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García Franco, Rubén (Eli Red)
Ángela
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Todavía lo pienso y me cuesta creerlo. No estoy convencido de que fuese real y mi
espíritu no quiere aceptar que lo fuera. Sólo sé con certeza cómo mi cuerpo se erizó, de
los pies a la cabeza, cuando escuché aquella historia de barbarie moderna que me
contaron hace algunos meses atrás. No consigo comprender cómo pudo suceder. Un
relato donde la realidad se mezcla con la ficción y los estomas de las plantas se abren
para dar paso a la oscuridad más profunda de la noche durante la época de sequía. Una
historia que sucedió a plena luz de un día radiante en el cúmulo de las calles de una
ciudad, hasta entonces idealizada en mi interior. No sé muy bien por dónde empezar.
Creo que la mejor opción será por el principio, o por lo menos desde el embrión que me
contaron, o desde el sentimiento doloroso que recordaron al describirme el suceso. Un
relato con principio y final tenebroso. Mi imaginación, influenciada por los achaques
del cambio estacional, ha desvirtuado una y otra vez el transcurso de los
acontecimientos. En cada ocasión que las imágenes emergen de las llagas de mi
corazón, busco un final diferente y creíble para mí. Siempre me derrumbo cuando llego
al ocaso de los hechos y, aunque mi esfuerzo por mostrarme indiferente sea palpable, la
historia aparece en su totalidad, con rostros imaginarios y movimientos a cámara lenta.
Una película que no debería tener segunda parte. Porque si casi siempre son fallidas,
salvo raras excepciones, en este caso sería desastrosa.
Su nombre lo omitiré por no dañar más a sus seres apreciados, por no remover en el
pasado y por no dar pistas certeras de lo que pareció ser un sueño que finalmente no lo
fue. Pero, por el bien del relato debe de existir un nombre. Pongamos que ella se
llamaba Ángela. Desconozco cuál fue su vida o el modo en el que vivió previo al
momento concreto del que tengo conocimiento y que estoy dispuesto a narrar. Ángela
era o es— la incertidumbre de su existencia todavía me persigue— una niña mexicana
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de quince años que vivía en Playas de Rosarito y disfrutaba de cada momento especiado
que los días le proporcionaban. Cada mañana cogía el autobús, procedente de Ensenada,
para asistir a sus clases diarias en un colegio bilingüe de español e inglés en Tijuana. Su
escuela estaba situada junto a la calle Padilla, a escasos metros de la Plaza de Toros más
occidental de Centro y Sudamérica, y a dos manzanas de la frontera con Estados
Unidos, antesala de la urbe cosmopolita de San Diego. Desde la ventana de su clase
podía ver el océano Pacífico e impregnarse de su olor cautivo tras la verja divisoria que
penetraba en él. Si se lo proponía, y durante el amanecer la bruma se había fundido con
el mar, todo México le saludaría desde el punto más austral de la República.
Durante el día en cuestión, ese espacio temporal al que me refiero y que me hace
temblar cuando me lo imagino, el tráfico colapsaba una de las garitas fronterizas de
Tijuana que abrían el camino hacia la tierra prometida. Hacia la mejor o peor llamada,
según como se mire, la tierra de las oportunidades; Estados Unidos. Una enorme fila de
vehículos presagiaba una espera de cuatro horas hasta que los ciudadanos motorizados y
con la documentación en regla agotasen la línea colapsada, y la estructura metálica que
divide a ambos países les recibiese con un Hasta pronto sobre sus cabezas. Era otoño y
el calor que se respiraba entre la contaminación de la atmósfera era inusual. Ese año la
brisa del Océano no fluía entre las calles de la ciudad. Parecía como si la barrera
fronteriza entorpeciese su paso con el fin de acrecentar la desesperación de los
conductores y de los peatones que durante ese día intentasen atravesar al otro lado.
Desde el otro punto de vista, desde el acceso desde Estado Unidos a México, el tráfico
fluía con normalidad y las barreras culturales no se dividían entre los buenos y los
malos que ese preciso día quisiesen cruzar la frontera. De todos, ¡qué más da! —La vida
no vale ni un peso en México—.
