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Premio del público Cosecha Eñe 2010

El río

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El otoño parecía deslizarse con suavidad en los días mortecinos de aquel octubre lluvioso… las hojas muertas del calendario, caían con una lentitud que le exasperaba.

            - No me gusta, no… - se dice Pablo España, contrariado. -

            Pablo tiene su última novela casi terminada; ahora lucha con esa esquiva primera frase, la que ha de encabezar el texto definitivo, la que no le permite dar por acabado el trabajo; duda entre recuerdos y sombras de la imaginación, sin dar con la entrada que le convenza y no puede evitar pensar en aquel personaje de “La Peste”, quien ilusionado con hallar la frase que ha de ilustrar el inicio de su gran novela, concluye sus días de vida trabajando en una sola frase, sin conseguir, hasta más allá de la muerte, darle el formato que llegara a satisfacer su ego por completo.

            - Este es uno más de los absurdos tópicos, con los que todo escritor se ve forzado a vivir, - piensa Pablo, reflexionando en voz alta. -

            Esa misma mañana, ha recibido un paquete de la Editorial L.A. National Quest Imprimatur, para la que ocasionalmente realiza encargos de traducción. Desde su salida al exilio, tras un largo periplo por varios países y su llegada final a Nuevo México, donde se establecería hace ya treinta y tantos años, se ha dedicado a las más pintorescas ocupaciones, manteniendo sin desfallecer, su lucha por llegar a ser un buen novelista; afirma que nunca ha buscado la fama, - al menos de forma consciente, - a través de la literatura; tan solo le movía el anhelo, quizás pueril o algo infantil, de ver sus letras recompensadas con la imprenta, simplemente publicadas.

            Éste fue un logro ya alcanzado años atrás, aunque, con tan limitado éxito económico, que se ve forzado a alternar eso que él llama “su eterna vocación”, con otras labores menos satisfactorias que le permiten vivir con cierta dignidad; además de una columna semanal en uno de los periódicos locales, acepta encargos puntuales para traducir trabajos de otros autores, del inglés al español, con la única pretensión de “llenar la cazuela de garbanzos”; así gusta de comentarlo, dejando caer una sonrisa socarrona, muy propia de su carácter manchego.

            Como premio a su tenacidad, consiguió poner en imprenta seis o siete trabajos, casi todos ellos compuestos por varios relatos cortos, que hablan, - como no, - de exilios propios o ajenos.

             Lloraba el alejamiento de los suyos, le dolía la inevitable salida del país, algo que se le había enquistado en el alma, y que, en un rasgo de nostalgia, que ahora, transcurridos los años, considera un gesto cursi y bastante trasnochado, le llevó a adoptar el nombre de la patria como apellido-seudónimo, resumen de avatares, abandonos, olvidos y persecuciones.

                                                                       *****

            A pocas millas o kilómetros de allí, en la Baja California, a la misma hora y en el mismo día, está ocurriendo una escena extrañamente similar; otro exiliado europeo, Laszlo Kádári, ha recibido un paquete muy similar, de una similar procedencia.

            Este húngaro huido del horror de otra guerra, novelista de vocación, con idéntico escaso éxito editorial que Pablo, tiene también como segunda ocupación, la de traducir originales; en su caso, del español al inglés; un trabajo que realiza para la Editorial L.A. National Request Imprimatur, prima hermana de la anterior y la que, en esta mañana de octubre le ha hecho llegar mediante mensajería urgente, un envío conteniendo el último trabajo de un exiliado español, - desconocido para él, - residente en un pequeño pueblo de Nuevo México.

            Hoy se lamentaba el húngaro, por no hallar inspiración para atinar con un final adecuado a sus propósitos y dar así por acabada su última novela; la que él cree ha de ser la definitiva; con notable contrariedad, ha tomado la decisión de adelantar en la medida de lo posible, la rutinaria tarea de traducción de un trabajo ajeno, mientras, - se dice, - “las musas sigan durmiendo”.

            A las 10.22 de la mañana, con escaso interés, desenvuelve el paquete de la editorial.

            Como imaginaba, le envían otra novela para traducir; tiene ante sus ojos un trabajo duro.

            Cuatrocientos ochenta folios pulcramente mecanografiados.

