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Castañeda González, José Armando (André Lizalde)

El tío Óscar

                                                                                                                                                                          

Ese viernes les tocó Orientación vocacional a la última hora de clases, cuando ya nadie quería saber algo sobre la escuela. La impartía una joven de veintitantos años que hablaba mucho; trataba el tema del perfil que debían tener los alumnos del área dos: químico-biológicas, y mencionaba las características de un estudiante de esa área y las oportunidades laborales que encontraría en un mercado altamente competitivo. Ella se esforzaba para que los alumnos de quinto año de preparatoria lograran definir sus inquietudes respecto a qué área escogerían y así fueran asignados en el siguiente año escolar, uno antes de entrar en la licenciatura. Algunos, los menos, sabían perfectamente a qué área se irían, pero la inmensa mayoría no sabía cuál escoger. Es decir, no tenían ni idea del área que cursarían en sexto año de preparatoria, mucho menos sabían lo que estudiarían en la universidad, y por supuesto que desconocían de qué vivirían cuando fueran adultos y tuvieran una familia. Estaban en la edad de la inconsciencia, y que no fastidiaran los adultos con “¿ya sabes qué vas a hacer de grande?”

Mauricio deseaba que terminara la clase ?el “bodrio de materia”, como le decía? mientras rayaba con lápiz su cuaderno de hojas blancas. En realidad no estaba concentrado en lo que decía la maestra, más bien veía a través del doble cristal —el de sus lentes y el del ventanal del salón de clases— el patio de la escuela. Ya habían salido los alumnos de secundaria y él veía el movimiento de todos ellos desde arriba. Aquello parecía un hormiguero a punto de estallar. La puerta del colegio simulaba la boca del agujero: el gran cuello de botella. Casi todos se movían en esa dirección, aunque había algunos que se quedaban charlando en cualquier parte del patio. Los ojos del adolescente se incrustaron en el vidrio. La descubrió al primer instante en que ella se colocó en su ángulo visual. Platicaba con otra amiga y volteaba hacia arriba sin dejar de decir cosas, gesticulando demasiado. Era una niña todavía, pero muy coqueta, con sus grandes ojos claros, su cabello suelto y el apellido extranjero. Eso era todo lo que Mauricio sabía de ella, y que se llamaba Natalia, y que iba en primer grado de secundaria, y que tenía doce. La había visto muchas veces, pero nunca se había atrevido a hablarle. Cuando tocó el timbre, Mauricio fue uno de los primeros en ponerse de pie, guardar sus cosas, tomar su mochila y salirse.

Afuera de la escuela, después de perderse un rato, llegó Mauricio adonde estaban sus cuates, quienes lo recibieron indiferentes, ya que llegó justo cuando se ponían de acuerdo en qué harían por la noche. Casi siempre se reunían en casa de El Jalapeño, porque vivía con su tío, el famoso tío Óscar, un cuarentón que los trataba bien a todos, les contaba buenas historias, los dejaba hacer lo que quisieran, y era “muy buena onda” con ellos.

Eran como las nueve cuando empezaron a llegar. El primero fue Rodrigo, con su Ipod en la mano y los audífonos colgando en el pecho. Luego Andrés con Pepe; traían bicicletas y las pusieron en la parte trasera del jardín. El último en llegar fue Mauricio. Todos fumaban diferentes marcas de cigarros y bebían cerveza importada, una que compraba el tío con frecuencia. Luego se pusieron a jugar Wii. Mauricio era el más malo de todos. En tenis y béisbol ganó El Jalapeño, en golf Rodrigo y en boliche y box Pepe; Andrés no ganó ninguno de esos juegos pero al menos tuvo más puntos que Mauricio.

A eso de la una de la mañana llegó el tío, quien venía de ver una película con su amiga Sandra. Luego de tomar unos tragos en un bar afuera de Cinemex cada quien tomó su auto y se fue con rumbos diferentes.

Parecía que todos lo esperaban con gran impaciencia a esas horas. Su saludo de manos fue garigolesco, familiar y personalizado, como si él fuera uno de ellos. Tomó un cigarro de una cajetilla cualquiera y alguien le ofreció una de sus propias cervezas importadas. Le preguntaron a dónde había ido y les presumió la película que acababa de ver.

—Está chingonsísima la pinche película, me cae que eso es arte y no mamadas —dijo con encono—.

Lo cuestionaron y él respondió que La duda. Dijo que era la segunda vez que la veía en un lapso de siete días, y luego ensalzó la calidad histriónica de Meryl Streep y la de Philip Seymour Hoffman. Habló sobre la trama y el tema principal de la película.

?¿Qué es un pederasta? ?preguntó Pepe.

