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Su última faena
Fogwill durante su conferencia en el Festival Eñe América. Montevideo, 6 de agosto de 2010. (c) David Puig
Su última faena
Alberto Anaut, editor y fundador de La Fábrica, traza una semblanza del escritor argentino (24.08.10)

Seis de agosto. Montevideo. Auditorio del Centro Cultural de España. Ocho de la tarde. La sala está de bote en bote. La conferencia de Fogwill —uno de los platos fuertes del Festival Eñe América— ha levantado expectación. Realmente, y para ser más exactos, el mismísimo Fogwill ha levantado expectación desde que el día cinco pisó la ciudad, recién llegado del otro lado del Río de la Plata. Vino como un vendaval. Excesivo. Y con ganas de bronca. Ya se sabía. Había unanimidad al respecto. Cada vez que alguien leía el programa del Festival y veía el nombre del rebelde argentino, repetía la misma afirmación: "Montará el número".

   Motivos no hacían falta. A Fogwill no le gustaba nada el hotel Plaza Fuerte, el mismo en el que estaba la mayor parte de los demás escritores invitados. A Fogwill no le gustaba tampoco esto ni aquello ni lo otro. Y la liaba haciendo honor al personaje que él mismo había creado. El equipo de organización estaba que no vivía, haciéndole carantoñas al escritor-estrella y apagando los incendios que iba dejando a su paso como un reguero. El caso es que se debió correr la voz —al fin y al cabo Montevideo es una ciudad donde los susurros corren a buena velocidad— y había mucha expectación.

   Llegó él. Con el aspecto de un hombre veinte años mayor y poco cuidado. Y subió al escenario. "Me dicen —dijo— que Fogwill está por llegar". Y explicó que nadie había entendido el título de su conferencia: Ahora, hablemos de mí. "La gracia está en el ahora. Me he pasado la vida hablando de mí". Y a partir de ahí, una hora de provocaciones, de burlas, de pequeños insultos. Habló de la poesía, de los novelistas, de los editores. Y habló mal de todos o de casi todos (incluido su siempre odiado Piglia). Y habló bien de la poesía, de las novelas y de los libros. Parecía como que lo que no le gustaran fuesen las personas.

   A los quince minutos de conferencia se empezaron a levantar algunas personas. "Ya verán como me quedo solo. Me pasa siempre", remachó con nuevas fuerzas Fogwill. A la media hora se habían ido algunos de los escritores que compartían las charlas del Festival; probablemente los que no le pillaron la gracia. Diez minutos más tarde, el orador se estaba peleando con algunos de los oyentes del público y dialogando amablemente con otros. Finalmente, a las nueve y diez, la charla había terminado. Había sido brillante, a veces genial, irritante, desconsiderada... Y los mismos que habían avisado que montaría el número, confirmaban la predicción con un condescendiente: "¿Ya lo sabíais, no?", dirigido al equipo del Festival.

   Al día siguiente, la tormenta Fogwill tuvo un nuevo empujón y el escritor sufrió una nueva crisis respiratoria, de la que fue asistido por su editor local y una ambulancia en su nuevo hotel, más a su gusto. Aunque podía parecer otra pataleta de niño, sus constantes salidas de tono nos habían dejado la sensación de que el escritor no estaba bien. Como se repuso en una hora y recobró la mirada vivaz, no le dimos más importancia. Suspiramos cuando cogió el vuelo a Buenos Aires y el Festival siguió su curso hasta que, la noche del viernes, una magnífica Ajo lo clausuró con un cabaret de micropoesía que nos llenó de humor y de inteligencia.

   Quince días después, Fogwill ha muerto. Su conferencia en el Festival Eñe fue probablemente la última conferencia de su vida. Y su mal humor, a todas luces excesivo, probablemente respondía a las crisis respiratorias que se lo provocaban. Quince días después, de haber sido atropellados por el huracán Fogwill, ya solamente nos queda su literatura. Un festival no nace con la pretensión de enterrar a ninguno de sus participantes, pero en la historia del Festival Eñe, en su primera edición en América, siempre nos quedará el recuerdo de un hombre, de un gran escritor, que nos brindó su última faena.

—Alberto Anaut


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