Aniversario con bocadillo de mortadela y Sibelius.
Salí al exterior, el viento comenzaba a ser frío y ya pronto sería desagradable. Caminé los veinte metros que me separaban del lago y me contemplé en las tranquilas aguas de su orilla mientras me hurgaba en la nariz.
Era un hecho probado empíricamente, ese gesto me ayudaba a concentrarme, aunque últimamente, por muy limpia que mantuviera mi nariz, digamos que la concentración era un elemento que estaba seguro que alguna vez poseí, pero comenzaba a no recordar muy bien de qué se trataba.
Anna dormía. Siempre se dormía después de que folláramos. Era un rasgo entrañable suyo. No entendía muy bien por qué, conociendo como conocía su jodido rasgo entrañable, había tenido que tirármela esa mañana, cuando lo único que quería era que se levantara para que se fuera a dar su maldito paseo matutino y que no apareciera hasta la hora de comer.
Y con ello volvemos al tema de la falta de concentración, es como si no pensara en lo que hacía. Ciertamente desde que estaba en la isla no había sufrido ni un solo ataque de alergia, así que el hurgarme en la nariz era un gesto mecánico y vacuo. No había nada que limpiar, y la futilidad de la acción me impedía concentrarme. Se me ocurrió que tal vez podría intentar ponerme a limpiar el polvo o algo, con el fin de provocarme un ataque.
Me desperté, y me di cuenta que estaba desnuda. Entonces recordé que acabábamos de hacer el amor. Aunque lo cierto es que fue más una deducción que una información recuperada en mi memoria donde ésta no había quedado impresa con el fuego de la pasión, precisamente.
Me levanté y me acerqué a la ventana. Marcos estaba delante de la casa, al borde del lago, hurgándose en la nariz como de costumbre, el muy cerdo. No sabía qué coño hacía, pero últimamente siempre me hacía daño cuando me penetraba, y me dejaba dolorida un buen rato.
Aquel lugar era el infierno. Lo fue desde el día que llegué, pero estaba llegando a un punto tan odioso que hubiera preferido que Marcos se hurgara en la nariz tres veces más de lo que ya lo hacía antes de continuar allí un día más.
En el cielo se veían unas pocas nubes con mala pinta, pero estaba segura que antes de poder llegar a la cama, recuperar mis bragas y ponérmelas ya habría llovido y escampado al menos treinta y siete veces. Un clima fiable y altamente estable el de aquel lugar.
Aún así, me puse las bragas, incitando al tiempo a que hiciera de las suyas. Me puse unos vaqueros, una camiseta, un jersey y escogí las botas menos húmedas. Iba a caminar hasta el único lugar que me gustaba de la puta isla, como había hecho casi todas las mañanas de la última semana. Solo pensaba aguantar un día más. Al día siguiente me marcharía.
“¡Marcos!”, le grité tras salir de la casa y acercarme un poco a él. Me encantó, porque lo asusté y del sobresalto estoy segura que se hundió el dedo más para adentro de lo que tenía planeado. A ver si así aprendía a penetrar con más delicadeza. “Que me voy a dar un paseo al acantilado, no me esperes para comer”.“¿Acantilado?, ¿qué acantilado? No hay ninguno en esta isla ”. Ni le respondí. Si quería que le prestara atención a lo que decía, que se sacara el dedo de la nariz para hablarme, y que no dijera gilipolleces, como si yo no hubiera ido al acantilado los últimos tres días.
