¡Ahí lo tienen señores! ¡Lo prometido es deuda! La foto del mes que llevará a nuestro concursante, con un poco de suerte, al país representado por esta maravilla arquitectónica. Bienvenidos a “¡Diga y Gane!” Llegamos a ustedes por cortesía de…
Vino la larga lista de anunciantes al tiempo que Arturo Delgadillo no dejaba de secarse las manos con el pantalón a la espera del gran momento.
“¡Él también depositó los cupones de compra en su farmacia más cercana y hoy está a punto de recibir los boletos para él y un acompañante, gastos pagos en hoteles cinco estrellas y cinco mil euros en este bonito concurso que mes a mes nos lleva por geografías alejadas!”.
Arturo Delgadillo, con un solo nombre y un solo apellido, calentaba sobremanera la butaca esperando su turno para gritar a los cuatro vientos el nombre de la monumental pieza arquitectónica. Un solo nombre por lo práctico que resulta ser; un solo apellido: el de su madre. De su padre tal vez heredó los cabellos rizados y el tejido adiposo que francamente desmejoran su maltrecha constitución física. Nunca tuvo tiempo para acostumbrarse a decir “papá” pues el desfile de “amigos” de su progenitora duró toda la vida y cuando se es el hijo mayor las cosas rara vez salen bien en estos asuntos de parentescos obligados, de figuras paternas postizas.
“Hacemos un corte y pronto regresamos con ¡Diga y Gane!”
En sus recuerdos había algo de confusión. No sabía si el hombre de bigotes o el de melena era el padre de Fito, ni tampoco cuál de los dos lo golpeó por haberse hecho pipí en el colchón nuevo. El borracho, un tal Alfonso, no se quedó por mucho tiempo, tal vez se le reconoce en el rostro de Olinto, el tercero de la manada que por cierto es buen violinista pero no deja el aguardiente para nada. Después vinieron los otros (maridos e hijos): Adán que engendró a Abel, (morocho con un angelito que llamaron Caín, pero se murió a los tres días de nacido). Después desfiló un tipo raro llamado Franklin que se salvó del cuchillo de Arturo cuando lo vio en el cuarto bajándole los pantalones a Fito. Paremos de contar la lista de los desalmados para seguir con la de las victimas: Flor, Yéferson, Carlos Andrés, Yontravolta, Donasomer y Maicol.
—Señoras y Señores: Esta noche nos acompaña el Señor Arturo Delgadillo, de la Provincia del Salado ¡Bienvenido!
—Muchas gracias doctor
—Sr. Delgadillo ¿A qué se dedica usted?
—Bueno, este yo…yo soy comerciante
— ¿Y cómo se enteró de nuestro concurso?
—Bueno, este yo…yo recibí uno de esos papelitos cuando fui a la Farmacia a comprar unos…bueno usted sabe…
— ¡Sí claro, y entonces lo rellenó con sus datos personales y lo depositó en el buzón y hoy está a las puertas de un viaje maravilloso!
La cabeza de Arturo era un disco duro partido en dos. Por un lado, sus ojos miraban fijamente la magnificencia del monumento que invitaba a soñar. Por el otro, su recuerdo lo alejaba a los duros días de la infancia para recrear las imágenes de violencia vividas en su humilde hogar. “Bruto”, “Gordinflón”, “Manteca de cochino”, “Cachetes de marrana”, “Pipote”, “Tortuga”, “Tocino”, “Bobo”, “Gafo”, “Quedao”, “Achantao”, “Mamila”… Mil apodos, mil bautizos y quedar así con la pesada cruz a cuestas para toda la vida. El rejo no era blando cuando no traía dinero a casa o cuando se dejaba robar las empanadas. La venta de periódicos no deja casi nada salvo una zurra bien dada en días de ventas malas. Recoger latas tiene mucha competencia pero las latas sobran y el kilo lo pagan bien. Sin embargo, un manganzón de 13 años ya no debe recoger latas, es mejor que le ayude al padrastro con el contrato de pintura tal vez por una pepsicola y un pan francés. ¿De todas formas para qué un gordinflón como ese necesita plata? Que el sinvergüenza ese no se para temprano; que lo volvieron a raspar en matemáticas, que se lo vive en el río sacando arvejas con Elías, que esto y lo otro. Siempre hay una oveja negra en la familia.
