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Premio del público Cosecha Eñe 2010

Una madre feliz

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A pesar de los veinte años bien cumplidos, el hijo todavía vive en las nubes y cree que la madre lo puede todo: ganar dinero, dedicarse al arte, tener amigos, sensibilidad, lucidez. El hijo quiere que la madre abandone a su pareja, renuncie a su trabajo y venda el departamento en el centro de la ciudad. Quiere que cambie todo eso por un bar a orillas del mar del trópico pero ella ha madurado o mejor dicho se ha aburguesado y ahora enciende el automático y repite diez veces por día: estudiá, ordená tu cuarto, cambiate esa ropa. El hijo menor no le presta atención y ella, desesperada, llama por teléfono a las amigas y les cuenta sus desgracias.

La rutina se quiebra cuando el hijo anuncia que va a emprender un viaje, un viaje por ahí, por donde lo lleve la vida y ella piensa que un viaje de esa naturaleza era inevitable. Piensa también que la distancia será beneficiosa para sus nervios. Al despedirse le entrega una bolsita de farmacia con manteca de cacao, repelente de insectos, aspirinas y pantalla solar. El chico parte con una amiga y durante unos meses apenas da señales de vida; sólo una llamada cada tanto para decir todo bien, todo bien. Si ella manifiesta alguna preocupación, sus interlocutores la burlan así que se acostumbra a disimular. Por las noches siente que el pecho se le cierra y una congoja desconocida se le cuela hasta los huesos. A veces imagina al hijo agonizando en la cama de un hospital pobre; lo imagina tiritando de frío y con las tripas haciendo ruido; imagina su cuerpo devorado por las hormigas. Una noche me desperté y fui a la cocina. Había hormigas por todas partes, en la mesada, la pileta, los azulejos, el piso, las paredes. Era como un río que fluía hacia el dulce de maracuyá. Pero en ese momento, no sé por qué,  pensé en una hilera de portadores negros que llevaban los tesoros de un rey africano. Todavía falta para escuchar la voz del hijo; es necesario sufrir días y noches antes de enfrentarse a los hechos concretos. Una tarde no soporta la angustia y llama a la madre de la amiga; se entera de que la chica ha vuelto hace tiempo. La chica dice que el hijo está refeliz, relindo y la está pasando bien. Dice que se quede tranquila.

Pero ella no se queda tranquila. Ya no puede estacionar el auto en playas subterráneas, ni asomarse al balcón del cuarto piso, ni caminar en la oscuridad sin sentir pánico. Antes de dormirse, siente frío y se cubre con frazadas a pesar de la temperatura veraniega. Un día de fines de marzo, temprano por la mañana, suena el teléfono y ella corre a atender. Sabe que es él. ¡Cuántas cosas que preguntarle! Que dónde está, que cómo se siente, que por qué ha dejado de llamarla. Pero el hijo parece no escucharla y habla y habla sin parar. Habla con lujo de detalles sobre lo que lee y escribe; parece que no va a terminar nunca. Ella piensa que va a llegar tarde al trabajo y se impacienta; si el hijo la llamara por la noche con el sistema de cobro revertido podrían conversar con mayor tranquilidad pero él ahora le está leyendo fragmentos de su diario de viaje. Ella no entiende demasiado, nunca le ha resultado fácil entender las metáforas extrañas que usa el hijo, y mucho menos ahora que necesita saber cosas concretas como por ejemplo desde dónde llama, dónde vive, qué come, si tiene ropa de abrigo, cuánto dinero le queda Ay, mi Dios, qué se puede hacer con un hijo así, y ya son las nueve y cinco, no llegará a horario ni aunque tome un taxi. Lo interrumpe y le dice que sería mucho mejor que le mandara por correo esos escritos, que ella se concentra más leyendo que escuchando, que es tarde y… El hijo no la escucha. Ahora se ha puesto a hablar de unos poetas raros que escriben cosas más raras aún. Ella dice algo acerca de la importancia de no perder el sentido de lo real y él le replica con comentarios hirientes sobre su pobre vida de ama de casa y empleada ejemplar. Habla y habla sin parar, él que siempre ha sido parco y exageradamente introvertido. Habla de las cosas nuevas que está descubriendo. Dice que en su interior habita un genio y que conversa con él. Dice que no puede dormir. Dice que la ciudad es una basura. Dice…  Ella le grita que pare y cuando él se calla le pregunta si ha comido hongos alucinógenos o alguna cosa por el estilo. Él dice: Nada de drogas, nada de drogas. Ella se asusta y dice algo con la voz quebrada. El contesta de la misma forma y durante algunos segundos un sollozo unánime ocupa la línea telefónica. Ella reacciona primero y le dice que tiene que volver. Él se enoja. Ella amenaza con ir a buscarlo. El dice que sí, que la espera pronto, que le va a conseguir una linda posada, que sería capaz de construir con sus propias manos una cabaña de troncos. Ella cuelga el tubo y se larga a llorar. Ya no le importa llegar tarde al trabajo. No le importan nada de nada.