Estupendo, tenía un considerable número de horas de soledad para poder quejarme de mi falta de concentración inventando excusas diferentes a la molesta presencia de Anna. Tal vez que eso estimularía mi imaginación. Volví a la casa y subí al dormitorio. Aún vi como se alejaba más allá del pequeño lago caminando hacia su misterioso acantilado cuando yo encendía mi ordenador encima del escritorio junto a la ventana. Mientras arrancaba me dejé caer en la cama, deshecha y oliendo a ella. Aquel olor me puso caliente. En mi cabeza apareció un yo pequeño corriendo hacia una Anna pequeña que aún no se había alejado demasiado de la casa, la alcanzaba y comenzaba a hacerlo con ella allí en medio de la nada que era aquella isla. Así estaba mejor, porque lo hice con ella sin percibir ese sutil rechazo que era bastante evidente en las circunstancias más reales, o a tamaño real, pues permanecimos pequeñitos en mi cabeza, como es lógico dada la distancia que nos separaba de mí mismo en aquel momento. Además, no se quedó dormida al terminar, sino que se levantó, se puso los pantalones, y siguió su excursión mientras yo me volvía hasta donde yo estaba.
Me levanté de la cama, me senté ante el ordenador e inmediatamente me levanté. Puse la quinta de Sibelius y me volví al ordenador. Aunque no escribiera nada, al menos escucharía algo de música. Aún podía verla cuando me senté por segunda vez.
Justo cuando pasé el lago oí unos pasos a la carrera detrás mía. “Viene a decirme que va a preparar algo de comer y que me espera para que almorcemos juntos”. Jamás me hubiera creído capaz de pensar algo así. Además, ya me había percatado que el viento, además de joderte la vida, te impide utilizar el sentido del oído para cualquier cosa que no sea figurarte cosas irreales, o no enterarte de cosas reales. Obviamente no era él. Además, yo tenía un delicioso bocadillo de mortadela y un plátano, no me hacía falta su comida. Estaba deseando llegar al acantilado. Pensaba sentarme con los pies colgando, sacar mi estupendo almuerzo, comérmelo, y seguidamente, terminar de leer La invención de Morel, aunque no quería pensar que era uno de los libros preferidos de Marcos, pues hacer tal cosa era desprestigiarlo.
Llegué al bosque que estaba unos setecientos metros delante de la casa, me interné en él. La cabaña, aunque no mirara hacia atrás, ya no era visible...no sabía lo que me había impulsado a volver a aquella isla, pero cada árbol con el que me cruzaba me susurraba algo del tipo “¡solo una idiota como tú volvería aquí!”, “¿qué pasa, te costó sólo más de un año olvidarte del asunto del puto escritor atormentado y necesitas sentirte tan divertidamente mal de nuevo, no?”, “definitivamente idiota”, y más variaciones sinfónicas.
Por fin desapareció, una pequeña figura adentrándose en el bosque. Que bien, todo el día para mí para poder perderlo. Pensé en preparar algo especial para la cena, o tal vez un bizcocho o algo así para la merienda. Y eso me hizo recordar algo. Dejé que mis dedos se expresaran libremente deambulando por el teclado: “La imbecilidad humana debe ser un don, porque tú te encargas de honrarla y perpetuarla. Nos explicas sino qué mierda estás haciendo aquí, en esta isla, precisamente, en la que aparte de encontrar lo mismo que en otros mil trescientos millones de lugares en el mundo, sólo te da por escribir esta bazofia. Dinos de que sirve el rememorar de esta estúpida y edificante manera todo aquello. Suponemos que echas de menos la entretenida depresión profunda.”
Afortunadamente el bosque no era muy extenso, sino me hubiera visto obligada a talar algún que otro árbol parlanchín. Cuando se acabó ya comencé a oler el mar, pues el viento venía hacia mí. Pero la verdad es que el mensaje de los amigos hieráticos del bosque era demasiado pegajoso como para que el viento lo arrastrara. Digamos que el arrepentimiento de mi difícilmente explicable presencia en la isla fue definitivamente aceptado.
Decidí abrir la ventana. El viento entró en la habitación y percibí por primera vez desde allí el olor del mar. Aquel día lo pasaría allí, pero mis dedos tenían razón. Al día siguiente me largaría. Todo aquello no tenía sentido.
