Don Martín se encontró con el profesor como a las seis y media de la tarde de ese viernes.
Qué hubo, mi profe. Vamos a echarnos los dos tragos pues, -le dijo-.
Quince años de profesor rural en Rizo de Oro no eran pocos y por tercera vez en todo ese tiempo, Adelino González entró al lugar.
La cantina era la misma de toda la vida. Lo de siempre y los de siempre; las mismas paredes blanqueadas con cal, el mismo olor agrio, el mismo mostrador de madera, el mismo cantinero viejo y enjuto, el mismo estante con unas cuantas botellas de aguardiente.
Buenas tardes, -saludó Adelino-.
Con indiferencia, uno susurró: -buenas tardes-, otro se llevó la mano derecha al sombrero raído, otros sonrieron y asintieron con la cabeza mientras Adelino y don Martín caminaban hacia el mostrador.
Con el vaso de aguardiente en la mano, Adelino dijo -¡salud!- y bebió un sorbo mientras observaba a un hombre que bebía solo, en silencio y con la mirada fija en el vaso que sostenía con la mano derecha mientras apoyaba los codos en el agrietado mostrador de madera.
El gesto de preocupación y un ligero temblor de la mano que sostenía el vaso, delataron la incomodidad de Adelino.
¿Qué le pasa pues, mi profe?,-preguntó don Martín-.
Adelino movió la cabeza de lado a lado sin decir nada y volteó hacia la puerta en el momento en que otro hombre entró con paso decidido, se plantó en mitad de la cantina y se dirigió al que bebía solo frente al mostrador.
¡Oye tigre! Dice por ahí la gente que eres muy hombre y que ya has adelantado a varios. A mí se me hace que te la están componiendo y que no eres tan tigre como dicen.
El hombre al que le hablaba no se movió. Siguió apoyado sobre el mostrador sin despegar los ojos del vaso de aguardiente, fijándolos en el color ámbar que se formaba a través del cristal al traslucir la madera gastada en que apoyaba los codos.
Otra vez, -pensó-.
Sin voltear, sin moverse, sin ganas de responder, comenzó a esculcar en su memoria, tratando de encontrar una razón para que le hablaran así.
Era la segunda vez que pisaba ese pueblo y no recordó ninguna diferencia con alguien ni tener muchos conocidos por ahí.
Escuchó nuevamente:
¡Te estoy hablando, tigre!. ¿O es que ahora amaneciste arrugado?
Lentamente, Alonso Rentería volteó hacia el hombre que le hablaba.
Cacarizo, como de treinta y cinco, sin bigote y sin muchas trazas de ser hombre de pelea.
Está borracho, -pensó Alonso-; es otro que se quiere agrandar a mis costillas.
No vine a pelear y yo a usted ni lo conozco, -le dijo con firmeza-.
Mira compita, -le espetó mientras doblaba una manga de la camisa de mezclilla desteñida-; por si no me conoces, yo soy Manuel Solís y por si no buscas movida, de todos modos ya la encontraste. A mí no me gustan los de afuera que vienen a restregarnos su fama en la cara como si no tuviéramos sangre en las venas, -agregó-.
Alonso volteó nuevamente hacia el mostrador, apuró de un trago el aguardiente que quedaba en el vaso y le hizo una seña con el pulgar al cantinero para que se la llenara nuevamente.
Con la mano temblorosa, el viejo llenó el vaso hasta que derramó parte del chorro de aguardiente que salió de la botella. Limpió el derrame con un trapo rojo y dijo:- dispense-, mientras intentaba una sonrisa mostrando unos cuantos dientes amarillentos, torcidos y desgastados.
El tigre empinó el vaso y volteó nuevamente la cara para decir:
A lo macho, compa, no hay razón para que nos mátemos. Siga su camino y déme chance de seguir el mío.
Manuel Solís sonriendo exclamó:
Ah, qué con el tigre Rentería. En Jiquipilas, en Cintalapa, en Tiltepec, en Coita y en todos lados se orinan cuando alguno lo reconoce y resulta que ahora aquí está pidiendo chance. Sépase amigo que aquí en mi pueblo solo con las mujeres se habla de chance. Qué se me hace que nos tienen espantados con uno que no es tan tigre como dicen.
Adelino y don Martín se alejaron del mostrador y se juntaron con los seis o siete ensombrerados, asoleados, curtidos, que se habían pegado a la pared.
