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Galarza, Rodrigo (Choala)

La raya de Coca

          

Empecé a ir de putas a los catorce o quince años. Fue una especie de “día D”, una siesta de esas en que ni siquiera las lagartijas se atrevían a cruzar la calle. Cuán cierto es que el comercio mueve el mundo -al fin y al cabo el pueblito también estaba en el mundo, en el culo…, pero mundo al fin- , ya que Coca, la niñera de mi hermano pequeño,  cambió de actitud cuando le propuse que me prestara un ratito (dos o tres minutos no más) su cuerpo a cambio de mi silencio. Mi silencio significaba no contarle a mamá que ella dejaba entrar por las noches a ese tal  Eugenio, y que para recibirlo, a veces usaba el corpiño de seda que a mi madre cada tanto se le extraviaba.

Coca era una hembra espléndida y ella lo sabía. Sabía que mi hermano de trece y yo estábamos empezando a aprender  “manualidades” por lo que cualquier estímulo desataba entre nuestras piernas deliciosas  efervescencias. La Coca, la muy Coca, sabía también que, si bien nos acostábamos en la hora de la siesta, no era para dormir, sino para esperar que ella saliese de la ducha envuelta en una toalla y paseara su cuerpo moreno, dejando cada tanto escapar un seno, antes de tomar la escalera que le conducía a su habitación del altillo de la casa. Tampoco ignoraba que minutos mas tarde hacíamos llorar a mi hermanito para que ella bajara a atenderlo vestida con la remera larga que usaba de camisón, sin ropa interior. Así nosotros preparábamos los ojos para la fiesta que debajo insinuaban sus formas, esa carne dura y torneada que tiempo después pude  sentir. Porque en esas idas y venidas de su figura, una sola vez  pude ver su entrepierna aunque sólo muy parcialmente. Recuerdo que me puse nervioso, que ese segundo se convirtió en eterno. Tuve ante mis ojos lo que por las noches no me dejaba dormir, pude ver su llaga cubierta de musgo,  y creo que hasta percibí su olor o al menos lo imaginé. Ese instante en que se agachó para recoger de la cuna al bendito bebé, fue la gloria para mí  y para mi otro hermano, que lamentó haberse distraído, pero que disfrutó tanto como yo de las descripciones posteriores. Quizá en ese momento nació el escritor.

Yo sabía demasiado de ella, sabía cada unos de sus pasos a seguir según la hora, sabía de sus sanas costumbres de masturbarse a horcajadas sobre la almohada, de su manía de tocarle el ínfimo pene  a mi hermanito cuando lo cambiaba, de su admiración a  la “Coca Sarli” por lo que los sábados se quedaba hasta tarde para ver sus películas. Creo que ella se sentía la Sarli y quizá por eso, mientras mis padres dormían, se paseaba por la casa semidesnuda. Sabía que en la ducha de antes de acostarse ella orientaba el fuerte chorro de agua hacia sus senos y que los pezones se le endurecían al mismo tiempo que a mí me dolía la erección. Que ese tal Eugenio era muy cruel con ella, que a veces le agarraba de los pelos y le decía groserías que yo no entendía, aunque luego yo mismo me convertí en Eugenio. Sabía que el primer hombre de su vida (al menos de su cuerpo) había sido por una entrega de su propia madre a cambio de dos kilos de carne y uno de yerba. Es que sabía demasiado de ella, ¿cómo no me iba aprovechar de eso?

Ella me había arrastrado a convertirme en un voyeurs. Qué bien suena esa palabra que por entonces no conocía, pero que se desarrolló en mí con creces. Me había convertido en un espía, en un obsesionado pibe de catorce o quince años que ya no compartía los secretos con su hermano del alma, ni salía a explorar como Robinson Crusoe la laguna del fondo de su casa. El objeto de exploración, de descubrimiento y conquista estaba adentro, en esa hembra espléndida que sabía que lo era, no había en ella ningún dejo de inocencia, más bien un atisbo de perversión que mi mente y mi cuerpo recibían con avidez.

