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Hernández de Rojas, Félix (FHR)

Ángela Vicario

Ángela Vicario

Pseudónimo: FHR

1. Ángela Vicario.            Ángela Vicario era considerada desde hacia tiempo toda una eminente muestra del orgullo indio. Menuda y tierna en sus movimientos, conservaba la singular manera de otras épocas, la fuerza interna de aquellos que fueron una raza de guerreros. Aún joven, había sorprendido la confianza que depositaban sus formas, las palabras medidas, y sobre todo, la extrema vitalidad de sus comentarios.            Quizás por aquello, no era sorprendente verla levantarse al pozo con las primeras luces en la agotadora jornada, recoger el maíz o la patata a media mañana y recomponer la pieza oscura, donde dormía la familia. Cuando caía el sol, marchaba camino abajo a la Misión. Nadie conocía las razones para aquellos largos recorridos diarios, pero meses después, se le empezó a oír hablando con aquellas palabras que habría de repetir una y otra vez: levantamiento.            Y todo se había resuelto en aquellos días que llegaron del norte los dominicos. Pronto debieron volver a la ciudad, enfrentados con el caciquismo de la comunidad rural y sus modos; pero no antes consiguieron disponer de un pequeño cuartucho, donde escondieron algunos libros al cuidado del pater de la pequeña Misión. El pater Mendoza era ya anciano, su vista fallaba a menudo, y pensaba que no era razón leer tantos legajos y carpetas con demasiado ahínco; es más, creía que aquello no le sería totalmente necesario. Fue así, aunque también por el oculto desprecio que había sentido hacia los dominicos y sus renovadas conductas religiosas, que buscó alguien que sufriese la dedicación de clasificar por él el material que recibió y encontrar algún dato que comprometiese a sus enemigos. Por eso quiso una mujer lo aparentemente inteligente como para encontrar aquello que buscaba, y que, a la par, pudiera resultar de confianza en su silencio. Creyó, además, que una mujer nunca podría comprender toda la magnitud de su búsqueda, y menos aún, de comunicárselo a otros.            Fue por esto, hay sobradas razones que lo atestiguan, que le hizo llamar. El pater había aprendido a taladrar los corazones de los campesinos, y aunque años después, al volver a encontrarla convertida en todo un símbolo nacional, fue cuando distinguiese al mito, no pudo verlo en la delicada jovencita que lo escuchaba en absoluto silencio aquel primer día. No se planteó ninguna objeción y ella aceptó. Supo demostrar su papel resignado y sumiso. ¿Qué sucedió, al cabo, por sus pensamientos? Sería incierto argumentarlo, cuando ya a los pocos meses, acarreando el agua, repetía insistentemente la nueva consigna: levantamiento. Entre risas de comadres su mirada serena imponía respeto. No era aquel al que estábamos acostumbrados al recibir circulares gubernativas, no era el silencio del aparcero, llegaba mucho más allá, o mejor aún, carecía del respetuoso rencor contra el criollo dominativo; carecía de miedo.            Y en esto, que los sucesos se manifestaron muy distintos a lo esperado. La que hubiera de terminar como servil y prudente asalariada en la villa de algún próspero indiano, se trastocó y se desvió a posiciones más encontradas. Habría de ser odiada para después, por más resistencia que ejerciese, finalmente acallada.            Pero de esto, nadie sabía por entonces. Ni siquiera cuando a las primeras luces se alejaba, y ya puesto el sol, abandonaba el cobertizo, discutiendo a solas con sus queridos libros, olvidando las cabezas y las voces que a su lado se levantaban.

2. El rapto.            La golpearon. Cerró sus ojos y en la oscuridad, fija y distante fue arrastrada a la noche blanca y brillante de la celda. Recordaba fieramente cada palabra, una voz insultándola y los golpes escandalosos de la mano. Fue amenazada.            Vio su rostro impreciso escondido. Se reía. La miraban. Vicario lloraba: la rabia se acumulaba cerca de su abdomen, subía y bajaba. Vomitó. Aquel rostro se acercó, abofeteándola. Del interior aún salieron dos mujeres más. Una de ellas lloraba violentamente, con el pelo enredado al cuello y la boca abierta. Sintió una fuerza brutal en su cuerpo, caído al suelo, luego varios quepis dispararon al aire.            Recordaba el silencio posterior, dilatado, ambiguo, las órdenes de la voz, la sangre, los gritos desaforados de las mujeres.            Tendida contra el camino contó cada segundo, contuvo la respiración: otra detonación. Los ojos de la mayor permanecieron fijos sobre ella, abiertos, rotos, inservibles, agonizando.            Llegaron más quepis. Fueron amordazadas. La selva se abrió a varios jeeps. A culetazos desmontaron otras mujeres, sus manos atadas a la espalda, las ropas desjironadas, aterrorizadas. Arrastraron el cadáver lejos de la choza.            Recordaba como caía el sol cuando comenzaron las ejecuciones. Los faros de los vehículos iluminaban sus cuerpos amontonados. La voz pronunciaba firmemente su nombre. Se paseaba y retrocedía. Lo repetía insistentemente, con impaciencia. Vicario incorporó la cabeza. No lloraba. Un dolor repugnante golpeaba las sienes.            Separaron a una de ellas. La recostaron junto a una piedra. Uno de los quepis montó su arma. Recordó para siempre su pequeño cuerpecillo, casi de niña, casi. Sonreía a su verdugo, esperando el tiro definitivo. El soldado se acercó a ella, le acarició el pelo, le preguntó: – ¿Quién es Ángela  Vivario? – Sin mediar respuesta la asesinó.

