PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Los malditos y Costamagna
La escritora chilena Alejandra Costamagna. © Thomas Langdon.
Los malditos y Costamagna

Los malditos es un libro editado por Leila Guerriero, publicado por la Universidad Diego Portales de Chile y que pronto se podrá conseguir en España gracias a la librería La Central.

(14.12.11)

Los fans de Eñe conocen bien a la escritora chilena Alejandra Costamagna. Hace dos años, su relato Los japoneses, los japoneses fue uno de los ganadores del premio Cosecha Eñe 2009, y los que hemos tenido la suerte de leerlo sabemos que es uno de los mejores recogidos en el número 20 de invierno de ese año.

Posteriormente, en abril de este 2011, tras presentar en Chile su más reciente libro de relatos, Animales domésticos, viajó a Lima para participar en el segundo Festival Eñe América, donde tuvo una charla con la poeta peruana Giovanna Pollarolo. El acto se tituló Refugios de la escritura: guiones, fanzines y servilletas, y fue una revisión de los contornos flexibles entre literatura, cine y periodismo. Ah, y por si fuera poco, inmediatamente después aceptó ser una de las «lectoras» de la última edición de Cosecha Eñe.

Pues bien, resulta que Alejandra Costamagna es una de las autoras que Leila Guerriero ha reunido para confeccionar uno de los mejores libros del año que finaliza: Los malditos, diecisiete perfiles de autores latinoamericanos de culto que, a decir de Guerriero, «además de tener vidas atravesadas por diversas formas del padecimiento, son dueños de una obra poderosa y casi siempre —con excepciones— olvidada».

Junto a ella, firman el libro varios de los mejores periodistas y escritores de América Latina en este momento: Alberto Fuguet, Alan Pauls, Juan Gabriel Vásquez, Edmundo Paz Soldán, Mariana Enríquez, Gabriela Alemán, Graça Ramos, Daniel Titinger, Rafael Gumucio, Marco Avilés, Rafael Lemus, entre otros.

El libro ha sido publicado por Ediciones Universidad Diego Portales de Chile (los mismos que publicaron Desvíos, de Ignacio Echevarría, por ejemplo) y en unos días podrá conseguirse en España gracias a La Central de Barcelona.

Mientras llega ese momentazo (el del autorregalo navideño), aquí puedes leer el texto de Costamagna en calidad de adelanto. De nada.

Teresa Wilms Montt, de tumba en tumba

Los malditos | ALEJANDRA COSTAMAGNA

«Casa vacía: se robaron hasta las cañerías de cobre e instalación eléctrica. No insista», advierte el cartelito con letra manuscrita, clavado en el muro. Casa vacía es blanca, estilo inglés: madera y cemento, con porche, virgencita y terreno amplio para jardín. Pero está vacía y se robaron todo. Cuatro hombres vestidos con mamelucos instalan un cartel en la entrada: publicidad a escala gigante sobre la próxima teleserie nocturna. No saben de quién fue este sitio anclado en el corazón de la ciudad chilena de Viña del Mar.

No conocen a Teresa Wilms Montt.

Las escaleras que conducen al balcón son cuatro o cinco peldaños rotos. Las puertas de la despensa son palos improvisados donde pudo haber una reja. Hay candados en todas las ventanas. Hay polvo, hay lagartijas y arañitas costeras que trepan el damasco, el níspero, la encina. Hay frutos reventados en un colchón de hojas. Hay los últimos hilos de una enredadera que trepa los muros de esta casa vacía, blanca, estilo inglés.

Y hay también el origen de una historia. Los primeros peldaños de una mujer de belleza fatal que desacató los códigos sociales de su época y pagó cara, carísima su falta. En este esqueleto palaciego de calle Viana, casi esquina con Traslaviña, cruje un pasado que hoy se pierde en el bullicio de la modernidad.


Pero esa casa alguna vez estuvo llena y fue un palacio. En la mansión de Viana 301, que abarcaba una manzana completa entre jardines, bodegas y salones, echaba raíces el matrimonio Wilms Montt: Federico Guillermo Wilms Brieba, descendiente, dicen, de la realeza prusiana, y Luz Victoria Montt Montt, emparentada con cuatro Presidentes de la República (Manuel Montt, Jorge Montt, Pedro Montt y Ramón Barros Luco). Siete hijas, además de una tropa de institutrices, cocineros, matronas y choferes, llenaban la casa. Siete niñas de melenas doradas, ojos glaucos y facciones de muñeca alemana, nacidas entre 1892 y 1899: Luz, Teresa, María, Carolina, Carmen, Ana y Victoria Wilms Montt deslumbraban al vecindario. Tanto así que la calle Traslaviña era conocida como Tras las Wilms. Y aunque cada parto desairaba los ánimos del patriarca Wilms, que esperaba al retoño continuador del apellido, el hombre terminó por traspasar sus aspiraciones a María Teresa de las Mercedes, la segunda del tropel, nacida el viernes 8 de septiembre de 1893. Y la llamó, a falta de herederos varones, mi Tereso. De masculino tenía muy poco Teresa Wilms Montt, pero el apodo acentuó la diferencia con sus hermanas.

