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de Gamboa Villapún, Erlantz F. (Responsable)

Aniversario



ANIVERSARIO

Seudónimo:   RESPONSABLE

-Nervioso, ¿dices? ¡Claro que sí, hombre!; estoy como un flan.

-Pues no sé por qué. Sabías que llegaría el momento, y debías prepararte para ello. ¿Ha transcurrido pronto el año?

-No, ni mucho menos. Ha sido muy, pero que muy largo.

Los álamos mecían sus ramas bajo la suave brisa, dejando ver el envés blanco de sus hojas. El agua cantaba, al golpear contra las piedras, con su monótono ritmo, la sempiterna melodía, desapercibida después de unos minutos de escucharla. Sobre el puente, bordeado de árboles, como el resto del camino, los dos hombres paseaban, sin ir más allá de los límites del paso de piedra, el que salvaba el río. De una parte: el pueblo, que trepaba por la colina, con calles pavimentadas de lajas, y viejas casas de tejados rojos a ambos lados; de la otra; prados, la siembra, y la mansión solariega de los Pinedo, con su gran muro y la artesanal cancela de hierro.

El nervioso era un hombre alto, de cuarenta años, con algunas canas en las sienes. Vestía elegantemente, un poco a la antigua, con abrigo grueso. Usaba bastón, de adorno, autoridad o poder. El otro, bajo y con algunos años más: traje negro, corbata y sombrero del mismo color, portaba gafas de gruesos vidrios; y se diría que regentaba una funeraria. Daba rápidos pasos, para igualar las zancadas del de mayor estatura.

-¿Qué piensas hacer?- preguntó el último.

-Lo que es mi deber. Di mi palabra, y no puedo, ni sueño, volverme atrás. Si se empeña el honor, y más en el lecho de muerte, cumplir: es sagrado.

Quien vestía de obscuro se detuvo, encendió un cigarrillo, y arrojó el cerillo por el pretil del puente. Asentía, con la cabeza, reconociendo la justeza contenida en las palabras de su acompañante.

-Pero... ¿lo harás a gusto? – preguntó.

-Eso poco importa. Debe prevalecer el apellido de quien hizo tal promesa, y exhibió el blasón de su familia ante la gente.

-Quizá no sea tan monstruoso- continuó el de menor talla, a quien no le gustaban los silencios.

-No es, tampoco, algo que le encante a todo el mundo.

-Me parece una venganza. ¡Eso es!: un desquite.

-¿De quién?... ¿De Ramón?

-¡Claro que de él! ¿No fue quien te puso en tal predicamento? ¡Jure, señor Pinedo, por la memoria de su madre!, decía, unos segundos antes de morir.

El de apellido Pinedo, hijo mayor y heredero de la hacienda, detuvo su paso, y miró hacia el pueblo. En esta ocasión, caminaban desde la casa solariega hasta el pie de la colina. Aquella imagen, que no se había borrado durante el largo año, se le presentó, tan fresca como cuando se produjo. El hombre, Ramón, yacía en la cama, con poco tiempo de vida; su esposa, Mercedes, lloraba en un rincón; parientes y amigos no apartaban la vista de los dos hombres: Juan de Pinedo, de pie ante el lecho, y el agónico Ramón Carvajal, quien, delirando, exigía al primero que jurase.

-Tuve que hacerlo, José- le dijo a su acompañante de paseo-. No se puede negar la última voluntad a un moribundo. No me quedó otro remedio que dar mi palabra de honor.

-Obligarte a eso no estuvo nada bien. Puede arruinar tu vida, convertir tu futuro en un infierno. Además, ¡después de lo que te hizo!

-No fue su culpa, en realidad. Él era forastero, y...

-Pero debió respetar lo que el pueblo respetaba. Cuando se llega a un lugar extraño, se aprenden, primero, las costumbres. Mercedes estaba comprometida; de alguna forma lo estaba. Él no debió haberse casado con ella. Aunque la culpa la tuvo Mercedes; ¡claro que la tuvo!

Juan se detuvo a pensar. Lo había meditado mucho, y ya no estaba tan seguro.

-Tú sabes que en estos pueblos siempre se espera al forastero. Lo de aquí está muy visto, y se cree que lo que llega del exterior nos ayudará a salir de la monotonía. Por otra parte, yo nunca le dije a Mercedes...

-Pero lo sabíamos todos, incluso ella.

-Es agua pasada, José.

-Quizá; pero, ahora...

-Ahora respetemos el juramento a un moribundo.

-Ya ha pasado una semana, además del año que prometiste darte de plazo. ¿Cuándo tomarás la decisión?

-Ya está tomada. Será esta noche.

-¿Hoy mismo...? ¡Es horrible!

-Sí, hoy mismo. Ya no puedo esperar más. Al mal paso hay que darle prisa.

-¿Lo sabe tu padre?

-Lo supone. Pero se lo diré antes de cenar.

-¿Qué crees que diga?

-No tiene mucho que decir. Sabe, como todos, que prometí cumplir la voluntad de Ramón, y...

-La despiadada última voluntad... - interrumpió José.

-... que no puedo volverme atrás. Mi padre estima su honor, y el de la familia entera.

-Es un alivio para todos. Algunos temen que tu padre se oponga. Es natural que no quiera verte envuelto en problemas.

Los dos hombres pasearon durante un rato más. Al llegar cerca de la mansión de los Pinedo, en vez de dar vuelta y regresar al mismo paseo, Juan se despidió de José. El hombre pequeño regresó solo al pueblo, mientras el otro empujaba la gran puerta de hierro. Se dirigió a la casa, por el camino de losas. Su padre estaría en la biblioteca, seguramente. Ya próximo a la mansión, divisó a Laura, la criada, que salía del establo. Cambió de rumbo, llegando a su lado. Ésta, al verle, volvió a entrar en la caballeriza, esperándole junto a la puerta. Juan la tomó de la cintura. Ella trató de librarse, sin mucha convicción.

-Nos pueden ver- fue la excusa de la mujer.

-Debemos aprovechar estos instantes, los últimos en mucho tiempo. Luego ya...

-¿No volveremos a...?- preguntó la muchacha con un presentimiento.

-Temo que pasará algún tiempo- Juan la estaba besando en el cuello.

-¿Cuánto?

-Depende de cómo resulte todo.

-Esperaré lo que haga falta.

-Eso me consuela, y me dará fuerzas para aguantar- él estaba conduciendo a la muchacha hacia un montón de hierba seca.

-¿Tienes que hacerlo...? ¿No podrías?

-Ya hemos hablado de eso muchas veces. Me espera mi padre, y no hay tiempo que perder en el mismo tema.

Poco después, Juan salía del establo, tratando de quitarse la hierba que se le había adherido a la ropa. Al llegar a la puerta de la casa, repasó su vestimenta, y, después de aprobarla, entró. Tocó en la biblioteca, y esperó la voz del anciano, que le daba permiso de pasar. El padre, la misma figura y porte que el hijo, estaba mirando al jardín por el gran ventanal. Se volvió hacia Juan, y le señaló el mueble de las bebidas. Éste supo que debía servir dos copas de vino, antes de que se enfrascasen en la conversación. Después del primer sorbo, Pablo de Pinedo dijo:

-¿Ha llegado el momento?

