Trofeo
Mamá me pide que no le hable; dice que va a dormir un ratito. Le pregunto si quiere que baje el respaldo de la cama y asiente con el mentón. Las camas de hospital tienen esta ventaja. Giro la palanca y el colchón desciende lentamente. Después me acomodo en la silla y le tomo las manos; se las acaricio y sonrío. Es la primera vez que reparo en las manos de mi madre. Cuando estaba bien, las tenía siempre en movimiento, siempre tejiendo, trabajando o escribiendo. No se las cuidaba: a lo sumo se las frotaba con limón y después se ponía aceite de almendra. Recién ahora descubro que sus dedos son cortos y las uñas parecen aplastadas. Son feas las manos de mamá. Apoyo mi cabeza sobre el colchón y cierro lo ojos. No quiero ver la sala de terapia intensiva, los rostros inexpresivos de los médicos, la falsa complacencia de las enfermeras. No sé por qué la han traído acá si estaba cómoda en la otra habitación. Pero no pregunto nada. Mi madre tampoco, tal vez las dos pensamos que si hacemos todo lo que nos dicen, podremos irnos rápido. Mamá quiere ir a regar sus plantas y yo volver a mi trabajo. En esta época del año, hay tanto por hacer; en fin, mejor que no piense en eso. Respiro hondo y me relajo.
–Mami, los árboles son malos, ¿no?
Ahora soy yo la que está enferma, creo que con paperas. A través de la ventana veo un árbol furioso. Algunas ramas golpean con fuerza el vidrio y tengo miedo de que lo rompan. Pienso que el árbol está enojado conmigo. Mamá corrige cuadernos y apenas levanta la vista. No le gusta que le hable. O a lo mejor le gusta pero no tiene tiempo. Tampoco habla con mi hermano. Me mira distraída y yo digo que los árboles son malos. Sonríe y dice que sí, que cuando hay viento los árboles se enojan. Y después sigue corrigiendo. No sé si es linda mi mamá. Cecilia dice que su mamá es linda pero yo no me doy cuenta. Lo único que sé es que mi mamá siempre está ocupada. Cuando llego a la escuela y cuento lo que me dijo, eso de que los árboles eran malos, todos se ríen, hasta la maestra se ríe. No me gusta que se burlen de mí. Me pongo colorada, y alguien dice Se puso colorada, se puso colorada… Esto me da más rabia y ya no puedo decir nada. La maestra está parada al lado de mi banco y espera.
– La enfermera de la noche es mala.
La voz de mi madre me saca de la ensoñación. Siento un leve estremecimiento.
–¿Por qué decís eso, mamá?
–Anoche quise levantarme para buscar una bombacha y la enfermera me dijo que no. Después me ató a la cama.
–¡Pero qué bruta! Cuando termine el horario de visita, voy a hablar con el director. No te preocupes que él la va a poner en su lugar.
–Estoy cansada.
–Entonces no hables. ¿Querés que te haga masajes en los pies?
A mamá le encantan los masajes en los pies. Me he dado cuenta de que la línea del monitor cambia cuando se los masajeo o acaricio. Si me detengo, la línea hace unos piquitos rápidos y cortos, como si el corazón se pusiera a temblar. En cambio, cuando siente mi contacto, el dibujo es regular. Intento explicárselo al jefe de terapia intensiva para que me deje estar más tiempo con ahí, pero el tipo sonríe de manera burocrática y me dice que no puede hacer excepciones. Con rabia, me despido de mamá y vuelvo a sentarme en el pasillo sin ventanas. Pienso que me ayudaría rezar. Pero no recuerdo las oraciones. Cuando éramos chicos, mamá nos hacía rezar siempre la del ángel de la guarda, esta sí la recuerdo: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me abandones ni de noche ni de día”. Una voz me saca de la abstracción.
–Acabo de dar la orden para hacerle un nuevo estudio a su madre. Nos va a permitir evaluar mejor el riesgo quirúrgico. Hoy a las cuatro vendrá a buscarla una ambulancia.
Escucho al médico y entiendo lo que dice pero es como si no dijera nada. No dice lo que me interesa, no menciona cuándo podré llevarla a casa, cuánto tardará la recuperación, cuándo volverá a ser la misma de siempre, ocupada en preparar mermeladas para los ancianos del geriátrico. Lo miro y asiento con humildad, con una sonrisa de acatamiento. No le pregunto nada para que no crea que soy una de esas cargosas que preguntan todo y no entienden nada. No me gustaría que crea que lo hacemos perder el tiempo. Estoy a punto de decir “Lo que usted mande, doctor” pero me corrijo a tiempo y digo con el tono más amable que encuentro:
–Gracias, doctor.
