1. Good Country
People, de Flannery O’Connor
2. Bactine, de
Donald Ray Pollock
3. Los que
esperan, de Carlos Yushimito
4. Low Flying Aircraft, de J. G. Ballard
5. El pedigrí
de los canarios, de Federico Falco
Pocos cuentos pasan de lo cotidiano a lo sublime —y de lo sublime a lo abyecto— con la intensidad visceral y la inteligencia mordaz de esta escritora del sur estadounidense. De la extensa colección de freaks de O’Connor, los personajes de Good Country People están entre mis favoritos: un joven vendedor de biblias algo simplón que se presenta en la casa de una mujer amargada que arrastra una pierna de madera. Como muchos de los relatos de O’Connor, este comienza con una tranquila tarde en el campo y termina con una visita al infierno.
Pollock es un digno descendiente de Flannery O’Connor y su mundo gótico sureño, aunque sus personajes white trash han cambiado las consolaciones de la religión por las de la metadona. En Bactine, un chiquillo cansado de cuidar a su tío minusválido se droga con solventes junto a un amigo. La búsqueda de la epifanía no hace más que exacerbar la desolación y la desesperanza.
A diferencia del fin del mundo concebido por Eliot, el de Yushimito no se anuncia con un gemido, sino con una espectacular explosión. Los que esperan es la historia de un reportero de crónica roja que recorre la provincia a la caza de especímenes para el catálogo de monstruos del periódico: seres que despiertan el asombro, el asco y la caridad ajena, y que prefiguran la llegada del fin. La de Yushimito es una prosa hipnótica, maravillosa y por momentos inaccesible, y su apocalipsis es hermoso y terrible a la vez.
¿Qué sucede en un mundo en el que cada vez hay menos habitantes? ¿En el que los hoteles de verano de pronto se convierten en una suerte de museo para los últimos de la especie? ¿En el que las madres dan a luz a criaturas ciegas y extrañas a las que no reconocen como propias? A través de la perspectiva de una joven pareja que vacaciona en un hotel vacío, este texto distópico revela la extrañeza y el misterio ante un mundo en el que los humanos se han convertido en una especie en extinción. La soledad de los últimos hombres del planeta.
Una mujer con Alzheimer que confunde a su marido con su padre y que espera a diario la llegada de su novio de la secundaria; una enfermera mayor que se enamora de Cobra, un paciente esquizofrénico que cree en la existencia de una confabulación para envenenarlo. Los personajes de este cuento parecen, a primera vista, gente común; podrían ser nuestros parientes o vecinos. La maestría de Falco está en su capacidad de narrarlos desde la proximidad y la ternura, pero a la vez desde su inquietante alienación y excentricidad.
Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981) es autora del libro de cuentos Vacaciones permanentes y coeditora de la antología de relatos de «no ficción» Conductas erráticas. Graduada en Comunicación en su país y en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Cambridge, actualmente estudia un doctorado en Literatura en la Universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos.
© Edmundo Paz Soldán.