Seguramente el peor momento del día para Ana era después de comer, esa hora de la tarde en la que la gente aprovecha para dormir la siesta, o simplemente para no pensar durante un rato. Pero no era en eso en lo que Ana invertía ese tiempo de la digestión. Era durante esas horas en la que su mente funcionaba de forma más activa, y en las que le asaltaban sus pensamientos más obsesivos.
Todos los días se sentaba refugiada en un libro y fingía leer mientras esas conversaciones imaginarias que solía tener asaltaban su cabeza. Aunque, más que conversaciones, solían ser reproches: a su madre por tratarla como si fuera invisible, por criticar cada aspecto de su vida, sus decisiones. Todo. Incluso había tomado la determinación de que sería ella quien dirigiría sus pasos; a sus amigos, que nunca había terminado de entenderla, más aún, que no se habían parado a preguntarle qué tal estaba de verdad.
Había leído que Freud llamó a eso que ella hacía “sueños diurnos”. No le parecía que Freud hubiese tenido nunca ningún tipo de conversación como las que ella tenía. Porque ni tenían por qué ocurrir durante el día, aunque en su caso fuese así, y en ningún podían ser llamados “sueños”. Desde luego, el hombre que ideó aquella teoría “pansexualista”, no tenía la menor idea de lo que hablaba, por mucha fama que hubiese conseguido, incluso después de muerto. Por lo menos, en lo que se refería a sus “sueños diurnos”, Freud se equivocaba. Y mucho.
Esas discusiones que rondaban su cabeza nunca se harían realidad, porque sabía que nunca sería capaz de reunir el valor necesario para decirle a cada una de esas personas exactamente lo que pensaba de ellas, aunque fantaseaba con la cara que pondrían si ella tuviese las agallas necesarias. ¿O era porque en realidad no pensaba aquellas cosas, y se enfadaba con todos los demás, con tal de no enfrentarse a sí misma? El caso es que había algo en aquello que le divertía. Simplemente jugaba a construir conversaciones en las que ella, por una vez, podría decirles a todos lo que pensaba, o creía que pensaba de ellos, en qué le habían fallado. Porque de lo que sí estaba segura era de que todos, sin excepción, habían desaparecido de su lado cuando ella les necesitaba. Intentaba elaborar argumentos perfectamente construidos, en los que ella quedase como la “ganadora”. Al fin y al cabo, aquello era para ella una cuestión de control. Puede que fuese esa sensación de ganarles por una vez lo que le divertía. Siempre se preguntaba por qué la gente de la que se rodeaba habían tenido mucha más suerte en la vida que ella. Nunca había creído que si deseas algo con mucha fuerza, al final acabas consiguiéndolo. Eran habladurías estúpidas. Y sabía eso por experiencia. No podía contar las veces en que lo había intentado. Todas aquellas cosas no se había cumplido, y no fue porque Ana no las hubiese deseado con fuerza. Lo único que regía el mundo era el azar, la suerte de estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, y con las personas adecuado. Encontrar lo adecuado era simple cuestión de suerte, y estaba claro que ella no la tenía, y seguramente, no la tendría nunca.
Lo que más le gustaba era pensar en las cosas que Alberto le decía para rebatirlas. Le encantaba recrearse en sus opiniones y enorgullecerse de la coraza que tan bien había levantado a su alrededor cuando Alberto estaba cerca. Ella creía que el problema entre ellos es que Alberto no la escuchaba realmente. Lo único que buscaba en sus palabras eran expresiones familiares que le permitiesen etiquetarla y colocarla en un estante de su ordenado mundo. Alberto era una de esas personas a las que no les gusta que las cosas se saliesen de la norma. Y ahí estaba precisamente el problema de Alberto: las personas no son cosas que se puedan clasificar, etiquetar de una vez para siempre y colocar en el lugar que les corresponde. Él no escuchaba nada de lo que ella decía, de lo que quería o sentía. Lo único que pretendía era llevarla a su terreno. Pero Ana sabía que él nunca podría conseguirlo. Ella no era como las demás personas. Había visto cosas que nadie había sido capaz de ver, y eso la hacía inclasificable.
No se daba cuenta Alberto de que cuando una persona hace siempre las mismas preguntas, esta condicionando las respuestas, es decir, que unas preguntas determinadas esperan ciertas respuestas. Ella podría enseñarle muchas cosas a Alberto, como la importancia de sentarse simplemente a escuchar a las personas, sin esperar absolutamente nada de ellas, eliminando los prejuicios antes de haber oído todo lo que los demás tiene que decirnos. Él nunca admitiría aceptar las ideas que ella tenía que darle al respecto, precisamente porque Alberto la había clasificado entre las personas inestables del mundo. Una psicótica. “Pues has de saber, querido Alberto, -pensaba decirle algún día-, que puede que los psicóticos tengan una lucidez en algunos aspectos que no tienen las personas a que tú llamas “normales”. Si te parases a escuchar sólo cinco minutos los que tengo que decirte, tu vida nunca volvería a ser la misma. Tu problema es que eres tan corto de miras, y eres tan poco consciente de ello, que jamás te dignarás a pararte esos cinco minutos conmigo. Piensas que eres mejor que yo, pero te equivocas. Y mucho. Yo escucho a las personas, tú sólo las usas, como objetos, para vanagloriarte de lo mucho que sabes. No eres más que un niño idiota y malcriado, un crío que lo ha tenido todo, que nunca ha tenido que luchar para conseguir sus sueños. Pensándolo mejor, creo que no te otorgaré esos cinco minutos. No te los mereces. Tú no lo entenderías aunque de verdad quisieses hacer ese esfuerzo”.