– ¡Cabrones, yo soy Vicario! – se había adelantado varios metros y frente al horror del cráneo ametrallado, exclamó, derrumbándose.

3. La huida.            Poseemos diferentes versiones y fragmentos de sus notas, que nos demuestran que Ángela Vicario no logró escapar a la Sierra. No así fue asaltada por los militares, o se refugió en las minas de plomo. Rumores confusos afirmaron verla, en un mismo momento, cerca de las provincias interiores y a la vez, en las puertas de Tucupita. Censurados sus modestos partidarios, uno a uno fueron paseados a media noche, y sus cadáveres reclamados por los familiares, semanas después, en estado lamentable. Lo cierto fueron las desconcertantes visitas del Alto Mando a la Presidencia, con vistas de una orden contundente. El General Duarte solicitó en brillante alocución la pena capital. Afortunadamente, Ángela Vicario, se dio por desaparecida a tiempo. Tal vez huida. Años después, fueron reconstruidos aquellos meses con singular precisión, usando sus propios testimonios, encontrados en la celda.            Río abajo, Ángela burló la frontera y llegó cerca de Manaos.            Todo sucedió rápido, pero una nueva crisis de fiebres la retuvo incomunicada tiempo suficiente como para ser finalmente dada en fuga. En su favor hizo enviar un correo a la capital, pero éste fue interceptado y destruido, o al menos manipulado. La imaginamos convaleciente, derrotada en su camastro, dictando notas. Aún permanecen algunas de ellas en la ciudad de Manaos, donde pueden ser leídas:

“En la dominación, la rebeldía se manifiesta de una manera sincera y honesta. Lo popular se funde en un grito, arrastra la decisión de lo solidario. Hay pueblos acomodados, moderados en sus maneras, que asemejan la solidaridad a un discurso de cancha y barbacana, a una acción de los demás.”

“La civilización suele dividir en bloques de inquilinos las estanterías de los pueblos. A nosotros nos ha tocado asentir las decisiones del casero, como si pisásemos unas haciendas rentadas.”            “Alimentemos nuestro servilismo y habremos entregado nuestra conciencia y nuestros hijos.”            “Tu mejor gobernante no tiene nombre ni signo, no es un yo individual. Ningún gobernante salva al pueblo. El pueblo salva al pueblo.”

4. Pater Mendoza.            El pater Mendoza había visto a Ángela en dos momentos muy diferentes de su vida. Ella siempre hubo conservado unos ojos vivos, de una fuerza casi brutal. Como si en sus ojos, que luego siempre recordara amenazantes, ojos de guerrero, se hubiesen escondido la preclaridad de su desgracia. Él había aprendido a leer el fondo de los corazones de los campesinos, sus pequeñas y sencillas vidas, y a fin de cuentas, Ángela nació y persistió en su condición, hasta el fin de sus días.            Y recordaba, sobre todo, la enorme sinceridad, casi angustiosa, de aquellos ojos, tejida delicadamente cerca de sus diecisiete años, cuando le sonriera, manteniendo tímidamente su gesto. Aún recordaba cuando le hizo pasar y sentarse. La examinó:

– Tu trabajo tiene que ser discreto. Leer, seleccionar y callar. En aquel cobertizo

he guardado parte de los libros. No es necesario que los leas todos. Una vez terminado, destruiremos el resto. Si encontramos alguna Biblia podrás llevártela. Como comprenderás, sabrás excusarme en el trabajo... son cosas de la edad.            También recordaba el segundo encuentro, una vez pasados los años, un encuentro mucho más distante, ella envuelta en un saco sucio y teñido de gris, escapando a los quepis. Había cambiado y envejecido lo suficiente como para causarle una nueva sensación. No era una nueva mujer tan sólo. Era un símbolo. Representaba todo aquello por lo que un pueblo cambia y evoluciona. Ella le reconoció. Por momentos detuvo su caballo. El frío aguijoneaba la piel amoratada. No existía ninguna deuda entre ellos. No era necesaria la venganza de las palabras. Sabía ya por entonces que habría de sobrevivirla, aunque ahora todo sería un poco diferente: había nacido la denuncia.            Finalmente ella había desaparecido. Mendoza no podía ya tan siquiera levantarse de la cama. Respiraba con dificultad. Arruinada su salud, hablaba despacio y sus silencios hacían más incomprensibles las palabras. Su torpeza había educado las ansias de la joven. Y recordaba como aquella misma noche, tras el precipitado encuentro con Vicario, pater Mendoza reunió la exigua biblioteca que Ángela había seleccionado años antes. No encontró ninguna Biblia. Fuera quizás por aquello o por alguna oscura razón que desconocemos, que hubo reunido el postrero esfuerzo para leer los tomos, y uno a uno, hacerlos luego desaparecer en el horno de la cocina.

No obstante, sus ideas huían hacia el Sur y pasaban de boca en boca continuamente. Habían sobrevivido.

5.

Proclama de Ángela Vicario al pueblo de Guayaquil la primavera de 19..