            En la primera página, a modo de presentación, un par de escuetas notas - biográfica y bibliográfica, - del autor; una mueca de desconcierto y desasosiego ensombrece su semblante, cuando fija la mirada en el título, que, en negrita, encabeza el texto.

                                                                       *****

            La Baja California y Nuevo México comparten el mismo huso horario.

            Son las 10.22 de la mañana y Pablo España está tan sorprendido como Laszlo Kádári.

            Su penúltima novela, ya acabada y entregada a la editorial se titula “El río”.

            Su sorpresa arranca del rótulo que encabeza el legajo que le envían para traducir y ahora sostiene en sus manos; la novela que contiene ha sido escrita, - según se explica en nota adjunta, - por un exiliado húngaro, de quien no sabe nada. La novela del húngaro se llama “The River”.

            Una simple coincidencia, - se dice Pablo, - restando importancia al hecho de que las dos novelas tengan el mismo título. Dispuesto a seguir su rutina, recorre abstraído el pasillo que cruza de lado a lado la desvencijada mansión donde vive; en las paredes del largo corredor, profusión de retratos y recuerdos de su pasado; desde las añosas paredes, le observan inmutables, en marcos renegridos por el humo de millones de cigarrillos, una legión de antepasados nunca olvidados, que escoltan su camino hasta un espacioso despacho atestado de libros amontonados, legajos, cartas y documentos; antes de empezar a trabajar, toma, como cada día, un sorbo de vino español; apaga su eterno cigarrillo negro, en un cenicero rebosante de colillas, y con el último aliento de aquél aún inundando sus pulmones, da lumbre a otro con el chisquero de mecha anaranjada que heredara de su abuelo; ocupa su vetusto sillón de cuero y se arrellana en él, posando la mirada en el marasmo de papel que reina sobre su mesa; apoya los codos sobre el nogal barnizado y la barba de dos semanas en sus palmas abiertas; el cigarrillo de marca española, humea, colgando del extremo izquierdo de sus labios, tamizando con sus caprichosas nubecillas el espacio ante sus ojos.

            Pasa la primera página del primoroso legajo, encuadernado en bellísimos atadillos con cintas rojas; en ella, apenas cuatro palabras en tinta azul, desgranadas en delicada caligrafía; los nombres de la novela y su autor; planea hacer una primera lectura superficial, para entrar en materia; quizás tome algunas notas; luego, tal vez mañana, empezará a traducir.

                                                                                  *****

            Laszlo Kádári mantiene inquebrantable fidelidad a la estilográfica; desprecia las ventajas de bolígrafos, máquinas y ordenadores; para escribir, acostumbra a tomar acomodo al aire libre, siempre que el frío del invierno, el calor pegajoso del estío o el atemporal viento cargado de polvo que viene de las montañas, al Sur, no resulten demasiado molestos para su ya avanzada edad; no le atraen los espacios cerrados; cualquier pequeño jardín de los alrededores o una simple sombra de árbol que le cobije, serán suficientes para él.

            Hoy trabajará en su propio jardín, en su mesa de mármol, bajo la tupida sombra de media docena de jacarandás venidas de su Hungría natal, que forman un círculo en torno a ella.

             Se instala con su habitual gesto metódico de seriedad, acentuado hoy por el desasosiego que le produce la extraña coincidencia que observa en el título de la novela del español, con su propio manuscrito; sus gafas, de redondos cristales engastados en fina montura de alambre, único testimonio entre sus posesiones, de que una vez existió una madre fusilada por los nazis, tiemblan por encontrados sentires, al paso de sus avances en el devenir de las páginas.

            Lee en español, sobrecogido, mas debe pensar en inglés… y lo que piensa es terrible.

            Con el pulso alterado y el corazón cabalgando a marchas forzadas, no ha podido abandonar la lectura durante las diez últimas horas; olvidada toda función fisiológica, su cuerpo arde de inquietud; se siente abatido, derrotado, furioso e incapaz de sobreponerse a una tremenda indignación, que ha ido en aumento al ritmo de sus progresos en la lectura.

            Se debate entre dudas y lo que parece una evidencia, le tortura.