Me senté al borde del acantilado. Sí, preciosa vista, pero el bocadillo era un asco y decidí tirarlo. Además, el viento era más frío de pronto. Miré el reloj. Debería estar satisfecha, ya se habían cumplido cuatro años exactamente.
El viento sopló más fuerte, así que me levanté para elevar el volumen de Sibelius. Vi el reloj en la pared. Ya podía estar contento, se cumplían cuatro años precisos.
Aquel día, cuatro años atrás, sobre esa hora, mientras yo balanceaba mis pies al borde del precipicio, Marcos quiso y pudo...
Fue aquel día, a la hora marcada por ese reloj, hacía cuatro años, que yo me encontraba intentando escribir acompañado de Sibelius y que Anna quiso y pudo...
...abandonarlo todo.
Diego Maestra
Propiedades redentoras del arado
Quince años escribiendo profesionalmente y jamás me había quedado en blanco más de unos minutos. Sé que estas palabras no cuentan, porque en breve no voy a tener más remedio que borrarlas de mi pantalla, pero es que me aburro. ¿Cuántos días más voy a tenerme que poner delante del ordenador para comprobar que sólo puedo escribir si lo hago para otros?
Este verano ha llovido un solo día en Dananco del Río, el pueblo en el que siempre paso calor. Este año, por primera vez, me he quedado allí sólo, sin mi madre, durante casi dos semanas... Así comenzaba la primera redacción que recuerdo haber escrito en el colegio para otro niño. Le pusieron un sobresaliente. Yo aprobé porque siempre inspiré lástima a los profesores.
Muchas veces me he preguntado qué ocurriría si dejase de escribir. Me he planteado la pregunta así, cruda, por lo que he tenido la libertad de responderla de muchas maneras diferentes. A veces he entrado en debates filosófico-trascendentales tratando el tema de la necesidad de expresión de mi alma y la creatividad que surge a borbotones ineludibles del manantial poético que alguna musa colocó en mi interior. Otras veces la Musa, por suerte para el buen gusto, se ha llevado el manantial o simplemente se ha ido a dar una vuelta a las rebajas, y entonces, como respuesta a la pregunta, el teléfono suena, y al descolgarlo: “¿¡Qué es esto de que has dejado de escribir?! ¡No me hagas esto! Además, ¿quién eres tú para dejar de escribir? Yo soy escritor, y yo podría, si quisiera, dejar de escribir. Tú no eres escritor, tú no escribes, no puedes decidir tal cosa. Así que termína lo que habías empezado.” En otras ocasiones el espíritu pragmático me ha poseído. El dinero, me he dicho a mí mismo, me faltaría el dinero. Después de tantos años con los ingresos extras que me proporciona esto me he acostumbrado a un tren de vida que ahora no podría abandonar. Tren de vida, ya. Supongo que mi tren de vida se trata de cambiar el coche cada dos o tres años, o coger un paquete completo de viaje a Egipto (barra libre en el crucero y cancelaciones de visitas organizadas por anticipado, para que no haya problemas a la hora de disfrutar de la barra libre) en lugar de un billete de avión y ganas de viajar. Por último, hay días que la respuesta aparece tan lapidaria como cruda era la pregunta: si dejase de escribir no soportaría mi propia presencia por mucho tiempo.
El hecho es que un instante antes de que mis manos pulsen cada una de las teclas correspondientes a estas letras, mi cerebro las ha pensado. Pero no soy yo el que escribe. Yo me limito a vivir dentro del cuerpo al que pertenecen los mencionados cerebro y manos.
Mi vecino de arriba se pasa horas aporreando el piano, a pesar de que no tiene ni idea de cómo se toca ni el piano ni ningún otro instrumento. Supongo que para mí diametralmente parecido. Yo tecleo en el ordenador sin tener ni idea de escribir. Yo toco el piano y él escribe. La solución es trivial. Pero el problema es que él desconoce mi existencia, y yo me he inventado la suya, lo que complica un tanto el hallazgo de la solución.