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Ángela había terminado sus clases de la tarde y caminaba junto a sus pensamientos
hacia la parada de autobuses de la compañía ABC, con la intención de tomar el autobús
de retorno a su casa. La estación se encontraba justo enfrente de la entrada peatonal
fronteriza que daba acceso a Tijuana, junto a la calle Libertad. El autobús partía a las
cinco, y ese día Ángela iba con retraso. Al cruzar la avenida de la Amistad, una decena
de taxistas, hambrientos y desesperados por triunfar en su carrera vespertina, la
entorpecieron en su camino. La incitaron y le propusieron mediante una sarta de gestos
obscenos y de vocablos mal sonantes, —atronadores para una niña de quince años—,
un viaje a donde ella quisiese a cambio de un aleteo crepuscular de su cuerpo virginal.
Ángela era una niña atractiva y sensual. Su piel brillaba como el impacto de la luz del
faro sobre el desierto, y sus ojos resplandecían como la miel derretida en el fondo de
una colmena. Llevaba el pelo recogido y la falda de cuadros azul marino del uniforme
de la escuela no le cubría más allá de sus rodillas. El miedo le hizo acto de presencia. En
su intento por abrirse paso entre la multitud desaforada, y entre algún toqueteo
indiscreto de los pervertidos que se dieron lugar en aquel revuelo dialéctico, comenzó a
correr hacia la estación de autobuses, —o de camiones, que dirían en esa parte de la
Baja California mexicana—. No miró atrás. Su destino le esperaba unos metros más
allá de sus pasos inquietos.
Ángela se detuvo de nuevo. La estación estaba al otro lado de la calle, pero una gran
pancarta humana le entorpeció el rumbo. Un grupo de veinte o treinta personas —locos
sin miedo a ser señalados con el dedo por las autoridades corruptas— se manifestaban
en contra de la inseguridad ciudadana que se vivía por entonces en Tijuana y de los
despropósitos permitidos de la policía. La calle estaba cortada y las voces de los
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manifestantes encrespados retumbaban en los corazones impasibles del resto de la
sociedad tijuanera.
Ángela notó como las lágrimas le brotaban del interior de sus párpados y sus entrañas
rugían temerosas ante la multitud insaciable que se balanceaba delante de ella. Se
escondió detrás de un puesto ambulante donde cocinaban tamales en el acto. El cocinero
la miró y le sonrió diciendo “no te preocupes niña, ya verás como todo este jaleo
termina en un momento”. Le ofreció una soda de durazno y continuó atendiendo al
gentío que se aproximaba desasosegadamente a la barra. Ángela se tranquilizó unos
instantes en aquel recodo espontáneo que la protegería de la muchedumbre.
Una rata de color gris oscuro le arañó agresivamente el tobillo derecho. Sus cuerdas
vocales emitieron un alarido insonoro que fue tapado por el eco embrutecido del gentío
que la rodeaba. Su rostro manifestaba la angustia que corría por sus venas y su cuerpo
era el mástil que intentaba mantenerse firme tras la tormenta en alta mar. Todavía era
pronto para atisbar su destino inmediato. No sabía lo que le esperaba, aunque los latidos
impetuosos de su corazón le avisaban de que algo no estaba funcionando bien.
Una vez que la manifestación se disolvió en torno a la glorieta de la Paz, un grupo de
individuos, desquiciados por la situación insostenible que azotaba a la ciudad sin ley,
increpaban a cualquier ser en movimiento que se les pusiese por delante. Ángela pasó
desapercibida y salió de su escondrijo improvisado. Se puso en pié y observó el rasguño
que la rata le había provocado. La sangre ya estaba seca. Dejó los libros y los cuadernos
escolares, que portaba junto a su pecho, en el suelo y se limpió la herida con unas gotas
de su propia saliva impulsada por uno de sus dedos. La lujuriosa mirada de algunos de
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los transeúntes la observaba desde un aparcamiento cercano, mientras el aire captó los
vocablos que sus bocas atrevidas dijeron al unísono: “En Coahuila, aquella niña
desvalida no valdría más de treinta dólares por un rato agradable”.