-¿Lo has adivinado?

-Puedo leer en ti mejor que en uno de esos libros.

-Pues sí,  ya ha llegado lo que esperábamos.

-¿Será hoy?

-Esta noche. ¿Quieres decirme algo?

-No mucho. Cuando se vive como tú, llega el momento en que uno debe tomar una decisión difícil. Y estás en ese punto. Supe, desde hace tiempo, que tenía que ocurrir, pues eres igual que yo.

-¿Tú también te viste...?

El viejo cerró los ojos, como si quisiera que las imágenes surgiesen de los recuerdos. Empezó a hablar, con voz cansada:

-Yo también. Pero no tuve tu entereza, y huí.

-¿Tú...? ¿Huiste tú? ¿Habías dado tu palabra?

-En cierto modo: sí; aunque no como tú, en público.

-Entonces, no es lo mismo. ¿Quién te iba a reclamar?

-La persona a la que se la di.

-Pero, sin testigos... No es el mismo caso, padre.

-Para un hombre de honor, debería serlo. Yo no pude... Hubiera sido monstruoso. El caso es que debes hacerlo, y cuanto antes mejor. ¿Después de la cena?

-Iré a inspeccionar el terreno. No tengo ganas de cenar, por este nudo en la garganta y la bola en el estómago.

-Se llama miedo, hijo. Son los típicos síntomas de ese sentimiento. ¿Se lo has dicho a Laura?

-¿Por qué a Laura?

-¿Acaso crees que soy tonto? Viejo sí, pero tonto no.

-Nos dejaremos de frecuentar por un tiempo; el que... ya sabes.

-Es oportuno; aunque sería mejor para siempre. Después del trago, ya no serás el mismo. Pero no soy quién para aconsejar sobre asuntos domésticos. Tu pobre madre sufrió mucho con mis cosas.

-Es conocido en el pueblo. Pero tampoco es idéntico caso: Laura y yo somos solamente... amigos – enfatizó la última palabra.

-Mejor. Y mis andanzas no únicamente se conocieron en este pueblo, sino que aún se comentan en la comarca. ¿Me acompañas a cenar? A mi edad, es el único vicio, o satisfacción, que me queda.

-Sí, por supuesto; pero yo tomaré únicamente un par de copas, por alimento.

-Ya verás como todo sale bien; o, al menos, eso deseo.

-¡Gracias, padre!

Ya era noche cerrada, aunque no pasaban de las ocho. Juan esperaba que la penumbra, porque no pudo evitar las luces del pueblo, le sirviera de aliada. Entre los conciudadanos se había corrido el rumor; José se había encargado de ello. En todas las casas se hablaba de lo mismo. Mucha gente se congregaba en los soportales del ayuntamiento, teniendo como tema: Juan el de la mansión. Y éste salió de su casa, cerró la gran verja, y tomó el empedrado del puente. El hombre siempre está solo en los grandes momentos. Al otro lado, los niños lo esperaban; y corrieron a dar la noticia, apenas le vieron aparecer. Como por encanto, los vecinos huyeron de las calles, llevándose a los niños con ellos. El pueblo quedó vacío; si bien se podían ver mil cabezas detrás de las cortinas de cada ventana.

-¡Ya viene!- exclamaban los jóvenes.

-Y con la cabeza bien alta, como su padre- decían los mayores.

-Él sí es un hombre- suspiró una quinceañera, que recibió una bofetada por parte de su madre.

Juan subía la empinada calle, con su bastón de empuñadura de plata, haciendo sonar los tacones en las piedras del pavimento. Sabía que todos le miraban, aún cuando él no les viera, y podía suponer lo que estaban comentando. Pero le importaba poco, ya que nunca le había preocupado, como buen Pinedo, lo que murmurasen sus vecinos. Él era el heredero de la casa grande, y, con eso, estaba dicho todo.

Llegó a la plaza: la fuente en el centro, con sus cuatro caños que no cesaban de vomitar agua; el ayuntamiento, enfrente, con la fachada de piedra; a la derecha, la iglesia con la campana nueva, que él había comprado, de muy buen bronce; y a la izquierda, la casa de Mercedes.

Absorto en el reloj del ayuntamiento, quieto como estatua, dudó en decidirse. Cuando, al fin, lo hizo, se inclinó por la izquierda. Tocó la puerta, y esperó. Salió la tía de Mercedes, con su eterna acritud. Le miró de arriba abajo, antes de preguntar:

-¿Qué desea? Ya sabe que no es muy querido en esta casa.

-Ni a mí me importa lo que usted opine, ni a usted lo que yo desee- respondió, con voz áspera-. Antiguamente, colgaban a las brujas; ahora, por degeneración de las buenas costumbres, y la abundancia de comunistas, las dejan vivir entre la gente decente. ¡Vaya quitándose de mi camino, porque voy a entrar!

-¿Quién es?- preguntó una voz femenina, desde el interior.

-¿Quién va a ser?- respondió la anciana-: ¡un Pinedo!

Juan ya había entrado cuando apareció Mercedes. Vestía un ropaje obscuro, que le hacía parecer más delgada; pero se veía guapa.

-¿Ya te decidiste?- preguntó, parada ante la puerta del cuarto.

-Así es- respondió él, sentándose en el banco de la entrada.

Pinedo miró a la anciana, y le hizo una seña para que entendiera que estaba estorbando.

Apenas desapareció la tía, Mercedes se sentó frente a él, en el sillón de mimbre; el mismo en el que solía hacerlo cuando Juan la visitaba, en los tiempos que mantenían relaciones "no formales". Él le tendió la mano, que la mujer rechazó.

-¿Así que hacía falta un moribundo para que te sintieras obligado?

-Nos obligase, querrás decir; porque fue a ambos.

-Además, me vas a resultar cínico. ¿Y si yo no quiero?

-Se lo decimos a Don Jacinto, y asunto acabado.

-Eso desearías tú; pero no te saldrás con la tuya.

-Entonces... ¿vamos?

Mercedes no respondió, pero se puso en pie, con lo que demostraba que aceptaba. Se dirigió hacia una habitación. Mientras ella se perdía en el fondo de la casa, Juan recorrió la sala, con la mirada. La conocía, o la recordaba, de memoria. En la pared, colgado, estaba el retrato de Ramón.

-Parece que me estás mirando, y riéndote de mí- le dijo a la imagen-. ¿Ya estás contento? Me lo pasaba bien con Mercedes, antes de que llegases y la convencieras de casarse. También después, una vez que se le pasó el enamoramiento. Yo ya me había acostumbrado a vivir sin problemas, y ahora... ¿Por qué te tenías que morir?

Recordó a Ramón, tendido en la cama, con poco aliento en el cuerpo. Se le habían caído varios sacos de semilla encima, y le habían reventado. Acudió a verle. José, el maestro, y Don Jacinto, el cura, le acompañaron.