Más tarde ella misma acuñará otros nombres que serán seudónimos: Thérèse, Tebal, Teresa de la †. Con ellos firmará artículos de prensa y cinco libros —cuatro de prosa poética y uno de cuentos, redactados entre sus veintitrés y sus veintiséis años— y prolongados diarios, escritos desde la adolescencia, que serán rescatados a un siglo de su nacimiento en sus obras completas (Libro del Camino, Grijalbo, 1994) por la ensayista chilena Ruth González-Vergara, a cuyo trabajo corresponde hoy la mayor parte de la información biográfica disponible sobre la autora. Escudada en estos seudónimos escribirá, al principio, cosas como: «Morir debe ser una cosa deliciosa, como hundirse en un baño tibio durante las noches heladas». O: «Se imagina que la muerte es un medio de transporte para alcanzar el cielo, ese cielo que desea como un enorme pastel blanco». O, llevando la aspiración al límite: «Soñar, sin parar, encerrada entre las paredes de mármol, lisas y limpias, de una tumba». Pero la muerte soñada, esa cosa deliciosa, no llegará aún. No mientras sea adolescente, no mientras viva en su mundo fantasioso.

Las hermanas de Teresa, auténticas criaturas de salón, jugaban a las muñecas o se alisaban el pelo con brillantina, mientras ella alucinaba con los tonos violetas del cielo; pasaba horas leyendo a Flaubert, Baudelaire, Verlaine; soñaba con ser Floria Tosca, Madama Butterfly o cualquier otra heroína de Puccini; y se reía sola. Especialmente desabrida era la relación con su hermana Luz, la primogénita, la favorita de su madre, con quien compartía institutrices. El esquema era siempre igual: aplausos para Luz, reproches para Teresa. Una de estas tutoras, a quien la niña describirá como una vieja caduca, le hacía escribir cien veces el verbo obedecer. «Se pasa la vida copiando el verbo obedecer y se lo sabe de sobra gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo», escribirá en sus primeros diarios, sin fechar, hablando de sí misma en tercera persona. La señora Wilms también la castigaba. Así recreará Teresa una escena de infancia: «¡No quiero que leas!, le grita su madre cuando la sorprende en sus escondites, haciéndole daño con los brazos y pinchándola para arrancarle el libro que hace pedazos».

Excepto en los sueños, leyendo o sentada al piano, Teresa no lo pasaba bien. Sus seres cercanos le parecían odiosos: «Entiende que su madre no dice siempre la verdad, que su padre no tiene voluntad, que su abuela es maniática y que los amigos que frecuentan su casa no son sinceros», apuntará en sus diarios. «Teresa no es feliz». Pero más tarde, ya lejos del palacete de la calle Viana, con veintidós años, marido, dos hijas y la ilusión de que su infancia era una historia cerrada, escribirá: «Hay dos seres en mí, eso sólo yo lo sé… Para vivir en este mundo conviene mostrar sólo el que me conocen». No sabrá entonces que la historia recién está en sus comienzos.


Más que la historia, ésta es quizás la leyenda operística de Teresa Wilms Montt. Basta ensayar la sinopsis: niña de alcurnia, romántica, jaquecosa, lectora activa, incomprendida por su familia, rechazada por su madre. Jovencita de mente abierta, trilingüe, casada a los diecisiete años sin consentimiento de sus padres, linda a rabiar, maltratada por su marido. Muchacha de ideas claras, simpatizante del anarquismo, madre joven, sin espíritu práctico, histriónica, seductora, bohemia, infiel. Esposa acusada de adulterio, encerrada en un convento por ocho meses, separada de sus hijas, ignorada por sus padres, escritora de diarios febriles, fumadora, enamorada de quien no debe, adicta a los somníferos, al opio, suicida frustrada que ruega ver a sus hijas. Mujer que huye del convento y del país con un poeta de alcurnia, bella a morir, aficionada al canto, sola entre hombres, escritora admirada por los círculos intelectuales bonaerenses, amante de un poeta suicida, quebrada de amor. Escritora que huye del continente, que intenta arrojarse al mar, que pide el divorcio, que establece relaciones con la bohemia y el vanguardismo europeos, que clama ver a sus hijas, que se  apaga. Chilena sin familia en Europa. Mujer que busca la muerte y la encuentra al tercer intento, en un frasquito de Veronal, en París. 

[...]

*El texto es bastante largo para nuestra web, así que te invitamos a que lo descargues completo en formato PDF pinchando aquí.

///

*La fotografía que ilustra esta noticia ha sido recortada y
adaptada al formato de nuestra web. Más abajo puedes ver
la imagen original junto a la cubierta del libro Los malditos.


galería
PUBLICIDAD
suscríbete a nuestros boletines
¿Quieres estar informado de todo lo que sucede en la web de Eñe? Relatos, información de eventos, noticias y mucho más...

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de