“En Chile no se mueve una sola hoja sin que yo lo sepa…” Augusto Pinochet Ugarte.
-Los Sueños-
Un ligero y tibio viento levanta decenas de pequeños remolinos de tierra alzándose como inquietos gusanillos hacia el cielo azul intenso de altos cúmulos, en el Septiembre santiaguino. Junto a esas locas espirales, cientos de cometas se disputan las alturas como nerviosa plaga de insectos que alternadamente copulan y se devoran en un combate intenso donde no se pide ni da tregua, cayendo mas de alguno a tierra no sin antes ejecutar una danza cadenciosa buscando retardar lo mas posible el descenso. En tierra, turbas de pequeños observan inquietos el drama aéreo, siguiendo cada movimiento, estimando en sus ágiles mentes con precisión matemática el curso y con certeza, el lugar de la caída final donde siempre el moribundo trozo de papel es destrozado por las ávidas garras en medio de las interminables filas de ramadas donde el pueblo come, bebe, baila y celebra aquel 18 de septiembre de 1960 el aniversario 150 de la Independencia de Chile. Falta poco para el desfile Militar y realmente no me importan las evoluciones ni el destino fatal de los volantines. Aferro ansiosamente la mano de mi padre quien bebe un enorme potrillo de mote con huesillos con un deleite similar a un extraviado en el desierto de Atacama quien se bebe por vez primera en semanas. La tropa espera rígida y marcial en sus puestos la orden de marchar. Un brioso alazán lleva hasta la tribuna, donde está el presidente, a un Coronel que sable en ristre le pide la autorización para iniciar el desfile. Abren la presentación los penachos blancos y rojos de los cadetes del ejército al son de una marcha monumental y envolvente que hace vibrar a todo el Parque. ¡Sí¡ ….¡Ahí estaré algún día¡¡en medio de ellos..¡...seré uno de ellos..¡. Tan sólo me faltan cinco o seis años para desfilar en un día como este. Mi piel estará cubierta con la gloria de Yungay, Chorrillos, Pisagua y Miraflores, mis sueños se agigantan, hago mía su música, su paso es mi paso. Seré militar. No puedo imaginar nada mejor y anhelo que ese día llegue. Me encuentro colgado de la última rama libre de este eucaliptos que acoge a otros treinta o mas pequeños. Desde abajo mi viejo sonríe, sabiendo que cumplo mi antiguo sueño de estar en una parada militar. Siempre me ha dicho: “ son solo sueños de niños, como querer ser bombero”, que “mas adelante descubriré mi verdadera vocación”. Pero se equivoca, y es quizás en lo único que mi padre lo hace. El desfile continúa, como un torrente embriagador arrastrando a su paso camiones, cureñas, marinos, aviones. Mis sueños e ilusiones moviéndose frente a mi. Pero, ¿cómo podría haber siquiera imaginado el final extraordinario de esta fiesta, el magistral cierre? Una tropa de músicos montados espera en sus nerviosas cabalgaduras. Al frente de ellos, sobre un soberbio animal y con sus brazos cruzados al pecho ,listo para golpear los dos tambores que tiene arriba del lomo de su cabalgadura, se encuentra un personaje venido del medioevo al Parque; el Timbalero, quien comienza un lento trote, y al ritmo que imprime a sus timbales pasa a carrera y luego a galope tendido, en una primera pasada seguida por la siguiente y luego por la banda en pleno, sacando un aplauso fuerte a miles de incrédulos espectadores y a mi casi haciéndome caer desde mi frágil atalaya. Con esta magia imposible siquiera de haber soñado termina la fiesta. Mi padre me baja del árbol con cuidado, secándome una lágrima con un beso sonoro. Le prometo, solemnemente:” seré timbalero”. El viejo sonríe, me abraza y planta en mi frente otro beso, susurrándome al oído con malicia…” ¿dijiste ingeniero”? De regreso, camino al paradero de buses nos topamos con los soldados que han desfilado y ahora descansan y conversan con sus familias a la sombra de los pinos, sauces y eucaliptos. En el abrevadero, un enorme soldado pelirrojo