Mi cerebro piensa y mis manos escriben(tocan el piano). Y mientras mis manos y cerebro están ocupados, ¿qué hago yo? Y creo que esa es precisamente la cuestión, y es que yo mientras no hago nada. Lo cual es bastante pertinente, porque mi vida está vacía, no es nada, y la pobre , aún a pesar de su ausencia, tiene que soportar demasiadas presencias, como la del vecino, mi cerebro, mis manos, el tráfico de la calle, mi compañero de mesa en el trabajo y tantas otras. Liberarla de todo eso y de más cosas es un auténtico placer inexistente.
Mi intención antes de quedarme en blanco y empezar a divagar era la de contar una historia. Por ejemplo hablar de aquel verano en Dananco del Río en el que estuve con mis abuelos durante varias semanas, y de ellas casi dos sin que estuviera mi madre allí.
Y el claxon del panadero que cada mañana traía su mercancía en una furgoneta blanca terminaba de arrastrarme fuera del sueño. Si había sobrevivido toda la noche al implacable ataque de los mosquitos y me quedaba suficiente sangre en las venas, iniciaba una procesión hacia la cocina: Cola Cao y algún exquisito dulce recién importado desde el horno del pueblo por el panadero.
Cuando terminaba con el desayuno probablemente estuviera ya lo bastante despierto como para empezar a aburrirme. La pregunta había sido ya emitida o estaría a punto de serlo, siempre se producía durante el desayuno +/- 10 minutos: ¿abuelo está en el campo? La respuesta eran variaciones sobre la afirmación. Pero debía insistir, porque un día conduje el tractor, y mi esperanza de que esto se repitiese pasaba por que mi abuelo me llevase con él al campo a trabajar como aquel día, y para que esto se produjera, sólo concebía la posibilidad de que él aún no se hubiera marchado cuando yo me levantaba. Pero claro, el panadero no llegaba antes de las nueve y media, y para entonces él ya hacía un buen rato que se había ido. Era una situación verdaderamente angustiante.
Para superarlo solía ir a deambular por un pequeño terreno con unos cuantos naranjos que había al lado de la casa. Sabía que no debía alejarme, porque un poco más allá había algún tipo de abismo insondable llamado Pozo Negro, por lo que, obedientemente, permanecía a una distancia prudencial del muro de la casa.
Hacía mucho tiempo que no la veía. De hecho, sólo la había visto dos veces, pero en el fondo, si deambulaba por allí, era porque esperaba que la criatura volviera a aparecerse. Esa mañana se me ocurrió arriesgarme a caer en el Pozo Negro e internarme un poco más allá de la tercera hilera de naranjos para aumentar las probabilidades de encontrarla.
No llegué mucho más lejos, pero por allí no estaba, así que me di media vuelta, y entonces: “¡Aquí no puedes estar! A partir de estos árboles el terreno es de mi casa y tú vives en la otra” No sé de dónde salió, pero un momento antes no estaba allí. Me volví un momento y pude ver que a la Criatura de los Naranjos que era morena de piel y tenía el pelo largo y negro. Me parece que no incumplí su orden.
Entonces creo recordar oír la voz de mi abuela que me llamaba. Ella siempre se asustaba. Supongo que el hecho de convivir permanentemente con la presencia del Pozo Negro allí, justo al lado de su casa, la había vuelto un ser asustadizo.
Quise llegar pronto a la llamada de mi abuela, y sobre todo quise acatar fielmente la orden que la Criatura de los Naranjos me había dado, por lo que salí corriendo hacia la casa tan rápido que llegué cuando no he vuelto a pisar esa casa, ni el terreno con los naranjos, ni mucho menos conducir el tractor.
En cambio, toco el piano en mi portátil imaginando historias de veranos que no existieron o rememorando los momentos importantes de mi vida que nunca sucedieron.
