Minerva puede jurar, a toda prueba, que el viento tiene el poder de introducirse a las casas por donde ella menos se imagina. De pronto, se admira al salir del baño que una corriente de aire la congela y paraliza. Berrea por el trayecto hasta llegar al cuarto y cubrirse. Escucha el silbido del aire estrellarse contra las paredes y a través de la ventana observa cómo se mecen las ramas de los árboles. Pero más allá de la ventana y los árboles, percibe algo… ¿quién la observa?
En la casa de enfrente, algo ocurre en estos momentos. La cortina se mueve gracias al poder de unas manos antiguas que la abren en la misma forma que un carnicero raja un cerdo de madrugada. Por momentos, la cortina vuelve a su lugar y otra vez se aparta para dar paso al rostro lunar de don Cliserio: tiene la cara cubierta de ríos de sudor, montañas de verrugas y erupciones volcánicas de granos con pus. Estragos causados en los campos minados del acné. De ese paisaje extraterreno, surgen saltones, un par de ojillos rasgados que horadan los cristales y lastiman las distancias. Buscan, penetran y destrozan su medio visual.
“Ahí está Minerva –dice don Cliserio-: Mi mariposa monarca. Es capaz de revivir las flores marchitas de este campo desértico, de este rancho en mitad de la ciudad. Minerva: Diosa”.
Las vacas, desde el establo, felices la saludan. Mientras Minerva arregla los asuntos del corral, los pollos y gallinas rascan la tierra en busca de gusanos e insectos que asesinen a la hiena maldita del hambre.
Don Cliserio no encuentra cómo acomodarse: sus ojos brillan de gusto y sus oídos captan la música celestial. Las manos le tiemblan, se debilitan y se esfuerzan por vencer la ley de la gravedad. Da la impresión de ser un jovencito malcriado, que burlando la vigilancia de sus padres, una vez más, disfruta de su espectáculo prohibido.
“El mundo antiguo, le levantó templos a la diosa: el más importante era el Partenón, situado en la Acrópolis de Atenas. En cambio ahora, en el mundo moderno, Minerva se resguarda en un cuarto de adobe junto a la tiendita de su hermano. Es una burla, una burla en este siglo de avances tecnológicos en la construcción. Si los tiempos fueran justos, en esta época su casa sería un rascacielos. Ah... –suspira don Cliserio-, si ella quisiera mi casa sería suya”.
La frente le suda, las piernas le tiemblan y su lengua bífida capta las vibraciones de los movimientos y las fuentes de calor. “Minerva -agrega el viejo-, niña virgen: una traición sería desflorarte con tu mismo rayo... Tus ojos verdes le dan color al mundo. Pero, ¡oooh! Maldita sea, ya no eres la de antes: te entusiasma la mansión del niño rico y su BMW…”
Don Cliserio desvía la mirada... Después, deja en su lugar la cortina y da un último suspiro. Mientras la ve desaparecer en su guarida, piensa en voz alta: “En mi corazón vives y no pagas renta”.
II
A las dos de la tarde, bien bañadito y sin una arruga en los pantalones, don Cliserio decidió esperar a Minerva una cuadra antes de las tortillas. Tenía miedo y temblaba como un niño. ¿Se veía bien que un hombre de 60 años persiguiera a una mujercita inocente? ¿El amor tiene que ser juzgado despiadadamente por medio mundo? ¿Los metiches tienen que ocuparse a fuerza de la vida de los demás? ¿Por qué lo molestaban estas conjeturas? Aunque había un sol brillante, ¿por qué el día amenazaba volverse oscuro?
Estaba aconchado en la esquina. Cada cuatro minutos asomaba el rostro: por sus arrugas en las arrugas, semejaba que había olvidado pasarse la plancha. Desde lejos, observaba la fila de quince personas esperando su turno. Si hubiera estado de frente, habría notado la impaciencia de la despachadora que pataleaba inquieta por el infierno en donde se encontraba recluida. A Paquita, la desesperaba la lentitud de la máquina de las tortillas. Mientras esperaba que se acumularan los kilos en el receptor, veía los rostros distorsionados de sus clientes castigados por el hambre.