se ha sacado su casco y da de beber a su caballo; es el Timbalero, rodeado de un enjambre de chiquillos que le tironean su uniforme pidiéndole subirlos a su mágico caballo con tambores. Estoy atónito, quieto como roca, estático, hipnotizado, sin palabras ni gestos, a solo unos cuatro metros de él. Su mirada encuentra la mía, y sin decir palabra alguna, como adivinando que este es un día soñado por mi, avanza hacia donde estoy, me extiende sus grandes brazos, me sostiene un instante en el aire y en un segundo estoy montado sobre la bella bestia y comienzo un paseo en medio de mil miradas de envidia de los otros mocosos que alegan por la injusta preferencia. El caballo se detiene y el soldado me desmonta suavemente. Estoy mudo, las palabras se me han fugado y mi boca se haya tontamente abierta por la sorpresa y el asombro. Mi padre me hace un gesto para salir del sueño y agradecer el gesto del soldado. Mis labios solo modulan un susurro apagado y tímido: -Gracias Sr. Timbalero, muchas, muchas gracias. Llega la noche de aquel día inolvidable pero no el sueño. Mi cabeza es un carrusel donde ruedan todas las maravillas del día en un caótico, desenfrenado y febril desfile. Las imágenes se agolpan y chocan contra mis párpados, abriéndolos contra mi voluntad. Mis pensamientos dispersos están locos, atolondrados y aceleran mi corazón. Intento inútilmente pensar en una situación diferente a la del desfile pero no puedo y todo es una gran confusión de orugas de otros planetas, cascos de caballos imposibles, aviones prehistóricos. Las marchas están ahora instaladas en mis oídos con acordes que difícilmente algún músico podría interpretar. Intento recordar a mi escuela del sur, detalles como el musgo entre sus tablas, la campana con pintitas verdes de oxido, pero solo logro entrar a mi pieza empapelada de fotos de desfiles anteriores y nuevamente toda la pesadilla se inicia. Pero al fin la mente se rinde y sumisa acepta los brazos del timbalero y sube a un Pegaso albo que se pierde en la helada, inmensa y estrellada noche de septiembre.
-El Joven-
Disfruté de muchos desfiles como aquel. Crecí y la idea de ser militar- tal como lo anticipaba mi padre- se quedó en mi infancia. Creí que la ingeniería era mi primer y único amor; vectores, bielas, algoritmos, derivadas, hidráulica, pernos y hierros han sido mi compañía en los últimos cinco años en la universidad, hasta hoy, en que he conocido a la Maruja. Trae el sur de Chile impregnado en su cuerpo, bajo su vestido, todo el sur: araucarias, ríos, ventisqueros, bruma, aromas de copihues y leña están adheridos a ella. Lo he notado y ella ha visto exactamente lo mismo en mi, con tan solo unas pocas y furtivas miradas entre mis ojos embobados y su mirada verde- azulada me ha reconocido como hijo del sur. Al igual que yo, es delegada por su facultad en un congreso de fin de semana en un liceo del centro de Santiago. Acá estamos viendo cómo terminar con la patria fea, la que cobija caras tristes, almas desesperadas, grises, ignorantes. Estamos decididos a cambiarla. Sabemos que podemos hacerlo y no aceptaremos un día mas a la miseria recorriendo con su carga ignominiosa nuestra tierra. Y mientras los discursos transcurren frente a nosotros, nosotros insistimos en mirarnos y comenzamos a enamorarnos. Y de las miradas de la primera jornada, al primer beso en un pasillo oscuro y gótico al segundo día. Al tercero, sobre un pupitre que registra las marcas de un millón de estudiantes, está el cuerpo de la Maruja, y el amor carnal nos visita por vez primera a ambos. Mi dulce sureña recibe mi simiente y mi sexo se adentra en la hembra que amo y amaré locamente por siempre. Mi padre que también participa en el Congreso como representante sindical, se topa conmigo de sorpresa al doblar una arcada El viejo es un lince, adivina, se anticipa, acierta y con solo mirarme me felicita y consiente mi relación con la Maruja.