Eso de ser un voyeurs tiene su coste y preparación, no vale hacerse simplemente el distraído, ya que las hormonas pueden resultar traicioneras, y uno por apurado o por no medir los riesgos del atrevimiento, puede ser pillado con la mano en la “masa” (nunca mejor dicho) al estar excitado antes de tiempo, antes de que el objeto a espiar aparezca en escena,  o que bien sí aparezca,  pero por detrás preguntándote ¿qué hacés?,  dándote un coscorrón  en el centro del mate.

Espiar también significa tener imaginación ya que la lente disponible no siempre abarca todo lo que uno desea, pero  de igual modo,  me las arreglaba para seguir el recorrido del elástico de la ropa interior de Coca; me excitaba comprobar que había días en que se traía diminutos triángulos isósceles invertidos , y que si uno levantaba la falda era probable que fuera de color rosa. Recuerdo, cómo en silencio me enfadaba con ella cuando llevaba puesto una ropa interior demasiado grande. Recuerdo aquella primera noche en que a duras penas, ese tal Eugenio, logró subir desde afuera de la casa hasta el altillo donde ella le esperaba nerviosa y a la vez emocionada ( en Corín Tellado también sucedían esas cosas, sólo que en las altas alcobas de las mansiones).  Recuerdo que fue muy rápido, que ella tenía puesto su camisón de siempre, que él tardó en desnudarse lo que yo espantar la aureola de mosquitos que tenía sobre mi cabeza, que al principio ella le dijo: así…así…, pero que luego él se puso un poco violento y hasta amenazó con gritar. Recuerdo que entonces Coca, le tapó la boca y le dijo nuevamente: así… así… y que él recuperó la calma expidiendo un último gemido mirando hacia el techo (por un momento creí que me había visto, pero luego me di cuenta de que tenía los ojos cerrados). Se habían quedado en silencio durante un rato que a mí ya no me interesó.

Al día siguiente me levanté de mal humor, odiando con todas mis fuerzas a ese tal Eugenio, que ni siquiera había hecho gozar a la Coca  (un conejo habría tardado más en terminar que él), al menos eso había pensado esa mañana en la que ella,  al verme enfadado con la vida me preparara el desayuno antes de irme a la tormentosa clase  de educación física.

En realidad aquella fue la primera vez que vi a la Coca totalmente desnuda, aunque debo confesar que la luna no fue generosa con su luz  ya que entre que el morocho la montó y se apeó cansado,  no hubo mucho tiempo para  verla porque ella volvió a ponerse el camisón.

Pero no tardarían las revanchas.

2

Creo que sí , que se puede llamar revancha a eso de tenerla para mí y de boicotear constantemente sus encuentros furtivos con Eugenio al que yo veía como el típico “machito” que en el fondo ama a los maricones.

Recuerdo que cuando le propuse a Coca acostarme con ella a cambio de mi silencio, me miró de una forma extraña a  la vez que sonrió de un modo aún más extraño, como queriendo decir “qué cruel sos” o “que tonto, si me lo hubieses pedido…”. Me sentí un idiota pero la  propuesta estaba hecha y no había manera de echarme atrás, ahora debía oficiar de malo, sobre todo cuando estuviera desnudo y cuerpo a cuerpo con ella, ¿qué otra actitud podía adoptar sabiendo el comportamiento de Eugenio?

Mi hermano de trece olía algo raro ya que yo evitaba hablar de la Coca, y curioso como era me andaba atrás para que le contase. Pero no podía compartir mi botín con él, un trato era un trato, y yo no veía la hora de meterme en el cuerpo de esa hembra. Bien podría decir piba o muchacha, pero debo confesar que por esos tiempos los pensamientos acerca del misterio de la mujer no me preocupaban en absoluto, sólo la comprobación de un placer carnal auténtico, que reemplazara mis ejercicios imaginativos derivados en ejercicios manuales (quizás el acto más íntimo que existe). Aunque lo cierto es que , con el pasar de los años, ya con el nombre de la Coca fuera de mi cuerpo, tanto las “manualidades” como mi vocación de mirón, no disminuyeron.