            Su trabajo de tantos meses, ha sido burdamente ultrajado por un indeseable español; quizás se trate, - piensa, - de una, aún más burda maniobra de la editorial.

            Esos desaprensivos, en su vileza, no se detienen ante nada, son capaces de…

            Intentando pensar… Tratando de evitar la aglomeración de ideas que aguijonean su capacidad de raciocinio.

            No parece extraño, - se dice, - que a dos autores se les ocurra escribir una novela sobre el mismo tema, o que se cuenten historias parecidas que transcurran en ámbitos semejantes y en los mismos tiempos… pero esto es demasiado; esto solo puede tratarse de una broma de pésimo gusto o de un plagio absurdamente patético, perpetrado con el mayor de los descaros y para el que sería imposible hallar justificación alguna.

                                                                       *****

            Son las 10.07 de la noche y un Pablo sobrecogido, casi al borde del agotamiento físico, ha dado cuenta de la tercera cajetilla de tabaco del día y acabado la lectura del texto de Laszlo; y aquí comprueba el observador imparcial, las manifiestas diferencias de carácter con el del húngaro.

            El manchego enfoca la cuestión desde una perspectiva mucho más relajada.

            De igual manera que el húngaro, no ha necesitado llegar más allá de la segunda página del texto, para percibir las coincidencias… mejor, copias exactas, de los dos trabajos; no obstante, ha estimado necesario terminar la lectura; y así, continúa hasta el final, aún estando seguro de no hallar más sorpresas y de que no ha habido tiempo material para que su trabajo se haya traducido al inglés, - lo había terminado y enviado apenas tres días antes, - y para que se hubiera reescrito a mano, con pluma y con una caligrafía de tal pulcritud, como la que tiene ante sus ojos.

            Parece imposible que la novela, - su novela, - haya recorrido tanto trecho en tan escaso periodo, llegando a la editorial y volviendo a su poder traducida y escrita a mano, con las mismas palabras, los mismos puntos y las mismas comas.

                                                                                  *****

            En otro extremo del planeta, las deliberaciones de la Academia Sueca para seleccionar candidatos al Premio Nobel de Literatura, superan de largo la paciencia de muchos de los comisionados; a día de hoy las discusiones son interminables y las propuestas llegan al paroxismo.

             Ante la avalancha de candidatos “con nombre” en el mundo de las letras, la Suprema Comisión Deliberadora, decide designar una Subcomisión que se encargará de eliminar, - por decirlo de una forma tan civilizada, como solo un sueco podría hacerlo, - cuantos nombres sea necesario hasta reducir la lista a dos finalistas, entre los que la Comisión, en sesión plenaria, deberá determinar a quien considera avalado por una trayectoria de mayores merecimientos.

                                                                       *****

            En el lado opuesto del hemisferio norte, Pablo España y Laszlo Kádári, en sus solitarios destierros, se debaten entre sombríos pensamientos, ante el problema que se les plantea; ambos piensan en la posibilidad de emprender acciones legales contra el oponente o contra la editorial y sus representantes, por algo que a todas luces, no puede ser otra cosa más que un plagio.     

            Han pasado dos semanas y los eminentes jurados de la Comisión, han alcanzado un dictamen consensuado, con el resultado, - previsible, - de eliminar a todos aquellos candidatos que el público menos exigente habría seleccionado; es decir: todos los favoritos han quedado fuera.    Han sido seleccionados dos autores, prácticamente desconocidos por el gran público.

            Se argumenta que, efectivamente, se trata de dos personajes sin demasiada relevancia en el mundo editorial, pero que atesoran una enorme calidad en su trayectoria como escritores; detalle que se pone de manifiesto en cada línea de sus múltiples trabajos periodísticos, de sus relatos cortos, de sus novelas o ensayos; trabajos, todos ellos, cuyo resultado habitual ha sido el de representar un desastroso negocio para las editoriales; mas, se hace hincapié en el hecho de que esa circunstancia nunca sería considerada un demérito de los seleccionados.