-La Pus-
Hoy es once de Septiembre de 1973, esperado con ansias, el día de mi última prueba del último ramo de mi carrera. Hoy, en teoría, egreso como ingeniero civil. Nada mal dicen todos para mis 23 años recién cumplidos. Comienzo a prepararme mi café y el de mi viejo que parte a la misma hora que yo para la fabrica. Sintonizo la radio de la cocina en las noticias y solo hay marchas militares que tanto aun me gustan. Pero, ¿miércoles en la mañana? ¿Qué pasa?. Telefoneo a un amigo y me informa que al toque de diana en los cuarteles de Chile se ha dado la orden del día: traición. La democracia ha concluido porque así lo dicen unos felones y sus fusiles. La tierra de Lautaro y Rodríguez se sacude y remece por la maldad. Emerge desde el fondo de los desiertos y los valles transversales el aliento pútrido del mal. La pus se esparce por Chile entero y es presentada a sus habitantes en pánico como dulce miel de salvación. El contubernio recorre el país como un rayo que lo que toca pudre, dejando llagas y carnes sueltas en los cuerpos. Millones de sueños y anhelos van a parar de improviso al fondo de las letrinas, ahogados por la sangre y la mierda. Patrañas grotescas justifican la danza de la muerte desde las radios y cada cuatro palabras se mencionan a “Dios y la Patria”, y no hacen otra cosa que basurear a Dios y la Patria. Esta patria es la sortija que sella definitivamente la alianza entre las armas y el dinero. Y, sin duda alguna, este no es el Dios cálido, dulce y creador de vida. Patria y Dios, en una amanecer, dos símbolos que se tornan inmundos en bocas traicioneras.
-El horror-
La noche está cubierta de frío y tragedia. Frente a la casa de los Martínez, sí, la de Benito Martínez, el pequeño soldadito soñador y ahora casi ingeniero, hay una jauría de lobos sigilosos y hambrientos esperando escondidos dentro de un camión el momento propicio para atacar a sus presas indefensas. Cuando recién han pasado cinco minutos de la medianoche, la puerta de la casa en la villa obrera cae a golpes de culatas y coses, entrando la soldadesca con bayoneta calada confundiendo repisas, estantes y fotos familiares con objetivos militares de una trinchera enemiga. En un rincón, abrazados e intentando ser un sólo y fuerte cuerpo, los Martínez, padre, madre las dos niñas y Benito permanecen unidos y temblorosos esperando su turno, escuchando el habla soez de los soldados envalentonados con el aguardiente sacado de la despensa. Sentados en el living, con sus botas embarradas sobre la mesita de centro donde solo quedan despojos de lo que hasta solo unos minutos era una colección de cocinillas de greda de Pomaire y Quinchamalí, el joven teniente y el sargento comentan los alcances de la misión que realizan: “dos pájaros de un tiro , el viejo y el cachorro, dos comunistas de mierda menos, dos traidores vende patrias fuera de las calles..una buena operación, exacta, limpia. La patria nuevamente saludable. Nuestro trabajo es invaluable. Que orgullosos estarán mis padres, ¡y los suyos¡. Estamos arrancando malezas, sargento, con fuerza y determinación, como debe ser. Después, araremos para depositar en la nueva tierra oxigenada una mejor semilla. Sé de que le hablo sargento: ayudé a mi padre en el campo desde que me acuerdo. ¡Vaya a la cocina por mas trago..Estos dos infames ya no brindarán mas nunca…¡ Benito y su padre son sacados a empujones de la casa mientras la madre con sus dos hermanas, apenas asomándose a la adolescencia, intentan arrebatárselos. Las tres lloran y la madre suplica al teniente: “ Benito tiene su edad, y mi marido , la suya, sargento ellos no son asesinos, ni terroristas, ni siquiera revoltosos..son tan solo pensadores, conversadores, buenos lectores, soñadores..¿qué de malo hay en ello?” Súplicas inútiles en los oídos de las hienas que ya tienen en sus garras a las presas y que solo consiguen una respuesta cargada de amenazas: “agradezca -dice el teniente- que le llevamos solo a sus hombres y no le tocamos a sus niñas..Váyase a dormir y ¡cállese de una buena vez, vieja de mierda que mi paciencia tiene un tope..¡¡ La noche y el temor se conjuran. Los vecinos o se hacen los dormidos o miran con un solo ojo cobarde a través de las cortinas a medio abrir, paralizados por el miedo o la indolencia, dejan que la fría noche siga su curso y el alba les diga que todo ha sido una pesadilla y que los Martínez, del 149, una vez mas estarán el domingo con sus tejos en la cancha de rayuela. En una fecha igual, hace trece años, Benito se maravillaba con aquel mágico desfile, el primero de muchos que vio. Esta noche abyecta pone fin a un tiempo donde los soldados se enfrentaban con otros soldados que les respondían y podían matar. Late diferente el corazón cuando un torero enfrenta a un animal colérico que cuando cien pijes montados van tras un diminuto zorro, o cuando un cazador mañosamente escondido sorprende a un desprevenido pato, despedazándolo con mil perdigones arteros.