Después de este momento triunfal sobre los que se creen superiores, Ana volvía a caer en el abismo. Otra serie de conversaciones basadas, no ya en suspicacias, como las de Alberto, sino en reproches. Acababa gritándole –mentalmente- a su madre, que era a la persona a la que más cosas creía que tenía que decirle.
Al final, acababa poniéndosele un nudo en la garganta, o en el estómago, nunca estaba muy segura de eso. Hacía tiempo que parecía haber dejado de sentirlos a los dos. Aunque mantenía siempre el libro delante de su cara, para que nadie la viese vocalizar –algo que siempre pasaba cuando las conversaciones la alteraban- no podía derramar ni una sola lágrima. En primer lugar por orgullo, porque ninguna de las personas que le había hecho daño en su vida se merecía ni una sola de las lágrimas que salían de ella. Pero sobre todo, porque aunque intentaba evitarlo lavándose la cara con agua helada, acababan hinchándosele los ojos, y no quería que nadie le preguntase qué era lo que aquel libro le había hecho sentir tanta emoción, de qué trataban los libros que la dejaban absorta como para hacerla llorar. Alguna vez la habían visto así, y ella se había inventado la historia del libro, relatándoles aventuras increíbles y emocionantes. No importaba. Estaba segura de que, contase lo que contase, ninguno de ellos se hubiese molestado en abrir ninguno de esos libros a lo que ella les inventaba el argumento. No le hacía sentir mejor, pero sabía que ella era muy diferente a ellos. De hecho, se sentía diferente a todo el mundo.
Al final de sus conversaciones, siempre llegaba a la conclusión de que, cuando alguien piensa que todo el mundo está equivocado, quien sobra en la escena es ésa persona. Lo cierto es que había pensado innumerables veces en el suicidio. Incluso había planeado algunas formas de hacerlo. Todas le parecían imperfectas. Sabía que en el momento en el que encontrase la manera idónea de hacerlo, no se lo pensaría dos veces. No podía cortarse las venas. No le parecía un suicidio con clase. No quería que encontrasen su cuerpo rodeado de sangre.
La manera que finalmente hallase para poner fin a todo, debía ser algo lo más indoloro posible para su familia. Tendría que ser algo elegante. Pero sobre todo, aquellos que le habían fallado debían saber que no había sido un acto instintivo, que lo había meditado y que se habría ido en paz, sin violencia. Normalmente se dice de las personas que se suicidan que son una cobardes, que no han sabido afrontar la complejidad de la vida moderna o algo parecido, que no han sabido canalizar su estrés. Tonterías. Ana pensaba que suicidarse era una de las decisiones que requieren más valor, porque se trata, nada más y nada menos, que arrebatarse a uno mismo lo único que tenemos los seres humanos.
Era la hora. Alberto entró en aquella sala blanca, fría, despersonalizada, aislada, e hizo un leve gesto con la cabeza a Ana, indicándole que su tiempo había concluido. Siempre tenía ese aire de suficiencia cuando iba a buscarla. Puede que su elevada altura le ayudase a sentirse superior a ella. Ana se levantó y se dirigió hacia su doctor arrastrando los pies al andar, para demostrarle que, si le gustaba poco tener que estar ese tiempo allí, sentada sin hacer nada más que discutir, le gustaba menos el tiempo de conversación con Alberto que venía después. Y siempre pretendía que él se diese cuenta de ello, sólo para que fuese consciente de que su actitud, al menos con ella, no funcionaría jamás. Ya se encargaría ella de que fuese así. “¿Por qué no puedo dormir la siesta en estos momentos del día como hace la gente normal?” –se preguntaba Ana en la sala de trastornos digestivos del hospital. Su tiempo de reposo de después de comer había terminado por fin. Sin vómitos ni cortes en las piernas, como antes, cuando ella controlaba su frágil vida. Eso ya era algo, aunque a ella no le parecía la mejor opción. ¿Qué había de bueno en que alguien al que conoces desde hace un mes tenga el control absoluto sobre tu vida? Ella no había pedido esa ayuda que Alberto pretendía darle, con “su gran bondad”, no la pretendía, no la deseaba, no la quería. Pero no tenía opción. Ahora sólo tenía que seguir fingiendo que era una persona totalmente sana hasta la siguiente comida.