Estaba muy concurrida la casa. En los pueblos pequeños cualquier acontecimiento, incluso los luctuosos, sirven para una fiesta; los entierros son los preferidos. Ramón le llamó, haciendo que se acercara a la cama. Juan no pudo rehusarse, aunque no le gustaba lo que, suponía, iba a ocurrir. Don Jacinto tomaba la mano del moribundo, esperando a que dijera adiós. Ramón era hombre de ideas fijas; una de éstas le andaba por la mente, y tuvo que decirla.

-Usted, Juan Pinedo, me ha hecho mucho mal- comenzó el hombre.

Juan no quería aguardar a escuchar más, y trató de irse; pero no le era dado hacerlo, y se preparó a oír sus vergüenzas. No resultaba novedad, pues todos conocían la historia; pero... ¡en público!

-Se entiende con Mercedes. ¡No diga que no, y, mucho menos, que sí!- no dejaba muchas opciones-. ¡Cállese y escuche! Me ha engañado cuantas veces ha querido-. En eso, Juan no estaba de acuerdo; sería, más bien, cuando Mercedes había querido-. ¡Mercedes!

La mujer había estado junto a la cabecera; pero, cuando su esposo llamó a Juan, se retiró en busca de la puerta. No la había alcanzado, al cortarle la fuga el grito de su marido. Se acercó, colorada de vergüenza, con más miedo que otra cosa. Ramón miró a ambos, y siguió hablando:

-Yo reclamo venganza.

-Eso no, hijo - dijo el cura-. Recuerda que es pecado mortal, y tú estás más allí que acá.

-Entonces, quiero justicia-. Ramón era muy insistente.

-Eso ya está mejor- aclaró Don Jacinto, quien aprovechaba para dar un adelanto del sermón del domingo, que se le había ocurrido en aquel preciso momento-. Pero, ¿qué debemos hacer?

-Cumplir la última voluntad de un moribundo. ¿Es usted hombre de honor, Juan Pinedo?

El preguntado podía haber dicho cualquier cosa; pero debía dejar bien su apellido, y sabía que su respuesta sería proclamada por la comarca. O decía que sí, o le desheredaban.

-Yo... creo que sí.

-¿Negará a un moribundo su última voluntad?

-Depende de qué se trate- Juan pensó que para ser, como repetía, un moribundo, tardaba mucho en irse, y su última voluntad se alargaba demasiado.

-Así es, hijo; así debe ser- terció Don Jacinto.

-No es nada malo, padre; solamente quiero que se repare un daño.

-Siendo así... - el cura miró a Juan.

-Quiero que se case con Mercedes.

A Juan le vino bien la mano que puso José en su brazo, ya que le ayudó a seguir de pie.

-"Este tipo debe estar loco, no medio muerto"- pensó.

-No está mal, hijo, nada mal- aprobó el párroco, que siempre estaba dispuesto a boda o bautizo; aunque no hacía ascos a un funeral.

-"Y le aplauden"- se dijo Juan.

-Creo que sería bueno, para que cesen las murmuraciones. Claro que después de un tiempo prudencial... - el cura ya hacía planes-. Y siendo la voluntad de un moribundo... ¿Qué dices, Juan?

Juan no podía decir lo que pensaba, y permaneció mudo. La totalidad de los concurrentes; diseminados por las otras habitaciones; considerando de mayor importancia lo que ocurría en el lecho de muerte que las galletas y el vino dulce; se agolparon en el escenario de la "venganza". Ramón empezó a moverse, con fuertes dolores que no le impedían gritar:

-¡Juan Pinedo! ¡Júrelo, Juan Pinedo! ¡Júrenlo, ambos! Deben hacerlo, Don Jacinto.

El cura les lanzó una mirada que no dejaba lugar a dudas. Ambos juraron, a regañadientes. Todo el pueblo fue testigo.

-¿Qué miras?

La voz de Mercedes le sacó de sus pensamientos. Ella ya estaba dispuesta. Siempre estuvo preparada, a casarse o lo que fuera; pero cruzar el puente, y habitar en la mansión del gran muro.

-"No está nada mal, incluso de luto- pensó Juan-. Pero casarse..."

-¿Cómo lo sabría?- preguntó, en voz alta.

-¿Qué?- ella no estaba dentro de los pensamientos de él.

-Lo nuestro. No creo que nadie fuera corriendo a decírselo.

-Alguien sería. Yo no sé... ¿Nos vamos? Don Jacinto se acuesta temprano.

-Hoy no; nadie se acuesta pronto esta noche. ¿Quién sería...?

-¿Quieres saberlo?- ella adoptó un aire de misterio.

Juan estaba deseoso de conocerlo, pero sin aparentar interés.

-¡Bah!, es lo mismo.

-No; no es lo mismo.

-¿Por qué? ¿Qué quieres decir?

-Que fui yo.

Juan se había puesto de pie, listo para salir; pero volvió a sentarse. Mercedes tenía ganas de broma; pero ¡qué broma!

-Sí, fui yo. Cuando le trajeron a casa, después del accidente. Él sospechaba algo, y me preguntó. No se lo pude ocultar; ¿Comprendes?

-¡No! ¡No comprendo nada! ¿Por qué?, ¿para qué?

-Tú sabes por qué fue. ¿No te acuerdas lo que juraste, o por qué estás aquí?

-¿Se te ocurrió a ti?

Ella estaba junto a la puerta, que empezaba a abrir. Juan la alcanzó y se lo impidió. Sería demasiado que el pueblo se enterara de aquello, aunque, si lo conocía la tía Dionisia, ya era público.

-Sí, amor mío, se me ocurrió a mí. Así como muchas cosas más que van a pasar por mi mente, ahora que estemos casados. Esa Laura, por ejemplo, va a abandonar la casa justo cuanto yo entre.

Juan abrió la puerta, y esperó a que ella saliera. Luego, ofreció su brazo, y comenzaron a caminar hacia la iglesia. Sus pasos se oían, con claridad, al golpear los tacones el pavimento, en tan “solitaria” y silenciosa noche.

-"Peor de lo que pensé- se dijo-. ¿Por qué tendré honor, palabra y linaje, si ello ya no se usa en este mundo? Pero, sobre todo, ¿por qué iré a ver morir gente?

-¿Decías algo?- preguntó Mercedes.

-¿Quién: yo? No, querida, yo ya no digo nada. Ya lo hice una vez, y... va a ser la última.

Poco a poco, sin ruido, el pueblo salió a la calle, y se deslizó, en la sombra, hasta la plaza, y luego al templo. Lo que allí sucedería, no sería fácil de olvidar por años. ****

Mejor que en casa



MEJOR QUE EN CASA

Seudónimo:  VIAJANTE

Elías había oído hablar de aquel hotelito: un pequeño rincón de un pueblo perdido en la sierra. Él, como agente viajero, recorría a menudo la zona, aunque nunca había pernoctado en el mencionado hotel. Pero en aquella ocasión llovía a cántaros y pensó que era el momento propicio para visitarlo. Le habían dado buenas referencias, de que era barato y tenía muy buen servicio.