Ángela se puso en marcha hacia la estación. La hora se le echaba encima. El conductor
del autobús la conocía y la esperaría algunos minutos. Le daba vergüenza que esperasen
por ella. Así que, corrió bajo los ojos expectantes de la persona que me contó esta
historia. Otra niña de quince años que iba con ella al colegio, y que en ese preciso
momento, esperaba dentro del coche de sus padres a que su hermano saliese de la clase
de inglés a la que iba todos los martes.
Una furgoneta negra y medio destartalada en su parte anterior, sin placas identificativas
y con los cristales tintados, se detuvo con el motor en marcha paralelamente a ella, y le
frenó el avance contra reloj hacia la estación. Ángela se tropezó y se cayó al suelo
golpeándose la cabeza con el bordillo de la acera próximo a la rueda trasera izquierda de
la Suburban. Se intentó poner en pié y a trompicones recoger sus libros, que habían
quedado desparramados por el asfalto grisáceo y asqueroso de aquella parte de la
ciudad. La guadaña de Caronte hizo que dos hombres encapuchados y de mediana
estatura descendieran de la furgoneta por una puerta lateral y agarrándola, uno por el
tronco y el otro por las piernas, la introdujesen en el vehículo. Ella gritó
desconsoladamente. La estaban secuestrando y nadie hacía nada por evitarlo. El
cocinero de los tamales se acercó apresuradamente con la intención de salvar a la niña
de aquella injusticia premeditada, pero la mala suerte hizo que una bala procedente de
una pistola del calibre cuarenta y cinco le atravesase el cerebro y quedase sumido en la
profundidad de un charco de sangre para la eternidad. Su camino se detuvo
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precipitadamente y ya no viajó más a través de las venas y de las arterias de un cuerpo
fallecido. Ángela gritó una y otra vez sin que su llanto amargo pudiese ser escuchado.
La Suburban negra aceleró bruscamente provocando que las ruedas gimiesen un
chirrido agudo de dolor, y se perdió entre las calles angostas del centro de la ciudad de
Tijuana. Nadie vio nada. Eso fue lo que uno de los federales que acudieron una hora
más tarde a la escena del secuestro y del crimen apuntó en su informe.
El principio y el final de esta historia es la capacidad de elección humana y racional
como instrumento diferenciador del resto de los seres que habitan este planeta. —¿Pero
qué sucede cuando no tenemos capacidad de elegir?—. Nacemos sin elección y
morimos sin poder decir nada al respecto. A veces, simplemente esperamos a que la
muerte llame a nuestra puerta y otras en cambio, somos nosotros los que llamamos a la
suya. Se puede vivir estando muerto y morir mientras se está vivo.
Mi amiga lloró desconsoladamente y el miedo de Ángela se introdujo en el tejido que
estaba bajo su piel. Su boca no pronunció ni un suspiro en las dos semanas siguientes al
siniestro. Un par de meses más tarde, sus padres decidieron cambiar de domicilio y
viajar hacia una ciudad extraña y desconocida, lejos de la intemperie a la que estaban
sometidos. Ella siempre recordará los ojos de aquella niña de quince años cuando su
cuerpo yacía en el suelo y los folios de los libros volaban como el ardor de las hojas
agitadas por el huracán. Aquella pobre niña no había echo nada a nadie. Nunca más
volvió al colegio y su espacio se marchitó con el féretro imaginario que la cabeza de mi
amiga diseñó para albergar a su cuerpo vestido con el uniforme escolar.
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Ángela no tuvo capacidad de elección. Ella no era el objetivo de aquella mañana
calurosa y otoñal de Tijuana. El destino eligió desafortunadamente por ella y se cruzó
en el camino de unos delincuentes que viven en el ámbito de la destrucción del género
humano ajeno. El suyo ya está muerto. Ángela murió el día en el que le privaron de su
libertad. Dudo mucho que hoy esté viva. Aquella niña de quince años perdió la ilusión
de su pubertad en el interior de una furgoneta. Nunca se supo nada más. Sólo sé que sus
ojos de color miel iluminarán la línea fronteriza para siempre.