Hace un par de años los espectadores de medio mundo salieron del cine invadidos de una incómoda sensación de desasosiego al final de Revolutionary Road, el peliculón de Sam Mendes basado en la novela homónima del norteamericano Richard Yates. El libro no puede ser peor, pensé al comprarme Vía revolucionaria, la traducción al español que publicó Alfaguara por la misma época. Error. Es peor. Mucho peor. Yates es tan hábil en la descripción psicológica de esos personajes tan atormentados bajo sus sonrientes caras de encantadora pareja del encantador suburbio que puede hacer pasar al lector de la risa burlona y condescendiente a la angustia más genuina en un par de páginas. La historia de esas personas tan «especiales» con una vida ordinaria que nunca desearon pero incapaces de algún modo de salirse de ella quizá la hayamos visto y leído en otras ocasiones, pero casi nunca tan bien contada. Vía revolucionaria es un montón de cosas, buenas y malas, pero recién leído, me parece básicamente una descripción muy atinada de lo que más miedo nos da de nosotros mismos: las excusas tras las que nos parapetamos para obviar lo arbitrario de nuestras decisiones (ya sea a la hora de tomarlas como de renunciar a ellas); lo coyuntural de la felicidad de la pareja, tan dependiente de elementos externos que, desaparecidos estos, parece sostenerse sobre la nada; la línea delgadísima que separa el coqueto y seductor galanteo de las peleas más tediosas de un matrimonio con hijos; lo ambivalente de las relaciones con personas que nos aburren y consideramos mediocres al tiempo que, en el fondo, nuestros amigos; en suma, el millón de contradicciones en que podemos incurrir en cada paso que damos y que pueden hacer de nuestra existencia un amenazante desastre total pero, eso sí, contadas de maravilla.