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Varela, Rodolfo (Rodvar)

La promesa

                                                           

 

Brutus era pequeño, negro y compacto. Recordaba una mesilla de laca china, con la patas en arco y una nariz aplanada de la que a menudo colgaba un moco lechoso.  Pertenecía a un marino genovés tragado por una ola en medio de una borrasca, a pocas millas de Río de Janeiro. En seguida lo acogió Manel, “el Gallego” -por lealtad a su compañero de faena- junto a una billetera que contenía un puñado de dólares y la foto ajada de una mujer con una dedicatoria escrita en el reverso: “No me olvides. Amalia.  Coronel Matienzo 1, Villa Sin Nombre, Santa Cruz, Argentina”

Manel llegó a un acuerdo con el capitán del barco y tuvo cinco días de permiso para cumplir con su promesa hecha en alta mar. Desembarcó en el puerto de Buenos Aires y  con Brutus en el regazo, cruzó la pampa en tren y se internó en la patagonia, viajando en los fondos de un camión. Al tercer día, bordeó unos pozos petrolíferos y una hora más tarde llegó a Villa Sin Nombre, un poblado de viviendas bajas con calles de piedra azotadas por un viento crónico que retorcía los pocos árboles que bordeaban las aceras. Encontró la dirección de la fotografía en una apartada casona de adobe con rejas en las ventanas, sobre cuya puerta un farol de latón y cristal rojo chirreaba con el viento. Le abrió una joven morena, de grandes ojos oscuros y sonrisa mustia, vestía una bata de algodón que cerraba un grueso alfiler de gancho. Con voz grave y un marcado acento correntino, masculló:

-Hola, marinero, me llamo Juliette y puedo hacerte lo que quieras si vuelves más tarde, ahora estamos almorzando.

Manel frunció el ceño y Brutus movió la cola cuando la muchacha se agachó y le rascó la coronilla.

-Busco a una mujer que se llama Amalia. Vengo a dejarle este perro y un dinero.

-¿Amalia? No conozco a nadie con ese nombre.

Desde el fondo de la casa llegó una voz femenina, ronca y destemplada:

-Juliette. ¿Que se passe-t-il?

-Un hombre que trae plata para una tal Amalia, pero yo le dije...

-Hacelo pasar. 

La puerta se abría a un pasillo largo y lo suficientemente ancho como para contener un tosco banco de madera contra una pared. En la otra, colgaba un lienzo agrietado con mujeres desnudas que reposaban junto a un río, escoltadas por dos guardias con turbante y un tigre de bengala. Juliette le indico el asiento frente al cuadro y se alejó arrastrando las chanclas sobre las baldosas recién baldeadas con desinfectante. Manel se sentó y Brutus hizo lo mismo después de estornudar. Sobre el pavimento quedó tendido un denso moco verde.

Al otro extremo del pasillo apareció una mujer mayor, con el rostro pintarrajeado y una mueca desdeñosa que le deformaba los labios. Envuelta en un viejo kimono azul bordado con hilos de plata, se acercó ondulando sus enormes caderas.

- Bonjour, soy Madame Catherine de l´Orange, la dueña de este establecimiento. ¿Qué se te ofrece?

- Busco a esta muchacha, se llama Amalia. Manel le mostró la fotografía. La mujer apenas le echó un vistazo a la ligera antes de fijar su mirada rapaz en el moco que Brutus había dejado sobre las baldosas.

- ¡Humberto!

- Madame.

Como salido de la nada apareció un mulato, enjuto y encorvado, con el pelo blanco y la piel salpicada de viruela.

-Limpia esa porquería que ha dejado el perro de este caballero.

-Como usted ordene, Madame.

-No es mi perro.

-¿No?  Humberto, échalo a la calle. ¡Tout de suite!

-Un momento, señora. El perro pertenecía a un amigo que murió hace unos días. En su nombre se lo traigo a Amalia junto a un pequeño legado que le dejó… Estoy apurado. No tengo tiempo que perder. Mañana debo estar en Río Gallegos para volver a embarcar.

