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Pescadores de hojas
Cristina Gálvez, una de las ganadoras del premio Cosecha Eñe 2011. © Noemí Genaro.
Pescadores de hojas

En su Tesis sobre el cuento, Piglia define el relato como el cruce de dos historias que se han construido simultáneamente, aunque solo una sea visible y la otra esté sumergida bajo la primera.

(14.12.11)

Cristina Gálvez, una de las diez ganadoras del premio Cosecha Eñe 2011 con Los pescadores de hojas, asume como pocos esta exigencia del género planteada por el escritor argentino. Los pescadores... narra en su superficie una conmovedora historia cotidiana extraída de la inagotable imaginación infantil; lo que uno intuye debajo —en el mundo adulto— es otra cosa.

Nacida en Granada en 1978, Gálvez es licenciada en Antropología Social y autora de los libros de relatos Afinidades (con Tomás Conde, 2002) y Monstruos cotidianos (2008), ambos publicados por Ediciones Traspiés. Su nombre aparece también en antologías como Cuentos del alambre, Cuento vivo de Andalucía, Ficción Sur o De mes en cuando. Fue columnista en el suplemento cultural del periódico La Opinión de Granada.

Admiradora de Dostoyevski, Chéjov, Cortázar, Calvino, Carson McCullers, Clarice Lispector o Cristina Fernández Cubas, entre sus proyectos literarios futuros destacan la antología de microrrelatos eróticos Perversiones II, en la que participa como autora; la traducción al ruso de Monstruos cotidianos, y la preparación de su siguiente colección de relatos.

Dicho esto, aquí te dejamos con su espléndido relato.

Los pescadores de hojas

Eñe 28 | Cosecha Eñe 2011 | CRISTINA GÁLVEZ

Aquella primavera, mi hermano me había enseñado a pescar hojas con unas cañas fabricadas de viejos listones de persiana, hilo de nailon y clips de colores, y solíamos pasar las horas muertas practicando sin tregua desde la terraza de nuestro piso de Zaragoza. Quedaban pocas semanas para que terminaran las clases, y las noches eran como pequeñas burbujas de pereza. Llegaba el verano. Allí nos pasábamos las tardes Jorge y yo, desplumando sin compasión las ramas del plátano de sombra que protegía nuestra calle de las inclemencias del fuego de los mediodías. Allí nos encontraba Mamá a la hora de la cena cuando, casi por obligación, corríamos entre atropellos a devorar las croquetas y la tortilla francesa ante la mirada melancólica de nuestro padre. Allí nos refugiábamos luego, apenas se cruzaban los primeros insultos, escabulléndonos como delincuentes, y cuanto más fuertes se hacían los gritos, mayor era el ímpetu con el que yo lanzaba el anzuelo y remontaba a Jorge en el puntaje, consiguiendo en pocos minutos tres, cuatro, diez hojas dentadas de diferentes tonalidades.

Había cosas en nuestra familia que, más que hablarse, se sufrían. A decir verdad, yo lo prefería así. En invierno, cuando empezaron las primeras riñas y el balcón era frío aún para convertirse en nuestro santuario preferido, yo era la primera en subir el volumen del televisor para no tener que escuchar las iras de nuestra madre ni las respuestas heladas de nuestro padre, y para poder aplacar, llegado el caso, el estallido de platos contra el suelo de la cocina. Me mantenía falsamente atenta en la esquina del sofá, erguida como el animal que se detiene a olfatear el peligro, empuñando el mando a distancia como un arma de salvación, y tan solo alguna riña con Jorge conseguía sacarme de mi silencio.

Cierto era que en aquella época Jorge y yo acabábamos a menudo revolcándonos entre puñetazos por la alfombra, el sofá o los sillones. Mi hermano se volvía un auténtico sádico cada vez que nuestros padres se peleaban, encantado de poder mortificarme a su antojo con total impunidad. Y, como era lógico, aquellas escenas no conseguían mejorar el cariz general de la situación. Al poco llegaba nuestra madre con el rostro bañado en lágrimas, fea y despeinada, nos zarandeaba acusándonos de estar acabando con ella, recordaba una vez más que tan solo deseaba morirse y nos mandaba a la cama sin postre. Aquello bastaba para deshacerme en lágrimas, culpable de pronto de aquel pecado terrible que volvía a mi madre una persona tan infeliz como para desear no estar viva. Mi hermano, más terrenal, lloraba por el postre. En definitiva, una auténtica tragedia. Desde el dormitorio escuchábamos luego voces ahogadas de las que no entendíamos más que trocitos de frases sueltas. En cualquier caso, yo pensaba que era mucho mejor así, sin entender.