Minerva, para matar el aburrimiento, investigaba a su izquierda y a su derecha... De lado sur, unos niños jugaban a las canicas en un baldío. Y de lado norte, un BMW, que le hizo brincar el corazón como un gimnasta en el salto con garrocha, se estacionó frente a la magnífica casona de su dueño: su futuro esposo y “amigo” por ahora. Con el pensamiento le mandó un beso y le dijo que se verían más tarde en el lugar de siempre: en el lado oscuro del corazón...
Un joven alto y guapo descendió. Le dio la vuelta a su automóvil de lujo y antes de entrar, como si fuera a encantarlo, apuntó al coche, con el control de la llave, y la bocina chilló como un chihuahua atropellado. Desde su punto de vista, a don Cliserio le dio la impresión de que el muchacho era un perfecto fanfarrón y mantenido. A Minerva, una vez más, la maravilló con su despliegue de alta tecnología. Mi hombre del futuro...
Después de eso, don Cliserio no le dio importancia. En cambio, asomó el rostro de su escondite y observó que sólo en la fila quedaban cuatro personas. Minerva mecía su cubetita de plástico y la servilleta amenazaba con salirse. Don Cliserio encendió un farito y observaba cómo el humo se disolvía en el aire revuelto con su perfume Siete Machos.
Cuando la viera venir, ¿qué le diría? Ensayó sus diálogos y onomatopeyas: “¡Fiu! -dio un chiflido corto-. No, no, es muy atrevido. En cuanto sienta que le chiflo, saldrá corriendo. Shiii, shiii... No, a lo mejor piense que llamo a un perro o que la quiero llevar a lugar prohibido. Señorita, disculpe si la molesto, pero hace años que la conozco, desde que era una niña abandonada por su madre. No, ¡disculpe!, ¡no se sonroje! No quise hacerla llorar. ¡Soy un estúpido! ¡Perdóneme! ¡No corra!, camine despacio... Bueno, hace años que la conozco, y he visto que usted es fuerte y también su hermano. Los dos han logrado sobrevivir sin apoyo de nadie... sólo por sus trabajos. Quiero decirle que me conmueve verla, muy de mañana, ordeñando sus dos vacas. Regándoles maíz, con mucha energía, a las gallinas y verla entrar y salir de su casita, pobre pero decente, en sus quehaceres. Usted es una mujer trabajadora. No se espante, quiero ser su amigo. ¿Me permite que la acompañe?”
Don Cliserio asomó su rostro de brujo de cuento infantil, y vio a Minerva que pasaba junto a él. Dio un paso titubeante y animado, por tanta suerte, se llevó el cigarrillo a los labios.
-¡En la madre, me quemé! ¡Pufs...!
Escupió el tabaco. Impotente, se sintió como un fanático lloroso que espera toda la noche a su estrella en el aeropuerto, para tocarla, y pedirle una dedicatoria de sus discos, y que por desgracia del destino se da cuenta que ni siquiera, por un instante, ha alcanzado a verla desaparecer entre el mar de gentes.
III
Jamás, jamás, he dejado de ser tuyo... Tarareó don Cliserio. Semejaba un orate parado en la esquina de los camiones esperando, tal vez, a que un milagro ocurriera. Él no era muy religioso, pero en estos momentos hubiera deseado tener la costumbre de encomendarse a los dioses. Exigirles, a gritos, porque luego no escuchan, que lo ayudaran con Minerva. Podía sonar muy ambicioso, pero ese nombre cuando lo pronunciaba, a parte de remitirlo con la diosa griega, lo instalaba en las vetas del oro.