?Es un güey que está mal de la cabeza, que se quiere chingar a las niñas o incluso a los niños. Como los pinches curas de las iglesias, que se cogen a los monaguillos.

Luego les contó a detalle la película, mientras todos lo escuchaban con gran interés, casi con morbosidad, aspirando sus cigarros y bebiendo sus cervezas. Por eso querían estar allí cuando el tío Óscar llegara, por eso no fueron a la aburrida fiesta de El gordo. Siempre era mejor poder fumar, beber, jugar Wii y luego escuchar las películas que les contaba el tío Óscar. Nadie mejor que él para recomendarles una “muvi” y mencionar la historia con su propio estilo y punto de vista. Él les hablaba de los distintos enfoques con los que tenían que abordar el tema, de su crítica acérrima sobre la actuación, la dirección o los guiones cinematográficos. Nada se le escapaba a su ojo crítico. Porque a eso se dedicaba: era crítico de cine y trabajaba para varias revistas y periódicos de la Ciudad de México. Su trabajo consistía en ir al cine y luego escribir reseñas y críticas sobre las películas del momento, y mandarlas a quienes le pagaban por ello. Se sabía en especial todo lo concerniente a Hollywood y la entrega de los Óscares, de ahí que en todas sus reseñas firmara con el pseudónimo: “El tío Óscar”, aunque en realidad se llamara Daniel. Y así lo conocían todos, como si ése fuera su nombre, incluso los jóvenes de bachillerato así lo llamaban. Había historias de películas contadas por el tío Óscar que se les quedaban más grabadas que si las hubieran visto en el cine. La forma de contarlas era única, pervertida, genial, irreverente, con lujo de actuación. Ésta vez se detuvo sobre todo en la escena donde la directora (Streep) tuvo una plática muy profunda e intensa con el sacerdote (Hoffman), pues ella dudaba de sus buenas intenciones para tratar a un alumno. El tío Óscar abría los ojos, levantaba la voz, gesticulaba y movía las manos simulando al recién nominado al Oscar.

Luego de aquella actuación sobre la actuación hubo un remanso en la plática. Todos se relajaron un poco y hablaron de nimiedades. Él les preguntó cómo iban en sus clases, y a él sí le platicaron lo que realmente pensaban sobre las materias y los profesores y la escuela. A él sí le dijeron lo que en verdad les ocurría en sus vidas como preparatorianos. Hablaron de la maestra de Orientación vocacional y de la materia. Luego el tío los cuestionó sobre las áreas. La mayoría dijo cuál era su área de preferencia, pero lo hicieron en forma dubitativa, sin darle mucha importancia a la decisión.

?¿Y tú ya sabes cuál Mau?

?No, no, no sé cuál escoger.

?Bueno, ¿quién te gustaría ser? ¿A quién admiras?

La respuesta fue contestada por los otros. El último en decir algo fue Rodrigo, quien escogió a Tommy Lee.

—¿Y quién es ése?

—Un músico de Mötley Crüe.

—Ah, ya sé quién es. Bueno, pero hay que aprender a desmitificar a la gente, en especial a los famosos. Ese tipo ya visitó la cárcel más de una vez…

—¡Pero yo lo digo porque es el ex de Pamela Anderson!

Y todos soltaron la carcajada.

?Sí, claro, tienes razón ?contestó el tío Óscar después de reír como adolescente?. Pero, hablando en serio, también hay que ver que, además de escoger algo que les guste, es bueno saber que para sobresalir en algo tienen que tener una pasión muy grande en su interior, una fuerza tremenda que los guíe para ser diferentes a todos, un poder muy ambicioso que los haga seguir aun cuando las circunstancias se presenten muy jodidas y en su contra, ¿me entiendes güero? —dijo refiriéndose a Rodrigo.

?Sí, creo que sí.

?Mira, incluso, algunas veces los que llegan a ser grandes, pero en verdad grandes, surgen cuando hacen de sus mayores debilidades una virtud, o cuando canalizan sus vicios y enfermedades, sus defectos o perversidades, en algo que la demás gente admira y aplaude.

?¿Cómo es eso? ?preguntó Pepe.