No sé por qué hasta ese día nunca se me ocurrió contrastar el mapa más preciso que hasta entonces había hallado con la estupenda sección cartográfica de que siempre hacía gala el Departamento de Historia Antigua. Fue cuestión de un par de horas. Primero hallé lo que pudiera ser considerado una réplica de mi mapa, pero faltaba toda la parte en la que se veía la ciudad y el nombre. Pero este hallazgo me dio ánimos para seguir buscando. Al fin, cuando examinaba los últimos pergaminos, lo encontré. La palabra aparecía claramente junto al nombre de la ciudad. El camino se abría claro ante mí para llegar a probar que Prometeo no buscaba el bien de la humanidad al regalarnos el fuego.
Sé que salí tranquilamente de allí, que caminé hasta la otra punta del edificio dónde se encontraba el despacho de mi profesor. Pero me recuerdo a mí mismo corriendo para contar lo que yo ya sabía, como cuando oía el coche de mi tío que aparcaba delante de la casa de mis abuelos:
“Has hecho un buen trabajo de investigación. Este mapa que has hallado, de hecho, me viene estupendamente para la publicación en la que estoy trabajando. Pero entiende que no podemos pretender publicar cada idea que se te pase por la cabeza. Deberías saber que a partir de estos árboles el terreno es de mi casa y tú vives en la otra”.
La verdad es que no sucedió como lo he contado antes, porque no me volví al oír la llamada de mi abuela y seguí aproximándome a la Criatura entre los naranjos. Evidentemente la emoción del momento me hizo olvidarme de que el Pozo estaba allí. Caí en él y me absorbió el contenido de toda mi vida. Cuando volví a oír los gritos de mi abuela yo ya estaba del otro lado, y todo lo sucedido antes y después dejó de suceder.
Aunque he mentido de nuevo y de hecho nunca me caí al Pozo en Dananco del Río, porque tendría que haber estado allí y yo sólo escribí el nombre de ese pueblo al piano, en una redacción que hice para un compañero del colegio, por lo que debí perder el contenido de mi vida en otro pozo. En cambio sí que me acerqué a la Criatura de los Naranjos. Ahora la llamo el día de su cumpleaños, y también la llamo mi ex-mujer.
A esto no se le puede llamar relato. Soy consciente de que me estoy limitando a matar el tiempo mientras termino de convencerme que nunca podré escribir nada para enviarlo al concurso en mi nombre.
Sólo tengo que teclear palabras, igual que lo he hecho y lo haré tantas otras veces. Es igual que aquel faro que vi una vez. Nunca subí. Era un faro olvidado y recuerdo que sólo una pertinaz insistencia podía conseguir que los lugareños comprendieran a qué faro te referías cuando les preguntabas por él y por el motivo para verter superfluamente luz en todas direcciones, si ya hacía tantos años que por aquella bahía no pasaban barcos asiduamente. Yo quise entrar en el faro, conocer al farero que había decidido continuar su tarea innecesaria. Llegué a la puerta del faro y justo allí me quedé en blanco y no pude seguir escribiendo. Era sólo un cuento para luego leérselo a mi hijo, pero fui incapaz de terminarlo. Supongo que el hecho de no tener hijos influyó algo en esto. Pero no es mi culpa, es que la Criatura de los Naranjos, o al menos la de este lado del Pozo, decidió que no estaba preparada para crear un infeliz más, y yo solo no supe hacerlo.
Es posible que si hubiera entrado en el faro hubiera descubierto que en realidad no era un farero, sino una farera la que mantenía aquel faro vivo. Y lo hacía precisamente por ser un faro sin importancia, para que nadie le prestara atención y pudiera seguir llevando su vida sin ser molestada. Sin embargo yo la habría molestado. Tal vez ella sí hubiera estado preparada para crear más infelices.