 En las semanas siguientes se producen otros llamados parecidos, hasta que la angustia  y la incertidumbre se vuelven insoportables y ella decide ir a buscarlo. El viaje dura unas treinta horas, entre esperas en aeropuertos y traslados en colectivos, taxis, aliscafos, combis y lanchas. La acompaña el hijo mayor; el padre no ha querido saber nada con este viaje de locos promovido por la loca de la madre que siempre consiente a los hijos. Ella nunca les ha puesto límites y ahí están las consecuencias.

 Ahora es de noche en el país desconocido y en el ómnibus viajan tres embriagados que el guarda quiere obligar a bajar. Las  miradas del guarda se dirigen a ella, a la única pasajera rubia, mientras discute con los borrachos, pero ella le hace saber sin palabras que la molestan, que no les tiene miedo. Y el micro vuelve a arrancar llevándolos a todos. A las doce de la noche llegan al puerto donde deben tomar una lancha, pero en el muelle ya no queda nadie. Un único farol alumbra la noche y una bruma triste cubre el pueblo con nombre de pájaro, Camamú. Buscan una posada para pasar la noche. La madre no pega un ojo y a las cinco de la mañana se sorprende al comprobar que ahí los gallos cantan igual que en el pueblo donde nació. Por suerte amanece pronto y con las primeras luces vuelven al puerto. Se enteran de que la lancha colectiva sale recién a las dos de la tarde. Deciden contratar otra particular que los lleve de inmediato, a pesar del precio.  Durante una hora sólo escuchan el ruido del motor. Los dos miran el paisaje y piensan sin decirlo que no está nada mal, que se parece al paraíso, que el menor no es nada tonto.

Desde lejos lo ven parado en el muelle, esperando. Después se entera de que ha estado en el muelle desde la mañana anterior. Sobre los hombros desnudos apoya un palo con el que parece hacer gimnasia, aunque sus movimientos son torpes. Tiene puesto un short rojo con rayas blancas a los costados que ella no le ha comprado. El mayor salta de la lancha cuando todavía no ha terminado de atracar y los dos se abrazan. Cuando se separan, el menor empuja al otro y caen juntos al agua. Ella mira desde arriba cómo ríen y se salpican. No sabe si están riendo o llorando. Siente que el chapuzón ha sellado un pacto entre ellos. Salen del agua y le dan un beso rápido mientras emprenden la marcha hacia el pueblo, todavía abrazados y chorreando agua. Ella camina detrás agobiada por el calor y por el peso de un bolso lleno de ropa ridícula para ese lugar.

La procesión termina en una pequeña choza que tiene dos mesas debajo de un alero estrecho. A través de una ventana descolorida se asoma una mulata gorda y el menor le dice que van a almorzar camarones fritos, arroz, pescado, ensalada y porotos negros. Se lo ve feliz en su papel de anfitrión, hablando en portugués con los locales y en inglés con unas turistas norteamericanas que se sientan en la mesa vecina. Su protagonismo es indiscutible, también en la conversación poblada de monólogos: Cuando venía en el barco, hacía mucho calor y me dieron ganas de tirarme al agua. Le pregunté al dueño si podía y me dijo que no. Le pregunté dos o tres veces más y siempre dijo que no. Pero yo me tiré igual. Durante unos segundos no supe si la lancha iba a volver a buscarme. Tuve conciencia de que podía ahogarme. Pero estaba feliz. Tal vez por eso volvieron. Me tiraron un salvavidas y cuando estaba subiendo vi que el dueño había entendido. Sí, él me entendió. Estuvo bueno.

Mientras el hijo habla, en la playa los pescadores tienden sus redes y entonan canciones de barcarola. Algunos peces saltan sobre la superficie del agua. Un aroma a aceite de coco se extiende por el aire. Por un instante ella piensa que los tres están de vacaciones, que los cambios que advierte en el menor -los ojos muy abiertos, su verborrea- han sido provocados por el clima. El calor y la atmósfera espirituosa vigorizan los ánimos, incluso el de ella que  después del almuerzo se siente capaz de trotar por la arena hasta el sitio elegido por el hijo para construir la cabaña.

Ha debido trotar unos cuantos kilómetros porque al llegar está exhausta. Durante el trayecto no se ha cruzado con nadie; sólo ha visto palmeras con el tronco inclinado hacia el mar y un cielo muy azul. Deambula de un lado a otro con la cabeza llena de fantasías. De pronto advierte que está empezando a oscurecer. Son las cinco y media de la tarde y sin embargo el sol se está yendo. Después le explican que en el trópico es así. Corre a preguntar en un bar si hay algún transporte que la lleve de vuelta y le contestan que no. Recuerda el pánico que la invadía en las playas de estacionamiento y piensa que no será capaz de desandar el camino en medio de la oscuridad. Pero lo hace. Primero temerosa y corriendo, después tranquila y al paso. No hay luna ni estrellas. Sólo se ve la línea de espuma que dejan las olas. Esa línea blanca y serpenteante le sirve de guía. Piensa que nada va a sucederle y nada le sucede. Ya cerca del pueblo, alcanza a unas mujeres que caminan llevando velas. Las mujeres ríen porque la brisa apaga las velas y deben volver a encenderlas una y otra vez. 