Llevaba más de una hora, parapetado tras del poste de luz, tratando que nadie lo descubriera. Sentía un terror indescriptible al imaginar que los vecinos lo observaban y se preguntaban lo mismo: “Y este viejo idiota, qué está haciendo ahí”. Y peor tantito, la dueña de la casa de la esquina, era la cuarta vez que lo espiaba por la terraza y, al mirarla, don Cliserio sabía que le estaba preguntando: “Qué demonios está usted haciendo en mi banqueta”. Don Cliserio, disimulando, volteaba para todos lados, observaba el reloj y negaba con la cabeza: “Mi vieja ya no llegó”.
Los segundos transcurrían para él, como los años en el calendario. Cada vez que un conocido pasaba cerca, don Cliserio lo saludaba con timidez: ¡Hola Laurita! ¡Qué tal vecino! Yo aquí nomás, esperando... Su idiotez le provocaba risa y se imaginaba como un policía inepto, gastando su tiempo, en lugares donde nunca ocurría algo de acción.
Miró hacia el techo: las macetas aún estaban en su lugar. Por un instante, pensó que la vieja de la esquina le fabricaría un accidente o le arrojaría sin misericordia un balde de agua fría para correrlo. La ventana, gracias al destino, seguía cerrada. Para que no ocurriera lo del otro día, decidió fumarse un farito por adelantado.
Entre la columna de humo, divisó dos payasos que venían a lo lejos. Desde esa perspectiva, los observaba como si fueran dos muñecos a los que les dieron demasiada cuerda o como si un cinéfilo aburrido hubiera adelantado la cinta de la película. Los vio acercarse, con sus trajes de colores luminosos, sus zapatotes como un par de tiburones y sus sonrisas falsas o eso fue lo que imaginó, cuando los dos payasos se acercaron a él y le obsequiaron un Osito Montes al mismo tiempo que le deseaban Feliz Día del Niño. Encabronado los vio alejarse mientras él se llevaba la mano a la cintura. Horita me los arreglo...
Por fin llegó el Santiaguito. Minerva bajó veloz, por la parte trasera del colectivo, con su bolsa del mandado: vestía una blusa azul y una minifalda de lujo. Se veía hermosa, blanca y alegre. Don Cliserio sabía que era el momento justo, la oportunidad que andaba buscando... Hasta pensó ayudarle. No obstante, don Cliserio dudó, y ese tropiezo bastó para ver que el hermano de Minerva descendía con una bolsa más grande, por el lado del chofer.
Minerva y su hermano ni siquiera repararon en su presencia. Simplemente, ambos, siguieron su camino, indiferentes a aquel anciano entusiasmado y temeroso, que con sombrero en mano solicitaba una limosna.
IV
Casualidad: combinación de circunstancias que no se pueden prevenir ni evitar. Eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en ese preciso y precioso instante en que don Cliserio escuchaba el canto de ensueño de los pajarillos, que alegraban la tarde, cuando vio salir a Minerva de su choza: casita robada de un paisaje costumbrista y puesta en una colonia de Morelia que se resistía a no dejarse vencer por los avances de la planeación urbana.
En esos instantes, deseó tener en las piernas la agilidad incansable de un muchacho de quince años y correr tras ella. Se imaginó tapándole los ojos y preguntándole:
-¿Adivina quién soy?
Y Minerva adivinando:
-Pues quién más, Clis, pues tú... Pensaste que no me iba a dar cuenta, mi viejito chulo. Con esas manotas que te cargas, adivinaría hasta una ciega.
-Amor... -dijo don Cliserio.
Pero no podía correr y agarrarla por sorpresa. Ahora, la idea era que su encuentro sí pareciera casual y no planeado, pues de otro modo, Minerva se limitaría a darle punto final a las persecuciones. Enojado consigo mismo, y con sus piernas apolilladas, don Cliserio, en un estado de sonambulismo, comenzó a seguirla...
Casi corría, cegado por la idea de la dicha. Tan oscuro de los ojos, que apenas se daba cuenta de sus absurdas maniobras:
a) Fingía comprarle semitas a un panadero en bicicleta.
b) Se escondía detrás de los automóviles estacionados.
c) Brincaba, con una suerte de gimnasta en las barras paralelas, los obstáculos de los reparadores de caminos y varios enredos que lo hacían ver ridículo...