Detuvo su coche en la entrada y observó el lugar tras la cortina de agua. La primera impresión era buena: una casa antigua, colonial, que había sido remodelada sin que perdiera su encanto. La entrada era amplia, con una gran cancela de hierro forjado. Se veía, tras ésta, un patio repleto de vegetación, con una fuente cantarina en el centro. Le agradó el sitio, si bien estaba un poco alejado del pueblo, alrededor de un kilómetro.

Un rostro se asomó por una de las ventanas de la recepción, la cuál se encontraba a la derecha del portón. Era un hombre y le hacía señas. Entendió que le indicaba acercarse y alojarse. El hombre salió de la recepción, con un plástico rojo sobre la cabeza y hombros, se metió en el aguacero y abrió el portón.

Elías introdujo el auto en el pasillo de entrada al patio que, al no estar cubierto, era el escurridero de las aguas del tejado. El hombre le hizo señas desde la recepción para que entrase. De un salto, el agente llegó al pequeño cubículo del registro.

-Buenas tardes -dijo-, aunque no lo parecen.

-Dejará de llover en unas horas- respondió el hombre.

Era un individuo de unos sesenta, de baja estatura, con rostro arrugado y dientes postizos, de cabello rubio en donde aún lo conservaba.

-Si está buscando dónde alojarse- le dijo a Elías-, ha llegado el lugar correcto. Aquí va a sentirse igual que en su casa.

-¿Tiene habitaciones libres?

-Las que usted quiera, con vista a la calle, al patio o al río. El río pasa por detrás del hotel. La casa era de mis abuelos, pero mi padre la convirtió en hotel.

-¿Cuánto cuesta?

-Por eso no se preocupe usted- sonrió-. Unos... treinta y cinco dólares. ¿Le parece bien?

-Me parece bien. ¿Con televisión?

-A color. Lo que usted necesite, señor. Aquí, ya se lo he dicho, está usted en su casa. Le daremos el mejor servicio de la región. Lo que desee, me lo pide. Usted pide y yo se lo consigo. Si... hay en el pueblo, yo se lo consigo - reiteró-. No hace falta que usted se mueva de su cuarto. Lo que usted quiera... - insistió.

El agente esbozó una sonrisa. Aquel tipo debía tener pocos clientes y estaría necesitado de dinero. Tanta amabilidad le parecía excesiva.

-El número 104- le entregó la llave-. ¿Trae equipaje?

-Una maleta, en el auto. ¿Dónde lo estaciono?

-No se preocupe por eso. Deme las llaves, que yo subo su equipaje y estaciono el auto. Ya le he dicho que se sienta como en casa.

-En mi casa no me estacionan el coche y yo cargo la maleta.

-Entonces... - enseñó las dos hileras de dientes postizos- mejor que en casa. Mi lema es: a los  clientes lo que deseen.

-Bien, bien...

Elías subió la escalera y buscó el 104. El cuarto lucía limpio, tenía vista al patio e incluso una pequeña terraza con una mesa y cuatro sillas de jardín. Pensó que un baño le ayudaría a relajarse y se dedicó a desnudarse. Antes de que se quitara la camisa, tocaron a la puerta. Era el hombrecillo de la sonrisa pegada a la boca.

-Su maleta, señor. Ya estacioné su auto donde no se moje. Ahora le subo jabón, toallas y... ¿quiere algo más?

-Pues... una cerveza fría.

-Clara u oscura.

-Clara y bien fría.

-Al momento. Antes le subo las toallas.

En unos minutos llegaron las toallas y no tardó el sonriente en presentarse con una cerveza en un tarro que rezumaba. Elías empezó a considerar que el servicio era mejor de lo que él había conocido hasta entonces.

-¿Tiene restaurante?- preguntó.

-No, pero... cerca hay varios. Usted ordene y yo le traigo lo que desee.

El agente hizo una mueca con los labios y en su mente preparó una petición que alejaría al presuntuoso dueño del hotel, le permitiría bañarse y abatiría la arrogancia del proveedor de servicios.

-¿Cree que pueda conseguir puerco al coñac?

-Si lo hay en el pueblo, usted lo cenará esta noche.

-¿Y sidra?

-La conseguimos.

-Fumo cigarrillo franceses.

-Los buscamos.

-Bien, entonces el puerco al coñac con patatas fritas, una botella de sidra, unos cigarrillos franceses y... helado de chocolate con nueces. ¿No lo anota?

-No se me olvida, señor. Usted relájese, vea la televisión y deje que yo me encargue de su cena. En cuanto al precio...

-Lo que sea razonable.

-No me tardo.

Cuando el hombre cerró la puerta, Elías se metió al cuarto de baño y soltó una carcajada. El tipo tan insistente iba a volverse loco para poder cumplir lo que prometía. Lo del puerco al coñac era imposible, pues solamente existía un lugar en donde lo conseguiría, y distaba 300 kilómetros. Lo de los cigarrillos tampoco era fácil, ya que dudaba que a alguien de aquel pueblo se le antojasen. A él no le gustaban, pero pensó fumarlos si el tipo los conseguía. El resto lo pidió porque le agradaba. No tenía hambre, por lo que se contentaría con la sidra fría y el helado de chocolate. Las nueces... no estaban en temporada.

Se acostó después del baño y se puso a ver la televisión. En cuanto llegase el hombre, que ya no tardaba, vería si traía la sidra o pedía otra cerveza.

Tocaron a la puerta. Elías miró su reloj: habían transcurrido más de dos horas. Se incorporó y fue a la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Ansiaba ver el rostro del hombre cuando le dijera que no podía conseguir la cena solicitada.

Pero fue su rostro el que demostró asombro, pues el rubio apareció cargando una gran bandeja. La sidra, el helado y ... unos Gitanes destacaban. Dentro de un plato cubierto con otro (dos platos formando un emparedado) debía llegar el puerco. Seguramente era pollo o estofado de cerdo, pero era imposible que se tratara de lo pedido por él.

-Se tardaron un poco con el puerco- manifestó el proveedor-. Es que tuvieron que preguntar la receta. Pero creo que estará a su gusto.

Colocó la bandeja sobre la mesa de la terraza. Había dejado de llover y se sentía un agradable frescor además de un hermoso aroma que ascendía del patio. Los hueledenoche comenzaban a esparcir el olor a miel. Elías levantó el plato y observó. Los Gitanes le habían dejado perplejo, pero... la vista del puerco al coñac le volvió estupefacto. Olía como debía ser y tenía el aspecto indicado. Observó al rubio de los dientes postizos. Sonreía con satisfacción y superioridad, lo que molestó al agente. ¿Cómo podían en aquel lugar alardear de un servicio perfecto?

-Bien, muy bien- aceptó.

-Se lo cargo a su cuenta o...

-Me lo carga.

-¿Desea algo más el señor?- en su voz se notaba un tono de engreimiento.

-Pues... sí, aunque creo que en este pueblo...

-Usted pida. Si no lo hay... Pero haré lo posible por complacerle. Tenemos el mejor servicio del estado.

Ya su lema, tras aquella prueba, había aumentado el territorio: de región a estado.

-Es que... llevo algunos días fuera de casa y... Yo soy casado, ¿sabe?

-¿Desea compañía femenina? - la sonrisa del hombre fue de oreja a oreja, a punto de que se desprendiera la dentadura postiza.