Sólo Alonso Rentería en el mostrador y sólo Manuel Solís en medio de la cantina; una cantina como las de acá, pues; sin mesas, con un mostrador y dos o tres bancas pegadas a la pared, con salivazos por todos lados y ese olor a miseria que a fuerza de sentirlo, uno se acostumbra y hasta le va agarrando gusto.
Alonso volteó nuevamente, con lentitud, hasta quedar frente al hombre que le hablaba. Su mirada ya era otra, más dura, más fría, más profunda.
Vamos a ver pues qué tan en serio estás hablando, -le dijo-. Y si te pedí que mejor ahí la dejáramos, no es porque lo que nos hace hombres no lo tenga yo en su lugar. Es por otras cosas que ni caso tiene hablar. Vamos afuera, pues.
En el velorio y después, en el entierro de Manuel Solís, la mujerada hablaba y hablaba en voz muy baja y los hombres, en grupos, preguntaban a los que estuvieron en la cantina la noche anterior para saber cómo había ocurrido la desgracia.
Don Carmen Martínez iba de grupo en grupo, moviendo los brazos y gesticulando para describir cada palabra y movimiento, agrandando y arreglando la historia, que si eran como las siete de la noche, que si Manuel Solís alcanzó a desgarrarle el brazo a Rentería con la segunda entrada que le hizo con el cuchillo, que si el tigre ni se mosqueó cuando le dio a guardar hasta el puño su arma a Manuel abajito de la tetilla, que si qué clase de hombre o de diablo sería Alonso que cuando dejó tirado y desangrando a Manuel, volvió a entrar a la cantina, pagó una botella de caña, limpió el cuchillo y su mano derecha con un pañuelo colorado, metió la botella en el morral y salió como si nada, a pie, como cualquier hijo de vecino, con mucha calma, acomodándose el sombrero y perdiéndose en la obscuridad.
En el camino de regreso del panteón, don Martín se acercó a Adelino:
Oiga profe, dicen que el Rentería ese, es de allá por Arriaga. Usted que es de ahí, ¿no lo conoció antes, en su tierra?
No, nunca lo vi,- contestó Adelino-.
Pasó tiempo, casi tres años sin que pasara nada en este pueblo como muchos de los pueblos de acá, donde casi nunca pasa nada, donde a veces tardamos años para dejar de hablar de lo poco que pasa, una desgracia, una pelea, un casamiento, un muerto o cualquier noticia que a veces alguien trae de algún lugar vecino.
En la misma cantina adonde una noche Manuel Solís entró a buscar su desgracia, Adelino González ya había agarrado vuelo y agrado en la plática con los viejos esa noche, cuando los que estaban ahí, repentinamente guardaron silencio y dejaron sentir en el aire el olor del miedo; ese olor medio amargo y agarroso que no se siente con la nariz sino con el alma, porque así es el olor del miedo.
Adelino volteó, y desde el mostrador, el tigre Alonso Rentería, con esa mirada por la que nunca asomaba ningún sentimiento, con ese bigote grueso, áspero y negro, con esa boca por la que nunca nadie supo que saliera una sonrisa, le dijo: -Qué hubo, profe-.
Buenas noches, Alonso,- contestó Adelino-.
El tigre volteó hacia el mostrador apoyando los codos y después de tomarse dos tragos, pagó y salió sin decir nada.
Mientras el murmullo llenaba el lugar, don Martín, acercándose a Adelino, le dijo:
Se me hace que usted lo conoce bien, mi profe. Ya ve cómo lo saludó.
Adelino González no contestó. Apuró de un sorbo el aguardiente del vaso que tenía en la mano, dijo:- buenas noches- y salió del lugar.
Adelino llegó a su casa, calentó el café que estaba sobre la parrilla, llenó una taza y bebió sorbo a sorbo, muy lentamente.
Pasó la noche sin poder dormir, dando vueltas y vueltas en la cama.
Eran casi las cinco de la mañana, cuando escuchó que desde la calle, don Martín le llamaba.
Se levantó y abrió la puerta.
¿Qué pasa, pues, don Martín?, -preguntó -.
Profe, tenemos que hablar, -comentó-.