(sobre la unidad)            “... No es necesario hablar alto y decir demasiado. No conferenciarle con mis palabras, aquí tenemos libros. Pero si he subido al estrado, y subo, les vocifero para ser despertados, una y otra vez, de todo este estado ruinoso. ¡Seamos francos y despertemos! Ustedes no pagan impuestos... les arrebatan sus impuestos. Están deseosos de ofrecer su esfuerzo. Pero ha llegado el momento y llega la situación de atajar a los poderosos, no a golpes, no a latigazos, sino a razones. Es la poderosa arma de todas sus pequeñas manos armas unidas. Lo primero es lo primero: la unión. Los destinos no se dictan en gabinetes, tampoco se consolidan en grandes asambleas. Uno a uno, enmendaremos lo nuestro puertas adentro. Sin intervención violenta. Pacíficamente. Demostrando nuestra valía. Hemos de salir del pozo. Lo digo con rotundidad. Exijo la unidad. La común acción. El propio dominio de los intereses. Ustedes miran las haciendas mal guiadas por los amos, las ciudades mal abastecidas, las fábricas beneficiando al capital exterior.            Se creen inútiles: ¿No es así? Y mi mensaje no desea ser largo o confuso. Levanten su conciencia, la desunión siembra nuestra cosecha y manierismo de marioneta. Oigan que nosotros, los pobres, uno sin otro, somos dos veces pobres... ”

6. Trascripción radiofónica a al intervención de Ángela Vicario, en la Primera Comisión Indiana de 19.., tras el desastre de San Pablo.

Sr. Portavoz                SP

Ángela Vicario             AV

Presidencia                  PR

(Breves momentos y finalizaremos los turnos de intervención. Se dirige a presentar el Texto Marco su Señoría, el Sr. Portavoz. Viste chaqueta azul mate. Solicita la venia a la Presidencia. Pueden comprobar el silencio que se hace en la sala. Ha abierto su portafolios.)

SP - Lectura de conclusiones. Reunidos los presentes, representantes, delegados, etc., evaluando los sucesos acaecidos en la provincia Noreste, a tal fecha, quince de Marzo, concluye y firma. Las autoridades no manifiestan responsabilidad a los actos, ni encuentran soluciones conciliadoras hacia la población indiana, allí reunida y masacrada. No se justifica la conducta, pero no así tampoco aprueba la posterior violencia. Las tierras, señores míos, son a última instancia, propiedad nacional, cedidas en explotación minera a la empresa St. Louis.

AV- ¡Su señoría!

SP- Podemos lamentarnos y aún...

AV- ¡La venia!

SP- ... sin razón por nuestra parte.

AV-  ¡Pido la palabra!

PR-   ¡Silencio!

(Una señorita se levanta. Sostiene ostensiblemente con la mano un libro. Se dirige a Presidencia. Grita. Con sus gestos, exige un turno de comparecencia. Ruegan que se siente. Eso que escuchan, son más voces que se unen a ella. No es una congresista, no ocupa ningún escaño. Se encuentra más allá, en la gradas. Guardias van a su alcance.)

PR-  Hagan desalojar a la joven:¡La insto al silencio!

AV- ¡Acallarme a mi!

(Todo un tumulto. Más se levantan. Son voces de apoyo. La joven se mantiene firme. Violentamente la arrastran fuera. Se oyen silbidos. Pataleo generalizado del piso superior.)

SP- ¿Puedo continuar Sr. Presidente...

PR- Muevo al orden la sala. Mandaré desalojar a quien no cumpla. Continúe.

AV- Comprendemos, Sr. Presidente, los intereses de las partes. Nos podemos satisfacer las causas dañadas, no podemos reparar el dolor indio hacia aquellas tierras que no les pertenecen. El Gobierno...

(Más pataleos. Tiembla en suelo. Arrojan carne a la tarima. Gritan: - ¡Ahora ya tenéis carnaza! -. Se oyen risotadas. Entran más guardias de seguridad. Van armados. Otras voces solicitan turno de palabra.)

SP- ... El Gobierno ... considera necesario el sacrificio de las tierras. Existen acuerdos internacionales, hay deudas y créditos...

(El discurso del portavoz cae en saco roto. Toda una gresca. Vociferan a Presidencia. Dicen: - Coño, nos han vendido -. Discuten entre sí los parlamentarios. Señores, falta de orden, no hay concierto gobernante.)

SP- .. hay deudas y créditos, obligaciones para con otros estados. Estamos atados. Hemos de cooperar. Sus propuestas son dignas. Haríamos bien para con nuestra democracia. Son alternativa que el pueblo indio debe aceptar. Y si no...

(Entran a saco. Golpean con sus machetes. Están desalojando. El señor Portavoz ha callado pero se mantiene firme. Ha encendido un enorme habano, un República. No oímos bien que dice a Presidencia.)

SP- Buena se armó. Habrá que suspender.

(Hay disparos. Nos van a cortar. Carreras a la puerta. Se dirigen al portavoz – ¡So puta!, mirate donde vas. -, han tomado la sala y están vaciándola. Se quedan ellos a puerta cerrada, con los más problemáticos fuera. Otro tiro al aire. Nos cortan. Se encierran a leerse el informe ¡Oigan que nos cortan!

.......................................

Una vez reanudada la transmisión fuera, leo. Nos llegó en breve lo siguiente.