La verdad es que no hubiera sido simple mantener una familia compuesta por mí, una farera y varios infelices si hubiera seguido con mi carrera de historiador en vez de abandonarla justo al comienzo del doctorado. No me arrepiento de ello, porque además ahora puedo llevar un tren de vida que muchos me envidiarán. Cada vez que recuerdo lo simpático que era el guía que nos tocó en la segunda excursión que hicimos en el viaje de Egipto me siento profundamente agradecido por la vida que llevo...
[“Interrumpo” el relato para expresar que mi mayor esperanza era que yo mismo me creyera lo que estoy contando, porque nunca tuve pretensiones reales de que esto pareciese haber sido realizado por un escritor de verdad, aunque fuera un negro anónimo. Pero ya es ridículo, este caos no tiene ni pies ni cabeza. Se me da mucho mejor llevar un tractor. Esta mañana mientras araba, me sentí poderoso. No sé cuántos cientos de kilos de tierra moveré al cabo del día, pero iba a toda velocidad, sorteando troncos de árboles, dando una pasada tras otra y aún pudiendo disfrutar de las Rapsodias Húngaras de Liszt atronando en mis oídos...¿un conductor de tractor escuchando a Liszt? No, es verdad, no tiene sentido. En realidad estaba escuchando la Octava de Mahler. Como digo me sentí poderoso. En cambio ahora, me siento humillado. Este no es mi terreno, los campos + tractor + tierra para roturar + Octava de Mahler, eso es mi terreno, y ahí no hay quién pueda conmigo. Es una pena que no organicen concursos en este campo, así que me limito a participar en los concursos de otros campos, como la literatura. Me baso en la premisa de que quién tiene talento de verdad puede emplearlo para lo que quiera. Pero está claro que con premisas no se llega a ninguna parte.]
La primera sinfonía que compuse era de ciencia ficción. Una familia vivía en una planta de extracción de combustible en medio de un planeta que era todo él un mar de ese combustible. Son los únicos habitantes del planeta. El hijo descubre que unos extraterrestres han llegado a la planta de extracción. No volví a escribir hasta muchos años después:
Hospedándome en un apartamento en Colonia durante un viaje de negocios me puse a rebuscar en los cajones. Hace un tiempo indefinido que cultivo la costumbre de mirar lo que contienen los cajones de los lugares en los que paso al menos una noche, con el fin de intimar un poco con el lugar. En esta ocasión hallé mi primer relato. Lo encontré formando parte de uno de estos recopilatorios de narraciones que regalan a veces en las librerías por la compra de quince libros de verdad. Era palabra por palabra el cuento que yo había escrito años atrás según pude recordar, porque nunca volví a localizar el manuscrito original. En realidad no sé cómo sucedió, o si realmente hallé el relato o no. Y tampoco sé si alguien me lo robó, o yo lo tiré y alguien lo encontró, o mi esquizofrenia me impide recordar que fui yo mismo el que hice llegar el cuento al autor bajo cuyo nombre había sido publicado.
- Me ha costado mucho terminarme tu último libro, pero creo que es uno de los mejores que me he leído en mi vida. Puede que cuando termine de asimilarlo cambie de opinión, pero ya estoy deseando de tropezarme con otro libro tuyo.
Se había pasado toda la comida mirándome. Después de la tabla de quesos y antes de la sopa constaté que cada dos bocados a su comida, levantaba la vista y me miraba. En el filete creí reconocerlo de algo. Cuando terminé con la guarnición del filete me di cuenta que sí, que lo recordaba porque hacía ya tres cuartos de hora que me espiaba mientras comía y charlaba con mi acompañante. Durante la mousse de chocolate comencé a cabrearme. Fue en ese momento que él terminó con su comida y se levantó para irse. Al pasar junto a mí me habló.
- Siento que no me lo hayas dicho cuando aún estaba con los quesos, pero la verdad es me estás confundiendo con otra persona.
- No puede ser. ¿No eres tú el autor de El otro día supe que mi tren está descarrilando? He visto demasiadas veces tu foto en la contraportada del libro.
- No, no, no puede ser. Te estás confundiendo. Es un error.