-Sí, eso es.

-Se la consigo- aseguró el rubio apergaminado-. Usted cene tranquilo y yo le mando... lo que necesita.

-Me gustaría... más joven que yo y... con cierto atractivo.

-Le comprendo, señor. Yo tengo sesenta y... sé de esas cosas.

-Yo aún 45- puntualizó Elías.

-No se preocupe y cene antes de que se enfríe. La sidra está helada, al igual que el chocolate, pero con este calor...

El dueño del hotel salió, cerrando la puerta. Elías se sentó y se dispuso a cenar. No tenía apetito, pero estaba seguro de que al primer bocado se le abriría un hueco en el estómago.

-Siéntase como en casa- dijo-. Este tipo sí sabe atender a sus clientes. Esta parte no la veo difícil, pero sí embarazosa e incómoda. Si logra traerla sin que yo me mueva de aquí, me convertiré en su perpetuo cliente.

Había terminado de cenar y fumado un par de Gitanes. Prefería los gringos, pero él fue el culpable de que le llevasen franceses. Tocaron de nuevo a la puerta y acudió.

En el umbral,  una muchacha, de algo más de veinte, regordeta, agraciada de rostro, con aspecto más de recamarera que de "asistente sexual", le evaluaba.

-¿Sí?- preguntó.

-¿Pidió compañía?

-Sí, eso pedí- Elías se sintió un poco azorada.

-Yo soy- dijo ella, entrando en el cuarto.

-Pero... no es para conversar.

-Ya lo sé- aceptó ella.

La muchacha se sentó en la cama. Elías asomó la cabeza al pasillo, buscando al rubio. Quizá él no le había entendido que requería una prostituta, o así de recatadas eran en aquel pueblo. Volvió a mirar a la cama. Pues serían así en el pueblo.                                                       *          *          *          *                                  

Por la mañana despertó y vio que estaba solo. Ella se habría ido mientras él dormía. Miró su reloj. Las nueve. Ya era muy tarde y tenía varias visitas para el día. Se vistió rápidamente y bajó a la recepción. Su automóvil se hallaba ante ésta. El rubio intuyó que se iría temprano, y se adelantó. Le pareció extraño que no fuera en busca de su maleta, pues se había acostumbrado a verle a cada rato.

Entró en la recepción y se acercó al mostrador. Quería ver al tipo, para agradecerle por la velada. La muchacha, a pesar de su aspecto recatado, había estado de maravilla. Él no era exigente, pero distinguía entre una buena actuación y algo para ganarse unos dólares.

Se asombró al ver, tras el mostrador, a la muchacha con la que pasó la noche. Se sintió un tanto cohibido y avergonzado. Debió haberse imaginado que ella era una empleada; tal vez la que se encargaba de casos como el suyo. Debía liquidar la cuenta, por lo que no podía irse como si no la conociera.

-Su cuenta- ella le ofreció una nota a la vez que una sonrisa.

Elías la leyó apresuradamente, sin percatarse de los precios. Buscaba exclusivamente un servicio y... éste no se encontraba incluido en la lista.

-¿No falta algo?- preguntó sonrojado.

-No, eso es gratis- respondió ella con una amplia sonrisa-, mi padre es el dueño del hotel.

-¿Y por qué usted...?- sintió un nudo en la garganta y un súbito sofoco.

-De las dos que hay en el pueblo, una está enferma y a la otra no la pudimos localizar.

-Pero... - el rubor fue en aumento.

-Nuestro lema es que el cliente se sienta como en su casa; mejor... si es posible- le sonrió con picardía.

Elías no supo qué responder, ni tampoco decidir si volvería otra vez a aquel lugar donde el servicio era, sin duda alguna, el mejor del mundo.        F     I     N

Negociando con el diablo



En el confín de la carretera, en el perfil del horizonte, se divisaba el parpadeo de algunas luces mortecinas. El resto del entorno lo acaparaba la oscuridad. Las calles principales, derroche de resplandor, estaban lejanas, y el barrio periférico carecía de farolas. A la distancia, unos puntos indicaban una zona habitada, hacia la que se dirigía Inés, la mujer que acababa de descender del autobús. Allí se ubicaba el minúsculo departamento que habían comprado, su esposo y ella, hacía un año. Esperaban con anhelo que la civilización les anexionase, y que las autoridades iluminasen la lóbrega carretera.

Si bien la luz no existía, ella avanzaba con paso resuelto, pues conocía a la perfección el atajo, por tan recorrido. Se orientaba en los puntiagudos guijarros del sendero, las zanjas y  unos árboles que difícilmente se adivinaban en las orillas.

De pronto, una intensa niebla la acorraló. El celaje surgía misteriosamente de las piedras que formaban el adoquinado natural de la vereda. Inés detuvo su andar, perpleja por la repentina bruma, y temerosa de no acertar el siguiente paso. Las luces que la guiaban se habían apagado, tapiadas por el compacto vaho, y nada se apreciaba a menos de un metro. Y fue en ese metro donde apareció un ser, igualmente emergido de la tierra, de lo más arcano de ésta.

La mujer no dudó de que se trataba de una criatura abismal, aunque podía resultar un ladrón ataviado con extraña indumentaria. Vestía terno, capa y chistera de riguroso luto; y, sobre la saturada negrura, destacaba una camisa de color fuego. Si era un ratero, motivaba risa en vez de espanto. Pero su rostro, pálido como la cera, imponía más respeto que el traje.

Inés dio un paso a la derecha, y otro a la izquierda. La niebla era tan espesa como telón de teatro, y comprobó que la rechazaba. El hombre se acercó a ella, con la lentitud de quien sabe que su presa no escapará. Al separarles medio metro, ella percibió que el fulano despedía un intenso tufo a azufre. Aquello bastó para despejar la identidad del extraño. Inés refrenó a duras penas el desmayo que le acometía.

-Soy Mefistófeles - se presentó el hombre.

-¡Santo Dios! - exclamó ella, espantada.

-Más bien lo contrario: el dirigente de la competencia  - corrigió El Diablo-. Algunos me llaman Satanás, y otros se rehúsan a pronunciar mi nombre. 

El hombre se quitó la chistera, realizando una reverencia. Lo que faltaba se hizo patente en su frente: los dos cuernos, similares a los de un cervatillo; nada que recordase los del chivo de los cuadros en las iglesias. La mujer comenzó a temblar. Con un átomo de voz, preguntó:

-¿Vienes a llevarme?

El atuendo del demonio se mudó de azabache a azul, para restar severidad a su presencia y esencia. Su cerúleo semblante se trocó en bronce, esbozó una sonrisa, se colocó la chistera, y respondió, con voz queda:

-No, a ti no. Vengo a anunciarte que los días de tu esposo están contados.

Inés respiró hondamente, y la sangre, que se había inmovilizado, circuló nuevamente. Sonaba pavoroso; pero no impacta igual que te sentencien a muerte a que le toque a tu compañero, por muy querido que sea.

-¿Y por qué me lo dices a mí? - reaccionó con violencia-. ¿No sería mejor comunicárselo a él?

-Se suicidaría.