Por eso fue una bendición cuando llegó la primavera y nuestra madre nos dejó atrincherarnos en el balcón incluso después de que oscureciera, bien abrigados con finos jerséis de lana para protegernos del fresco todavía punzante de mayo. Al otro lado del cristal seguíamos escuchando voces amargas, llantos, pero en los escasos ocho metros cuadrados de nuestro reino nos sentíamos a salvo de pronto, en un mundo al que nuestros padres no tenían acceso. Al fin pudimos disfrutar a nuestras anchas del aroma de las primeras flores del jardín vecino, de las siluetas furtivas de los gatos que merodeaban entre los cubos de basura y, sobre todo, de nuestra nueva afición a la pesca de hojas.

Ni mi madre ni mi padre sospechaban que nuestro recién descubierto deporte, igual que tantas otras extravagancias inventadas en el intervalo de aquellos meses, suponía en realidad un calculadísimo y perfecto entrenamiento para el que iba a ser el verano más maravilloso de nuestras vidas. Ni a Jorge ni a mí se nos olvidaba la promesa que después de años de lucha habíamos conseguido arrancarle a Papá durante aquellas Navidades, cuando la tormenta, aunque presentida, no había comenzado aún a devorarnos: unas vacaciones de verdad en Bañolas, como las que veíamos en la televisión, con agua, sombrillas y barcos de vela.

Cada cierto tiempo se lo recordábamos, por temor a que, entre tanta disputa, pudiera olvidarlo. Papá, ¿tenemos ya camping en Bañolas? ¿Cómo de grande es el lago? Papá, ¿podemos comprarnos una barca? ¿Podemos decirle a Rodolfo que venga? Nuestro padre asentía siempre con el gesto taciturno de aquella primavera, o musitaba algo con una sonrisa que era como la de un condenado. Durante aquellos meses nos preguntaba a menudo por los progresos con la pesca de hojas sin escuchar las respuestas, siempre con aquella cara compungida y la mirada en otra parte.

Yo lo había discutido con Jorge varias veces, que a mí lo de la pesca me parecía, en realidad, algo accesorio para el tema de las vacaciones. Cuánto mejor me veía yo remando de un extremo a otro del lago en una barca roja y blanca, sorprendiendo a niños y adultos con mi pericia de remadora experta. Cuánto más encantadora resultaba aquella escena en mi cabeza… Pero, por devoción de hermana pequeña, lo secundé en aquel interés suyo por aprender a pescar. Y gracias al sensacional descubrimiento de las hojas voladoras, pronto nos consagramos al poco conocido arte de la pesca aérea.

Para cuando terminaron las clases, habíamos arrasado casi la tercera parte de las ramas de nuestro plátano, y su nombre ya no hacía honor a la sombra que proporcionaba en la calle. Tanteábamos con la imaginación la posibilidad de que en el centro del lago hubiese tortugas y otros misteriosos animales de cuerpos escurridizos y tal vez venenosos. Nos preguntábamos también si nuestro excesivo entusiasmo por la pesca no nos delataría frente a los demás niños, ya veteranos de Bañolas y sus actividades acuáticas, si no sería mejor hacernos un poco los indolentes, fingir que nos aburría lo de siempre o inventarnos alguna otra afición menos explotada por las masas.

Una mañana, nuestra madre vino a arrancar de cuajo todas las dudas. Con una suavidad que nunca usaba y los ojos más pequeños de lo normal, anunció que a nuestro padre le había surgido trabajo urgente de última hora y no podría llevarnos a Bañolas como nos había prometido. El lago tendría que esperar hasta el verano siguiente. Nos explicó también que, como la empresa lo necesitaba en una de sus sucursales de otra ciudad, estaría fuera un tiempo y que, en su ausencia, mi hermano y yo asistiríamos, como en años anteriores, a la escuela de verano.