-Entonces, mon cher, vayamos directamente al grano… Lamento comunicarte que Amalia también falleció. Pero no te preocupes, yo me puedo encargar de que el perro y el legado le lleguen a su pobre madrecita que tanto la quería.

-“Yo necesito un amorcito que me quiera...”

-Tais-toi!, y termina de limpiar.

-Como usted ordene, Madame… Humberto miró a Manel de reojo y le ofreció una sonrisa cómplice donde brillaba un diente de oro. Se retiró cantando en voz baja: “Un amorcito que me quiera de verdad…”

-¿Cuando murió?

-Hace un par de meses... Se agarró unas fiebres extrañas que arrastra el viento norte. Ella no era fuerte. La pauvre petite, no lo resistió… ¿A cuanto asciende el legado que le dejó tu amigo?

-¿Dónde la enterraron?

-¿Eh?... Enviamos su cuerpo al Paraguay para que descansara entre los suyos.

-¿Tiene la dirección de su familia?

-¿La dirección? La tendré en alguna parte… Estás demacrado, muchacho. Necesitas recuperar energías antes de seguir viaje. Te prepararé algo de comer.   

-Gracias, no tengo hambre. Pero, si no es molestia, le aceptaría alguna cosa para el perro. Apenas si ha comido en estos días.

-Bien sûr… Perrito, ven conmigo.

Brutus le gruñó y le enseño los dientes mientras se escondía entre las piernas de su amo. Manel lo alzó y le pegó un cachete en la trompa. Por un instante, Madame le dirigió una mirada homicida, después sonrió y elevó las cejas.

-Allez, mon amour, sígueme a la cocina y le daré un hueso a tu perrito... Quant a toi, al menos, dejarás que te invite a una ginebra mientras busco la dirección de los padres de nuestra querida Amalia.

-“Yo necesito un amorcito que me quiera. Un amorcito que me quiera de verdad…”.

La voz de Humberto llegó desde la otra habitación. Brutus volvió a estornudar y esta vez el moco quedó colgado en la espalda del kimono de Madame Catherine de l´Orange.

Horas más tarde, Manel abrió los ojos y se encontró tirado en el fondo de un barranco cubierto de nieve. Le estallaba la cabeza; tenía el cuerpo machacado y el tobillo grande como un melón. Tanteó sus bolsillos y comprobó que había desaparecido la billetera. Enfadado y dolorido, se alzó apretando los dientes y subió la empinada rampa que lindaba con una carretera desierta. Desafiando al ventarrón que lo azotaba y le impedía avanzar, ubicó en el cielo a la Cruz del Sur y tomó rumbo al oeste. Media hora más tarde, al borde de sus fuerzas, llegó trastabillando frente a la casa solitaria de Madame Catherine; apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer. Miró su pierna maltrecha e intentó sujetar un pañuelo al tobillo para frenar la hinchazón. A pocos metros, Humberto surgió de la penumbra.

-“Yo siento una conga que va por la esquina y me voy detrás…”

- Eh, tú. Ven aquí.

El mulato dio un respingo y se acercó con recelo. Sus ojos redondos brillaron bajo la luz del farol.

- Virgencita bendita, cómo te han dejado.

-¿Quién me robó el dinero?... Respóndeme, cabrón.

-Yo no tengo la culpa de lo que te hicieron, compadre. Sólo soy un pobre negro que limpia las palanganas de las putas.

-Llama a la vieja.

-Mejor será que te olvides de todo y te vayas cuanto antes. Dentro está el comisario y te pegará un tiro… Virgencita, cómo tienes esa pierna. Déjame que te ajuste el pañuelo.

-Llámala, joder.

- Baja la voz compadre, que te van a oír... Seguro que te han tirado al barranco de las ánimas creyendo que estabas muerto. De la que te has salvado. Es un milagro que estés vivo. Nadie vuelve de allí...  Es igual, todos terminaremos en un barranco.  

- ¡Ay!

-Aguanta, compadre. Esta madera te sostendrá el tobillo y podrás caminar sin dolor. 

-¿Quién me hizo esto?

-Los hombres del comisario, seguramente. Ayer estabas muy borracho y era fácil robarte… No eres el primero.