La mujer se tranquilizaba paulatinamente, al considerarse a salvo por aquella noche.  Y, con la calma que esto le infundía, intentaría disuadirle de arrebatarle a su marido.

-No entiendo por qué me lo dices. ¿Ahora se advierte de la muerte?

-En contados casos. Y éste es uno de ellos.

-¿Y qué gana mi esposo con que lo sepa yo primero? ¿Acaso no entiendes que se lo diré apenas llegue a casa?

Una amplia sonrisa floreció en la boca de Luzbel. Movió los ojos en círculos, con tal rapidez que la mujer notó un mareo. Su terno azul se convirtió en púrpura, y la camisa evolucionó del rojo al amarillo, con un breve centelleo en el naranja. Su faz de bronce se jaspeó con motas grisáceas, se le erizaron los pelos, y el sombrero de copa salió disparado hacia el cielo. 

-Precisamente ése es el quid del asunto. Se le comunica a un ser querido, para... concederle una oportunidad.

-¿De qué?

-De convencerme de desistir en mi tarea.

-¿Puedo hacer algo para evitarlo? 

-Si encuentro a alguien que se preste a un gran sacrificio por él, podría indultarle. Pero se necesita que una persona le ame al extremo de sacrificarse al máximo.

-Pues no - dijo ella, con brío-. Yo no me sacrificio por él. Si le ha llegado la hora, es su vida. Yo quiero vivir la mía.

-No me refiero a una substitución de persona, sino a...

- ¡Ya!, que te entregue mi alma. No, no cuentes con ello. Cada quien que pague lo suyo.

-Aún no he especificado el tipo de sacrificio. Lo del alma está muy obsoleto. Si lo que nos sobran son almas. Ya no sabemos ni dónde ponerlas.

La chistera, tras un vuelo por las nubes, cayó en la mano derecha de Leviatán, y éste la hizo girar alrededor de un dedo.

-Entonces, ¿qué? - la curiosidad causó que ella se acercase, a pesar del tufo a azufre.

-Una prueba de amor.

La mujer no retrocedió, al predominar en ella la intriga. Si no debía ofrecerle el alma, ni había canje de cuerpos, ¿de qué se trataba? Lo del amor no especificada gran cosa.

-Yo le amo - confesó-. ¿Qué debo hacer para demostrarlo?

-Precisamente consiste en amarle a él, y, como evidencia, engañarle.

-No entiendo nada. ¿No puedes hablar más claro?

El diablo movió su cintura, como si bailase, y luego arqueó el bajo vientre hacia ella. A la vez, su traje, incluyendo la chistera, se tiñó de verde, y la camisa quedó de violeta. Sus facciones se pintaron de arco iris, mientras que del sombrero salieron largas trenzas doradas, estilo jamaiquino, que le cubrieron los hombros.

-Que tú y yo... Ya sabes lo que es engañar. ¿O no?

- ¿Fornicar?

Así se expresaba el cura de la iglesia del barrio, y ella supuso que era el léxico empleado por un ángel caído.

-Bueno...- el diablo hizo un mohín-. Suena más a pecado que a un rato de esparcimiento, pero define mi proposición.

Ella se quedó perpleja. Belcebú pretendía que ellos dos...  En vez de diablo, el tipo era un monumental insolente.

-A mí me suena más a desvergüenza - replicó-. ¿Cómo te atreves a pedirme eso?

Ella, olvidando quién era el tipejo, avanzó con aire fúrico. El diablo retrocedió dos pasos, y se escondió en la neblina. Su voz retumbó como eco:

-Te asombrará, pero en el infierno no se fornica. Es que allí solamente van almas. No te imaginas el plantel de condenadas que tenemos; pero se han dejado el pellejo en la tumba. Una lástima, ¿no?

-Y qué carajo me importa si abajo fornicas o no. ¿Por quién me has tomado?

-¿Lo has hecho alguna vez con un diablo? - Leviatán asomó la nariz en un resquicio de la bruma.

-¡Por supuesto que no! Y ni siquiera con un santo.

-Esos son tan divertidos como los entierros. Es el momento de experimentar con alguien que le ponga salsa-. Mostró, con dos rápidos pasos, que era ducho con el merengue.

-¿Contigo...? ¡Ni que estuviese loca!

-¿Ni por la vida de tu esposo? - la perplejidad dulcificó la voz del demonio.

-Pues no... Si se le ha acabado el tiempo, yo no tengo la culpa. Y si en el infierno no pruebas la carne, conténtate con pescado.

Inés se dispuso a irse, aunque el camino estuviese solitario y nada iluminado. No esperaba compañía, ya que nadie se atrevería a circular con niebla tan densa; pero no estaba dispuesta a continuar con tal disparatada conversación. Hizo un gesto, indicando a Lucifer que le abriera paso.

-Pero... tú le quieres. ¿O no? - insistió el diablo-. ¿No le salvarás por tan minúsculo precio?

-Mejor muerto que cornudo.

-¡Sin ofender, eh!

La faz del mefisto se ennegreció súbitamente, a la vez que su frac se tornó morado. Echando humo por las narices, dio media vuelta, elevó los brazos, y de debajo de su capa salió una fuerte pestilencia a azufre. Los cabellos se le enderezaron, deslumbrando a la mujer con una ignición espontánea. Dio dos pasos hacia la salida del callejón. La voz de ella le detuvo.

-Espera, señor Satanás.    

El Diablo giró sobre sus talones. La mujer cavilaba. No había progresado ni un paso, a pesar de que la niebla se iba disipando.

-¿No se enteraría él? - preguntó ella.

-No. Nunca lo sabría. Además, dudo que te creyera. Supondría que te has acostado con alguien e inventas una historia inverosímil. Así son los humanos.

-En ese caso... ¿Ya no se morirá? ¿En cuanto tiempo?

-Unos... - calculó- treinta años. Bueno, depende del empeño que le pongas.

La mujer revisó los extremos del callejón. Todo estaba cubierto de niebla. Y así seguiría mientras Lucifer usase su poder para no ser sorprendidos.

-Acepto - dijo ella-. ¿Dónde?

-No te preocupes del lugar. Aquí mismo.

-¿En el suelo?- ella miró hacia las puntiagudas piedras que hacían de adoquines.

-Te va a parecer el cielo. Bueno... mejor si lo dejamos en algo así como un lecho de rosas. ¿Entonces...?

-¿Eres sádico o maniático?

-Al contrario: muy normal. Como cualquier humano con hambre atrasada. No quiero alardear, pero soy un experto. En el infierno hay un montón de maestros.

-¿No has dicho que allí nada de nada? 

-Me refiero a teóricos. Por ejemplo: Casanova me ha enseñado unos trucos maravillosos.   

Inés caviló unos segundos. Le atraía la inusitada experiencia. No conocía a nadie que se ufanase de haber copulado con un verdadero demonio. Si acaso, con algún tipejo de ideas diabólicas. Y seguramente sabría más por viejo que por diablo. Y si Casanova le había dado unas lecciones...

