasta quedarse afónica. La perdida de cuatro dedos conllevó la perdida del trabajo que tenía y la imposibilidad de encontrar otro. No le quedó más remedio que adaptarse a la vida llena de horas por ocupar y apretarse el cinturón para vivir con la pensión por incapacidad permanente absoluta que le quedó. Al principio fue difícil, muy difícil; una persona, como era él, acostumbrada a tener un día de descanso a la semana y a trabajar los otros seis a veces hasta diez horas, se sintió aplastado por tanto tiempo libre, andaba y andaba y las horas no le pasaban, estaba en su casa y no había forma de encontrarse a gusto en ninguna habitación de tanta vitalidad e inquietud que tenía dentro. Un día, asqueado de todo, tirado en cama fumando sin parar, vicio retomado después de haberlo dejado a los veinte por problemas pulmonares serios, se quedó con la vista fija en la estantería en la que estaban sus libros del colegio, sus únicos libros; tras un buen rato mirando para ellos, decidió coger uno. Tenerlo de nuevo en las manos le hizo sonreír, cuánto había llovido desde aquella profesora rosmona pero cariñosa que tanta paciencia tenía con ellos y gracias a la cual no pasaba niño por sus manos que no saliese del colegio sabiendo leer, escribir, sumar, restar y multiplicar. A él le gustaban las historias de vaqueros, leía esos tebeos en clase durante los recreos mientras muchos jugaban, prefería estar dentro al calorcito. Tras aquella profesora vino el trabajo y con él el abandono de toda lectura. Abrió el libro de tapas duras y, señalando con el dedo las palabras, empezó a leer en voz alta. Le costó, pero sin darse casi cuenta se tiró una hora dedicado a un párrafo. A partir de ese momento cualquier ocasión fue buena para practicar, por ejemplo con los letreros de las tiendas, con las esquelas que empapelan el pueblo cada vez que alguien fallece para que nadie se despiste y acuda al funeral, o con los productos de los supermercados. Tal empeño le puso que en unos meses dejó de leer en alto y en unos más adquirió verdadera rapidez y ya, finalmente, consiguió leer como quien respira y nació en él el gusto por analizar todo tipo de noticias y libros y cualquier cosa que aparezca impresa en un papel.
Hoy hace diez años que su madre falleció y como hace siempre que llega la fecha va a ir al cementerio a llevarle flores. Son las doce y va dudando entre coger los claveles de siempre o una planta, que son más baratas y más sufridas y no se ponen malolientes si están pochas, además se fijó que cada vez hay más gente que lo hace, lo de las plantas.