Jorge fue el primero en mostrar su contrariedad, ametrallando a mi madre con todo un arsenal de preguntas sobre el paradero de Papá. Pero para mí aquello no dejaba de ser algo secundario y, desde luego, no era lo peor del anuncio. Lo que de verdad me desmoralizó fue la idea de tener que volver a la escuela de verano un año más; de ser la que sabía ya los juegos y conocía siempre el final de las historias. Dije que no iría. Lloré. Pataleé. Me crucé de brazos y negué a gritos como una endemoniada. Me resistí como una fiera, y no fui consciente de la magnitud de mi rabieta hasta que Mamá me calló de golpe con una bofetada que sonó como imaginé que debía de sonar un pez muy plano cayendo sobre la superficie del lago de Bañolas. Por un momento, la imagen del pez cruzó por mi cabeza, fugitiva, huyendo para siempre de mi anzuelo y de mi barca blanca y roja. Mi madre, que nunca me había pegado, parpadeó como si acabara de despertar de un sueño y, escondiendo el rostro entre las manos, escapó envuelta en temblores.

El resto de la mañana lo pasamos sentados en la terraza, desconcertados y mustios, sin entender del todo hasta dónde llegaba la gravedad del asunto, pero con el oscuro presentimiento de que nuestros motivos para el desencanto iban más allá del volatilizado veraneo. Y cuando por fin llegó la hora de comer y la situación se tiñó de cierto viso de normalidad, en un ataque de orgullo corrí a encerrarme en el cuarto, dispuesta a mantener una huelga de hambre si era preciso. Cuando me desperté horas después, llorosa y con un hambre atroz, Jorge estaba en la habitación y dibujaba algo arrodillado sobre una gran cartulina amarilla. Parecía concentrado. Qué haces, le pregunté con una curiosidad que me hizo olvidar mi desgracia. Me miró haciéndose el interesante, posándose el dedo índice sobre los labios con un gesto de secretismo que, cuando le salía, muy pocas veces me atrevía yo a desobedecer. Era evidente que, fuera lo que fuese, se trataba de algo importante, así que me acerqué con mucho sigilo, cuidando de no pisar ninguno de los rotuladores salpicados por el suelo. Al principio, aquella obra suya no me pareció gran cosa. Sobre la cartulina, en grandes letras de color azul, un poco torcidas, se leía: LAGO DE BAÑOLAS, y debajo, un croquis donde mi hermano había situado todo tipo de objetos más o menos identificables que, colocados de forma estratégica sobre la planta rectangular del plano —luego supe que era el trazado de nuestra terraza— recrearían un particular y exclusivo mini-Bañolas sin salir de casa. Mi hermano había decidido no perder el tiempo en reclamos o chantajes inútiles y pasar directamente a la acción. He de reconocer que siempre ha sido el gran pragmático de la familia.


El lunes siguiente comenzó la escuela de verano. Desde las nueve hasta las dos nos dedicábamos a cazar tesoros ocultos por el mismo edificio que nos había servido de prisión durante el resto del año; a fabricar cometas con bolsas de basura y monederos con tetra bricks vacíos, pintarnos la cara como animales galácticos y perseguirnos a lo largo y ancho del patio con globos de agua que eran como bombas de destrucción masiva. Mamá llegaba a buscarnos siempre puntualísima, con grandes gafas de sol y una sonrisa indecisa bailándole en la comisura de la boca. Nos abrazaba como para asfixiarnos y enseguida nos arrastraba hasta la calle, obligándonos a seguirla casi a saltos. Mi hermano y yo hacíamos el camino de vuelta enfrascados en parloteos a los que ella asentía distraída. Entre parloteos también comíamos, masticando con la boca abierta, y no era hasta que comenzaban los dibujos de las tres y media que nos tranquilizábamos al fin, para concentrarnos en las aventuras del Príncipe Valiente y sus leales amigos. A aquellas horas, Mamá nos pedía con irritación que estuviésemos callados porque le dolía la cabeza, desaparecía y no la volvíamos a ver en toda la tarde.

