Thomas Bernhard (1931-1989) despieza con reiteración en su obra —con títulos como Helada (1964), Trastorno (1967) o Extinción (1986)— la desolación, el fracaso, la incomunicación, la muerte, la enfermedad —que le acompañó desde su juventud—, pero también la música y el talento, a través de una prosa de sintaxis desquiciada que refleja el discurrir de unos personajes abandonados a la obsesión. «Basta si pensamos sólo […], y dejamos, sencillamente, libre curso al pensamiento», por lo cual Bernhard, «artista de la cosmovisión», obsesivo, compone con maestría El malogrado mediante el pensamiento incesante del narrador —pensamiento incesante del que Javier Marías ha bebido como autor— para retomar de nuevo la semántica del suicidio personal y artístico, de la obsesión, de la enfermedad y de la aniquilación, también para proferir alguna diatriba contra el gobierno y el sistema judicial austriaco, para la utilización desbordante de la cursiva enfática, para denostar las convenciones del lenguaje —que, «como suele decirse», resulta ineficaz para articular el pensamiento—. Escuchamos mientras leemos la estructura musical de El malogrado, de motivos obsesivos que regresan —«un suicidio largamente calculado»—, con variaciones —«pensé al entrar en el mesón», «pensé en el mesón», «pensé contemplando la sala del mesón»—, temas que se apuntan y retornan, «no un acto de desesperación espontáneo», notas de piano tocadas en esta espléndida y desasosegada novela por Glenn Gould, cuyo talento desmedido y obsesionado por la perfección —en especial al interpretar las Variaciones Goldberg, de Bach— ha propiciado un «proceso de atrofia» que destruye las pretensiones artísticas del narrador y de su amigo Wertheimer —con quienes coincidió en Salzburgo, un detalle extraído de la propia biografía de Bernhard, quien también estudió música en la misma localidad—, por lo que deviene para ambos —incapaces de alcanzar el misterio de la creación artística— una obsesión aniquiladora. De la lectura de Bernhard sólo nos reconforta su sintaxis desbordada, el poder de su escritura, cuya repetición calculada acude para subyugarnos «una y otra vez, una y otra vez».