Acuso. Acuso al gobierno de su torpe desprecio. El señor Portavoz habla por boca de pocos. He visto muchas bocas y muchas de ellas grandes, pero pocas tan ajenas. ¿No fue a San Pablo a contar los cuerpos?¿Cuántos contó?¿O tal vez, llegó y asustado reclamó justicia, y reclamando justicia a efectos oficiales, se olvidó de contar las cabezas destrozadas a la puerta de la mina? Reclamo su número. Ni papeles, ni valiosas ofertas. ¿Estará nuestro preciado funcionario finado por la compañía St. Louis?                        Qué vale un indio a efecto cotidiano. ¿Y qué vale a efecto internacional? Cuánto vale una vida humana. Cuántos sacrificios y a fin de qué. Los salvajes indios se arrastran por sus tierras, ya no son comunidad, se hacinan en campos de trabajo. Acuso al gobierno, y también, acuso a su verborrea diplomática. Ningún indio entiende de relaciones panamericanas. No entiende de revolución, de ideologías, de dictaduras. Poco entienden de enemigos. Nada de minas. Y demasiado de armas. De hambre. De odios. De presos. Ninguno ha leído nuestra Constitución ni conoce las leyes. Sólo saben cómo matar. No por qué. Conocen la miseria de la patata si la hay. Conocen muy bien la miseria del día a día. Y yo le digo, al señor Portavoz del gobierno, que ahorre sus palabras y estudie las otras, no las mías, las que pudo escuchar en San Pablo.            Nos sentimos saciados de promesas panamericanas y su dinero llovido. Que diga arriba que no necesitamos una ayuda televisada y contundente. Necesitamos una respuesta más precisa. Necesitamos una solidaridad menos humillante y menos perecedera. Es tan fácil atracarse de conferencias y mítines. Es muy fácil llorar la tragedia latinoamericana y vaciarse las narices occidentales a base de estos. Digo, es muy fácil engendrar tantos tratados con palabras.

Y lo firmó Ángela Vicario.)

6. La prisión. La muerte.   Blanco. Blanco de techo. Blanco de pared sin ventanas. Blanco fósil de neón. Una y otra vez. Blanco de prisión blanca. Blanco siempre. Blanco por siempre. Día y noche; blanco y blanco. Blanca armadura metálica: la cama. Blanco de prisión. Sin fondo. Ningún rojo, azul de madrugada, sin ocres otoñales. Blanco de ropa. Blanco de suelo. Blanco de prisión. Blanco de semanas o de meses, blanco de reloj blanco. Vicario de blanco. Novicia Vicario. Libros en blanco. Tiempo en blanco. Blanco en prisión. Blanco.            Ángela Vicario fue, definitivamente, desaparecida a mediados de 19.. sin mayor rastro. Su cadáver apareció varios meses después, abandonado, en los arrabales de Ayacucho. No conocemos donde tuvo lugar su asesinato ni aún antes su presidio, ni fechas exactas. Si cierro los ojos y pienso en ella, de seguro la encierro en su blanca prisión. La prisión de Vicario fue blanca, así ella la describió en sus notas, encontradas junto al cuerpo. ¿Se imaginan?, mirando una y otra vez la pared, perdida, los ojos bien abiertos, más allá, lejos de Lima. Afirmo que Ángela Vicario lloró. Y fue de rabia. De impotencia. De orgullo.            Lo blanco ciega, oscurece los sentidos, los aturde y confunde. Y fue, que Vicario, condenada a tal confusión, se pudo mostrar digna y así lo hizo. Tal condición no sabemos cuanto hubo de durar: nada o todo, bien nos parece. Ella habló de la gran tragedia latinoamericana y su confusión le habló de otras tragedias. Ella hablaba de Lima y su confusión de cadáveres huérfanos. Hablaba, su voz sola retumbaba, de los altiplanos y la confusión de jóvenes desaparecidos. Habló de libertad y entonces vio todo aquel odio. El odio tintaba las paredes, los techos, su cama, la ropa que poseía: el odio tenía color. Era cruelmente blanco y puro. Traspasó con su voz los páramos, las selvas y cruzó mares a golfos inabarcables, llegó a las grandes ciudades del norte. Humo y desilusión. Se le mostró la misma miseria de la misión y Vicario reconoció los mismos niños sin hogar, las mismas mujeres abandonadas. Y la violencia de los quepis. No cabía duda, eran poblaciones enteras exterminadas, las ideas son igualmente el azote y la esperanza de los pueblos. Cerró los ojos. Luego, al cabo, nada sucedió, todo parecía inamovible, manteniendo su inútil orden y silencio. Sintió una esperanza absoluta y vio una misión por concluir, pero no para ella. Así fue que luego, no importa ya cuando, de madrugada, llegaron a ofrecerle una confesión, no aceptada, y con los ojos vendados, al fin llegó la oscuridad, fue conducida por sus compatriotas y fusilada.