En aquel periodo pasaba tardes enteras en su cuarto, dejando el campo libre para nuestras maquinaciones, algo de lo que Jorge, aun a sabiendas de sus siempre impredecibles explosiones de ira, se aprovechaba sin ninguna piedad. En pocas tardes reunió todas las macetas de la casa para apretujarlas con densidad selvática en un ángulo de la terraza. El resultado era sorprendente; allí, tumbados junto a las hojas que eran como pequeñas nubes de humedad, teníamos la sensación de estar de pronto en el rincón de algún bosquecillo cerca de la ribera del lago. En la papelería de la esquina compramos cartulinas verdes y turquesas para no tener que ver el agresivo rojo de la pared de ladrillo y, cada día, mi hermano traía los bolsillos llenos de piedras que iba colocando con cuidado de orfebre alrededor de la tupida vegetación de nuestro pequeño bosque. Mientras yo fabricaba insectos y pajaritas de papel de seda y los colgaba a distintas alturas, Jorge tumbaba sillas y decapitaba fregonas para fabricar una barca a remos. O robaba sábanas de los cajones de la cómoda si habíamos decidido que era día de picnic. O se hacía con los silloncitos de playa que nadie usaba nunca. Mi madre llegaba a veces con la mirada turbia y el gesto descompuesto, exigiéndonos una explicación. En aquellas ocasiones nunca era fácil adivinar si la bronca sería mínima, moderada o descomunal, en qué momento exacto estallaría ni por qué razón. Pero Jorge —a diferencia de mí, que siempre fui asustadiza y crédula— aguantaba las embestidas con un silencio prolongado que yo sabía que significaba que a mi hermano, simplemente, le resbalaban todas las broncas del mundo. En cuanto Mamá se marchaba, le bastaban pocos minutos para borrar mis lágrimas y convencerme de que siguiéramos pescando.

A menudo nos quedábamos allí fuera hasta bien pasadas las once, a veces casi medianoche, jugando a reconocer estrellas que no veíamos. Mamá dejaba la televisión encendida aunque no hubiera nadie en el salón, y nosotros, que a pesar del ruido presentíamos sus sollozos al fondo del pasillo, seguíamos enumerando nombres de planetas con la terquedad que da el miedo. Aquellas noches, quietas y desesperadas como solo lo son algunas noches de verano, se me hacían eternas igual que si fueran de invierno.

No sé bien cómo, en la escuela empezó a extenderse el rumor de que teníamos una casa con piscina, columpios y un estanque con peces. La idea me encantaba. Reconozco que me divertía horrores contando durante el recreo el número de segundos con que había conseguido batir mi último récord de buceo, o cómo me había lastimado el dedo cuando, debido a una apuesta, tuve que meter la mano en el estanque de la piraña. Mis amigas se me quedaban mirando con envidia y cierta desolación, y yo sentía la misma euforia que hubiera sentido, lo sé, remando en mi barca del lago, experta y deslumbrante con mi bañador de flores fucsias; yo sentía, por primera vez en mis huesos de niña, lo que significaba tener algo que los demás anhelan.

Mi hermano, por el contrario, odiaba aquellas ficciones y evitaba a toda costa responder a las curiosidades de los demás. Hasta que un día sucedió lo inevitable: su amigo del alma, Rodolfo, le preguntó sin ambigüedades si lo invitábamos a merendar; algo a lo que mi hermano no podía negarse. Rodolfo había estado en nuestra casa en varios cumpleaños, y era imposible que hubiese olvidado la limitada capacidad de nuestro segundo sin ascensor. No obstante, los rumores que se difundían a lo largo y ancho del patio y las historias que yo misma me había entretenido en ir contándole pudieron más que su lógica de nueve años. Imagino que confiaba en algún tipo de milagro, o simplemente quería desenmascararnos. Lo cierto es que se moría por ver el jardín y el estanque de la piraña con sus propios ojos. Jorge aceptó la propuesta, pero antes le explicó a Rodolfo que, para acceder al jardín, era necesario disponer de la fe de los antiguos guerreros, lo cual no pareció importarle mucho. Asintió con los ojos brillantes, dejando que el polo flash le goteara por la mano y el antebrazo, convencido de su fe y de quién sabe qué fantásticas promesas secretas.

Y, en efecto, aquella tarde Rodolfo vino a merendar con la fe de los antiguos guerreros iluminándole la mirada, lo que no impidió que su reacción fuera muy parecida a la que vimos en otros durante las siguientes semanas, en una secuencia perfectamente ordenada que llegamos a poder calcular con precisión milimétrica: en primer lugar, sorpresa y decepción profundas, seguidas de un rechazo que rayaba la ofensa. Luego, resignación ante las horas que todavía quedaban por delante, y, por último, un interés mal disimulado, a medida que Jorge y yo íbamos explicando la dinámica de nuestro lago, nos tumbábamos en la hierba o pescábamos hojas desde la barca; interés que culminaba en auténtico y sincero entusiasmo.