            Varios días después de que ambos autores hayan recibido los originales y tras una segunda y tercera lecturas, Pablo considera absurdo continuar con la tarea de traducir el texto de su colega húngaro y haciendo gala de un pragmatismo típicamente manchego, rayano en lo jocoso, se ha limitado a enviar a la editorial una simple copia de su propia novela, asegurando que se trata de su trabajo de traducción terminado, y tras depositar la copia en el domicilio de su agente, para que éste se encargase del envío, se dirige a la oficina de Correos para recoger su correspondencia.

            En su apartado encuentra pocas sorpresas; una docena larga de envíos desechables, folletos publicitarios, alguna factura que no piensa pagar y una carta de un desconocido Sr. Gustafson, que le notifica, -  con toda reserva, pero de muy buena tinta, - la buena nueva: Pablo España está en inmejorable posición para ser finalista en el Premio Nobel de Literatura de la presente edición. 

            El Sr. Gustafson es un buitre carroñero de la peor especie; un ave de mal fario de las que pululan por los despachos editoriales, revoloteando como moscas pegajosas, con el ansia refulgiendo en sus pupilas y el brillo del oro en sus afiladas garras de ave de rapiña.

            En su extensa carta, le ofrece a Pablo, - en idénticas condiciones que lo hiciera con Laszlo y con otros sesenta y cuatro preseleccionados, que alguna vez tuvieran posibilidades, - las mejores perspectivas editoriales para sus trabajos futuros, toda vez que, una vez confirmada la concesión del Nobel, su cotización se disparará hasta cotas inimaginables de popularidad… y rentabilidad.

                                                                                   *****

            Laszlo, el húngaro melancólico, tiene en sus manos una réplica exacta de la carta del buitre sueco; solo se diferencian en el nombre y dirección del destinatario; la impresora láser del Sr. Gustafson, sueco y vago, - por cierto, una pésima combinación, - arrojó por su tolva, exenta de cualquier vestigio de sensibilidad, sesenta y seis copias de un mismo original, a las que el sueco se limita a añadir el toque humano de la firma, para luego hacerlas llegar a las distintas direcciones de los sesenta y seis incautos autores preseleccionados, que las reciben con el natural alborozo.

            El exiliado húngaro, perdido el control de su propio pulso, está desconcertado.

            La grata noticia le obligará a dejar de lado otras cuitas; urge organizar las ideas y establecer un orden de prioridades; más firme en sus convicciones que el propio Pablo, continúa con su trabajo de traducción, lo acaba y lo envía a la editorial, a sabiendas de que es un puro calco del que envió como propio; miles de frases, cientos de miles de palabras, puntos y comas, copias exactas de su propia novela; en los días transcurridos desde que recibiera el original de Pablo, sin dejar de lado el trabajo que le procura el sustento, ha seguido en paralelo una cadena de investigaciones, que finalmente le llevan a resolver que su primera impresión, aquella tan negativa, podría estar equivocada; concluye que no ha habido plagio, no cree que exista una explicación plausible, pero está convencido de ello; tampoco ha existido manipulación por parte de los editores, ni encuentra motivos para reprochar nada a  nadie; su investigación le confirma que se ha producido un insólito cúmulo de circunstancias casuales, que han llevado a dos personas a parecerse tanto, como la propia imagen en el espejo.

            Continúa sin saber nada de Pablo; apenas ha podido enterarse de que es un exiliado español, de una edad próxima a la suya, quizás algo mayor; piensa que si un matemático se aplicara en el cálculo, acerca de la remotísima posibilidad de que dos personas desconocidas entre si, separadas, quizás con alguna lejana coincidencia en sus biografías, escriban, dentro del mismo espacio temporal, una misma frase, una misma página e incluso cuatrocientas ochenta páginas exactamente iguales y en el mismo orden, aunque en diferente lengua… ese pobre hombre, ese pobre matemático terminaría loco, sin remedio alguno; no obstante, por imposible que pueda parecer, eso ha sucedido. Ahora lo sabe; la incalculable probabilidad de esa coincidencia, se produjo y Laszlo no se considera capaz de llegar a entenderlo, sin conocer a esa persona.

            Necesita conocer a ese hombre que ha llegado a pensar, vivir, soñar y plasmar en idéntica escritura, no solo los sentimientos, sino las expresiones, el tempo, el estilo y la vida misma de sus personajes… y con las mismas palabras que él; ni una más, ni una menos.