-La Vileza-
El padre de Benito no soporta dos días de maltratos. Su corazón sencillo no resiste la saña del cobarde que le tortura a él y a su hijo en cuartos separados y su último aliento es para gritar el nombre de Benito, al inicio de la primavera, rumbo al misterio final. El joven da una pelea mas larga. Su sádico torturador le grita al octavo día de tormento: “el cagòn de tu viejo ya no está en este mundo..¿Acaso quieres acompañarlo, infeliz? ¡¡Habla¡¡ ¿dónde están las armas¡¡¡..Fuiste dirigente en la universidad y tienes que saber de ellas¡¡” El verdugo está exhausto. No logró nada con el padre en dos días de suplicio y con el hijo ya va una semana sin obtener nada. Como en cualquier trabajo, el tiene que demostrar resultados. Desquiciado, toma con violencia la cabeza del muchacho al tiempo que le escupe a la cara su ira: -“No soporto mas tus mentiras, infeliz..Antes de mandarte al otro mundo, quiero que veas quien te dará el pasaje” Con un movimiento rápido arranca la venda de los ojos del joven mientras en su otra mano blande un corvo pronto a caer sobre la yugular de Benito, quien, con sus ultimas fuerzas, levanta la cabeza para encontrarse con el rostro del hombre que ha sido su carcelero y torturador en los últimos días de infierno. El corazón se le acelera al ritmo de un canario. Sale rápidamente de su estado de inconciencia y descubre con sorpresa y alegría que frente a él tiene a un viejo y siempre recordado amigo: el Timbalero. Es imposible no reconocer aquel cabello rojo que trece años no han logrado encanecer. Con una sonrisa leve en su rostro, la primera en muchos días, comienza a darse cuenta y evaluar los hechos: -Oh….me tengo que calmar…estoy en medio de una pesadilla, oscura y atroz, pero es solo un mal sueño. Tengo que despertar como sea..¡Tengo que hacerlo¡¡…veré todo claro y con sentido nuevamente. Esta tarde en el desfile todo ha sido maravilloso. El Timbalero me ha elegido a mí entre muchos niños para subir a su blanco caballo. Es sólo mi mente de niño confundida…el sueño ha transformado la felicidad en espanto…es por eso que debo tomar agua..mucha agua para que esta fiebre tonta desaparezca y deje de imaginar a este soldado intentando matarme..si, ¡matarme¡, ..que idiotez cuando sólo extiende sus brazos hacia mi para subirme a su animal hermoso, ¡a su Pegaso¡¡…¡sí¡¡¡…he visto nomos, grifos y Pegasos en el tomo 14 del Tesoro de la Juventud que me regalaron para mi cumpleaños numero siete. Tranquilo…..tranquilo…ya me ha pasado antes. Hace unas semanas leía “Sueño de una Noche de Verano” y en las láminas había un hombre con cabeza de burro en medio de un bosque misterioso y oculto bailando con una joven bellísima…..aquella noche soñé con la niña…¡¡¡exquisita sensación¡¡¡¡…hasta que apareció el hombre-burro y una pesadilla igual a ésta comenzó. Mi madre ahora me prohíbe leer antes de dormir. Tranquilo, tranquilo, tranquilo Benito. Aceptaré los brazos que me extiende este noble pelirrojo y subiré al lomo del Pegaso para acariciar sus crines de blanca seda y oler su perfume de animal noble y fantástico. Tocaré los timbales para iniciar mi recorrido, el mágico camino señalado para mi y para mi única y maravillosa vida. Sus alas me llevarán hacia los volantines, los cúmulos, o hasta donde él quiera, que bien él sabe que en las alturas no existen fronteras. Sí….claro que quiero subir a su corcel sr. Timbalero…y gracias, muchas, muchas, gracias…………..”
El corvo cae certero y mortal sobre el cuello de Benito, terminando con su tormento, pesadilla y sueños. El soldado, que alguna vez hizo soñar a multitudes y fue aclamado por su destreza y magia, se encuentra ahora agotado por su trabajo abyecto. Se sienta en una banca tomándose su roja cabeza entre las manos: -“Ay Virgen Santa… que cansado estoy….tanto trabajo y no saqué nada al muchacho..¿Qué susurraría antes de morir?..No lo sé. ¿Por qué me miró y sonrió? Quizás. Ah Madre mía…que ganas tengo de estar en mi casa….¡cuanto deseo descansar en mi hogar¡¡¡ Oh mi Dios, oh mi Dios……Oh mi querido Dios”