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Rey, Eugenia Alejandra (Olivetti)

Anécdota



 

Anécdota

             Como todos los días, a las nueve de la mañana, toqué el timbre en la casa del escritor Guillermo Kinsfritz, y esperé unos instantes a que Rosa, la señora que lo cuidaba me abriera la puerta. Una vez dentro, me saqué el gabán y lo dejé como siempre en la sala de entrada, colgando de un perchero toné. El viejo escritor me esperaba, como hacía ya cinco años, en el mismo lugar, sentado en un cómodo sillón inglés, mirando sin mirar a través del ventanal, en la biblioteca, atestada de libros y fotografías. Era un hombre calmo, de hablar pausado, que había vivido una vida tan rica en anécdotas, que nunca parecían terminarse las historias que tenía para contarme. En algún momento, cuando aún no lo conocía en profundidad, llegué a pensar que de aquel extenso anecdotario él sacaba las ideas para los relatos que luego me dictaba y que yo taquigrafiaba escrupulosamente en su máquina de escribir. Pero con el tiempo comprobé que sus cuentos nunca eran autobiográficos. Sus recuerdos sólo servían como disparador para aquella mente inquietante e infinitamente creativa.            Ese día de invierno, en el que llovía copiosamente, me recibió como de costumbre con una pregunta.            - ¿Es usted religioso, Allievi?            Tomé la pregunta con espontánea sorpresa, como sucedía cada vez que Kinsfritz tenía algo que preguntar, cosa que sucedía todos los días.            - Fui bautizado, y de vez en cuando voy a  misa los domingos.            - Pero eso no es ser religioso. Eso es lo mismo que decir que uno es futbolista porque tiene el carnet del Club El Progreso y de vez en cuando uno va a jugar al fútbol con sus amigos. Yo me refiero a si usted cree en algo, sólo porque así lo siente, sin más razón que aquella que le da su confianza y su compromiso. No me importa cuánto respeta el dogma, que tantas veces atenta contra la verdadera fe. Yo sólo quiero saber si usted cree, por ejemplo, en la bondad de la gente, aún de las personas que no conoce. Si acepta la posibilidad de un milagro únicamente porque algo dentro suyo lo impulsa a hacerlo.            - No lo sé, Guillermo. Puedo creer en la bondad de algunas personas, y respecto de los milagros, en la Biblia hay muchos para elegir.            - Esos milagros no sirven,- hizo un gesto de fastidio infantil.- Son milagros perimidos, relatos que se repiten como una letanía que ha perdido sentido. Sí fueron milagros para quienes los vieron, pero ahora se han convertido en un bello relato más… No me refiero a los milagros pasados, a los ya documentados. Yo quiero saber si usted cree en los milagros futuros, en los que pueden suceder y todavía no han sucedido.            - Es una pregunta difícil. Tal vez puedo creer en los milagros, en algunas ocasiones, pero definitivamente no camino por la calle pensando en que en cualquier momento algo maravilloso puede suceder. Suelo ver, lamentablemente, más milagros que no ocurren aunque deberían hacerlo. En esos momentos me resulta bastante imposible creer en cualquier cosa.            - Pero mi querido Allievi, los milagros no fueron creados para ser justos. El milagro es esporádico, reticente y en muchos aspectos egoísta. Y a pesar de todo, es emocionante, es esperanzador, y nos fortalece en nuestra eterna espera de ser los testigos, o incluso los protagonistas de uno de ellos.            - ¿Acaso usted ha vivido una situación así, alguna vez?            - En cantidad de ocasiones. Hoy estaba recordando una en especial que quería comentarle, a ver qué le parece.            - Por favor, hágalo. Lo escucho.            Nada hacía más feliz al escritor que contar sus historias. Podían tener un alto contenido fantástico, y por la misma razón eran absolutamente posibles. Se acomodó suavemente en su sillón, como lo haría un perro en su rincón preferido, y comenzó sencillamente por el principio.            - Mamá hubiera sido feliz si yo hubiera entrado en el seminario, y por lo menos hubiera dormido tranquila si yo hubiera ido todos los domingos a misa con ella. Ni lo uno, ni lo otro. Jamás se me cruzó por la mente convertirme en sacerdote, y sólo la idea de desperdiciar los domingos en forma tan rutinaria me parecía tan pecaminoso como no comulgar. Esto llevó a que mi madre viviera angustiada el resto de sus días por la perdición de mi alma, que según ella sería condenada a arder en el fuego eterno. Incluso en su lecho de muerte me advirtió que el Diablo vendría a buscarme en persona, y que ni un milagro podría salvarme. “¡Qué Dios te proteja, hijo, si acaso El puede llegar a hacerlo!”. Murió un tres de julio, un día frío y gris como hoy. La besé en la frente y lloré, porque aunque yo era un hombre, ese día me sentí pequeño y solo.            “Pasó el tiempo. Reflexionando sobre las palabras de mi madre, había llegado a la conclusión de que en realidad era ella la que no tenía fe. Mi madre, que había invertido tantas horas de su vida en leer la Biblia y rezar rosarios kilométricos, había resultado ser una mujer sin el menor sentimiento de religiosidad que había conocido. En algún momento yo había llegado a pensar que sería juzgado severamente por todos los pecados que había cometido y por los que, con toda seguridad, seguiría cometiendo. Pero, de alguna manera, al culpar a mi madre de no creyente, me liberé de esa pequeña angustia personal, y volví a disfrutar de la vida en esa forma plena e ingenuamente cínica que me caracteriza. Volví a mis costumbres andariegas, salí inocentemente con amigos y conquisté no tan inocentemente a bellas mujeres, o al menos eso intenté. Nunca dejé de ser un hombre respetuoso y jamás puse en juego la honra de mi apellido. Es muy difícil limpiar un nombre una vez que se ha manchado. Pero lo cierto es que en aquel entonces, con cierto atractivo y con una economía que me permitía ciertas libertades, comencé a volverme un joven soberbio y vanidoso. Son peligrosos esos momentos en los que todo parece dársenos con demasiada facilidad.”            “Por supuesto, solía pasarlo muy bien. Sin embargo, paulatinamente comencé a sentir que mis divertimentos no satisfacían mis necesidades. ¿Le ha pasado esto alguna vez, Allievi?”            - No que recuerde. Soy más bien un tipo solitario.            - Yo también era un hombre solitario. Durante el día, y en algunas noches en las que me sentaba a escribir. Pero la soledad parecía esfumarse con las salidas. Salidas ruidosas, ¿comprende? Quedaba rodeado de ruido y de olor a cigarrillo, que me resulta, en realidad, terriblemente desagradable.            - Esas suelen ser las características de todas las salidas nocturnas.            - Puede ser. Solía ir con un grupo de amigos a un café, que quedaba cerca de Corrientes y Callao, porque a la noche hacían algunos numeritos musicales, y después se llenaba de gente que se ponía a bailar tango entre las mesas. Yo lo hacía bastante mal, pero a determinada hora la pista improvisada se llenaba tanto, que mi torpeza pasaba bastante desapercibida.            “En una oportunidad, un jueves o un viernes, me fui solo al bolichón ese, del que ahora no puedo recordar el nombre. Como siempre esperé a que la pista se volviera prácticamente intransitable, y cuando eso sucedió me acerqué a la barra a ver si podía sacar a alguna jovencita a bailar. No hace falta que le aclare que “jovencita” es una libertad poética que me tomo, porque jovencitas eran la minoría. Para mi sorpresa, una mujer muy bella, más de lo que yo mismo me solía permitir, comenzó a mirarme insistentemente y me invitó con un gesto a bailar con ella. En esas circunstancias, uno no juzga si la actitud de la dama es la correcta, o si la señorita es perito mercantil y le gusta el bordado. Caminé decidido hacia ella, la tomé de la mano y la llevé al medio de la manifestación de bailarines. Nos empujaron más veces de lo tolerable, y yo la pisé tanto como me fue posible.”            “Después de unos cuantos tangos, salimos del café. Yo estaba medio mareado, por toda la gente y porque siempre tuve muy mala bebida. Debo serle sincero, Allievi, cuando la vi bajo la luz del farol, en la calle, sentí una excitación adolescente e inmadura por aquella mujer. Se me despertaron los instintos y, algo que no creí hacer nunca en mi vida, le pedí que viniera a casa. Me ruborizo un poco al contarle este detalle de la anécdota, pero ambos somos hombres y sé que no me juzgará severamente por este desliz. Es una cosa que ningún hombre inteligente debería hacer jamás. Una verdadera falta de tino. Ella aceptó, como era de esperar, y como estábamos cerca de mi departamento fuimos caminando. El aire me vino bien, me hizo refrescar la cabeza un poco, pero no lo suficiente como para darme cuenta del peligro que corría.”            “La  mujer me llevaba medio embobado. Lejos de ser yo quien la guiara hasta mi casa, era ella quien decidía dónde doblar y qué calles tomar. Así, recuerdo que tomamos Rodríguez Peña y, ahí cerca del Palacio Pizurno, pasamos por una iglesia. Me empujó hacia las rejas que cerraban el atrio, y me besó en una forma fantásticamente indecorosa. Cuando se separó para tomar aire, me sonrió maliciosamente. Me preguntó:”            “- ¿Sabés que tiene de malo la vida de una santa?”            “Se imaginará, Allievi, que yo no tenía intenciones de entablar en ese momento un debate teológico. Respondí simplemente que no lo sabía.”            “- Que son mujeres muy aburridas. Nunca pueden salir a bailar tango.- Me abrazó fuerte y siguió preguntándome, - ¿Te parezco aburrida yo?”            “- Con todo respeto, no me parece una santa.”            “Tal vez mi poco política sinceridad la lastimó. Su rostro se tornó profundo por unos instantes, pero rápidamente volvió a su sonrisita de costado y me dijo: “Exactamente”.”            “Llegamos a mi departamento. El aire no me había ayudado mucho y todavía tenía un mareo más que desagradable. Para colmo, a la señorita se le antojó una copita de licor casero, que había quedado sin abrir en el bar del living luego de la muerte de mi mamá. Ella insistió en hacer un brindis, así que brindé por algo que no puedo recordar y ella lo hizo “por tu vida, Guillermo, y por tu falta de fe”. Raro que supiera mi nombre, porque me parecía que no se lo había dicho en ningún momento. Después de eso se corta en mi memoria lo que debió haber sucedido. Supongo que me quedé dormido, porque al otro día me desperté en el sillón del living, vestido, y con un dolor de cabeza monumental.”            - ¿Y la mujer?            - Se había ido. Admito con vergüenza que lo primero que hice fue fijarme si me faltaba la billetera, pero todo estaba en su lugar. Me puse a inventariar una colección de soldaditos de plomo que tenía en una biblioteca, cuando sonó el teléfono. Era Núñez, un compañero de salidas. Todos estaban preocupados por mí. Esa noche se había caído el techo del café en el que bailábamos tango. Se habían acercado al lugar para ver el desastre y ahí les habían dicho que me habían visto bailando con una desconocida hasta bien entrada la madrugada.            - Recuerdo haber oído de esa tragedia. Tuvo suerte Guillermo. Podría haber muerto.            - Sí, seguramente. Murieron muchas personas en ese accidente… Tal vez le resulte ingenuo de mi parte, pero yo no creo que haya sido la suerte la que me salvó esa noche. A mí me salvo un milagro, un milagro mundano y sin pretensiones. Desde ese día me he vuelto un hombre religioso, Allievi.            Permanecimos un momento en silencio. Seguramente el revivió algún detalle íntimo de aquella noche y aquella mujer. Yo me sentí sobrecogido, como solía sucederme después de cada historia que Kinsfritz compartía conmigo. Luego, la pausa terminó y dio paso a la inspiración.            Ese día, el gran escritor comenzó a dictarme su relato “María Magdalena”.

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