Recuerdo aquel “Día D”, aquella siesta de calor insoportable, un domingo creo. Mis padres y hermanos se habían ido a pasar el día a una laguna que quedaba a escasos kilómetros del pueblo. 

Todo había salido como planeamos. Aun siendo su día libre, Coca se había quedado en casa  retrasando la visita a su madre. Y yo, como quien no quería la cosa, aduje que había quedado en encontrarme con mi primo Edelmiro para ir de pesca a los puentes.

Yo estaba preparado (al menos eso creí en esos momentos), media hora  antes me había eyaculado en el baño para que mis catorce años no me jugasen una mala pasada.

La vi bajar de su habitación vestida con el corpiño de un  bikini fucsia y el pareo que mi madre le había regalado. Luego ir hasta la cocina por una jarra de agua. Yo mientras tanto no supe que hacer, como ubicarme en la cama, ni donde poner las manos, no supe qué hacer con ellas (creo que me acomodé el sexo para disimular su erección).

Ella llegó con sus veinticuatro años, con su cabello recogido, con sus pechos turgentes como dos campanarios de iglesia, con sus caderas de odalisca, con su olor a espartillo y su mirada de hembra en celo (quizá si lo estaba, y el episodio que venía no era solamente un  negocio para ella sino también  un capricho, el deseo de  iniciarme o de corromperme, de hacerme adicto a su sudor y palpitaciones).

Me pidió que le sacara el corpiño y lo hice rápidamente, por suerte iba atado y no con esos broches que a veces entorpecen las urgencias. Luego ella se quitó el pareo.

Su cuerpo brillaba de sudor. Sus piernas y brazos tenían la rigidez proporcionada por el ejercicio diario de haber cargado durante su infancia y adolescencia, sacos con botellas de leche.

3

Me besa en el pecho. Se me desata un temblor como si mi cuerpo entero fuera un solo músculo, mis piernas se estiran, se alargan hacia abajo. Ella baja a mi ombligo y mete su lengua en él. Yo no sé si esto es verdad. Cierro los ojos, sólo por momentos, porque no quiero perderme de vista su lengua bailarina. Tengo sangre en demasía en el mástil que sobresale de mis piernas, parece que me va a estallar. Ella baja aún más, nunca deja de besarme, baja, baja, pasa de mi pedazo enrojecido y me besa la entrepierna, luego se detiene un instante y me mira y sonríe  y mete mi miembro en su boca, repasa con su lengua la textura de las venas y vuelve a mirarme y yo expulso un gemido y cierro los ojos , llevo mis manos a su cabeza y enredando mis dedos en sus cabellos, le marco el ritmo (el que ensayara en mis masturbaciones). Y me sobreviene  una desesperación, quiero entrar entre sus piernas, quiero hundir mi brasa en su llaga de ortigas. No aguanto un segundo más: interrumpo el ritmo de su boca embutida y ella lo entiende y se acuesta y  abre sus piernas formando una horqueta perfecta, y yo me abalanzo   en una primera estocada; pero ella sonriente me dice “no es ahí” agarrando mi verga y ubicándola más abajo. La segunda no falla, se hunde en la raya húmeda que  de pronto se convierte en fauces tragando  mi glande de un bocado.

Y le doy otra estocada, y otra, y una última profunda que hace chocar con fuerza mi pelvis contra la suya. Y me quedo en ella con toda la espuma de mi sangre y todas las ansiedades y todas mis fantasías hechas realidad. Me quedo en ella pensando en las muchas posibilidades que tiene el cuerpo humano para el coito, en lo mucho que todavía falta para que pague mi silencio, en lo prieto (o no) que estará su culito, allí, al fondo de su grupa.

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