El viejo esperó a que Adelino terminara de prender la lámpara de petróleo, tomó una silla y le dijo:
Fíjese mi profe que anoche, los federales le venían siguiendo los pasos a su amigo, el Rentería. Lo venadearon merito saliendo del arroyo que está adelante del terreno de mi compadre José Penagos. Él mismo fue el que me trajo la razón.
Adelino se sentó, mientras preguntaba.
¿Y por qué me viene usted a contar esto a mí?
Porque creí que a lo mejor era asunto de su interés, yo digo porque solo tres veces puso pié en este pueblo el hombre, y de las tres, solo en dos ocasiones habló con algún cristiano, una vez con el finado Solís y otra vez con usted,- respondió-.
Bueno,-confió Adelino en voz baja-, lo conocí de muchacho, pues, pero nos dejamos de ver y ya nunca supimos nada el uno del otro. Yo solamente supe de él cuando se hablaba de los muertos que iba dejando por su camino. Ya ve usted que fueron varios.
No me hago a la idea de cómo pudieron educar tan a la fuerza a un hombre como el tigre Alonso Rentería como para que saliera un diablo como ese, -dijo don Martín-.
No se crea, don Martín, -dijo Adelino mientras comenzaba a desatar el recuerdo-.
Y habló de los días en que Alonso Rentería, a los seis o siete años, se había bautizado solo.
Soy un tigre, soy un tigre, -gritaba mientras perseguía a los que jugaban-; ténganme miedo porque soy un tigre.
El tigre, el tigre; se repitió en tantos juegos que al final, era difícil acordarse que el tigre se llamaba Alonso Rentería.
Y es bien cierto, don Martín, el tigre era mi amigo. Era mi gran amigo. A los once años dejó la escuela para irse a vivir y a trabajar al rancho de su tío. Con ese amigo fumé mi primer cigarro y tomé mis primeras copas. Pero ese amigo, que a los pocos años de que dejó la escuela se fue volviendo muy arrevesado, en el fondo, era un hombre muy golpeado.
En serio, don Martín. Cómo cree usted que iba yo a hablar de él, si siempre supe lo que era tenerle miedo a Alonso Rentería.
Cómo diablos iba yo a poder platicar que cuando tomábamos unos tragos, el tigre se ponía a llorar porque le quemaba el alma que a su mamá le tuvo sin cuidado cuando se fue con un soldado y lo dejó ahí a la buena de Dios con su tío.
Y fuimos amigos, buenos amigos hasta los dieciocho, cuando me fui a Tuxtla a estudiar la normal.
El día en que nos despedimos, Alonso me anduvo buscando toda la tarde, hasta que me encontró en el parque y me dijo que quería que nos echáramos un trago. Bueno, en realidad no fue uno ni dos, fueron muchos.
Cuando ya estábamos algo tomados, nos fuimos al cuartito que su tío le prestaba en el traspatio de la casa.
Cuando llegamos, el tigre Rentería se puso muy serio y me dijo: -Adelino, me voy a ir de aquí porque ayer como a las tres de la tarde maté al vaquero del rancho de mi tío. Lo maté porque se burló de mí, porque me dijo que él había conocido a mi mamá trabajando de fichera en un cabaret de Tonalá-.
Yo me quedé muy sorprendido, don Martín, y más cuando Alonso me comentó también que le había dejado ir el cuchillo en el estómago y que ahí lo había dejado tirado en el potrero.
Y Alonso Rentería me pidió algo don Martín, algo en lo que yo nunca le fallé.Me dijo: Antes de irme, Adelino, quiero que sepas que tú eres el único amigo que he tenido y yo te pido que nunca le digas a nadie lo que sabes de mí. Después se fue y nunca lo volví a ver hasta esa noche en que mató a Manuel Solís.
Trabajando aquí en Rizo de Oro, pues ya ve usted que se entera uno de algunas cosas. Me enteraba de la vida de Alonso, igual que todos, por la gente que comentaba que primero había matado a uno a la mala en Arriaga, después, que se fajó con un soldado en Cintalapa y lo mató en un camino, después, otro en Coita, en Jiquipilas, en Tiltepec, en Berriozábal y en quién sabe cuántos lugares más hasta que la gente le contaba catorce muertos.
Y no crea usted don Martín que no me dolía cuando decían que siempre vivía así, que iba por los pueblos y ranchos, trabajaba un tiempo y luego tenía que salir y volver a caminar porque nunca le faltaba quién quisiera probar que era más hombre que el tigre Rentería.