Lo malo radicaba en que no podría contarlo ni a sus amigas. Sería el hazmerreír de ellas. Y aún menos a su esposo, aunque le hubiera salvado el pellejo. El la tacharía de golfa, sin apreciar el sacrificio. Pero no obstante, le rescataría de las garras de la muerte aunque jamás se lo agradeciese.

-Bueno - aceptó-. ¿Cuántas veces?

-Una. Una vez por una vida.

El Diablo le ofreció su mano derecha. La mujer la cogió sin miedo. Un remolino de bruma les envolvió durante unos minutos. De la nube salían rayos y centellas, como en una tempestad. Y, en lugar de truenos: lamentos, soplidos y agudos chillidos.

Cuando el torbellino se disipó, la mujer estaba apoyada contra un árbol, exhausta, con los ojos en blanco, la lengua fuera y el cabello erizado. El Diablo se colocaba la chistera, y todo su ropaje regresaba al luto inicial.

-Bien- dijo Satanás-, has salvado a tu esposo de la muerte. Puede estar orgulloso de ti.

Inés hizo un esfuerzo por recobrar el aliento. A duras penas pudo formular la pregunta:

-¿Ya te vas?

-Ya nada me retiene aquí. Ahora, a abstenerme durante un par de siglos. No puedo perdonar vidas a cada rato. Si te sirve de halago, has obtenido un diez. No lo había pasado tan bien desde Sodoma y Gomorra. Eran otros tiempos - recordó, con nostalgia.

La mujer avanzó hacia el tenebroso ser, poniendo su mano en el antebrazo de él. Leviatán aplazó su desaparición.

-¿No podemos hacer otro trato? - preguntó ella.

-¿Otro...? ¿Cuál?

-Pues... que otra vez tú y yo...

-No comprendo. El trato era de únicamente una vez.

-Dijiste que una vez por una vida.

-Y eso has conseguido. Has salvado una vida. ¿Es que tu marido tiene tantas como los gatos? Y..., como le has echado ganas, se la alargo cincuenta años.

-Sí, pero... ¿y un nuevo trato? Mira, lo hacemos otra vez, y, a cambio,...

-No voy a concederte la eterna juventud, si es lo que pretendes.

-No, no es eso. Yo solamente pido, a cambio, que...

El Diablo observó atentamente los labios de ella. ¿Qué le sugeriría a cambio?

-... en vez de que dure cincuenta años, me lo dejas justo hasta que termine de pagar el departamento.    

Transplante



Al salir a la calle, Jacinto sintió el aire fresco de la mañana. Lo necesitaba tras haber pasado diez días encerrado en el minúsculo cuarto de la clínica. Levantó la mano y llamó a un taxi. Le indicó la dirección, apoyó la cabeza contra el respaldo  y se desconectó de todo. Debía pensar en el futuro, olvidar el pasado y saborear el presente.

-¡Un hombre nuevo!- le gritó su mente-. Me ha costado un dineral, pero... creo que lo vale.

Diez días encerrado, además de los dolores; pero estaba ya en la calle, rumbo a casa de Elvira, con su regalo listo y...

-Ni se lo imagina- musitó-. Ella cree que estoy en un curso en Miami. Se va a quedar de piedra.

Observó la calle por la ventanilla. Una pareja había encontrado utilidad a un árbol. Ella empujaba hacia delante, con el trasero contra el tronco, mientras él se apretaba contra la mujer, queriendo fundirse con ella.

-El de antes de ir al trabajo- murmuró el espía involuntario.

Recordó que él también... lo solía intentar, aunque... el éxito no le sonreía. Elvira se quejaba constantemente, y con razón, de que él no la satisfacía. No entendía que no había más, que debían sacarle jugo a lo que la naturaleza le concedió.

-Dicen que el tamaño no importa. Que se lo cuenten a Elvira.

Su novia estaba obsesionada con las dimensiones. No era la única obcecación, pues también estaba lo de la frecuencia y la intensidad, pero sus quejas constantes versaban sobre que él únicamente le hacía cosquillas.

-Deténgase aquí- le dijo al taxista.

Pagó y subió a su departamento. Una vez dentro, llamó por teléfono a Elvira. Ella se sorprendió, pues no sabía a ciencia cierta cuándo regresaría de "Miami". Luego, al escuchar que él quería darle una sorpresa, ella abandonó la perplejidad y se tornó emocionada.

-Según salga del trabajo, corro a tu departamento- prometió.

Se desvistió y fue al cuarto de baño. Allí, contempló en el espejo el resultado de la operación. Era sorprendente que en diez días le hubiesen convertido en otro hombre. Elvira ya no protestaría por el tamaño. Ya no sería una sensación superficial, sino...

-¡Profunda!- exclamó, recreándose en su añadido.

Abandonó el baño, secándose con la toalla, cuando escuchó que tocaban a la puerta. Miró su muñeca. No llevaba el reloj. Era un poco bobo en ciertas cosas, pero se lo quitaba para ducharse.

-Ha llegado rápido. Se nota que le urge verme. Y se va a quedar...

La que se quedó absorta fue la mujer que encaró al abrir la puerta. Tenía unos cuarenta años, no era nada agraciada y vestía con la sobriedad de quien va de casa en casa intentando vender Biblias.

-¿Qué desea?- preguntó él.

Los ojos de la mujer se desmesuraron al observar, primero: que el hombre estaba desnudo, y después: un apéndice que... No respondió, dio dos pasos adelante, apartó con rudeza a Jacinto y se coló en su departamento. En el mismo mutismo, la mujer se dirigió al dormitorio, después de una ojeada orientadora.

Jacinto fue tras ella, sin entender lo que sucedía. Cuando llegó al umbral, vio que la mujer se había desprovisto de la blusa gris y andaba luchando con la falda negra. Para sorpresa de él, la vendedora de Biblias usaba ropa interior diminuta y de intenso rojo fuego.

-¿Se va a quedar ahí parado?- preguntó ella.

-Pues... supongo que no. ¿Es su costumbre vender en la cama?

-¡Claro que no!- exclamó ella, ofendida-. Pero lo que usted tiene... no se ve todos los días.

Él sonrió. Comenzaba a cosechar frutos la "insignificante" intervención quirúrgica. Le dolió hasta el alma, al menos durante siete días, pero el resultado...                                                 *       *       *       *       *     

Casilda, pues así se llamaba la vendedora de Biblias, logró llegar, reptando, a la puerta. Jacinto le había insinuado seguir probando su aditamento, pero ella tuvo miedo a un infarto. Había sufrido una erupción volcánica en el cuarto episodio, tras tres orgasmos de los que se saben que existen aunque únicamente de oídas. Cuando abrió los ojos, tras el terapéutico desmayo, saltó de la cama, cogió su ropa y huyó como alma que ve al diablo. Dejó el catálogo de las Biblias olvidado, pero la salud era primero.

-Bueno, a esperar a Elvira- dijo él-. Con Casilda he comprobado que no me han estafado.