¡Señor Delgadillo! ¡Señor Delgadillo! Tal vez sean los nervios que no lo dejan oír, le repito la pregunta de costumbre: ¿Cómo se llama esta majestuosa obra arquitectónica y dónde se encuentra? Le recuerdo que tiene tres minutos para pensar su respuesta, cuando suene el timbre tendrá que anunciarla pues de lo contrario perderá esta magnifica oportunidad cortesía de… (Nuevamente la lista de anunciantes). ¡Tiempo!
Como en bandeja de plata estaba servido el postre para degustarlo plenamente porque ese día no sería el perdedor de siempre, el humillado, el despojado, el tonto, “the loser”, el pendejo. La vida da muchas vueltas y una de tantas había llevado a Arturo hacia la meditación sincera de la hermandad budista de su ciudad. El panzón con cara de monje medieval se puso raros atuendos y se entregó al silencio de la reflexión, y al vacío de la meditación. Flotó su cuerpo en el mundo astral y aprendió fórmulas mágicas para mitigar la sed y el hambre. Y su voluntad lo llevó lejos, y soportó fatigas, calor, frío y apuntó en un cuaderno notas sueltas que sacaba de sus silenciosos encuentros con el OM. En el Templo Sagrado descubrió al Taj Mahal y desde entonces sus pasos lo llevaron mañana a mañana a escudriñar cada centímetro del particular mausoleo construido en Angra.
Visitó bibliotecas, entrevistó a algunos viajeros que lo conocían personalmente, buscó fotografías de su interior, recopiló un número significativo de datos y, tal vez sin proponérselo, comenzó a dar forma al mejor de los libros escritos sobre el Taj Mahal: “El camposanto de Mutitaz Mahal” que reposa aún inédito en su escritorio. Claro que nadie lo sabe. Lo creen incapaz de todo. Arturo Delgadillo, sigue siendo para su madre, sus hermanos y sus comilitones de antaño, un perdedor, un pata en el suelo que no tiene dónde caer muerto. Pero están equivocados, no hay en todo el planeta tierra nadie – ni siquiera los propios guías del Taj Mahal – que conozca mejor que Arturo Delgadillo a este monumento del arte Indo-musulmán de la época mongola. Se sabe de memoria sus medidas, la genealogía de Jahan y la de su favorita Muntaz Mahal. Todo cuando ha ocurrido en él no le es extraño a Arturo Delgadillo. Es capaz de recitar el contenido de las inscripciones del Corán que adornan las paredes de la regia construcción que se terminó en 1648. Lo sabe todo. Es un maestro. Se acuerda de los detalles de su construcción, del Yamuna que lo moja a cada instante, del decimocuarto hijo de la inmortal pareja, de los 22 años y de los 22.000 trabajadores de Shan, de cada lugar y cantera de donde provienen los materiales, del iraní Istad Usa, del cenotafio de la reina y su exquisita joyería, del enceguecido rey que arruinó sus arcas por la regia construcción, de la triste historia del Gran fuerte Rojo…
Le ha llegado la hora verdadera. No sólo su familia, su ciudad, su país sino toda Hispanoamérica están posando sus ojos en él en este crucial momento que acapara la atención de millones de espectadores todos los últimos sábados de mes a las ocho de la noche.
Las agujas avanzan. El anhelo de un viaje siempre soñado. La India. Dejar de ser perdedor. La fama publicitaria. Los días tristes de la infancia. Los segundos que se acaban. Resucitar como el ave fénix. Triunfar. Dejar de ser el blanco de las críticas. Reivindicarse. Sí, lo haría. Gritaría Taj Mahal tan fuerte como fuera posible y citaría a Tagore diciendo que es una lágrima en la mejilla del tiempo, y dejaría a más de uno boquiabierto. Mejor aún – como se dice en criollo – le taparía la boca a sus detractores de siempre. Sería en definitiva el triunfador. Sonó el timbre. Silencio sepulcral. La audiencia. Sus labios se abrieron con la convicción de ser un triunfador que no necesita pregonarlo a los cuatro vientos.
Reflexión de última hora: De todas maneras sus años de infancia ya no los podía cambiar: ¡Es la Catedral de Lima! ¡Y se encuentra en Perú!