
Murió el 5 de junio del primer año del siglo XX, y hoy lo leemos como quien se adentra en un libro sobre el origen de las ciudades. Supo retratar con la ligereza del periodista y la sensibilidad del narrador la creación de la mayor de las urbes, Nueva York. Se dice que marcó el estilo de Ernest Hemingway, cultivó la amistad con Joseph Conrad y fue su novela sobre la guerra civil estadounidense La roja insignia del valor (1895) la que le trajo más fama. Hablamos de Stephen Crane, de quien la editorial El Olivo Azul publicará la próxima semana su colección de relatos Historias de Nueva York, traducidos por David Cruz. Relatos breves, directos, nacidos del conocimiento profundo sobre los bajos fondos de la ciudad que a Crane le facilitó su trabajo como reportero freelance. Como cuenta Juan Bonilla en su prólogo, estaba enamorado de la realidad. No consentía en darle un ápice de importancia a la imaginación ni a la fantasía. Para él, sólo merecía ser narrado aquello que había sucedido. Paradójicamente, aquella narración bélica sobre la guerra norteamericana había surgido de su imaginación, ya que no fue hasta más adelante que Crane pisase un campo de batalla. No obstante, lo que allí encontró se parecía mucho a su imaginación…
En
la web de la revista Eñe hemos querido adelantarnos a la salida del libro y
regalarte un relato de los que componen Historias de Nueva York. ¿Estás
preparado para la máquina del tiempo? Nos vamos a Nueva York, alrededores de
1900.
Un niño vagabundeaba por
una tierra extraña. Era un chico andrajoso con una mata de pelo rubio
encrespado. La ropa, de un material a cuadros, estaba sucia y mostraba las
huellas de numerosos conflictos; como la cota de malla de un guerrero. Sus
rodillas, morenas por el sol, brillaban por encima de unos calcetines arrugados
que, con un movimiento impaciente, se iba alzando siempre que se le enredaban
en los pies. Por el agujero de un zapato se veía una ristra de deditos.
Andurreaba a trompicones
por una avenida bordeada por hileras de sólidas casas parduscas. Avanzaba
despacio con una expresión de absorto interés en su diminuto rostro sonrojado.
Sus ojos azules contemplaban todo con curiosidad. Por el suave asfalto
desfilaban carruajes provocando un tumulto musical. Un hombre con un crisantemo
subía unos escalones. Dos niñeras parloteaban caminando despacio mientras que los
niños de los que cuidaban jugueteaban amistosamente entre los cochecitos. Una
camioneta de reparto rugió atronadora en la distancia.
El chiquillo de los
barrios pobres avanzaba por la parda calle llena de oscuras y grises sombras.
Por encima, cerca de los tejados, los rayos esplendorosos del sol prendían las
cornisas de un dorado refulgente, y los frontales de las ventanas se mostraban
plateados. El niño vagabundo se detuvo y clavó la vista en otros dos que reían
mientras jugaban en sus cochecitos envueltos en mantas y cojines. Apuntaló las
piernas adoptando una actitud de seria atención, se le abrió la mandíbula
inferior y aparecieron unos dientecitos igualados. Cuando avanzaron, siguió a
los carritos maravillado, como si estuviese contemplando una cabalgata. En una
ocasión, uno de los bebes, con una risa cantarina, agitó un espléndido sonajero
en su dirección. Como respuesta, sonrió amigablemente.
Finalmente una niñera
paró de hablar y, girándose, hizo un gesto de disgusto.
—Márchate, pequeño —le dijo—. Vete. Estás muy sucio.
Las miró con
tranquilidad infantil durante un instante y entonces se alejó lentamente,
arrastrando tras de él un trozo de cuerda que había conseguido en otra calle.
Continuó investigando
las nuevas escenas. La gente y las casas le despertaban el mismo interés que
las flores y los árboles. Los viandantes tenían que esquivar a aquella figura
pequeña y absorta en mitad de la acera. Se quedaban mirando aquel rostro de
infante lleno de decisión que estaba cubierto de arañazos y suciedad, como si
fueran cicatrices y pólvora.
