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El otro Roncagliolo
El escritor peruano Santiago Roncagliolo.
El otro Roncagliolo

Roncagliolo no es un apellido común en el Perú. Durante años, a Santiago, el escritor, lo llamaron «el hijo de Rafo», por Rafael, su padre,
un conocido político de izquierdas
y defensor de los derechos humanos.

(30.11.11)

Pero desde que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2006 con Abril rojo, los papeles se fueron invirtiendo progresivamente. Santiago empezó a ser invitado a dictar conferencias y charlas en prácticamente todos los países de América Latina, Internet se llenó de entrevistas y sesiones de fotos con su cara casi siempre sonriente, la novela fue acumulando reediciones y traducciones mientras él escribía y publicaba otros libros de no menos repercusión como La cuarta espada o Memorias de una dama, y entonces, para algunos peruanos, sobre todo los más jóvenes, Rafael Roncagliolo se convirtió en «el papá de Santiago».

Recientemente, sin embargo, el padre fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores del nuevo gobierno peruano y desde entonces su nombre aparece casi a diario en los periódicos y se ha hecho aun más conocido que cuando era un activista de izquierdas que vivía como exiliado en México durante los duros años de las dictaduras hispanoamericanas (desde Franco hasta Pinochet). Así, con su padre de ministro, Santiago ha vuelto a ser «el hijo de Rafo», y él está encantado de que lo vuelvan a llamar de esa forma.

El Diario de Eñe del escritor peruano que publicamos en Eñe 28 | Cosecha Eñe 2011 habla de esto, de la ceremonia de juramentación de su padre como ministro, de los detrás de cámara privados de la política pública y, sobre todo, de la relación paterno-filial entre dos hombres adultos que geográficamente viven muy lejos el uno del otro.

Seis días con Su Excelencia

DIARIO DE EÑE | Por Santiago Roncagliolo

Día uno

Papá llama como todos los domingos por la mañana del Perú. Y yo contesto el teléfono por la tarde en España, ya agotado, mientras hago el biberón de mi hija, mi esposa trata de poner orden en el salón y mi hijo nos dispara a los dos con una pistola láser. Parece un domingo cualquiera, pero está a punto de dejar de serlo.

—¿Santiago, crees que podrías venir la próxima semana a Lima? —pregunta Papá.

—No. La próxima semana viene mi Mamá. No voy a dejarla plantada.

Mi hijo amenaza con tirarse por la ventana. El agua del biberón está demasiado caliente. Me gustaría hablar en otro momento. Pero mi padre no se da por vencido.

—Podrías estar de vuelta en Barcelona el domingo.

—El domingo viajo a Santander a dar un curso —respondo de mala gana—. Además, estamos ahorrando para ir a Lima en Navidad. Un billete ahora, en plena temporada alta, saldría carísimo.

—Lo arreglaríamos. Seguro que tiene arreglo.

De repente se me ocurre por qué puede estar insistiendo tanto sin dar ninguna razón. Es lo primero que se le pasa por la cabeza a cualquier hijo, supongo:

—¿Estás bien, Papá? No te tendrán que operar de urgencia o algo por el estilo, ¿verdad?

—Estoy perfectamente.

—¿Estás seguro?

—¡Sí! Me interesa que vengas a presenciar la toma de mando del nuevo gobierno.

El cambio de gobierno. Hace dos años, yo escribía y declaraba mucho sobre política. Pensaba que era algo que un escritor debía hacer, o que yo debía hacer. Pero luego conocí a los políticos. No solo a los candidatos. A los que toman decisiones. A los que salen en el periódico. También vi muchas de las cosas que no salen en los periódicos. Tras decepcionarme de casi todas las ideas y personas en las que creía, ahora prefiero mantenerme tan lejos de la política como sea posible.

—Olvídalo —respondo—. No me interesa.

—Sería importante…

—¿Importante para quién?

—Para mí.

—Por favor, ni que te fueran a nombrar ministro…

Mi padre hace una pausa antes de responder. Mi hijo tiene los dedos muy cerca de un enchufe, pero me he quedado paralizado. Sin necesidad de que Papá hable, sé lo que va a decir.

—Bueno, en realidad… eso es exactamente lo que van a hacer.

No sé qué decir. Supongo que debería tener algún comentario inteligente que hacer, pero solo se me ocurre:

—Guau. Felicidades ¿Te van a pagar mucho?

—La verdad, voy a ganar menos que hasta ahora. Creo que la mitad.

Día dos

No puedo decir nada. A nadie.

La política es así: el presidente Ollanta Humala le ha preguntado a mi padre si quiere ser el ministro de Relaciones Exteriores. Mi padre ha dicho que sí quiere. Eso no significa que sea ya el ministro. Nada es seguro hasta que no se haga público, y a veces ni entonces.

Falta una semana para el cambio de gobierno y apenas se han anunciado los primeros miembros del Gabinete. La prensa peruana habla de una dura negociación entre el presidente y sus aliados de la campaña, que por cierto, tienen otro candidato precisamente para la Cancillería. Ayer, mi madre me llamóy me dijo:

—Aún ni siquiera hay Gabinete, ¿puedes creerlo? Este gobierno es un desastre.

Me limité a responder:

—Bueno, dale tiempo.

Y me mordí la lengua.

Pero hoy, los periódicos peruanos ponen a Papá en sus apuestas. Por la tarde, empiezo a recibir mails:

¿Van a hacer ministro a tu padre?

¿Qué dice tu Papá de los rumores?

¿Tu viejo votó por Humala? ¿¿¿¿¿Por qué?????

Al fin, se hace pública la composición total del Gabinete. El nombramiento ya es oficial. Ahora quiero saber quiénes son los demás ministros. El presidente Ollanta Humala ha sido cercano a Hugo Chávez. Y tiene un hermano preso que se proclama fascista. Nadie sabe bien qué esperar de su gobierno, y el Gabinete es decisivo para conocer sus planes.

Llamo a mis amigos de izquierdas: les gustan el ministro de Medio Ambiente y el de Energía y Minas, que lidiarán con las transnacionales de recursos naturales.

Llamo a mis amigos de derechas: les encanta el ministro de Economía, que, de todos modos, es el único que les importa.

La prensa también recibe el Gabinete con tranquilidad.

Y entonces, diez millones de peruanos y yo respiramos aliviados.

Día tres

Tengo que inscribir a mi hija en el consulado para que sea ciudadana peruana. Tenía una cita para el día cinco, pero tendré que viajar a Perú, así que le escribo un mail al funcionario para posponerla. No menciono que me acabo de convertir en el hijo de su jefe, pero con un apellido como el mío, tampoco es fácil disimularlo. El funcionario me responde con amabilidad, me asegura que me dará cita en septiembre y termina su mail con unas palabras de lo más inesperadas:

—Todos esperamos un gobierno sin sobresaltos.

Es la primera de una larga serie de cosas que la gente me dirá a mí queriéndoselas decir en realidad a mi padre.

[...]

Lee el Diario completo en Eñe 28 | Cosecha Eñe 2011.

Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) es autor de las novelas El príncipe de los caimanes, Pudor (llevada al cine por Tristán Ulloa), Abril rojo (Premio Alfaguara de Novela 2006 e Independent Foreign Fiction Prize de Inglaterra 2011), Memorias de una dama y Tan cerca de la vida. Periodista de oficio y gran aficionado al cómic y al cine, su obra abarca también el gran reportaje (La cuarta espada), la narrativa breve (Crecer es un oficio triste), la dramaturgia (Tus amigos nunca te harían daño) y la literatura infantil (Matías y los imposibles).


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