La madurez



«El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero en un campo de concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus sufrimientos o no lo es.» (VIKTOR FRANKL)

Juan P. fue cesado en su puesto de gerente del «Banco Integral» casi rondando la cincuentena. Fue así de sencillo, así de simple, cualquier día de otoño le llamaron y negoció una salida digna de aquella corporación que lo había amamantado durante las últimas dos décadas. La contraprestación aunque apenas onerosa le permitiría desligarse emocionalmente de las muchas cosas que nos obligan a levantarnos con los ojos indignados, a sudar de madrugada para reconocer en nuestro destino un sin sentido que peligra. No obstante, aún así, sabía que necesitaría de algún dinero extra y tal vez trabajar el próximo quinquenio y redondear de esta guisa su dulce retiro de senectud. Fruto de sus cavilaciones sobre qué quería y sabría hacer de aquí en adelante, reclamó y reunió los favores depositados en terceros hasta dar con la firma propicia que lo acogiera en aquel singular proyecto de retiro. Su currículo argumentaba una prospera trayectoria de creciente responsabilidad, éxito y laureles con mieles pero que la edad habían transformado finalmente en papel mojado. Estudios excelsos, dominio de idiomas, conocimientos de amplias áreas de finanzas acompañadas por intensas y curiosas dotes de sentido común hacían de este mirlo blanco una avecilla avejentada que la maquinaria voraz del capitalismo escupía con cruel asco. «¡Quién a nuestra edad ya no ostente un puesto de directivo que se olvide y se dedique a leer los periódicos de economía!, ¡hay que dejar paso a los jóvenes más rabiosos, estos que muerden y se ensañan, que trabajan como conejos por un sueldo miserable, por esta ansia de poder blando y fofo con que se les engañan!».  Así le decían sus compañeros de promoción que resistían acosados como responsables de una sucursal de tercera y miraban al jovenzuelo de la mesa adyacente como al prospero rival que les arrancaría del puesto y del que reconocían en sus modales ciertos y antiguos dejes propios. Y fue por esto por lo que se transformaría en un esteta, ignota profesión, sin duda alguna, pero tan digna y profana como las restantes. Y así fue, como haciendo de su capa un sayo, y sorbiendo del pote que adormece nuestros escrúpulos aceptó finalmente un puesto en el departamento de producción de la corporación. Juan P. era todo un señor y así vestía y se comportaba frente a los demás, sus modales y sus sardónicas sonrisas contrastaban con las desabridas y hurañas miradas de los operarios de la fábrica. Se le encargó supervisar el turno de noche y el aceptó aquella oportunidad quizás porque dormía poco y mal -era el insomnio una enfermedad heredada y frecuente en su progenie- y sabía que de aquella eventualidad podría obtener buenos provechos. El despacho era minúsculo, oscuro, empapelado de resúmenes de producción y empotrado al final de la inmensa nave donde se hacinaban alambiques, compresores, cintas y trasportines de múltiples condiciones. Desafortunadamente el autómata necesitaba de un constante soporte humano para realizar el mantenimiento de todas sus válvulas día y noche y la sostenida alimentación de los materiales, que construían incesantemente el jarabe de «esencia», «el jarabe de felicidad». Y los pedidos llegaban sin cesar, así que la maquinaria no debería detenerse bajo ningún concepto. El turno de noche era significativamente el más conflictivo, y aunque no estaba mal pagado, siempre el jornal parecería insuficiente ya que dejar a la familia entre sueños o a los colegas en las salas de fiestas bien merecía una excelsa contraprestación. Juan P. nunca probó el jarabe de «esencia» y su experiencia le dictaba que nunca se acercase demasiado a los potingues que fabricaban. Y bien que conocía sus efectos de sobra, tan sólo tenía que fijarse en lo que sucedía a su alrededor día a día. Además sabía que no necesitaba de aquella felicidad fabricada. Pero como hemos dicho antes él era un completo esteta, y para los estetas el tiempo discurre por laberintos intrincados, y la contemplación requiere de un autoconocimiento propio que la «esencia» apenas satisfacía. Su pequeño cubículo que hacía las veces de oficina se alzaba colgado del techo y era accesible únicamente por una intrincada escalerilla que a muchos se les antojaba resbaladiza. Quizás por esta razón, entre otras, evitaban visitarle sino era por causas de extrema gravedad. Juan P. organizaba así todo su trabajo a través del telefonillo inalámbrico mientras estudiaba en la distancia cada detalle del comportamiento de sus esforzados discípulos. Sus comandas eran breves, educadas y bien dirigidas, en tono entre lacónico y escurridizo, y siempre que podía prefería dejarlas por escrito, evitando los sermones y construyendo así una especie de guía o bitácora por adelantado. Con el tiempo empezaron a tratarle de Vd. y manifestaban así un respecto que los otros turnos de la factoría envidiarían. El señor P. siempre utilizaba la misma política: los conflictos se dilucidaban en breves entrevistas donde los interfectos exponían sus desencuentros en voz baja, siempre yendo al grano. Si alguno se alteraba en demasía Juan alzaba su mirada y hacía como si garabateaba signos en un papel sobre su mesa. Eran runas que nadie a ciencia cierta sabría asociar, pero que delimitaban o dictaban la sentencia al brete. En breve los tipos conflictivos fueron trasladados a las operaciones más duras y miserables para pronto abandonar la factoría. Pero de estas permutas nadie se apercibía, y Juan sabía recuperar también a los esforzados trabajadores que caídos alguna vez en desgracia habían reconsiderado su postura a tiempo. En ocasiones le visitaban obreros que no eran sino padres de familia que ya no soportaban más aquel infame horario. Y Juan les escuchaba mientras se tiraba con fuerza del bigote. Luego finalmente les daba la mano y les despedía con respeto. Hablaba entonces mucho menos que antes y medía sus frases con regla. Sabía que disponía de escaso margen de maniobra, aunque tal vez fruto de su herencia católica todavía creyese en el poder reconfortante de las palabras, aquellas de las que él ya no disponía porque habían sido agotadas en los tiempos pretéritos del banco. Era por eso que para no prometer nada prefería obrar cuando le era posible y siempre, por supuesto, que el éxito le respaldara en sus planes.