Tocaron de nuevo. En esta ocasión sí miró el reloj, pues estaba sobre la mesa del comedor, al lado de la lata vacía de cerveza. Eran las seis, hora lógica de llegada de Elvira. Dio un salto y corrió a la puerta. No se decepcionó, a pesar de que no se trataba de su novia, ya que... era Florita, la vecina del piso de arriba. Estaba muy buena y ella lo sabía, combinación que originaba que nunca le hiciese caso. Además tenía un novio que era atleta, sin especificar jamás de qué competencia, y debía, por ende, echarse sus maratones.

-¿Qué se te ha perdido por aquí?

Jacinto, seguro ya de que el suplemento llamaba la atención, procuró que resaltase. Florita se quedó impasible, observando a su vecino como si jamás antes le hubiera visto.

-¿Qué te ha sucedido?- preguntó, cuando al fin puso hablar.

-Estas cosas no "suceden", sino que se fabrican.

-¿Y funcionan?

La sonrisa de él fue la respuesta. Florita entró en la sala, dejó la taza vacía sobre la mesa y se dirigió a la habitación. El azúcar podía esperar, o le diría a su madre que se lo pidió a un cubano que vivía a dos calles. Necesitaba saber si "aquello" trabajaba la mitad de lo que prometía.

Jacinto fue tras ella, abandonando la expresión de estupor que tuvo con la vendedora. Su artefacto sexual estaba garantizado. Si le fallaba, demandaría a la clínica.                                                 *       *       *       *       *     

Florita no huyó a causa del pavor, sino porque una hora era mucho tiempo para pedir azúcar a los vecinos. Pero prometió regresar, para ver si rompía un récord y conseguía llegar a seis espasmos en una hora. Su novio no conseguía proporcionar más de dos en tal lapso, y un tercero si es que la película de la tele estaba aburrida. Pero Jacinto... ¿Cómo no se había fijado en él? Es que antes no tenía... Y aunque fuera artificial, lo que producía era salvajemente natural.

-¿Y no es molesto tal tamaño?- había preguntado ella.

-Pues... sí. He de reconocer que es un poco molesto. Pero me han dicho que me acostumbraré pronto.

Al de dos minutos, otra vez tuvo que abrir la puerta. Susana, la prima de Florita quería ver el cambio que había sufrido Jacinto. Y no solamente ver, ya que... fue hacia el cuarto sin que la invitase.

Como el apéndice estaba en período de rodaje, Jacinto comenzó a dar señales de cansancio. Era mucho trajín en tan poco tiempo, y acababa de salir de la clínica. Por ello, a Susana le obsequió únicamente tres. Le dijo que estaba convaleciente y que..., apenas lograse fuerzas, él la llamaría.

Susana se fue feliz, porque andaba un poco atrasada en lo del clímax. Había discutido con su novio y el suplente salió de viaje. El tendero de la esquina, que solía cubrir faltas, tenía catarro, y el vecino de arriba acababa de casarse. Pero la abstinencia estaba rota y tenía la promesa de seguir comprobando si los doctores habían hecho buena labor con Jacinto.

-No sé como puedes cargar... eso- dijo, antes de despedirse-. Me encanta- puntualizó-, pero debe ser un estorbo. ¿Cómo haces para guardarla?

-Es difícil- reconoció él-. Me ha estado preocupando desde que salí de la clínica. Por mucho que lo intente, se nota.

-Claro que... con tal propaganda... no te va a faltar compañía. ¿Y cuando vayas a la playa?

-Espero que flote.

-No me refería a eso.

Apenas se fue Susana, llamó Elvira. Su jefe, un negrero, le había dado trabajo extra y tardaría aún una hora. Jacinto lo aceptó sin molestarse, ya que le vendría bien un descanso. Había comprobado que aún no estaba muy repuesto, y las tres visitas fueron maratónicas.

-Ya voy- dijo, sin ganas, al escuchar de nuevo tocar a la puerta.

Seguramente la vendedora había recordado el catálogo y volvía a por él. Abrió y... era una repartidora de pizzas. Él no había pedido pizza. Contempló a la joven: veinte años, cuerpo de mimbre, minifalda y "una pierna"... Él sabía que las hacen con dos, pero ambos ojos estaban ocupados en la que ella adelantaba.

-¿Es usted el de la pizza?- preguntó ella.

-No, yo no. El aficionado a las pizzas vive enfrente.

Ella se quedó petrificada. Acababa de notar el "detalle". Estuvo a punto de desmayarse, y Jacinto, al percibirlo, sujetó la caja de la pizza.

-No se mueva- dijo la joven-. ¿Tiene licencia para usar "eso"?

-Como los pies. Es de fábrica- alardeó.

-Espere un segundo- dijo ella-, que no me tardo. No vaya a cerrar la puerta. Dejo la pizza y... regreso.

Él entornó la puerta, ya que no deseaba que al vecino de enfrente se le fuera a antojar "algo". Luego la abrió, cuando la repartidora entró como una tromba.

-Tengo poco tiempo- anunció ella-, pero no me voy sin saber si "eso" es de verdad.

Jacinto se resignó. Ella estaba muy bien, y no podía decirle que "aquello" era un regalo para Elvira. Además, confiaba en la palabra de los de la clínica, que le habían asegurado que no se le bajaban las pilas.

Fue breve, pero intenso. Betty tenía menos prisa de lo que dijo y quiso saber si al tercero el añadido se descosía, se partía o se hacía polvo. Pero descubrió, al cuarto, que se cansaba el dueño, pero no la prótesis.

-Cuando ordenes pizza- dijo, de despedida-, pides que te la traiga yo.

-¿No temes morir?

-Mejor así, que bajo las rudas de uno de esos locos de ahí afuera.

Él no la acompañó a la puerta. Estaba débil, sudoroso y exhausto. Jamás, ni en sus sueños, había imaginado que en una tarde...

-Cuatro... - dijo en un susurro- mujeres. A una media de... ¡Qué salvajada!

Estaba a punto de dormirse cuando volvió a escuchar que tocaban. Se prometió no abrir de no tratarse de Elvira. No podría recibirla como se merecía, si otra se le adelantaba. Su artefacto había demostrado resistencia, pero él era incapaz de seguir usándolo. No era un superhombre, por mucho que...

Vio a Elvira por la mirilla. El corazón le dio un vuelco. Abrió apresuradamente, con los brazos en cruz. Elvira saltó hacia los brazos de Jacinto. Buscó sus labios, pero él eludió el beso. Eso sería luego. Se separó un paso, abrió la boca e hizo un guiño. Ella, entonces, reparó en la innovación.

-¡No, no es posible!- retrocedió espantada.

-Lo es. Es el resultado de diez días de ausencia.

-¡Santo Cielo! Te has alargado la... - Elvira estaba pálida-. Lo has hecho... ¡por mí!- había despertado por fin-. ¡Cariño, qué maravilla! Ahora sí lo pasaré fenómeno - volvió sobre él, abrazándole como posesa-. ¡Te has alargado la lengua por mí!

Jacinto exhibió el apéndice bucal. Elvira sintió un escalofrío surcarle la espalda cuando la lengua de Jacinto se deslizó por su mejilla derecha, dobló por debajo de la oreja y le ensalivó la nuca. Adelantó, con pánico, lo que ocurriría aquella noche, durante el vasto tiempo en que ella intentaría comprobar la efectividad de la prótesis.  

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