-No recuerdo nada de lo que pasó.

-No me extraña. Madame conoce hierbas que te borran la memoria.

-¿Qué hicieron con Brutus?

-¿Brutus?

-El perro que venía conmigo.

-¿El perro? No lo sé, compadre. Yo me fui a dormir temprano a mi cobertizo.  

Con esmero, Humberto terminó de entablillarle la pierna y lo ayudó a ponerse en pié.

-¿Conocías a Amalia?

- Aquí la llamaban “Tempeste du ciel ” porque tenía un carácter fuerte como este viento que nunca para... Tenía mal genio pero no era una mala chica. Se estaba por casar con un marinero italiano… Era una muchacha feliz hasta que el hijo del comisario se encaprichó con ella. Acabó en el barranco comida por los buitres, como las otras… Está por amanecer. Hazme caso, compadre. En el cobertizo hay una moto; escapa y no te detengas hasta cruzar la frontera.

-No puedo dejar esto así.

-Lo entiendo.  Si yo no fuera tan viejo también me vengaría. No sabes lo que tengo que soportar en esta pocilga… Pero todavía eres muy joven para morir.  

-Necesito un arma…

-Virgencita bendita. No lo conseguirás...

- Humberto, tienes cara de buen hombre. Ayúdame, por favor.

-¿Yo, un buen hombre? Soy un trozo de mierda con un pasado más oscuro que mi piel… Pero sé donde guardan una escopeta.  

-Consíguela. Te pagaré. Te doy mi palabra. Humberto masculló algo entre dientes y después de acompañarlo hasta un cobertizo de madera contiguo a la casa, desapareció. Con los dedos crispados, Manel se quitó el sudor frío que le cubría la frente. Tenía el cuerpo hirviendo y temblaba sin parar. De repente, sintió algo pegado a su pierna y oyó un gemido. Brutus comenzó a lamerle el tobillo inflamado. Manel lo alzó y le acarició la cabeza herida, pegoteada con sangre seca. El viento se coló por las rendijas con un golpe sordo y temblaron las maderas del techo. Humberto entró corriendo.

-¿Encontraste al perro? Entonces, vete. Aquí tienes la llave de la moto.

- Dame la escopeta.

-Pero, compadre… Bien, se hará lo que tú quieras. Aquí la tienes. Es toda tuya; y suficientes cartuchos como para matar a medio pueblo… Adiós, compadre, yo no quiero ver como te matan… Fue un placer conocerte.

Manel dejó a Brutus en el suelo, cargó la escopeta y entró en la vivienda por la puerta trasera. En la cocina se topó con Juliette y otras dos muchachas que ni bien lo vieron, comenzaron a chillar a pleno pulmón mientras salían disparadas de la casa. Aparecieron dos hombres desnudos. Uno de ellos blandía una pistola, el otro una navaja. Los dos saltaron para atrás con las barrigas reventadas. Manel recargó la escopeta y, arrastrando la pierna herida, atravesó un salón vacío que comunicaba con el pasillo del cuadro. Antes de llegar a la puerta oyó un grito:

- ¡Atrás, compadre!

Manel se giró y apretó el gatillo. Madame no tuvo tiempo de apuntar y disparó al aire antes de desplomarse. A unos pocos metros, sobre las baldosas del pasillo, Humberto trataba inútilmente de parar la sangre que le salía del pecho. Manel se arrodilló junto a él y le sostuvo la cabeza.

-Has conseguido que la vieja puta me mate… Da igual, algún día tenía que ser… Pon la escopeta entre mis manos y vete… Suerte, compadre. Haberte escuchado decir que tengo cara de buen hombre…, ha sido un placer.

Dio un resoplido ronco y dejó de respirar. Manel le cerró los ojos y salió de la casa. Encontró la moto en el cobertizo y la puso en marcha con una patada que le hizo ver las estrellas. Brutus saltó hasta su regazo apretando entre los dientes la billetera con los dólares de su antiguo propietario. Se alejaron por el camino desafiando el vendaval. La Cruz del Sur les marcaba el rumbo hacia Río Gallegos donde les esperaba la nave, el mar abierto.

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