            Necesita conocer a ese hombre.                         

                                                                                   *****

            El Sr. Gustafson estaba en lo cierto; naturalmente, no se podía equivocar.

            Si uno compra todas las papeletas de la rifa, seguro que le toca el premio, y así, Pablo y Laszlo están desbordados por la prensa local, nacional e internacional; sin embargo, los otros sesenta y cuatro autores “con posibilidades”, deberán resignarse a permanecer en el Limbo una edición más; todos ellos han recibido una segunda carta del buitre, en la que se les informa de que “el próximo año, el Premio no se les escapa”; en esta segunda carta, el sueco se excusa muy educadamente, al tiempo que lamenta que el “malintencionado rumor” en el que fundamentaba su prometedora oferta, no haya resultado ser más que un terrible malentendido; el hecho de que la segunda filtración confirmara la noticia de la existencia de dos finalistas, de quienes apenas se conoce el nombre y poco más, ha disparado el revuelo entre los informadores y cuando los cazadores de noticias, - alguno de ellos sin demasiados escrúpulos, - no pueden o no tienen capacidad para confirmar las informaciones que pretenden, el dislate informativo está garantizado.

            Sobre Laszlo y Pablo se han contado historias disparatadas.

            Sus biografías han sido masacradas, pisoteadas y reinventadas hasta rozar lo inconcebible, al más genuino estilo de la prensa amarilla. Se habla con absoluta desvergüenza de unas supuestas tendencias sado-masoquistas de la abuela del desconocido austro-húngaro y de una marcada homofilia de ese jovencísimo español de poblado bigote y cabellera erizada.

            Tamaños disparates no dejan indiferente a Laszlo; le mortifican las atrocidades que se dicen de su familia y no alcanza a imaginar de qué mentes descerebradas habrá salido tal cantidad de disparates; clama en público y en privado, ante la injusticia que se comete con su memoria.

            No así Pablo, quien siendo poseedor de un temple diferente y un carácter contemporizador, opta por mantenerse al margen de polémicas con la prensa; es más, no piensa hacer comentario alguno sobre bigotes inexistentes, sobre su edad o sobre esa calvicie, - más que incipiente, - que adorna su cabeza; valora, eso sí, la necesidad de conocer a su competidor y no alberga dudas al respecto; con lo cual y por evidentes razones, el encuentro estaba servido. Debían conocerse. 

                                                                                  *****

            En la Babel sueca, mientras tanto, se llega a un punto ciego en las consultas previas de la Comisión Plenaria Deliberadora del Premio Nobel; surgido el previsible empate en las votaciones, apenas queda una alternativa para la meliflua Comisión: se decide por mayoría absoluta dejar el premio temporalmente en suspenso, hasta que sean analizados con detenimiento los últimos trabajos de los dos candidatos; a renglón seguido, se hace llegar el oportuno requerimiento a las respectivas editoriales; en él se solicita con la máxima urgencia, la entrega de los originales aún pendientes de entrada en imprenta, para su estudio en profundidad.

            Cunde el pánico en los respectivos Consejos de Administración de ambas editoriales.

            No es el rigor lo que caracteriza su trabajo, sino el color de los dólares que podrían perder.

            No obstante, el abanico de posibilidades que se abre ante sus ávidos ojos, escenifica un futuro ciertamente alentador; ambos consejos saben que deberán trabajar en firme, ambos saben que solo existe una novela que ofrecer y que la suya es idéntica a la que presentará el competidor; tal vez haya sido escrita a dos manos y en dos idiomas…

                                                           *****

            Pablo y Laszlo estrechan la mano tendida en un andén de estación.

            Se encuentran a mitad de camino de sus casas.

            La prensa desconoce el encuentro.

            Dos personas ágiles con la palabra escrita, incapaces de hablar.

            El andén repleto de pasajeros pretéritos y futuros, desfilando indiferentes a dos que se encuentran… ¿O se trata de un reencuentro…?

            Una misma palabra quema las gargantas, pugnando por abandonar los labios de los desconocidos… ¡Hermano…!

            Una mano tendida, no es poca cosa para un hermano…

            Pero un abrazo, es más.  

Autor: Ícaro sin alas   Votos: 2  

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