Al terminar la jornada las amanecidas eran tan hermosas, y aún a pesar de que hiciera frío, subía siempre que podía a la torre del agua y desde allí fumaba y esperaba no sabía qué. El final de aquella época absurda. La bruma se levantaba y las últimas luces de la ciudad desabrían el paisaje, era brasas extinguiéndose en el rescoldo de la hoguera. De fondo la sierra y su peñascos, y aquella larga hilera de lucecitas que la ciudad se tragaba, aquel mastodonte de hierros y asfalto. Juan P. era entonces un hombre solitario, y aunque siempre había vivido hasta aquel entonces rodeado de una multitud que lo acosaba, lo cansaba y en ocasiones lo ninguneaba, al fin había conseguido alcanzar aquí su máximo y fundamental desquite. Y en aquella ocasión él actuaría de alquimista, de estudioso, de explorador, de erudito escribano que examina la especie humana en la distancia, apreciando sus sabores, sus calmas y sus sinsentidos.

–Señor… –una voz afinada le hizo girar y erguir su cuerpo sobre la baranda, era uno de sus chicos de producción. –Señor, le llaman… al teléfono, es importante –y pasó el terminal que Juan se aprestó a apachurrar contra la oreja.

–Juan –Reconoció casi inmediato el tono y la musicalidad engastada–nos gustaría que asistieras al próximo Comité, hay una crisis en la empresa. Hazme ese favor y ven esta vez, te lo pido, te necesitamos. –Aquel era DG, un tipo raro, no cabía duda, que había permanecido fiel a la empresa desde su creación, mano derecha del fundador, una viejo perro de presa. Aunque de modales educados, era directo y eso podía parecer grosero. Se disputaba el preciado don de la escucha asertiva y gustaba de rodearse de justos mandos intermedios a quienes llamaba desde las alturas. Juan era uno de ellos, el más propicio para aquella ocasión. Juan aceptó cortésmente, aunque sin ningún compromiso entusiasta, hizo un ademán breve con la voz como asintiendo y escuchó la línea telefónica desvanecerse. Luego devolvió el telefonillo al chaval que lo miraba con curiosidad, apretando sus pupilas de muñecote congelado. Después elevó la vista al firmamento y comenzó a hablar. No solía hacerlo, pero aquella madrugada se confesó, habló por primera vez de sí mismo. Pocas veces lo hacía y quizás no volviera a sucederle. Y contó que había viajado tanto y tan lejos que nunca hubo tenido tiempo de pertenecer a nada, nunca había militado bajo ninguna pasión. Había plantado sus raíces en el banco de inversión y había seguido dócilmente su dictamen hasta que llegó el día que lo excretasen o que lo sacrificasen como a un perro. Desde entonces nada guardaba su lugar.

–Pero fui lejos y creo que fui feliz en mi camino. Cientos de hoteles, cientos de caras y de sonrisas. Camas blandas, otras duras, era el calor del trópico, era el frío soporífero de los países del norte. Sabía mucho de mis compañeros, de los clientes, conocía el menor de sus vicios, por supuesto, y de sus virtudes. Ahora todo está cambiando, las personas importan poco, mucho menos que las cosas.

Fue entonces cuando se descubrió una chispa vibrante en los ojos del chaval. Era su mirada. Parecía cruel e infantil, era una trampa astuta en la cual dejarse morir para siempre, un confidente a sus males que le esperaba allí mismo con el teléfono de la mano, plantado a tres pasos de distancia, arrancándolo aquellas palabras. Pero P. era perro viejo y ya sabía que cualquier ayuda llegaba ya tarde. –Pero joder, chaval, mira, ¡qué te parece…! –Y señaló a lo lejos, al mar de tejados sobre los cuales el sol nacía. Ahora en la ciudad comenzaba el hervidero, una selva o quizás una sabana donde se cazaría el alimento diario, donde las empresas competirían, donde los neones se apagaban, y otras luces se encendían, luces que deletreaban su propio mensaje: terrible, doloroso, críptico, aunque humano sobremanera.

Réquiem por la canción quebrada



La canción.

«Me dirijo a Vd. para recordarle que todo da lo mismo,

y que de igual modo nos habríamos muerto de asco  

que su forma de pasear o golpearse los talones no cambiará ya nunca;  

a pesar del valor del cuerpo

a pesar de la calumnia inferida  

galopando sobre las cerdas vanidades

piso y veo el alborozo del resto /

yo le saludo

yo le despido

abrazando al barco  

abrazando las gaviotas:  

es la medida de su mundo aparte»