Catorce muertos, de frente y con cuchillo -dijo Adelino con asombro-.
Se guardó lo último que pensó: -Tal vez con el mismo cuchillo aquel que le compré a un cachuco en doce pesos y que yo mismo le regalé a mi amigo Alonso Rentería-.
Pero tenía que acabar mal, don Martín, si hasta yo, que fui su amigo, aprendí a tenerle miedo, porque de ley, que era la muerte. Cuando él llegaba, alguien se iba.
Don Martín ya no comentó nada, se despidió y salió con su paso cansado de siempre.
Adelino se sentó en la grada de la puerta, con la taza de café en la mano, mirando los cerros por donde empezaba a salir el sol.
Que descanse en paz, -pensó-.
Pero cumplí con el favor que me pidió y nunca le dije ni le voy a decir a nadie que el tigre Alonso Rentería, mi gran amigo, ese hombre que nunca tuvo mujer según la gente porque en ningún lado lo dejaba vivir su mala fama, ese que dicen que era temible, decidido, duro y que no conocía el miedo, era más débil de lo que todos se imaginan.
Muy débil en el alma y en el sentimiento, porque al tigre, aquella última vez que lo vi en Arriaga, la noche de cuando vio correr la sangre de su primer difunto, la última vez que me tomé un trago con él, no sé cómo pude, sin lastimarlo, explicarle que yo no tenía esas ideas, cuando me abrazó, me dijo que tenía mucho miedo y que no sabía por qué, pero que a mí me quería no solo como amigo y que antes de irse, me pedía que aunque fuera solamente por esa noche, pero que por favor, por favor yo aceptara que durmiéramos juntos.
Quemaduras de tercer grado
Hay muchas cosas, pensamientos y pedazos de la vida, Beto, que se quedan con nosotros y están mordiéndonos todos los días en el alma.
Nunca volví a verte, pero sabes igual que yo que después de la última vez que nos vimos, ya no fuimos los mismos, porque quedamos marcados con quemaduras que arden siempre que saludamos a un amigo y cada vez que damos un beso a los hijos.
No hay en todas las formas de pedir algo, cómo pedirte que perdones, que comprendas, que olvides.
No entiendo porqué, pero nunca supimos que nuestro encuentro con la vida nos convertiría en nuestros propios verdugos, en los destructores de lo más grande que tuvimos.
Cómo decirte que eres el único que de verdad valió la pena, el único que no debe avergonzarse de nada, porque de ese grupo, eres el más limpio, el mejor.
No recuerdo cuándo llegó a Tumbalá por primera vez. Creo que desde siempre lo vimos cada viernes, cuando llegaba con la mulada del correo.
Lo admirábamos de lejos y nos alegrábamos cuando llegaba. Lo admirábamos, tal vez porque él no iba a la escuela, porque trabajaba, porque a nuestros once o doce años, él era un hombre entero, curtido, como decíamos.
Nos ganó su risa franca, su plática viva y pronta; moreno igual que todos, pero mejor que todos. Qué envidia cuando llegaba orgulloso y cansado en aquella vieja yegua blanca --”solo conmigo se deja montar”--con mataduras en el lomo --”es porque el otropatojo no sabía ponerle bien el jato”-- , flaca y huesuda --”es porqueestá muy trabajada”-- , con una campana colgada del pescuezo --”asívamos llamando por todo el camino a las mulas para que no se vayanpara otro lado”-- y esperábamos a que los arrieros terminaran de descargar las mulas, de darles agua y maíz, de encerrarlas; en fin, esperábamos a que dejara de ser el patojo de la mulada para poder tener como uno más de nosotros al Beto, a nuestro amigo.
Te admirábamos mucho, Beto; el güiro, el patojo, el campanero de la mulada de don Rey, ese hombre tan anónimo y tan sin tiempo.
Nos platicabas de todos los pueblos, de todos los ranchos por los que pasabas y nosotros -- ”¿cómo es ahí?”-- nos asombrábamos con los nombres mágicos de los lugares y de la gente.
Nosotros íbamos a la escuela y de los amigos, eras el más querido a pesar de que las mamás --”con ese muchachito solo vas a aprender malcriadezas” -- nos advertían severamente de los peligros que según ellas, entrañaba el gozar de la suerte de ser tu amigo.