?Sí, miren, como ustedes ya saben que me dedico a esto del cine, les voy a dar ejemplos de actores, ¿sale? Por ejemplo, Al Pacino. ¿Cuáles son las películas que más fama le han dado?, ¿las que más lo han proyectado en el cine hollywodense?, pues son las que tienen que ver con gángsters, con mafias, drogas, violencia, etc. Él participó en las tres películas de El Padrino; en la primera Marlon Brando se llevó el papel protagónico, pero en las otras se lo llevó él. Y se veía que estaba en su medio el güey, en su hábitat; se movía como pez en el agua. Entre asesinatos, intrigas, asaltos, policías, investigaciones, corrupción, y todo lo que rodea al mundo del hampa. Él también protagonizó Cara cortada, la famosa Scareface, donde la hace de drogadicto; es el jefe de una mafia que se desarrolla en Miami, creo. Y así, un chingo de películas del mismo corte: Asesinato justo, Insomnia, Ahora son trece. Incluso acaba de salir, hace unos días, ésta de Frente a frente, con Robert De Niro, donde, a sus 68 años Al Pacino sigue en el mismo rollo de un policía corrupto que asesina gente y trata de implicar a su propio compañero. Pero fíjense que ayer vi en Internet, en la página principal de MSN Latino, una especie de artículo que traía “el lado oscuro de algunos famosos”; ya saben, el amarillismo en la red para despertar la curiosidad, el lado morboso de millones de cibernautas…

?Ah sí, yo también lo vi. Eran 37 imágenes de artistas fichados por la policía, ¿no? —contestó Mauricio.

—Exactamente ése.

—Le dabas click y aparecía Michael Jackson o Paris Hilton o Hugh Grant, y te decían por qué y cuándo fueron fichados por la policía.

—Y si te fijaste, Al Pacino fue fichado en 1961, cuando era un chavillo relajiento de 21 años. Según esto, la patrulla lo detuvo por sospechoso, junto con otros dos amigos. Y cuando revisaron su auto descubrieron máscaras y guantes y una pistola calibre 38 cargada. Entonces lo metieron al tambo unos días. Pero lo importante es, que el güey ya era un gángster desde entonces, al menos en su mente. Es decir, los personajes que después proyectó en la pantalla realmente eran él. Su forma de ser, sus fantasías de disparar una pistola y delinquir, ya se veían en su personalidad antes de que hiciera los papeles que lo llevaran a la fama. En su trabajo pudo dar rienda suelta a sus instintos de mafioso.

?Sí, es cierto —contestó Andrés—. Esos papeles le quedan muy bien. Yo vi la de Fuego contra fuego. Hay una escena de acción que está poca madre.

?Otro ejemplo que también aparece en MSN es el de Nick Nolte, a quien ficharon en el 2002 por manejar borracho en la costera de Malibú.

?Sí, se ve de la fregada el tipo, con su camisa psicodélica, una hawaiana de todos colores.

?¿Le viste la cara?

?Estaba todo desgreñado...

?Sí, la foto está de miedo. Creo que al güey se le olvidó que estaba en la comisaría y pensó que estaba en el set de los estudios Universal. Se ve como un verdadero asesino; su mirada es de odio, su gesto maldito, así, de loco, con los pelos todos alebrestados. Y casualmente, yo vi una película donde él interpreta a un borracho que es entrenador deportivo en una preparatoria, o secundaria, no me acuerdo. Pero se la pasa bebiendo cerveza en casi todas las escenas. Es un tipo frustrado, pesimista, que vive solo en un cuchitril. Su actuación en un momento dado no dista mucho de las escenas de su propia vida.

?¿O sea que podría no estar actuando esos papeles sino simplemente vivirlos cualquier día de su vida?

?Algo así.

?Pero tío ?inquirió El Jalapeño?, esos son sólo algunos actores que, como cualquier persona, toman alcohol o fuman marihuana o tienen sexo, y a quienes luego luego les echan los reflectores. Y lo que hacen los que viven del morbo es sacarlos a la luz por el solo hecho de ser famosos.

?Sí, sí, pero no es eso lo que quiero decir. Mira, te pongo otro ejemplo para que me entiendas: Michael Douglas. El tipo reconoció públicamente que era un adicto sexual. Incluso estuvo internado en una clínica para curar su dependencia. Pero, si tu ves qué películas lo llevaron realmente a la fama: Acoso sexual, Atracción fatal, Bajos instintos…

?Épale.

?¡Imagínense protagonizar una escena sexual fuerte con Demi Moore, con Glenn Close o con Sharon Stone! Pues así yo también me hacía un adicto sexual.

Todos rieron con risas ya alcoholizadas.

?Pero, a lo que voy es que, la pasión más grande, el vicio, la fuerza que impulsa con todo, es decir, aquello que despierta lo más intenso o íntimo de alguien… es aquello que mejor lo proyecta ante los demás. Es lo que lo hace sobresalir en cualquier ámbito. Y si, además de todo, ése es tu trabajo, pues entonces… eres lo que haces, o también al revés: haces lo que eres. Él es un excelente actor de ese tipo de películas porque quizá él es el personaje más real que puede existir. En ese momento es el personaje-actor más honesto que existe, porque es él mismo. Quizá no necesite actuar, simplemente ser como es. ¿Ven cómo de un vicio, de una debilidad, se puede tener el motor que te impulse a ser grande?