Al llegar, dejó la pesada carga sobre la mesa y tosió. Por el ventanal, la Plaza de España y la policía a caballo, oteando a los viandantes. Pensó que aquel trayecto lo debía haber debilitado de manera extraordinaria puesto que, fatigado, hubo de reposar por momentos, y finalmente, recobrando algún aplomo, se reclinó sobre el portafolios. Releyó las notas a letra muy menuda, las gráficas y los garabatos arrojados sobre la mesa, desparramados y absurdos. Suena el timbre de su teléfono; parecía pasmado, detenido. Suena otra vez, y otra, otra más. Levanta esta vez automáticamente el auricular y aquella voz le determina tajantemente nuevas órdenes, le dirige sus pensamientos organizadamente. Cada palabra y cada signo de brutalidad, hasta las prerrogativas más sutiles que debe, sin ninguna duda, utilizar luego más tarde, de manera ejecutiva. Escucha, esforzándose por disimular su tos y alzar un poquito la voz, cada vez más dominada por aquel agarrotamiento del ánima. Sentándose para retomar aliento, palpándose la americana, toma del bolso interior una cajetilla de pitillos que se prometió no haber comprado nunca jamás; espera del talismán el definitivo empuje director. Y con la primera calada que arde de su interior se arrastra del hilo de par de cobre, al mundo de ideas y voces que deben ser atendidas y justificadas, al (puñetero) odiado espíritu que se alimenta en ellas.

–¡Qué te lo digo y no quiero repetírtelo más veces...! ¡Qué no nos jodan más!, ¡me oyes...! me oyes... qué no nos jodan, vete y haz lo que sea, véndelo todo o si quieres lo quemas tú mismo, pero no les dejes nada que puedan llevarse, coge los contratos, ¡todo!, y ya sabes..., hazte cuenta de la situación  y actúa, joder, actúa como tú sabes.

Tras aquellas palabras, se deja arrastrar para condenar a los desgraciados de la lista con eficacia cruel y diligente. Del interfono solicita la hoja de firmas: es educado y su apretada caligrafía dibujaba diligentemente decorados documentos, documentos de verdugo y víctimas afines. Aquella sensación de gravedad, aplomándole la respiración, lamentablemente hubo de volver mientras repasaba las cuentas suicidas y viole(n)tas del color de la tinta que utilizaba: tan rojas como la sangre que fluye por el corazón a tiras. El sudor que gotea en delicadísimos corpúsculos sobre los folios de la mesa. Aquel agotamiento, como si de un hacha sobre el rostro que lo toma, dominándolo. ¿El serio y definitivo acceso de su moral católica?

«Andrés (viejo espartano),  Andrés (astuto gladiador), que bebe y cabalga a las mujeres, que toma su dinero y lo convierte en arrobas de galas y éxito ¿qué vino a perderte si todos apostamos por ti en casa?, ¿qué te pasó, si todos los enemigos pagaron ya sus tributos?¿Por qué nadie acude con la masa  panadera a tus funerales?»

Hospitalizado.

Aquel agarrotamiento fue tan agudo e intenso por momentos, que si bien llegado al Hospital de forma expedita, fue internado sin otros miramientos. El abatimiento le obligó a postrarse en cama, apenas con las palabras necesarias para advertir de la necesidad de avisar a los familiares. Una luz alba que nacía del techo en pequeños halógenos iluminaba, y la claridad de la tarde avanzada se fue colando por la ventana. De pie, su médico, con la sonrisa tonta de quien no sabe evaluar una terrible noticia.

–No me duele nada. Lo juro: no me duele...

Anotando aquellos síntomas, esforzándose por extraer más datos. Revolviendo unas hojas de análisis y rascándose con disimulo la coronilla. Al abrirse la puerta, aparece la deseada dama de nuestro relato (que no precisa ahora su parentesco), engalanada en unas también deseosas medias de melocotón, y que en signo de gran preocupación se detiene y exige, casi sin detenerse a saludar al enfermo, su diagnóstico. El médico le aparta detrás del biombo y la susurra en voz baja, primero con cuitas, más luego, decididamente.

–Pasa... pues... –y luego como recomponiendo las fuerzas –... pasa que se nos muere el señor Andrés.

Y sus ojos de cieno, sus ojos tan negros como nubarrones de octubre, y su boca diminuta y tapizada de carmín, le besa, le besa con la torpe ansiedad del que se va y se viste de lástima. Andrés adorado. Andrés que se marcha, se le vuelcan los ojos de aquel cansancio que le va arrebatando, que hasta le impide mantenerse erguido o señalar con la mano. Ella toma la silla, se dispone a la vela del enfermo para comprobar agotadas sus exánimes fuerzas.

Más pruebas clínicas.

–Nada en su hígado y no hay signos de enfermedad de corazón. Su presión es la usual a su edad y condición. Su chequeo anual fue todo lo normal, no tenemos otros informes, no sabemos realmente cual es su enfermedad... .

–¿Por qué se muere?

–Le diría que le llegó la hora, unos marchan antes que otros, Andrés, señorita, es un hombre afortunado, que disfrutó intensamente de su tiempo de vida. –Con estas palabras dio por concluido su fatal dictamen.  Y lo desahució.

Era la clepsidra agotada o tal vez el desafortunado destino consumiendo la carne, consumiendo la voz, pero sepan, estimados lectores, que debía de ocultarse razones que si bien nos transcienden, o que a simple vista se esquivan, y que definitivamente son aquellas que más pesan. Su rostro ceroso alumbraba la oscuridad, parecía el faro intermitente del equipo de soporte vital. La hermosa dama, aparentemente un poco menos hermosa en estos momentos, debido quizás a la hora y a la fatiga dolorosa, reposaba meciéndose en una esquina de la habitación. Parecía un cuadro costumbrista. Aquella luz sobrenatural que emana de Andrés hubiera de extrañarnos, pero nadie podía esperar (era muy tarde) y mucho menos comprender aquel singular fenómeno: era la vida misma, huyéndole no se sabía dónde.