Tras un rato, el niño
errante divisó sobre la acera a un bonito niño vestido con ropas excelentes que
enredaba con un juguete. Era un pequeño camión de bomberos, rojo y dorado, muy
brillante. Las ruedas traqueteaban mientras su pequeño dueño lo arrastraba con
gran estrépito atado a un cordón. El niño que arrastraba el trozo de cuerda se detuvo
y miró al niño del juguete. Durante un buen rato todo su cuerpo se quedó
inmóvil; todo excepto los ojos, que seguían los movimientos de aquel artefacto
reluciente.
El dueño del camión no
prestaba atención al espectador, sino que siguió con sus alegres imitaciones de
las diferentes funciones de un camión de bomberos. La alegre risa infantil
rebotaba en las silenciosas fachadas de las casas. Tras una pausa el niño
errante comenzó a acercarse silenciosamente, apartó los ojos del juguete y miró
con expectación al niño. El trozo de cuerda, ahora olvidado, cayó a sus pies.
—Oye —dijo con un susurro.
El dueño del juguete
corría por la acera a toda velocidad. Su lengua se movía como una campana; sus
piernas galopaban. En la esquina refulgía un poste de hierro. Ni siquiera giró
la mirada ante la persuasiva llamada de la pequeña y andrajosa figura que
estaba en el bordillo.
El niño vagabundo se
acercó aún más y, finalmente, habló de nuevo.
—Oye —murmuró—, ¿me dejas jugar con él?
El otro chico interrumpió los agudos bocinazos, inclinó la cabeza y le habló con desprecio por encima del hombro.
—No —contestó.
El vagabundo se retiró hasta el bordillo. No prestó atención al trozo de cuerda que en otro tiempo había atesorado. Sus ojos siguieron, como antes, el recorrido zigzagueante del camión, y su tierna boca se torció.
—Oye —por fin se
atrevió—, ¿es tuyo?
—Sí —dijo el otro
ladeando su redonda mandíbula.
De repente arrastró su propiedad hasta colocarla detrás de él como si estuviese en peligro.
—Sí —repitió—, es mío.
—Bueno, ¿me dejas jugar
con él? —dijo el niño vagabundo, con una temblorosa nota de deseo en la voz.
—No —gritó el pulcro
niño con gran osadía—. ¡Es mío! Mi mamá me lo compró.
—Bueno, ¿no puedo jugar
con él? —dijo entre sollozos extendiendo unas manitas codiciosas.
—No —siguió repitiendo
el pulcro niño—. No. Es mío.
—Pero es que quiero
jugar con él —se quejó el otro.
De repente frunció el ceño de manera fiera, apretó sus delgadas manos y avanzó con gesto formidable. Parecía un pequeño contendiente en una guerra.
—¡Es mío! ¡Es mío!
—gritó el chico pulcro con voz aguda por haber sentido que sus derechos eran
ultrajados.
—Lo quiero —rugió el
vagabundo.
—¡Es mío! ¡Es mío!
—¡Lo quiero!
—¡Es mío!
El niño pulcro se retiró
hasta la valla y allí montó su fortín. Protegía su propiedad con los brazos
extendidos. El pequeño vándalo realizó una carga. Se produjo una breve
escaramuza. Los dos agarraban el cordón al que estaba atado el juguete y
tironeaban con fuerza. Tenían los rostros arrugados llenos de furia infantil.
Estaban al borde de las lágrimas.
Finalmente, el niño
andrajoso dio un poderoso tirón, le arrancó al otro el cordón de las manos, y
salió disparado calle abajo con el juguete entre los brazos. Lloraba como
alguien agraviado que al fin ha conseguido hacer valer sus derechos. El otro
chico berreaba con potencia, se retorcía sus regordetas manos y protestaba.
Después de que el
pequeño bárbaro hubiese puesto distancia de por medio, se detuvo y contempló el
botín. Su pequeña forma se curvó de orgullo. Una sonrisa suave y llena de
regocijo se abrió paso a través de la tormenta de lágrimas. Con gran cuidado,
preparó el juguete para el viaje. Se detuvo un momento en la esquina y
contempló al pulcro niño cuya diminuta figura temblaba por los sollozos. Cuando
este último mostró signos de comenzar una persecución, el pequeño vándalo se
giró y desapareció por un oscuro callejón como si hubiese sido tragado por una
caverna.
(Stephen Crane, Historias de Nueva York, El Olivo Azul, 2010)