Cuando terminamos la primaria, sabíamos con absoluta claridad que cumplíamos con uno de los requisitos más importantes para que en Tumbalá te aceptaran, te reconocieran y te dieran un lugar. Podías trabajar de dependiente, de ayudante de mil cosas y, a partir del sexto año de primaria, la vida caminaba en ese pueblo, con la dimensión de quien se ha graduado en la universidad del hombre y se dedica a ejercer en una práctica profesional que tenía en la suma, la resta, la multiplicación y la división, la quintaesencia del saber para emprender las más altas formas de una vida, no sé si activa o melancólicamente pasiva.
¿Te acuerdas de los amigos?
El Chilo, el Jobi, el Amado --”hola, ratón sin cola”--, el Pancho Ireta --”a mí no me gusta que me llame tiurúz cualquiera, solo misamigos” --, el Nacho, aquel que platicaba que a un tío suyo le dieron unas pastillas para dejar de beber y no había podido dejar de hacerlo pero después del tratamiento sentía que ya no se emborrachaba tan fácilmente, el Víctor, el Roscón, la Loquita, el Serori, el Masho, el Calaca, el Mejoralito y todos los demás. Todos los que sentíamos que al irse el tiempo de la primaria, llegaría la vida.
Cómo pasábamos el tiempo hablando del momento en que ya afuera de la escuela, el cuerpo de una mujer nos haría pasar de una vez por todas la raya, para colocarnos del lado de los que ya eran hombres. El Pancho --”dicen mis hermanos que si uno no va conalguna mujer antes de los quince años, puede morirse” --, el Roscón -- ”dicen que es necesario hacerlo cuando uno todavía estáchico, para poder criarse” -- , el Amado -- ”mi primo Meli, que viveen Yajalón, me dijo que allá hay un cabaret que se llamaPénjamo y ahí las mujeres cobran cinco pesos”-- y todos, todos repetíamos o inventábamos la historia y deseábamos que Tumbalá --”ojala hubiera aquí una con la que se pudiera” --, hubiera sido el mundo grande que queríamos y necesitábamos.
Pero no; nuestro pueblo viejo no era lo que queríamos ni tenía cabida para esa parte de nuestra necesidad de dejar de ser niños. Ahí no conoceríamos esa cara de la distancia entre la escuela primaria y la vida.
Cuando el profesor Juvencio nos indicó un día de aquellos que debíamos entregar fotografías para los documentos, nos miramos emocionados unos a otros y comenzamos a sentir una rara combinación de ansiedad y miedo, porque nadie en Tumbalá sacaba fotos y nuestro pensamiento, nuestro tiempo, nuestra conversación, solo tuvieron un lugar: Yajalón, el cabaret, cinco pesos, una mujer,.....ser hombres.
¿Te das cuenta, Beto, que todo eso era para nosotros la promesa de que seríamos hombres al volver? ¿Que la vida sería nuestra al regresar? Ahora me doy cuenta que nunca concebimos otra puerta para empezar el camino, aunque tal vez pudieron haber habido otras.
Tumbalá--veintiocho kilómetros--Yajalón. No recuerdo mucho de las veredas por las que caminamos porque para esos trece aspirantes a hombres, fueron cuatro horas más de bromas, de amigos, de sueños, de juegos, de aventura, cuatro horas menos de espera ansiosa por conocer el mundo que aún no era el nuestro.
Sonrío al recordar nuestros gestos al ver por primera vez los carros; nuestras expresiones de admiración al darnos cuenta que eran reales esas máquinas que solo suponíamos que existían y que de pronto pasaban con aquel extraño estruendo y aquel olor tecnológico y penetrante de la combustión de la gasolina.
Después de las fotos, esperamos a que llegara la noche y en todo el día no comimos, porque te juro, Beto, que no tuvimos hambre porque siempre tuvimos miedo.
El miedo ya no era miedo sino algo más, cuando el Amado llevó a su primo hasta nosotros. Melitón, triste nombrecito, ¿verdad? Se veía bien curtido y contrastaba con nuestra pequeñez. Tú nos dijiste que no lo conocías y yo --”¿A qué hora vamos?”-- queriendo parecer valiente para esconder el miedo y el Melitón, autosuficiente --”espérate a que sea más tarde, que no es una venta de tacos”-- nos indicó que nos llevaría cuando lo creyera conveniente.