Muchos de nuestros amigos vinieron aquel agosto a nuestra terraza-jardín de Bañolas sin que nuestra madre pusiera más objeciones de las habituales. Yo la veía a veces por el rabillo del ojo, asomada al cristal de la puerta. Espiaba nuestros juegos con una expresión igual a la de las niñas que habían creído que yo tenía una piscina en el balcón. No echéis migas en el suelo, nos regañaba de pronto, y luego se daba media vuelta y seguía sacando brillo a la cristalería. A veces se perdía durante horas en su dormitorio y yo me la imaginaba llorando detrás de la puerta cerrada, sola y envidiosa, y me sentía tan desgraciada que enseguida proponía que jugásemos al ahogado en el lago, para poder pedirme el papel de viuda y llorar a mis anchas sin que nadie viniera a molestarme.


El último día de la escuela de verano hicimos una actuación y una fiesta de disfraces. Jorge y yo reciclamos para la ocasión los disfraces de veranos anteriores: el mío de japonesa, el suyo de James Bond con reloj-bomba incluido. En la ronda de despedidas, mientras acabábamos las fantas y los aritos de maíz, cada uno de nosotros contó a los demás lo que pensaba hacer en las dos semanas de libertad que todavía nos quedaban. Jorge y yo hablamos de nuestra terraza-jardín colgante y de la gran final de pesca aérea que celebraríamos en pocos días, y aunque muchos de los presentes no tenían claro de qué iba aquel deporte y nos miraban de reojo como si estuviésemos algo chiflados, acabaron por aplaudirnos como a los demás. Luego llegó el momento de los regalos, y no pude creerlo cuando, casi como por arte de magia, una pecera con dos pececitos triangulares, uno naranja y otro dorado y gris, apareció en nuestras manos. El regalo perfecto para acabar nuestra obra, pensé emocionada.

Aquel día volvimos en coche con el padre de Rodolfo. No podíamos esperar a llegar a casa. Subimos las escaleras de dos en dos, trastabillando, arrebatándonos la pecera el uno al otro, atropellándonos por ser los primeros en enseñarle a Mamá el espléndido regalo y contarle lo de la fiesta y los aplausos.

—¡Mamá, nos han regalado peces! —grité desde la puerta.

Por una vez, nuestra madre no estaba en el salón ni en la cocina ni tampoco en su dormitorio. La encontramos en el rincón sombreado de la terraza, junto a las plantas, recostada en uno de los sillones plegables, abanicándose con un paipay de pájaros azules. Así, descalza y un poco despeinada, con el vestido ligero y las piernas recogidas debajo de los muslos, era casi como una joven nativa de alguna isla llena de palmeras. Tan solo le faltaba la guirnalda de flores.

—Qué bonita está la terraza —nos dijo con voz adormecida.

—Es un lago —protestó Jorge, contrariado.

—Es un lago colgante —puntualicé yo.

Nuestra madre continuó abanicándose sin responder, con una sonrisa un poco ausente, y casi no parecía nuestra madre. Miró nuestros zapatos llenos de polvo y el agua que habíamos derramado por el suelo, pero no dijo nada.

Enseguida le hicimos ver la pecera y comenzamos a relatar en desorden las aventuras del día. Ella no nos escuchaba del todo, pero asentía con risas a nuestros comentarios y se la veía contenta y a la vez un poco triste. Observó los peces durante un buen rato, fascinada, como si fuesen criaturas mitológicas, siguiendo con un dedo la estela imperceptible que iban dejando por la superficie del agua. Nos ayudó a elegir nombres para ellos y luego, una vez bautizados e instalados en el lugar que les correspondía, nos sentimos por fin autorizados para pasar a asuntos más serios.

Jorge empuñó su caña como si fuera la espada de un samurái, la hizo chocar levemente con la mía y declaró con solemnidad que la gran final de pesca aérea acababa de dar inicio. Nuestra madre se acomodó en el silloncito, reloj en mano, dispuesta a arbitrar la competición mientras nosotros empezábamos el primer tiempo, y allí estuvimos hasta que anocheció, concentrados y ajenos al resto del mundo. Las hojas iban cayendo una a una a sus pies, livianas y silenciosas, creando una danza sutil, extravagante, imprevista como todo lo hermoso que alguna vez nos asalta.

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La fotografía de Cristina Gálvez que ilustra esta noticia
ha sido recortada y adaptada al formato de nuestra web.
Más abajo puedes pinchar y verla en su formato original.


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