Aunque sudaba, don Cliserio milagrosamente no sentía el cansancio. No, pues ahí estaba ya, su reina, a unos cuantos metros esperando para abrazarlo y besarlo, como las bellas y los galanes de las telenovelas. Quiso gritar: ¡amor espera! Pero no lo hizo... Un BMW lo contuvo. Don Cliserio vio como el vidrio se ocultaba electrónicamente y aparecía el joven guapo. Si don Cliserio no hubiera reconocido al muchacho, hubiera jurado que ese rostro, que ahora iluminaba a Minerva y la invitaba a subir, era su cara... Minerva dudó por un momento, pero sabía que no se puede actuar así cuando el amor nos llama. Abrió la portezuela y subió como lo haría la diosa antigua en la Carroza de Apolo.
Cuando don Cliserio los vio desaparecer, sintió un profundo alivio. Con la manga de su camisa, se enjugó el sudor de la frente y los ojos revueltos con una lágrima. Después procedió a recorrer el camino de vuelta a casa.
V
Don Cliserio sabía que no podía vivir así... Por eso, al día siguiente, muy temprano, estaba listo para resarcirse de su imbecilidad: iría a pedir la mano de Minerva. Toda la noche lo había imaginado... Como no había podido dormir, por estar observando la luz amarilla de la casa de Minerva, y la puerta de la tienda, era la idea más descabellada que había asaltado su cama en los últimos meses.
Pero hoy era diferente: se enfrentaría a Minerva y a su hermano, e incluso, si las circunstancias se lo permitían, les confesaría su conducta previa. Poco a poco, animado por las conjeturas afortunadas de lo que podía ocurrir, don Cliserio se puso en marcha. Era un soldado decidido a cumplir su misión con rapidez y eficacia.
En cuanto se hubo instalado en el mostrador de la tienda, el hermano de Minerva salió del fondo de su casa a toda prisa:
-¿Qué va a querer el señor? -le preguntó a don Cliserio.
Don Cliserio volteó hacia todos lados, qué había venido a comprar... Maldijo su timidez y preguntó:
-¿Y Minerva?
En ese instante don Cliserio sonrió como si hubiera contado un chiste insulso. Después permaneció serio, al notar que el hermano de Minerva no hizo ningún gesto. Qué estará pasando por su cabeza... Se preguntó el viejo. Después oyó que le dijeron:
-Mande usted...
-Vengo a pedir la mano de Minerva
Se animó a decir. Esta vez no sonrió y permaneció serio esperando la respuesta.
-¡Ya basta! -oyó que le dijeron-. Creo que ya es suficiente...
-¿De qué? -preguntó don Cliserio.
-De que esté molestando a mi hermana. ¿O cree que no nos hemos dado cuenta cuando la sigue como un pendejo?
-...
-Sé muy bien, que mi hermana se ha vuelto una más de sus rutinas...
Don Cliserio se sintió como un niño encontrado en malas mañas y dijo:
-Usted perdone, es que estoy enamorado.
Aclaró, como si el estar enamorado fuera una maldición.
-Usted no entiende, ¿verdad? En este momento le pido que se vaya y que se olvide de mi hermana. Si no lo hace... –el hermano de Minerva se llevó la mano a la cintura-, me veré en la penosa necesidad de meterle un balazo y estropearle, un poco más, su feo rostro. Aunque después tenga que marcharme para siempre de la colonia.
-Qué frío -exclamó don Cliserio, aturdido.
Eso fue todo lo que dijo. Nada más: ni una sola frase más... Inclinó la cabeza, a modo de despedida, y antes de salir de la tienda, todavía, escuchó que le decían: ella no lo quiere... Y prosiguió su camino como cuando había entrado: solo. Ausente. Arrastrando los pies, bajo la luz del sol que ahora lo incendiaba.
Cuando entró a su casa, se dio cuenta que esta escena jamás la había soñado...