?¿No estás siendo muy exagerado tío?

?No, simplemente quiero desmitificar un poco a ciertos famosos, pero a la vez, y sin dejar de reconocer su mérito, decir que en ocasiones todo parte de un vicio o una pasión oscura. ¡Todos las tenemos! Pero la gente los ha puesto en un pedestal, en un lugar que les ha dado fortuna, estatus, fama, etc., aunque si ven los hechos con otros ojos, tal vez eso tenga el sello de la hipocresía social. Un ejemplo fuera del cine: Mike Tyson, quizá el peso completo más demoledor de la historia, como dicen. Un tipo que de chavito no tenía casi nada, estaba en la pobreza y la marginación. Más bien lo que tenía era pésima conducta, pues era pandillero y golpeador desde niño, y estuvo en un reformatorio, por participar en robos y atracos a mano armada. Incluso, ya de grande estuvo en la cárcel, acusado de violación. Pero a lo que voy es que el hombre canalizó su instinto bestial a través de los guantes en un ring; era una metralleta de golpes, un bólido que disparaba hasta noquear a sus rivales. Con decirles que era conocido como “El asesino de Brooklyn”. Su súper ego estaba infladísimo. El hombre sólo descargaba su pasión por agredir con sus puños hasta casi matar al que le pusieran en frente. Y la sociedad lo permitía, lo aceptaba, lo fomentaba, en un deporte tan primitivo como puede llegar a ser el box. Darle a un ente tan inestable emocionalmente como Tyson 22 millones de dólares por ganar una pelea. ¡Guauh! ¡Qué sociedad tan enfermiza! ¡Su crueldad de niño fue ultra remunerada cuando creció!

—Pues sí, estoy de acuerdo, pero, ¿qué quieres decir? ¿Que si alguien es bueno en algo, no debería serlo si eso demuestra que está enfermo? ¿Que esos actores y ese boxeador no deberían llegar a ser quienes son, debido a que muestran enfermedades o vicios que atentan contra las normas de la sociedad?

—Yo sólo estoy dando unos ejemplos de gente que ha triunfado al exhibir, al exponer sus bajas pasiones, sus vicios verdaderamente arraigados, y que la sociedad a veces se encarga de elogiar y recompensar. Existen miles, quizá millones. Dostoyevski escribió El jugador, cuando todos sabemos que el tipo era un jugador compulsivo. Su principal móvil para escribir el libro era su propia vida viciosa. ¿Cuántos casos de ginecólogos pervertidos no existirán?, ¿de bomberos piromaníacos? ¿Realmente son héroes o es gente viciosa con problemas severos y que se ve engrandecida por los demás?

La noche fue larga e innumerables las latas de cervezas vacías. Se terminaron las cajetillas de cigarros y los adolescentes dejaron la reunión a eso de las tres de la mañana. Cuando Mauricio llegó a su casa, entró por la cocina para que nadie supiera que llegaba a esa hora. Había sido solapado por su hermano mayor.

El domingo por la tarde, en la misma casa de Mauricio, hubo una comida familiar. Acudieron a ella, como era costumbre ya, además de los papás, su hermano y el abuelo, las dos tías solteronas y la pareja de tíos que vivían en Satélite, y también los primos, que eran más o menos de la misma edad de Mauricio. El ambiente era agradable, reiterativo en muchas pláticas, pero con inconfundible calor de hogar. Cuando estaban comiendo, en las mesas plegables que pusieron en el jardín, el papá de Mauricio hablaba orgulloso de su hijo mayor, de lo bien que le estaba yendo en la universidad, en su carrera como ingeniero industrial. Y cuando su cuñado le preguntó por el hijo menor, insinuó que apenas estaba viendo a qué área iría el próximo año. Luego giró su cuerpo hacia la otra mesa y preguntó con la voz grave que lo caracterizaba, aunque cambió un poco el tono de voz.

?Por cierto Mauricio, quedaste en decirnos qué área escogerías para el próximo año, ¿ya lo decidiste?

Mauricio titubeó un instante, luego dijo que todavía no sabía.

—¡No tienes todo el tiempo para hacerlo, jovencito! Tienes que decidirlo ya. Estás a unos meses de cumplir la mayoría de edad, ¿y todavía no sabes lo que quieres? ¿Realmente no tienes idea de lo que vas a estudiar?, por Dios, ¡habiendo tantas carreras!, no como en mis tiempos, caray. ¿No sabes qué quieres ser de grande? ¿A qué te quieres dedicar? ¿No sabes quién quieres ser? ¿Ehh?

Mauricio dejó de comer y levantó la cabeza; miró a su padre a través del cristal de sus lentes y balbuceó con timidez:

—Philip Seymour Hoffman, papá.

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