- Pues lo siento. Pero ¿cabe la posibilidad que tengas personalidad múltiple?
Fue hace un par de días mientras esbozaba un cuento para lo que será un libro de relatos que pensé en mi falso admirador. Es curioso que nunca hubiera pensado en aquel episodio hasta entonces. Fue algo demasiado raro. No sólo es raro que me confundiera con algún escritor moderadamente célebre, a mí que soy un antiescritor en las sombras, sino que lo hiciera con un escritor bajo cuyo nombre se ha publicado una de mis novelas y que es además el libro al que él hizo referencia. Tal vez él tenga razón y yo haya publicado ese libro. Pero entonces, ¿por qué no soy capaz de escribir este relato? Claro que también puede ser que sea él el que no existe. De hecho, si me lo planteo seriamente, mi relato sobre cómo ocurrió todo resulta bastante inverosímil. Por un lado está la oscura figura de mi acompañante en la comida, que da la impresión que me interesase mantenerlo indefinido para evitar su participación en el esclarecimiento de lo que en realidad pasó o no pasó. Por otro lado está la absurda respuesta de él : “¿cabe la posibilidad que tengas personalidad múltiple?” ¿De dónde puede provenir tanto sarcasmo? ¿Es que tiene certeza de que se trataba de mí sólo por la foto de la contraportada? No, ese sarcasmo sólo se podría justificar si viniera de mí mismo como inventor de este diálogo. Y por último, ¿cómo es posible que yo pidiera una sopa como primer plato?
También pudiera tener razón, y tengo personalidad múltiple. Hay una parte de mí que publica la que la otra parte escribe, porque la parte escritora no soportaría la presión de escribir para sí misma, de saber que cada una de las palabras que han salido de su cabeza hablan de sí mismo y de su vida, porque es imposible vivir la vida de otro, ni siquiera en la ficción de una narración. O tal vez no sea desdoblamiento de la personalidad, sino que tengo un editor que publica mis obras sin que yo lo sepa. ¿Pero por qué iba a tener un editor si no soy escritor? Creo que mi editor podría ser la persona que estaba comiendo conmigo aquel día.
Ahora no sé en qué lado del Pozo estoy. Tampoco sé si esto es un relato o no lo es. Se me ocurre que sí que soy un escritor, pero está claro que no tengo nada que contar. Sólo escribo cuando lo hago para otros, porque empleo mi talento de escritor para contar sus historias, como la del verano en Dananco del Río de la redacción de mi compañero del colegio. Estas historias emplean mis palabras para hablar de otros, porque yo jamás he estado en Dananco, ni he veraneado con mis abuelos, ni me he encontrado a la puerta de un faro, ni he hallado un mapa en un pergamino. Sin embargo hablar de sus vidas vacías me permite desnudar a la mía.
De cualquier forma, si tengo talento puede que pudiera emplearlo en otra cosa que no sea escribir, ya que no tengo nada que contar. Pero no sé qué es lo que mejor se adaptaría a mis limitaciones para poder explotar mi talento sin parasitar a los demás. Tal vez pudiera dedicarme a llevar un tractor.
Sólo me hace falta saber en qué puedo emplear mi talento para llevar a cabo mi intervención. No tiene por qué ser duradera, puede durar sólo unos segundos, como la intervención del piano en el segundo movimiento de la Octava de Mahler. Podría ser algo así como entrar en el faro y conocer a la farera, que se enamorará de mí. Ella tendrá un hijo mío, pero para cuando él aparezca ella ya ni se acordará de mi cara. Él se criará junto a ella, estudiará piano y conseguirá escribir un cuento al piano sólo para él y para la farera.
Y ahora es cuando borro todas las estupideces que he escrito, porque ya han cumplido el objetivo de distraerme de mí mismo y permitirme vivir unas cuantas horas de estos últimos días mi vida vacía y placenteramente inexistente liberándome, precisamente, de todas estas estupideces.