Encuentra a los hijos en la plazoleta. El menor ha extendido sobre el piso un pareo colorido y ha colocado encima aros, pulseras y collares. Hay también algunos juguetes de plástico que no están a la venta. Los juguetes han atraído a una niña de unos seis o siete años. Nadie vigila a la chiquilla que juega feliz cerca de los hermanos; el menor ensarta eslabones en una cadena de cobre y el mayor sacude la arena. Ella  mira la escena en silencio. Tiene la sensación de que las cosas transcurren en otra dimensión. Sin embargo, sabe que mañana les hablará de su regreso. Mañana cuando recupere la voz de la razón.

Esa noche el menor se niega a dormir en la posada. Permanece en la playa, a la intemperie, como en las noches anteriores, con su mochila de almohada y el palo a un costado. Ya le han robado una armónica y todavía pueden sacarle la cámara de fotos. Al amanecer ella lo espía desde la terraza.  Duerme cubierto por el pareo, tan desvalido, tan niño todavía. ¿Dónde dormirá los días de lluvia? ¿De qué vivirá cuando se le acabe el dinero?

Durante el desayuno vuelven a reunirse los tres.  Ella arremete antes de que los hijos terminen de despertarse: “Aquí la gente no tiene dientes”, dice. La mirada del mayor es cortante. Entonces ella agrega que igual el pueblo tiene su encanto, que pronto será un destino turístico, que la vista es maravillosa, que los veleros en la bahía y… El menor la interrumpe: “Acá la gente me aceptó bien; enseguida me trataron como a un igual; el borracho del pueblo terminó respetándome porque una noche quiso pelear y yo no lo esquivé, hasta saqué pecho para que me golpeara con un machete, pero él retrocedió y dijo que no quería pelear con alguien que le había perdido el miedo a la muerte”. Ella se asusta y con la mente bloqueada empieza a balbucear lugares comunes sobre los afectos y la vida en familia. Los hijos la interrumpen y se burlan de ella, le dicen que pronto será una vieja amargada de esas que viven de la queja y el reproche. Ella se queda en silencio, confundida, y los hermanos se ponen a hablar de la hipocresía de la gente, del sinsentido de la vida, de la posibilidad de un viaje en velero alrededor del mundo.

En la puerta de la posada aparece un hombre muy quemado por el sol y vestido con un slip negro. El menor le dice amigo y lo invita a sentarse con ellos. Apenas se sienta, posa un brazo sobre el respaldo de la silla del recién llegado. El hombre es uruguayo y ha estado preso en su país por motivos políticos. Ahora vive en una carpa sobre la playa y escribe sus memorias. La mira sonriendo y la invita a visitarlo.

Después ella se acerca a la carpa y el uruguayo le lee en voz alta algunos relatos. “Me gustan”, dice ella. Los hermanos merodean y sonríen. De pronto el hombre comienza a hacerle confidencias y ella se siente incómoda. Da una excusa y se despide. Camina por la arena hacia el mismo sitio del día anterior, pero ya no siente el aguijón de la curiosidad y arrastra los pies como si le pesaran.

Sin embargo camina, camina y camina por la playa desierta. Es cerca del mediodía y la marea está baja. Líneas de resaca ensucian la playa. Con la cabeza baja, ella observa y piensa. Quiere estar fuera del mundo, ahí mismo pero lejos. Busca algo sobre la arena, no sabe qué. Caparazones de erizos, media botella de plástico, caracoles, piedras tan pulidas por el agua que parecen uvas, caracoles, caparazones de erizo, piedras, uvas de mar,  caparazones de erizo, piedras, uvas de mar. Y de pronto, lo que parece una pequeñísima escultura de mármol. Se agacha y la levanta. No es mármol, tal vez sea yeso. Parece un fragmento de una escultura perfecta. Para que esa pieza esté en sus manos ha sido necesario un quiebre. Tal vez, una separación dolorosa. Mete el objeto en el bolsillo del short y decide volver a su país.

El menor le grita ¡Mamá! cuando ella ya está sentada en la primera lancha de la mañana, y el mayor golpea las tablas  del muelle. Ella llora con desconsuelo sin importarle la gente que la rodea. La lancha sigue avanzando. Cuando se agotan las lágrimas, intenta comportarse como el resto de los pasajeros y fija la vista en el paisaje. De a poco el mar se empieza a transformar en río. Hay un delta verde en la desembocadura de ese río de nombre desconocido. Los árboles parecen trepados sobre zancos, con las raíces erguidas sobre la superficie de la tierra. ¿Serán estos los manglares? Ve el campanario de la iglesia construida sobre una colina. Estira el brazo y toca el agua. Está tibia. Pero yo me tiré igual. Sonríe. Al llegar a puerto, baja de la lancha y se dirige con paso indeciso a buscar un teléfono público. Estoy volviendo, dice. Sola, agrega. Los chicos… Intenta explicar, pero la voz se le quiebra.

Autor: Catalina   Votos: 7  

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