Se va y todo queda en silencio, inmóvil, como suspendido. Como un relámpago pasa por mi cabeza la idea de la muerte. Por suerte, a lo lejos acelera un auto y en el pasillo alguien arrastra una camilla. Trato de no pensar y fijo la vista en un cuadro. La enfermera que pide silencio es la misma que pedía silencio hace cuarenta años, cuando mi madre esperaba que el médico terminara de suturarme la cabeza. Recuerdo que decía Fue una desgracia con suerte, que si en vez de una bicicleta te atropellaba un auto...
–Vamos, vamos, remolonas, que ya está la ambulancia abajo; se van a ir las dos a dar un paseíto.
No sé por qué me irritan tanto los diminutivos de esta enfermera. No quiero saber si fue ella la que la ató a la cama. No quiero saber su nombre ni los de sus compañeras. No quisiera guardar en la memoria ningún detalle que me lleve a recordarla en el futuro. Me gustaría que todo esto fuese ya olvido, como esos sueños que desaparecen al despertar sin dejar rastros.
Un médico sube con mamá en la parte trasera de la ambulancia y yo me siento adelante, al lado del chofer. Es un señor mayor que me trata con amabilidad. Le digo que el silencio de esta ciudad me desconcierta. Él dice que es sábado y que la gente duerme la siesta. ¿Cómo hemos venido a parar mi madre y yo a esta ciudad con nombre de santo? Comento que hace unos años estuve en Asís, que vi la tumba de San Francisco, que había muchos visitantes, que… Me parece que no le interesa lo que digo y entonces dejo de hablar y cierro los ojos.
“¿Qué me trajiste?” “Primero dame un beso, aquí, bien fuerte, mi polaquita colorada”. “No, primero dame lo que me trajiste”. “Hoy te traje la oreja de un chico?” “Mala, no te quiero más”. Me revienta que mamá se haga la graciosa. No es graciosa. Es mala y tonta. Estúpida. Nunca me trae lo que le pido. Y siempre dice que tiene la oreja de un chico. Quién se lo va a creer.
Llegamos a una clínica y me dicen que espere en una salita que da a la calle. Obedezco. A mamá la llevan en una camilla hacia no sé dónde pero sonrío y no pregunto nada. Que todos sepan que somos buenas personas, que colaboramos con el mejor ánimo y que queremos irnos pronto. No ha pasado mucho tiempo cuando reaparece el médico y con un tono impersonal maquillado apenas con una pincelada de bondad dice:
–No pudimos terminar el estudio. Mañana...
–¿Qué pasó, mamá?
–Estoy cansada.
Cansancio. Yo también empiezo a sentirlo. Me cuesta mantener la espalda derecha y tengo los pies hinchados. Ya en el hospital, me traen una silla y me dicen que puedo quedarme más tiempo. Me permiten darle la comida y la medicación. Le pido a mamá que haga un esfuerzo y trague la pastilla. El médico ha dicho que no sabe cómo va a reaccionar el organismo ante la nueva medicación. Tomo su mano izquierda y se la acaricio hasta que se adormece. Cuando intento soltarla, la línea en el monitor se altera. Vuelvo a tomarla y esta vez reparo en que mis manos son idénticas a las de mi madre.
No sé en qué momento ha llegado mi hermano y ahora está hablando y hablando. Cuenta que su hija ha ganado un trofeo en el colegio.
Mamá repite la palabra trofeo y después cierra los ojos. Traen otra silla para mi hermano. Los dos nos quedamos mirando la línea cada vez más irregular que se dibuja sobre la pantalla. Hasta que la línea encuentra su cauce y avanza recta como trazada por un lápiz. No puedo quitar los ojos de los labios de mamá. La última palabra que ha pronunciado ha sido trofeo. Resuena en mi mente de un modo extraño, casi gracioso. Me acuerdo de un postre rico hecho de merengue, crema y nueces. Ella siempre dejaba la nuez para el final.
Trofeo, mamá.
No sé en qué momento me he puesto a llorar.
Autor: Catalina Votos: 76