Andrés hubo de ser especialmente malvado, orgulloso, cruel o irracional. Ejercitó el crimen común y vulgar, fue manipulado para disparar armas habituales, se defendió atajando la Ética opaca. Andrés ganó el éxito y dejó atrás algunas diminutas cajas de mudanza llenas de ideales. Fue como todos, héroe y villano en su tiempo.

A la mañana siguiente se firmó con precipitación su testamento.  La mano de Andrés temblaba infinitamente, y aunque guiada tenazmente por su hermosa dama, con dificultad alcanzó a garabatear su nombre. Después la preciosa dama suspiró, como recompuesta de algún recado atrasado que había sido recuperado a tiempo. Sus ojos se cubrían de lágrimas, se nubló su vista por segundos, se afianzó con teatralidad a la cama y esbozó una bufonesca sonrisa. Andrés cerró los ojos murmurando palabras ininteligibles. Deseaba la oscuridad más oscura, una cueva, un pozo. Deseaba el silencio. Haría todo lo posible por no acrecentar aquel cansancio, aquella desproporcionada nausea que se apoderaba de sus paladar, de la comisura de los dientes, de toda su boca. Hubiera dado su fortuna por una carreta vacía, por un prado resquebrajado y cuarteado por la sed, por la hoz tajada de la muerte.

Réquiem.

La voz quebrada. Era la voz misma. La misteriosa voz rectora, golpeteando en los timbales de nuestro corazón. Sin el menor empacho llamaron a la puerta, y de entre un rosal andante (casi un arbusto retorcido) se irguió frente el enfermero Andrés, albo y claro, el trío de cantantes, las tres parcas, acompañantes de la madrugada misma. Dan un paso al frente para aclararse su voz triplete, esa voz al unísono de barítono o cantante de jazz borracho, de sintonía bronca pero musical. Comienza luego el himno mortuorio.

–Kyie eléison, Kyie eléison, Kyie eléison –susurran al oído del enfermo como para despertarlo del trance.

Mientras tanto, Andrés, quiere abrir un ojo un poquito, y con esfuerzo, sonríe con gran satisfacción porque no recuerda haber escuchado hace tiempo una canción tan hermosa y bien orquestada. También su bella dama y compañera en vida, con disciplina rebusca su pañuelo dentro del bolso: aquella gentil y enamorada imitación de Luis Vuitton. Se pregunta sobre la tonadilla, aunque la confunda con la canción de moda a entonar en su próxima boda planificada.

–Requiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis –les luce a las parcas sus cabellos ralos y desvaídos, agitados contra el rostro de Andrés.

Y a la de tres, Andrés exhaló su último aliento. Imaginemos por fin el hermoso cadáver de Andrés. Impoluto, maqueado, corbata roja a rayas, pantalón planchado de pinzas italianas, gemelos con diamante, anillo de casamiento. Imaginemos aquel Réquiem (Kyie eléison, Kyie eléison, Kyie eléison), las parcas acompañándole, y los miles de contratos y la cara dibujada de su esquela, impoluta y galante, y los obreros repartiendo aquellas octavas al viento con disgusto, todavía con ciertos restos de enfado e ira dibujada en sus mejillas, como quien amara un cáncer terminal que habrá de llevárselo muy pronto.

El desfile de figuras, de bocas, de voces, de amagos, de diosas conquiformes, inclusive nínfulas retorcidas por el hospital no tuvo crédito ni fin. Todos quieren contrastar el deceso de Andrés. Todos rebuscan sobeteadas palabras de sus bolsillos de ejecutivo. Y mientras, la máscara en el rostro de Andrés, el infinito cansancio que lo ha derribado y que no le permite levantarse para saludar al prospero industrial, al gran jefe, que llegó para visitarlo aquella misma tarde. El beso efímero de sus hijas. Y mientras, la misma canción, la canción quebrada, que no cesará de acompañarlo, adormeciéndolo, agarrotándolo. Atontado, intentaba asirse para incorporarse a los brazos de aquellas placidas ancianas que lo habían  transportado en volandas al sepulcro,  hilando, devanando, y por fin, cortando el valiente hilo de oro.

Luego se despedían para susurrarle su canción frente el sepulcro: «Chorus Angelorum te suscipiant, et cum Lazaro quondam paupere aeternam habeas requiem», cuando tal vez, le dijeran una vez pasado el funeral:

«La frialdad del corazón de los hombres rivaliza con la piel de los muertos. Larga vida a los condenados a ser escuchados por mutantes del espacio, a los montañeros entretenidos en las cumbres, a los torticeros de las multitudes, a los agónicos que dejaron de fumar a tiempo. A todos nosotros nos llegará el tiempo de las peras maduras, será entonces cuando habremos de sumar o restar la cuenta». O algo parecido. Siempre sucede lo mismo. Nadie recuerda las palabras exactas. Por eso, sea cual fuese la ofensa, el laudatorio es recibido firme, y el sucinto cortejo abandona con prontitud la fila, te abandonan y te dejan humildemente solo, descompuesto, para así depurar la parva noche perdonada.

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