A las diez de aquella noche caminamos por esa calle que por su pendiente, bien refleja hasta hoy el duro camino que para nosotros representaba subir al lugar donde se quita el miedo, al lugar a donde solo iban los hombres.
El Melitón fumaba y se reía con comentarios --”a versi se les para”-- que reflejaban el profundo desprecio que un maduro hombre de catorce años puede sentir por unos muchachitos de doce, engentados, ajenos, impropios del lugar y de sus circunstancias y que con risitas estúpidas soportábamos las burlas.
Y tú, Beto, caminaste como uno más de nosotros. Siempre creímos que esos caminos ya no te eran desconocidos, que te habías adelantado en el recorrido del camino de la vida aunque nunca alardeaste de ello; es más, nunca lo mencionaste siquiera. Todos creíamos en ti y te admirábamos, y después de cuarenta y tantos años, yo no he hallado ninguna razón para dejar de hacerlo.
El lugar era una casa igual que todas las de esa calle. Desde ahí, la vida se mira de bajada. Un foco rojo como identificación y....el miedo.
Nos asomamos a la puerta y en la semi oscuridad del local, vimos que fumaban, sentadas, etéreas, las tres mujeres que el Melitón decía conocer hasta por sus nombres. Nuestras voces apagadas --”qué bonitas están”--, amontonados en la puerta, apretados unos con otros, creo que todos con la mano en el bolsillo para estar seguros de que los cinco pesos estaban ahí y ...el miedo.
El Melitón muy seguro --”escojan cuál y yo le hablo”-- , el Amado --”mejor vámonos y regresamos más tarde”--sin ocultar el miedo, y luego, la voz fuerte que venía de la parte más obscura de la calle: -- ”¡a ver pinches chamacos, lárguense a su casa !” --y el Melitón que nos instó a regresar --”es el comandante, vámonos para abajo”--.
Yo tuve aún más miedo y casi corrí por aquella calle obscura y choqué dos veces con esas enormes casuarinas que están a la mitad de la bajada.
Cuando cruzamos el puente, nos encontramos todos en el parque nuevamente reconvertidos en niños. Sentados en una banca, nos quedaba la frustración, la justificación del Amado --”a los chamacos no los meten a la cárcel pero les dan con un chicote que duele como no tienen idea” -- y la autosuficiencia del Melitón --”allá por San Luis, hay una mujer que también cobra cinco pesos pero esa no está bonita” --. Nos quedaban también las preguntas de todos -- ” ¿y allá no llegan los policías? “--, el miedo del Masho --”mejor ya no vayamos” --, tu respuesta, Beto -- ”no es cierto, yo conozco bien por ahí y no hay ninguna mujer que cobre, además está muy obscuro y no se puede llegar”-- y nuestra curiosidad --”vamos aunque sea a ver” --. Tú nos dijiste de tu viaje con la mulada al día siguiente -- “tengo que ir mañana hasta Salto de Agua, ya me voy a dormir”-- y te fuiste y nosotros nos quedamos en el parque convenciendo a nuestro miedo --”vamos a echar solo una miradita y si hay problemas nos regresamos”--, hasta que decidimos ir.
La obscuridad, la calle, los perros, y todos seguíamos caminando por una nueva subida.
Nos detuvimos frente a una casita sin luz, igual que todas, sin señales de nada, sin señales de estar ahí. El Melitón llamó tocando dos veces a la puerta de tablas y no pasó nada.
Tocó una vez más y cuando se abrió aquella puerta, estoy seguro que todos sentimos lo mismo: que no debíamos estar ahí. Una vela, un candil o no sé qué, alumbró con miseria a una mujer que tal vez sin poder vernos, preguntó: --” ¿qué quieren?”--.
Nadie de nosotros contestó; nadie dijo nada, como hasta hoy, Beto, que los que fuimos aquella noche no tenemos nada qué decir ni qué decirnos y quedamos con la memoria muda como si nunca lo hubiéramos sabido.
Y fue cuando lo entendimos, porque te oímos, porque fue cuando lo dijiste desde muy adentro de la oscuridad de esa casa y perdimos lo mejor de nosotros y lloramos por dentro, porque tu voz --”no seas mala mamita, ya te pedí que a ellos no los atiendas”--, sonaba triste, pequeña, muy lastimada